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Ya tenemos chips a prueba de Venus, pero no tenemos misiones a Venus

Venus fue el primer mundo extraterrestre visitado por un artefacto humano. En 1966, tres años antes del primer viaje a la Luna, la sonda soviética Venera 3 se reventó contra las rocas de Venus, si es que quedaba algo aún intacto al llegar a los 460 ºC y las 90 atmósferas de presión de su superficie.

Imaginen lo que sería encontrarse a cuerpo gentil a 900 metros bajo el mar. ¿Pueden? No, yo tampoco; a un par de metros de profundidad en la piscina ya me viene el recuerdo de que los humanos hemos evolucionado en tierra firme. Tampoco podemos imaginar fácilmente lo que es una temperatura ambiente de 460 grados, casi el doble que el máximo en muchos de nuestros hornos; suficiente para fundir el plomo. Por no hablar del ácido sulfúrico atmosférico que nos disolvería como una couldina en un vaso de agua.

Venus es nuestro vecino más próximo y más parecido en algunos aspectos a nuestro planeta, por ejemplo en masa y tamaño. Pero lo fue aún más: los científicos estiman que tuvo océanos y temperaturas habitables tal vez durante sus primeros 2.000 millones de años, hasta que un efecto invernadero catastrófico fue convirtiéndolo en un infierno. Hoy es el planeta más caliente del Sistema Solar, superando a Mercurio.

Estas condiciones extremas son las que hacen de Venus un planeta difícil de explorar a ras de suelo. Aunque han sido varias las sondas que se han posado en su superficie, el récord de funcionamiento de un aparato en aquel ambiente ardiente y opresivo es de 127 minutos, establecido por la también soviética Venera 13 en 1981.

Fotografía tomada en 1981 por la sonda Venera-13 en la superficie de Venus. Imagen de Wikipedia.

Fotografía tomada en 1981 por la sonda Venera-13 en la superficie de Venus. Imagen de Wikipedia.

Todo esto ha relegado a Venus a un segundo plano en el interés del público con respecto a Marte, más accesible a futuras misiones tripuladas. Y sin embargo, el segundo planeta esconde algunas sorpresas en la manga.

Para empezar, su densa atmósfera permitiría que un globo lleno de nuestro aire respirable flotara en el cielo como un corcho en el agua, y precisamente en una franja de altura en la cual la temperatura es similar a la terrestre. Ya se han enviado globos no tripulados allí, pero la NASA tiene un concepto llamado HAVOC (Concepto Operativo a Gran Altitud en Venus) para misiones tripuladas que incluso sería aplicable a una hipotética colonización de la atmósfera de Venus con ciudades flotantes, como la Ciudad de las Nubes de Lando Calrissian en Star Wars.

Pero por supuesto, es solo una idea que no se llevará a la práctica. De hecho, en su última selección de próximas misiones el pasado enero, la NASA dejó fuera a Venus. Actualmente la única misión planificada específicamente venusiana que parece seguir viva es la rusa Venera-D. Un plan europeo que lleva años circulando parece entre dormido y muerto. La NASA aún tiene en reserva una propuesta que pretende enviar un aparato a la superficie de Venus con el propósito de analizar el suelo, pero para conseguir su aprobación deberá competir con otros proyectos menos complicados.

Otro posible tesoro que podría esconder Venus es el rastro de antigua vida, como conté ayer. Los expertos apuntan que la búsqueda de alguna huella no sería tarea fácil, ya que la mayor parte de la superficie del planeta está formada por rocas recientes de origen volcánico que habrían borrado cualquier posible resto de la época más temprana. Sin embargo, los científicos sostienen que tal vez sería posible encontrar rastros de vida pasada encerrados en algunos minerales especialmente resistentes, como el cuarzo o la tremolita.

Circuito integrado de carburo de silicio, antes (arriba) y después (abajo) de probarse en un simulador de Venus. Imagen de NASA.

Circuito integrado de carburo de silicio, antes (arriba) y después (abajo) de probarse en un simulador de Venus. Imagen de NASA.

