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La tercera ola de la pandemia: salud mental y riesgo educativo

La pandemia ha traído consigo muchas dificultades que no son percibidas a primera vista y que darán la cara en un breve lapso de tiempo. Las intervenciones psicológicas, logopédicas y educativas especializadas son cada vez más demandadas como consecuencia de las secuelas de esta crisis sanitaria.

Fotografía libre de derechos. Pixabay

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Hoy cuento con la experiencia del equipo multidisciplinar del ‘Centro de Psicología Creativa Málaga‘, fundada por la psicóloga Juana María Robles Hurtado, en el que advierten de los resultados que se avecinan como causa de la tercera ola de esta pandemia.

Aunque la necesidad de atención psicológica ha sido siempre una realidad, cada vez es mayor el número de pacientes que la reciben para
poder afrontar la inestabilidad que ha generado esta pandemia. A diario, se aprecia una creciente problemática en el ámbito social, lo que induce al llamado “efecto dominó”, es decir, aquellas dificultades sociales que conllevan a otras que multiplican las consecuencias adversas en el tiempo.

Los trastornos de ansiedad y bajo estado anímico son los más frecuentes dentro de la población clínica tras ver peligrar la salud, economía y vida social. Si nos centramos en el desarrollo social, debido a la disminución de contactos sociales y, por ende, de oportunidades de aprendizaje, se originan mayores dificultades para adquirir las habilidades sociales necesarias tan ligadas al desarrollo afectivo.

Este hecho se agudiza más en aquellos/as niños/as y jóvenes con necesidades educativas especiales. A nivel conductual, nos encontramos que en niños más inquietos, como son los que presentan hiperactividad, se observa una mayor activación conductual originada por falta de actividad física, deportiva o al aire libre.

Todo ello provoca un notable retroceso en las intervenciones conductuales de los psicólogos y familiares en consulta. Si a lo comentado anteriormente, unimos un mayor consumo de recursos digitales, por las horas que pasan en casa, y la falta de tiempo de padres que intentan conciliar su vida familiar y laboral, todo ello resulta en niños y adolescentes con gran dependencia digital y apatía social.

Cuando nos referimos a alumnos con dificultades de comunicación e interacción social, como son los alumnos diagnosticados de trastorno del espectro autista, el distanciamiento social ha revertido su aprendizaje, ya que sus habilidades comunicativas y sociales se han visto muy limitadas, provocando un efecto “boomerang” en la mayoría, por lo que ahora presentan mayor miedo al contacto social y menor interés hacia las personas de su entono.

Cierto es, que la palabra “coronavirus” ha encontrado su lugar hasta en el léxico de los más pequeños, siendo protagonista en las consultas de logopedia, incluso sin ser articulada con precisión.

Como bien sabemos, el estado de alarma ha provocado que las terapias pasen a un segundo plano por un tiempo, y nos ha llevado a empoderar mucho más a las familias, puesto que ellos son el principal motor de la comunicación y del desarrollo del lenguaje en los niños. En muchos de los casos, llevar a cabo los objetivos planteados por los terapeutas, no ha sido precisamente “pan comido”. La pérdida de rutinas, la monotonía del entorno y el teletrabajo, no han sido variables que hayan incentivado la motivación.

En niños con trastornos fonético-fonológicos, el profesional requiere de una visibilidad de la boca, para poder enseñar el correcto posicionamiento de los órganos fonoarticulatorios y la colocación de la lengua, por lo que la barrera de la mascarilla impide avanzar al alumno en un correcto aprendizaje y buen patrón del habla.

Las emociones generadas por la situación pasada, sumadas a las preocupaciones  por la futura situación económica, supone en muchas de las familias un gran
conflicto en esta tercera ola de la pandemia. Algunos de ellos saben que no podrán contar con los recursos necesarios para acudir a especialistas, tal y como les gustaría o con la frecuencia con la que se les recomienda.

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Coronasomnia: La relación entre pandemia y alteraciones del sueño

¡Con este virus no se puede dormir! Una de las rutinas que más se ha visto afectada desde la llegada del coronavirus ha sido el patrón de sueño. Para algunos esta alteración ha sido muy sutil, para otros, un auténtico infierno.

