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Jamás camines con un elefante

La semana pasada, un turista español falleció en el parque nacional de Chebera Churchura, en Etiopía, a causa del ataque de un elefante. Escuché la noticia por primera vez en la radio como un teletipo urgente. En ese momento los medios daban la información como un breve sin ningún tipo de detalles, así que esperé a la ampliación de la noticia en los días siguientes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Pero la ampliación no llegó, más allá del origen del fallecido y de la referencia a medios locales etíopes como este y este, según los cuales el turista se habría bajado del coche para fotografiar más de cerca a los animales, ignorando las advertencias de sus guías, y un elefante le habría embestido para después atraversarlo con un colmillo. Pero fíjense: ambos medios etíopes citan como fuente de la noticia al IBTimes, que en su artículo a su vez refiere al diario La Vanguardia y la agencia Europa Press. ¿Y adivinan en qué fuentes se basan ambos? Eso es, en “medios locales”. Así que hemos cerrado el círculo.

En resumen, y dado que al parecer ningún medio en España ha considerado la noticia lo suficientemente importante o interesante para verificar de forma independiente las circunstancias del fallecimiento (al menos que yo haya podido encontrar), la prudencia aconseja tomar los detalles como provisionales, sin que sea probable que dejen de serlo.

Debido a esto, quiero aclarar que lo escrito aquí no pretende referirse específicamente al caso de este turista español fallecido. Bastante dolor estarán padeciendo sus allegados como para además aguantar reprimendas. Y como sea que siempre tienen que surgir en Twitter los comentarios de algunos descerebrados que se consideran a sí mismos graciosos, debo explicar: no, el turista no estaba cazando elefantes, si la ubicación del suceso es correcta. En Etiopía la caza está permitida, pero en general en África esta actividad se restringe a los ranchos destinados a ello, fuera de los parques nacionales (excepto en países del sur como Suráfrica y Zimbabwe, donde la situación es más complicada).

Pero el suceso me interesa personalmente porque, como sabrán los seguidores habituales de este blog o los lectores de mis novelas, Kenya es mi gran pasión vital, un país al que llevo viajando 25 años, al que dedico también parte del tiempo que no paso allí, y sobre el cual, hasta hace solo unos meses, he mantenido en solitario la mayor guía online en castellano, Kenyalogy.com (que regresará, lo prometo). Durante años han sido muchos los que me han dicho que debería dejar todo esto y dedicarme a organizar safaris. Y quién sabe, puede que algún día les haga caso. ¿A alguien le apetece un safari científico-literario?

Aunque los españoles son poco dados a viajar al extranjero en comparación con otros europeos, y aunque quienes lo hacen no se dirigen mayoritariamente a África, nuestro puñado de locos africanistas es un puñado que ya va rebosando los dedos. Para el caso de Kenya, y aunque España ocupa solo el 19º puesto en el turismo que recibe, entre las naciones europeas hemos ascendido recientemente al sexto lugar, superando a Suecia; en 2016, 10.943 españoles viajaron a Kenya.

Y dado que estamos en verano, la estación de las vacaciones para la mayoría, y que miles de españoles viajarán próximamente a los destinos africanos de safaris (“viaje” en swahili), quiero aportar mi grano de arena para que todos ellos puedan volver sanos y salvos después de disfrutar de una experiencia que sin duda les dejará enfermos del mal de África, pero del mal bueno. Así que aquí van algunos consejos y datos.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

En primer lugar, y aunque lo que sigue se refiere a los animales, debe quedar claro que la mayoría de los sucesos que afectan a extranjeros se producen por causa de los humanos, y no de otros animales. Y no es por el terrorismo, una amenaza real pero estadísticamente improbable, sino por la delincuencia común. En África hay que viajar con sensibilidad social, pero también hay que evitar ponerse uno mismo en situaciones de riesgo, entre las cuales se incluyen muchas que serían perfectamente inocuas en nuestro propio país. Por ejemplo, caminar o conducir de noche, o fiarse de desconocidos demasiado amables que pretenden llevarte a lugares solitarios.

