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Qué es y qué no es un estudio científico

La revisión por pares es el mecanismo imprescindible que otorga el marchamo de estudio científico. En el origen del progreso de la ciencia moderna está la decisión de la comunidad científica de que todo estudio debe ser evaluado por varios investigadores expertos en la misma materia, seleccionados por el editor de la revista a la cual se ha enviado el estudio, y cuyas identidades normalmente son desconocidas para los autores.

Naturalmente, la revisión por pares debe ser real y rigurosa. Hace unos días, el blog del CSIC en esta casa publicaba un artículo del investigador Mariano Campoy sobre las revistas y entidades depredadoras, un negocio fraudulento que parasita al sistema científico: un fulano (que no suele ser un científico) decide montar una publicación científica digital y espamea a miles de investigadores ofreciéndoles sus páginas, previo pago de sumas anormalmente abultadas para tratarse de revistas desconocidas. El fulano en cuestión promete una revisión por pares, que en realidad no existe. El fulano en cuestión se lucra con ello y algunos investigadores pican, o bien por desconocimiento de que se trata de una revista depredadora, o bien con pleno conocimiento, pero con el –igualmente fraudulento– objetivo de engordar su lista de estudios publicados.

La revisión por pares real, la de las revistas científicas legítimas, es no ya rigurosa, sino implacable y despiadada, a veces llegando a lo cruel. Jamás un estudio científico se acepta a la primera. Como decíamos ayer, una gran parte de los estudios recibidos por una revista ni siquiera llegan a la revisión, ya que el propio editor considera que no alcanzan el nivel mínimo de calidad o relevancia para enviarlos a los expertos. Si el estudio consigue superar este primer filtro, otro desenlace enormemente común es que los revisores o referees recomienden su no publicación. Y vuelta a empezar: a probar suerte con otra revista diferente.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Una vez salvado este segundo obstáculo, lo habitual es que los revisores pidan infinidad de cambios, no solo en el texto, sino también nuevos experimentos, controles y figuras. Y una vez que los autores han cumplido todas estas exigencias, el estudio irá de nuevo a revisión, pudiendo ocurrir que de todos modos sea finalmente rechazado. Es muy habitual que un estudio deba pasar por varias revistas antes de que consiga finalmente ser aceptado en alguna de ellas, después de cambios extensos y nuevos experimentos que pueden llevar meses o incluso años.

Así, y en contra de lo que suele escucharse en la calle como respuesta frecuente al “lo dice un estudio científico”, no, los científicos no publican lo que les parece. Solo publican lo que la comunidad científica, delegada en los referees, decide tras un arduo y largo proceso que finalmente puede considerarse ciencia.

Otro error habitual, que está en el manual básico de todo conspiranoico, es creer que los estudios científicos tienen intereses ocultos. Desde hace años las revistas obligan a los investigadores a declarar sus conflictos de intereses, y estos aparecen detallados en sus estudios publicados. A un científico que recibe financiación de una compañía de chocolatinas no se le impide publicar un estudio sobre las virtudes del chocolate, siempre que el trabajo sea científicamente sólido y relevante, pero al final de su estudio aparecerá claramente especificado este conflicto de intereses. Y si un científico lo oculta, puede dar su carrera por terminada. ¿Cuántos opinadores profesionales, líderes mediáticos, influencers y demás fauna son transparentes con sus fuentes de financiación y sus conflictos de intereses?

Por último, otra idea equivocada es pensar que los científicos cobran por sus estudios publicados. No cobran, pagan. Las revistas suelen cargar una tarifa a los autores, que en muchos casos se justifica por la publicación del estudio bajo el concepto de material publicitario. Así, los científicos no ven ni un céntimo por ninguna clase de derechos relacionados con sus estudios. Pero estos sí generan ingresos, ya que quien quiera leer los estudios debe pagar. Es más, en muchos casos, si a un investigador le interesa que su estudio sea de lectura gratuita con el fin de aumentar su difusión, la revista sube la tarifa para compensar la pérdida de ingresos de los lectores. La revista se lo lleva todo; la banca gana.