Fotografía gratuita: Flickr

Fotografía gratuita: Flickr

El sueño, la alimentación y el cuidado personal y social son los pilares fundamentales sobre los que se asientan una buena salud mental. Si una falla estrepitosamente, los efectos y limitaciones son muy importantes para el ser humano.

Según un estudio realizado por el Grupo de I+D en Economía de la Salud: “Un 62% de la población tuvo problemas de sueño significativos durante el confinamiento” (casi la mitad de este porcentaje necesitaron medicación para poder dormir). En la actualidad, esta cifra habría descendido pero todavía rondaría el 40%, un dato que sigue siendo relevante.

Esta problemática se vinculó con el miedo y la ansiedad ante la situación excepcional que causó la Covid, pero ahora, además se mantiene por la recesión económica y la crisis social en la que nos vemos inmersos.

Ya sabíamos que ciertas crisis o traumas, como los desastres naturales o ataques terroristas, desembocan irremediablemente en un insomnio importante en el corto plazo. Sin embargo, los expertos afirman que el impacto global y el carácter prolongado sin precedentes de la pandemia amenazan con expandir la tasa de insomnio crónico, el cual es mucho más difícil de tratar.

Según el director del Centro de Investigación del Sueño en la Universidad de Quebec: “El insomnio no es un problema simple ni benigno. El impacto que tiene el insomnio en la calidad de vida es enorme”.

No es ninguna sorpresa. Nuestro sueño es reflejo de nuestro día y es normal que éste se encuentre en un estado de afectación muy alto, depende también de cómo estemos viviendo ahora la situación, pero es importante observar y controlar este problema, y buscar ayuda profesional si reconocemos que está limitando nuestra vida y nuestra salud. 

El futuro es incierto y el fin del crisis imprevisible, de este modo, el sueño se convierte en un centinela, una señal de que las cosas están mal en nuestro entorno y en el mundo.

Cómo afecta el uso de la mascarilla al desarrollo emocional de los niños

Hay niños que han nacido ya entre rostros con mascarilla, los efectos a largo plazo de todo esto se evaluarán en el futuro pero podemos realizar ciertas predicciones en base a lo que ya conocemos sobre el funcionamiento de la expresión emocional en el rostro.

Fotografía libre de derechos. Pixabay

Fotografía libre de derechos. Pixabay

En el laberinto de conexiones que suceden dentro de nuestro cerebro, existen unas neuronas conocidas como “células de la empatía”. Se trata de las neuronas espejo, a éstas les debemos llorar o sentir miedo cuando vemos una película, bostezar si vemos a otra persona hacerlo o contagiarnos de la risa de los demás.

Las neuronas espejo son las responsables de la empatía y de la regulación emocional en la relación con los demás; son especialmente importantes cuando somos pequeños, porque es entonces cuando desarrollamos (a partir de los 6 meses o al año de edad) la referencia social, es decir, nuestra capacidad de utilizar y reconocer expresiones emocionales, e intenciones en los demás. La raíz de la empatía.

La mascarilla provoca un bloqueo emocional y en las aulas puede generar una desconexión significativa en la relación entre profesor y alumno, una cuestión que puede interferir de forma negativa en la atención, la memoria o el aprendizaje, áreas donde la comunicación con emoción es imprescindible para integrar cualquier conocimiento en el alumno.

Los profesores intentan suplir esta carencia con una tonalidad de voz más pausada y emocional aunque también más alta y ya se refieren los primeros problemas de afonía en el profesorado. Se necesita un periodo de adaptación para que tanto alumnos como profesores se acostumbren al uso de la mascarilla.

De base, el que un maestro lleve mascarilla tendrá ciertos efectos en el aprendizaje del alumno, el impacto es seguro, pero afectará en mayor o menor medida dependiendo de la edad del niño y necesidades y estilos de aprendizaje.

En los niños más pequeños que aún requieren de un modelado vocal (para aprender a pronunciar los sonidos del lenguaje) o que necesitan más tiempo de expresión facial para entender conceptos, o que tienen necesidades especiales, como en el autismo, las complicaciones aumentan.

¿Qué podemos hacer para reducir el impacto de la mascarilla?

En cuanto a los profesores, pueden apoyarse en más recursos complementarios, como dibujos, esquemas, pizarras digitales, y fomentar aún más el movimiento gestual en el cuerpo para expresar los contenidos.

