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Escuchar heavy metal incita a tirarse en paracaídas (no, en serio)

Si están siguiendo esta pequeña serie que vengo trayendo sobre ciencia, música y sociedad, tal vez piensen que pretendo centrarme exclusivamente en el heavy metal, pero realmente esta no era mi intención. Por casualidad, varios de los estudios que he recopilado últimamente en este campo y que merece la pena comentar tratan sobre el metal.

En el fondo, no creo que sea simple casualidad: es el género más popular entre los, digamos, ruidosos, y probablemente por eso los investigadores lo escogen con preferencia cuando tratan de estudiar cualquier variable en relación con la afición a la música intensa o con los efectos de escucharla. Aún más en el caso de los detractores de estos géneros musicales, que quizá ven con horror cómo el heavy metal (o al menos una parte de él) se ha convertido en mainstream, y por ello buscan como sea (aunque sin demasiado éxito) colgarle incitaciones a la violencia o al consumo de drogas, o algún daño al cerebro o a la salud mental.

Este uso del heavy metal en la investigación llega a tal extremo que a veces raya en la candidatura a los premios Ig Nobel. No lo voy a contar en detalle, pero incluso un grupo de investigadores portugueses ha publicado un par de estudios (uno y dos) sobre cómo el heavy metal y otros tipos de música afectan a la anestesia… en los gatos.

Pero dado que sí, el heavy metal es uno de mis géneros, lo uso gustosamente para mostrarles algunas de las tripas del trabajo científico. Por ejemplo, cómo uno puede hacerse una pregunta y abordarla con varios enfoques distintos: la neurociencia, como estudiar si el heavy metal deja algún rastro particular en nuestro cerebro; o la etnografía, como indagar en el perfil de la comunidad de los metalheads. Algo de esto hacían los estudios que he contado en artículos anteriores, aunque como vimos, con resultados bastante desastrosos.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Hay otro interesante estudio publicado en mayo de este año que vuelve a dar vueltas al torno de la misma pregunta: ¿tiene algún fundamento ese viejo tópico que asocia el heavy metal con el riesgo y la violencia? En este caso, los autores no se han fijado en una comunidad concreta, en la que pueden mezclarse otros factores de influencia imposibles de separar. Tampoco han buscado modificaciones en el cerebro, algo muy difícil de interpretar.

En su lugar, han llevado a cabo un trabajo clásico de psicología experimental: someter a un grupo aleatorio de voluntarios a una condición concreta, en este caso escuchar heavy metal, otros tipos de música o ninguna, y evaluar su respuesta a una tarea cuya finalidad los voluntarios desconocen, pero en la que se esconde aquello que los investigadores pretenden medir; en este caso, su mayor o menor propensión a asumir riesgos de uno u otro tipo. Un experimento limpio, destinado simplemente a examinar el efecto directo e inmediato de la música, sin variables confusas ni sesgos en el diseño.

Los autores, Rickard Enström y Rodney Schmaltz, de la Universidad McEwan de Canadá, sometieron a sus voluntarios a uno de entre cinco tipos de música diferentes según una clasificación definida previamente por otros autores y que sirve como una especie de estándar. Las canciones concretas incluidas como ejemplos en esta clasificación no son conocidas, lo que trataba de evitar una posible contaminación por esas ideas, emociones o recuerdos que todos llevamos asociados a ciertas músicas.

A través de los cuestionarios que los voluntarios debían responder, los autores midieron su disposición a asumir riesgos de varios tipos: financieros, como invertir en valores especulativos; de salud y seguridad, como montar en moto sin casco; recreativos, como hacer rafting o saltar en paracaídas; éticos, como revelar un secreto; y sociales, como empezar una carrera pasados los 30 años.

Los resultados indican que sí, escuchar diferentes tipos de música afecta de forma distinta a nuestra disposición a correr riesgos. Pero curiosamente, no en el aspecto de salud y seguridad ni en el ético. Así lo explican los autores:

Cuando las personas escuchan música intensa como heavy metal, estarán más inclinadas a implicarse en actividades recreativas a menudo percibidas como arriesgadas, por ejemplo rafting o tirarse en paracaídas, en comparación con la situación en que no se les pone ninguna música. Para el dominio de riesgo social, sin embargo, el mismo factor musical en cambio reduciría la probabilidad de asumir riesgos sociales, por ejemplo empezar una nueva carrera o discrepar con una figura de autoridad en un asunto importante. Por el contrario, cuando las personas escuchan música [más suave], estarán más inclinadas a correr riesgos sociales y menos a riesgos recreativos.

Enström y Schmalz proponen que los diferentes tipos de música influyen en nuestra conducta de una manera u otra según el estilo o el mensaje. De alguna manera, sugieren, la música “funciona como una banda sonora en la vida de la gente de forma parecida al cine: la música suave en escenas reflexivas y la música intensa en escenas emocionantes”.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Naturalmente, el estudio de los dos canadienses es pequeño y preliminar; al contrario de los que he contado aquí en días anteriores, los autores no pretenden extender sus conclusiones más allá de donde llegan sus datos. Pero dado que, como ellos mismos escriben, “hay poco trabajo empírico mostrando el papel directo de la música en la probabilidad de asumir riesgos”, puede servir como un buen punto de apoyo para otras futuras investigaciones que ayuden a analizar cómo nos influye la música de una forma más objetiva, sin partir de ese prejuicio apolillado que nos tacha de bultos sospechosos a quienes escuchamos (e incluso intentamos tocarlo, con nulos resultados) heavy metal o punk. Y de paso, el estudio también les ayudará la próxima vez que vayan a tirarse en paracaídas.

Pero aunque escuchar heavy metal o punk no nos incline a la insensatez de arriesgar nuestro pellejo, lo cierto es que la preferencia por estos tipos de música también puede afectar a nuestra salud de modos peculiares e inesperados. Vuelvan por aquí otro rato, que el próximo día se lo cuento.