La energía como derecho La energía como derecho

Las claves de un tema que nos afecta a todos

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Energía. Entre la inseguridad jurídica y la levedad política

Hugo Morán – Secretario para la transición ecológica de la economía

Álvaro Nadal, ministro de Energía, durante un acto público.

Cuando allá por el año 2009 el Gobierno por entonces presidido por José Luis Rodríguez Zapatero refirmaba su intención de no prorrogar la vida de la central nuclear de Garoña a la finalización de su vida útil de diseño de cuarenta años, el Partido Popular puso en marcha una intensa campaña político-mediática con la intención explícita de desacreditar, por ideológica y fuera de razón, una decisión que había estado presente en el amplísimo debate abierto en torno a la Ley de Economía Sostenible y que igualmente venía formando parte de la propuesta energética de los socialistas expresada en sus resoluciones congresuales y programas electorales.

Manifestaban los entonces portavoces en la oposición, con Mariano Rajoy al frente y el hoy ministro de energía como fiel escudero en el empeño, que era poco menos que una insensatez impropia de un Gobierno democrático la intervención política en un espacio, el de la energía, que debía dejarse mecer única y exclusivamente por las reglas del mercado. Y que cualquier intromisión del Ejecutivo con visos de planificación en el sector, implicaba poco menos que el retorno a los modos de hacer de la Rusia Soviética.

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La (enorme) hipoteca nuclear

Por Joan Herrera – Abogado

Abro la prensa y veo que el presidente de Endesa tiene hoy semáforo verde en la prensa escrita. El motivo no es otro que la demandada de alcanzar un nuevo pacto energético bajo la premisa de alargar la vida útil de las centrales nucleares existentes. Continúo mi lectura y compruebo cómo en el mismo periódico que le da semáforo verde, en la página impar, hay un anuncio de la misma compañía, mientras que en la página par hay un desarrollo de la noticia en la que Endesa pide ese pacto para la energía, cuya principal propuesta es el alargamiento de las centrales nucleares, bajo la amenaza de que de no ser así aumentará el precio en 10 euros el megavatio-hora.

Curioso país este. El debate energético, aquello de lo que va el cambio de modelo productivo en uno de los países más dependientes del mundo (72% de dependencia energética, más del 80% si añadimos el uranio importado, 20 puntos más que el entorno europeo, que a su vez es el escenario regional más dependiente del planeta) no existe. Pero se introduce para hablar del alargamiento de la vida útil de las centrales nucleares. Una propuesta que, de ser realidad, marcará el futuro de muchas generaciones. Si posponemos o no el funcionamiento de las centrales.

Tenemos centrales que todas ellas están a las puertas de cumplir los 40 años (más allá de su vida útil). Centrales que necesitan de una inversión extraordinaria de acuerdo con los estándares establecidos tras el accidente de Fukushima. Dicha tecnología es claramente incompatible con las energías renovables, ya que estas últimas necesitan de tecnologías complementarias que se puedan activar cuando no hay fuentes de origen renovable, y que se puedan apagar cuando la potencia instalada en renovables está a su máxima producción.

De hecho, hoy, el modelo en la fijación del precio en la nuclear es uno de los factores por los que pagamos una de las energías más caras de Europa entre el pequeño consumidor. Jorge Fabra, economista especializado en la materia, ha explicado de forma reiterada como, bajo hipótesis generosas, los costes asociados a la producción en una planta se sitúan en torno a los 22€ el MWh) pero sus ingresos se multiplican por dos y por tres por MWh en función del año.

Mientras tanto, en el mundo se invierte cada vez más en renovables: el 2016 ha habido casi tanta inversión en renovables y ahorro y eficiencia como en extracción de petróleo y gas, según datos de la Agencia Internacional de la Energía. En el Reino Unido se ha instalado 32 veces la potencia fotovoltaica que España el 2016 (72 veces en 2015). Y en EEUU, que representa el 20% de la inversión global en renovables, un tercio de la inversión se ha producido en autoconsumo. Si el carbón fue la palanca de cambio (de control y contaminación) del siglo XIX y el petróleo la del siglo XXI, hoy las renovables pueden cambiar el modelo productivo. Con un elemento añadido, que la gestión de las renovables puede pasar por una gestión democrática de la energía (y no necesariamente por oligopolios).