También fomentar un lenguaje verbal más emocional, ya que no podemos expresar tanto con el rostro, podemos transmitir en nuestro mensaje las emociones que sentimos al ver el resultado de cierta tarea o actividad para no perder el vínculo afectivo, preguntarles a los niños cómo están, cómo se sienten, que entiendan que estáis ahí, como siempre, a pesar de que la mascarilla nos haga parecer más distantes.

En casa, los padres pueden trabajar una educación multisensorial, por ejemplo, con juegos dirigidos mediante el sentido del tacto o con actividades de comunicación a través de los ojos, jugando a adivinar expresiones emocionales parciales y completas.

No os alarméis, los niños se adaptan de forma rápida a los cambios por su gran plasticidad cerebral, quizás pierdan capacidades completas e inmediatas para detectar y reconocer emociones pero se entrenen en una mirada más empática y en ser capaces de conectar con el otro con gestos mínimos, que se vuelvan más perceptivos y perspicaces para captar los sentimientos en los demás.

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*Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-52856765

 

Síndrome de boreout: otra posible consecuencia de la pandemia

Has leído bien ‘boreout‘. Todos conocíamos ya el famoso síndrome de ‘burnout’ (estar quemados en el trabajo) pero este nuevo concepto es precisamente todo lo contrario, no por ello menos frecuente y más ahora, con el teletrabajo y en tiempos de pandemia.

Fotografía CC0 Dominio publico. Pxhere

Fotografía CC0 Dominio publico. Pxhere

El síndrome de boreout se describe como una situación de permanente aburrimiento y desmotivación en el trabajo que también es capaz de desencadenar problemas de salud mental, como la ansiedad, el estrés o sintomatología depresiva.

Podemos pensar que el estrés y la ansiedad solo surgen cuando las demandas y estímulos externos son constantes y urgentes y debemos responder rápidamente a numerosas peticiones, sin embargo, la ansiedad y el estrés emergen tanto por exceso como también por defecto de actividad, la falta de demanda del exterior, la monotonía y una inacción permanente en tu puesto de trabajo también puede asumirse como un suplicio y provocar efectos similares al burnout.

En el boreout te inunda una constante sensación de infravolaración y falta de realización que puede empujarte también a abandonar tu puesto. Según un estudio de la Universidad de Lancashire (Inglaterra), las personas aburridas tienen un desempeño laboral precario y comenten muchos más errores en sus tareas diarias.

Es importante aclarar que el aburrimiento y la desidia pasajera o puntual en el trabajo es normal, incluso sano, ya que significa que simplemente puedes tener un mal día o que tienes ganas de disfrutar de tu familia o tu vida personal fuera de la jornada. De lo que hablamos es de un estado cronificado de un sentimiento de inutilidad, ansiedad, tristeza, desgana, etc que te afecta y te limita ya en todos los ámbitos de tu vida.

Te influye en tu rutina diaria, lo pagas con tu pareja y familiares, ya no tienes ganas de hacer nada tampoco fuera del trabajo, no comes ni duermes bien y adoptas una actitud pasiva en tu vida general.

En muchas ocasiones, la parte más positiva de esta monotonía laboral era la de salir de casa, arreglarte para la oficina, socializar con tus compañeros, el descanso para el café, algunas agradables charlas, reuniones y comidas. El virus también nos ha arrebatado nuestra vida social en el trabajo, aquella que nos hacía más llevadera la labor y que amenizaba nuestras jornada.

Solo cabe tener en mente que esta situación es temporal y recuperaremos nuestra bendita monotonía habitual 🙂

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“Llevar mascarilla nos hace más guapos”, ¿por qué? la ciencia responde

El coronavirus ha cambiado profundamente la interacción humana. Es cierto que la mirada siempre ha sido importante para percibir a una persona como atractiva, también la altura, la complexión…

Fotografía de Wikipedia - Girl in mask

Fotografía de Wikipedia – Girl in mask

Pero ahora, desde que la pandemia llegó a nuestras vidas es la única info de la que disponemos para juzgar el físico de los demás, pero ¿cómo es posible que una mascarilla nos favorezca?

