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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Archivo de diciembre, 2017

Y el género musical con más problemas médicos en los conciertos es…

La historia de la música ha quedado tristemente salpicada por la tragedia en varias ocasiones, ya sea por atentados, negligencia o accidentes ocurridos durante la celebración de conciertos. En la mayor desgracia que nos ha tocado de cerca en los últimos años, la fiesta de Halloween en el Madrid Arena en 2012, la casi inexistente y chapucera atención médica presente en el recinto dañó seriamente la imagen de la asistencia sanitaria en los conciertos. En la mayoría de las ocasiones, cuando no son prebendas concedidas a dedo a un amiguete, estos servicios velan por nuestra salud con verdadera dedicación y profesionalidad.

La medicina de conciertos y otros eventos multitudinarios atiende cada año en todo el mundo a miles de personas. En la mayor parte de los casos se trata de afecciones leves, pero estos servicios también salvan alguna que otra vida. Cuando pensamos en la atención médica dispensada durante los conciertos, inevitablemente nos vienen a la mente las borracheras monumentales, pero también los típicos desmayos de los/las fans y, como conté en un artículo anterior, las magulladuras y huesos rotos debidos a prácticas como el moshing y el crowd surfing.

Imagen de Pixabay.

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Pero tal vez les pique la curiosidad como me ha ocurrido a mí: ¿qué clase de problemas suelen dar más trabajo a los servicios sanitarios durante los conciertos? ¿Y en qué tipo de conciertos? ¿Son más abundantes los desmayos de quinceañeras cuando Justin Bieber agita el flequillo, o los cráneos fracturados durante un pogo o un wall of death?

Hay varios estudios que han tratado la medicina de conciertos a lo largo de los años, pero sobre todo dos de ellos se han encargado específicamente de recopilar datos de una amplia muestra de conciertos, agrupándolos además en función del tipo de música.

El primero de ellos se publicó hace ya casi un par de décadas, en 1999. En aquella ocasión, un grupo de médicos de urgencias de California reunió los datos de 405 conciertos celebrados a lo largo de cinco años en cinco grandes recintos de aquel estado. De un total de asistentes de más de cuatro millones y medio, los servicios de emergencia atendieron a 1.492 pacientes. Para normalizar las cifras, los autores utilizan el índice de pacientes por cada 10.000 asistentes (PPTT, en inglés). Como promedio, la cifra de atenciones en cada concierto fue de 2,1 pacientes por cada 10.000 asistentes, o PPTT.

Para estudiar la influencia de todos los posibles factores, los autores tuvieron en cuenta el volumen de público, la temperatura o si el concierto se celebraba bajo techo o al aire libre, pero no encontraron ninguna influencia de estas variables en el mayor o menor número de casos de atención médica. Descubrieron que solo había diferencias debidas a un único factor: el género musical. Pero no en el sentido que cualquiera esperaría.

Aquí viene la sorpresa: los conciertos que se llevaron la palma de más casos de atención médica, con nada menos que 12,6 pacientes por cada 10.000 asistentes o PPTT, fueron los de música cristiana y gospel. Los propios autores se mostraban sorprendidos por este resultado, junto con el hecho de que esta categoría tuvo también la edad media más baja de los atendidos, 15 años, frente a los 48 años de media en los conciertos de música clásica, con los pacientes de mayor edad.

Sin embargo, y dado que la muestra total de conciertos solo incluía tres de este género, los autores admiten que las cifras “pueden no ser representativas de los conciertos cristianos o de gospel en general” y que este resultado “podría deberse a simple casualidad”. Por desgracia los autores no desagregan los motivos de la atención sanitaria en cada uno de los géneros, así que no sabemos qué fue lo que provocó tantas asistencias médicas en estos tres conciertos.

Por detrás de la música cristiana, el género con más casos de atención médica fue el rap, con 9,5 PPTT, aunque la muestra solo incluye un único concierto del trío femenino Salt-N-Pepa. Dado mi absoluto desinterés por este tipo de música no puedo valorarlo adecuadamente, pero no creo que este grupo sea demasiado representativo de la escena del rap en general.

Al rap le sigue la música latina, con 5,5 PPTT. Solo por detrás aparece el rock, con una cifra bastante más baja de 3,8 PPTT. Dentro del rock, los autores distinguen tres categorías: lo que llaman “rock alternativo” con una media de 4,4 PPTT, y que incluye cosas tan dispares como el punk, REM, Red Hot Chili Peppers, Morrisey, New Order y Depeche Mode, lo cual supone mezclar estilos tan diferentes que no creo que este dato indique gran cosa; el “rock clásico”, con 3,8 PPTT; y en último lugar, con el menor número de casos, 3,0 PPTT, el heavy metal. Por último, en torno a los 2 PPTT o por debajo quedan, en orden decreciente, el country, el jazz y el blues, la música ligera y la música clásica.

Claro que los datos pueden agruparse como uno quiera para quedarse con el titular que a cada cual le apetezca. Los autores dividieron los datos en dos grandes grupos, rock y no-rock, llegando a la conclusión de que los conciertos de rock tienen 2,5 veces más casos de atención médica que los de no-rock.

En general, los autores descubrieron que el motivo más frecuente para acudir a la asistencia sanitaria durante un concierto era un traumatismo, sobre todo daños óseos y musculares. Aquí hay otro detalle curioso, y es que en los conciertos de no-rock hay una mayor proporción de casos de traumatismos sobre los totales, un 60%, mientras que en los de rock la cifra es del 57%. De los casos no traumáticos, los más frecuentes en los conciertos de rock eran los provocados por el consumo de alcohol y drogas, mientras que en los de no-rock predominaban los desmayos.

Imagen de Pixabay.

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El segundo estudio que vengo a contarles se ha publicado este año, y es obra de un equipo de médicos de New Jersey y Massachusetts. En este caso los autores han reunido los datos de 403 conciertos celebrados a lo largo de diez años en un mismo gran recinto al aire libre, con un total de casi 2.400.000 asistentes. En general, la media de pacientes por concierto fue de 11,4.

Probablemente estarán esperando saber qué dice este estudio sobre los conciertos cristianos y de gospel, pero los autores no incluyen este género en la muestra, así que nos quedamos sin saber si lo del estudio anterior fue solo un espejismo.

Después de ajustar los datos en función del calor, y del mayor número de pacientes cuando el concierto forma parte de un festival, los autores obtienen un índice que denota el aumento de uso de los servicios médicos en cada género musical, algo así como un indicador de riesgo. Y este es el resultado: los conciertos con más heridos y enfermos son los de rock alternativo (0,347), seguidos por el hip-hop/rap (0,327), rock moderno (0,313), heavy metal/hard rock (0,304), y ya a mayor distancia, country (0,175), pop (0,121), rock clásico (0,103), dance y electrónico (0,100).

Pero una vez más, los autores reconocen que la división entre géneros a veces es confusa. El rap/hip-hop o el heavy metal/hard rock están mejor delimitados, pero en el rock alternativo entran pelajes muy variados como Linkin Park, Blink 182, Stone Temple Pilots, Coldplay o Tori Amos, mientras que la diferencia entre rock clásico y moderno ni siquiera es generacional, como podría pensarse: en el clásico sí se incluyen veteranos como Aerosmith, Springsteen, Clapton, los Who, John Fogerty o Roger Waters, pero en la categoría de rock moderno han reunido a gente tan diversa como Creed, Nickelback o Santana.

Claro que Meatloaf aparece en heavy metal/hard rock, pero los Scorpions en rock clásico, mientras que este último apartado incluye también a Rod Stewart, Tom Petty, Joe Cocker y Peter Frampton, y en cambio Bryan Adams, Stevie Nicks, Paul Simon y Ringo Starr no aparecen clasificados como rock, sino como música “adulta contemporánea” junto a los Temptations, Lionel Richie y los New Kids on the Block, pero BB King está incluido en “variedad y otros”, mientras que los Backstreet Boys están en pop junto a Selena Gomez, Pitbull o los Jonas Brothers, pero también junto a Maroon 5 o No Doubt…

Todo lo cual implica que los fans de ciertas bandas o intérpretes de una categoría concreta no asistirían ni muertos a un concierto de otros grupos incluidos en el mismo saco. Así que mejor quedémonos con el mensaje que a cada uno le parezca pertinente, siempre que los datos lo sostengan. El mío es este: no, los conciertos de heavy metal y hard rock no entrañan más riesgo para la salud que los de otros géneros. Y de propina, me quedo también con esta conclusión que los autores extraen de sus datos: “la intoxicación por alcohol o drogas fue significativamente más común en el hip-hop y el rap”. Sí, ese tipo de música que ahora aparece hasta en los anuncios de televisión dirigidos a los niños.

La broma de Peppa Pig y los médicos, y cómo algunos medios han picado

Todos los años por estas fechas, la revista British Medical Journal (BMJ) lanza una edición navideña con unas cuantas piezas de carácter festivo. Por ejemplo, allí han tenido cabida la prevención y el tratamiento de epidemias de zombis, o la multiplicación por siete de la capacidad de las copas de vino en Inglaterra en los últimos 300 años, o si los hombres se quejan más de la gripe que las mujeres porque son inmunológicamente inferiores, o si la luna llena provoca más accidentes de moto porque los motoristas se quedan embobados mirándola, o la demostración de que Santa Claus en realidad no trae más regalos a los niños buenos, o el efecto nocivo de las campanadas del Big Ben en el sueño de los niños de un hospital cercano, o la localización de la red cerebral del espíritu de la Navidad, o si los andares de Vladimir Putin y otros líderes rusos se deben al entrenamiento del KGB para llevar un arma bajo la chaqueta, o si los personajes de dibujos animados sufren mayor riesgo de muerte que los del cine de adultos, o un estudio del tiempo de supervivencia de un bombón en la sala de espera de un hospital.