Esta anacrónica injusticia ha dado origen a ciertas corrientes en alza. Una de ellas es el Open Access, el libre acceso total. Las revistas que eligen esta opción no son de publicación gratuita para los autores, pero al menos aseguran a sus estudios una gran difusión por ser de lectura gratuita. Aunque a regañadientes, algunas revistas tradicionales van sumándose poco a poco a esta tendencia.

Otra corriente es la piratería, pero en un escenario totalmente contrario al de los contenidos digitales culturales. Los autores de música, películas o libros no quieren que sus obras se pirateen porque esto les priva del fruto legítimo de su trabajo, la ganancia económica directa por las ventas de sus obras. En el caso de los científicos, su beneficio es indirecto: un investigador progresa en su carrera cuanto más y mejor publica y cuanto más impacto tienen sus trabajos en la comunidad. Por ello, le interesa la máxima difusión de sus estudios, pero tal vez no pueda pagarse un Open Access.

Así, los investigadores son los primeros que desean que sus estudios se pirateen; de hecho, suelen colgarlos ellos mismos en las webs de piratería, y los facilitan gustosamente si uno se los pide por correo electrónico (algo que los periodistas de ciencia hacemos de forma habitual). Mientras tanto, son las editoriales de las revistas quienes tratan de impedir la libre difusión de la ciencia. Por suerte, con no demasiado éxito.

Con todo esto, y a pesar de las limitaciones que decíamos ayer respecto a lo que debe o no debe interpretarse del hecho de que algo “lo dice un estudio científico”, sí debe quedar claro que un estudio científico es una cosa radicalmente diferente a lo que no lo es. ¿Y qué no lo es?

Todo lo demás: un informe publicado por Naciones Unidas, Greenpeace o la Sociedad de Cardiólogos de Cercedilla puede ser todo lo apreciable y valioso que a cada uno le parezca según la confianza que le inspire la entidad en cuestión. Pero no es un estudio científico; no ha sido validado por nadie más que por la propia entidad que lo publica (y quizá, por algún revisor presuntamente independiente que, sin embargo, ha facturado por su independencia). Y por lo tanto, no tiene la credibilidad de un estudio científico, por muy Naciones Unidas que sea (en honor a la verdad, los organismos de Naciones Unidas también publican muchos estudios científicos revisados por pares, algo que en cambio otras entidades no suelen hacer).

Lo mismo se aplica a los estudios publicados por empresas y corporaciones, una tendencia que parece estar en alza fuera del ámbito estrictamente científico; hasta las compañías de condones o las webs inmobiliarias publican ya sus propios estudios. Lo cual puede tener su valor, siempre que no se pierda de vista cuál es realmente ese valor. Que una empresa que vende alimentos para reforzar el sistema inmunitario diga en su publicidad que sus alimentos refuerzan el sistema inmunitario, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Que una compañía de cosméticos antiarrugas diga en su publicidad que sus cosméticos son antiarrugas, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Y así.

La pretensión de presentar como estudio científico algo que no lo es suele entroncar de lleno con el mundo de la pseudociencia y la mala ciencia. En España, el CSIC no acepta patrocinios (al menos hasta donde sé, salvo que las cosas hayan cambiado en los últimos años), en el sentido de que una compañía no puede alquilar a uno de sus investigadores para que realice un estudio destinado a confirmar los enormes beneficios de su producto. Sin embargo, otras muchas entidades científicas o paracientíficas (y sus científicos o paracientíficos) gustosamente aceptan generosas donaciones para respaldar la venta de colchones (perdón, creo que ahora se llaman “equipos de descanso”), pseudoterapias, suplementos alimenticios o lo que sea que se especifique en el cheque.

El valor de estas proclamas es nulo, pero en cambio no lo son sus efectos: estos falsos “estudios científicos” son enormemente negativos por la confusión que causan respecto a un sistema que desde luego no es ni mucho menos perfecto, pero que, además de ser el mejor que ha podido crearse y de funcionar razonablemente bien, tiene la gran virtud de mejorarse a sí mismo, reconociendo sus errores y rectificando cuando es necesario. Y a ver qué otro sistema puede decir lo mismo.

