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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

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Esta es la gran diferencia entre el CSI y la vida real

El asunto de Brandon Mayfield que conté ayer es un caso de ciencia forense, pero también es un caso de ciencia sin apellidos. Con frecuencia me refiero aquí a ciertas situaciones en las que se desprecia el conocimiento científico en cuestiones como las vacunas, la homeopatía o el cambio climático. Pero consecuencias igualmente graves tiene lo opuesto, creer que la ciencia puede aportar más de lo que realmente puede, y basar en ello decisiones tan trascendentales que pueden llevar a alguien a prisión, o incluso al corredor de la muerte en según qué países.

Como suelo decir aquí, la ciencia no es infalible. Aunque, como suelo añadir, la ciencia se refuta con ciencia, y no con folclore, creencias o intuición. Pero no es lo mismo un campo como las vacunas o el cambio climático, donde muchos científicos han trabajado mucho durante muchos años desde muchos enfoques distintos y han llegado a una misma conclusión mayoritaria, que una prueba individual practicada por un laboratorio individual sobre una muestra individual. Cuando digo una, entiéndase que igual da dos o tres; en todo caso no hay una población estadísticamente significativa.

No es que la ciencia forense se equivoque; sí pueden equivocarse las personas que la practican al interpretar la solidez de sus conclusiones. Y así pueden atraer a su equívoco a quienes toman las decisiones judiciales, ya sean jueces o jurados, a quienes no se les supone ni se les exige ningún grado por encima del analfabetismo científico.

CSI: ¿la verdad está ahí dentro? Imagen de CBS.

CSI: ¿la verdad está ahí dentro? Imagen de CBS.

Pero como no tienen por qué aceptar la validez del argumento solo de mi palabra, aquí les traduzco las del Consejo de Asesores en Ciencia y Tecnología del presidente de EEUU (PCAST, por las siglas en inglés), que en un informe publicado hace un año escribían esto:

Más allá de este tipo de limitaciones con respecto a los métodos fiables en las disciplinas forenses de comparación de rasgos, las revisiones han descubierto que los testigos expertos a menudo sobreestiman el valor probatorio de sus pruebas, yendo mucho más allá de lo que la ciencia relevante puede justificar. Por ejemplo, los examinadores testifican que sus conclusiones son “cien por cien ciertas”, o que tienen una probabilidad de error “cero”, “virtualmente cero” o “despreciable”. Sin embargo, como muchas revisiones han notado […], estas afirmaciones no son científicamente defendibles: todas las pruebas de laboratorio y análisis de comparación de rasgos tienen tasas de error que son distintas de cero.

Es decir, que según los expertos del PCAST, basándose en una concienzuda revisión de numerosos casos en EEUU (y el resto del mundo no tiene por qué ser diferente), los peritos científicos que testifican en los juicios a menudo tienden a otorgar un valor de certeza absoluta a sus análisis que no se corresponde con la realidad.

Todo el que tenga conocimiento de cómo funciona la ciencia sabe que los estudios científicos discuten sus conclusiones con expresiones del tipo “nuestros resultados sugieren…” o “los datos son compatibles con…”, siempre con su buena guarnición de subjuntivos y condicionales. Muy raramente, si es que alguna vez ocurre, un estudio científico afirma demostrar algo categóricamente y sin resquicios. Sencillamente, esto no pasa. Y en cambio, según los expertos del PCAST, parece que este tipo de lenguaje dogmático tan impropio de la ciencia sí es habitual cuando un perito científico sube al estrado.

Una aclaración: cuando estos expertos se refieren a análisis de comparación de rasgos, hablan de las técnicas más habituales de la ciencia forense que vemos en telediarios, películas y series como CSI: estudio microscópico del pelo, análisis de huellas (también dactilares), mordeduras, pruebas de ADN… En resumen, todo.

Algunas de estas pruebas quedan pulverizadas en el informe, como el análisis de marcas de mordeduras, que según el PCAST “no reúne los estándares científicos de validez en sus fundamentos, y está muy lejos de reunirlos”. En el caso de las huellas de calzado, los expertos descubren que “no existen estudios empíricos apropiados” para justificar su fiabilidad real, por lo que “no es científicamente válido”.

Tampoco se salvan los exámenes balísticos, otro clásico del género. En este caso, dice el PCAST, no hay datos suficientes: “actualmente no alcanzan los criterios de validez porque solo hay un único estudio apropiadamente diseñado para medir su validez y su fiabilidad estimada”.