Con todos estos ejemplos, imagino que se habrán hecho una idea de qué contenidos suele traer esta edición navideña del BMJ. En ningún caso son estudios falsos, casos inventados o datos manipulados, algo que una revista científica nunca haría (deliberadamente, quiero decir). Cuando hay datos, los datos son reales y las metodologías también, aunque los enfoques sean estrafalarios y las conclusiones irrelevantes o ridículas. En otras ocasiones se trata de casos curiosos, o de ensayos satíricos, o de estudios simulados sobre situaciones imaginarias, como los zombis o los dibujos animados. El rasgo común entre todos ellos es la originalidad, según establecen las directrices de la revista para esta peculiar edición.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

Este año, el artículo estelar ha sido sin duda un ingenioso y divertido trabajo escrito por la médica de familia Catherine Bell. Como tantísimos otros niños y niñas, la hija de la doctora Bell pasa largas horas ante el televisor contemplando las aventuras de la cerdita Peppa Pig. Y por deformación profesional, Bell se fijó en el médico de la serie, el doctor Brown Bear. Se le ocurrió entonces una idea para la edición navideña del BMJ: dado que al Dr. Brown Bear se le llama por cualquier nimiedad y siempre aparece como un rayo y con la cura instantánea, ¿acaso es un mal ejemplo para el usuario de la sanidad británica? ¿Alienta Peppa Pig el uso inapropiado de los recursos de atención primaria?, pregunta Bell en el título.

En su artículo, la médica general de Sheffield describe al Dr. Brown Bear como un médico que proporciona un “servicio excelente”, con “acceso telefónico inmediato y directo, cuidado continuo, horario extendido y un umbral bajo para las visitas domiciliarias”. “¿Puede este retrato de la práctica general contribuir a expectativas irreales en la atención primaria?”, añade.

A continuación, Bell expone tres casos concretos de episodios de la serie, con un estilo de exposición similar al que se emplea en los artículos médicos reales. Por ejemplo, “padres llaman al Dr. Brown Bear en sábado concerniendo a un cerdito de 18 meses con un historial de dos minutos de síntomas de resfriado tras jugar en el exterior sin su gorro de lluvia”.

Pero no todo son alabanzas. La autora pasa entonces a criticar al Dr. Brown Bear cuestionando su ética profesional, ya que en uno de los casos expuestos debería haber desviado al paciente al especialista. El hecho de que decidiera realizar “una visita a domicilio clínicamente inapropiada sugiere un posible incentivo financiero”, escribe Bell, insinuando que el Dr. Brown Bear probablemente no trabaja en el sistema sanitario público, sino que es “un médico privado sin escrúpulos”.

Y no solo esto, sino que además, añade la autora, sobremedica a sus pacientes sin necesidad. Por si fuera poco, además muestra signos de estar “quemado”, y por ello descuida tanto sus archivos como los requisitos legales sobre confidencialidad y consentimiento informado. En resumen, el Dr. Brown Bear es, a juicio de Bell, corrupto, negligente e incompetente. “Ya no es capaz de ofrecer a sus pacientes el nivel de servicio que ellos esperan”, concluye la autora.

Naturalmente, Bell ha procurado ofrecer al aludido el derecho de réplica, pero sin éxito: “se ha intentado discutir con el Dr. Brown Bear su perspectiva sobre los casos expuestos; sin embargo, no le es posible comentar al estar pendiente del resultado de una investigación sobre su aptitud para seguir ejerciendo”, escribe.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

De todo lo anterior ya habrán comprendido que ni el contenido ni el tono del artículo ocultan lo que realmente es, una broma navideña destinada a arrancar una sonrisa. Pero por increíble que parezca, bastantes medios se han tomado el artículo en serio, aunque es obvio que se han copiado unos a otros sin haber leído el “estudio” sobre el que han escrito. Lo entrecomillo porque, como ya han comprendido, no existe tal estudio, sino una parodia de estudio.

Y como en el juego del teléfono roto, al presunto mensaje, que no existe en el texto de Bell, se le han ido añadiendo más gotas de sensacionalismo en cada nueva versión: que los médicos británicos consideran a Peppa Pig una perniciosa influencia o incluso su peor enemiga, que una prestigiosa revista científica cuestiona la imagen de la medicina en Peppa Pig, que la comunidad médica carga contra Peppa Pig, ¡la comunidad médica!, y que no piden la retirada de la serie pero sí un replanteamiento, o incluso que Peppa Pig ¡distorsiona la realidad! Perdonen, pero tengo que repetirlo: ¿¡¡que Peppa Pig distorsiona la realidad!!?

Todo lo explicado no quita que la autora del artículo se haya inspirado en motivaciones reales. Como médica del sistema público, es probable que a Bell le preocupe el problema de los recursos en el sistema sanitario. Pero probablemente ni siquiera la propia autora esperaba que su broma pasara en ciertos medios como una crítica verídica. Prueba de ello es que en el apartado de conflicto de intereses aclara que, pese a lo aparente, su hija no está patrocinada por Peppa Pig. Es decir, que Bell interpretaba su propio artículo como un homenaje a los dibujos de la cerdita, y no como una descalificación.

Así, en este caso la única distorsión de la realidad es presentar a la autora como la portavoz de un colectivo médico seriamente indignado por el retrato de su profesión en unos dibujos animados protagonizados por una familia de cerditos parlantes con los dos ojos al mismo lado de la nariz. En el mejor de los casos, es un esperpento; en el peor, es información falsa difundida a miles de lectores.

Tal vez Bell se sienta ahora un poco como Orson Welles cuando hizo de su guerra de los mundos radiofónica una invasión marciana real. En ninguno de los dos casos se trata de inocentadas: al comienzo de su emisión, Welles aclaró que aquello era solo una radionovela. Y aunque el artículo de Bell sobre Peppa Pig no vaya a lanzar a la gente a la calle presa del pánico, ha servido para un propósito de mayor alcance del que podría haber imaginado su autora: como experimento involuntario para poner de manifiesto el inquietante problema de la falta de credibilidad de algunos medios.

El headbanging puede dañar el cerebro, y otros riesgos del heavy metal y el punk

Sin duda conocen ustedes el codo de tenista, esa avería de los tendones causada por esfuerzos repetitivos del brazo que no solo afecta a quienes le dan a la raqueta, sino además a los carpinteros y otros trabajadores manuales. También la música tiene una parte de actividad física extenuante que acarrea sus propias dolencias. Un caso típico es la distonia focal, más conocida como distonia del músico, que causa movimientos involuntarios en algún músculo sobreexplotado por el intérprete.

La distonia es un serio problema que puede arruinar una carrera musical. Una revisión de 2015 encontró que afecta a entre el 1 y el 2% de los músicos profesionales, lo cual suma una cifra enorme si se escala a la población mundial. Pero lo curioso de la distonia del músico es que no es una enfermedad del brazo, sino del cerebro. Algunos estudios han revelado que la intensa práctica de los músicos hace que el control cerebral de las extremidades implicadas se desborde hacia otras regiones del cerebro, causando conexiones anómalas entre las neuronas; los músculos están reclutando neuronas que no les corresponden y que no saben hacer lo que se pide de ellas, y así aparecen los movimientos descontrolados.

Headbanging y black metal. Imagen de Wikipedia / Vassil.

Headbanging y black metal. Imagen de Wikipedia / Vassil.

Aunque son más conocidos los casos de pianistas que la sufren en las manos, la distonia puede afectar a intérpretes de cualquier instrumento y de cualquier género. En 2014 se describió en Alemania el caso de un batería de heavy metal de 28 años que había comenzado a sufrirla en su muslo derecho, poco después de haber comenzado a utilizar un pedal doble para el bombo. Este tipo de pedal permite ritmos más rápidos y da una base de percusión más llena también a velocidades más lentas. A costa de un esfuerzo mayor, claro.

Pero respecto a las enfermedades profesionales del heavy metal, si son aficionados al género tal vez se hayan hecho la misma pregunta que yo: si los cantantes, los profesores y otras personas que fuerzan la voz regularmente pueden sufrir problemas de garganta, ¿qué hay de los cantantes de death metal? Si no están familiarizados, les explico que en este subgénero (y en otros relacionados) los vocalistas cantan con lo que se conoce como death growls o death grunts, un gruñido gutural que sale de lo más profundo del ser y que a veces suena parecido a un eructo vocalizado. Es una especie de versión extrema de una forma de cantar utilizada desde mucho antes por músicos como Louis Armstrong, Joe Cocker, Tom Waits y otros.

En fin, es una manera poco natural de emplear la voz, y entre ensayos y bolos, los cantantes de estos grupos pueden estar torturándose la garganta si no recurren a un consejo profesional sobre cómo hacerlo sin dañarse. De hecho, la versión inglesa de la Wikipedia apunta: “El Centro Médico de Nijmegen de la Universidad de Radboud, en Holanda, informó en junio de 2007 de que, debido al aumento de la popularidad del gruñido en la región [por el death metal, se entiende], estaba tratando a varios pacientes que utilizaban la técnica incorrectamente por edemas y pólipos en las cuerdas vocales”.

Lo cual debería alarmar a los cantantes de death metal… si fuera cierto. El problema es que no parece haber manera de confirmar estos datos. La fuente de la Wikipedia es un artículo en el diario Nederlands Dagblad en el que el logopeda Piet Kooijman decía estar tratando a varios vocalistas de estos grupos, pero hasta donde he podido encontrar, Kooijman no ha publicado ningún estudio científico al respecto.

De hecho, otros expertos desmienten categóricamente esta afirmación de Kooijman. El laringólogo de la Universidad de Nottingham (Reino Unido) Julian McGlashan ha estudiado la fisiología y la mecánica de la distorsión de la voz en situaciones reales de distintas modalidades de canto, incluido el death metal. Según sus resultados, presentados en varios congresos científicos, los death growls “pueden hacerse de forma segura”, siempre que se emplee la técnica correcta con apoyo profesional.

La banda sueca de death metal melódico Amon Amarth, en Alemania en 2017. Imagen de Wikipedia / Markus Felix | PushingPixels.

La banda sueca de death metal melódico Amon Amarth, en Alemania en 2017. Imagen de Wikipedia / Markus Felix | PushingPixels.

Los resultados de McGlashan están en consonancia con un estudio de la Universidad de Santiago de Chile publicado en 2013. Los investigadores examinaron a un grupo de 21 cantantes de rock que utilizaban gruñidos y falsetes, en comparación con un grupo de control de 18 cantantes de pop. Según el estudio, estas modalidades de canto “no parecen contribuir a la presencia de ningún trastorno en las cuerdas vocales” en los sujetos del estudio. Sin embargo, los autores advierten de que su trabajo no cubre los posibles efectos a un plazo mayor con una dedicación intensa, ya que los cantantes examinados tenían una media de edad de 26 años y pertenecían a bandas amateurs.