Así es y se hace un estudio científico

En el mundo del arte circula una frase con muchos padres y madres: arte es lo que yo decido que lo es. Y aunque todo aspirante que pretenda ascender por esa sacrosanta pirámide difícilmente pondrá en duda el juicio de los que se sientan en la cúspide, es evidente que bajo ese presunto argumento solo se esconde una arbitrariedad injustificada. Personalmente, recibí una de mis mejores enseñanzas de periodismo de un antiguo jefe, editor de revistas de viajes: cuando se trata de diseño, “porque a mí me gusta más así” no es una razón válida.

Otro ejemplo: imagino que cuando un filósofo profesional lleva su coche al taller y allí le explican que la “filosofía” de la marca es poner solo recambios originales, al filósofo quizá tengan que practicarle la reanimación cardiopulmonar. Pero, total, también se llama “cultura” a cosas que no lo son: la cultura de la corrupción, la cultura funcionarial…

Entonces, ¿por qué no llamar también “estudio científico” a lo que a cada uno le apetece? “He hecho un estudio científico y he visto que mi vecino siempre viste de verde cuando llueve”. ¿No?

Pero no. Por supuesto que cada uno es perfectamente libre de llamar orégano al orgasmo si le apetece. Pero si hablamos de estudios científicos de verdad, los que permiten esgrimir aquello de “lo dice un estudio científico” que veíamos ayer, aquí no hay la menor arbitrariedad, como no puede haberla en nada relacionado con la ciencia. La comunidad científica ha establecido unas reglas muy claras sobre qué es un estudio científico y qué no lo es. Y básicamente, todos los mandamientos se resumen en uno: un estudio científico es el que se publica en una revista científica con una rigurosa revisión por pares.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Pero comencemos por el principio. Un grupo de investigadores concluye una determinada fase de su línea de investigación y reúne suficientes resultados como para extraer una conclusión novedosa. Se ha hecho nueva ciencia. Y ahora, ¿qué?

Lo primero, claro, es escribir el estudio, o paper. Esto suele hacerlo (normalmente) el jefe del grupo. Que no es (normalmente) el autor material del trabajo. Aunque en las películas de Hollywood suele verse a supercientíficos trabajando en el laboratorio, el mundo real no funciona así. A partir de un determinado nivel, todo científico dedica el cien por cien de su tiempo a leer, escribir estudios y solicitudes de becas y proyectos, impartir seminarios, discutir resultados, asistir a congresos, hacer eso que ahora llaman networking… Ahora muchos dedican también parte de su tiempo a la divulgación mediante blogs, libros y otros medios. El trabajo de laboratorio, el de bata (que por cierto, no se lleva más veces de las que sí), corre a cargo de su equipo: becarios predoctorales, postdoctorales, técnicos…

Esto se refleja en las firmas que aparecerán en el estudio. El primer firmante (o los primeros en igualdad de contribución, si así se especifica) es el autor material del trabajo, que suele ser un predoctoral o postdoctoral. Los siguientes son otras personas que han contribuido, en orden decreciente según su aportación. Lo justo y decente es que esto incluya también a los técnicos, pero hay investigadores que no les permiten firmar los estudios por no ser personal científico.

Finalmente, el último nombre de la lista de autores es el del o la investigador(a) senior, el jefe del grupo o de la línea. Si hay más de uno, aparecerán desde el último hacia el penúltimo, antepenúltimo, etc., también según su aportación. El último autor y director del estudio suele figurar también como autor de correspondencia, aquel al que otros científicos deberán dirigirse para discutir sobre su trabajo, aunque es frecuente que este delegue esa función en el primer firmante si le considera suficientemente formado y él lleva varias líneas al mismo tiempo.

A la hora de escribir el estudio en sí, también hay reglas que no pueden romperse. El esquema estándar de todo estudio científico experimental se compone de seis partes: abstract (resumen), introducción (estado de la cuestión y propósito del trabajo), materiales y métodos (explicación detalladísima de todos los experimentos para que cualquier otro investigador pueda repetirlos), resultados, discusión (conclusiones) y referencias bibliográficas (estudios anteriores que se citan o en los que se basa el trabajo). Dado que muchas revistas imponen ligeras variaciones a este esquema básico, desde el principio el investigador suele escribir el estudio ateniéndose al formato requerido por la revista a la cual va a enviarlo. Además, todo estudio experimental incluye varias figuras que muestran los resultados.

