Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Ametralladoras y granadas para celebrar el 4 de julio en Afganistán

El viaje tiene algo de pesadilla dolorosa, interminable, digna de Ferdinand Celine. Los soldados aguatan como pueden las sacudidas del vehículo blindado MRAP al tiempo en que sus cascos se golpean entre sí. Por el hueco que hay en el techo, y que emplea el encargado de disparar la ametralladora, se cuelan nubes de polvo. Todo en la más absoluta oscuridad, destinada a no llamar la atención del enemigo.

El tercer pelotón de la 101 División Aerotransportada ha sido el encargado esta semana de realizar las misiones al exterior de la base de Tagab. Misiones para tratar de ganarse “las mentes y los corazones” de los afganos, para apoyar a la policía local en el control de las carreteras o para enfrentarse directamente a los talibán.

Las acciones nocturnas siempre implican la búsqueda de “contacto” con las fuerzas integristas. Se dirigen a los lugares en los que suelen estar para tenderles emboscadas, para empujarlas a luchar.

“Estoy un poco nervioso”, afirma el cabo Hernández, de 24 años, entrado en carnes. “Me gustan las misiones nocturnas, te suben la adrenalina”.

Hijo de mexicanos, Hernández es el encargado de pasar las coordinadas en caso de necesitar un ataque aéreo o con morteros. Lleva en la mano un GPS, un mapa plastificado, una regla y una pequeña linterna verde. Sus compañeros lo llaman “Hache”. A su lado viaja Cox, que tiene 21 años.

Fuego preventivo

Una vez alcanzado el punto de “contacto”, los seis vehículos en los que desplaza el pelotón se colocan en posición. Gracias a la visión nocturna y las miras láser, los soldados escanean la zona en busca de efectivos talibán.

Llega una información urgente de intel (como llaman a la inteligencia). Unos treinta talibán se desplazan por el sur. Llevan lanzamisiles RPG. Hernández solicita que se lancen bengalas desde la base para poder iluminar la zona.

Se percibe la tensión. Walden, de 20 años, es el encargado de la ametralladora calibre .50. Dispara fuego preventivo cuando recibe las órdenes del sargento Ward. La noche se cubre de manchas rojas que como luciérnagas furiosas avanzan hacia los árboles donde se suponen que están los fundamentalistas. El sonido de las balas retumba en los oídos. Cox abre la parte posterior del techo, se asoma con un aparatoso lanzamisiles. Espera órdenes.

Pasan los minutos, no llega respuesta alguna de los talibán. “Seguramente van a disparar cuando nos demos vuelta y volvamos al cuartel. Como no nos pueden ganar de frente, buscan a que bajemos la guardia”, explica Hernández, aunque lo cierto es que nada sucede y emprenden el camino de regreso sin problemas.

Independence Day

Como es 4 de julio, esta tarde en la cantina, también llamada chow hall, les han servido filetes y hamburguesas. Cox habla de sus amigos, de su familia. “Deben estar preparándose para cenar y para salir después a celebrar”, dice.

Son las nueve de la noche en la base de Tagab, donde todos están esperando a que regrese el tercer pelotón para poder dar comienzo a la fiesta de la Independencia.

Los morteros, tan activos cada noche, lanzan ahora bengalas a la montaña más próxima. Los 167 hombres, y una mujer, que residen aquí gritan, aplauden. De fondo se escucha una composición de Wagner, por lo que la escena tiene nuevamente algo onírico, aunque en esta ocasión más propio de Apocalipsis Now.

Después se suceden desde distintos puntos de la base, y hacia la montaña, disparos de ametralladoras que dejan rastros incandescentes en la unánime fisonomía de la noche. La más potente de todas, una dushka rusa, que es accionada por comandos rumanos desde la parte del cuartel en la que viven las Fuerzas Especiales.

Ante cada explosión, cada proyectil, más vivas. A nadie parece importarle que la base esté iluminada como un árbol de navidad, siendo un objetivo fácil para los talibán. Lo importante hoy es celebrar el 4 de julio.