Pero los musculares y los vocales no son los únicos posibles riesgos que pueden amenazar a metalheads y punks. Un gran clásico también estudiado por la ciencia es el headbanging, el movimiento violento de cabeza. Aunque algunos le suponen un origen más o menos reciente, fuentes bien informadas sitúan sus comienzos en los conciertos de Led Zeppelin allá por finales de los 60.

Por inofensivo que pueda parecer el headbanging, lo cierto es que hay varios estudios científicos que describen casos de daños ocasionados por esta práctica (para quien le interese, ver por ejemplo la lista de referencias en este caso reciente en Japón). El daño suele ser del mismo tipo, un hematoma subdural, o lesión en las meninges cerebrales. En algunos casos el resultado es fatal, como publicó la revista The Lancet en 1991. Hay al menos un par de casos descritos de rotura de la arteria carótida cerebral debida al headbanging, uno de ellos mortal. En 2005 se dijo que el ictus sufrido por el entonces guitarrista de Evanescence, Terry Balsamo, también fue debido al headbanging. Otro riesgo adicional son los daños en las vértebras cervicales.

Por suerte, en nuestra ayuda vienen Declan Patton y Andrew McIntosh, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney (Australia). En 2008, estos dos investigadores analizaron la biomecánica del headbanging para la edición de Navidad de la revista British Medical Journal, bajo los criterios estandarizados de riesgo de lesiones en la cabeza y la espina dorsal. Patton y McIntosh encontraron que, para evitar daños, a un tempo musical medio de 146 pulsaciones por minuto el ángulo de giro de la cabeza nunca debe superar los 75º. Con ritmos más rápidos, el movimiento debe ser más limitado.

Como alternativas, y ya en un tono más mordaz adecuado a la edición navideña del BMJ, los australianos aconsejaban mover la cabeza solo en un golpe de batería de cada dos, utilizar un collarín, sustituir el heavy metal por Michael Bolton, Celine Dion, Enya y Richard Clayderman, sugerir a bandas como AC/DC que toquen Moon River en lugar de Highway to Hell, y etiquetar los discos de heavy metal con advertencias contra el headbanging.

Los riesgos para los aficionados al metal o al punk aumentan aún más para quienes gustan de sumergirse en esa masa frenética llamada mosh pit, donde se practica el moshing, básicamente empujarse, golpearse y patearse unos a otros en un “estado desordenado similar al de un gas”, según un equipo de físicos que lo describió matemáticamente en 2013. Y no necesariamente es una cuestión generacional: en mis tiempos su versión en el punk se conocía como pogo, pero dado que nunca he disfrutado de que me agredan o me escupan, ni de hacérselo yo a otros, cuando la banda actuante era de las que invitaban a ello solía retirarme a un rincón discreto.

Y aún más viendo los adornos que se gastan algunas bandas, como esas muñequeras con clavos afilados que llevan los músicos de black metal. En 2006, dos médicos del Hospital Príncipe de Gales de Sídney (Australia) describieron el caso de un joven de 19 años que había sido empujado, con tan mala suerte que se clavó en el hombro una tachuela de 5 centímetros que llevaba otro tipo en la espalda de su chupa de cuero. Al parecer, en el momento el afectado estaba tan borracho que apenas se enteró, pero a la mañana siguiente tuvo que hacer una visita a Urgencias. La herida le había causado un enfisema subcutáneo, una acumulación de aire bajo la piel. Todo quedó en un susto.

Moshing. Imagen de Wikipedia / Harald S. Klungtveit.

Moshing. Imagen de Wikipedia / Harald S. Klungtveit.

Este mismo mes, tres médicos de urgencias de la Universidad de Massachusetts (EEUU) acaban de publicar una recopilación de lesiones causadas por el moshing. Los autores han reunido los casos de atención médica durante ocho grandes conciertos celebrados en un mismo recinto entre 2011 y 2014, con una asistencia total de más de 50.000 personas. Los resultados del estudio no son sorprendentes: la mayoría de los afectados, en el orden de varios cientos, eran varones con una edad media de 20 años, y que en el 64% de los casos llegaban con lesiones en la cabeza. El 28% de los heridos eran menores de 18 años; el más joven tenía 13. Y aunque el moshing era la causa más común de lesiones, un 20% de los casos se debía al crowd surfing, eso de pasar a alguien sobre las cabezas.

De todo lo anterior, tal vez les haya quedado la idea de que el heavy metal y el punk pueden ser nocivos para la salud. Pero no crean que otros géneros musicales son necesariamente más inocuos. Para la próxima entrega les reservo una sorpresa: ¿qué tipo de conciertos dirían que origina más casos de atención médica? Ni se lo imaginan.

Escuchar heavy metal incita a tirarse en paracaídas (no, en serio)

Si están siguiendo esta pequeña serie que vengo trayendo sobre ciencia, música y sociedad, tal vez piensen que pretendo centrarme exclusivamente en el heavy metal, pero realmente esta no era mi intención. Por casualidad, varios de los estudios que he recopilado últimamente en este campo y que merece la pena comentar tratan sobre el metal.

En el fondo, no creo que sea simple casualidad: es el género más popular entre los, digamos, ruidosos, y probablemente por eso los investigadores lo escogen con preferencia cuando tratan de estudiar cualquier variable en relación con la afición a la música intensa o con los efectos de escucharla. Aún más en el caso de los detractores de estos géneros musicales, que quizá ven con horror cómo el heavy metal (o al menos una parte de él) se ha convertido en mainstream, y por ello buscan como sea (aunque sin demasiado éxito) colgarle incitaciones a la violencia o al consumo de drogas, o algún daño al cerebro o a la salud mental.

Este uso del heavy metal en la investigación llega a tal extremo que a veces raya en la candidatura a los premios Ig Nobel. No lo voy a contar en detalle, pero incluso un grupo de investigadores portugueses ha publicado un par de estudios (uno y dos) sobre cómo el heavy metal y otros tipos de música afectan a la anestesia… en los gatos.

Pero dado que sí, el heavy metal es uno de mis géneros, lo uso gustosamente para mostrarles algunas de las tripas del trabajo científico. Por ejemplo, cómo uno puede hacerse una pregunta y abordarla con varios enfoques distintos: la neurociencia, como estudiar si el heavy metal deja algún rastro particular en nuestro cerebro; o la etnografía, como indagar en el perfil de la comunidad de los metalheads. Algo de esto hacían los estudios que he contado en artículos anteriores, aunque como vimos, con resultados bastante desastrosos.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Hay otro interesante estudio publicado en mayo de este año que vuelve a dar vueltas al torno de la misma pregunta: ¿tiene algún fundamento ese viejo tópico que asocia el heavy metal con el riesgo y la violencia? En este caso, los autores no se han fijado en una comunidad concreta, en la que pueden mezclarse otros factores de influencia imposibles de separar. Tampoco han buscado modificaciones en el cerebro, algo muy difícil de interpretar.

En su lugar, han llevado a cabo un trabajo clásico de psicología experimental: someter a un grupo aleatorio de voluntarios a una condición concreta, en este caso escuchar heavy metal, otros tipos de música o ninguna, y evaluar su respuesta a una tarea cuya finalidad los voluntarios desconocen, pero en la que se esconde aquello que los investigadores pretenden medir; en este caso, su mayor o menor propensión a asumir riesgos de uno u otro tipo. Un experimento limpio, destinado simplemente a examinar el efecto directo e inmediato de la música, sin variables confusas ni sesgos en el diseño.

Los autores, Rickard Enström y Rodney Schmaltz, de la Universidad McEwan de Canadá, sometieron a sus voluntarios a uno de entre cinco tipos de música diferentes según una clasificación definida previamente por otros autores y que sirve como una especie de estándar. Las canciones concretas incluidas como ejemplos en esta clasificación no son conocidas, lo que trataba de evitar una posible contaminación por esas ideas, emociones o recuerdos que todos llevamos asociados a ciertas músicas.

A través de los cuestionarios que los voluntarios debían responder, los autores midieron su disposición a asumir riesgos de varios tipos: financieros, como invertir en valores especulativos; de salud y seguridad, como montar en moto sin casco; recreativos, como hacer rafting o saltar en paracaídas; éticos, como revelar un secreto; y sociales, como empezar una carrera pasados los 30 años.

Los resultados indican que sí, escuchar diferentes tipos de música afecta de forma distinta a nuestra disposición a correr riesgos. Pero curiosamente, no en el aspecto de salud y seguridad ni en el ético. Así lo explican los autores:

Cuando las personas escuchan música intensa como heavy metal, estarán más inclinadas a implicarse en actividades recreativas a menudo percibidas como arriesgadas, por ejemplo rafting o tirarse en paracaídas, en comparación con la situación en que no se les pone ninguna música. Para el dominio de riesgo social, sin embargo, el mismo factor musical en cambio reduciría la probabilidad de asumir riesgos sociales, por ejemplo empezar una nueva carrera o discrepar con una figura de autoridad en un asunto importante. Por el contrario, cuando las personas escuchan música [más suave], estarán más inclinadas a correr riesgos sociales y menos a riesgos recreativos.

Enström y Schmalz proponen que los diferentes tipos de música influyen en nuestra conducta de una manera u otra según el estilo o el mensaje. De alguna manera, sugieren, la música “funciona como una banda sonora en la vida de la gente de forma parecida al cine: la música suave en escenas reflexivas y la música intensa en escenas emocionantes”.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Naturalmente, el estudio de los dos canadienses es pequeño y preliminar; al contrario de los que he contado aquí en días anteriores, los autores no pretenden extender sus conclusiones más allá de donde llegan sus datos. Pero dado que, como ellos mismos escriben, “hay poco trabajo empírico mostrando el papel directo de la música en la probabilidad de asumir riesgos”, puede servir como un buen punto de apoyo para otras futuras investigaciones que ayuden a analizar cómo nos influye la música de una forma más objetiva, sin partir de ese prejuicio apolillado que nos tacha de bultos sospechosos a quienes escuchamos (e incluso intentamos tocarlo, con nulos resultados) heavy metal o punk. Y de paso, el estudio también les ayudará la próxima vez que vayan a tirarse en paracaídas.