El estilo y el tono tampoco dejan margen a la fantasía. Los estudios científicos se escriben en un lenguaje claro, conciso, directo y aséptico, sin retórica ni literatura. Pero al mismo tiempo, deben ser impolutos en su gramática y su ortografía. Y por supuesto, generalmente todo ello en inglés, el idioma de la ciencia. En cuanto a las conclusiones, el tono de los estudios científicos es justo el opuesto al de cualquier artículo de opinión o discurso político, ideológico o religioso. En los estudios científicos no se pontifica ni se dogmatiza, o ni siquiera se “demuestra”, sino que solo se “muestra”. “Nuestros resultados sugieren”, “los datos son compatibles con”, “es razonable pensar” o “podría pensarse” son fórmulas habitualmente utilizadas. A menudo la última conclusión es que deberán realizarse nuevos estudios para confirmar los resultados.

Una vez escrito el estudio, se envía a la revista previamente elegida. De esta elección depende críticamente el destino futuro de ese papelito. Obviamente, todo científico aspira a publicar en Nature o Science, las revistas de mayor prestigio, pero en la mayor parte de los casos picar tan alto sería una pérdida de tiempo, y podría incluso perjudicar al propio investigador si los editores de estas revistas le etiquetan como alguien incapaz de valorar la relevancia real de su trabajo. O simplemente, como un pelmazo.

Se entiende entonces que no todas las revistas son iguales, y esto tampoco es arbitrario. Existen índices que miden el impacto de las revistas y las clasifican en listas jerárquicas. Tampoco el impacto de una revista suele ser el mismo si se trata de una publicación multidisciplinar, como Nature o Science, que leen todos los científicos, o si se ciñe a un ámbito especializado muy concreto. Para un científico, saber elegir la revista adecuada a la que enviar un trabajo es tan importante como hacer el trabajo en sí.

Una vez enviado el estudio, el primer filtro al que se enfrenta es el de los propios editores de la revista. Como puede suponerse, las revistas generalmente reciben muchos más estudios de los que pueden publicar, por lo que se rechazan muchos más de los que se aceptan. Así, es muy habitual que al primer intento, con la revista que el investigador ha elegido como su opción más deseable a la par que razonable, la respuesta sea una carta del editor diciendo que el estudio no reúne la suficiente calidad o relevancia como para que le interese publicarlo. Y entonces, toca probar con la siguiente de la lista.

En un momento determinado, por fin el investigador consigue que un editor se interese por su estudio. Pero el calvario no ha terminado; en realidad no ha hecho sino comenzar: llega entonces la revisión por pares. Mañana seguiremos.

Lo dice un estudio científico. ¿Qué significa esto realmente?

Lo dice un estudio científico. Es una frase que escuchamos a menudo en la calle, aplicado a todo tipo de situaciones. Pero ¿qué significa realmente que un estudio científico diga tal cosa? ¿Significa lo que creen que significa quienes emplean la frase?

Así es como muchos pretenden que funcione: si un estudio científico apoya nuestra postura ideológica preconcebida, lo levantamos como un baluarte con el que pretendemos barnizar de objetividad dicha postura ideológica. En cambio, si los resultados del estudio no nos complacen, es que los científicos publican lo que les parece y, además, están vendidos a los intereses de x, y o z.

Pero no es así como funciona. En primer lugar, un estudio científico solo debe valorarse por su propia calidad, y no por el sentido de sus resultados, gusten o no. Esto no debería sorprender a nadie, pero probablemente lo hará: el propósito de la ciencia es únicamente conocer la realidad, no presentarla más agradable al gusto de nadie. Por ejemplo, puede que no guste saber que la identidad y la orientación sexual vienen sobre todo definidas desde el útero materno (según la ciencia actual, por factores genéticos y bioquímicos intrauterinos), ya que encaja mejor con la mentalidad de hoy pensar que es una cuestión de libertad y elección personal. Pero la ciencia deja de serlo cuando se pliega a las tendencias sociales políticas para convertirse en un instrumento al servicio de ideologías, como ocurrió durante el nazismo, el estalinismo o incluso el franquismo.

