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Lo dice un estudio científico. ¿Qué significa esto realmente?

Lo dice un estudio científico. Es una frase que escuchamos a menudo en la calle, aplicado a todo tipo de situaciones. Pero ¿qué significa realmente que un estudio científico diga tal cosa? ¿Significa lo que creen que significa quienes emplean la frase?

Así es como muchos pretenden que funcione: si un estudio científico apoya nuestra postura ideológica preconcebida, lo levantamos como un baluarte con el que pretendemos barnizar de objetividad dicha postura ideológica. En cambio, si los resultados del estudio no nos complacen, es que los científicos publican lo que les parece y, además, están vendidos a los intereses de x, y o z.

Pero no es así como funciona. En primer lugar, un estudio científico solo debe valorarse por su propia calidad, y no por el sentido de sus resultados, gusten o no. Esto no debería sorprender a nadie, pero probablemente lo hará: el propósito de la ciencia es únicamente conocer la realidad, no presentarla más agradable al gusto de nadie. Por ejemplo, puede que no guste saber que la identidad y la orientación sexual vienen sobre todo definidas desde el útero materno (según la ciencia actual, por factores genéticos y bioquímicos intrauterinos), ya que encaja mejor con la mentalidad de hoy pensar que es una cuestión de libertad y elección personal. Pero la ciencia deja de serlo cuando se pliega a las tendencias sociales políticas para convertirse en un instrumento al servicio de ideologías, como ocurrió durante el nazismo, el estalinismo o incluso el franquismo.

En segundo lugar, en muchos casos –sobre todo en ciertas áreas de investigación, y especialmente en aquellas que suelen estar afectadas por posturas ideológicas– un solo estudio científico aislado puede tener una relevancia muy escasa. En realidad, siempre que alguien defienda ante nosotros una postura concreta porque “lo dice un estudio científico”, la réplica correcta es: y los demás estudios, ¿qué dicen?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Un ejemplo de esto último ha sido la percepción social del cambio climático. Durante años, numerosos medios políticos y periodísticos de tendencia conservadora en todo el mundo se aferraron a la idea de que el cambio climático era una ficción inventada por un lobby anticapitalista para derribar el libre mercado y la economía de las grandes corporaciones. Por supuesto, había estudios científicos que negaban el cambio climático. El hecho de que fueran de calidad deficiente o que incluso quedaran retractados no impedía que pudiera esgrimirse la famosa frase. Solo cuando la avalancha de estudios de calidad presentando pruebas del calentamiento global se hizo ya imposible de ocultar y negar, algunos de estos medios –no todos– terminaron rindiéndose a la evidencia (podríamos también decir que solo lo han hecho cuando el capitalismo y la economía de las grandes corporaciones han incorporado el cambio climático como fuente de negocio, pero sería otra historia).

Otras pseudociencias también se apoyan en este argumento, como es el caso de las pseudoterapias que sostienen intereses económicos. No hay web defensora de la homeopatía que no despliegue una lista de docenas de estudios científicos con los que pretenden avalar sus proclamas. Estas listas suelen estar confeccionadas al montón, sin otro propósito que servir a los ya adeptos o epatar y apabullar a los dubitativos. Pero cualquiera con un cierto conocimiento de la ciencia y sus mecanismos encuentra rápidamente que todo ese presunto aluvión es finalmente un leve chispeo: o los estudios realmente no defienden lo que pretenden quienes los han recopilado, o son de calidad muy deficiente, casos anecdóticos y sin controles. Y sobre todo, por cada uno de esos estudios que dicen encontrar efectos beneficiosos en la homeopatía, hay otros diez, cincuenta o cien que no los han encontrado, pero que no aparecen en la lista.

Respecto a esto último, tampoco hay que hacer cábalas sobre si son más o menos los que defienden una postura o la contraria. Aquí no existe aquello de un millón de manifestantes según los convocantes y un par de autobuses llenos según el gobierno. En la ciencia nada se deja al azar, y también existe un método perfectamente sistematizado para valorar ese “¿y qué dicen los demás estudios?”. Se conoce como metaanálisis, y se rige por un conjunto de reglas precisas.