Pero España a su rollo. Tenemos un traje eléctrico que nos van grande. Con mucha potencia instalada, ineficiente, antigua, e incompatible en muchos casos con un mix energético en que entren con más fuerza aún las renovables y especialmente el autoconsumo. Pero, a pesar de ello, el autoconsumo continúa parado, debido al veto del gobierno del PP a la proposición de ley unitaria sobre la materia (con la aquiescencia de Ciudadanos). Se anuncia una subasta para renovables porque la Unión Europea obliga, pero se imposibilita que el pequeño inversor pueda entrar en la subasta. Las micro redes no se permiten. Los contadores inteligentes se instalan, pero se deja la gestión de los datos en manos de quien tiene el monopolio natural de la distribución, dificultando una gestión de la demanda eficiente, permitiendo que quien tiene hoy el monopolio de la distribución pase a tener el monopolio del saber.

Pero el debate energético que nos encontramos es el de alargar la vida útil de las centrales, bajo la amenaza que si o es así aún se encarecerá mas el precio de la luz.

Pues bien. Dejemos las cosas claras. Si lo consiguen, si ahora alargan la vida de las centrales no será necesario ni autoconsumo ni renovables. Incluso será inconveniente: ¿cómo tener renovables que no son compatibles con un modelo con fuerte peso de la nuclear? Es más; continuaran haciéndolo todo para que no haya más potencia renovable para poder así sacar provecho de la potencia instalada, y para poder hacer que los ciclos combinados funcionen más horas. Por supuesto que no habrá modelo cambio de modelo productivo. Ni se generará puestos de trabajo. Ni tendremos las figuras del agregador energético que ya proliferan en otros países. Es posible que al cabo de los años Europa obligue. Y para entonces tendremos que cerrar abruptamente la centrales nucleares. Unas centrales más antiguas, más inseguras, pero que hoy por hoy son la gallina de los huevos de oro para sus titulares, y uno de los motivos por los cuales tenemos un sector energético tan reacio a los cambios que se dan en otras latitudes. Pero las cerraremos con la correspondiente indemnización, multiplicando el negocio de unos pocos y añadiendo hipotecas al conjunto de la sociedad y la economía.

Hoy somos, un país rico, muy rico en sol y viento. Pero pobre, muy pobre, en la voluntad política necesaria para protagonizar un cambio de modelo energético.

La transición energética española empieza en Garoña

Por Hugo Morán – Exdiputado

central nuclear

Aunque a rastras, y Fukushima mediante, en marzo de 2011 el gobierno alemán decidió incorporar a su proceso de transición energética una decisión de gran alcance, cual fue la anticipación de su apagón nuclear al año 2020. Sólo un año antes Angela Merkel había adoptado una decisión que iba justo en el sentido contrario, al prorrogar la vida de las 17 centrales alemanas hasta 2032. Y este cambio de rumbo político decretado en el olimpo de la racionalidad económica, no tardó en ser replicado en términos industriales con el anuncio por parte del gigante Siemens de su abandono del negocio nuclear pocos meses después.

Desde entonces ha venido aflorando, en forma de traspiés empresariales, la oscura verdad de un negocio medioambientalmente inaceptable, socialmente injustificable, técnicamente inestable y económicamente inviable. Y así supimos de la quiebra de Westinghouse, del repliegue de General Electric, o de las serias dificultades de Areva para sostener su actividad.

Ahora es Iberdrola quien emprende ese mismo camino en nuestro país, al dar cuerpo de anuncio oficial a una verdad que muchos habían venido argumentando durante años con escasa fortuna mediática. Ignacio Sánchez Galán, que viene a ser algo así como la energía hecha verbo en versión española, no ha dejado margen a concesión de ningún tipo: “La apertura de Garoña –que lleva cuatro años parada- es económicamente inviable, arrastrando ya varios ejercicios con pérdidas muy cuantiosas”. “En el resto de nuestras centrales nucleares la situación no es muy diferente; como se puede comprobar en las cuentas depositadas en el Registro Mercantil, nuestra filial Iberdrola Generación Nuclear se encuentra en pérdidas debido fundamentalmente a los impuestos y obligaciones que se han ido imponiendo sistemáticamente a esta tecnología en los últimos años”.

