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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

No, no se ha demostrado un impacto negativo del heavy metal en los jóvenes

En 2011 se comentó bastante en los medios un estudio según el cual “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”. Esta es la traducción literal del titular de la nota de prensa publicada entonces por la Universidad de Melbourne (Australia), institución a la que está afiliada Katrina McFerran, la directora del estudio.

Bien, ante todo debo decir que, según lo que he podido leer, McFerran es una terapeuta musical del Conservatorio de Melbourne con una larga y sólida experiencia, y que lleva a cabo un loable empeño en el uso de la música como herramienta de ayuda para colectivos de niños y adolescentes con problemas, incluyendo los inadaptados, los enfermos terminales y los discapacitados. Y en consecuencia, tanto sus credenciales como sus investigaciones son plenamente respetables.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Pero dicho esto, entremos en harina. Entre la ciencia y los medios existe desde siempre –ya ocurría en tiempos de Darwin– una relación problemática que en muchos casos se asemeja al viejo juego del teléfono roto: desde que la ciencia emite su información hasta que un mensaje cala en la mente del público, a veces media tal grado de distorsión que el mensaje queda irreconocible. A menudo, quienes más se calzan el puño americano para propinar esta paliza extrema a la realidad científica lo hacen movidos por sesgos e intereses. Entre estos se cuentan, por ejemplo, algunas webs actualmente muy populares (no voy a hacerles el favor de citarlas) que sistemáticamente deforman las conclusiones de los estudios científicos para ajustarlas a su agenda pseudocientífica.

Pero no culpemos solo a los periodistas, profesionales o aficionados. A veces también un científico puede actuar motivado por sus propios sesgos con el objetivo de demostrar su preconcepción del mundo, cuando su trabajo realmente debería consistir en tratar de refutar su propia hipótesis por todos los medios posibles y, si finalmente no lo consigue, presentarla como provisionalmente válida. Los estudios científicos jamás dicen “nuestros resultados demuestran”, sino “nuestros resultados muestran”, o “sugieren”, “indican”…

Después de los científicos, el siguiente eslabón en la cadena también puede jugar al teléfono roto, pero a veces con una sordera simplemente fingida. De vez en cuando, los gabinetes de prensa de las universidades y los institutos de investigación tratan de vender lo suyo con titulares o enfoques que estiran un poquito (o un muchito) las conclusiones del estudio para provocar un mayor impacto en los medios. Y no miremos a Australia: también en nuestro país uno encuentra a veces notas de prensa de hospitales que presentan tal procedimiento terapéutico “por primera vez en el mundo”, y que los medios repiten sin espíritu crítico y sin hacer sus deberes de documentación; y que cuando uno rasca un poco, descubre que el procedimiento se ha aplicado por primera vez en el mundo… un martes por la mañana.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

En el caso de la nota de prensa sobre el trabajo de McFerran, lo curioso es que la ilusión de los detractores del heavy metal queda chafada a poco que uno llegue solo una línea más allá del titular, hasta la primera frase del texto: “la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidades de escuchar música heavy metal de forma habitual y repetitiva”.

Ah. Acabáramos. Así que no es que el heavy metal produzca efectos negativos, como dice el título, sino que quienes ya viven situaciones negativas tienden a escuchar heavy metal. Es que no es lo mismo. Una cosa es la causa y otra es el efecto, y no son intercambiables. Gene Kelly cantaba porque llovía, no llovía porque cantara.

Pero a medida que uno sigue inspeccionando la nota de prensa, la tesis del titular acaba dinamitada por completo. Si seguimos leyendo, encontramos que la propia McFerran dice lo siguiente, entrecomillado: “La mayoría de la gente joven escucha una variedad de música de formas positivas; para aislarse de la multitud, para levantar su ánimo o para darles energía cuando hacen ejercicio, pero la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidad de escuchar música, sobre todo heavy metal, de forma negativa”.

