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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La estrategia del avestruz nos ahoga en mierda

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© Wikimedia Commons

Mi tío Nemesio no necesitó censos ni análisis. Me lo dijo muy clarito un día en que me llevó, casi en volandas, a dar un paseo desde Hontoria hasta Cubillo a su ritmo incansable de guardia civil retirado, ajeno a sus 80 años:

“Ahora ya casi no quedan pájaros en el campo por culpa de todo ese sulfato que le echan a los cultivos”.

Yo jadeaba mientras trataba de imaginarme cómo serían esos casi silenciosos lugares preñados de cantarinas calandrias, terreras, mochuelos, perdices y tórtolas. Sitios donde en un par de generaciones habíamos pasado de miles de aves a unidades.

Hoy he vuelto a acordarme de él cuando he leído las conclusiones de los programas de seguimiento de aves comunes. Las conclusiones a muchos años de control y estudio son terroríficas. En los últimos 30 años hemos perdido en Europa 421 millones de pájaros, que se dice pronto, de los que el 90% proceden de las 36 especies más comunes y asociadas a los medios agrarios. A nosotros y a nuestras fábricas de alimentos.

Según datos de SEO/BirdLife, el alcaudón real (Lanius meridionalis) es el ave con declive más acusado en España, un 65%, seguido de la perdiz roja (Alectoris rufa), el 37%, y la tórtola europea (Streptopelia turtur), el 25%.

Mi tío Nemesio acertó. La principal razón para explicar tan preocupante y salvaje descenso aviar es toda esa mierda que echamos a esos campos de mierda para producir una mierda de alimentos, eso sí, en gran y rentable escala.

Cuando él era joven los sistemas agrícolas eran más respetuosos con la naturaleza y menos industrializados. Ahora todo está mecanizado, un paisaje homogeneizado sin linderos ni barbechos donde los pesticidas de última generación están acabando con los insectos, empezando por las imprescindibles abejas. Y sin ellos todo el ecosistema se ha venido abajo.

Mi tío me enseñó a moverme deprisa y observar despacio, como hace el alcaudón. Pero nuestra sociedad está optando por un ave torpe y asustadiza, el avestruz. Una peligrosa estrategia, pues ocultando la cabeza en el agujero del consumo tan sólo lograremos ahogarnos en nuestra propia mierda.

Artículo científico al que hago referencia: Richard Inger, Richard Gregory, James P. Duffy, Iain Stott, Petr Voříšek, Kevin J. Gaston. Common European birds are declining rapidly while less abundant species’ numbers are rising. Ecology Letters, 2014; DOI: 10.1111/ele.12387

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Atención a la lluvia primaveral de pollos y otros animales

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Me llama mi amiga Fernanda. Fue a visitar una fabulosa encina monumental de Toledo y al acercarse a su tronco se dio un buen susto. Bajo el árbol, dos grandes bolas de algodón se hinchaban y bufaban amenazantes. Entre el blanco inmaculado resaltaban dos pares de ojos amarillos que la miraban igualmente asustados. Eran dos pollos de búho real (Bubo bubo). Se habían caído del nido, precariamente instalado en una vieja plataforma de corneja, en lo más alto de la gigantesca y solitaria encina manchega.

¿Qué podía hacer? Desde luego no cogerlos, fue mi apresurado consejo telefónico. Tampoco llamar a Medio Ambiente, como hizo el año pasado cuando se encontró otro de estos pollos en situación parecida. Llevarlos a casa o a un centro de recuperación tiene poco futuro. Lo mejor es dejar que la naturaleza siga su curso. Muchas parejas de búho real crían en el suelo y su prole prospera sin problemas. Como las avutardas, las perdices o las ortegas y sisones.

Éstas y otras especies tienen pollos que casi podríamos llamar nidífugos; en cuanto son medianamente grandes saltan del nido y empiezan a moverse por la zona. No los vemos, pero los padres están siempre muy cerca. Les cuidan y alimentan sin problemas allá por donde éstos vayan.

Así que mi amiga hizo lo mejor. Agarró una escalera y dejó las dos bolas de plumón en la cruz de la gran encina, pollos que se mantenían engrifados como habitual método de defensa pues les hace parecer más grandes y peligrosos de lo que en realidad son. Y ahí siguen hoy, hermosos y seguros.