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La quiebra del negocio nuclear de Toshiba, otra muestra del fracaso económico de la energía atómica

Por Carlos Bravo – Coordinador del Secretariado Técnico de la Alianza Mar Blava

planta nuclear

Salvo en los medios económicos, apenas ha transcendido que recientemente la corporación japonesa Toshiba ha reconocido una pérdida de más de 6.200 millones de dólares en su negocio nuclear, principalmente en manos de su unidad estadounidense Westinghouse Electric Co. (WEC), que, según informa la prensa, está contemplando declararse en quiebra.

Toshiba está tratando de recaudar fondos para cubrir los miles de millones de dólares en pérdidas en su área nuclear. Los analistas financieros consideran que es muy improbable que Toshiba sea capaz de encontrar algún incauto inversor que quiera comprar una Westinghouse en bancarrota. Eso pone en serio riesgo la viabilidad de los proyectos de centrales nucleares que estaba construyendo en Estados Unidos y China. Tampoco parece factible que encuentre alguna empresa dispuesta a emprender la construcción de las docenas de nuevas centrales nucleares que WEC-Toshiba había planificado y negociado en países como India.

El fiasco económico de Toshiba en su aventura nuclear es de magnitudes históricas. En 2006, Toshiba pagó 5.400 millones de dólares por la compra de Westinghouse, en una apuesta decidida por el futuro de la energía nuclear. Sin embargo, Toshiba ha sido víctima de sus propias mentiras, de la gran mentira del “renacimiento nuclear” que en esos años propagó por todo el mundo, con gran despliegue de medios, la industria nuclear: un renacimiento que nunca llegó. Las declaraciones de su presidente ejecutivo, Sr. Tsunakawa: “Nuestra adquisición de Westinghouse en aquel entonces podría no haber sido la decisión correcta, si consideramos los números de hoy”, darían pie para hacer una crítica mordaz.

Ya en el año 2001, la empresa estatal francesa AREVA, hizo grandes promesas sobre el proyecto del reactor EPR que iba a construir en Finlandia, el llamado Olkiluoto-3. Se aseguró entonces que ese reactor iba a ser construido en un tiempo récord de cuatro años y con un coste de 2.500 M€, y que no se necesitaría recurrir a apoyos estatales ni a subsidios de ningún tipo. Olkiluoto-3 sería el buque insignia del “renacimiento nuclear”. Su construcción empezó ya con retraso, en 2005, pero se afirmó que estaría terminada en 2009. Sin embargo, tan sólo dos años más tarde, en 2007, la propia AREVA anunciaba oficialmente que su terminación se retrasaría hasta 2011, dos años más con respecto a lo inicialmente previsto, por lo que tendría que pagar 2.200 M€ de penalización. En 2017, doce años después de iniciarse su construcción, todavía no está terminado, y se reconoce oficialmente un sobrecoste de más del 300% sobre lo inicialmente presupuestado. Parecida evolución en lo que se refiere a retrasos, sobrecostes y defectos de diseño que afectan a la seguridad, lleva el proyecto de Flamanville-3, en Francia, otro EPR, también de AREVA.

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Garoña, la metamorfosis de una vieja cafetera nuclear

Carlos Bravo – Coordinador del Secretariado Técnico de la Alianza Mar Blava

 central nuclear

Vasija del reactor de la central de Garoña en fase de recarga

Gracias a las maniobras de un Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) cada vez más vendido a los intereses de las grandes empresas eléctricas, la vieja cafetera nuclear que es la central atómica de Santa María de Garoña (Burgos) se ha convertido de facto en un activo financiero de primer orden.

Ya desde sus orígenes, surgido en 1980 de las cenizas de la entonces moribunda Junta de Energía Nuclear franquista, de la cual heredó todos sus vicios y defectos, el CSN ha sido un organismo volcado descaradamente en la defensa de los intereses económicos de los propietarios de las centrales nucleares. La seguridad nuclear y la protección radiológica de las personas y del medio ambiente han quedado siempre en un segundo plano en la gestión del CSN. Su legendaria opacidad, obscurantismo y falta de transparencia hacia el público, ha sido objeto de numerosos editoriales y artículos a lo largo de sus más de 30 años de existencia.