En lo que respecta a los animales, la norma es obvia: nunca acercarse a ellos a pie. En general, en los parques nacionales y reservas de Kenya está prohibido bajar del vehículo salvo en ciertas zonas designadas. Pero entre los turistas suele existir una idea equivocada respecto a qué especies son peligrosas y cuáles no. El mensaje es este: todos los animales salvajes son potencialmente peligrosos, pero entre los más realmente peligrosos se cuentan algunos que en la cultura occidental son percibidos como mansos y bonachones. Y no lo son en absoluto.

Todo el mundo teme a un león o un cocodrilo, pero siempre hay quienes intentan acercarse a hipopótamos o elefantes basándose en una imagen errónea de gigantes pacíficos. Suelo decir que las películas de Parque Jurásico han hecho mucho daño presentando a los dinosaurios herbívoros como pacíficos e inofensivos, y a los carnívoros como bestias siempre sedientas de sangre. En realidad muchos animales herbívoros son poderosos y temperamentales, capaces de infligir mucho daño. En un país donde los toros de lidia están a diario en la discusión pública, esto debería conocerse mejor que en cualquier otro lugar.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Circula en innumerables listas de internet y artículos periodísticos la idea de que el hipopótamo es el gran animal que más muertes humanas causa al año en África. En una ocasión investigué esta proclama sin encontrar ninguna fuente estadística fiable que la respaldara. Mi conclusión fue que seguramente es falso, ya que en los datos parciales publicados en revistas académicas o recogidos por entidades que trabajan en la naturaleza africana, los cocodrilos siempre aparecen en primer lugar. Por ejemplo, este gráfico de la Fundación Bill Gates presenta cifras aproximadas derivadas de varias fuentes: los cocodrilos causan unas 1.000 muertes al año, por 500 de los hipopótamos y 100 de los elefantes, igualados con los leones.

En el caso de los cocodrilos, su récord de víctimas se debe en parte a una circunstancia tan curiosa como trágica. Cuando hay inundaciones en España u otro país europeo, la gente puede perder sus casas o sus negocios. Cuando ocurre en África, la gente puede perder sus casas o sus negocios, y además sus vidas en las fauces de un cocodrilo. Las crecidas o inundaciones llevan los cocodrilos hasta los pueblos y poblados.

Pero sí, los hipopótamos son muy peligrosos. La mayoría de los accidentes graves se producen en tierra, por encontronazos fortuitos por la noche, cuando estos animales salen del agua y merodean por las praderas para alimentarse de los pastos. En los alojamientos de safari cercanos a ríos o lagos, siempre se advierte de que es muy peligroso acercarse a las orillas de noche. Los hipopótamos embisten y tienen colmillos como estacas, con una longitud suficiente como para atravesar la pierna o incluso el cuerpo de una persona.

Dibujo © Ana González 2000.

Dibujo © Ana González 2000.

En cuanto a los elefantes, son los protagonistas de muchos casos de conflictos entre humanos y fauna. El elefante africano necesita grandes espacios; no resiste bien la cautividad. Antiguamente recorrían largas rutas migratorias, que hoy han quedado cortadas por los asentamientos, la agricultura y las infraestructuras. Pero los elefantes son exploradores y necesitan mucho alimento. En lugares como el Parque Nacional de Aberdare, una reserva selvática y montañosa rodeada de tierras altas fértiles de uso agrícola, ha sido necesario vallar el recinto protegido para evitar las continuas incursiones de los elefantes en los cultivos. Otros parques cercanos a ciudades, como Nairobi o Nakuru, evitan la presencia de elefantes para evitar el problema.