Pero aunque escuchar heavy metal o punk no nos incline a la insensatez de arriesgar nuestro pellejo, lo cierto es que la preferencia por estos tipos de música también puede afectar a nuestra salud de modos peculiares e inesperados. Vuelvan por aquí otro rato, que el próximo día se lo cuento.

No, no se ha demostrado un impacto negativo del heavy metal en los jóvenes

En 2011 se comentó bastante en los medios un estudio según el cual “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”. Esta es la traducción literal del titular de la nota de prensa publicada entonces por la Universidad de Melbourne (Australia), institución a la que está afiliada Katrina McFerran, la directora del estudio.

Bien, ante todo debo decir que, según lo que he podido leer, McFerran es una terapeuta musical del Conservatorio de Melbourne con una larga y sólida experiencia, y que lleva a cabo un loable empeño en el uso de la música como herramienta de ayuda para colectivos de niños y adolescentes con problemas, incluyendo los inadaptados, los enfermos terminales y los discapacitados. Y en consecuencia, tanto sus credenciales como sus investigaciones son plenamente respetables.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Pero dicho esto, entremos en harina. Entre la ciencia y los medios existe desde siempre –ya ocurría en tiempos de Darwin– una relación problemática que en muchos casos se asemeja al viejo juego del teléfono roto: desde que la ciencia emite su información hasta que un mensaje cala en la mente del público, a veces media tal grado de distorsión que el mensaje queda irreconocible. A menudo, quienes más se calzan el puño americano para propinar esta paliza extrema a la realidad científica lo hacen movidos por sesgos e intereses. Entre estos se cuentan, por ejemplo, algunas webs actualmente muy populares (no voy a hacerles el favor de citarlas) que sistemáticamente deforman las conclusiones de los estudios científicos para ajustarlas a su agenda pseudocientífica.

Pero no culpemos solo a los periodistas, profesionales o aficionados. A veces también un científico puede actuar motivado por sus propios sesgos con el objetivo de demostrar su preconcepción del mundo, cuando su trabajo realmente debería consistir en tratar de refutar su propia hipótesis por todos los medios posibles y, si finalmente no lo consigue, presentarla como provisionalmente válida. Los estudios científicos jamás dicen “nuestros resultados demuestran”, sino “nuestros resultados muestran”, o “sugieren”, “indican”…

Después de los científicos, el siguiente eslabón en la cadena también puede jugar al teléfono roto, pero a veces con una sordera simplemente fingida. De vez en cuando, los gabinetes de prensa de las universidades y los institutos de investigación tratan de vender lo suyo con titulares o enfoques que estiran un poquito (o un muchito) las conclusiones del estudio para provocar un mayor impacto en los medios. Y no miremos a Australia: también en nuestro país uno encuentra a veces notas de prensa de hospitales que presentan tal procedimiento terapéutico “por primera vez en el mundo”, y que los medios repiten sin espíritu crítico y sin hacer sus deberes de documentación; y que cuando uno rasca un poco, descubre que el procedimiento se ha aplicado por primera vez en el mundo… un martes por la mañana.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

En el caso de la nota de prensa sobre el trabajo de McFerran, lo curioso es que la ilusión de los detractores del heavy metal queda chafada a poco que uno llegue solo una línea más allá del titular, hasta la primera frase del texto: “la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidades de escuchar música heavy metal de forma habitual y repetitiva”.

Ah. Acabáramos. Así que no es que el heavy metal produzca efectos negativos, como dice el título, sino que quienes ya viven situaciones negativas tienden a escuchar heavy metal. Es que no es lo mismo. Una cosa es la causa y otra es el efecto, y no son intercambiables. Gene Kelly cantaba porque llovía, no llovía porque cantara.

Pero a medida que uno sigue inspeccionando la nota de prensa, la tesis del titular acaba dinamitada por completo. Si seguimos leyendo, encontramos que la propia McFerran dice lo siguiente, entrecomillado: “La mayoría de la gente joven escucha una variedad de música de formas positivas; para aislarse de la multitud, para levantar su ánimo o para darles energía cuando hacen ejercicio, pero la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidad de escuchar música, sobre todo heavy metal, de forma negativa”.

O sea, que en lugar de “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”, el titular correcto para la nota de prensa habría sido “de aquellos jóvenes depresivos a quienes la música les afecta negativamente, muchos de ellos escuchan heavy metal”. Claro que a ver cómo iba a vender la Universidad de Melbourne este pedazo de notición a los medios: pues sí, concebiblemente parece más probable que un joven depresivo escuche heavy metal u otros géneros intensos, como punk, postpunk, gótico o emo, y no Dale a tu cuerpo alegría, Macarena. Lo cual, por otra parte, a algunos los deprimiría mucho más.

Pero McFerran prosigue: “ejemplos de esto son cuando alguien escucha la misma canción o álbum de música heavy metal una y otra vez y no escucha nada más. Hacen esto para aislarse o para escapar de la realidad”.

¡Sesgo! ¿Diría lo mismo McFerran de alguien que descubre por primera vez la Patética de Tchaikovsky y la escucha una y otra vez? Todos conocemos la costumbre universal de los bises en los conciertos, pero en los de música clásica existen raras ocasiones en las que el público pide aquello del “play it again, Sam“, y el intérprete repite la misma pieza una segunda vez. Cuando me compro un disco nuevo, sea del género que sea, soy capaz de escucharlo veinte veces seguidas mientras trato de apreciar los matices, las frases de los instrumentos, los arreglos… ¿Estaré escapando de la realidad?

Y continúa McFerran: “si esta conducta sigue durante un período de tiempo, podría indicar que esta persona joven sufre de depresión o ansiedad, y en el caso peor, podría sugerir tendencias suicidas”.

Pero diablos, ¿de dónde saca McFerran todo esto? Ninguna de sus frases comienza con un “a mí me parece”, un “intuyo” o un “me da en la nariz”, así que todo esto se supone apoyado en datos que lo soportan. Pero aquí viene lo mejor, y es que cuando la Universidad de Melbourne publicó su nota de prensa de gran repercusión en los medios, el estudio de McFerran sencillamente no existía. Es decir, aún no se había publicado.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Por entonces lo único que existía era un preprint, un borrador en PDF colgado en Figshare, una plataforma online donde los investigadores pueden compartir datos y estudios. Pero no olvidemos algo que siempre repito: si uno escribe un poema y lo cuelga en internet, puede decirse que el poema está publicado. Si uno escribe un estudio científico y lo cuelga en internet, de ninguna manera está publicado; solo se considera como tal cuando una revista científica acreditada acepta publicarlo previo paso por un muy exigente filtro de revisión por expertos.

Y la revisión por pares es un mínimo, pero no una garantía; a veces el sistema se columpia, como en el caso del estudio chino sobre el heavy metal y el cerebro que conté hace unos días. Muchos estudios científicos acaban retractándose después de publicarse, y no siempre porque los investigadores hayan falseado sus datos, sino a veces porque una vez puestos a disposición del resto de la comunidad, otros expertos descubren fallos monumentales en ellos o conclusiones que no se sostienen.

Pero incluso en aquella primera versión en PDF de 2011, lo explicado en el resumen (abstract) del estudio ya se parecía poco a aquella contundente sentencia divulgada por la Universidad de Melbourne sobre el impacto negativo del heavy metal. “La encuesta revela que la mayoría de los adolescentes utilizan su música preferida para mejorar su ánimo. Los resultados también identificaron una relación significativa entre los adolescentes que puntuaron alto en el riesgo psicológico y la preferencia por música heavy metal, con una pequeña minoría de este grupo que se sentía peor después de escucharla”. Volvemos a lo mencionado más arriba: de los depresivos, algunos escuchan heavy metal, y de estos, a algunos les perjudica. La generalización, tal como se presentó en la nota de prensa, es una falacia inaceptable.

Por fin, después de años en el limbo de internet, el estudio de McFerran se publicó formalmente en 2015 en la revista Nordic Journal of Music Therapy. Pero para entonces, algunas cosas habían cambiado: el título ya no decía “cómo los adolescentes utilizan la música para gestionar su ánimo”, como en el PDF original, sino que ahora hablaba de la “relación entre cómo los adolescentes dicen que gestionan su ánimo y las preferencias musicales”. Es decir, que el vínculo causa-efecto ya había desaparecido.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Pero el abstract también añadía más peros al alcance de las conclusiones. En la versión publicada se dice: “el análisis correlacional revela que, mientras que los jóvenes psicológicamente afligidos de esta muestra preferían con mayor probabilidad escuchar música furiosa y tenían una preferencia por el metal, no informaban de un efecto más negativo en su ánimo que con cualquier otro género de música. Los investigadores concluyen que deben emplearse metodologías mixtas para examinar este complejo fenómeno y para evitar interpretaciones de los datos enormemente simplistas”. Por último, en la versión publicada había desaparecido esta escandalosa frase del PDF original: “Se examina la idea de que la preferencia por el metal puede indicar una vulnerabilidad a una salud mental deteriorada”.

Todo lo cual, a riesgo de equivocarme, me sugiere que los referees (revisores) del Nordic Journal of Music Therapy le dieron leña al estudio hasta que las conclusiones se ajustaran estrictamente a lo que los datos podían justificar, y no al (y si no es así, desde luego se parece muchísmo) empeño personal de McFerran de satanizar el heavy metal a toda costa (de esto ya se encarga el black metal).

Este año se ha publicado otro interesante estudio que aborda específicamente lo que el de McFerran parecía abordar sin abordarlo, es decir, el efecto psicológico de escuchar heavy metal, y que entronca con lo que les decía en el artículo anterior y en otros dos previos (este y este) sobre si este género musical se relaciona con el riesgo y la violencia. El próximo día se lo cuento, no se lo pierdan.

Los viejos rockeros nunca mueren, pero ¿los jóvenes sí?

Si son aficionados a la música, seguro que habrán oído hablar del llamado Club de los 27, nombre sardónico con el que se conoce a una lista de músicos que tienen en común el hecho de haber muerto a los 27 años. Los casos más conocidos son los de Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones y, más recientemente, Amy Winehouse. Pero existen otros muchos; en España tenemos el caso de Cecilia, y mi favorito personal es D. Boon, cantante y guitarrista de los Minutemen, una de las bandas más influyentes en la historia del punk a pesar de su corta historia.