En segundo lugar, en muchos casos –sobre todo en ciertas áreas de investigación, y especialmente en aquellas que suelen estar afectadas por posturas ideológicas– un solo estudio científico aislado puede tener una relevancia muy escasa. En realidad, siempre que alguien defienda ante nosotros una postura concreta porque “lo dice un estudio científico”, la réplica correcta es: y los demás estudios, ¿qué dicen?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Un ejemplo de esto último ha sido la percepción social del cambio climático. Durante años, numerosos medios políticos y periodísticos de tendencia conservadora en todo el mundo se aferraron a la idea de que el cambio climático era una ficción inventada por un lobby anticapitalista para derribar el libre mercado y la economía de las grandes corporaciones. Por supuesto, había estudios científicos que negaban el cambio climático. El hecho de que fueran de calidad deficiente o que incluso quedaran retractados no impedía que pudiera esgrimirse la famosa frase. Solo cuando la avalancha de estudios de calidad presentando pruebas del calentamiento global se hizo ya imposible de ocultar y negar, algunos de estos medios –no todos– terminaron rindiéndose a la evidencia (podríamos también decir que solo lo han hecho cuando el capitalismo y la economía de las grandes corporaciones han incorporado el cambio climático como fuente de negocio, pero sería otra historia).

Otras pseudociencias también se apoyan en este argumento, como es el caso de las pseudoterapias que sostienen intereses económicos. No hay web defensora de la homeopatía que no despliegue una lista de docenas de estudios científicos con los que pretenden avalar sus proclamas. Estas listas suelen estar confeccionadas al montón, sin otro propósito que servir a los ya adeptos o epatar y apabullar a los dubitativos. Pero cualquiera con un cierto conocimiento de la ciencia y sus mecanismos encuentra rápidamente que todo ese presunto aluvión es finalmente un leve chispeo: o los estudios realmente no defienden lo que pretenden quienes los han recopilado, o son de calidad muy deficiente, casos anecdóticos y sin controles. Y sobre todo, por cada uno de esos estudios que dicen encontrar efectos beneficiosos en la homeopatía, hay otros diez, cincuenta o cien que no los han encontrado, pero que no aparecen en la lista.

Respecto a esto último, tampoco hay que hacer cábalas sobre si son más o menos los que defienden una postura o la contraria. Aquí no existe aquello de un millón de manifestantes según los convocantes y un par de autobuses llenos según el gobierno. En la ciencia nada se deja al azar, y también existe un método perfectamente sistematizado para valorar ese “¿y qué dicen los demás estudios?”. Se conoce como metaanálisis, y se rige por un conjunto de reglas precisas.

Los metaanálisis o metaestudios son imprescindibles especialmente cuando se analizan efectos que tal vez sean pequeños, pero que podrían ser reales (es decir, poco potentes, pero que aparecen de forma consistente, estadísticamente significativa). Estas grandes revisiones recopilan todos los estudios existentes sobre una misma cuestión, los examinan uno a uno para evaluar su nivel de calidad, y aquellos que superan un umbral mínimo se someten conjuntamente a un tratamiento estadístico informatizado para disponer de un volumen de datos que preste mayor fiabilidad a las conclusiones, según unos parámetros definidos y aceptados por la comunidad.

Es aquí donde las pseudoterapias se caen del todo: con independencia de que los principios de la homeopatía vayan en contra de todo lo conocido por la ciencia, todos los metaanálisis han concluido que el único efecto observable es el placebo. Incluso si se dejaran de lado las objeciones teóricas, los resultados prácticos confirman que no hay resultados prácticos, y esto es lo que científicamente descarta su validez.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero estos casos tampoco se restringen a las pseudoterapias o a otras propuestas que deambulan más allá de los límites de la ciencia real; en muchas ocasiones, más de las que cabría esperar, también se encuentran dentro de lo que se considera ciencia legítima y formal. Uno de los campos en los que esto está ocurriendo hoy de forma más flagrante es el de la nutrición y la vida saludable en general.