Comúnmente se piensa que los elefantes tienen una gran memoria, y esta es una idea avalada por la ciencia. Aprenden dónde pueden conseguir alimento, y regresan. Incluso aprenden dónde pueden conseguir alcohol, y regresan; comparten con nosotros el vicio de emborracharse. En Kenya, los elefantes de Aberdares tienen fama de mal genio. Durante la guerra del Mau Mau que condujo a la independencia del país, en los años 50, los guerrilleros se ocultaban en las selvas profundas de esta sierra, donde los aviones ingleses de la RAF los acosaban lanzando bombas. Por allí se cuenta que los elefantes se volvieron locos a causa de los bombardeos, y que este es el origen de su carácter agresivo.

Es una leyenda indemostrable, pero lo cierto es que los elefantes de Aberdares, un parque montañoso con  bosques densos y con tráfico escaso, están menos acostumbrados que sus primos de las sabanas a cruzarse con moles de metal sobre cuatro ruedas, y tal vez por ello tienden más a reaccionar a esos encuentros con exhibiciones intimidatorias, agitando la cabeza, barritando, levantando la trompa y desplegando las orejas.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

De hecho, no es raro que todo elefante con suficiente experiencia de la vida y con su gran memoria pueda recordar algún encontronazo con esos monstruos brillantes que avanzan sobre patas redondas. Científicos como Joyce Poole, una de las mayores expertas del mundo en elefantes, sugieren que estos animales pueden sufrir trastorno de estrés postraumático. Se dice que los elefantes identifican a los humanos como su peor enemigo, pero no hay motivos para pensar que puedan relacionar a las personas con los coches: dentro del vehículo somos parte de un gran y temible animal, mientras que fuera de él somos seres frágiles y escuálidos que no tenemos medio trompazo.

Personalmente he vivido algunos de esos encuentros. En casos así, lo adecuado es esperar pacientemente. Somos intrusos en su casa. La mayor parte de las veces es una fanfarronada; solo quieren asustar y dejar claro quién manda. Si se obstinan en ocupar la pista por donde tenemos que pasar, hay un truco que suele funcionar: pisar el acelerador en punto muerto. Deben de interpretar el sonido del motor como el rugido de una bestia con la que es mejor no enfrentarse, y en general se apartan. Pero si amenazan con cargar, es preferible meter la marcha atrás y retirarse.

Y desde luego, jamás se me ocurriría bajar del coche. En una ocasión, pinchamos una rueda justo cuando acabábamos de dejar atrás a un viejo macho solitario con malas pulgas. No fue en Aberdares, sino en Samburu, una reserva de sabana, pero aquello ocurrió junto al río, donde la cobertura vegetal es más densa, la visibilidad es menor y no hay rutas de escape. Bajamos con cautela para empezar a preparar el cambio de neumático, pero entonces vimos que el elefante aparecía entre los árboles para acercarse a curiosear, y no nos quedó otro remedio que correr a buscar refugio dentro del coche. El animal pegaba la cara a las ventanillas para inspeccionar y entender qué estaba pasando allí. Tuvimos que esperar durante horas a que se cansara de nosotros para poder cambiar la rueda y regresar al camp, ya de noche cerrada.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Por último, un comentario sobre los guías. Aunque yo prefiero viajar por libre, la mayoría de los visitantes utilizan tours organizados. Hay un detalle sobre la información del suceso de Etiopía que no me cuadra. La noticia dice que el fallecido bajó del coche para acercarse a los elefantes, y que los guías trataron de ahuyentarlos con disparos al aire. Ignoro si en Etiopía las cosas funcionarán de otra manera. Pero al menos en Kenya, quienes van armados son los rangers, los guardas de los parques. Los rangers escoltan los safaris a pie, pero no van a bordo de los vehículos turísticos.