El punto culminante llega cuando alguien se saca una granada de mano del cinturón y la arroja por encima de la empalizada que limita la base. Algunos se sorprenden, aunque la mayoría exclama “Uau!!! Yeah!!”.

El gasto de munición ha sido importante. ¡Bien conmemorado el día de la Independencia! Sin embargo, un soldado que al día siguiente viene del vecino cuartel de Morales Frazer dice: “Eso no es nada. En nuestra base cavaron un hoyo de varios metros lo llenaron de gasolina y le prendieron fuego. Después dispararon un centenar de bengalas”.

Empotrado en Afganistán: luchar por las mentes y los corazones

Operación destinada a ganarse “los corazones y las mentes de los afganos”. Al tercer pelotón de la base le toca esta semana la labor de patrullar la zona. Sus integrantes, en su mayoría jóvenes que no superan los 24 años, se preparan. Cargan las armas en los humvees, coordinan las frecuencias de las radios. El sargento da las instrucciones. Comenta que hay amenaza de atentado suicida.

Seis vehículos blindados se detienen frente a un pueblo próximo a la base. Desde allí los soldados caminan. Es un pueblo colorido, con su gran bazar, su mercado de camellos, y al mismo tiempo miserable, ausente de luz, de agua corriente, como buena parte de Afganistán, anclado en la Edad Media.

La patrulla se dirige a la escuela local, que recibe ayuda económica de EEUU. Uno de los jóvenes militares se entrevista con el director. Habla del número de alumnos, de los turnos.

Aprovecho, salgo y converso con los estudiantes. “Con los talibán hay que negociar. Son nuestros hermanos musulmanes, no podemos pelear con ellos”, afirma uno de ellos.

Uno de los soldados que está escuchando, se acerca e interviene: “¿Te van a hacer escuelas, carreteras, los talibán?”, le pregunta. El joven estudiante, de 20 años, insiste en que hay que negociar con los integristas, la misma línea que defiende el presidente Karzai.

Continúa la operación, que no sin cierto nerviosismo se dirige al mercado de camellos, abarrotado de animales y vendedores a primera hora de la mañana, con el magnífico marco de las montañas como telón de fondo.

Converso con uno de los soldados. Tiene 22 años, entró al Ejército cuando tenía 18 porque ese siempre había sido su sueño. “Debía terminar en unos meses pero me han ordenado que me quede un año más”, explica.

Sirvió en Ramadi, Irak, cuando aún no era mayor de edad. “Podía ir a la guerra, pero en mi país no me podía tomar una cerveza“. Cuando finalmente lo den de baja espera poder acudir a la universidad para estudiar informática. En unas semanas lo ascienden a sargento. “Es un poco más de dinero, no mucho, 300 dólares”.

Se suponía que la misión, de dos horas, terminaba en el bazar, donde los soldados harían compras como una forma de integrarse con la comunidad local. Tarjetas de teléfono, souvenirs, frutas. Sin embargo, recibimos un pedido de QRF (Quick Reaction Force) y volvemos a los blindados y nos marchamos a toda prisa. Son las ocho de la mañana.

El cambio climático castiga a los nómadas afar (3)

“Estamos preparando nuevos proyectos para que los afar puedan prosperar. Pero esta emergencia nos obliga a centrarnos en la ayuda humanitaria más que en el desarrollo”, me dice Valerie Browning, a quien le pregunto también por la infibulación, la peor forma de mutilación genital femenina, que implica coser los labios de la vagina de las jóvenes. “En algunos años hemos conseguido que disminuya notablemente. Son los líderes religiosos los que nos están ayudando a educar a la gente, los que explican que el Corán se opone a esta práctica. Con su apoyo esperamos que dentro de poco desaparezca por completo de nuestra comunidad”, me responde.

Tras acompañar durante varios días a Valerie a través del desierto, en una labor que me despierta honda admiración, parto por mi cuenta, con el todoterreno que he alquilado en Addis Abeba, para descubrir la realidad de los afar.