Evidentemente, también este es un negocio millonario; no solo por la venta directa de productos, sino también por la industria profesional y mediática que engorda a costa de prestar consejos sobre costumbres, dietas y alimentos sanos. E incluso muchos grupos de investigación de instituciones absolutamente respetables han aprendido que fomentar la psicosis quimiófoba o buscar las siempre presuntas virtudes del último alimento de moda es mucho más rentable, en todos los sentidos, que investigar sobre el cáncer o el alzhéimer.

Esta diferencia entre los estudios aislados y los metaanálisis es la raíz de un fenómeno que a menudo desconcierta a los ciudadanos, y que a algunos les hace incluso desconfiar de la ciencia: cuando hoy resulta ser malo lo que antes era bueno, o viceversa. Ha ocurrido históricamente con el aceite de oliva y el pescado azul, y más recientemente con la ingesta de colesterol en los alimentos.

El problema en estos casos es que se divulgan como definitivos lo que solo son resultados preliminares, pobres o dudosos, muy a menudo basados únicamente en correlaciones de datos sin una causalidad demostrada. A medida que se acumulan más estudios, se profundiza en las relaciones causales, aumenta el volumen de datos y comienzan a aparecer metaanálisis, ocurre a veces que el balance refuta una creencia antes tenida por cierta.

En resumen, frente a cada nueva noticia sobre un estudio científico que ensalza las supuestas virtudes del chocolate o alerta sobre el presunto peligro mortal de tocar los recibos de la compra, la actitud correcta es el escepticismo; no tomarlo por principio como dogma ni tampoco como falacia, y mucho menos aún en función de que sus resultados gusten o no. Para valorar la relevancia de un estudio y saber distinguir el grano de la paja hay que formarse un espíritu crítico, y esto solo se consigue conociendo cómo funciona la ciencia. La verdadera educación científica no consiste en repetir hasta la saciedad que las vacunas funcionan y no causan daño alguno, sino en enseñar a comprender cuáles son los mecanismos que tiene la ciencia para llegar a saber que esto es así.

Pero en todo lo anterior hay un concepto clave que casi se da por sentado, y tampoco es obvio: ¿qué es un estudio científico? ¿Es todo aquel cuyo autor dice que lo es? Mañana veremos que no todo lo que se anuncia como estudio científico realmente lo es.

¿Dormir con tu perro es malo? La opinión experta, el estudio y el estudio científico

Quienes se dedican a analizar cómo funciona el panorama informativo en esta era de las redes sociales suelen insinuar que nos encontramos frente a un embrollo de p…; perdón, quiero decir, frente a un embrollo de considerables dimensiones. Suelen referirse a ello con términos como crisis de la autoridad de los expertos, o algo similar. O sea, que el valor que se otorga al mensaje ya no depende tanto del emisor (su cualificación profesional y su credibilidad como experto), sino del receptor (sus inclinaciones personales, normalmente ideológicas).

No pretendo entrar en fangos políticos, pero me entenderán con un ejemplo sencillo y muy popular: para algunos, el actor Willy Toledo es un intelectual preclaro, mientras que para otros es eso que ahora llaman un cuñado, o algo peor. Pero lo relevante del caso no es qué bando tiene la razón, sino que ambas valoraciones son independientes de los méritos y las cualificaciones que puedan avalar al actor como pensador político; yo no los conozco, y dudo que tampoco muchos de quienes le aplauden o le denostan, que en cualquier caso contribuyen por igual a hacer de él y de sus manifestaciones un trending topic. Y trending topic es algo que se define como lo contrario de las reflexiones de un experto y veterano politólogo de prestigio mundial escondidas en la página 27 del suplemento dominical de un periódico.

Ciñéndome al campo que me toca y me interesa, la ciencia, las fake news proliferan en internet sin que las refutaciones objetivas, contundentes e indiscutibles, parezcan servir para que desaparezcan. En algunos casos se trata de falsas noticias curiosas, como aquello que ya conté aquí de que mirar tetas alarga la vida de los hombres. No importa cuántas veces se aclare que la noticia era falsa, y que ni tal estudio ni su supuesta autora existieron jamás; el bulo ha resurgido periódicamente y continuará haciéndolo.

