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Subastan por 64.000 euros un arrancado olivo milenario

18 octubre 2011

Leo en el periódico Las Provincias que un millonario francés acaba de pagar 64.000 euros por un olivo milenario arrancado en Portugal. El gigantesco árbol se llama ‘Domiciano’ (en recuerdo a su pasado romano) y tiene un tronco’ de 6,9 metros de perímetro. Esta inmensa cintura, unida a sus más de 10 toneladas de peso, hacen sospechar a los especialistas que tenga en realidad más de 2.000 años, relacionándolo directamente con el nacimiento de Jesucristo y la romanización de Hispania.

¿Y para qué quiere un millonario un árbol tan viejo y grandioso? Lo han adivinado: para llevárselo a su chalet.

Único, irrepetible, ese pedazo de historia es además uno de los seres vivos más viejos del planeta, pero para los caprichosos tan sólo se trata de un objeto de colección/especulación. Igual que hace 150 años los ricos norteamericanos venían a España para llevarse por cuatro perras iglesias románicas piedra a piedra, ahora permitimos el mismo expolio con nuestro patrimonio natural. De hecho, en esta misma subasta se han subastado otros 43 olivos monumentales por precios igualmente astronómicos.

En la Comunidad Valenciana está prohibido desde 2006 el arranque de olivos centenarios, pero no en Andalucía o Aragón, donde se sigue permitiendo tamaña salvajada. Sin protección legal, se les trata como a vulgares árboles frutales de quita y pon. Muchos mueren durante el proceso, pero da igual, el margen comercial asume con alegría estas pérdidas.

Lógicamente, el dinero no se repartirá por igual. A sus propietarios les habrán pagado apenas 100 euros por cada uno de ellos. El resto son ganancias para los expoliadores.

Hasta el propio Emilio Botín ha visto el negocio. En la ciudad financiera del Banco Santander de Boadilla del Monte (Madrid) hay 170 hectáreas dedicadas a albergar un bosque único (y expoliado) de olivos centenarios. La colección tiene más de 1.300 ejemplares grandiosos. Algunos vienen de Las Alpujarras y fueron plantados por los árabes en la época andalusí. Otros proceden de Portugal, Calabria o Creta. Y allí los tienen a todos bien juntitos, sobreviviendo como pueden pero generando suculentas plusvalías.

Árboles mágicos, cantados por Miguel Hernández y Lorca, ensoñados por los enamorados, admirados por todos, esperan ahora exiliados en una rotonda, en una urbanización, en un vivero, la llegada de un otoño inexistente en ese mundo de hormigón a donde los hemos confinado. Allí ya no saben a tiempo, tan sólo a abandono.

En este enlace podéis ver el catálogo de olivos expoliados del que os hablo, a subastar sólo por un intermediario francés en su castillo cercano a Toulouse. Quien ha tenido la desfachatez de bautizar a los ejemplares más viejos con nombres de emperadores, pues los presenta como “esculturas vivas del Imperio romano“. Por si tenía alguno duda de que este patrimonio, además de natural, también lo es cultural.

La foto que ilustra este post es el pobre Domiciano, récord de ventas a su pesar.

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El drama de la naturaleza de quita y pon

19 septiembre 2011

Desde hace décadas tratamos a los gigantes de la naturaleza como un pobre recurso de quita y pon. Arrancamos árboles varias veces centenarios de sus lugares originales para llevarlos a otros lugares donde molesten menos o, algo aún más perverso, donde logremos con ellos una supuesta “puesta en valor”: nuestro enriquecimiento. Empezamos con los olivos milenarios, a los que hemos convertido en tristes esculturas de rotonda y campo de golf, pero el mal, o el modelo, se ha generalizado por todo el mundo.

Primero nos atrevimos con el patrimonio artístico y se generalizó el trasladar “piedra a piedra” ermitas románicas a Nueva York o templos egipcios a Madrid, todos con la excusa de su salvación. Ahora salvamos los árboles centenarios aduciendo la misma y obsoleta razón.