Junto a Million, el chófer, y un guía que nos asigna Valery, Mohamed, recorremos la planicie sedienta, paupérrima, asolada por las tormentas de arena, por temperaturas que alcanzan los cincuenta grados, y a través de la cual las familias nómadas se desplazan en procura de alimento para su ganado. El vasto territorio que conforma la frontera que separa a Etiopía, Eritrea y Djibuti.

Me sorprendo al encontrar una fauna de los más variada: perdices, gacelas, monos. Pero lo que más perplejidad me produce es la aridez de cuanto territorio fatigamos. Y me hace preguntarme cómo es que los afar sobreviven desde hace siglos en esta tierra pedregosa y estéril.

Damos con algunas familias que parecen salidas de relatos bíblicos. Llevan semanas caminando por el desierto en busca de fuentes de agua, pues la sequía que asola esta región como consecuencia del cambio climático ha cambiado la lógica por la que antes se guiaban y lograban subsistir.

Los veo amontonarse en torno a los pocos pozos que aún tienen algo de agua. Observo cómo las familias dejan a sus espaldas a los animales muertos, y luchan por levantar a los que aún quedan con vida, por empujarlos para que sigan adelante, incluidos los camellos, que son la base de su supervivencia, ya que les brindan la leche, base de su alimentación.

Hasta ahora he escrito de todos los chóferes y guías con los que he trabajado para dar vida a Viaje a la guerra, con afecto y gratitud. Ya fuera Kayed en Gaza, Fadhi en Líbano o Cícero en las favelas de Brasil. Lamentablemente, Million es la excepción. Tenía deshinchada la llanta de repuesto, un descuido que nos obligó a pasar buena parte de la noche en el desierto, a merced de cuánto grupo armado pudiera haber en la zona.

Después, el Toyota Landcruiser, que se suponía que estaba en buenas condiciones, según me aseguró en Addis Abeba antes de salir hacia la tierra de los afar, no hacía más que romperse. Primero el sistema eléctrico, después la dirección. Esto nos obligó a perder valiosas horas de trabajo, a pernoctar en pueblos olvidados, a buscar una y otra vez talleres mecánicos.

Cuando estábamos en la carretera principal no había demasiados problemas. El tráfico fronterizo de camiones que viajan desde las tierras altas de Etiopía hacia el Mar Rojo, cargados de contenedores, ha dado vida a un rosario de asentamientos donde podíamos encontrar ayuda, más allá de que se trataba de lugares en los que predominaban los burdeles de mala muerte y las tiendas de contrabando.

Pero fuera de allí nuestras constantes averías resultaban penosas y extenuantes. Algo positivo del tedio de tener que empujar a todas horas el coche, de no saber si íbamos a llegar al próximo destino, fue que dormí en los lugares más insólitos. En algunas ocasiones con los nómadas afar. En otras, en pueblos apenas habitados, junto a la puerta de un restaurante o dentro del coche.

Oportunidades que aproveché para conversar con Mohamed, un joven de 28 años, refugiado, que había escapado del gobierno dictatorial de Eritrea para acabar en Logya, trabajando junto a Valery Browning como maestro en APDA.

Bajo las estrellas, Mohamed me explicó en profundidad cómo es la cultura afar, tan desconocida para los occidentales. El por qué de la infibulación, el mito de la castración de los enemigos, sus rituales guerreros, el valor del ganado, la concepción que tienen del islam. Una cultura fascinante que espero que logre sobrevivir al momento crítico, de marginación y olvido, en el que se encuentra.

El final de viaje fue agónico, parecía que no íbamos a llegar más a la capital de Etiopía, donde me esperaba el vuelo de regreso a España. Por una parte me sentía deseoso de dejar atrás el calor extremo del desierto, la dieta a base de enyera, pan y leche, los improvisados lechos polvorientos, en los que se dedicaban a recorrerme por el cuerpo toda clase de insectos.