¡Tenemos una coincidencia! Imagen de Ubisoft.

¡Tenemos una coincidencia! Imagen de Ubisoft.

Pero es que en el caso de las huellas dactilares, que solemos interpretar como la prueba incuestionable de culpabilidad, el informe apunta que la tasa de falsos positivos –identificaciones erróneas, como en el caso de Mayfield– puede llegar a un caso de cada 306 según un estudio; y según otro, nada menos que a ¡un caso de cada 18!

Multiplíquenlo por la cifra que les parezca adecuada para estimar el número de juicios que se celebran a diario en el mundo; sea cual sea la cifra real, la conclusión es la misma: todos los días las huellas dactilares pueden estar acusando a una multitud de inocentes. Y como consecuencia, dejando a los culpables en la calle. Dado que en países como el nuestro todos cedemos generosamente nuestras huellas al estado cuando tramitamos el DNI o el pasaporte, cualquiera podríamos vernos algún día en un trance como el de Mayfield.

Por supuesto, hoy la regla de oro es el ADN. Pero también en este caso hay que diferenciar entre muestras simples individuales, como por ejemplo el esperma de un violador recogido del interior de la vagina, y muestras complejas como las tomadas en el escenario de un crimen por el cual ha pasado un número incontable de fuentes de material genético, no solo humanas.

En este segundo caso, el informe considera que los métodos a menudo utilizados actualmente para analizar muestras complejas “no son válidos en sus fundamentos” porque “pueden llevar a resultados erróneos”. Pero incluso en el caso de una sola fuente, para el cual el análisis de ADN sí se considera “un método válido y fiable”, los expertos advierten: “en la práctica no es infalible. En las pruebas de ADN los errores pueden ocurrir y ocurren”.

Los autores del informe aluden sobre todo a errores humanos o interpretaciones equivocadas de los resultados. En la vida real, a diferencia de lo que muestran la tele o el cine, las máquinas de análisis de ADN no devuelven la foto de carné de un tipo, sino datos que deben procesarse con los programas adecuados y compararse con las muestras pertinentes para al final obtener algo que no es un veredicto de culpabilidad o inocencia, sino una cifra estadística.

El problema con la estadística es que tendemos a interpretarla en términos de fe; claro que el problema no está en la estadística, sino en nosotros. Compramos el Euromillones porque creemos que va a tocarnos. Pero salimos cada día a la calle sin casco porque de ninguna manera creemos que vaya a caernos un meteorito encima. Y sin embargo, como ya conté aquí, es 87 veces más probable morir por el impacto de un asteroide que ganar el Euromillones.

Los miembros del PCAST ponen un ejemplo muy ilustrativo. Imaginen un test que tiene una tasa de falsos positivos de 1 de cada 100. Desde un punto de vista probabilístico puramente intuitivo, un juez y un jurado tenderán a inculpar al acusado si el test resulta positivo.

Pero si surge ese testigo providencial, tan típico de las películas, asegurando haber visto al acusado a la hora de los hechos a más de mil kilómetros del lugar del crimen, la balanza justiciera se inclina hacia el lado contrario: lo más probable es que se trate precisamente de ese único caso de cada cien. Con una misma prueba forense e idéntico resultado, la diferencia entre la libertad y la cárcel depende de un testigo que en la vida real, a diferencia de las películas, tampoco suele aparecer.

El caso de Brandon Mayfield y el fiasco de las huellas dactilares del 11-M

Probablemente no les suene el nombre de Brandon Mayfield. Abogado estadounidense, 51 años, residente en Oregón… ¿Nada? ¿Y si les cuento que este tipo fue arrestado por el FBI en 2004 como sospechoso de haber perpetrado la masacre del 11-M en Madrid? ¿Y que la detención fue motivada por una presunta coincidencia de sus huellas dactilares con las halladas en una mochila con explosivos utilizada en los atentados… a pesar de que Mayfield jamás había estado en España?

Atentados del 11-M. Imagen de EFE/20 Minutos.

Atentados del 11-M. Imagen de EFE/20 Minutos.

La historia de Brandon Mayfield tiene diversos matices, pero me interesa destacar uno: la ciencia no es infalible, pero lo verdaderamente grave sucede cuando quienes toman las grandes decisiones no saben distinguir la ciencia buena de la mala o la pseudociencia.