La respuesta no es ningún misterio para la psicología si nos basamos en uno de los principios más básicos de las teorías de la percepción: la mente siempre rellena los huecos que no ve. Lo hace con figuras incompletas, también con los rostros.

La mente siempre completa una imagen porque necesitamos darle un sentido a cualquier cosa que tengamos delante y si no nos lo dan, nos la inventamos. Concretamente, en lo que se refiere a la percepción de las personas, entran en juego las leyes de la Gestaltcuando rellenamos la mente atribuye la mejor forma posible a esa percepción.

Si veo a un chico alto, moreno, de ojos verdes, le voy a presuponer de inmediato una dentadura blanca y perfecta, un rostro simétrico y unos labios carnosos, por ejemplo.

Es decir, le atribuimos unas facciones en las que prima una agradable mesura, aunque quizás en realidad sea todo lo contrario, ¡porque una cosa no quita la otra! Pero así funcionamos.

Centrándose en el contexto actual y para corroborar estas teorías de la percepción, investigadores de la Universidad de Pensilvania (EE UU) dispusieron a una muestra de 500 personas a evaluar el atractivo de una serie de congéneres en fotos con y sin mascarillas:

Los rostros cubiertos con mascarillas quirúrgicas pueden ser juzgados como más atractivos que aquellos que no lo están”, han concluido en sus resultados, publicados hace un par de meses con el título de ‘Beauty and the mask.

El documento incluye algunas de las fotos evaluadas; en el caso de una chica, la opinión sobre su belleza mejoró hasta en un 71% cuando apareció con la mascarilla puesta.

“Se demuestra que el parámetro que seguimos para tachar de belleza o no a una persona es la simetría facial: a los rostros más simétricos los consideramos más hermosos. La mascarilla, al ocultar las posibles asimetrías (en nariz, dientes, boca, mentón), hace que ese rostro nos parezca, por así decirlo, menos imperfecto de lo que en realidad podría ser“.

No todo iba a ser malo ¿no?, la mascarilla te protege, salva vidas y te hace más guap@ 🙂

*Te puede interesar: https://amzn.to/2SN8Frj

 

 

 

Libro: “Se hizo el silencio: las 22 claves psicológicas para entender la pandemia”

“Tuve sueños muy extraños durante el confinamiento, “¿por qué se está agotando el papel higiénico?”, “¿cómo le explico a mis hijos lo que está ocurriendo?, ¿seré capaz de mantener mi relación a distancia?”

Estas fueron algunas de vuestras preguntas durante el estado de alarma, aún a día de hoy me siguen llegando inquietudes respecto a las cuestiones más psicológicas de la pandemia. Porque ciertamente la enfermedad es muy grave y preocupante, pero también lo es la huella psicológica que esta crisis está dejando en todos nosotros.

Alicia Martos, autora de l libro: "Se hizo el silencio". Fotografía: Jorge París.

Alicia Martos, autora del libro: “Se hizo el silencio”. Fotografía: Jorge París.

Hemos vivido con miedo y con mucha incertidumbre la llegada del virus, pasamos por un aislamiento inimaginable, algunos han perdido a sus seres queridos sin poder si quiera despedirse, ni iniciar su duelo con un funeral, otros han perdido su trabajo, o cerrado sus empresas, o han experimentado una ansiedad desconocida hasta ahora… y qué decir sobre lo que han sufrido nuestros sanitarios y demás personal de necesidad durante la emergencia sanitaria.

La dichosa COVID-19 ha transformado nuestro mundo tal y como lo conocíamos, nuestros planes, deseos, prioridades, necesidades… ahora se han convertido en otros muy distintos. Vivimos una nueva realidad sin abrazos, con desconfianza hacia los demás, con un bombardeo continuo de bulos en redes sociales y tratando de gestionar unas emociones muy distintas a las de la etapa pre-coronavirus.

En este libro descubrirás una nueva psicología.

Se hizo el silencio se presenta como un sencillo manual que analiza el impacto psicológico de la pandemia, que explica los nuevos perfiles e insólitos comportamientos que se han sucedido durante este periodo revolucionario y que, por supuesto, no olvida ofrecer estrategias de afrontamiento y de reconstrucción mental para poder adaptarnos (lo mejor que podamos) a estos nuevos tiempos.

