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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Las culebras maman a las mujeres

Las primeras víboras y culebras están despertando de su letargo invernal. Con ellas vuelven los miedos atávicos del hombre hacia el animal más odiado de la creación, el símbolo del Maligno, la ofidiofobia.

Nunca pensé que pudieran existir tantas historias fabulosas sobre culebras hasta que, junto con los investigadores José Manuel Pedrosa y Elías Rubio, no me puse a rastrear sobre el tema en la rica tradición oral burgalesa. En nuestro último volumen de Tentenublo presentamos decenas de ellas, pero sin duda la más popular es la supuesta pericia de los ofidios para mamar a las mujeres.

Irene Chicote era una menuda señora felizmente centenaria de Palacios de la Sierra cuando me lo contó casi como en un susurro, aún temerosa por el siniestro poder de estos animales a los que aborrecía. Me habló de la mujer del molinero,

“que tenía una criatura, y la madre pues se quedaba dormida [con ella en la cama]. Y que iba la culebra y le mamaba la teta. Y dice que el rabo le ponía al niño, pa que lo chupara y no llorara”.

Tienen un mamar muy suave, tanto que “algunas vacas lo prefieren al de sus terneros y las buscan por los prados”, afirman los pasiegos de Las Machorras.

La historia no es nueva. En un capitel de la iglesia románica de Teza dos serpientes maman los pechos de una mujer. Tiene 900 años, pero con seguridad su escultor también sabía de esta diabólica afición láctea. Como Camilio José Cela, quien en su novela Mazurca para dos muertos (1984) señala:

“Dicen que Roquiño es así porque a su madre, por las noches, cuando lo estaba criando, le mamaba las tetas una culebra y el pobre pasó mucha necesidad; no digo que no pero a mí me parece que ya vino parvo al mundo, eso se les suele notar en la mirada”.

En Silos recuerdan todavía a la infortunada Godina, quien sólo tras peregrinar allí logró expulsar a una gigantesca culebra, alojada en su estómago durante nueve meses tras quedarse un día dormida en el campo con la boca abierta. En Vizcaínos dicen que cuando va a llover las culebras se ponen a cantar. Y en Vivar aseguran que no existen, o que están como dormidas, pues el Cid Campeador las maldijo.

Menos mal que han llegado ya las águilas culebreras de África. Nos ayudarán a controlarlas. Y esto sí que no es una fábula.

¿Conoces más historias sobre culebras? Cuéntanoslas, son todas fascinantes.