Después de los atentados del 11-M, la policía española envió a Interpol las huellas dactilares halladas en los escenarios de los ataques. Las huellas llegaron así hasta el FBI, que las cotejó con sus bases de datos. La comparación resultó en posibles coincidencias con 20 individuos fichados. Uno de ellos era Brandon Mayfield, cuyas huellas figuraban en los archivos del FBI por haber servido en el ejército.

Pero Mayfield era, además, musulmán, convertido al islam a través de su mujer egipcia. Y aún peor (para el FBI), como abogado había defendido a un integrante de los llamados Siete de Portland, un grupo de estadounidenses que habían tratado de viajar a Afganistán para unirse a Al Qaida; pero no en un juicio relacionado con este hecho, sino en un caso de custodia.

Al FBI le bastaron estos débiles indicios para seleccionar a Mayfield de su lista de 20 y convertirlo en su sospechoso favorito, sometiéndole a un dispositivo de vigilancia. Sus teléfonos fueron pinchados y su casa allanada. Finalmente, a principios de mayo, Mayfield fue detenido y puesto en aislamiento, sin contacto con su familia y con limitada asistencia legal.

Lo curioso y terrible del caso es que en abril, semanas antes del arresto de Mayfield, nuestra Policía Nacional había enviado un escrito al FBI descartando la concidencia entre las huellas del abogado y las halladas en la mochila, y apuntando a otros posibles sospechosos. ¿Cuál fue entonces la respuesta de la agencia estadounidense? Simplemente, ignorar la conclusión de la policía española y aferrarse a su tesis de que la coincidencia estaba verificada al cien por cien.

A la izquierda, huella dactilar recuperada de una mochila de los atentados del 11-M. A la derecha, huella dactilar de Brandon Mayfield en el archivo del FBI. Imagen de Science.

A la izquierda, huella dactilar recuperada de una mochila de los atentados del 11-M. A la derecha, huella dactilar de Brandon Mayfield en el archivo del FBI. Imagen de Science.

El 19 de mayo, la policía española anunciaba por fin que las huellas pertenecían al argelino Daoud Ouhnane. Sólo al día siguiente, cuando la prensa internacional divulgó la noticia, el FBI se vio obligado a liberar a Mayfield. Unos días después, un juez estadounidense archivaba el caso.

Según el posterior informe del Departamento de Justicia de EEUU, por cierto censurado en las partes que refieren los métodos de seguimiento y obtención de pruebas, “después de que el Laboratorio del FBI hubiera examinado las huellas dactilares del argelino, retiró la identificación de Mayfield y lo liberó de su custodia”. El informe exculpaba al FBI de mala praxis, limitándose a sugerir que todo se había debido a “errores” y que existían ciertos “problemas de desempeño”.

Mayfield recibió una disculpa y una indemnización de dos millones de dólares. Pero aunque tal vez lo más llamativo de esta historia sea la chapuza del presuntamente todopoderoso FBI y su olímpico menosprecio hacia la policía de otro país, en este caso el nuestro, en la raíz de todo ello yace un problema que no es político ni policial, sino científico. El FBI encontró no una coincidencia, sino 20. ¿Es que acaso las huellas dactilares no son una prueba tan inequívoca como siempre se nos ha hecho creer?

La respuesta, en la próxima entrega.

¿Es posible dispararse uno mismo en el pecho con un arma de caza?

La idea de una persona disparándose en el pecho con una escopeta o un rifle puede encajar casi en cualquier posición entre lo lógico y lo absurdo, según como cada cual quiera planteárselo. Imagino que lo hemos visto muchas veces en el cine, lo cual no es en absoluto una garantía de que pueda corresponder a una situación real. Pero entre la duda natural, y los esfuerzos que últimamente hace la actualidad por convertir en real lo impensable, es esperable que circulen las verdades alternativas.

Así que, donde muchos suelen invocar el imperio de la ley, algunos estamos aquí para invocar el imperio de la ciencia, que a diferencia del primero no viene arbitrariamente impuesto. Alguien tiene que actuar como simple pregonero de lo que la ciencia tiene que decir al respecto, siempre que la ciencia tenga algo que decir al respecto.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Y la ciencia ya lo ha dicho, hablando por boca de los científicos forenses, que son quienes en este caso tienen la experiencia y el conocimiento necesarios para llegar a una conclusión razonable amparada en las pruebas. La autopsia confirma que Miguel Blesa se suicidó, y punto. Ante este dictamen no cabe nada más que añadir.

