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Despídete de las vacaciones pero no del bronceado

Todos aquellos que, a diferencia de mí, no le tengáis hecha la guerra al sol o que sencillamente no hayáis veraneado en Asturias, seguramente os preocuparéis de cómo mantener ese bronceado que os ha costado sudor (y espero que protección solar) a raudales.

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Ya lo dice el refranero español “No hay bronceado que cien años dure” y, en ocasiones, ni treinta días nos aguanta.

Para que su desaparición llegue lo más tarde posible hay dos cosas que puedes hacer: envasarte al vacío y que te hagan un hueco en la nevera en la que tienen metido a Walt Disney o mantener la piel lo más hidratada posible.

Con el tiempo, la capa más superficial de la piel se cambia, pero al menos evitarás los típicos “Jo, me he ‘pelao'” en los que empiezas a descamar y de tanta piel que te vas quitando te preocupas de acabar llegando al hueso.

La hidratación debe ser interna y externa, por lo que no solo beber agua sino todo tipo de cremas hidratantes serán piezas más clave en el proceso que la destrucción de la Estrella de la Muerte para La Resistencia.

Otra cosa que puedes hacer si no eres muy fan de beber agua (a no ser que sea en forma de hielo y con sangría de por medio) es añadir a tu dieta alimentos que la contengan o ricos en carotenoides para que se estimulen la producción de melanina en lo poco más que puedas estar bajo la exposición solar.

Al menos siempre nos quedará ese bronceado en el recuerdo…y en las fotos de Instagram.

La relación con el sol a lo largo de mi vida

Mis primeros recuerdos de mi relación con el sol podría situarlos en mis cinco años de edad, cuando, poco antes de llegar a la playa, mi madre me embadurnaba de pies a cabeza en protector solar.

Lo hacía tan a conciencia que no me quedaba un centímetro sin cubrir por la pasta blanca. Con una madre enfermera y un padre químico era imposible no ser consciente de lo peligroso que es el sol. Pero no solo de pan vive el hombre y no solo de crema vive mi madre. Al llegar a casa tocaba ponerse after sun como si nos fuera la vida en ello.

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A los quince años fue cuando mi relación con el sol cambió completamente. No solo descubrí que el sol me ponía morena, sino que, de hecho, estar morena era algo cool y en los pasillos del colegio se había instaurado una especie de competición de a ver quién tenía la marca de los tirantes del bikini más marcada.

En esa época tomaba el sol como cuadraba. Normalmente estaba tan ocupada cotilleando con las amigas que no era ni consciente. Era un “aquí te pillo aquí te bronceo“. Luego había días en los que se quedaba exclusivamente para ‘morenear’, que era cuando, revista Bravo en mano, hacíamos los “vuelta y vuelta” hasta que para despegarnos de la toalla casi necesitábamos una espátula antiadherente.

A los 20 años me volví una sibarita. Tomar el sol era un hobby pero con cabeza. Cada día bajaba al jardín religiosamente (evitando ir de 12 a 16), pero no de cualquier manera. Tomar el sol era mi momento y no solo bajaba con la toalla, sino que la acompañaba de un cojín para las cervicales, una botella de agua, música, revistas y, la mayor parte de las veces, apuntes. Mis exámenes de junio, a lo largo de mis cuatro años de carrera, salieron de ese jardín.

A los 25 años, etapa en la que estoy ahora, el sol se ha convertido, no en un peligro, pero sí algo de lo que debo cuidarme. La crema factor 50 se ha convertido en mi básico antes de salir de casa y en mi indispensable en el bolso. Vale que si voy a la playa me tiro en la toalla, pero atrás ha quedado esa época en la que tomar el sol era el centro del verano.

No solo me he quitado la ansiedad que a veces llegaba a sentir porque se me iba el moreno, sino que estoy en una fase de mi vida en el que me da absolutamente igual estar o no estar bronceada. Creo que ahora mismo hay muchas cosas que prefiero hacer a cubierto antes que estar forzando a mis células a crear melanina constantemente para protegerme de una agresión como son los rayos de sol.

Bronceado pero sano

Aprovechando que nos faltan escasos días para el verano, que ya aprieta el calor y que este martes 13 de junio fue el Día Europeo de la Prevención del Cáncer de Piel, debemos tener en cuenta una serie de cosas si queremos tomar el sol con seguridad.

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Los consejos han sido sacados de de la nota de prensa del Hospital Vithas Nisa Pardo de Aravaca.

1. Protector solar antes de la exposición al sol y renovar, sobre todo después de cada baño (por mucho que diga que es resistente al agua, que más vale prevenir que curar). Ya sé que es un rollo tener que estar pendiente de la crema y que sin una madre detrás que nos lo recuerde se nos olvida la mayor parte de las veces, pero hay que hacerlo.

2. Nada de sesiones maratonianos al estilo “vuelta y vuelta” bajo el sol y sobre todo evitar la exposición solar entre las 12 y las 16 horas. Es decir, si quieres echarte la siesta, hazlo a la sombra pero nunca bajo el sol que es cuando más pega (y cuando más dañino es).

3. Adiós a las sesiones bronceadoras con lámparas de rayos UVA. No es obligatorio que siempre estés morena. Estas máquinas contribuyen a la aparición de cánceres cutáneos y aceleran el envejecimiento. Sales más morena, sí, pero con más posibilidades de padecer cáncer y más vieja.

4. No exponer a insolación directa a los niños menores de 3 años y ponerles siempre crema con un alto factor de protección. No olvidemos que la piel conserva la memoria de todas las radiaciones recibidas. Es por eso que cuanto más importante ha sido la dosis, mayor es el riesgo de la aparición de cánceres en la edad adulta.

5.  Salir a correr, montar en bici, irte de compras por Gran Vía… Podemos quemarnos realizando cualquier actividad al aire libre, así que échate crema antes de salir de casa.

6. Lo de que si está nublado/llueve/hay nieve etc el sol no pega, es falso.

7. Ropa protectora como gorras y gafas de sol con cristales homologados filtrarán los rayos UVA y UVB. A los niños, además, ponerles camisetas secas y opacas: una camiseta mojada deja pasar los rayos UV.

8. Secarse bien después de cada baño. Nada de secarse al sol presumiendo de tu nuevo bikini ya que el efecto lupa de las gotas de agua favorece las quemaduras solares y disminuye la eficacia de los protectores solares (sí, aunque sean resistentes al agua).

9. Beber agua a menudo. El sol deshidrata nuestro organismo. Vigilar especialmente a las personas mayores, cuya sensación de sed está atenuada, y a los niños, cuya necesidad de agua es importante y sus centros de termorregulación son todavía inmaduros.

10. Si ves que una peca o lunar ha cambiado de forma, tamaño o color, no lo “dejes estar” y consultar a un dermatólogo. Puede ponerse feo.