En estos días de espléndida primavera, en nuestras salidas al campo nos podremos encontrar crías de animales aparentemente desvalidas. Incluso corzos, como ya os he contado en otra ocasión. Cogiéndolas no les hacemos ningún favor. Todo lo contrario. Lo mejor es no tocarlas. La madre naturaleza es sabia y nosotros pelín torpes.

En la foto, los búhos una vez subidos de nuevo a la encina.  © Fernanda Serrano

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El blindaje de semillas envenena a la fauna salvaje

Las semillas de cereal están blindadas cual coche de ministro. Desde hace décadas, las simientes se tratan con diferentes plaguicidas previamente a su siembra en el campo para evitar infecciones por hongos, parásitos y el ataque de insectos. En la actualidad se utilizan 19 compuestos químicos de los cuales 16 son fungicidas y los tres restantes insecticidas.

Como cualquiera puede imaginarse, una vez sembradas esas semillas constituyen un porcentaje muy elevado en la dieta otoñal e invernal de la fauna salvaje. Se las comen confiadas sin sospechar que las estamos envenenando.

Un estudio promovido por la Fundación para el Estudio y la Defensa de la Naturaleza de la Caza (FEDENCA) y desarrollado por el grupo de Toxicología de Fauna Silvestre del IREC, bajo la dirección de Rafael Mateo, así lo demuestra. Según este importante trabajo, plaguicidas como el imidacloprid podría constituir un “riesgo serio” para la supervivencia de las perdices. Y si afecta a las perdices, imaginaros cómo dejarán a las alondras, terreras, sisones, avutardas, grullas, gansos; a toda la fauna volatinera más querida de nuestros campos.

Las semillas blindadas incorporan unos repelentes que tratan de evitar su consumo por aves y mamíferos, pero resultan poco efectivos. En el caso de las perdices, el estudio concluye que el resto de fitosanitarios analizados “no parecen suponer un riesgo demasiado elevado”, debido el rechazo que muestran las aves en cautividad a consumir semillas tratadas. Sin embargo, no ocurre lo mismo con el imidacloprid.

La investigación subraya que la supervivencia de las perdices está “seriamente comprometida” por esta sustancia, ya que todos los individuos expuestos a la dosis habitual en semillas blindadas murieron en un periodo máximo de 21 días.  Consumiendo menos cantidad no mueren, pero sufren problemas de peso y se reduce su éxito reproductor.

Ante unos resultados tan preocupantes, los cazadores han solicitado que se mantengan y amplíen estos estudios incluyendo experimentos con animales salvajes. Pero eso se llama apoyar la investigación, algo que esta crisis está poniendo en nuestro país en serio peligro de extinción. Como esas aves a las que seguimos envenenando alegremente, y quizás también a nosotros mismos.

Puedes acceder al estudio completo en este enlace.

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Los cazadores acusan a las cigüeñas de dejarles sin caza

La noticia la ha lanzado El Norte de Castilla como una gran exclusiva: La superpoblación de cigüeñas reduce la caza en la provincia de Valladolid.  De acuerdo con los cazadores vallisoletanos, las piezas de caza han mermado allí donde las cigüeñas han incrementado su número. Y esto es así porque, según estos supuestos expertos en el medio ambiente, “desde hace un tiempo relativamente corto [la cigüeña] echa mano de polladas de especies cinegéticas como la perdiz, la codorniz y de gazapos de liebre y conejo para poder subsistir.

Así se lo explica a la periodista un anónimo miembro del coto de Ceínos de Campos:

“Puede que estemos ahora mismo ante el mayor depredador de todos. Estás cosechando y te encuentras con cuarenta cigüeñas detrás de la máquina y según saltan las polladas no dejan ni una”.

Sigo leyendo El Norte de Castilla. La Federación de Caza de Valladolid, presidida por Jesús Hernández, “es consciente de la situación”. Su responsable lo califica como un “depredador oportunista” que en los últimos años ha proliferado de manera importante. “Hay cigüeñas en cualquier parte de la provincia y son animales que tienen que comer, y ahora depredan sobre la perdiz, el conejo y la liebre”, dice Hernández.

¿Será verdad? ¿Son las cigüeñas tan malas como los zorros, los lobos, los topillos y los ecologistas?