Pese a todo, parece que no basta. Un ligero vistazo a Twitter y a los comentarios en las noticias de los medios descubre una avalancha de opiniones anónimas sosteniendo que los brazos son demasiado cortos para poder apretar el gatillo sujetando una escopeta o un rifle en el sentido contrario a su uso normal, es decir, con el cañón hacia el pecho.

Debo aclarar que por supuesto no soy un experto en ciencia forense, y que por añadidura no tengo la menor idea sobre el mundo de las armas de fuego. Pero creo que sí soy experto en dos cosas: una, en manejar documentación científica. Y dos, en hacerme preguntas y buscar fuentes autorizadas para responderlas. Así que animo a quien quiera verter conjeturas a que antes se decida a hacer esto mismo que he hecho yo. De verdad, incluso con el calor del verano, poner las neuronas a funcionar siempre es un ejercicio interesante que no enseñan en el gimnasio.

Lo primero que me viene a la mente tras leer sobre la muerte de Blesa es un nombre: Ernest Hemingway. Tratándose de uno de mis autores favoritos, de inmediato recuerdo que murió en su casa de Idaho por un disparo con una de sus escopetas. En un primer momento el suceso se hizo pasar por un accidente de caza, pero pronto quedó aclarado que se descerrajó el tiro voluntariamente. Hemingway padecía hemocromatosis, una rara enfermedad que se ha relacionado con diversos suicidios en su familia. En sus últimos tiempos, la cabeza ya no le regía bien.

Pero Hemingway se disparó en la cabeza, no en el pecho. Así, lo segundo que hago es telefonear a un amigo cazador. Le encuentro en su retiro vacacional, y apenas se ha enterado de lo de Blesa. A mi pregunta de si es posible dispararse a uno mismo en el pecho con una escopeta o un rifle, me regala una larga y profusa explicación sobre los tipos de armas, la longitud de los cañones, la sensibilidad de los gatillos y las posturas de disparo. Pero cuando le pido el monosílabo que necesito como conclusión, es un sí; sí, es perfectamente posible dispararse a uno mismo en el pecho con un arma de caza utilizando solo los dedos de las manos, sin ayudarse con un palo o con los pies. Aunque, añade, no todas las personas podrían hacerlo con todas las armas.

Lo siguiente que hago es bajar al sótano y simular mi propio suicidio. A falta de escopeta, bien viene una escoba. Compruebo que obviamente el gatillo quedaría más accesible si uno se dispara en la frente que en el pecho, pero también que todo es cuestión del ángulo de disparo. El ángulo de 90 grados es el que obliga a estirar más los brazos, pero reduciendo el ángulo en cualquier de los dos sentidos las manos llegan fácilmente a partes más lejanas del palo. Así que, imagino, los forenses de Córdoba habrán dictaminado que la longitud de los brazos de Blesa es compatible con el ángulo de entrada del disparo para que él mismo pudiera apretar el gatillo.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Lo último que hago es recurrir a las publicaciones científicas. Y sí, como era de esperar, hay infinidad de casos descritos de suicidios con escopetas o rifles de caza; de hecho, son las armas de fuego mayoritariamente elegidas para quitarse la vida en algunos países europeos, pero también en Canadá.

Yendo a datos concretos, un estudio de 2014 recopiló 57 suicidios con escopeta en una región de Turquía entre 2000 y 2007. De ellos, 34 fueron por disparos en la cabeza, 9 en el abdomen y 7 en el pecho, un 12,3% de los casos. En otro estudio de 2016 en Minnesota (EEUU), los disparos en el pecho sumaban el 21,5% de los casos de suicidios con escopeta. Curiosamente, en otro estudio recopilatorio en Estambul, casi la mitad de las mujeres que se disparaban con escopetas lo hacían en el abdomen, a pesar de tener generalmente los brazos más cortos que los hombres.

Por los datos de los expertos, parece claro que los suicidas suelen elegir dispararse en la cabeza; otro estudio publicado por forenses indios en 2015 dice: “Las heridas en los casos de suicidios por arma de fuego son generalmente en la región de la cabeza. Cuando se encuentra una herida en otro lugar, se levanta una ceja de sospecha”. Pero precisamente el motivo de este último estudio era el caso de un hombre muerto por un disparo de escopeta en el pecho y sobre el que existían sospechas de homicidio.