Los metaanálisis o metaestudios son imprescindibles especialmente cuando se analizan efectos que tal vez sean pequeños, pero que podrían ser reales (es decir, poco potentes, pero que aparecen de forma consistente, estadísticamente significativa). Estas grandes revisiones recopilan todos los estudios existentes sobre una misma cuestión, los examinan uno a uno para evaluar su nivel de calidad, y aquellos que superan un umbral mínimo se someten conjuntamente a un tratamiento estadístico informatizado para disponer de un volumen de datos que preste mayor fiabilidad a las conclusiones, según unos parámetros definidos y aceptados por la comunidad.

Es aquí donde las pseudoterapias se caen del todo: con independencia de que los principios de la homeopatía vayan en contra de todo lo conocido por la ciencia, todos los metaanálisis han concluido que el único efecto observable es el placebo. Incluso si se dejaran de lado las objeciones teóricas, los resultados prácticos confirman que no hay resultados prácticos, y esto es lo que científicamente descarta su validez.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero estos casos tampoco se restringen a las pseudoterapias o a otras propuestas que deambulan más allá de los límites de la ciencia real; en muchas ocasiones, más de las que cabría esperar, también se encuentran dentro de lo que se considera ciencia legítima y formal. Uno de los campos en los que esto está ocurriendo hoy de forma más flagrante es el de la nutrición y la vida saludable en general.

Evidentemente, también este es un negocio millonario; no solo por la venta directa de productos, sino también por la industria profesional y mediática que engorda a costa de prestar consejos sobre costumbres, dietas y alimentos sanos. E incluso muchos grupos de investigación de instituciones absolutamente respetables han aprendido que fomentar la psicosis quimiófoba o buscar las siempre presuntas virtudes del último alimento de moda es mucho más rentable, en todos los sentidos, que investigar sobre el cáncer o el alzhéimer.

Esta diferencia entre los estudios aislados y los metaanálisis es la raíz de un fenómeno que a menudo desconcierta a los ciudadanos, y que a algunos les hace incluso desconfiar de la ciencia: cuando hoy resulta ser malo lo que antes era bueno, o viceversa. Ha ocurrido históricamente con el aceite de oliva y el pescado azul, y más recientemente con la ingesta de colesterol en los alimentos.

El problema en estos casos es que se divulgan como definitivos lo que solo son resultados preliminares, pobres o dudosos, muy a menudo basados únicamente en correlaciones de datos sin una causalidad demostrada. A medida que se acumulan más estudios, se profundiza en las relaciones causales, aumenta el volumen de datos y comienzan a aparecer metaanálisis, ocurre a veces que el balance refuta una creencia antes tenida por cierta.

En resumen, frente a cada nueva noticia sobre un estudio científico que ensalza las supuestas virtudes del chocolate o alerta sobre el presunto peligro mortal de tocar los recibos de la compra, la actitud correcta es el escepticismo; no tomarlo por principio como dogma ni tampoco como falacia, y mucho menos aún en función de que sus resultados gusten o no. Para valorar la relevancia de un estudio y saber distinguir el grano de la paja hay que formarse un espíritu crítico, y esto solo se consigue conociendo cómo funciona la ciencia. La verdadera educación científica no consiste en repetir hasta la saciedad que las vacunas funcionan y no causan daño alguno, sino en enseñar a comprender cuáles son los mecanismos que tiene la ciencia para llegar a saber que esto es así.

Pero en todo lo anterior hay un concepto clave que casi se da por sentado, y tampoco es obvio: ¿qué es un estudio científico? ¿Es todo aquel cuyo autor dice que lo es? Mañana veremos que no todo lo que se anuncia como estudio científico realmente lo es.

Los detractores extremos de los alimentos transgénicos saben menos, pero piensan que saben más

La frase sobre estas líneas es, tal cual, el título del estudio que vengo a contar hoy. Pocas veces se encuentra un trabajo científico cuyo encabezado exprese de forma tan llana y transparente lo que expone. Así que, ¿para qué buscar otro?