Sonoros escándalos como el de la fuga de partículas radiactivas de Ascó en 2008, que la dirección de la central nuclear pudo ocultar durante meses gracias a la connivencia del CSN y que sólo pudo ser conocido por la opinión pública cuando Greenpeace lo destapó; o el de la degradación del sistema de aguas esenciales de la central nuclear de Vandellós-2, a la que el CSN permitió en 2004/2005 funcionar ocho meses sin las medidas preceptivas de seguridad hasta que, de nuevo, se dio a conocer públicamente por las denuncias de Greenpeace; son sólo algunos de los ejemplos más significativos de la actitud permisiva y condescendiente del CSN con los titulares de las instalaciones nucleares.

La decisión del CSN

La deriva del CSN a posturas cada vez menos independientes y neutrales se ha acrecentado en los últimos años y se ha evidenciado en asuntos tan importantes para la seguridad nuclear como el del proyecto del cementerio nuclear de residuos radiactivos de alta actividad (Almacén Temporal Centralizado, ATC) en la localidad conquense de Villar de Cañas – donde el CSN ha insistido en seguir adelante con la tramitación a pesar de las advertencias de los propios técnicos del CSN sobre la falta de idoneidad del terreno desde el punto de vista hidrogeológico-, o en el del alargamiento de vida de la central nuclear de Garoña.

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Nucleares, ideología y sentido común

Por Hugo Morán – Exdiputado

energía nuclear

Es costumbre inveterada en nuestro país que, tras el advenimiento de cada nuevo ministro de energía, todo sean cábalas respecto a los planes que el recién llegado pueda traer bajo el brazo en relación con la siempre polémica cuestión de la energía nuclear. Y aunque Garoña y su hipotética reconexión es hoy el árbol que nos impide ver el bosque de la prolongación de la  vida de todo el parque más allá de los 40 años, no es menos cierto que la central burgalesa condiciona en buena medida el calendario en la toma de decisiones por parte del Gobierno.

Estábamos así una vez más asistiendo al clásico despliegue argumental “técnico y académico” que precede invariablemente al subsiguiente mensaje político sobre las bondades de la tecnología atómica (económicas, ambientales y sociales): “la oposición a la energía nuclear no atiende a razones lógicas, sino que forma parte de una irracionalidad ideológica al servicio del mero oportunismo”, para a continuación dejar sentado que “el sentido común nos dice que España no puede permitirse el lujo de prescindir de ese 20% de electricidad que generan sus reactores nucleares, así que es imprescindible prolongar las licencias hasta los 60 años”. Cuando inopinadamente Fukushima vino a refrescarnos la memoria, para fastidio de unos y esperanza de otros.

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Los estados ya no compiten por la nuclear sino por las renovables

 

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Joan Herrera – Abogado

Treinta años desde el accidente de Chernóbil, cinco desde el de Fukushima, y aún hoy podemos escuchar aquello de “temer la energía nuclear es como temer un eclipse de sol, no se puede encarar el debate sin apriorismo, el debate nuclear se tiene que hacer sin ideología de por medio”. Frases como estas se han dicho desde todos los rincones, especialmente antes de prorrogar la vida útil de las centrales.

Pero Fukushima, como Harrisburg en 1979, como Chernóbil en 1986 o Tokaimura en 1999, demuestran que un imprevisto puede alterar todas las previsiones. A punto estuvo de pasar en Vandellós en 1989 cuando estuvimos a muy poco de sufrir un grave accidente nuclear. En todos los casos, un imprevisto, en forma de error humano o de circunstancia extraordinaria y no prevista, hizo que la delgada línea roja decidiese entre rozar la tragedia o tocarla con la palma de las manos.