Con los datos recogidos en la escena del crimen y el resultado de la autopsia, los forenses concluyen que se trataba de un suicidio. El suicida había apoyado la culata del arma en el suelo y se había inclinado sobre ella para alcanzar el gatillo con la mano derecha, lo que había resultado en una trayectoria del disparo de derecha a izquierda y hacia abajo, es decir, desde la parte alta del pecho hacia la parte baja. Este último dato era el que había despistado inicialmente a los forenses, pero de hecho el estudio de Minnesota descubría que casi el 65% de los autodisparos con escopeta en el pecho estaban dirigidos hacia abajo.

Pero la mayor enseñanza que puede extraerse de dedicar un rato a escuchar lo que dicen los expertos es que emitir opiniones infundadas solo lleva a aumentar la confusión improductiva: entre los casos descritos de suicidios con rifles o escopetas se encuentran algunos muy rocambolescos, que cualquiera a primera vista creería imposibles. Un hombre en Turquía se suicidó con un disparo de escopeta por la espalda a 1,4 metros de distancia; ató el arma a un árbol y accionó el gatillo con una cuerda. Hay varios casos descritos en que, sí, por increíble que parezca, una persona se ha disparado a sí misma más de una vez. En un caso en Australia, un hombre se disparó tres veces con una escopeta. Otro suicida se disparó dos veces sucesivas con dos armas distintas.

Naturalmente, también hay casos en los que se intenta hacer pasar por suicidio lo que en realidad es un homicidio. En un caso en Sri Lanka, los forenses dictaminaron que las características de la herida de un hombre eran incompatibles con la posibilidad de que sus propios brazos de 65 centímetros hubieran podido dispararse a sí mismo un arma cuya longitud desde el extremo del cañón hasta el gatillo era de 79 centímetros.

Pero la ciencia forense no se deja engañar fácilmente; hoy incluso existen análisis estadísticos que permiten a los patólogos calcular la probabilidad de homicidio o suicidio a través del estudio de las heridas. La ciencia no es infalible, pero es lo más parecido que tenemos al mundo real. Claro que todo ser humano es libre para elegir si prefiere vivir en el mundo real o en su mundo imaginario favorito.

¿Qué ocurrirá cuando puedan resolverse viejos crímenes prescritos?

Existe una película de hace unos años protagonizada por los muy admirables Hilary Swank y Sam Rockwell, y dirigida por Tony Goldwyn, el malo de Ghost. He tenido que recurrir a Google porque no recordaba el título, y poco importa: nada más plano y aburrido que los títulos de las películas de abogados. A esta le pusieron Conviction, en España Betty Anne Waters.

Si no recuerdo mal, Swank interpreta a una camarera y madre que se embarca en el peliagudo empeño de estudiar leyes y convertirse en abogada para liberar de prisión a su hermano (Rockwell), condenado a cadena perpetua por un asesinato del que ella le cree inocente. Me disculpo por el spoiler: al final, y después de una angustiosa carrera por recuperar las pruebas físicas del caso, consigue que su hermano quede exonerado gracias a los tests de ADN, que aún no se habían inventado cuando se cometió el delito.

Retrato robot del asesino de Eva Blanco. Imagen de Guardia Civil.

Retrato robot del asesino de Eva Blanco. Imagen de Guardia Civil.

Ayer conocimos la detención del asesino de la niña Eva Blanco, 18 años después del crimen. La sociedad se ha maravillado, han llovido las felicitaciones a la Guardia Civil y se ha elogiado su incansable trabajo callado durante casi dos decenios en un caso ya frío. Y desde luego que no voy a poner en duda tales merecimientos; pero es capital subrayar –me ciño a las informaciones publicadas– que la resolución satisfactoria del caso no ha sido el producto de 18 años de trabajo, sino solo de uno, el último.

Según cuentan hoy los medios, hace un año el Instituto de Ciencias Forenses de la Universidad de Santiago de Compostela, en colaboración con el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, reanalizó las muestras de ADN halladas en su día en la ropa de Eva. El examen concluyó que los restos biológicos pertenecían a una persona magrebí. Con este dato, la Guardia Civil rastreó el padrón de Algete, seleccionó a los más de 1.000 sospechosos y se fijó en uno que había abandonado la localidad poco después del crimen, pero que aún tenía un hermano viviendo en ese pueblo. A este hermano le practicaron pruebas de ADN, y ¡bingo!