Pero en otros casos no se trata de curiosidades inocuas, sino de falacias que pueden ser muy dañinas, como los falsos riesgos de las vacunas o de los alimentos transgénicos. Ambas creencias han sido refutadas una y otra vez por aquello que de verdad puede refutarlas, los estudios científicos. Pero lo que al final llega a trending topic es la opinión del actor Jim Carrey o del ¿también actor? Chuck Norris.

Se fijarán en que he escrito “los estudios científicos”, y no “los estudios” ni “los científicos”. Porque en esta era del derrocamiento de la autoridad experta, es imprescindible distinguir entre la opinión de un científico, el estudio y el estudio científico, dado que no todo ello tiene el mismo valor.

Hace unos días mi vecina de blog Melisa Tuya, autora de En busca de una segunda oportunidad (además de otro blog y varios libros), me pasaba una nota de prensa enviada por una empresa que vende colchones (no entro en detalles, pero el comunicado ha sido publicado por algún medio). La compañía en cuestión advertía sobre los riesgos de dormir con tu perro, concluyendo que esta práctica acarrea más desventajas que ventajas. Naturalmente, no hay disimulo: la empresa lanza un colchón específico para perros, y lo que pretende es avalar las bondades de su producto con las maldades de que el animal comparta la misma cama que sus dueños.

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Para apoyar sus proclamas, la compañía ha contratado (obviamente, en estos casos siempre hay un flujo monetario) una opinión experta, la de una veterinaria. La doctora advierte en primer lugar de que los animales deben estar limpios y desparasitados para evitar el riesgo de que el contacto con los humanos en la misma cama (o en cualquier otro lugar, para el caso) pueda favorecer la transmisión de enfermedades. El consejo resulta incuestionable, ya que innumerables estudios científicos han demostrado el contagio de infecciones de animales a humanos, como he contado aquí.

Pero seguidamente la veterinaria entra en un terreno más pantanoso, y es el de los posibles efectos nocivos que el compartir el lecho con los humanos puede ejercer sobre la conducta del animal: que le dificulte la separación de sus dueños o que crea haber conquistado el castillo de la cama y el liderazgo del hogar. Y al fin y al cabo, añade la doctora, el animal no va a ser más feliz por el hecho de dormir junto a sus dueños.

Todo esto está muy bien. Pero ¿dónde están los datos? Afirmar que esta versión zoológica del colecho puede dañar la psicología del animal es una hipótesis razonable. Pero sin aval científico, es solo una hipótesis. O en otras palabras, una opinión. Y aunque sin duda las opiniones de los expertos merecen una mayor consideración que las de quienes no lo son, una proposición científicamente comprobable no tiene valor de verdad hasta que se comprueba científicamente. Y la historia de la ciencia es un reguero de hipótesis fallidas. Puede que dormir con sus dueños altere la conducta del perro. Tanto como puede que no. Pero en ciencia no debe existir el “ex cátedra”: la verdad no está en la opinión de un experto, sino en la opinión de un experto respaldada por los estudios científicos. ¿Los hay? No, no basta con la experiencia propia. En ciencia, no.

Voy ahora al segundo argumento, y es la diferencia entre el estudio y el estudio científico. Hoy estamos inundados de estudios por todas partes. Casi cualquier empresa con el suficiente poderío y una política de marketing emprende estudios: las webs de venta de pisos publican estudios sobre la evolución del precio de la vivienda, los seguros médicos publican estudios sobre el consumo de alcohol en los jóvenes, y hasta las webs porno publican estudios sobre las preferencias sexuales de sus usuarios. Para las empresas, elaborar estudios se ha convertido en una práctica común, quizá porque aumenta su visibilidad y su reputación a ojos del consumidor.

Pero hay algo esencial, crucial, sustancial, básico, y todos los sinónimos son pocos, que distingue a un estudio corporativo de un estudio científico: el primero no pasa otro filtro que el de la propia compañía, que por definición está siempre afectada por un conflicto de intereses. En la inmensa mayoría de los casos, lo que las empresas denominan estudios son lo que antes se llamaba encuestas. Una encuesta es algo muy valioso y necesario, pero no llega a ser un estudio. Para dar el salto de una cosa a otra es preciso pasar de los datos crudos a los cocinados, a la interpretación de los resultados y la formulación de las conclusiones. Y es aquí donde resulta imprescindible lo que los estudios científicos sí tienen, y no los corporativos.

