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¿Mentimos más y mejor con mascarilla?

Parece que las mascarillas han llegado para quedarse, al menos hasta que tengamos el remedio definitivo contra el virus. Este nuevo elemento sobre el rostro ha cambiado por completo nuestra forma de comunicarnos, ahora las sonrisas solo se ven en la mirada y nos cuesta detectar expresiones emocionales tan reveladoras como el asco o el desprecio, que solo se aprecian en la zona media y tercio inferior de la cara.

Fotografía de uso libre Pixabay License

Fotografía de uso libre Pixabay License

No hay fórmula infalible para detectar a un mentiroso observando las expresiones de su rostro, pero sí que ciertas emociones nos daban pista de algún signo de tensión, incomodidad, falsa sonrisa, o de la fuga de alguna expresión contraria al mensaje verbal que se pronunciaba.

Ahora sabemos que tenemos una pantalla que nos ‘protege’ de estas filtraciones no verbales y por tanto nos es más sencillo ocultar ciertos pensamientos o sentimientos internos. Podríamos decir que sí, que nos es más fácil mentir.

Mentir es una acción complicada, necesitamos recursos multitarea para inhibir la verdad, inventar otra versión, controlar lo que decimos y lo que hacemos con nuestro cuerpo y además intentar adivinar si la otra persona nos está creyendo analizando su reacción… Ahora, tenemos un elemento menos que controlar, las emociones en nuestro rostro están protegidas y podemos centrar más energía en controlar la parte cognitiva, por ejemplo.

El uso de la mascarilla nos hace sentir más seguridad a la hora de engañar, sabemos que ahora tenemos un elemento que tapa los gestos de nuestro rostro que no pensamos, los que salen de forma natural en las caras que mienten.

La pregunta entonces es: ¿cómo podemos fiarnos de alguien en estas condiciones? Muchos dirán que mirando a los ojos. La neuropsicóloga Judy Ho advierte que “Hay una creencia natural en nosotros al pensar que todo está en los ojos, sin embargo, cuando alguien baja o aparta la mirada, por ejemplo, no quiere decir que necesariamente esté mintiendo, sino que podría significar que no se siente del todo cómodo. Hay muchas emociones en juego cuando alguien aparta la mirada”.

No solo debemos fiarnos de la comunicación no verbal en el rostro como indicador para detectar mentiras. La palabra clave para averiguar un engaño es: cambios. Si estamos ante un total desconocido, nos resultará muy complicado localizar sus mentiras porque no tenemos referencias anteriores sobre la forma de comportarse de esa persona.

Pero si estamos ante alguien a quien conocemos bien, tenemos que fiarnos de nuestra capacidad para evidenciar que no está actuando como siempre, que ante una determinada pregunta se altera su estilo de comunicación de repente. No podremos saber si nos engaña directamente, pero los cambios en su conducta habitual ya nos dará pistas sobre si hay tensión, evasivas, incomodidad, etc, en una situación específica.

Lo tenemos más difícil pero no es imposible! 🙂

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¿Mentir es bueno para la salud?

La mentira es una parte más de nuestra vida diaria. Todos mentimos, unos más que otros y por diferentes motivos. Aunque, esto es indudable, la mentira es necesaria para un buen engranaje social, es una conducta adaptativa, pero, ¿engañar tendría efectos negativos en nuestra salud?

Fotografía Free to use – Pexels.

Este planteamiento ha tenido una respuesta afirmativa en un estudio realizado por investigadores de la Universidad americana de Notre Dame y cuyos resultados han sido presentados en la 120ª Convención de la Asociación Americana de Psicología. Uno de los datos más llamativos fue la media de mentiras por semana que verbalizaban los americanos: 11 mentiras.

Durante 10 semanas analizaron las respuestas de 110 personas ante ciertas situaciones. La mitad de ellas fue entrenada para decir menos mentiras. Precisamente, este grupo fue el que, según Anita E. Kelly, profesora de psicología en dicha universidad y autora principal del estudio, “presentó mejoras significativas en su salud“. Tales beneficios iban desde menos sentimientos de tensión y melancolía a un menor número de cefaleas y molestias de garganta.