En cualquier caso, mi último consejo es este: no pongan su vida en manos de los guías. Son profesionales, mejores o peores, que velarán por su seguridad dentro de lo que les compete y resulta razonable. Pero son guías turísticos; no son héroes, ni tienen por qué serlo. Aunque solo con las propinas reúnen un sueldo que ya quisieran la mayoría de los kenianos, no les pagan para jugarse la vida por los turistas, sobre todo los que no respetan las advertencias. Incluso teniendo cerca a un ranger armado, las mejores garantías de seguridad contra los ataques de los animales no son las balas, sino la prudencia, la sensatez y el sentido común.

No se jueguen la vida por un selfie; si algo sobra en la foto de un animal africano, somos usted y yo. Y los selfies causan más muertes que los ataques de tiburón. Que pasen unas felices vacaciones.

Lo que nunca se ve en los documentales de naturaleza

Dejando de lado el insondable misterio de las audiencias reales de los documentales de la 2 (y otras cadenas televisivas), parece comprensible que el humano civilizado de hoy, ahogado por su bufanda de cemento y asfalto, desee de vez en cuando abrir una ventana desde su salón a una naturaleza prístina cada vez más difícil de encontrar. En los documentales, los leones asedian a las cebras a su antojo en un paraje que luce virgen, como si manos o pies humanos jamás hubieran dejado huella en él.

Y sin embargo, el “detras de las cámaras” a menudo puede ser algo bastante parecido a esto:

Vehículos apiñados junto al río Mara en la reserva de Masai Mara (Kenya). Imagen de Javier Yanes.

Vehículos apiñados junto al río Mara en la reserva de Masai Mara (Kenya). Imagen de Javier Yanes.

La imagen fue tomada hace cuatro años en Masai Mara, Kenya; una de esas reservas que en los documentales parecen intactas e inmaculadas. Y el motivo de la aglomeración de vehículos todoterreno y minivans de turistas no era ningún suceso excepcional, sino algo cotidiano allí: los coches se apiñaban a la orilla del río Mara a la espera de presenciar cómo los rebaños de ñus vadeaban la corriente siguiendo su migración anual.

Se supone que el concepto de parque nacional o similar siempre tiene como objetivo común la conservación de la naturaleza, pero su aplicación es diferente según los casos. Sin mencionar la gestión de los parques que obliga a intervenciones, suelen existir usos compatibles más allá de la estricta preservación, normalmente relacionados con actividades tradicionales como la ganadería, la artesanía o la explotación de recursos a pequeña escala.

Otra de las actividades habituales en los parques nacionales es la científica, que incluye la investigación y la divulgación. Los espacios protegidos han prestado servicios impagables a la ciencia, al ofrecer la oportunidad de conocer la dinámica del entorno natural y de las criaturas que lo habitan. En los parques africanos, los equipos de investigación y de divulgación a menudo deben pagar una tasa especial por el derecho a filmar o a desarrollar sus proyectos científicos. Para los países africanos, esta es una vía más de sacar un rendimiento económico a su naturaleza privilegiada.

Pero filmación, investigación, turismo y conservación no siempre forman un puzle bien encajado. Por no hablar de la caza, prohibida en Kenya pero permitida en otros países africanos. Los equipos de investigación quieren trabajar sin interferencias molestas, y los realizadores de documentales tendrían que descartar el metraje si en sus tomas se colara el minivan de una agencia de safaris. Pero los visitantes, que pagan su entrada, tienen derecho a disfrutar de los parques sin que sus movimientos se vean restringidos por una señal de “no pasar”.

¿Cómo se conjugan todos estos elementos entre sí y con el presunto objetivo principal del parque, la conservación de la naturaleza? Difícilmente. Y más en lugares como Masai Mara, donde la gallina de los huevos de oro de los safaris está convirtiendo un paraje antiguamente prístino en una pequeña ciudad dispersa por la que cada día pululan cientos de vehículos en busca de esa mítica escena de los leones y las cebras.