 

La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz

El título del post de hoy corresponde con un acertado proverbio escocés. Hoy se celebra el Día Mundial de la Sonrisa, que por cierto, fue instaurado por el artista estadounidense Harvey Ball, creador de la popular Smiley Face, la carita amarilla representada con dos puntos negros como ojos y medio círculo dibujando una expresión de felicidad, precursor del ahora famoso emoji.

Fotografía CC0 Dominio publico

Fotografía CC0 Dominio publico

Sí, ya sé que puede que en este año de pandemia por coronavirus no tengamos muchos motivos para sonreír, pero quizás sea el año en el que más apreciemos una sonrisa, tanto propia como ajena y que además la urgen más que nunca.

Es obvio que cuando nos sentimos tristes o ansiosos tenemos una mayor dificultad para sonreír, pero la sonrisa no solo sirve para expresar felicidad, también comunica presencia, amabilidad, calidez, compasión, comprensión, cortesía, esperanza… Y todo ello es justo lo que necesitamos.

Sonreír genera un proceso concreto en tu cuerpo por el que tu cerebro interpreta que si estás sonriendo es porque debes sentirte bien de alguna manera, por lo tanto, automáticamente aumentan los niveles de endorfinas y provoca un optimismo real en ti mismo y en quien te observa.

Reír supone una recompensa individual y social, la sonrisa siempre deja huella, las investigaciones han demostrado que nuestras neuronas espejo desean y recuerdan a las personas que han sido amables con nosotros.

También revelan que con una sonrisa somos más capaces de influir en los demás, intenta que sea para bien. 🙂

 

¿Cómo afrontaríamos un segundo confinamiento?

Hace pocos meses, todos pasamos por una insólita situación, afrontamos una emergencia sanitaria con un confinamiento sin precedentes. El impacto psicológico que dejó a muchos es grave, no solo por el aislamiento en sí, sino por la nueva realidad que nos tocó vivir a continuación.

Imagen del confinamiento durante el estado de alarma / EFE

Imagen del confinamiento durante el estado de alarma / EFE

Nos reencontramos por fin con nuestros amigos y familiares, sí, pero nuestro mundo había cambiado por completo y nos hace falta mucho tiempo para asimilar esta transformación en nuestro estilo de vida, sobre todo, en nuestro ámbito social. Y no disponemos de ese tiempo porque el virus sigue con nosotros.

Somos un país denominado ‘de alto contacto’ entre seres humanos y no concebimos las relaciones sin cierta intimidad física entre nosotros.

Es decir, el problema no son los bares, los funerales, las bodas o las comuniones en sí mismas, el problema es que no queremos cambiar el modo de relacionarnos que tradicionalmente teníamos en este tipo de eventos, nos ponemos la mascarilla en el metro con desconocidos, sería impensable incumplir esta norma en ese determinado contexto, pero en familia y con amigos la cosa cambia, nos relajamos.

No cabe en nuestro sistema relacional que en una boda no bailemos, abracemos, besemos a nuestros seres queridos, lo necesitamos, no logramos desprendernos de esa sed de piel. No podemos convivir con el virus y a su vez no nos queda de otra si realmente apreciamos a los que nos rodean.

¿Estamos preparados para un segundo confinamiento?

Definitivamente no, al menos para la gran mayoría. Lo asumiríamos mentalmente mucho peor ahora, por dos motivos principales:

El primero es que aún estamos superando las secuelas del anterior, según las estadísticas, se elevaron significativamente los trastornos del sueño, de la alimentación y, sobre todo, los cuadros de depresión, estrés y ansiedad. Estamos más débiles mentalmente y en peor situación económica.

Hay muchas personas que han pasado la enfermedad de una forma terrible, otras han perdido a sus familiares, otras continúan en situación de ERTE y en los peores casos han perdido el trabajo o cerrado sus empresas. Si a todo ello le sumamos un nuevo confinamiento, los índices de ansiedad podrían dispararse de forma exponencial.

El segundo motivo tiene que ver con un mayor sentimiento de injusticia y de descrédito total hacia gobiernos y organismos oficiales. Cuando la pandemia llegó, nadie esperaba su magnitud, hasta el momento no había precedentes, nos asaltó por sorpresa; bien, la población podía asimilar entonces estrategias drásticas e incluso discordantes por parte de sus dirigentes.

