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La tercera ola de la pandemia: salud mental y riesgo educativo

La pandemia ha traído consigo muchas dificultades que no son percibidas a primera vista y que darán la cara en un breve lapso de tiempo. Las intervenciones psicológicas, logopédicas y educativas especializadas son cada vez más demandadas como consecuencia de las secuelas de esta crisis sanitaria.

Fotografía libre de derechos. Pixabay

Fotografía libre de derechos. Pixabay

Hoy cuento con la experiencia del equipo multidisciplinar del ‘Centro de Psicología Creativa Málaga‘, fundada por la psicóloga Juana María Robles Hurtado, en el que advierten de los resultados que se avecinan como causa de la tercera ola de esta pandemia.

Aunque la necesidad de atención psicológica ha sido siempre una realidad, cada vez es mayor el número de pacientes que la reciben para
poder afrontar la inestabilidad que ha generado esta pandemia. A diario, se aprecia una creciente problemática en el ámbito social, lo que induce al llamado “efecto dominó”, es decir, aquellas dificultades sociales que conllevan a otras que multiplican las consecuencias adversas en el tiempo.

Los trastornos de ansiedad y bajo estado anímico son los más frecuentes dentro de la población clínica tras ver peligrar la salud, economía y vida social. Si nos centramos en el desarrollo social, debido a la disminución de contactos sociales y, por ende, de oportunidades de aprendizaje, se originan mayores dificultades para adquirir las habilidades sociales necesarias tan ligadas al desarrollo afectivo.

Este hecho se agudiza más en aquellos/as niños/as y jóvenes con necesidades educativas especiales. A nivel conductual, nos encontramos que en niños más inquietos, como son los que presentan hiperactividad, se observa una mayor activación conductual originada por falta de actividad física, deportiva o al aire libre.

Todo ello provoca un notable retroceso en las intervenciones conductuales de los psicólogos y familiares en consulta. Si a lo comentado anteriormente, unimos un mayor consumo de recursos digitales, por las horas que pasan en casa, y la falta de tiempo de padres que intentan conciliar su vida familiar y laboral, todo ello resulta en niños y adolescentes con gran dependencia digital y apatía social.

Cuando nos referimos a alumnos con dificultades de comunicación e interacción social, como son los alumnos diagnosticados de trastorno del espectro autista, el distanciamiento social ha revertido su aprendizaje, ya que sus habilidades comunicativas y sociales se han visto muy limitadas, provocando un efecto “boomerang” en la mayoría, por lo que ahora presentan mayor miedo al contacto social y menor interés hacia las personas de su entono.

Cierto es, que la palabra “coronavirus” ha encontrado su lugar hasta en el léxico de los más pequeños, siendo protagonista en las consultas de logopedia, incluso sin ser articulada con precisión.

Como bien sabemos, el estado de alarma ha provocado que las terapias pasen a un segundo plano por un tiempo, y nos ha llevado a empoderar mucho más a las familias, puesto que ellos son el principal motor de la comunicación y del desarrollo del lenguaje en los niños. En muchos de los casos, llevar a cabo los objetivos planteados por los terapeutas, no ha sido precisamente “pan comido”. La pérdida de rutinas, la monotonía del entorno y el teletrabajo, no han sido variables que hayan incentivado la motivación.

En niños con trastornos fonético-fonológicos, el profesional requiere de una visibilidad de la boca, para poder enseñar el correcto posicionamiento de los órganos fonoarticulatorios y la colocación de la lengua, por lo que la barrera de la mascarilla impide avanzar al alumno en un correcto aprendizaje y buen patrón del habla.

Las emociones generadas por la situación pasada, sumadas a las preocupaciones  por la futura situación económica, supone en muchas de las familias un gran
conflicto en esta tercera ola de la pandemia. Algunos de ellos saben que no podrán contar con los recursos necesarios para acudir a especialistas, tal y como les gustaría o con la frecuencia con la que se les recomienda.

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Lo que puedes responder a tu hijo si te dice: “Pues ya no te quiero”

El amor que se siente por un hijo debe ser el más profundo y desinteresado que podamos experimentar. Y escuchar esas palabras puede ser doloroso para unos padres. Depende de la edad, pero normalmente, cuando son menores de 6-7 años realmente ellos no tienen conocimiento del alcance de lo que significa ese rechazo.

Fotografía pxhere/CC0 Dominio publico

Fotografía pxhere/CC0 Dominio publico

Lo dicen porque saben que causa un impacto, quieren llamar tu atención, soltar su rabia en un episodio de frustración o rabieta, es su manera rápida y simple de expresar su falta de entendimiento hacia lo que le demandas o prohíbes, quiere decirte que está enfadado contigo, sin más.

La mejor opción en este caso es controlar tu reacción, para que no perciba que te afecta, no hay que darle importancia y terminarán por darse cuenta de que esa estrategia no les funciona, no consiguen nada.

A partir de cierta edad, las intenciones de esta frase ya pueden ser otras y aumenta el nivel de daño y propósito, a través de cierta manipulación consciente. También tu respuesta podrá entonces ser más elaborada y podrás discutir el significado del reproche.