O sea, que en lugar de “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”, el titular correcto para la nota de prensa habría sido “de aquellos jóvenes depresivos a quienes la música les afecta negativamente, muchos de ellos escuchan heavy metal”. Claro que a ver cómo iba a vender la Universidad de Melbourne este pedazo de notición a los medios: pues sí, concebiblemente parece más probable que un joven depresivo escuche heavy metal u otros géneros intensos, como punk, postpunk, gótico o emo, y no Dale a tu cuerpo alegría, Macarena. Lo cual, por otra parte, a algunos los deprimiría mucho más.

Pero McFerran prosigue: “ejemplos de esto son cuando alguien escucha la misma canción o álbum de música heavy metal una y otra vez y no escucha nada más. Hacen esto para aislarse o para escapar de la realidad”.

¡Sesgo! ¿Diría lo mismo McFerran de alguien que descubre por primera vez la Patética de Tchaikovsky y la escucha una y otra vez? Todos conocemos la costumbre universal de los bises en los conciertos, pero en los de música clásica existen raras ocasiones en las que el público pide aquello del “play it again, Sam“, y el intérprete repite la misma pieza una segunda vez. Cuando me compro un disco nuevo, sea del género que sea, soy capaz de escucharlo veinte veces seguidas mientras trato de apreciar los matices, las frases de los instrumentos, los arreglos… ¿Estaré escapando de la realidad?

Y continúa McFerran: “si esta conducta sigue durante un período de tiempo, podría indicar que esta persona joven sufre de depresión o ansiedad, y en el caso peor, podría sugerir tendencias suicidas”.

Pero diablos, ¿de dónde saca McFerran todo esto? Ninguna de sus frases comienza con un “a mí me parece”, un “intuyo” o un “me da en la nariz”, así que todo esto se supone apoyado en datos que lo soportan. Pero aquí viene lo mejor, y es que cuando la Universidad de Melbourne publicó su nota de prensa de gran repercusión en los medios, el estudio de McFerran sencillamente no existía. Es decir, aún no se había publicado.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Por entonces lo único que existía era un preprint, un borrador en PDF colgado en Figshare, una plataforma online donde los investigadores pueden compartir datos y estudios. Pero no olvidemos algo que siempre repito: si uno escribe un poema y lo cuelga en internet, puede decirse que el poema está publicado. Si uno escribe un estudio científico y lo cuelga en internet, de ninguna manera está publicado; solo se considera como tal cuando una revista científica acreditada acepta publicarlo previo paso por un muy exigente filtro de revisión por expertos.

Y la revisión por pares es un mínimo, pero no una garantía; a veces el sistema se columpia, como en el caso del estudio chino sobre el heavy metal y el cerebro que conté hace unos días. Muchos estudios científicos acaban retractándose después de publicarse, y no siempre porque los investigadores hayan falseado sus datos, sino a veces porque una vez puestos a disposición del resto de la comunidad, otros expertos descubren fallos monumentales en ellos o conclusiones que no se sostienen.

Pero incluso en aquella primera versión en PDF de 2011, lo explicado en el resumen (abstract) del estudio ya se parecía poco a aquella contundente sentencia divulgada por la Universidad de Melbourne sobre el impacto negativo del heavy metal. “La encuesta revela que la mayoría de los adolescentes utilizan su música preferida para mejorar su ánimo. Los resultados también identificaron una relación significativa entre los adolescentes que puntuaron alto en el riesgo psicológico y la preferencia por música heavy metal, con una pequeña minoría de este grupo que se sentía peor después de escucharla”. Volvemos a lo mencionado más arriba: de los depresivos, algunos escuchan heavy metal, y de estos, a algunos les perjudica. La generalización, tal como se presentó en la nota de prensa, es una falacia inaceptable.