Tal vez alguien se pregunte por qué este análisis de ADN no se realizó hace 18 años. Y la respuesta está en la película de Swank y Rockwell: hace 18 años no podía conocerse el origen geográfico de una persona por su ADN.

Las pruebas forenses de ADN se desarrollaron y comenzaron a aplicarse a la criminología en 1985. Aunque el genoma de todos los humanos es enormemente uniforme, existen pequeñas regiones cromosómicas llamadas minisatélites y microsatélites que varían enormemente entre las personas, pero que son más similares entre los individuos emparentados. Este tipo de análisis es el que se emplea rutinariamente en perfiles de ADN y pruebas de paternidad, y el que probablemente ha servido para pescar al asesino de Eva a partir de la muestra de su hermano.

Pero existe otro tipo de análisis diferente que es mucho más reciente, y que ha podido desarrollarse gracias a iniciativas como el Proyecto Genográfico, lanzado en 2005 por National Geographic y la compañía IBM. Consiste en reunir muestras genéticas de amplias poblaciones humanas y leer las secuencias de dos segmentos concretos, el ADN mitocondrial y el cromosoma Y. El primero se hereda por línea materna y es el ADN rebelde de la célula, el único que no se encuentra en el núcleo sino en las mitocondrias, las centrales energéticas de las células. El segundo se transmite de padre a hijo varón; dado que solo se hereda una copia, su secuencia no se ve alterada por el intercambio de fragmentos entre los pares de cromosomas que se reciben por vías paterna y materna.

En otras palabras: el ADN mitocondrial y el cromosoma Y no varían (o varían poco) dentro de un grupo emparentado, pero sí lo hacen poco a poco en una escala de tiempo histórica, por lo que es posible relacionar secuencias tipo, llamadas haplogrupos, con orígenes étnicos y geográficos concretos. Para ello no solamente fue necesario reunir una extensa colección de muestras, sino además desarrollar herramientas bioinformáticas complejas que permitieran el tratamiento de los datos.

Este tipo de análisis es, supongo, el que ha permitido al Instituto de Ciencias Forenses de Santiago asignar el ADN del sospechoso sin identificar a un haplogrupo originario del Magreb. Y el resto es historia. Así que vaya desde aquí mi felicitación, aunque sea la única, no solo a los magníficos profesionales del Instituto gallego, sino a todos los genetistas de poblaciones, paleoantropólogos moleculares y bioinformáticos que han participado en este progreso científico. Gracias y enhorabuena.

Claro que todo esto tiene un corolario. La semana pasada, un estudio publicado en PeerJ revelaba que cada humano produce, y viaja acompañado por, su propia nube personal de microbios, única e intransferible, compuesta por microorganismos de la piel, la boca y otros orificios corporales. Aunque en principio el hallazgo no sería aplicable a la resolución de un crimen, a no ser que este se produzca dentro de una cámara estéril, el avance ilustra cómo la peculiaridad de que cada uno llevemos puesto nuestro propio reino de microbios –lo que se conoce como microbioma humano– no solo está revolucionando la biología y la medicina, sino que también podría encontrar aplicaciones en la ciencia forense.

Se está avanzando también en otras líneas, como la determinación del fenotipo a partir del genotipo, o los rasgos físicos de una persona conociendo su ADN, y hoy es posible saber en qué región geográfica vivió alguien y qué comía a partir de los isótopos de sus dientes y huesos, algo que se aplicó en la identificación de los restos del rey Ricardo III de Inglaterra.

En resumen, la ciencia avanza en alta velocidad. El problema es que, mientras, la ley viaja en burro. El asesino de Eva podrá recibir lo suyo gracias a que se ha evitado por un par de años el plazo de 20 en el que su crimen habría prescrito. Y no cabe ninguna duda de que dentro de diez años, de veinte y de treinta, la ciencia podrá resolver casos policiales que hoy son callejones sin salida. En países como Estados Unidos, los delitos de asesinato nunca prescriben. Aquí, y a menos que los barandas de turno decidan subirse al tren y hacer algo al respecto, lo más probable y lamentable es que otras muchas Evas quedarán sin recibir justicia.