Graffiti dedicado al Club de los 27 en Tel Aviv (Israel). Imagen de Wikipedia / Psychology Forever.

Graffiti dedicado al Club de los 27 en Tel Aviv (Israel). Imagen de Wikipedia / Psychology Forever.

Obviamente, a nadie se le escapa (o debería escapársele) que la abrumadora mayoría de los músicos mueren a otras edades. Pero para mí fue una sorpresa descubrir que hay quienes realmente creen en la existencia de una especie de maldición o destino o lo que sea que amenaza a los músicos a esa edad concreta, y que algunos incluso relacionan con nosequé mojiganga de Saturno.

Descubrí todo esto precisamente a raíz de un estudio publicado en 2011 por estadísticos de Alemania y Australia en la revista British Medical Journal (BMJ), que desmontaba la idea de que mueren más músicos a los 27 años, cuando yo ignoraba que en serio hubiese alguna idea que desmontar. Claro que el estudio se publicó en la edición de Navidad de esta revista, que cada año reúne estudios reales, pero digamos que festivos.

En aquella ocasión, los autores del estudio recopilaron los casos de 1.046 músicos con algún álbum en el número uno de las listas británicas entre 1956 y 2007. En el 7% que habían muerto durante ese período, los investigadores no encontraron más fallecimientos a los 27 años. Un análisis más amplio publicado en 2014 por la psicóloga musical de la Universidad de Sídney (Australia) Dianna Theadora Kenny, que recopiló una lista de más de 11.000 músicos muertos de 1950 a 2010, descubrió que la edad a la que más músicos mueren no es ni mucho menos los 27 años, sino los 56, aunque sus nombres en general resuenen menos que los del famoso Club. Un ejemplo conocido de muerte a esta edad fue Johnny Ramone.

Johnny Ramone (a la izquierda), tocando con los Ramones en 1976. Imagen de Wikipedia / Plismo.

Johnny Ramone (a la izquierda), tocando con los Ramones en 1976. Imagen de Wikipedia / Plismo.

Sin embargo, agregando las edades de las muertes por décadas, el estudio de BMJ sí descubría que los músicos tienen entre el doble y el triple de posibilidades de morir en la veintena o la treintena que la población general. Suele decirse que los viejos rockeros nunca mueren, y desde luego algunos parecen inmortales, como el caso de Ozzy Osbourne que conté aquí hace unos días. Pero según los datos de aquel estudio, esa vieja sentencia de “vive rápido, muere joven” es algo más que un eslogan.

A la misma conclusión llegaba el año pasado un nuevo estudio elaborado por Kenny, que ha continuado indagando en la necrología musical. En este caso y con la colaboración del experto en riesgos Anthony Asher, la psicóloga aumentó la muestra de músicos muertos a más de 13.000 e incluyó además otros datos relativos a aspectos como la causa de la muerte o el género musical. “Los resultados muestran que los músicos populares tienen una esperanza de vida más corta que la población general”, escribían Kenny y Asher. “Los resultados muestran un exceso de mortalidad por muerte violenta (suicidio, homicidio, muerte accidental, incluyendo muertes en vehículos y sobredosis de drogas) y enfermedad hepática para cada grupo de edad estudiado”, añadían.

En este caso, los investigadores encontraron que la franja de edad más fatal para los músicos era la más temprana, por debajo de los 25 años, reduciéndose después progresivamente el exceso de mortalidad. Es decir, explico: mueren más músicos que no músicos por debajo de los 25 años. Pero a lo largo de todas las franjas de edad, la tasa de mortalidad de los músicos duplica la del resto de la población. Si uno echa un vistazo a la tabla de las edades de las muertes desde los años 50 hasta ahora, descubre que algo apenas ha variado: la edad promedio de fallecimiento de los músicos se ha mantenido siempre en torno a los 50 años.

Un hallazgo interesante del estudio de Kenny y Asher es que las causas de las muertes en exceso tienden a ser distintas según el género musical. Los suicidios y la ruina hepática predominan en el country, el metal y el rock, mientras que los homicidios son superiores a los normales en 6 de los 14 géneros estudiados, pero sobre todo en el hip hop y el rap. Las muertes accidentales superan a la media de la población en el country, folk, jazz, metal, pop, punk y rock.

En todos los géneros musicales, incluyendo el gospel y el R&B, hay más muertes violentas y menos muertes naturales que en la población general. Si quieren saber qué género musical se lleva la palma de las muertes violentas, no es el metal, ni el punk, ni el hip hop, sino el country. Y si quieren saber cuál destaca sobre los demás en suicidios, en este caso sí, es el metal.

El sueco Per Ohlin, conocido como Dead, cantante del grupo de black metal noruego Mayhem (segundo por la izquierda), quería estar muerto; enterraba su ropa antes de actuar para asemejarse más a un cadáver. Se suicidó en 1991. Imagen de Wikipedia / Mayhem.

El sueco Per Ohlin, conocido como Dead, cantante del grupo de black metal noruego Mayhem (segundo por la izquierda), quería estar muerto; enterraba su ropa antes de actuar para asemejarse más a un cadáver. Se suicidó en 1991. Imagen de Wikipedia / Mayhem.

Curioso, ¿no? Un vistazo ligero al estudio de Kenny y Asher le serviría a cualquiera para defender esa idea extendida, que ya he comentado aquí, de que el rock se asocia al riesgo, la delincuencia, la violencia y las muertes trágicas. Datos para sostenerlo, los hay. Pero no tan deprisa: para interpretar correctamente esos datos, hay que situarlos en su contexto.

En primer lugar, el estudio compara las cifras de los músicos con las de la población general, pero no –porque no era su propósito– con las de alguna otra población que comparta esos rasgos específicos diferenciadores de los músicos, como la fama y el dinero a edades tempranas. Un ejemplo interesante para comparar sería el mundo del cine. Y a riesgo de equivocarme, tal vez los datos también le darían a cualquiera buenos argumentos para defender que el cine destroza las vidas de quienes participan en él.

En segundo lugar, fijémonos en que el estudio incluye todos los géneros de la música popular. Aunque los autores han tenido que agruparlos en 14 para no multiplicar las categorías y tener volúmenes de datos comparables, no olvidemos que en ellos se incluyen también géneros como el folk, el jazz, la polka, la balada, la música tribal y la música cristiana. Y aunque el 90% de los músicos incluidos en el estudio son estadounidenses, no perdamos de vista que este espectro musical lo cubre todo, también a Isabel Pantoja o el Despacito. Así que cualquiera que desee blandir estas conclusiones para atacar al rock, que sepa que también se aplican al folk, el jazz, la polka, la balada, la música tribal y la música cristiana.

Claro que todo lo contado aquí se aplica exclusivamente a los músicos, no a quienes escuchan su música. Pero ¿qué hay de los fans? ¿También imitan a sus ídolos en estas vidas al límite? El próximo día se lo cuento.

Una máquina descubre el octavo planeta en un sistema extrasolar

Investigadores de la Universidad de Texas en Austin y de la compañía Google han revelado esta tarde, en una rueda de prensa celebrada por la NASA, el primer hallazgo de dos exoplanetas no realizado por un ser humano, sino por un sistema de Inteligencia Artificial. Uno de los nuevos planetas, llamado Kepler-90i, hace el número ocho de los que orbitan en torno a la estrella Kepler-90, lo que convierte a este sistema en el primero conocido con el mismo número de planetas que el nuestro.

Ilustración del sistema Kepler-90. Imagen de NASA/Wendy Stenzel.

Ilustración del sistema Kepler-90. Imagen de NASA/Wendy Stenzel.

Hoy el descubrimiento de un nuevo planeta extrasolar ya no suele ser carne de titulares como lo era hace un cuarto de siglo, cuando se descubrieron los primeros. Se han confirmado ya más de 3.700 planetas fuera de nuestro Sistema Solar, por lo que la idea de que toda estrella podría tener al menos un planeta, como piensan algunos expertos, ya no sorprende. Solo los planetas más parecidos al nuestro, potencialmente aptos para la vida, suelen abrirse paso hasta las páginas y las webs de los medios generales, sobre todo si no están demasiado lejos de nosotros.

No es el caso de Kepler-90i; este planeta rocoso, un 30% más grande que la Tierra, orbita una estrella similar al Sol a 2.545 años luz, y no es precisamente acogedor: los científicos estiman que su temperatura ronda los 427 grados centígrados, similar a la de Mercurio y suficiente para fundir el plomo.

Sin embargo, Kepler-90i tiene dos argumentos para marcar un hito en la astronomía. El primero de ellos es que se trata del segundo “octavo planeta” jamás conocido por el ser humano. Desde que Plutón fue expulsado del club planetario, nuestro sistema se quedó con ocho, siendo Neptuno el octavo. Hasta ahora se había encontrado un puñado de estrellas con siete planetas a su alrededor; una de ellas, TRAPPIST-1, fue noticia el pasado febrero por albergar varios planetas en su zona habitable.

Kepler-90 también era hasta ahora un sistema de siete planetas, descubiertos gracias a los datos de la sonda Kepler de la NASA. Este telescopio espacial es un sofisticado cazador de planetas: rastrea unas 150.000 estrellas en una porción de la Vía Láctea y las vigila en busca de una pequeña atenuación que revele el tránsito de un planeta delante de ellas, como si tapamos parte del foco de una linterna con un dedo. Solo que las atenuaciones debidas al tránsito de planetas son ínfimas; las herramientas informáticas pueden identificarlas, pero es tan ingente la cantidad de datos recogidos por Kepler que los astrónomos y sus ordenadores tienen que centrarse en las señales más evidentes. Y esto implica que tal vez estén pasando por alto algún que otro planeta.

Aquí es donde entra el segundo gran argumento de Kepler-90i: es el primer planeta descubierto por una red neuronal de Inteligencia Artificial (IA). La historia comienza cuando Christopher Shallue, investigador en IA de Google, se entera de que los científicos dedicados a la búsqueda de exoplanetas hoy tienen tantos datos a su disposición que están desbordados; incluso con el uso de potentes ordenadores y con la colaboración de voluntarios a través de internet, el volumen de información es casi inmanejable.