Pero si buscar este tipo de indicios ya es complicado en nuestro planeta, hacerlo en la superficie de Venus con una sonda robótica es un “más difícil todavía” que parece casi inalcanzable. Aunque hoy lo parece un poco menos. Un equipo de ingenieros del centro de investigación Glenn de la NASA ha fabricado un microchip capaz de funcionar en la superficie de Venus durante semanas, lo que supone aumentar en dos órdenes de magnitud el tiempo operativo conseguido hasta ahora por las sondas allí enviadas.

El secreto es el material: carburo de silicio, mucho más resistente que el silicio normal empleado como semiconductor en los microprocesadores actuales. Los investigadores probaron los chips en una cámara calentada y presurizada que simula las condiciones de Venus, consiguiendo una resistencia récord de 521 horas, unas tres semanas. Este fue el período que los ingenieros tardaron en cansarse de esperar para analizar los resultados; pero cuando sacaron los chips del simulador venusiano, aún funcionaban. Y esto con los componentes desnudos, sin protegerlos en cápsulas herméticas presurizadas como se hizo en las misiones que anteriormente aterrizaron en Venus.

De modo que ya tenemos las herramientas, pero por desgracia aún no tenemos la misión. Hoy es difícil creer que en algún plazo razonable vayamos a solventar la gran incógnita de si Venus fue alguna vez un planeta habitado. Piénsenlo la próxima vez que contemplen esa brillante chispa en la noche: tal vez allí reposen los restos de nuestros antiguos vecinos, pero tal vez nunca lleguemos a saberlo.

Venus puede tener miles de compañeros peligrosos (hablamos del planeta)

Estamos acostumbrados a imaginar el Sistema Solar como nos lo muestran los modelos, casi siempre fuera de escala: la gran bola amarilla y un puñado de ocho planetas (antes nueve) muy próximos entre sí en tamaño y distancia; y entre unos y otros, algo de hueco vacío y negro. Difícilmente se puede reunir en un espacio abarcable un modelo que respete la relación de distancias y tamaños para facilitarnos la comprensión del lugar que ocupamos en este barrio cósmico. Y por cierto, uno de los que sí lo hacen está en un lugar de visita muy recomendable: el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, donde la senda que conduce hacia el gran plato esférico está jalonada con modelos de los planetas a escala.

Además, últimamente los descubrimientos más sonados sobre el universo nos hablan de lugares y fenómenos inconcebiblemente lejanos, como la reciente detección de las ondas gravitatorias del Big Bang. Podría parecer que el vecindario próximo ya es lo que en jerga viajera suele llamarse beaten track, camino trillado. Pero ni mucho menos. Continuamente se descubren nuevos objetos a la vuelta de la esquina espacial y algunos de ellos incluso se permiten el lujo de estallarnos en las barbas sin que hayamos llegado a detectarlos, como el bólido que explotó sobre la ciudad rusa de Chelyabinsk hace algo más de un año. El Sistema Solar está cuajado de millones de objetos aún no descritos, una profusa arenilla en comparación con la talla de los planetas, pero una arenilla que en muchos casos cae en la categoría llamada PHA, siglas en inglés de Asteroide Potencialmente Peligroso.

Gran parte de esta arenilla está reunida en dos cinturones de asteroides, el situado entre Marte y Júpiter y el llamado de Kuiper, más allá de Neptuno. Sin embargo, que nadie se imagine el campo de asteroides que debía sortear el Halcón Milenario en la trilogía Star Wars (la buena): “No son ni parecidos a los de las películas, ya que la densidad de objetos es baja, estando separados por millones de kilómetros en promedio. En general, si uno está situado en un asteroide, no puede ver otro cerca (excepto en los casos de binarios, triples…)”.

El autor de la aclaración es Carlos de la Fuente Marcos, astrónomo de la Universidad Complutense de Madrid. De la Fuente es coautor, junto a su hermano Raúl, de un estudio que se publicará próximamente en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society y en el que se describe la órbita de un asteroide llamado 2013 ND15, descubierto el pasado año por el telescopio Pan-STARRS 1 situado en la isla hawaiana de Maui. Este asteroide, que cae en la categoría de PHA, forma parte de una clase muy especial de objetos llamados troyanos.

Esquema de la órbita de un planeta (azul) alrededor del Sol (amarillo) con los puntos lagrangianos en rojo.

Esquema de la órbita de un planeta (azul) alrededor del Sol (amarillo) con los puntos lagrangianos en rojo.