“No mendigues el amor de tus hijos”, así lo explica el sociólogo Yokoi Kenji en un breve vídeo que ya se ha convertido en viral porque, aunque la respuesta sea impactante, el sentido y la lógica de la misma no te dejará indiferente, se resume de la siguiente manera:

«¿Quién te dijo que tenías que quererme? No. Lo que tú tienes que hacer es respetarme. Yo a ti te tengo que querer porque eres mi hijo pero los hijos a los padres los respetan. Si tú quieres quererme o no, eso es ya una cuestión de tu corazón«.

«El negocio es este: yo a ti te tengo que querer porque eres mi hijo y como eres mi hijo, tengo que enseñarte que no puedes ir a esa fiesta porque te comportaste mal esta semana. Y eso no lo puedo premiar. Esta es mi manera de decirte que te quiero«.

 

Las ‘huellas’ del comportamiento: Comunicas siempre, aunque no estés presente.

Este concepto es original del profesor David Matsumoto, toda una eminencia en la investigación sobre comunicación no verbal, y hace referencia a que no solo transmitimos información cuando estamos presentes. Los demás también pueden inferir algo sobre mí porque mi comportamiento ha dejado una huella.

Por ejemplo, el coche que elijo comprar dice mucho de mi aunque no esté presente en ese momento. Cómo decoro mi casa, cómo distribuyo el material en la mesa de mi oficina, cómo escribí cierta nota, cómo se ve mi nevera de casa.

Alguien que pase por delante de una mesa de trabajo, sin que el propietario esté delante, puede pensar que ahí se sienta alguien emocional porque tiene fotografías personales, alguien caótico y desordenado, o divertido, pulcro, estructurado, rígido… mil características pueden venir a nuestra a mente de esa persona que no vemos.

Por el simple hecho de observar las cosas y a las personas, podemos obtener una gran cantidad de información e intenciones diferentes gracias a este tipo de comunicación. Todo ello se puede extrapolar al aprendizaje.

Con respecto a la conducta no verbal, los niños aprenden mucho, desde luego, y mucho de lo que aprenden no tiene nada que ver con lo que les enseñas, sino con lo que ven que tú haces. Lo que ellos ven de cómo tú tratas a los demás, cómo lidias con tus propias emociones; de lo que van a aprender, a veces, da igual lo que tú les digas que hagan o no. Se da una gran cantidad de aprendizaje observacional.

Los padres deben desarrollar la conciencia de que, independientemente de cómo se desenvuelvan, sea cual sea el mensaje que quieren transmitir, el hecho de tener más conciencia de ello puede ayudar a saber cómo estructurar los mensajes de forma más efectiva.

Os dejo por aquí una entrevista muy interesante en la que Matsumoto desarrolla este tema de manera magistral: “La importancia de la comunicación no verbal“.

 

P. Vronsky pronostica una nueva oleada de asesinos en serie para el año 2035

Peter Vronsky es un historiador estudioso y apasionado por la conducta criminal. Su interés en ello surgió cuando en su juventud se cruzó con un asesino en serie, mientras esperaba un ascensor intercambió una breve mirada con la persona que bajaba en él, le llamó la atención su aspecto y su mirada esquiva y perdida, meses después descubrió por los medios de comunicación que aquel hombre era Richard Cottingham, conocido como el carnicero de Times Square.

Vronsky quedó anclado a ese momento y su interés por el perfil criminal se convirtió en el centro de su vida, todo ello reforzado por el apogeo de los asesinos en serie en América del Norte, durante un extraño ciclo de tres décadas. Investigó los factores que podían ser los causantes de estos picos significativos de asesinos seriales.

Sus conclusiones fueron controvertidas, en su libro “Los hijos de Caín: una historia sobre los asesinos en serie“, desarrolla la hipótesis  de que el aumento de los asesinos seriales puede rastrearse hasta los estragos de la II Guerra Mundial, que duró de 1939 hasta 1945, y los hijos de los hombres que regresaron de los campos de batalla. En sus investigaciones, el historiador logró determinar que muchos de los asesinos seriales fueron niños durante la II Guerra Mundial y los años de posguerra. “Fue una guerra que llegó a unos niveles de violencia que nunca habíamos visto“, dijo Vronsky.

En el mundo de la criminología no descartan las razones de Vronsky aunque el consenso suele añadir que no hay una sola causa o factor identificable que conduzca al desarrollo de un asesino en serie. Más bien, hay una multitud de factores que contribuyen a su desarrollo. De cara al futuro Vronsky pronostica que los conflictos en Oriente Próximo y la crisis económica de 2008 pueden provocar un repunte de asesinos en serie dentro de dos décadas.

Termino con una de las frases más inquietantes de su investigación “en lo más profundo de nuestro ser —allí donde almacenamos todo lo malo que nos ocurre—, todos llevamos un asesino en serie“. Le preguntaron al autor ¿qué puede salvarnos? Parece que la respuesta es contundente, solo una buena educación puede salvarnos

 

 

*Fuentes de consulta:

BBC News

Vice.com