Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Las guerras del agua

Regresar al hotel tras una jornada de trabajo en algún país del África subsahariana. Encender la luz de la habitación, conectarse a Internet y leer los correos electrónicos, abrir el grifo para tomarse una ducha.

No en pocas ocasiones me he encontrado a mí mismo reflexionado sobre lo extraordinario de estos actos que en nuestras existencias cotidianas damos por garantizados. En especial, la posibilidad de contar con agua corriente. La extraña y perturbadora certeza de ser una de las pocas personas en cientos o miles de kilómetros a la redonda que goza de semejante privilegio. Pensar que la mayoría de aquellos a los que has entrevistado, que te han ayudado a realizar el trabajo o que simplemente se han cruzado en tu camino, nunca en sus vidas van a poder hacer eso: abrir el grifo y meterse bajo una ducha.

Pero no se trata sólo de que el 40% de los habitantes del subcontinente no tiene agua potable. La responsabilidad de conseguir este recurso ha sido tradicionalmente asignada a mujeres y niñas. Según datos de la ONU, ellas dedican entre cinco y ocho horas diarias a transportar el agua hasta sus viviendas, con la consecuente pérdida de oportunidades de estudio y de progreso laboral que esto implica.

Una realidad que acentúa la desigualdad de género. Y que, además, como vimos en alguna oportunidad al investigar sobre la violación como arma de guerra, hasta pone en riesgo su seguridad. Buena parte de las agresiones sexuales tienen lugar cuando las mujeres se alejan del campo de refugiados o de la aldea para buscar agua.

Estados fallidos y dictaduras

Si hay algo que define el paisaje del África profunda es justamente este constante devenir por los caminos de tierra de mujeres y niñas cargadas de bidones, latas y cubos. A nivel mundial estamos hablando de 844 millones de personas que carecen de agua corriente. Más de diez mil personas, la mitad niños menores de cinco años, mueren a diario como consecuencia de enfermedades provocadas por el agua contaminada, no saneada: fiebre tifoidea, cólera, hepatitis A, diarrea, dengue, polio, salmonelosis…

Y si hay algo que definirá la fisonomía política y social del África futura será la confrontación por el agua. Ya en 2007 viajamos en este blog a Etiopía para ser testigos de las luchas armadas de los nómadas afar, acorralados por la sequía, la enfermedad y la muerte de sus animales (ver vídeo). Escenario que se repite en el norte de Kenia, entre los turkana, y que se está expandiendo por el subcontinente como consecuencia del cambio climático y el calentamiento global.

El informe Global Warming and Climate Change, que será presentado mañana en Casa Asia-Madrid, alerta además del potencial surgimiento de regímenes autoritarios y Estados fallidos en las próximas tres décadas.

Foto: Niños campo de desplazados Uganda (HZ).

El esperado final de la crisis en Kenia (vídeos)

Más allá de los enfrentamientos aislados, que esta semana se han cobrado una docena de vidas en Kenia, los acuerdos para un gobierno de coalición parecen prosperar.

Acuerdos que hoy, día clave, el parlamento debe ratificar, y que establecerían a Raila Odinga, el candidato del ODM, en una posición que hasta ahora no existía en el ejecutivo keniano: Primer Ministro.

Otras medidas que incluyen:

* Se creará una comisión de reconciliación nacional que investigará la violencia post electoral.

* Se conformará un panel que revisará los comicios del 27 de diciembre

* Y se hará una exhaustiva reforma de la Constitución adoptada por Kenia en 1963, y que por su centralismo y las excesivas atribuciones que da al Presidente, genera descontento desde hace años.

Desafortunadamente, la violencia sexual, que una y otra vez se emplea en todo el continente africano como arma de guerra, sigue afectando a mujeres que se encuentran entre las miles de personas que aún permanecen en campos de desplazados.

El cambio climático

La Fundación Escenarios de Sostenibilidad está desarrollando una encomiable labor de sensibilización sobre el cambio climático en África, además de apoyar proyectos en Kenia.

Cuestión en la que el continente se juega mucho más que cualquier otra región del mundo: la ONU estima que más de 300 millones de personas tendrán que abandonar sus hogares en las próximas décadas como consecuencia del calentamiento global. Desplazamiento poblacional que estará en la raíz de nuevos conflictos armados y tensiones étnicas.