Tampoco se puede afirmar que ser sincero será saludable, bien es cierto que reduce los estados de estrés y ansiedad, pero hay que encontrar el equilibro, ya que con la verdad también se puede dañar y dañarnos a nosotros mismos, ya lo comentamos en este blog, en el artículo sobre el ‘sincericidio‘.

¿Qué opináis?

Como se suele decir… “¿la confesión es buena para el alma?”

 

No, el ‘efecto pinocho’ para detectar mentiras no existe

Hace años la Universidad de Granada ya publicó un artículo sobre el ‘efecto pinocho’, basado en la técnica de la termografía, según la cual, cuando una persona miente, la temperatura de la punta de su nariz desciende, y la de su frente aumenta, según el estudio, cuanto mayor sea la diferencia en este cambio de temperatura entre ambas regiones de la cara, más probable es que esa persona nos esté engañando. La razón de esta asociación, según ellos, es que:

“Cuando alguien miente, se produce una respuesta emocional en su cuerpo, la ansiedad, que se manifiesta en la temperatura de la nariz. Pero también se produce una respuesta cognitiva, porque para mentir tenemos que pensar, planificar nuestras excusas, analizar el contexto…, y esto nos provoca una carga cognitiva o una fuerte demanda de control atencional que se traduce en un aumento en la temperatura de la frente”.“Para mentir hay que pensar, y por eso aumenta la temperatura de la frente, pero también nos ponemos nerviosos, algo que provoca un descenso de la temperatura de la nariz”.

Fue toda una revolución, todos los medios se hiceron eco, y me alegro que trascienda todo lo que tiene que ver con la investigación en el ámbito de la mentira, pero finalmente se transmiten datos erroneos, información inexacta y poco rigurosa, que solo hacen más que fomentar los mitos formados alrededor de la tecnología de la detección del engaño. Vemos titulares como por ejemplo: “Diseñan el detector de mentiras mas fiable hasta la fecha, basado en la termografía”. Ojalá fuera cierto pero esto aún no es posible.

Los autores dicen que el éxito de esta técnica de la termografía facial es del 80%, muy superior al del polígrafo que es del 70% y por ello es la mejor tecnología que hay ahora en el mercado. Empezamos mal con tal afirmación. Suscribo totalmente las palabras que mi compañero Aurelio Cortés, experto en comunicación no verbal, ha publicado en sus redes sociales y la referencia del estudio que realizó hace años sobre el tema:

Ni el polígrafo tiene una fiabilidad del 70% según se afirma (la realidad es que su fiabilidad es próxima al azar, o sea 50%), ni la de la Termografía facial es del 80%. 
Ni el aumento de la conductancia de la piel, junto aumento del ritmo cardíaco (que mide el polígrafo), ni la variación de la temperatura de diferentes partes del rostro (que mide la Termografía facial) son indicadores de aumento de la carga cognitiva, lo cual no tiene porque necesariamente ser indicadores de que el sujeto que los experiencia, esté mintiendo, ya que existen otros varios condicionantes, como el contexto de ocurrencia del hecho, la propia personalidad del individuo, la preocupación, el nerviosismo, la tensión por la situación vivida, el querer responder adecuadamente, etc. 


La ilusión de que cuando mentimos “nos crece la nariz” es solo una bonita metáfora del cuento de Pinocho.
A la detección de la Mentira se llega por caminos científicos, mucho más estructurados y complejos, que nunca nos darán la certeza absoluta de si el sujeto está mintiendo o no.
Por tanto, seguimos en la vida real sin poder ver “como crece la nariz de Pinocho cuando se está mintiendo”.
Os recomiendo leer el artículo de investigación, que realicé hace un par de años, sobre la Termografía Facial y su aplicación a la detección de la Mentira, se encuentra en la web Mentirapedia