Me temo que una vez más los cazadores están dando muestras de su escasos conocimientos en fauna y de su desmedida afición a buscar chivos expiatorios contra los que descargar sus escopetas de ira.  Un ornitólogo murciano se hacía hoy esta reflexión en Avesforum:

“Las 668 parejas de cigüeñas que crían en Valladolid son 1.336 individuos, que a repartir entre 394 cotos salen a unas 3,4 cigüeñas por coto. ¿Pueden 3,4 cigüenas por coto hacer semejante daño a la caza? No lo entiendo. Debe ser que yo no soy tan sabio como ellos”.

Otro naturalista comparaba el impacto de esta población con la de los más de 20.000 cazadores vallisoletanos con licencia. A quienes preguntaba si antes de acusar a las zancudas habían tenido en cuenta la general desaparición de lindes y barbechos en el campo, la quema de rastrojos, el uso de miles y miles de toneladas de pesticidas, herbicidas y abonos químicos, las enfermedades o la sobreexplotación cinegética.

Por cierto, que en el citado coto de Ceinos se produjo el año pasado uno de los peores episodios de envenenamiento en la provincia, provocado seguramente por algún cazador para eliminar depredadores y que provocó la muerte de un número importante de especies protegidas. ¿Lucha biológica?

Y es que como dijo Albert Einstein,

“hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana…. y de lo primero no estoy seguro”.

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Semillas ‘blindadas’ que envenenan el campo

En los últimos 50 años el agricultor (no todos pero la mayoría) ha pasado de cuidar la tierra a envenenarla. La nave donde guarda el tractor es ahora un almacén lleno de peligrosos productos químicos de toda índole: fertilizantes, insecticidas, herbicidas,… Ponzoñas a mayor gloria de las cosechas productivas, que no cosechas rentables, pues luego el precio irrisorio recibido por ellas apenas cubre los costos de tan complejo manejo fitosanitario. Ni el de las enfermedades derivadas de unos usos inadecuados para los que nunca ha recibido más formación que la contraetiqueta de los envases.

El rociado del campo con toda clase de venenos se ha hecho habitual. Eso lo aceptamos como un mal menor de los nuevos tiempos. Pero lo que no sabíamos es que hasta las semillas con las que se siembra matan. Son las llamadas “semillas blindadas“, esos granos de trigo, maíz, avena o cebada tratados con plaguicidas para impedir el ataque de insectos y hongos. Convenientemente coloreados, somos conscientes de su peligrosidad. Pero los animales no lo saben. Y se los comen. Especialmente las aves.

Los cazadores están preocupados por los efectos de estas semillas envenenadas en las poblaciones de perdiz roja. Por ello, la Real Federación Española de Caza (RFEC) y la Oficina Nacional de la Caza (ONC) han encargado un estudio al Grupo de Toxicología de Fauna Silvestre del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC).

No os lo vais a creer, pero durante décadas se ha estando sembrando veneno en el campo sin que se hubiese analizado antes su previsible impacto en el medio ambiente. Confirmando los temores de los más pesimistas, los primeros resultados son mucho más alarmantes de lo esperado. Aplicando la dosis recomendada por el Ministerio de Medio Ambiente y Rural y Marino se producen intoxicaciones agudas de las perdices, que pierden peso, capacidad reproductora e incluso algunas llegan a morir.

El problema no es tan sólo para las perdices, con poblaciones en serio declive en toda España. Lo mismo ocurre con otras especies no cinegéticas propias de ambientes agrícolas como la avefría (Vanellus vanellus), la alondra común (Alauda arvensis), la calandria (Melanocorypha calandra) o el sisón común (Tetrax tetrax). Cada vez son menos y cada vez están más intoxicados.

Se ve venir. Al final convertiremos el campo en higienizadas parcelas de producción agrícola y ganadera, donde gobernarán a su antojo y beneficio las multinacionales químicas. O quizá ya lo hacen. Pero eso no son campos. Eso son camposantos, cementerios de biodiversidad, tristes reductos de intoxicación alimentaria.

En este enlace puedes consultar el primer informe del estudio realizado por el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), patrocinado por la RFEC y ONC con la colaboración de la Fundación Biodiversidad.

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