En 2010, un estudio llevado a cabo por investigadores británicos reveló que las poblaciones de grandes mamíferos han mermado un 59% entre 1970 y 2005 en los parques africanos, incluyendo espacios como Masai Mara y su reflejo al otro lado de la frontera tanzana, el Serengeti. Hace dos años, una revisión a gran escala de estudios publicados sobre áreas protegidas de todo el mundo descubría que parques y reservas ayudan a preservar los bosques, pero los datos relativos a la conservación de especies fueron débiles e inconcluyentes.

Tal vez estos datos no sorprendan, pero deberían servir para mantener encendida la sirena de alarma. O algún día los documentales de naturaleza deberán hacerse por animación digital.

Este descubrimiento sobre la malaria salvará las vidas de miles de niños

La malaria es el problema de salud número uno del planeta Tierra. No hay otra enfermedad que sea al mismo tiempo tan ampliamente devastadora, tan resistente al progreso de las investigaciones destinadas a combatirla, que se cebe especialmente con los más indefensos, sobre todo niños, y que históricamente haya recibido tan escasa atención y financiación. Según la alianza Roll Back Malaria (RBM), liderada por Naciones Unidas y el Banco Mundial para coordinar los esfuerzos contra esta epidemia sin fin, en 2007 los fondos para la lucha contra la malaria en todo el mundo ascendieron a 1.500 millones de dólares. Como comparación, en 2004/2005 el gasto global en investigación contra el cáncer fue de 14.030 millones de euros.

Noticia fresca: la desatención y el tradicional encogimiento de hombros en los países desarrollados –absolutamente cualquier otra causa concita más adhesiones; una manifestación exigiendo la erradicación de la malaria podría convocarse en una cabina de teléfonos, si aún existieran– se deben a que a nosotros no nos afecta. Aunque quizá no muchos sepan que el último caso de malaria en España se dio en 1964. La enfermedad lleva solo medio siglo extinguida en Europa, y últimamente los expertos vienen advirtiendo de que el aumento global de las temperaturas barrerá hacia el norte la distribución de las enfermedades tropicales. Si esto sirve como eslogan publicitario para captar el interés del público europeo, bienvenido sea. Pero lo que realmente debería revolvernos las tripas hasta el vómito es el hecho de que cada minuto la malaria mata a un niño en África.

Incluso cuando los pantanos europeos eran zona de riesgo para contraer ese “mal aire”, la “mala aria“, la amenaza nunca ha sido comparable a la que sufren los africanos. La forma predominante del plasmodio, el parásito responsable, era aquí Plasmodium vivax, relativamente benigno. En África el mayor riesgo se debe a la especie más maligna, P. falciparum. Entre las manifestaciones más letales de la enfermedad, los colonos europeos en África pronto conocieron la llamada blackwater fever, la fiebre del agua negra, llamada así porque la hemoglobina en la orina le confería un color oscuro. En la película Memorias de África el amigo de Denys Finch-Hatton (Robert Redford), Berkeley Cole (Michael Kitchen), muere de blackwater fever, aunque en realidad el personaje histórico falleció de un no tan romántico ataque cardíaco.

Los casos de blackwater han disminuido desde que se redujo el empleo de quinina para tratar la malaria, lo que llevó a sospechar una posible interacción de este compuesto como detonante de esta forma de la infección. En cambio, otra derivación de la enfermedad no ha perdido fuelle, y se trata de la que se cobra las vidas de millones de pequeños. Es la malaria cerebral. Cuando el parásito, embozado en los eritrocitos, logra saltar el muro que separa la sangre del sistema nervioso central, la supervivencia es una apuesta a la ruleta. Incluso con tratamiento, no hay nada que se pueda hacer sino contemplar la evolución del coma. De un 75 a un 85% logran superarlo; el resto mueren. A menudo, los que sobreviven conllevarán las secuelas durante el resto de sus vidas, en forma de daños neurológicos y cognitivos.

La doctora Terrie Taylor con uno de sus pacientes. Imagen de Jim Peck, MSU.