Pero también sentía deseos de conocer mejor a los afar. Y experimentaba cierta culpa, como ya me ocurrió en Gaza, en Sudán y Uganda, de dejar a mis espaldas a una gente me había recibido de forma generosa, hospitalaria, y que estaba atrapada en una situación extremadamente dolorosa e injusta.

Otro domingo de alcohol y plegarias en Kibera

Situado en la periferia de la ciudad de Nairobi, Kibera es el barrio de chabolas no sólo más vasto y superpoblado de África, sino del mundo. Se estima que el 33% de sus 800 mil habitantes es portador del virus del VIH.

Las condiciones de vida en Kibera son paupérrimas. Precarias casetas hechas de chapa y madera, carentes de saneamientos, montañas de basura que se acumulan por doquier y que favorecen la propagación de enfermedades infecciosas.

Lo primero que sorprende al llegar a este asentamiento marginal, además de descubrir el incandescente reflejo del sol en su encrespado mar de techos de lata, es el acusado e insoslayable olor a heces una vez que ya te has sumergido en sus sinuosas callejuelas. Al carecer de lavabos la gente hace sus necesidades en bolsas de plástico y las arroja por las ventanas. Los famosos “flying toilettes”.

Hoy es domingo en Kibera. No el mejor día para venir con la cámara, ya que la gente permanece ociosa en la calle y las huestes de niños te siguen gritándote una y otra vez “muzungu”, “muzungu” (que en suahili quiere decir “hombre blanco”), o repitiendo en forma de ráfagas, como si fuera una sola palabra: “how-are-you!”, “how-are-you!”. A lo que no tiene mucho sentido que te molestes en responder “fine, thank you”, porque no saben qué quiere decir.

Se nota que es domingo en Kibera porque las familias se han puesto sus mejores galas para ir a la iglesia. A pesar de la mugre y el olor pestilente, logran permanecer impolutos hasta que entran al servicio devocional y comienzan a orar. En este barrio de chabolas no hay cloacas ni sistema de alumbrado, pero sí hay cientos de templos, de todas las confesiones posibles. Cada tres casetas de chapa, una tiene un cartel en el que se anuncia como la “casa de Dios”.

Cada vez que paso por Nairobi vengo a visitar a Patrick Kimawachi, un gran amigo, por el que siento una honda admiración. Pastor evangélico, proveniente de la región oriental de Kenia, llegó a Kibera hace 17 años para velar, junto a su mujer Atlight, por los niños más postergados. En su mayoría, huérfanos del sida.

Aunque soy un ferviente ateo, me sumo al servicio dominical de Patrick. Y lo cierto es que resulta ser siempre una experiencia estimulante, ya que no se trata de un rito solemne y denso como el de la misa católica, en el que uno habla y los demás escuchan. Aquí todos participan, cantan, bailan, toman la palabra. Hasta a mí me piden que pase al altar y diga algo. Como en las anteriores ocasiones en las que he estado aquí – que ya suman una docena en los últimos dos años -, les doy las gracias por abrirme las puertas de su vida, y por el ejemplo de resistencia y dignidad que me dan en medio de la miseria más absoluta.

Después, almuerzo junto a Patrick y su familia. Sus hijos están cada día más grandes, así como la treintena de niños que conforman el hogar. Nueva adquisición de la familia: un gato. “Para que se coma a las ratas”, me confiesa Patrick. Inmersos en la penumbra de su chabola, sofocados por el calor, comemos las patatas con repollo que ha cocinado Atlight. El olor a heces y basura nos acompaña en todo momento.

Una de cada tres casas en Kibera es una iglesia. La siguiente es una peluquería, donde las mujeres pasan horas haciéndose sus intrincados peinados. Y la tercera es un bar de alcohol ilegal. Estos últimos, los domingos están desbordados de clientes que se apretujan para consumir buzaá, la cerveza ilegal que fabrican en las calles a base de maíz tostado. Sus resultados se ven en las aceras, que suelen estar tapizadas de hombres de ojos rojos, ebrios.