Por fin, después de años en el limbo de internet, el estudio de McFerran se publicó formalmente en 2015 en la revista Nordic Journal of Music Therapy. Pero para entonces, algunas cosas habían cambiado: el título ya no decía “cómo los adolescentes utilizan la música para gestionar su ánimo”, como en el PDF original, sino que ahora hablaba de la “relación entre cómo los adolescentes dicen que gestionan su ánimo y las preferencias musicales”. Es decir, que el vínculo causa-efecto ya había desaparecido.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Pero el abstract también añadía más peros al alcance de las conclusiones. En la versión publicada se dice: “el análisis correlacional revela que, mientras que los jóvenes psicológicamente afligidos de esta muestra preferían con mayor probabilidad escuchar música furiosa y tenían una preferencia por el metal, no informaban de un efecto más negativo en su ánimo que con cualquier otro género de música. Los investigadores concluyen que deben emplearse metodologías mixtas para examinar este complejo fenómeno y para evitar interpretaciones de los datos enormemente simplistas”. Por último, en la versión publicada había desaparecido esta escandalosa frase del PDF original: “Se examina la idea de que la preferencia por el metal puede indicar una vulnerabilidad a una salud mental deteriorada”.

Todo lo cual, a riesgo de equivocarme, me sugiere que los referees (revisores) del Nordic Journal of Music Therapy le dieron leña al estudio hasta que las conclusiones se ajustaran estrictamente a lo que los datos podían justificar, y no al (y si no es así, desde luego se parece muchísmo) empeño personal de McFerran de satanizar el heavy metal a toda costa (de esto ya se encarga el black metal).

Este año se ha publicado otro interesante estudio que aborda específicamente lo que el de McFerran parecía abordar sin abordarlo, es decir, el efecto psicológico de escuchar heavy metal, y que entronca con lo que les decía en el artículo anterior y en otros dos previos (este y este) sobre si este género musical se relaciona con el riesgo y la violencia. El próximo día se lo cuento, no se lo pierdan.

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser infoshow

    heavy metal era nocivo y Pink floyd componía música satánica. la opera era cosa de ángeles y la música clásica de arcángeles. Por decir y escribir paridas que no quede.

    17 diciembre 2017 | 15:44

  2. Dice ser Trump el anticristo

    A mi personalmente el heavy metal me ha ayudado mucho, me da energía, autoconfianza, seguridad, y libertad para expresarme y decir lo que opino. Cuando se está muy jodido, pasando por malos momentos, es verdad que puede deprimirte más, pero también te ayuda a tocar fondo, a rebelarte y sacar toda la porquería que llevas guardada.

    17 diciembre 2017 | 20:27

  3. Dice ser lso estudios, los estudiosos y los que no hacen ni caso

    Tampoco hay nadie que pueda sustentar la idea de que la vision del cuerpo y la belleza que emite es negativa sustancia para el entendimiento y ahí están aceptados censurando con cuadraditos negros o diciendo que los senos de ellas o los culetes de ambos son cosa maligna para el cerebro…
    Debe ser que los sesudos estudiososo del tema han visto muchos y por eso adan así de perturbados diciendo tantas tonterías.
    Los estudios, los estudiosos y los que no hacen ni caso de la razón a veces son lo mismo.

    https://pbs.twimg.com/media/Cr7cIKWVUAAFofo.jpg

    18 diciembre 2017 | 01:55

  4. Dice ser infoshow

    la heroína, cocaína y hachís son droga, El tabaco y el alcohol son buenisimos.

    18 diciembre 2017 | 11:06

  5. Dice ser infoshow

    Los casorios de ELVIS PRESLEY cuanto suelen durar?

    18 diciembre 2017 | 19:11

  6. Dice ser el unicornio es el jefe de todo el tinglado

    Sólo existe el mundo de la fantasía, porque todo lo que se llama existencia y vida es racionalmente ilógico.

    https://www.youtube.com/watch?v=ewFBuYHldeY

    19 diciembre 2017 | 00:40

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