Central nuclear

Y así, por un escenario no previsto, se ha dejado todo un territorio y miles de vidas hipotecadas para centenares de años. Este es el problema de la energía nuclear. Una energía cara –no explican que los costes sólo son asumidos por un privado cuando la administración paga la construcción, el desmantelamiento de la planta, se hace cargo del seguro o se encarga de la gestión de los residuos–; una tecnología que no sabe qué hacer con los residuos peligrosísimos que genera; y, lo que es más grave, una opción que supone asumir riesgos extraordinarios, riesgos absolutos en caso de accidente.

Pero la seguridad es un coste que nadie parece querer tener en cuenta y que no está internalizado en los costes de generación nuclear: costes de los planes e infraestructuras de emergencias, costes de desmantelamiento, costes de gestión de residuos, costes de cultura de seguridad. Frente a ello, la política de los propietarios de las centrales ha sido la optimización de la producción ahorrando costes de gestión, porque las centrales nucleares, una vez amortizadas, como es el caso de España, son una hucha de hacer dinero. En nuestro país, las nucleares se amortizaron ya hace años, primero gracias al mecanismo del Marco Legal Estable antes de la liberalización del sector eléctrico y luego gracias a diversas ayudas del Estado –como los costes de transición a la competencia (CTC)-  y a unos beneficios desorbitados por el perverso sistema de formación marginalista de precios en el pool.

Más allá de incidentes, accidentes e historias para no dormir, hay que decir que la energía nuclear lleva tiempo en situación de freno y marcha atrás. En EEUU, desde 1979 (accidente de Harrisburg) no se ha construido ninguna nueva central y en España, desde 1991, año en el que el Ministro Claudio Aranzadi terminó con la moratoria nuclear, nadie ha querido hacer ninguna otra nueva. Esta tendencia también se constata en el análisis de los 15 últimos años. En este período, el 56,2% de la nueva capacidad eléctrica instalada corresponde a las fuentes renovables (y el 29,4% a la eólica). A lo largo de estos 15 años, desde el 2000, el balance de incrementos y descensos de capacidad arroja este saldo: la eólica gana 116.759 MW; el gas 101.277 MW y la fotovoltaica 86.926 MW. Por el contrario, en el furgón de cola están el fuel oil (que pierde 25.293 MW), el carbón (se reduce en 24.745 MW) y la energía nuclear (baja 13.190 MW). Y cuando se pregunta por qué Estados Unidos lleva tres décadas sin nueva inversión nuclear, la respuesta que dan los economistas americanos es su elevado coste y la necesidad de fuertes ayudas públicas para las nuevas centrales.

Los estados no compiten por la nuclear sino por las renovables y esa es la clave de fondo en la competencia económica entre EEUU y China que, no por casualidad, son ya las primeras potencias del mundo en tecnologías limpias, después de haber desbancado a la Unión Europea en ese liderazgo.

El modelo energético mundial está cambiando hacia lo que Jeremy Rifkin define como “Tercera Revolución Industrial” a través de las energías renovables. Y la clave que determina que el modelo sea nuevo o reproduzca los errores de los modelos existentes es si es un modelo de generación distribuida, en manos de más gente, más democrático y con menos pérdidas.

Y mientras esto pasa, en España no somos capaces de encarar un debate sobre el futuro de la energía nuclear, mientras la industria va ganando sus absurdos pulsos a la sociedad. Entre ellos las prórrogas a la central de Garoña, una central ruinosa y cuyas mejoras no le van a salir nada a cuenta al propietario, pero que sirven al conjunto de las centrales nucleares para mantener la expectativa de que plantas que deberían cerrar continúen en funcionamiento.

Lejos de esa realidad, encarar el debate de cómo afrontar el cierre de las plantas abriría la oportunidad de afrontar también el debate energético. Para España las consecuencias de un parón nuclear pueden ser positivas debido al exceso de generación en el sistema, muy superior a los 7.000 MW nucleares. Esa sobrecapacidad permitiría elevar mucho más los objetivos de renovables en generación distribuida para mejorar los malos ratios de dependencia energética y de eficiencia energética. Se trata de hacer lo que han hecho otros. Una vez las plantas están amortizadas, lo que ganan de más debe servir no para repartir dividendos entre accionistas, sino para invertir en renovables, eficiencia y alternativas económicas en los entornos de las plantas. Se trata pues de hacer de un problema, el cierre de las plantas, una oportunidad: la oportunidad de avanzar hacia un sistema energético menos dependiente del exterior, que incentive el ahorro de energía y la reducción de las emisiones de CO2.