Como conté aquí ayer, la ciencia está cada vez más implicada en las cosas que afectan a la gente, por lo que hoy es inexcusable que cada ciudadano cuente con la suficiente educación científica para entender el mundo que le rodea. Cuando falta esta educación, triunfa el rechazo como mecanismo de defensa frente a lo desconocido, y nos convertimos en fácil objeto de manipulación por parte de quienes siembran bulos y desinformación, sean cuales sean sus fines.

Uno de los ejemplos que mejor ilustran el papel crítico de esta educación es el de los alimentos transgénicos (genéticamente modificados, GM). Probablemente no muchas cuestiones de seguridad biológica han sido tan extensamente investigadas como los efectos de estas variedades vegetales sobre el medio ambiente y la salud humana y animal.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Como ya conté aquí en su día, en 2016 un informe de 400 páginas elaborado por más de 100 expertos de las academias de ciencia, ingeniería y medicina de EEUU resumió dos años de análisis de casi 900 estudios científicos publicados desde los años 80, cuando las variedades transgénicas comenzaron a cultivarse.

El veredicto era contundente: no existe ninguna prueba de que los cultivos GM sean perjudiciales para la salud humana o animal ni para el medio ambiente. Sin embargo y como aspecto menos favorable, los autores del informe concluían que los beneficios económicos para los agricultores han sido desiguales en diferentes países, lo mismo que el aumento de la producción esperado del uso de estas variedades (aunque otros estudios previos como este y este han mostrado que el balance es positivo tanto en incremento de las cosechas como en beneficios para los agricultores).

Por si estas pruebas no bastaran, en febrero de 2018 un grupo de investigadores del Instituto de Ciencias de la Vida y de la Universidad de Pisa (Italia) publicó un nuevo metaestudio que revisaba más 6.000 estudios previos, elaborados entre 1996 y 2016, para seleccionar específicamente aquellos que comparaban datos de campo rigurosos y extensos sobre el maíz transgénico y el no transgénico.

En consonancia con metaestudios previos, los resultados indicaban que no se han detectado daños medioambientales derivados del cultivo de maíz transgénico, y que se han demostrado “beneficios en términos de aumento de la cantidad y la calidad del grano”, con un incremento en las cosechas de entre un 5,6 y un 24,5% en las plantaciones de las variedades GM (tolerantes a herbicidas o resistentes a insectos).

Sumado a esto, los investigadores apuntaban que el maíz transgénico es una opción más saludable que el convencional, ya que contiene un 28,8% menos de micotoxinas (junto con un 30,6% menos de fumonisina y un 36,5% menos de tricotecenos), compuestos producidos por hongos contaminantes que son nocivos a corto plazo y potencialmente cancerígenos a largo. “Los resultados apoyan el cultivo de maíz GM, sobre todo debido al aumento de la calidad del grano y a la reducción de la exposición humana a micotoxinas”, escribían los autores. A ello se unen estudios previos que han estimado en un 37% la reducción del uso de pesticidas gracias a las variedades GM, lo que también disminuye los restos de estas sustancias en el producto final para el consumo.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Pese a todo ello, sería una ingenuidad confiar en que estos estudios u otros miles más consigan por fin disipar la feroz oposición de ciertos colectivos a los alimentos transgénicos. Pero ¿en qué se basa esta cerril negación de la realidad? La respuesta no parece sencilla, teniendo en cuenta que, según algún estudio, las personas defensoras de posturas pseudocientíficas o anticientíficas no tienen necesariamente un nivel educativo inferior al de la población general.

A primera vista, se diría que esto contradice lo que expliqué ayer sobre la necesidad de la educación científica. Pero solo a primera vista: la necesidad no es suficiencia; y en cualquier caso, lo que vienen a revelar estas observaciones es que el nivel medio de formación científica de toda la población en conjunto es deficiente. Y sin embargo, no toda la población en conjunto está abducida por la pseudociencia o la anticiencia.

Para explicar por qué unas personas sí y otras no, los expertos hablan de efectos como el sesgo cognitivo –básicamente, quedarse con lo que a uno le interesa, sin importar siquiera su nivel de credibilidad– o de la mentalidad conspiranoica (sí, esto existe: más información aquí y aquí). Para los conspiranoicos, nunca importará cuántos estudios se publiquen; para ellos, quienes exponemos la realidad científica sobre los alimentos transgénicos (incluido un servidor) estamos sobornados por las multinacionales biotecnológicas, incluso sin prueba alguna y pese a lo absurdo del planteamiento. Y todo hay que decirlo, la conspiranoia también puede ser un negocio muy rentable.