La revisión por pares, o peer review.

Revistas científicas. Imagen de Selena N.B.H. / Flickr / CC.

Revistas científicas. Imagen de Selena N.B.H. / Flickr / CC.

Para que un estudio científico se publique y se difunda, es indispensable que lo aprueben otros científicos expertos en el mismo campo de investigación, elegidos por la revista a la cual se ha enviado el trabajo y que no han participado en su elaboración. Y esto, en contra de lo que quizá podría pensarse, no es un simple trámite, ni mucho menos.

Un trámite, aunque duro de completar, es la aprobación de una tesis doctoral; no conozco un solo caso en que una tesis doctoral se haya suspendido (los habrá, pero no los conozco). El tribunal lo escoge el propio doctorando, normalmente entre aquellos investigadores con los que ya tiene una relación previa, y la calificación estándar es sobresaliente cum laude. No se dejen engañar por alguien que presuma de haber obtenido un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral: es la nota habitual, también para este que suscribe.

Pero un caso radicalmente opuesto es el de los estudios científicos. No conozco ningún caso en que un estudio se haya aprobado a la primera (y en este caso dudo que los haya, salvo cuando hay trampa, como en el caso de Luc Montagnier que conté aquí). Los revisores o referees destripan los estudios, los machacan, los pulverizan, los apalizan hasta dejarlos reducidos a pulpa. Todo estudio se enfrenta a un largo calvario y a una cadena de revisiones y rechazos antes de encontrar finalmente su hueco en las páginas de una publicación científica, si es que lo encuentra.

Naturalmente, hay corruptelas y favoritismos; los revisores no tratan por igual un estudio escrito por un tal Francis Mojica de la Universidad de Alicante que otro firmado por Eric Lander, director del Instituto Broad del MIT y la Universidad de Harvard, y los Mojica de este mundo dependen de que los Lander de este mundo acaben abriéndoles las puertas al reconocimiento de su trabajo. Por supuesto, también hay estudios fraudulentos, como el de Andrew Wakefield, el médico que se inventó el vínculo entre vacunas y autismo; falsificar un estudio científico es relativamente fácil. Pero estas anomalías son contaminaciones del factor humano, no errores del sistema.

Por último, en años recientes se ha impuesto además el requisito de que los investigadores firmantes de los estudios científicos declaren sus posibles conflictos de intereses, como fuentes de financiación o participación de una manera u otra en cualquier tipo de entidad. A un científico que recibe financiación de un fabricante de refrescos no se le impide publicar un estudio que presenta algún beneficio del consumo de azúcar (suponiendo que lo hubiera), siempre que el trabajo sea riguroso y los datos sean sólidos, pero debe declarar este conflicto de intereses, que aparecerá publicado junto a su nombre al pie de su artículo. Obviamente esto no ocurre en los estudios corporativos, pero tampoco en las opiniones de (en este caso incluso hablar de “presuntos” es una exageración) expertos cuando cobran abultadas cantidades por anunciar un pan de molde “100% natural”.

El mensaje final es: cuidado con las referencias a expertos y estudios. En el terreno de la ciencia, para valorar la credibilidad de una afirmación hay que diseccionar escrupulosamente el nivel de rigor científico de la fuente original. Y si hay pasta de por medio.

Pero si ustedes han llegado aquí para saber si es bueno o no dormir con un perro, y ateniéndonos a los estudios científicos, la respuesta es que aún no hay datos suficientes: una revisión publicada en septiembre de 2017 por investigadores australianos dice que “mientras que las prácticas de colecho adulto-adulto y progenitor-hijo/a se han investigado bien, dormir o compartir la cama con animales ha sido relativamente ignorado [por los estudios]”. El trabajo presenta posibles pros y contras basándose en los escasos estudios científicos previos, proponiendo que el colecho con hijos y el que se practica con animales de compañía “comparten factores comunes […] y a menudo resultan en similares beneficios e inconvenientes”. Como conclusión, los investigadores apuntan que se necesita más “investigación empírica”. Así pues, que no les vendan motos. O colchones.