Las renovables constituyen el cambio tecnológico más importante del siglo XXI por su rápida maduración, por ser la fuente de aplicación más rápida y más eficaz para reducir las importaciones de petróleo y las emisiones de CO2 y porque son un instrumento de innovación tecnológica imprescindible para cambiar nuestro patrón de crecimiento y crear empleo.

Tenemos de nuevo nuevas elecciones y estas serían una magnífica oportunidad para que cada uno de los actores políticos se comprometiese con un horizonte sin nucleares. Deberíamos romper la hucha que representan las nucleares para las eléctricas y con ello aplicar la ética de la energía que consiste, sencillamente, en no derivar los problemas a las futuras generaciones.

  • Imagen: Blatant World

Un Consejo de Seguridad Nuclear de república bananera

carlosbravomini

Carlos Bravo – Director de la Fundación Renovables 

No creo que en ningún país del mundo que se precie de ser una verdadera democracia pueda pasar lo que está ocurriendo en España con el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN).

El desprecio reiterado, la burla, del Presidente del CSN Fernando Martí Scharfhausen hacia el Congreso de los Diputados, amparándose en ridículas excusas y penosas maniobras y tejemanejes para evitar comparecer ante las Cortes Generales (que, recordemos, son la más alta representación del pueblo español) ha llegado ya a lo esperpéntico, y, junto con otras lamentables acciones del CSN en los últimos meses, ha devaluado la categoría de este organismo a la de una república bananera.

La Ley 15/1980, de 22 de abril, de creación del Consejo de Seguridad Nuclear, obliga al Presidente del CSN a mantener puntualmente informado al Congreso de los Diputados y al Senado. Sin embargo, el señor Martí no comparece ante las Cortes Generales desde diciembre de 2014, a pesar de haber sido solicitada su comparecencia en varias ocasiones por parte de la Comisión de Industria, Energía y Turismo del Congreso para explicar su gestión.

JavierLeiva

La aversión del Señor Martí Scharfhausen a dar cuenta de sus actuaciones, su desprecio a su obligación de transparencia hacia el público, va incluso más allá del habitual oscurantismo del que lleva haciendo gala el CSN desde su creación en 1980. De hecho, el secretismo es algo consustancial a la industria nuclear. Esta industria, que, pese a accidentes como Fukushima, Chernóbil, Harrisburg, Vandellós-1, y otros muchos, insiste aún en presentarse a sí misma como segura, no puede reconocer al tiempo la intrínseca peligrosidad de su tecnología, pues su única prioridad es mantener su negocio, sea como sea.

En consecuencia, la industria nuclear (donde se insertan las grandes compañías eléctricas que operan centrales nucleares) hace todo lo posible por ocultar a la opinión pública sus continuos problemas de seguridad, y en algunos países, como en España, cuenta  para ello, lamentablemente con la ayuda del órgano regulador, el CSN, el cual, en teoría, debería ser independiente tanto con respecto a la industria nuclear (a la que se supone debe regular y controlar) como del Gobierno de turno. De acuerdo con nuestra normativa, sólo las Cortes Generales pueden ejercer control sobre el CSN.

En los últimos meses hemos sido testigos de los intentos del Presidente del CSN, y de la mayoría de los Consejeros (salvo la honrosa excepción de la consejera Cristina Narbona), de autorizar la operación por 17 años más de la obsoleta central nuclear de Garoña (gemela del siniestrado reactor 1 de Fukushima) saltándose sus propios procedimientos internos, o de tratar de sacar adelante el proyecto del cementerio nuclear de residuos radiactivos de alta actividad (ATC) en Villar de Cañas (Cuenca) a pesar de las advertencias de los propios técnicos del CSN sobre la falta de idoneidad del terreno desde el punto de vista hidrogeológico.