Así, Shallue vio una oportunidad perfecta para dar de comer a sus redes neuronales, sistemas basados en algoritmos que tratan de imitar la forma de aprendizaje del cerebro humano. Los expertos en IA suelen decir que, por inmensas y complejas que sean las operaciones que un ordenador puede realizar en una fracción de segundo, hay algo en lo que la máquina más sofisticada del mundo es más torpe que el más torpe de los humanos: reconocer patrones. Algo tan elemental para nosotros como distinguir un perro de un gato es una tarea colosal para una máquina. Las redes neuronales capaces de aprender están progresando en esta habilidad que los humanos manejamos con soltura.

Shallue se puso en contacto con Andrew Vanderburg, astrónomo de la Universidad de Texas, y entre ambos entrenaron al sistema de Google para aprender a reconocer patrones de indicios de exoplanetas en los datos de atenuación de luz de estrellas recogidos por Kepler. Y allí donde los científicos habían encontrado siete planetas, en la estrella Kepler-90, la máquina encontró uno más, el octavo, con una señal tan débil que había escapado a los astrónomos. Lo mismo ocurrió con otra estrella, Kepler-80, donde el sistema de Google descubrió un sexto planeta, Kepler-80g. El estudio de los dos investigadores se publicará próximamente en la revista The Astronomical Journal.

Y esto es solo el principio. En la rueda de prensa, Vanderburg y Shallue apuntaron que por el momento solo han aplicado la red neuronal a 670 estrellas, pero que su intención es pasar los datos de las 150.000 observadas por Kepler. El sistema Kepler-90 es parecido al nuestro en el número de planetas y en su distribución, con los pequeños más cercanos a la estrella, pero es como una versión comprimida, ya que todos ellos están muy próximos a su sol; de ahí las altas temperaturas. Pero hoy los científicos ya sospechan que los sistemas multiplanetarios, incluso con muchos más planetas que el nuestro, probablemente sean algo muy corriente en nuestra galaxia. Y con la avalancha de datos de Kepler y la pericia de la máquina de Shallue, todo indica que pronto sabremos de algún sistema tan parecido al nuestro, con un planeta tan parecido al nuestro, que la presencia de vida allí parezca algo casi inevitable.

Estudio: las letras de Black Sabbath no incitan al consumo de drogas

Esta mañana he recordado un artículo que escribí hace siete años en el diario Público, en el que trabajaba entonces, y en el que dejé de trabajar cuando el millonario trotskista que se había levantado un día con el capricho de fundarlo se levantó otro día con el capricho de cerrarlo (que nadie se alarme, no tendré ningún problema en borrar esta frase, mis hijos necesitan comer).

Está mal que yo lo diga, pero me he reído releyéndome a mí mismo en aquella historia sobre un test genético que le habían practicado a Ozzy Osbourne, por entonces exvocalista de Black Sabbath, para tratar de explicar cómo era humanamente posible que siguiera vivo. “Has pasado 40 años en una juerga de alcohol y drogas. Te rompiste el cuello en un quad. Has muerto dos veces en un coma químicamente inducido. Saliste sin un rasguño después de que tu autobús de la gira fuera embestido por un avión. Tu sistema inmune estaba tan comprometido que tuviste un diagnóstico positivo de VIH durante 24 horas hasta que descubrieron el error. Y estás aquí, vivo y coleando”, le dijeron los responsables de la empresa de pruebas genéticas de la que partió la idea.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Aunque sin duda, lo más gracioso del artículo eran los comentarios del propio Ozzy a propósito de los resultados del test, como cuando le descubrieron un parentesco con los habitantes de Pompeya que quedaron sepultados por la erupción del Vesuvio en el año 79: “Si alguno de los Osbourne romanos bebía tanto como yo, ni siquiera habría sentido la lava”, decía.

El análisis de sus genes supuestamente atribuía su capacidad de sobrevivir al trasiego de cuatro botellas de coñac diarias (entre otros hábitos escasamente aconsejables) a una variante hiperactiva de la alcohol deshidrogenasa 4 (ADH4), una enzima metabólica encargada de procesar el alcohol. Digo supuestamente porque, hasta donde sé, el estudio jamás llegó a publicarse; ignoro por qué motivo, pero esto es de lo más irregular, ya que la ciencia solo es ciencia cuando otros científicos tienen la oportunidad de certificarla como tal (aunque a veces fallen estrepitosamente, como en el estudio que conté ayer).

El primer vocalista de Black Sabbath y padrino del heavy metal, que el día 3 de este mes ha cumplido 69, representa ese estilo de vida autodestructivo tan frecuentemente asociado a las estrellas del rock. Aunque en su caso, parece que no lograría autodestruirse ni aunque se tragara el mecanismo de autodestrucción de la nave Nostromo.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Sobre esto del sexo, drogas y rock & roll en los músicos y en sus seguidores, tengo en la recámara un par de estudios interesantes que les traeré otro día. Pero hoy vengo a contarles una curiosidad, un estudio que por primera vez analiza en profundidad las letras de un solo grupo de largo recorrido considerado uno de los más influyentes en la historia del heavy metal, y que lógicamente no es otro que Black Sabbath. Los autores trataban de responder a una pregunta: ¿es cierto el tópico de que las canciones de Black Sabbath incitan al consumo de drogas?

La motivación del estudio se remonta a 1985, año en que se formó en EEUU el llamado Parents Music Resource Center (Centro de Recurso de Música para Padres), un comité fundado por cuatro esposas de políticos de Washington que nació con el ánimo de censurar la música con contenidos (para ellas) ofensivos. Al parecer, la idea partió de una de sus fundadoras, Tipper Gore, mujer de Al Gore, que un día descubrió a su hija escuchando Darling Nikki de Prince, un tema con explícitas referencias a la masturbación.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Ante el descubrimiento de aquella verdad incómoda, la señora Gore decidió hacer todo lo que estuviera en su mano por borrarla del mapa; por ejemplo, poner toda la industria de la música patas arriba. Las fundadoras del PMRC pretendían retirar todos los discos peligrosos de la vista del público en las tiendas y de la difusión por radio y televisión, e incluso que las discográficas reconsideraran los contratos con los músicos (ir)responsables. Y como tenían maridos poderosos, lograron que su pretensión llegara al Senado de EEUU.

Como no podía ser de otra manera, una buena parte de las sesiones del comité en el Senado estuvo dedicada al heavy metal; nueve de las canciones seleccionadas por el PMRC como las “quince sucias” (The Filthy Fifteen) eran temas de grupos heavy (curiosamente, ni uno solo punk; probablemente los miembros del PMRC no se habían molestado en escucharlos, tal vez porque pensaban que sus hijos jamás caerían tan bajo, aunque más tarde Jello Biafra de los Dead Kennedys se convertiría en una de las figuras más perseguidas por esta censura). El profesor de música Joe Stuessy, de la Universidad de Texas en San Antonio, declaró lo siguiente a propósito del heavy metal:

Contiene el elemento de odio, una maldad de espíritu. Sus temas principales son, como ustedes ya han escuchado, violencia extrema, rebelión extrema, abuso de sustancias, promiscuidad sexual y perversión y satanismo. Personalmente no conozco otra forma de música popular hasta ahora que haya tenido como uno de sus elementos centrales el elemento del odio.

Y añadía, al más puro estilo de Texas:

Espero que este comité encuentre una manera de enviar un mensaje a la industria: limpiad vuestra casa, o nosotros lo haremos por vosotros.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Al final todo quedó en esa famosa pegatina negra y blanca con la leyenda “Parental Advisory: Explicit Lyrics que se convirtió casi en una decoración estándar de los discos en EEUU, pero que también hizo a grandes cadenas de distribución abstenerse de vender la música así etiquetada. Por otra parte, el PMRC recibió la amplia condena del mundo musical en bloque. Las señoras se quedaron con dos palmos de narices cuando incluso el cantante folk John Denver (coautor e intérprete de la gran Take Me Home, Country Roads), cuyo apoyo esperaban, declaró en el Senado que era “enérgicamente contrario a la censura de cualquier clase en nuestra sociedad o en cualquier otro lugar del mundo”. En cierto modo al PMRC le salió el tiro por la culata, ya que algunos músicos insinuaban que la pegatina aumentaba sus ventas.

Uno de los aspectos en los que el comité más insistió es en que las letras del heavy metal incitan al consumo de drogas, y según Stuessy, los mensajes se repetían hasta 30 o 40 veces en la misma canción. Así que el año pasado Kevin Conway, del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EEUU, y Patrick McGrain, de la Universidad Gwynedd Mercy del mismo país, decidieron destripar el contenido de todas las canciones de Black Sabbath grabadas en estudio de 1970 a 2013, un total de 156 temas en 19 álbumes, para entresacar todas las referencias a las drogas, directas o indirectas, explícitas o implícitas, y analizar su valencia (positiva o negativa; digamos, buen o mal rollo).

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum '13'. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum ’13’. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Los resultados sorprenderán incluso a algunos fans de la banda: solo el 13% de las canciones de Black Sabbath contienen algún tipo de alusión a las drogas, y de estas, en el 60% de los casos las referencias son “abrumadoramente negativas, un patrón que aumentó con el tiempo”, escriben los autores. En cambio, un dato que no sorprenderá es que todos los temas que hablan de drogas excepto uno fueron cantados por ningún otro que Ozzy, y compuestos por el bajista y letrista Geezer Butler. Los autores concluyen:

Nuestros resultados no apoyan la idea de que Black Sabbath glorifica o alienta al uso de sustancias, una denuncia a veces esgrimida contra la música heavy metal. Por el contrario, las letras de las canciones en su conjunto tejen un relato de advertencia sobre cómo el uso persistente de sustancias puede secuestrar la voluntad, convertirse en el foco dominante del individuo afectado y producir una miríada de formas de miseria humana.