Ya hemos conocido en este blog de primera mano el drama que sufren los nómadas afar en la frontera entre Etiopía, Djibuti y Eritrea.

Una parte minúscula de una problemática que se repite a lo largo del África subsahariana, y que quizás en pocos lugares se hace evidente tan evidente como en el Lago Chad, donde el descenso del nivel del agua ha tenido un impacto brutal sobre miles de familias que dependían de él para subsistir (ha perdido el 90% de su superficie).

En Kenia, también los patrones de vida están cambiando en el lago Victoria y en las regiones desérticas del nordeste. Un nuevo factor que pone aún más presión a las existentes tensiones por el control y la posesión de un bien tan escaso como la tierra.

La crisis keniana en perspectiva

Y otro vídeo, también realizado por la Fundación Escenarios de Sostenibilidad, que repasa someramente los terribles hechos acaecidos en Kenia a lo largo de los últimos dos meses.

Hechos que, afortunadamente, parece estar ya próximos a concluir para permitir así que el país que ha sido modelo de prosperidad macroeconómica en la región pueda retomar la senda del crecimiento.

Aunque eso sí, en esta ocasión, esperemos que sea con equidad social y distribución de la riqueza. Sólo de este modo África estará realmente en condiciones de hacer frente a los desafíos que le esperan.

El cambio climático castiga a los nómadas afar (3)

“Estamos preparando nuevos proyectos para que los afar puedan prosperar. Pero esta emergencia nos obliga a centrarnos en la ayuda humanitaria más que en el desarrollo”, me dice Valerie Browning, a quien le pregunto también por la infibulación, la peor forma de mutilación genital femenina, que implica coser los labios de la vagina de las jóvenes. “En algunos años hemos conseguido que disminuya notablemente. Son los líderes religiosos los que nos están ayudando a educar a la gente, los que explican que el Corán se opone a esta práctica. Con su apoyo esperamos que dentro de poco desaparezca por completo de nuestra comunidad”, me responde.

Tras acompañar durante varios días a Valerie a través del desierto, en una labor que me despierta honda admiración, parto por mi cuenta, con el todoterreno que he alquilado en Addis Abeba, para descubrir la realidad de los afar.

Junto a Million, el chófer, y un guía que nos asigna Valery, Mohamed, recorremos la planicie sedienta, paupérrima, asolada por las tormentas de arena, por temperaturas que alcanzan los cincuenta grados, y a través de la cual las familias nómadas se desplazan en procura de alimento para su ganado. El vasto territorio que conforma la frontera que separa a Etiopía, Eritrea y Djibuti.

Me sorprendo al encontrar una fauna de los más variada: perdices, gacelas, monos. Pero lo que más perplejidad me produce es la aridez de cuanto territorio fatigamos. Y me hace preguntarme cómo es que los afar sobreviven desde hace siglos en esta tierra pedregosa y estéril.

Damos con algunas familias que parecen salidas de relatos bíblicos. Llevan semanas caminando por el desierto en busca de fuentes de agua, pues la sequía que asola esta región como consecuencia del cambio climático ha cambiado la lógica por la que antes se guiaban y lograban subsistir.

Los veo amontonarse en torno a los pocos pozos que aún tienen algo de agua. Observo cómo las familias dejan a sus espaldas a los animales muertos, y luchan por levantar a los que aún quedan con vida, por empujarlos para que sigan adelante, incluidos los camellos, que son la base de su supervivencia, ya que les brindan la leche, base de su alimentación.

Hasta ahora he escrito de todos los chóferes y guías con los que he trabajado para dar vida a Viaje a la guerra, con afecto y gratitud. Ya fuera Kayed en Gaza, Fadhi en Líbano o Cícero en las favelas de Brasil. Lamentablemente, Million es la excepción. Tenía deshinchada la llanta de repuesto, un descuido que nos obligó a pasar buena parte de la noche en el desierto, a merced de cuánto grupo armado pudiera haber en la zona.

Después, el Toyota Landcruiser, que se suponía que estaba en buenas condiciones, según me aseguró en Addis Abeba antes de salir hacia la tierra de los afar, no hacía más que romperse. Primero el sistema eléctrico, después la dirección. Esto nos obligó a perder valiosas horas de trabajo, a pernoctar en pueblos olvidados, a buscar una y otra vez talleres mecánicos.