Transcurrido el tiempo, nuestros políticos e instituciones han tenido la oportunidad de tomar medidas para frenar en buena medida esto y no ha ocurrido, estamos igual o peor. ¿Cuáles son las consecuencias?

Movimientos negacionistas, reivindicaciones varias, y, en definitiva, un aumento esperable (aunque no justificable) de conductas de incumplimiento hacia las normas que se imponen ‘desde arriba’, porque ya no confiamos en ellos, estamos cansados y nos parece injusto que seamos de nuevo nosotros quienes hagan el esfuerzo.

Los detalles no verbales de la reunión entre Ayuso y Sánchez

Por fin Pedro Sánchez accede hoy a reunirse con Isabel Díaz Ayuso para dar apoyo y herramientas en el control de la pandemia que atiza especialmente con dureza a la Comunidad de Madrid.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, se saludan antes de su reunión. Europa Press

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, se saludan antes de su reunión. Europa Press

En la secuencia, vemos cómo Ayuso sale a recibir a Sánchez, ataviada con una chaqueta de un intenso color rojo, esta elección proyecta fuerza, vitalidad, pasión, para evocar una imagen enérgica, pero también podríamos estar ante un guiño de ésta hacia su ‘oponente’ político, eligiendo el color que identifica a la formación política socialista.

Sánchez se dirige hacia ella con tranquilidad ignorando la algarabía que se concentraba tras él en la plaza de Sol, entre gritos de dimisión y reproches.

El líder socialista se toma tranquilamente todo el tiempo que considera para saludar a la presidenta de la Comunidad, socialmente este tiempo se consideraría  excesivo, ya que se recrea en este momento con una postura inclinada hacia a ella, casi reverencial, colocándose la mano en el pecho durante un largo instante mientras sonríe (a pesar de la mascarilla, observamos la sonrisa sincera en la activación del músculo orbicular de los ojos).

Parece que quiere comunicar que viene en ‘son de paz’, o al menos, es lo que quiere dejar constancia ‘para la foto’. Sánchez se muestra muy amable, solícito e incluso con aspecto sumiso, todo lo contrario a la actitud de Ayuso, que no consigue la labor de ignorar el tumulto agolpado tras ellos y se muestra nerviosa, impaciente por entrar y olvida saludarle de la misma forma, no le devuelve el saludo en modo alguno y le invita a adentrarse en el edificio de forma apresurada.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la reunión que han mantenido este lunes en la sede del Gobierno regional. (EFE)

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la reunión que han mantenido este lunes en la sede del Gobierno regional. (EFE)

Una vez dentro, ella continúa tensa, ejecutando constantes gestos automanipuladores, hasta que toman asiento finalmente, en ese instante Ayuso parece relajarse más aunque sin renunciar a movimientos continuos de sus manos, colocándose la vestimenta y tocándose diferentes partes de su cuerpo, y Sánchez, sin embargo, adopta una postura más rígida, sujetándose fuertemente la piernas con las manos entrecruzadas.

Esperaremos a la salida de ambos para actualizar la información si se aprecian cambios interesantes en la actitud 😉

 

El negacionismo del coronavirus explicado por la psicología

Reptilianos, antivacunas, terraplanistas, creencias paranormales…

Ahora, tras las manifestaciones con cientos de asistentes sin mascarillas, ni distancias de seguridad y los movimientos organizados por redes sociales que cuestionan la pandemia, la negación de la existencia de la COVID-19 por parte de un sector de la población ya es un hecho.

Vista de los asistentes a la manifestación en la Plaza de Colón de Madrid convocada en redes sociales en contra del uso de las mascarillas. EFE

Vista de los asistentes a la manifestación en la Plaza de Colón de Madrid convocada en redes sociales en contra del uso de las mascarillas. EFE

Lo primero que tenemos que destacar es que la gente que cae en los movimientos mencionados no son incultos o faltos de inteligencia, según la investigación al respecto, el perfil se asocia con una clase media/alta y estudios superiores.

El negacionismo no es nada nuevo, se trata de una conducta irracional pero real, que algunas personas eligen para rechazar una realidad verificable, generalmente con el objetivo de evadir una verdad incómoda. Normalmente, el negacionismo se genera en situaciones críticas, angustiosas y de alta incertidumbre.