En varias declaraciones, los componentes de Black Sabbath han coincidido en que fueron las drogas lo que destrozó el grupo en su primera etapa, y lo que llevó al despido de Ozzy. En enero de 2016, Butler declaraba a Rolling Stone que lleva tres años limpio de alcohol y drogas. Por su parte, el hombre que llegó a arrancar de un mordisco la cabeza de un murciélago en directo recayó en el alcohol y las drogas sin conocimiento del resto del grupo mientras grababan en 2013 su (hasta hoy) último álbum, 13. Tres años antes y a propósito del test genético, y a pesar de los resultados del test genético, los investigadores de la compañía de análisis genómico habían identificado lo que en realidad le ha mantenido vivo hasta hoy: su mujer, Sharon.

¿Y qué fue de Tipper Gore?, tal vez se pregunten. Ya que me tiran de la lengua… En 2010 se separó de su marido, el exvicepresidente de EEUU y campeón medioambiental Al Gore. Sus tres hijas también han fracasado en sus matrimonios. Una de ellas, Kristin, está actualmente casada con el cantante y guitarrista de Ok Go, ese grupo que graba unos vídeos increíblemente elaborados… y que en su tema You’re A Fucking Nerd And No One Likes You repite 34 veces la palabra “fuck“. En cuanto al benjamín de la familia y único chico, Al Gore III, ha sido detenido varias veces por posesión de drogas y por conducir borracho a 160 km/h… eso sí, en un coche híbrido.

Científicos chinos dicen que el heavy metal daña el cerebro (pero sus datos no)

Géneros musicales como el punk y el metal arrastran tradicionalmente un sambenito de asociación con la violencia y con vidas, digamos, deconstruidas. En nuestras sociedades occidentales de hoy ya no suele estigmatizarse a nadie por este motivo (y quien piense que sí, probablemente no conoció la España de los 80). Pero esta asociación persiste en forma de sesgo.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Este es un ejemplo que una vez me contó un psicólogo (no he sido capaz de encontrar la fuente original, si es que existe): “¿te cuento un chiste?”, le decimos a alguien. “El gobierno va a encarcelar a todos los homosexuales, los negros y los fisioterapeutas”. Es muy probable que la respuesta de quien escucha sea: “¿y por qué a los fisioterapeutas?”.

Esto no implica en absoluto que la persona que responde así sea racista u homófoba, ni que sea favorable al encarcelamiento de nadie por su condición; es posible que una persona de color o gay también respondan de la misma manera. Simplemente, quien responde esto espera que la gracia del falso chiste-trampa esté en explicar qué tienen en común los fisioterapeutas con los otros dos grupos. Inconscientemente, la mente establece una división en dos categorías, las personas que pueden ser estigmatizables, negros y homosexuales, y quienes no, fisioterapeutas.

No es difícil encontrar ejemplos de este tipo en la prensa cuando se trata de sucesos violentos; hay datos sobre sus protagonistas que tienden a aparecer, y no así otros, porque se considera que los primeros pueden tener relación con las causas del suceso:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL HEAVY METAL!”

O bien:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL PUNK!”

Por el contrario, esto no ocurre:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA PINTAR SOLDADITOS DE PLOMO!”

Ni, ciñéndonos a la música, esto:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA JUSTIN BIEBER!”

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Sesgo es precisamente lo que he encontrado en un estudio publicado en septiembre en la revista NeuroReport por investigadores de la Universidad Normal de Liaoning, en China. El título viene a decir lo siguiente: “Conectividad funcional alterada en estado de reposo en la red neuronal por defecto y en la red sensorimotora en los amantes de la música heavy metal”.

Traducido, el título sugiere que los amantes del heavy metal tienen un mapa de conexiones cerebrales funcionales y una actividad en reposo diferentes a otras personas; en concreto, a los amantes de la música clásica, el grupo utilizado como control. La red neuronal por defecto citada en el título es un conjunto de regiones del cerebro que permanecen activas espontáneamente cuando no estamos haciendo nada en particular; se activa cuando divagamos, y se apaga cuando realizamos una tarea. En cuanto a la red sensorimotora, es el conjunto de conexiones cerebrales encargadas de vincular nuestros movimientos con la información que recibimos a través de los sentidos corporales.

Resumiendo, el estudio trata de analizar si el cerebro de los amantes del heavy metal (para no repetirlo, utilizaré HMML de Heavy Metal Music Lovers, como hacen los autores) es diferente al de los amantes de la música clásica (CML). Y por lo que apuntan en la introducción, parece que es así: los HMML, dicen los autores, tienen una mayor actividad en tres regiones concretas, menor en una cuarta, y algunas diferencias en la conectividad entre ciertas áreas.

Todo esto en sí no es ni bueno ni malo. Una miríada de estudios emplean el mismo método, introducir a un grupo de personas (una a una, claro) en un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), decirlas que no piensen en nada, medir su actividad cerebral en reposo y buscar las diferencias entre participantes agrupados por una característica concreta, ya sea un trastorno o no; por ejemplo, se han hecho estudios de este tipo comparando el cerebro de atletas y de quienes no lo son, o incluso de hombres y mujeres. Sin ningún ánimo de desmerecer estos trabajos, son estudios fáciles, fast food científico; basta disponer del aparato, pensar en dos grupos de personas con alguna diferencia, hacerles la prueba, meter los datos en el software que se encarga de hacer los cálculos y las comparaciones, y muy probablemente saldrá algo que pueda publicarse.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Pero hay algo ya en el título del estudio que me llama la atención, y es el motivo por el que sigo leyendo: el uso del término “alterada”. Cuando se hace un estudio de este u otro tipo en un grupo de pacientes enfermos en comparación con controles sanos, parece comprensible hablar de alteraciones, ya que existe un trastorno. Sin embargo, si se compara el patrón de fMRI en reposo de atletas y no atletas, o de hombres y mujeres, no se habla de “alteraciones”, sino de “diferencias”. ¿Imaginan que un estudio dijera que las mujeres tienen “alteraciones” en sus patrones cerebrales con respecto a los hombres? Es más: repasando otros estudios, incluso he encontrado que muchos autores hablan simplemente de “diferencias” también cuando estudian trastornos como la esclerosis múltiple, la depresión o el síndrome de colon irritable.

El hecho de que los autores del estudio hablen de “alteraciones” en el cerebro de los HMML revela un evidente sesgo. Pero la alarma sube de tono cuando leo el abstract (introducción-resumen) y me encuentro lo siguiente: “los resultados pueden explicar parcialmente los trastornos cognitivos emocionales y de conducta en los HMML comparados con los CML, y son consistentes con nuestras predicciones”.

¡¿Cómo?!

¿Quién ha dicho que los amantes del heavy metal estén trastornados?

Por suerte, y al contrario de lo que ocurre en el periodismo, donde eso de la confidencialidad de las fuentes da carta blanca para publicar cualquier dato sin demostrarlo, en ciencia toda afirmación debe ir sustentada: si uno menciona en un estudio que la naranja tiene mucha vitamina C, al final de la frase hay que poner un numerito que le lleva a uno a una lista de referencias, donde se cita un estudio previo en el que unos tipos han medido el contenido en vitamina C de las naranjas.

Así que me voy al texto, y encuentro en primer lugar esta afirmación: “el estilo musical del heavy metal muestra efectos negativos relacionados con el estrés, incluyendo trastornos del sueño, fatiga y ansiedad [2, 3]”. Busco entonces la bibliografía al final del estudio, y compruebo las referencias 2 y 3. ¿Qué dicen estos dos estudios?

Pues en resumen, absolutamente nada que tenga que ver con lo que los autores afirman. Uno de ellos, publicado en 2013 en la revista Computers in Human Behavior, se titula: “Mozart o Metallica, ¿quién te hace más atractivo? Un test de música, género, personalidad y atractivo en el ciberespacio”. Y trata exactamente sobre lo que el título resume, con una curiosa conclusión: “los participantes masculinos perciben como más atractiva a una mujer con música clásica de fondo en su web, mientras que las participantes femeninas consideran más atractivo a un hombre con heavy metal de fondo en su web”. Discutible, pero en fin, no nos desviemos.

El segundo estudio es más estrambótico. Publicado en 2014 por un grupo de investigadores brasileños en la revista turca Archives of the Turkish Society of Cardiology, analiza las variaciones en el ritmo cardíaco en un grupo de hombres cuando escuchan música clásica barroca o heavy metal. Y los resultados explican por qué los autores han tenido que recorrer medio mundo para conseguir colar su estudio en algún sitio: “la estimulación musical auditiva de diferentes intensidades no influye en la regulación del ritmo cardíaco en los hombres”. Es decir, que nada de nada; al músculo cardíaco le da exactamente igual Pachelbel que Gamma Ray.

Vuelvo entonces al estudio chino, y sigo leyendo. Yan Sun y sus colaboradores vuelven a la carga, y no se lo pierdan: “entender los mecanismos neurales de los HMML puede ayudarnos a desarrollar un desarrollo saludable de un plan de personalidad para los HMML”. Sí, sí, no se fijen siquiera en la desastrosa redacción; ¿un plan saludable de personalidad para los amantes del heavy? Pero esperen, que sigue: “escuchar música heavy metal a largo plazo conduce a trastornos cognitivos de conducta y emocionales [3-5]”.

Vamos a ello. ¿Qué dicen estas referencias? La 3 era la de la revista turca, así que continuamos con las 4 y 5. Y les va a sorprender, porque estos dos estudios ¡dicen precisamente todo lo contrario de lo que defienden los autores!

Descubro que uno de los estudios es un viejo conocido, porque en su día ya lo conté aquí. Lo publicaron en 2015 las psicólogas australianas Leah Sharman y Genevieve Dingle en la revista Frontiers in Human Neuroscience. Mediante tests y parámetros biológicos en un grupo de voluntarios, las dos investigadoras ponían a prueba la hipótesis de si “la música extrema produce furia”. Y esto es lo que concluían: “los resultados indican que la música extrema no ponía furiosos a los participantes; más bien parecía encajar con su estado fisiológico y resultar en un aumento de las emociones positivas. Escuchar música extrema puede representar una manera saludable de procesar la furia para estos oyentes”. O dicho de otro modo, que géneros musicales como el punk o el metal son beneficiosos para la salud emocional de sus fans, como titulé en su momento.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

El último cartucho que les queda a Yan Sun y sus colaboradores para tratar de justificar esas afirmaciones sobre los supuestos efectos nocivos del heavy metal es un estudio publicado en la revista Self and Identity por un grupo de investigadores de la Humboldt State University de California. Los autores se preguntaron qué había sido de los metalheads de los 80, y para ello reclutaron por Facebook a 377 músicos, fans y groupies de aquella época, a los que sometieron a una encuesta para conocer sus circunstancias actuales. Como grupos de control, utilizaron adultos de la misma generación que no eran –en términos de Yan Sun– HMML, y a jóvenes universitarios actuales.