La doctora Terrie Taylor con uno de sus pacientes. Imagen de Jim Peck, MSU.

Es por todo esto que la doctora Terrie Taylor, osteópata y especialista en enfermedades tropicales de la Universidad Estatal de Michigan (EE. UU.), es mi nueva heroína. Desde 1986 Taylor se dedica a combatir la malaria, a la que se refiere como “el Voldemort de los parásitos”. Durante seis meses al año libra la batalla en Malawi, donde investiga y trata a los pacientes, mayoritariamente niños. Imagino que en estos casi tres decenios ha perdido a más criaturas enfermas de lo que cualquiera aguantaría sin arrojar la toalla o perder la cabeza. Pero gracias a su persistencia, ha logrado confirmar cómo la malaria cerebral mata a los niños. Y aunque los tratamientos aún tardarán, es más que probable que muchos futuros adultos le deban la vida.

La historia del hallazgo de Taylor es un ejemplo de cómo a veces los descubrimientos más cruciales dependen simplemente de disponer de las herramientas adecuadas en el lugar donde son necesarias. Aunque algunos avances en la lucha contra la malaria, como las vacunas, han demostrado ser endemoniadamente esquivos, en otros casos se trata solo de una falta de recursos. Hasta 2008 en Malawi no existía un escáner de resonancia magnética por imagen (MRI), una instalación tan común en los países ricos que incluso se emplea en clínicas veterinarias. Ese año la compañía General Electric Healthcare donó una máquina al Hospital Central Queen Elizabeth de Blantyre para apoyar el proyecto de Taylor.

A la izquierda, imagen MRI del cerebro de una niña de 14 meses con evolución favorable. A la derecha, una niña de 19 meses con hinchazón cerebral. Imagen de Terrie Taylor.

A la izquierda, imagen MRI del cerebro de una niña de 14 meses con evolución favorable. A la derecha, una niña de 19 meses con hinchazón cerebral. Imagen de Terrie Taylor.

La doctora y sus colaboradores comenzaron entonces a someter a MRI a los niños que ingresaban con malaria cerebral. Estudios anteriores sugerían que el parásito provoca una hinchazón del cerebro, y que este síntoma podía ser determinante en la letalidad de la infección. En cuanto comenzaron a analizar las imágenes obtenidas por el aparato, las pruebas fueron tan evidentes que incluso alguien sin la menor idea de medicina podría apreciarlo. Como se ve en la figura, que compara el cerebro de una niña de 14 meses con evolución favorable y el de otra de 19 meses en fase aguda, en la segunda la masa encefálica está tan inflamada que apenas cabe en el cráneo; como no tiene otra vía de salida, se expande a través del agujero occipital que conecta con la médula, produciéndose una hernia. Así aplasta el tallo cerebral, que controla la respiración. Como resultado, los niños dejan de respirar, y mueren.

“Ya teníamos sospechas de la hinchazón del cerebro”, apunta Taylor, a quien además debo agradecer su gentileza al responder rápidamente a mis consultas; mi correo electrónico recibió una respuesta automática informándome de que la autora se encontraba de minivacaciones; media hora después, recibía su respuesta. “Lo habíamos buscado durante nuestra serie de autopsias, pero nunca lo vimos, probablemente porque las muertes ocurrían muy rápidamente después de producirse la hernia”, prosigue. “Y más importante, porque teníamos que retirar la parte superior del cráneo para extraer el cerebro. Esto último liberaba la presión y borraba los signos de la hernia que esperábamos ver”. “Nunca lo habríamos visto sin el MRI”, sentencia Taylor. Los resultados se publican en The New England Journal of Medicine (NEJM).

La doctora Terrie Taylor ausculta a uno de sus pacientes en el Hospital Queen Elizabeth de Blantyre, Malawi. Imagen de Jim Peck, MSU.