Siendo sinceros, en los tiempos iniciales de esta pandemia, todos en alguna medida hemos sido negacionistas, al principio nadie creíamos en la magnitud de propagación del virus, no podíamos ni imaginar un confinamiento, pensábamos que a nosotros no nos pasaría nada, que en España seríamos resistentes a la mortalidad de la enfermedad.

Y en ese punto temporal sí era lógica esta reacción, porque no hemos tenido precedentes, porque la negación es un mecanismo de defensa inicial ante el miedo, frente a cualquier circunstancia dolorosa que nos resulte increíble y/o insoportable.

Después de este ‘efecto de irrealidad’, la mayoría rectificamos, dejamos de minimizar lo que ocurría y aceptamos esta nueva realidad que nos ha tocado vivir, muchos de nosotros por experiencia propia, hemos perdido familiares cercanos o hemos padecido la enfermedad con más o menos virulencia. Comenzamos a creer en la información de organismos oficiales y a seguir las recomendaciones que los expertos iban dictando.

En este último punto, muchas de las personas negacionistas, lo son precisamente por la falta de confianza en las instituciones. Y cierto es que el caos y la opacidad fueron muy acusados en la comunicación y gestión de la pandemia a nivel mundial: medidas contradictorias, presidentes que negaban el virus, pésima organización, bulos que no favorecían una información veraz, ocultación de datos por parte de los gobiernos, restricciones cambiantes, blanqueamiento de la muerte y del impacto de la crisis…

Todo ello ha contribuido a que muchos dejen de creer y reaccionen con incredulidad y rebeldía a las autoridades. No es justificable, por supuesto, pero el negacionismo es una consecuencia posible.

Existen muchos sesgos (errores/atajos de pensamiento) que también podrían explicar el movimiento negacionista. Por ejemplo, el sesgo de atribución, un fenómeno muy común respecto a la forma en la cual explicamos duramente las acciones de los demás pero siempre tratamos de justificar las nuestras, aunque se trate de un mismo hecho, por ejemplo: si vemos que otro se salta un semáforo, pensaremos automáticamente que es un ‘loco al volante’, pero si nos lo saltamos nosotros, argumentaremos que nos fue imposible frenar.

En el contexto de la pandemia, este error de atribución nos lleva a considerar que los demás actúan de forma exagerada o equivocada respecto al coronavirus, atribuyendo erróneamente que hay una psicosis colectiva, que la gente es muy miedosa o hipocondríaca. Tienen una falsa sensación de seguridad porque no les ha tocado de cerca y creen que podemos combatirlo como una gripe, que nada ha cambiado, que sigue amaneciendo, que continúan en sus empleos y que sus vidas no están alteradas en absoluto.

No quieren abandonar esa ‘zona de confort‘, que se refiere a un estado mental donde la persona mantiene una actitud rutinaria para no asumir ningún riesgo, es decir, se vive con el ‘piloto automático’ y se resiste a los cambios, solo ponen el foco en su micro-mundo, donde se está seguro y estable. Se siente miedo a perder el bienestar conseguido, aunque todo se desmorone a su alrededor.

En definitiva, observamos conductas y emociones tan dispares frente a una misma situación, con normas y usos sociales impuestos por la emergencia sanitaria, porque las reacciones humanas dependen de una compleja dimensión de variables, intervienen desde los rasgos de personalidad de cada uno (si se es más o menos solidario, impulsivo, arriesgado, asocial, cumplidor, temeroso, desafiante) a la edad, el aprendizaje, las experiencias vividas antes y durante la pandemia, la percepción de vulnerabilidad, la gestión emocional, incluso el empleo que desempeña cada persona, todo ello interviene.

Por tanto, se genera una línea continua en la que todos nos vamos situando y en la que también hay sitio para los extremos, desde el que va: alguien que está pasando por esta etapa con ansiedad y un gran miedo que paraliza y limita la vida ordinaria, hasta el negacionista más radical de la realidad.

Las convicciones erróneas no se sostienen con la base de argumentaciones lógicas y evidentes, normalmente se enquistan como parte del sistema de creencias de la persona, se convierten en parte de nuestra identidad, tal y como si de nuestro sistema inmunológico se tratara, nuestro sistema cognitivo se empeña a toda costa en protegerlas.

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