La opacidad con la que se ha llevado a cabo el proceso de evaluación de la solicitud de emplazamiento del ATC obligó a la ONG ‘Transparencia Internacional’ a tener que acudir al Consejo de Transparencia y Buen Gobierno para que se obligara al CSN a hacer públicos una serie de documentos clave sobre este proceso, como finalmente ha sucedido tras Resolución de citado organismo. 

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¿Es la energía nuclear un tema para el futuro nuevo gobierno de España?

Mercedes

Mercedes Pardo – Directora del Grupo de Investigación Sociología del

Cambio Climático y Desarrollo Sostenible, de la Universidad Carlos III 

 

El ambiente caliente sobre el futuro gobierno de España es probable que haya mejorado el homo politicus, en la medida que ha desencadenado discusiones políticas en virtualmente todos los segmentos sociales que componen la ciudadanía. Más dudoso es si dichos debates han permitido profundizar en los temas relevantes. Uno de ellos es la energía, que, aunque está de alguna manera en los programas políticos, ni tan siquiera ha salido a la palestra de los debates públicos.

Rodrigo Gomenz Sanz

Y, sin embargo, no es baladí recordar que la energía es un área clave de las sociedades, ya que la política energética atraviesa la totalidad de los patrones de la cultura. El modelo energético, es decir el tipo de energía por el que se opta, el cómo se produce, dónde, para qué se produce y para quién, determinan hoy más que nunca el tipo de sociedad (en este caso la Sociedad del Petróleo, con el apoyo de la energía nuclear), y de ahí la importancia del tema, que supera ampliamente los meros aspectos técnicos. Los problemas de la energía solamente pueden ser entendidos -y por tanto resueltos- en términos de las interacciones de los factores tecnológicos, medioambientales, económicos y sociopolíticos.

Centrándonos en el tema propuesto, la energía nuclear, recordemos su corta pero intensa historia: su utilización por la industria militar en forma de bombas en 1945; el optimismo de su uso masivo para la producción de electricidad en el mundo a partir de los años 60; los accidentes nucleares de Three Mile Island en Estados Unidos y de Chernóbil en la actual Ucrania; el reciente accidente de Fukushima en Japón; la construcción de nuevas plantas en países en vías de desarrollo y las moratorias o cierre nuclear en muchos países de Europa.

De todos los tipos de energía, la nuclear ha suscitado desde sus comienzos -1955, Russell y Einstein-, una fuerte controversia científica, política y social. Los estudios de análisis de opinión llevados a cabo muestran que se ha mantenido el rechazo a la energía nuclear por una parte significativa de la población de los países económicamente desarrollados, con alguna excepción (Francia, por ejemplo, hasta recientemente). De poco han servido los argumentos esgrimidos de que los accidentes han sido casos aislados, de que la tecnología moderna ha disminuido los riesgos, de que es una energía más barata…

El cambio climático está dando oportunidad a una nueva narrativa para que los partidarios de la energía nuclear pasen de la defensiva a la ofensiva, con el argumentario sobre la no emisión de Gases de Efecto Invernadero.

Como se ve, la centralidad del tema de la energía nuclear sigue vigente, aunque, en Europa y Norteamérica lo que realmente está en juego no es tanto la construcción de nuevas centrales nucleares (muy caras si no están subvencionadas y con una conflictividad social asegurada) como la ampliación del plazo de vida de las plantas actuales.

A pesar de ello, en contraste con Alemania, en España, como decíamos, la energía nuclear no ha aparecido en la enconada controversia política que se está produciendo. Dicha centralidad en Alemania ha sido tal, que llevó en 2011 a la coalición centro-derecha que preside Angela Merkel a decidir la desconexión de todas las centrales nucleares del país antes del 2022.

La opinión favorable/desfavorable sobre la energía nuclear históricamente se ha correspondido políticamente, grosso modo, con izquierda/derecha. Pero la combinación de una sociedad con una fuerte conciencia ecológica, el accidente de la central de Fukushima y unas elecciones próximas terminaron con esa dicotomía.