Los resultados son demoledores para la pretensión del estudio chino: citando a los Who, los chicos están bien: “hoy, estos metalheads de mediana edad son de clase media, se ganan la vida, están relativamente bien formados y recuerdan con añoranza los tiempos salvajes de los 80″, escriben los investigadores. “Fueron significativamente más felices en su juventud y están mejor ajustados actualmente que los grupos de comparación de mediana edad o de edad universitaria”.

Naturalmente, una limitación del estudio es que a quienes no les fue tan bien ya no están aquí para contarlo, o tal vez no estén en Facebook. Pero una observación de los autores resulta especialmente reveladora, y es que según las encuestas, muchos de aquellos metalheads de los 80 atravesaron existencias problemáticas y estuvieron expuestos a conductas de riesgo; y lo superaron no a pesar del metal, sino gracias a él: “las culturas de estilo extremo pueden atraer a jóvenes con problemas que pueden implicarse en conductas de riesgo, pero también pueden ejercer una función protectora como fuente de pertenencia y conexión para jóvenes que buscan consolidar el desarrollo de su identidad”, reflexionan los autores.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Para terminar, vayamos al resumen de todo esto: incluso si los investigadores chinos presentan diferencias entre el cerebro de los HMML y los CML (los datos muestran diferencias, pero para rematar el desastre, las imágenes de fMRI anotadas con código de color están en blanco y negro en el PDF publicado por la revista; esto sin contar que la muestra es pequeña y que un valor p de 0,05 se considera cada vez menos estadísticamente significativo), no pueden concluir nada de ellas, por una razón.

He repetido mil veces aquí que correlación no significa causalidad. Pero aquí tenemos un caso particular de este problema especialmente interesante. Los neurocientíficos expertos en imagen hablan de la falacia de la inferencia inversa; consiste en que a partir de un estado puede observarse qué regiones del cerebro se activan, pero a partir de la activación de regiones cerebrales no puede inferirse un estado tan fácilmente; el razonamiento no funciona lo mismo hacia atrás que hacia delante. Aunque este tipo de asociaciones son frecuentes en los estudios de fMRI, los expertos advierten de que hacer inferencias inversas válidas es enormemente complicado y requiere unas ciertas condiciones adicionales, incluyendo información de contexto ajena al propio estudio; es decir, una teoría previa validada en la cual los resultados encajen.

El estudio de Yan Sun y sus colaboradores está sembrado de afirmaciones que vinculan alegremente las diferencias particulares observadas en los HMML con “comportamientos impulsivos e hiperactividad”, “menor capacidad de control cognitivo”, “trastornos del sueño, tristeza y fatiga”, “comportamientos de riesgo” o “inclinación a emprender acciones provocadoras para resolver la hostilidad y el antagonismo”. Pero lo único que los autores han hecho es un estudio de neuroimagen; ni siquiera les han preguntado a los voluntarios otra cosa que no sea el tipo de música que les gusta, ni mucho menos han realizado ninguna encuesta ni test con ellos. Así que ¿dónde está la teoría que demuestra estas conductas de los amantes del heavy metal?

Desde luego, tampoco está en las referencias que aportan. Donde sí está es en la propia fantasía de los autores: “los resultados son consistentes con nuestras predicciones”. Es decir, yo me invento que los metalheads son una panda de taraos, y luego con mis pinturas del cerebro justifico por qué son una panda de taraos. Bien por Yan Sun y compañía. O mejor, \m/.

Por si quieren seguir dañándose el cerebro, aquí les dejo una propina. Esto ocurrió el mes pasado en La Riviera (Madrid), donde una horda de impulsivos trastornados emocionales con escaso control cognitivo, tristeza y tendencias provocadoras hostiles nos reunimos para dar la bienvenida a Blackie Lawless y sus W.A.S.P. en el 25º aniversario de esa joya (para tarados) llamada The Crimson Idol. Disculpen la penosa calidad, mi móvil es de esos que en los comentarios de Amazon suelen aparecer como “se lo regalé a mi madre”.

¿Hay relación entre violencia y ciertos tipos de música?

Mi afición a la música y mi trabajo en esto de la información científica me llevan a curiosear en todo aquello que los estudios tienen que decir sobre el fenómeno musical. Uno de los avances más interesantes del conocimiento en las últimas décadas es el encuentro entre ciencias y humanidades, tradicionalmente separadas por esa frontera artificial y artificiosa del ser de letras o de ciencias. Fíjense en las tertulias radio/televisivas: ¿verdad que en alguna ocasión han escuchado a alguno de sus participantes decir “yo no sé nada de ciencia?” ¿Y alguna vez han escuchado a uno de sus participantes decir “yo no sé nada de historia/arte/literatura/música/filosofía”?

Hoy cada vez es más habitual encontrar estudios firmados al unísono por filólogos y científicos computacionales, historiadores y químicos, o arqueólogos y físicos, porque las ciencias experimentales están aportando enfoques y técnicas que permiten profundizar en las investigaciones humanísticas de una forma antes inaccesible. La frontera se ha derribado; hoy el conocimiento es multidisciplinar. Ya no es posible saber mucho sin saber algo de ciencia. Y por cierto, este es precisamente el motivo que da a este blog el título de Ciencias Mixtas.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

En lo referente a la música, tengo amplias tragaderas. Digamos que desde Mozart a System of a Down, me cabe mucho (aunque desde luego no todo, ni muchísimo menos). Pero como he contado aquí regularmente y sabrá cualquier visitante asiduo de este blog, tengo una especial preferencia por ciertos estilos de música que convencionalmente suelen considerarse extremos, como el punk o el metal. Mis raíces estuvieron en lo primero, y lo segundo me lo aportó la otra mitad con la que comparto mi vida desde hace ya décadas.

De hecho, creo que mi caso no es nada original: en el mundo de la ciencia es frecuente encontrar gustos parecidos, y algunos científicos han llegado incluso a triunfar en estos géneros musicales; aquí conté tres casos, los de Greg Graffin (Bad Religion), Dexter Holland (The Offspring) y Milo Aukerman (Descendents). Sí, sí, también está Brian May (Queen), pero ya en otro estilo musical, alejado de los extremos y mucho más mayoritario.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

Respecto a esta relación entre ciencia y punk (que es bastante profunda), lo que era solo mi impresión personal quedó curiosamente refrendado por un estudio que conté aquí hace algo más de un par de años, y que descubría una asociación entre los perfiles de personalidad más analíticos y el gusto por géneros musicales como el hard rock, el punk o el heavy metal; y dentro de otros géneros menos extremos, con sus versiones más duras; por ejemplo, John Coltrane y otros intérpretes de jazz de tendencia más vanguardista.

Y sin embargo, suele circular perennemente esa idea que asocia este tipo de géneros, digamos, no aptos para el hilo musical del dentista, con tendencias violentas y criminales, delincuencia, conductas antisociales y vidas desestructuradas.

No vamos a negar que el rock en general tiene su cuota de existencias problemáticas. Pero si hay adolescentes que se suicidan después de escuchar a Judas Priest, a My Chemical Romance o a Ozzy Osbourne (o a Iggy Pop, como hizo Ian Curtis de Joy Division), o desequilibrados que matan inspirándose en Slayer o en Slipknot, en ninguno de estos casos pudo sostenerse responsabilidad alguna de la música o de sus creadores. Si existe un desequilibrio ya prexistente, puede buscar un molde en el que encajarse. Y esos moldes pueden ser muy diversos: el asesino de John Lennon, Mark Chapman, que venía tarado de casa, encontró su misión precisamente en la música del propio Lennon.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Un caso particular es el del Black Metal, asociado a cultos satánicos y en algunos casos a grupos neonazis. En los años 90 esta corriente acumuló en Noruega, su cuna de origen, un macabro historial de suicidios, asesinatos, torturas y quema de iglesias; no por parte de los fans, sino de los propios músicos. Pero es evidente que la inmensa mayoría de la comunidad del Black Metal, músicos y fans, no ha hecho daño a una mosca ni piensa hacerlo, por mucho que alguno de sus líderes les anime a ello. No hay más que darse una vuelta por los comentarios de los foros para comprobar que los fans condenan la peligrosa estupidez de algunos de estos personajes, quienes simplemente han encontrado un outlet a su perversidad; parece concebible que, para quien ya viene malo de fábrica, el Black Metal tenga más glamour que la jardinería o el macramé.

Indudablemente, para algunos fans el Black Metal será solo música. Y quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

También sin duda, habrá en la comunidad del Black Metal quienes se sumerjan en ese culto sectario (no puedo evitar que me venga a la memoria aquel momento genial de El día de la bestia de Álex de la Iglesia, cuando Álex Angulo le pregunta a Santiago Segura: “tú eres satánico, ¿verdad?”. Y él responde: “Sí, señor. Y de Carabanchel”). Pero nos guste o no el oscurantismo malvado, mientras mantengan a Hitler y a Satán dentro de sus cabezas, y sus cabezas dentro de la ley, quienes defendemos la luz de la razón rechazamos el delito de pensamiento. Y no olvidemos: ¿cuántos crímenes se han perpetrado enarbolando la Biblia? Culpar a la música es como culpar a la religión musulmana en general de las atrocidades cometidas en su nombre (sí, algunos lo hacen).

Pero en fin, en realidad yo no venía a hablarles del Black Metal, aunque por lo que he podido ver, o más bien por lo que no he podido ver, sobre este género aún hay mucho campo para la investigación; abundan los estudios culturales, antropológicos y etnográficos, pero parece que aún faltan algo de psicología experimental y de sociología cuantitativa que sí se han aplicado a otros géneros.

A lo que iba: últimamente he reunido algún que otro estudio científico-musical que creo merece la pena comentar. Uno de ellos habla sobre esto de los presuntos comportamientos alterados y antisociales en los seguidores del heavy metal. ¿Quieren saber lo que dice? El próximo día se lo cuento. No se lo pierdan, que hay miga.