Sin embargo, todo lo anterior no termina de aclararnos una duda: si hablamos en concreto de los cultivos transgénicos y de sus detractores, ¿hasta qué punto estos conocen la ciencia relacionada con aquellos? Podríamos pensar, y creo que yo mismo lo he escrito alguna vez, que un conspiranoico es casi un experto amateur en su conspiranoia favorita, aunque sea con un sesgo cognitivo equivalente a medio cerebro arrancado de cuajo. Pero ¿es así, o es que simplemente creen ser conocedores de una materia que en realidad ignoran?

Precisamente estas son las preguntas que han inspirado el nuevo estudio, dirigido por Philip Fernbach, científico cognitivo especializado en marketing de la Universidad de Colorado (EEUU). Para responderlas, los investigadores han encuestado a más de 3.500 participantes en EEUU, Alemania y Francia, interrogándoles sobre su nivel de aceptación u oposición a los alimentos GM y sobre el conocimiento que ellos creen tener de la materia, contrastando los datos con un examen de nociones sobre ciencia y genética.

Y naturalmente, los resultados son los que ya he adelantado en el título extraído del propio estudio, publicado en la revista Nature Human Behaviour. Los investigadores escriben: “Hemos encontrado que a medida que crece el extremismo en la oposición y el rechazo a los alimentos GM, el conocimiento objetivo sobre ciencia y genética disminuye, pero aumenta la comprensión percibida sobre los alimentos GM. Los detractores extremos son los que menos saben, pero piensan que son los que más saben”.

Curiosamente, sucede lo mismo en los tres países incluidos en el estudio. Pero más curiosamente aún, ocurre algo similar con otro caso que los investigadores han empleado como comparación, el uso de ingeniería genética en terapias génicas destinadas a curar enfermedades. También en este caso quienes más se oponen son quienes menos saben, pero quienes creen saber más.

Más asombroso aún: el estudio confirma resultados previos de otro trabajo publicado en junio de 2018, en el que investigadores de las universidades de Pensilvania, Texas A&M y Utah Valley (EEUU) se hicieron las mismas preguntas sobre los activistas antivacunas y el (inexistente) vínculo entre la vacunación y el autismo en los niños. En aquella ocasión, los autores descubrían que quienes más fuertemente se oponían a las vacunas y defendían su relación con el autismo eran quienes menos sabían sobre las causas del autismo, pero también quienes creían conocer este terreno incluso mejor que los científicos y los médicos especialistas.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Claro que tantos resultados en la misma dirección no pueden obedecer a la simple casualidad; y es que, de hecho, todos ellos responden a un fenómeno detallado en 1999 por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger. El llamado efecto Dunning-Kruger consiste en la incapacidad de valorar el propio conocimiento sobre algo que en realidad se desconoce; o dicho de otro modo, es la ignorancia de la propia ignorancia.

No se aplica solo a las materias científicas: el estudio de Dunning y Kruger describió el efecto aplicado a campos tan diversos como el conocimiento de la gramática inglesa, el razonamiento lógico y la habilidad para el humor. En resumen, el efecto Dunning-Kruger es una denominación más elegante y científica para lo que en este país viene conociéndose de forma vulgar e insultante como cuñadismo.

Según Fernbach, esta “psicología del extremismo” es difícilmente curable, ya que se da la paradoja de que quienes más necesitan conocimientos son quienes menos dispuestos están a adquirirlos, ya que se creen sobrados de ellos. Por tanto, lo más probable es que continúen cómodamente sumergidos en su ignorada ignorancia; otra razón más para explicar por qué la difusión de la ciencia no basta para acabar con las pseudociencias.

Al final, hemos llegado a descubrir lo que ya había descubierto Sócrates hace más de 24 siglos: el verdadero conocimiento comienza por ser consciente de la propia ignorancia. A partir de ahí, podemos empezar a aprender.