Llegamos así a situaciones tan sorprendentes como la del famoso roble “Old Glory“. Esta “vieja gloria” es un roble americano de los valles (Quercus lobata) que ha tenido el discutible privilegio de aparecer en el Libro Guinness de los Record como el árbol más grande jamás trasplantado en el planeta. Con una edad de entre 180 y 220 años, 5 metros de perímetro del tronco, 17,67 metros de altura, 31,6 metros de copa y un peso aproximado de 415,5 toneladas, “Old Glory” fue trasladado medio kilómetro el 20 de enero de 2004 a un nuevo parque de Los Ángeles, California. La complejísima intervención tuvo un coste superior al millón de dólares y puso fin a una larga batalla ecologista por protegerlo de un proyecto urbanístico que hacía pasar una carretera sobre él.

Cuando arrancaban al gigante del lugar donde había crecido los últimos dos siglos los niños le cantaban entristecidos: “Esta tierra, es tu tierra”. Ahora el árbol goza de aparente buena salud en su nuevo hogar, aunque es imposible saber cuánto le ha reducido su supervivencia tan traumática intervención. Y demuestra hasta qué punto hemos equivocado nuestra mayor sensibilidad ambiental.

¿Es el trasplante un mal menor o un error garrafal? Cada vez que paso frente al Templo de Debod, en las inmediaciones de la madrileña Plaza de España, más me ratifico en la sinrazón de estas costosas intervenciones. El patrimonio, natural o artístico, no es una mercancía de compra, venta, regalo y cambio. Su auténtico valor no está tan sólo en él mismo, sino en su entorno, su paisaje, su cultura. Arrancándolo de sus sitios naturales quizá salvaremos el símbolo, pero habremos matado su esencia.

En este vídeo podéis ver el tremendo dispositivo que se acometió en California para cambiar de sitio un viejo árbol que molestaba.

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Expolio internacional de árboles centenarios. ¿Nadie protege a los viejos olivos?

19 noviembre 2008

Ancianos centenarios desarraigados, arrancados de su tierra y su hogar, llevados a lugares remotos como solitarios adornos, muchas veces olvidados, al final muertos y despreciados.

Me refiero a nuestros viejos olivos más queridos, nuestros abuelos vegetales, sometidos desde hace una década a un despiadado tráfico que, para más vergüenza, está considerado legal.

Los propietarios de estas joyas naturales las venden a los viveristas por unos 6.000 euros, quienes luego los revenden hasta por 24.000 euros. Es un negocio en alza a costa de nuestro patrimonio vivo más valioso, árboles centenarios que irremediablemente acaban luego adornando el jardín de residencias de lujo o una rotonda, si es que no se mueren antes por el camino.

Ajena a su importancia cultural y natural, la ley los considera meros árboles frutales, negándoles toda protección que impida su arranque. Últimamente, la venta a través de Internet está acelerando este injustificable expolio, que de esta manera ha encontrado un lucrativo negocio fuera de nuestras fronteras.

La única forma de evitarlo sería protegiéndolos todos, o al menos catalogándolos para evitar su desaparición, pero no interesa.

No hay más que pasar por viveros como los de Elche, por poner un ejemplo, para comprobar la magnitud del desastre. Allí estuve el pasado invierno y fue para llorar. Como veís en la fotografía que acompaña a este post, me encontré con verdaderos bosques de olivos milenarios encerrados en macetas, a la espera de su venta. ¿Es que nadie puede detener este expolio?

Para colmo de males, me entero ahora de que la mayoría del centenar de viejos olivos transplantados para permitir la construcción de la autovía del valle del Almanzora, en Almería, han muerto por falta de riegos y cuidados de la empresa constructora.

Nuestra falta de sensibilidad para con los árboles singulares me aterroriza. Si hacemos esto con seres tan venerables, qué no haremos con nuestros bosques y sotobosques.