Cuando estábamos en la carretera principal no había demasiados problemas. El tráfico fronterizo de camiones que viajan desde las tierras altas de Etiopía hacia el Mar Rojo, cargados de contenedores, ha dado vida a un rosario de asentamientos donde podíamos encontrar ayuda, más allá de que se trataba de lugares en los que predominaban los burdeles de mala muerte y las tiendas de contrabando.

Pero fuera de allí nuestras constantes averías resultaban penosas y extenuantes. Algo positivo del tedio de tener que empujar a todas horas el coche, de no saber si íbamos a llegar al próximo destino, fue que dormí en los lugares más insólitos. En algunas ocasiones con los nómadas afar. En otras, en pueblos apenas habitados, junto a la puerta de un restaurante o dentro del coche.

Oportunidades que aproveché para conversar con Mohamed, un joven de 28 años, refugiado, que había escapado del gobierno dictatorial de Eritrea para acabar en Logya, trabajando junto a Valery Browning como maestro en APDA.

Bajo las estrellas, Mohamed me explicó en profundidad cómo es la cultura afar, tan desconocida para los occidentales. El por qué de la infibulación, el mito de la castración de los enemigos, sus rituales guerreros, el valor del ganado, la concepción que tienen del islam. Una cultura fascinante que espero que logre sobrevivir al momento crítico, de marginación y olvido, en el que se encuentra.

El final de viaje fue agónico, parecía que no íbamos a llegar más a la capital de Etiopía, donde me esperaba el vuelo de regreso a España. Por una parte me sentía deseoso de dejar atrás el calor extremo del desierto, la dieta a base de enyera, pan y leche, los improvisados lechos polvorientos, en los que se dedicaban a recorrerme por el cuerpo toda clase de insectos.

Pero también sentía deseos de conocer mejor a los afar. Y experimentaba cierta culpa, como ya me ocurrió en Gaza, en Sudán y Uganda, de dejar a mis espaldas a una gente me había recibido de forma generosa, hospitalaria, y que estaba atrapada en una situación extremadamente dolorosa e injusta.

El cambio climático castiga a los nómadas afar (2)

Los afar viven desde hace siglos en el desierto de Danakil y en las márgenes del río Awash. Su principal fuente de subsistencia es el ganado, que mueven por las llanuras en busca de alimento. Algunos también se dedican al comercio de sal, ya que en la región existen vastos recursos de este mineral.

Las lluvias, fundamentales para su subsistencia, han venido fallando de forma continuada desde 1999, según me comenta Julien Chambaud, de la oficina de Acción contra el hambre en Addis Abeba. Esto ha hecho que los afar estén padeciendo una crisis sin precedentes.

Durante varios días acompaño a Valery Browning, la responsable de APDA, a repartir ayuda humanitaria. Se levanta al alba y parte con su ambulancia hacia aquellas comunidades en que la situación es más desesperante. Encontramos casos de malnutrición, de cólera. Valery no da abasto. Entrega alimentos, herramientas para que se excaven pozos. Cada vez que regresa a su oficina recibe una nueva llamada y vuelve a partir.

“A esta gente, que es la que sabe vivir en armonía con su medio, en vez de escucharla, de aprender de ella, el mundo se obstina en ignorarla y condenarla a la desaparición”, me dice Valery, malika para los afar, que a cada momento me despierta mayor admiración por su capacidad de trabajo, su compromiso y su fuerza.

En un paupérrimo centro de asistencia sanitaria del gobierno etíope encontramos a docenas de personas, en su mayoría mujeres y niños. El nivel de malnutrición que padecen me recuerda a esos retratos de la hambruna en el norte de Etiopía en 1984. Pómulos prominentes, mejillas hundidas, brazos lánguidos, de piel reseca. Mientras sostengo la cámara de vídeo y grabo las imágenes con las que haré un capítulo de la serie Un día más con vida que saldrá en septiembre, siento una profunda e insoslayable tristeza.

Sin perder un instante, Valery descarga la camioneta. Me dice: “Al gobierno etíope tampoco le importa esta gente. Mira la asistencia que les brinda, las condiciones en que los tienen. Lo único que quieren de los afar son sus tierras”.