Los troyanos son cuerpos que comparten órbita con un planeta o luna, con el que juegan al gato y al ratón. Nunca colisionan porque orbitan en torno a un punto llamado lagrangiano que está siempre situado a una distancia de 60 grados de circunferencia por delante o por detrás del planeta; digamos que están en porciones diferentes de la pizza. Esto no implica que sus órbitas coincidan; de hecho, pueden ser muy diferentes. Pero esta situación se puede mantener estable durante mucho tiempo, incluso miles de millones de años. El primer troyano se descubrió en la órbita de Júpiter a comienzos del siglo XX, y desde entonces se han identificado varios miles en aquel planeta. Según De la Fuente, hoy conocemos además nueve troyanos de Neptuno, uno de Urano, ocho de Marte e incluso uno de la Tierra, descubierto en 2010.

A los hermanos De la Fuente les llamó la atención el hecho de que 2013 ND15, cercano a Venus, tardara casi lo mismo que ese planeta en recorrer su órbita. “Nuestro estudio muestra que, con la información actualmente disponible sobre este objeto, se trata de un troyano. De hecho es el primer troyano de Venus reconocido como tal”, explica el astrónomo a Ciencias Mixtas. Sin embargo, a diferencia de otros troyanos, este ocupa una órbita inestable. “La mayoría de los Troyanos de Júpiter, Neptuno y Marte han permanecido como tales, siguiendo las mismas órbitas desde la formación del Sistema Solar, hace unos 4.500 millones de años. 2013 ND15 se convirtió en compañero de Venus hace unos 6.000 años”. Y ese estatus podría cambiar, lo que lo convierte en un PHA.

De la Fuente detalla cuáles son los procesos que pueden convertir a un pacífico asteroide en una bala perdida: “Un asteroide que sea estructuralmente débil puede fragmentarse. Hay un cierto número de mecanismos capaces, entre ellos rotación excesiva, impactos externos, fuerzas de marea, o cambios extremos de temperaturas. En nuestro artículo sugerimos que 2013 ND15 puede tratarse de uno de estos fragmentos”. Y al mismo tiempo, estos mecanismos pueden multiplicar la población de asteroides cercanos a la Tierra (los llamados NEO), con un cierto riesgo de una desafortunada carambola. De hecho, los hermanos De la Fuente estiman que Venus circula en compañía de una insospechada y nutrida escolta de acompañantes potencialmente peligrosos: “Nuestros cálculos estadísticos sugieren que la población de objetos coorbitales con Venus puede ser notable, con una decena de objetos con tamaño superior a unos 150 metros y varios miles de tamaño inferior”.

Esquema del Sistema Solar interior con el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter (en blanco), los troyanos de Júpiter (en verde) y otros asteroides.

Esquema del Sistema Solar interior con el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter (en blanco), los troyanos de Júpiter (en verde) y otros asteroides.

Por suerte, no parece que el riesgo sea inminente, al menos en lo que se refiere a 2013 ND15. Los astrónomos calculan que el asteroide permanecerá en su órbita actual durante algunos siglos más. En cuanto a la miríada de objetos que rondan el planeta Venus, De la Fuente tampoco cree que el cielo vaya a desplomarse sobre nuestras cabezas en un plazo breve: “Estos objetos llevan ahí miles de años y no parece que ninguno de ellos haya chocado con la Tierra en el pasado cercano”. “No obstante, sería interesante tener un censo razonablemente detallado de los mismos para evaluar su peligro potencial”, añade.

Y si llegara a ocurrir lo peor, ¿podríamos predecirlo? ¿Por qué no se hizo con el meteorito de Chelyabinsk? Por increíble que parezca en esta era de sofisticados instrumentos tecnológicos, la respuesta es de lo más simple: si estos objetos pasan de día, no se ven. “Muchos de estos objetos, cuando pasan cerca de la Tierra (que es cuando pueden ser descubiertos debido a su pequeño tamaño) lo hacen durante el día y por tanto no pueden ser observados por los telescopios nocturnos. El objeto de Chelyabinsk se movía en el cielo diurno y por eso no fue descubierto antes del impacto, a pesar de que era relativamente grande, de unos 20 metros”.