La doctora Terrie Taylor ausculta a uno de sus pacientes en el Hospital Queen Elizabeth de Blantyre, Malawi. Imagen de Jim Peck, MSU.

Así pues, la teoría es sencilla: se trata de encontrar la manera de impedir la hernia cerebral o de evitar sus efectos hasta que la hinchazón remita. Pero naturalmente, las soluciones no son inmediatas; no es tan fácil como rajar el cráneo. “Estamos trabajando en dos frentes paralelos”, concreta Taylor. “Uno es intentar determinar las causas de la hinchazón –tenemos cuatro posibilidades– y luego dirigir el tratamiento en función de ello”. La segunda opción es evitar la muerte de los niños conectándolos a una máquina que respire por ellos durante la fase crítica: “Nos gustaría conducir un ensayo clínico de ventilación asistida durante uno o dos días; entre los supervivientes, el volumen cerebral realmente regresa a lo normal bastante rápido. Si tan solo pudiéramos respirar por los pacientes durante unos pocos días, podríamos ayudarlos a superar el período vulnerable”.

Y así volvemos al problema de los recursos. Un aparato de ventilación mecánica es algo común en nuestros hospitales; en Malawi, es solo un poco menos raro que un ovni. Pero las perspectivas son muy prometedoras. El mensaje final está escrito en las páginas del NEJM: “La hinchazón del cerebro no es inevitablemente fatal”.

Pasen y vean un puercoespín contra 17 leones: ¿quién gana?

Naturalmente, gana el puercoespín. De otro modo no traería aquí este vídeo si el puercoespín acabara masacrado por un clan de leones hambrientos.

No resulta difícil imaginar que la de este animal es una buena estrategia de defensa; a la vista están las 29 especies que se extienden por el Viejo y el Nuevo Mundo. Ante un ataque, los puercoespines avisan antes de atacar, sacudiendo las espinas huecas de su cola que repiquetean como los cascabeles de las serpientes. Pero si esto no disuade al depredador, las púas forman una barrera infranqueable. Estos pelos modificados y recubiertos con placas de queratina son una defensa potencialmente mortal para cualquier agresor. El puercoespín puede desprenderse de sus púas, que vuelven a crecer. En cambio, el enemigo en cuya carne se han anclado los diminutos ganchos difícilmente podrá liberarse: si logra romper la púa, su punta se le quedará hincada, lo que además de un dolor constante le provocará una grave infección.

El vídeo fue grabado por el guarda Lucien Beaumont, de la reserva de Londolozi, en Suráfrica. El puercoespín, animal normalmente nocturno, merodeaba en busca de comida cuando fue sorprendido por los leones en una de sus misiones nocturnas de caza. Después de algunos intentos tímidos, los felinos comprenden que es mejor no meterse con este espinoso canapé.

Y ya que hablamos de leones, de propina enlazo a este otro vídeo en el que un elefante joven logra liberarse del asedio de 14 leones. No es una estampa frecuente; los proboscídeos no son una de las presas preferidas de los felinos, pero un ejemplar joven separado del grupo es un objetivo accesible para un ataque del clan al completo.

En este caso, lo que salvó al elefante fue la cercanía del río. Al contrario que sus parientes los tigres, los leones no son nadadores y se sienten incómodos en el medio acuático. De haberse producido el ataque en mitad de la llanura, sin el agua cerca y con el elefante acosado desde todos los ángulos, seguramente el final habría sido otro. La escena se produjo en el Chinzombo Camp de Norman Carr Safaris, en Zambia. El elefante protagonista recibió el nombre de Hércules en honor a su fortaleza.

Los increíbles elefantes menguantes (hasta que desaparezcan por completo)

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli (Kenya). Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli (Kenya). Javier Yanes.