Entonces cabría preguntarse ¿por qué ni Fukushima ni las elecciones otorgan a la energía nuclear en España un papel, ya no protagonista como ha ocurrido en Alemania, sino, al menos, entre los relevantes? Dejando aparte la alternativa ya real de las energías renovables, que, en cualquier caso, sería un argumento válido para ambos países, la respuesta está en las diferencias entre ambas sociedades. Alemania, con una larga historia desde finales de los 60 de movimiento ecologista y pacifista organizado, con fuerza numérica y programática hasta el punto de llegar a formar parte del gobierno federal, con una fuerte potencia económica y de liderazgo político en Europa. En España, aunque el movimiento antinuclear fue uno de los pilares del incipiente movimiento ecologista, concretamente de su corriente más eco política, de manera que llegaron a producirse movilizaciones muy notables (contra la central de Valdecaballeros, en Badajoz, por ejemplo) lo cierto es que la sociedad civil organizada es mucho más débil, el desarrollo económico y social ya en democracia se preocupaba de cuestiones básicas como el sistema de bienestar social y de libertades políticas y derechos civiles, y, en última instancia, de la europeización (sin política propia) medioambiental.

Es la diferencia entre una sociedad que tiene “resueltas” sus necesidades materiales cuantitativas y a lo que aspira entonces es a conseguir sus necesidades post-materiales cualitativas (calidad de vida y sin riesgos -como el nuclear, por ejemplo-) y una sociedad que todavía está en un estadio anterior (desde una perspectiva evolucionista optimista) de resolver sus necesidades materiales cuantitativas como puede ser el empleo.

A pesar de ello, los análisis de opinión pública de España dan resultados similares a los países de nuestro entorno de rechazo de la energía nuclear, aunque probablemente eso no se llegue todavía a materializar en un voto político, por razones que quedan para explicar en otro trabajo. De ahí la falta de centralidad de la energía nuclear en el debate político español actual.

En suma, de lo que estamos hablando es de la base social necesaria para cualquier política, de cómo es la sociedad, de cuáles son las barreras, pero también de las oportunidades para el cambio social hacia un nuevo modelo energético emergente, del cual Alemania está dando muchos ejemplos.

  • Imagen: Rodrigo Gómez Sanz

 

 

 

Los jóvenes y el planeta, ¿en qué nos estamos equivocando?

Juan Castro – GilSecretario y abogado de ANPIERjuancastromini

Recientemente, he tenido la oportunidad de convivir unos días en Dublín con un grupo de prometedores jóvenes de diferentes países. Como no podía ser de otra manera conmigo, acabamos hablando de medio ambiente y energía. Tras un debate interesante, mi corazón de españolito se volvió al terruño con un sabor agridulce: ¿cómo muchachos tan preparados pueden estar tan alejados del “problemón” que el futuro les depara?

Ocultando la contaminación

Heesu, Rintaro y Shota, tres encantadores japoneses, apenas conocen la delirante situación que ha provocado Fukushima en sus vidas. En nuestras vidas. Ninguno (salvo Henda, seguramente por ser parisina) conocía realmente la existencia de la Cumbre Mundial sobre Cambio Climático celebrada hace semanas en París, probablemente la convención internacional más importante para nuestras vidas de la historia reciente. Ni Salvatore por Italia, ni Baron por Turquía, comprendían realmente por qué en sus países ahora no se apoyaba demasiado a las renovables, pero lo que realmente me pareció impactante es que fuese una cuestión que no les parecía preocupar demasiado. Hasta Guillermo, el único español, parecía cuestionarse si las energías renovables no serían demasiado caras todavía. Solo Gustavo, se lamentaba realmente de que en Brasil no se promoviera la energía solar, teniendo suficiente sol como para acabar con buena parte de los problemas de su país.

¿Cómo es posible que estemos caminando sobre el borde de un precipicio y los debates realmente intensos sean sobre Messi y Cristiano Ronaldo? ¿Cómo no hemos sido capaces de explicarles a las nuevas generaciones que en todos nuestros ríos había peces hasta hace poco tiempo? ¿Dónde hemos puesto el foco de nuestras enseñanzas para que algunos puedan seguir pensando que la energía nuclear es  “barata”? ¿En qué momento hemos permitido que los jóvenes reconozcan la naturaleza en la pantalla de su móvil y no en un árbol o en un pájaro?

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