“La gente necesita escaparse de la pobreza”, me explica Patrick. “El 90% va al bar, y el 10% viene a la iglesia”. Mi parte non sancta, mi pequeño demonio interior, tira de mí. Me despido de Patrick y de sus niños. Y, una vez más, termino en el Vision Club, compartiendo una lata de buzaá junto a viejos amigos: John, Terence, Aleluya. Pasan los años y siguen aquí, asidos a su ronda diaria de cerveza prohibida. Riendo, cantando, para olvidarse del profundo olor a mierda que nos rodea.

Un año de viaje a la guerra: ¡dos vueltas al mundo!

Hace un año comenzaba esta fascinante y aleccionadora aventura que es Viaje a la guerra. Lo hacía el 1 de junio de 2006 al coger un vuelo en Barajas que me conduciría a Nairobi. Tras pasar tres días en la capital keniana, donde volvería a visitar a los amigos que tengo en el “barrio de los lavabos voladores”, partiría hacia Sudán.

Desde aquella fecha iniciática fatigué nueve países: Kenia, Sudán, Uganda, Israel, Líbano, Turquía, Argentina, Brasil y Argelia. Las diferencias políticas entre algunos de estos estados me obligaron a cambiar de pasaporte en tres ocasiones. Recorrí en avión exactamente 84.608 kms. El equivalente a dar dos vueltas al mundo.

La distancia de la travesía por tierra resulta menos sencilla de estimar. Pero con mis diarios y mapas en la mano la cifra asciende a unos cinco mil kilómetros. Los medios de transporte han sido de lo más variado: taxis, coches de alquiler, camionetas de organizaciones humanitarias, camiones. A lo largo de estos recorridos me acompañaron una serie de conductores-traductores-guías, como Kayed, Fadhi y Cícero, que trascendieron la categoría de colaboradores para convertirse en verdaderos amigos. Pacientes, entusiastas, incondicionales, gracias a los cuales esta labor ha sido posible.

Con respecto al alojamiento, la cuenta final da más de cincuenta hoteles y pensiones. De tres estrellas, de dos estrellas y de noche cerrada sin resplandor alguno. Pero también casas de familia y tiendas de campaña. Desde donde cada tarde, después de una buena ducha, escribía las historias y editaba las fotografías del blog. En muchas ocasiones, como en Sudán, donde me veía obligado a sentarme disimuladamente en la puerta del cuartel de Naciones Unidas para robarles la señal Wi Fi, con no pocas limitaciones a la hora de tratar de conseguir que la información os pudiera llegar.

En total, más de cuarenta cuadernos llenos de conversaciones, impresiones y reflexiones manuscritas. Sumados uno detrás de otro en Word, los textos de este blog alcanzan – dada mi incapacidad congénita para ser breve, ¡con tantas cosas apasionantes que compartir! – los 250 folios. Y, en lo referido a la fotografía, casi mil imágenes, todas de primera mano, sacadas pocas horas antes de haber sido sumadas a la red.

¿El número de entrevistas? Difícil saberlo. Cientos. Desde las más desgarradoras con los niños heridos en los hospitales de Gaza, pasando por los jóvenes narcos de Río de Janeiro, las esclavas sexuales en Sudán y los niños soldados de Uganda, hasta aquella, tan polémica, que compartimos en el chat digital desde Beirut con uno de los fundadores de Hezbolá.

Un viaje a lo más sublime y a lo más abyecto de la condición humana. La violencia, la barbarie, las mentiras y la miseria del poder, del negocio de las armas, de las violaciones a los derechos humanos. De la maldita guerra. Pero también un encuentro con gente que no se rinde, que en la peor de la situaciones posibles tiene la templanza y la grandeza de espíritu para no dejar de creer, para seguir adelante.

Sin dudas, el año más extraordinario y apasionante de mi vida. Si hay alguien allí arriba que mueve los hilos, cosa que dudo, le doy las gracias por haber pasado estos doce meses sin más traspiés que un par de fiebres, un poco de alergia y mucho pero mucho cansancio acumulado. Una experiencia en la que vuestra amistad y compañía ha sido un regalo inesperado y valiosísimo…