La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¡Malditas pelusas!

No falla. Cada mes de junio ocurre lo mismo, llegan las grandes nevadas primaverales a Castilla. Y las protestas. Son las pelusas de los chopos, un peculiar sistema de reproducción que logra enviar muy lejos las semillas de estos árboles envueltas en un ligero algodón flotante.

Algo natural para quienes amamos el campo, pero odioso para ciertos urbanitas. Tanto que algunos han pasado a la acción y reclaman con pasión la tala de todas las choperas y su sustitución por otras especies menos incómodas. Molestas durante unas pocas semanas, se las acusa injustamente de provocar graves alergias, la muerte por asfixia de otras plantas y hasta incendios forestales.

¿Alergias? Son simples semillas, nada que ver con el polen, por lo que aunque se nos metan por la nariz es muy raro que provoquen poco más que un estornudo. Y los incendios los hacemos nosotros y nuestros niños con los mecheros, prendiendo esos fugaces fuegos que más de una vez se nos van de las manos. Además, puestos a buscar culpables, la culpa es exclusiva de las chopas, de los ejemplares hembra, por lo que plantando machos desaparecerían esas nieves de primavera.

Pero siempre es más fácil acusar al más débil, al inocente árbol. Y para el político, tan sensible a las críticas de sus convecinos, nada hay más sencillo que hacerles caso, arrancar las choperas y poner otras especies menos impopulares. Como en Vigo, donde acaban de decretar la muerte de 450 chopos para solucionar el problema de las pelusas.

Luego llegará el otoño y nos quejaremos de las hojas. En invierno del peligro de sus ramas. Y sólo en la siguiente primavera nos daremos cuenta de lo tristes y solos que estaremos sin esos chopos del río que, como cantaba Antonio Machado,

“acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla”

.

Foto: Blog Notas de campo y jardín, del biólogo Jesús Dorda, donde podéis leer más información sobre este tema.

Ya no nos gustan las gaviotas

Antes las gaviotas eran sagradas, predecían las tragedias en el mar llorando por los marineros muertos, anunciaban la cercanía de la tierra salvadora, matarlas traía mala suerte. Pero ahora es diferente. Ahora nos molestan, las odiamos, las llamamos ratas con alas y decretamos su extinción.

Es verdad, hay muchas, cada vez más descaradas, más urbanas, más agresivas. Aunque la culpa no es de ellas, es nuestra.

La pasada semana estuve haciendo un estudio medioambiental en una colonia de gaviotas patiamarillas (Larus michahellis) en la zona más desolada de Fuerteventura, en Canarias. Hace 10 años había apenas cien parejas y ahora son más de 300. Al ir a anillar uno de los pollos, éste vomitó asustado lo último que había comido y ¿saben lo que escupió? Una loncha de jamón york. Me quedé asombrado, pues no hay ningún pueblo ni basurero cercano. ¿Se lo habrían quitado sus padres a algún turista en la playa? Seguramente.

Lo mismo, pero más preocupante, está ocurriendo en ciudades como Barcelona, donde los alumnos de un céntrico colegio deben ahora almorzar en clase antes de salir al recreo, para evitar que las aves les roben sus bocadillos. Una ciudad donde las denuncias por supuestos ataques de las gaviotas no paran de aumentar, como también pasa en Gijón, La Coruña, Vigo o Cádiz.

El remedio fácil es destruir sus nidos instalados en los tejados y hasta matarlas, pero no sirve de nada. Las patiamarillas hacen puestas de reposición, cambian de sitio e incluso, eliminando adultos, facilitamos la llegada de subadultos.

Sólo existe una solución, dejarlas sin comida. Y no sólo sin basura, reciclando y aprovechando al máximo las 1,3 millones de toneladas de residuos que Europa produce al año. Hace falta acabar con el derroche de los descartes pesqueros, 3.000 toneladas diarias tiradas al mar sólo en la Unión Europea. Con tanto despilfarro ¿cómo no va a haber gaviotas?