Como si la labor de Valery no fuera ya de por sí complicada, en partes del trayecto nos quedamos varados en la arena. Al lado de los hombres de su organización, ella se coloca detrás del guardabarros, cuenta hasta tres y empuja. Manda, dirige, pero también trabaja, tira hacia adelante, junto al resto de su equipo.

Aunque grupos armados afar secuestraron a turistas italianos en 1995, y hace unos meses a varios británicos, lo cierto es que me siento seguro viajando con ellos. A estos grupos se los relaciona con el Afar Revolucionario Democratic Union Front (ARDUF), frente que busca la creación de una región independiente en Etiopía y Eritrea y cuyo lema es “el mar Rojo pertenece a los afar”.

Mi gran preocupación, como la de todos con los que recorro el desierto para repartir ayuda humanitaria, son los isa, enemigos acérrimos de los afar. Ni en una sola ocasión he salido a la carretera sin estar acompañado por algún hombre armado con AK-47. Los momentos de mayor tensión son cuando nos sumergimos en la arena y no podemos continuar, lo que nos convierte, como me explican, en un blanco fácil para los isa, que tienen origen somalí.

La sequía que se ha cebado de forma tan brutal con esta región del mundo, ha llevado a numerosas familias afar a desplazarse hacia las zonas altas de Etiopía. Esto ha provocado enfrentamientos con los oromos, ya que los animales de los afar dañan sus cultivos. Uno de los primeros conflictos como consecuencia del cambio climático, aunque todo permite preveer que no será el último.

Paradójicamente, África, el continente que menos contamina, es el que se está llevando la peor parte de esta historia. Más de 300 millones de personas ya están viendo amenazados sus medios de subsistencia debido al recalentamiento del planeta. O, mejor dicho, al estado de negación colectiva que ha hecho que nuestra reacción ante el que es el mayor desafío que debemos enfrentar, haya sido hasta el momento lenta e ineficiente.

Continúa…

El cambio climático castiga a los nómadas afar (1)

“Primero se mueren las vacas, después las cabras y los últimos son los camellos”, me dice Ibrahim, líder de una comunidad nómada afar. “Y ahora se nos están muriendo los camellos. Nunca hemos estado tan mal”. Minutos después lo veo junto a los hombres, mujeres y niños de su familia luchando por levantar a uno de los últimos animales que le quedan con vida.

Los afar son desde hace más de mil años los orgullosos habitantes de la franja de desierto que se extiende tanto en la zona oriental de Etiopía como en Eritrea y Djibuti. Pastores nómadas, comenzaron a convertirse al islam tras el primer contacto con comerciantes árabes en el siglo X. Se los distingue a simple vista por su cabello en tirabuzones y sus grandes cuchillos curvos. Su prenda principal es el “sanafil”, una suerte de falda que tradicionalmente variaba de color según el sexo.

En Djibuti, donde alcanzan un tercio de la población, protagonizaron en 1991 un violento alzamiento contra el gobierno central del país, en manos de los somalíes, que dejó miles de muertos y que concluyó en 1994 con un acuerdo de paz y una redistribución del poder que reconoció el peso de los afar en la ex colonia francesa.

En Etiopía suman un millón y medio de personas. Hacen sus chozas, llamadas “ari”, con ramas y telas, que mueven regularmente en busca de fuentes de agua para sus animales, en especial durante la temporada seca. El conjunto de chozas, núcleo de cada comunidad, recibe el nombre de “burra”.

Otro rasgo peculiar de esta gente, sobre la que tan poco se ha escrito e investigado desde Occidente, son los dientes, que se afilan desde que son pequeños empleando cuchillos para que parezcan colmillos. Una característica que quizás haya impresionado a los viajeros europeos del siglo XIX y XX, ya que la imagen predominante que daban de ellos era la de un pueblo violento y guerrero, que entre otras costumbre tenía la de cortar los genitales a sus enemigos.

Pero lo cierto es que los afar, como me había garantizado Valerie Browning, me reciben con suma cordialidad, sin privarme en un instante de la ilimitada hospitalidad de quienes viven en el desierto. Una cualidad que me hace más difícil aceptar aún la durísima situación en que se encuentran debido a las sequías cíclicas que están afectando a la región, según algunos expertos, como consecuencia del cambio climático.

Continúa…