Petróleo manchado de sangre

03 julio 2008

Concluye hoy en Madrid el 19 Congreso Mundial del Petróleo. Más de 4.000 delegados de todos los países productores del oro negro (salvo Iraq), así como representantes de las principales multinacionales petroleras, se han reunido bajo el tema de la sostenibilidad medioambiental.

Es una cuestión de imagen. En realidad son el lobby más poderoso del planeta, símbolo de explotación de los pueblos y del expolio de la Naturaleza, de contaminar paraísos, de controlar gobiernos, de estar en las trastiendas y en las vanguardias de una gran parte de las guerras que asolan el mundo…

Pero los necesitamos. Sin el petróleo no podemos avanzar, y sin desarrollo nuestra dependiente economía mundial se hunde. O al menos eso nos juran nuestros dirigentes.

Así que preferimos seguir hacia adelante, hacia el abismo consumista, ajenos a la sangre y corrupción que destila cada litro de esa gasolina que gastamos diariamente en nuestro coche a mayor gloria del confort. Cada vez más caro, cada vez más solicitado, cada vez más especulativo.

Al final el petróleo se va a acabar, pero nos da lo mismo. El imperio capitalista se hunde mientras nosotros seguimos tocando el violín.

Reflexión primera:

Hace unos años estuve en la selva ecuatoriana, en la región de Pastaza. Acompañaba a un grupo de misioneros católicos, con el obispo a la cabeza, empeñados en adentrarse en los rincones más apartados del Amazonas.

No llevaban crucifijos ni hacían proselitismo. Tan sólo trataban desesperante de contactar con los indígenas antes de que lo hicieran los representantes de las petroleras. Esos hombres al servicio de las poderosas multinacionales compraban con dólares y alcohol voluntades a una velocidad casi tan rápida como sus gigantescas excavadoras abrían descomunales pistas a través de los últimos bosques vírgenes del planeta.

Los misioneros hacían reuniones en aldeas remotas, desde donde sus emisarios se extendían luego por la selva llevando la mala noticia: las petroleras estaban a punto de llegar. De nada valdrían cerbatanas y flechas. O se preparaban para resistir todos juntos, o perderían sus tierras, sus casas, sus culturas. Creo que no han logrado pararles.

Reflexión segunda:

Este invierno estuve en el Sáhara Occidental. Tanto en Smara como en El Aaiun, e incluso más al norte, en Tan Tan, me encontré los mismos puestos clandestinos de venta de combustible. El gasoil, menos peligroso que la gasolina, venía del Mauritania y de más al sur, seguramente Nigeria, y cruzaba el desierto en todo tipo de vehículos de carga, también en dromedarios. Todo el mundo trafica allí con una fuente de energía sin la que ya no pueden vivir.

Reflexión tercera:

Donde yo vivo, la isla de Fuerteventura (Islas Canarias), vivimos del petróleo. Todo el agua, tanto para beber como para regar, proviene de desaladoras marinas alimentadas con energía eléctrica. Toda la energía eléctrica proviene de centrales térmicas alimentadas con gasoil, que derrochamos con alegría en hoteles y centros comerciales donde el aire acondicionado funciona las 24 horas del día, los 365 días del año. El día en que, por guerras o desastres naturales, no lleguen puntuales los petroleros al puerto, todos nos tendremos que ir.

Constatación:

Tres grandes petroleras (Exxon Mobil, RD/Shell y BP) controlan una cuota de mercado del 50% de la producción internacional de petróleo. En 2005 alcanzaban unas ventas cercanas al billón de dólares y empleaban a más de 300.000 personas. Su capacidad de presión política y económica es tan absoluta como global.

Conclusión:

Mientras sigamos dependiendo del crudo, lo llevamos crudo.

Gasolinera ilegal en el Sáhara. La dependencia energética en los países pobres les empobrece aún más.