Rematé mi post anterior con la sensación de haber dejado un dobladillo sin coser. Pero decidí detenerme ahí consciente de que, como Stephen King, padezco una cierta elefantiasis literaria que mi médico, si lo tuviera, me recomendaría controlar. Y precisamente de elefantes se trata. Decíamos ayer que los elefantes de la Península Ibérica se extinguieron, y que un equipo de investigadores daneses propone la entre audaz y descacharrante idea de reintroducirlos en las reservas naturales europeas. ¿Sería concebible-viable-aconsejable que un excursionista en la sierra madrileña se topara con una trompa husmeando en su táper de tortilla?

Bromas aparte, lo cierto es que uno de los grandes factores de riesgo que amenazan de extinción a los elefantes es precisamente el conflicto con los humanos por el territorio. En países como Kenya, estos grandes mamíferos invaden con frecuencia los campos de cultivo en busca de alimento, lo que pone en riesgo tanto sus vidas como las de los granjeros que tratan de disuadirlos. Una realidad a menudo soslayada, pero inexorable, es que desarrollo y conservación de la fauna no son objetivos fácilmente conciliables. La prueba es que la megafauna ha desaparecido prácticamente de todas las regiones industrializadas del mundo (aunque fue la agricultura la que inició la ofensiva). Los países africanos, que poquísimo a poquísimo van abandonando el pozo de olvido y miseria en el que han estado sumidos, se enfrentan a un dilema al que aún nadie ha encontrado respuesta.

Y mientras el progreso avanza, la fauna merma. Los últimos datos del Amboseli Trust for Elephants, una de las ONG más destacadas del mundo en la conservación de los proboscídeos (que ya no paquidermos) y la más veterana en la investigación de estos animales, no son alentadores: el último censo de este año del ecosistema Tsavo-Mkomazi, una porción de Kenya y Tanzania que casi iguala la extensión de la Comunidad Autónoma de Aragón, ha contado un total de 11.000 elefantes, 1.500 menos que en el recuento previo de hace tres años. Tanzania ha perdido la mitad de su población de elefantes desde 2007, y se teme la extinción total en un plazo de siete años si no se toman medidas urgentes. Gabón ha sufrido una reducción de un tercio en el último decenio, y la cuenca del Congo ha visto desaparecer el 65% de sus elefantes en seis años.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli (Kenya). Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli (Kenya). Javier Yanes.

Por supuesto, la principal amenaza es la caza furtiva. En febrero de este año, Estados Unidos anunció un veto al comercio de marfil, una decisión que fue apludida en los círculos conservacionistas, pero aún queda mucho camino por recorrer. Mientras, la ciencia continúa aportando nuevas y sorprendentes revelaciones sobre la privilegiada inteligencia de los elefantes, como recopilan dos recientes artículos en la revista Scientific American (aquí y aquí), lo que a su vez engorda el debate ético sobre la pertinencia de mantener enjaulados en zoológicos a animales que son capaces de recordar caras durante años, de reconocerse a sí mismos y a sus parientes, de relacionarse socialmente mediante un complejo sistema de comunicación e incluso de practicar rituales funerarios en honor a sus muertos.

Como muestra, dos videobotones. En el primero se descubre cómo un elefante es capaz de buscar y emplear un escalón para atrapar comida que está fuera de su alcance, una habilidad para resolver problemas empleando herramientas que hasta ahora solo se había confirmado en primates, en algunas aves y en ciertas especies marinas. En el segundo, dos elefantes cooperan para acceder al alimento tirando de sendas cuerdas al mismo tiempo.

Para terminar, y dado que en este blog me he comprometido a practicar mi (aparentemente rara) costumbre de mezclar ciencias y letras, ahí va un relato alusivo: De elefantes y hombres. Me permití el atrevimiento de parafrasear a Steinbeck en el título de este cuento que escribí hace diez años para la difunta revista de viajes Lunas de Miel. Por desgracia, su mensaje continúa siendo tan plenamente válido como entonces, y lo será mientras los elefantes sigan menguando hasta que desaparezcan por completo de nuestra vista.