Archivo de la categoría ‘Cambio climático’

Un 2020 a la sombra del hidrógeno

Durante este 2020, y más allá de todo lo relacionado con la crisis sanitaria a causa de la Covid 19, hemos observado como diferentes tecnologías de generación de electricidad basadas en fuentes de energía renovable han competido, en el término amplio de la palabra, por captar la atención mediática, las inversiones, la seguridad regulatoria, las estrategias a futuro y, lo más importante, los fondos de recuperación Next Generation de la UE. Más allá de las tecnologías más maduras y baratas, como la eólica y la solar, que han ido batiendo récord mes tras mes; ha asomado la cabeza un actor más allá de la generación, olfateando el rastro del fondo de la UE y de sus negociaciones, que no esperábamos hasta dentro de unos años, el hidrógeno. Eso sí, multicolor, por mucho que el único capaz de reducir las emisiones, dentro de los objetivos adquiridos por España, sea el hidrógeno verde al ser producido con renovables.

Este nuevo vector energético nos ha hecho obviar los hitos de las energías renovables en nuestro país. Si miramos al sistema eléctrico, el pasado lunes 20 de diciembre a las 14:28 horas, según datos de Red Eléctrica de España, la generación eólica alcanzó los 19.588 MW de potencia instantánea con esta tecnología, lo que supone un aumento del 3,76% respecto al anterior máximo de 18.879 MW, registrado hace poco más de un año, el 12 de diciembre de 2019. Esto se traduce en que el 83% de la demanda registrada en el sistema eléctrico peninsular, en ese determinado momento, se ha cubierto con energía de origen renovable. Una cifra nunca vista, a la cual nos tendremos que ir acostumbrando en nuestro camino al sistema eléctrico 100% renovable.

Sin embargo, el 2020 ha sido el año del hidrógeno, una verdadera fiebre, y todo lo no circunscrito a esta incipiente tecnología ha quedado bajo su alargada sombra. El gobierno de España ha realizado, a través de su Hoja de Ruta del Hidrógeno: una apuesta por el hidrógeno renovable, un envite para liderar su investigación, desarrollo y promoción, queriendo convertirnos en un Hub del Hidrógeno. Esta incluye diversos objetivos nacionales de implantación del hidrógeno renovable a 2030, incluyendo 4 GW de potencia instalada de electrolizadores, un mínimo del 25% del consumo de hidrógeno por la industria deberá ser renovable e implantación de hidrogeneras, trenes y vehículos de transporte pesado. Toda una hazaña, la cual necesitará inversión. Y mucha, sobre todo por parte de aquellos que tenían prácticamente un pie fuera, como es el caso de las compañías de hidrocarburos.

Por ejemplo, Enagás, con 12 proyectos de hidrógeno a desarrollar en el periodo 2021-2023, podría movilizar unos 1.500 millones de euros de inversión; Repsol también ha movido ficha, prevé realizar inversiones por entre 2.200 y 2.900 millones de euros en el periodo 2021-2026 vinculadas a proyectos de la cadena de valor. No solo las petroleras y gasistas se han unido a la fiebre desmesurada del hidrógeno, bien sea para reconvertir la infraestructura de transporte ya sobredimensionada o por dar un valor sostenible a la marca; también alguna que otra gran compañía eléctrica. Este es el caso de Iberdrola, con la proyección de 800 MW de hidrógeno verde y una inversión de 1.800 millones de euros en los próximos siete años. Un negocio muy suculento, con todo el camino por hacer, aunque ya se habían empezado a mover por otro lado.

Como reveló un análisis elaborado por la entidad Corporate Europe Observatory (CEO), el lobby del hidrógeno, cuyos principales actores son las empresas de gas fósil, ha declarado un gasto anual de 58,6 millones de euros para intentar influir en la formulación de políticas de Bruselas. Y vaya si lo consiguieron, pero, además, con los fondos de recuperación Next Generation de la UE de por medio, redoblaron esfuerzos. Estamos hablando, para España, de 66.300 millones de euros en préstamos y 59.000 en ayudas (672 500 millones de euros para toda la UE) que se emitirán periódicamente a través de los proyectos que presenten las Comunidades Autónomas, para impulsar nuestra recuperación que debería estar basada en una transición verde, digital y justa. Sin embargo, la industria del gas, ahora en jaque por el abaratamiento del coste de las baterías de almacenamiento, quiere mantener la puerta abierta en este fondo para proyectos de gas. Así, los líderes de la UE recibieron cartas y diferentes reuniones en sus despachos de más de 50 empresarios de la industria (incluidos BP, Enagas, Fluxys, Total, Repsol, Eurogas, Gasnaturally , IOGP y Gas Infraestructure Europe) para respaldar herramientas políticas ambiciosas y pragmáticas que permitirán la ampliación de todas las opciones de descarbonización que serán necesarias para lograr la neutralidad de carbono para 2050, incluidos los gases naturales y renovables. Por esta razón, tanto el hidrógeno azul (gas) como el verde (agua+renovables) han recibido el visto bueno para recibir dinero del Fondo de Recuperación y Resiliencia, señalados como una salida “limpia” de la crisis. Un traspié que nos puede salir muy caro, sobre todo a los consumidores, es decir, a los que siempre pagamos los errores de las políticas energéticas.

Toda esta fiebre por el hidrógeno ha postergado a otras alternativas ya maduras, desarrolladas y rentables, como es el caso del almacenamiento en baterías, las renovables, la electrificación de los diferentes sectores, la gestión de la demanda y la eficiencia energética. Por si estas razones no fueran suficientes, se echa en falta algo muy significativo, como marcan las Directivas Europeas. Nada menos que el papel activo del ciudadano, siendo el centro sobre el que gire el cambio de modelo energético.

¿Dónde queda la ciudadanía en los planes del hidrógeno? La respuesta es tan sencilla como aterradora, en un tercer plano. Esto choca frontalmente con la idea de desarrollar la capacidad de que el ciudadano pueda producir, consumir, compartir, almacenar y vender electricidad generada a partir de energía renovable, y que participen todo tipo de entidades que estén ubicadas cerca de los proyectos de energía o desarrollen actividades relacionadas con sus respectivos proyectos energéticos. Además, según un reciente estudio, el autoconsumo fotovoltaico en azoteas tiene un potencial abrumador que tenemos que empezar a explotar, ya que los cálculos realizados sitúan el potencial en 8.300 TWh al año. Para hacerse una idea de lo que significa esto, es aproximadamente 1,5 veces la demanda mundial de electricidad residencial de 2015. Este debería de ser uno de los focos principales para los proyectos que opten los fondos de la UE por sus características y beneficios, como ya expusimos desde la Fundación Renovables, entre los que destacan: ser sostenibles, viables a corto plazo, replicables, distribuidos, repercute en la pequeña empresa, inclusivo y favorece a la ciudadanía.

No obstante, no solo se deberían destinar a financiar o incentivar proyectos de autoconsumo, sino todo lo que opere sobre la demanda, renunciando a que el sistema se base exclusivamente en la oferta, y permita su gestión inteligente aumentando la capacidad de energía flexible por parte del ciudadano (agregadores de demanda, contadores inteligentes, domótica, desplazamiento de cargas, almacenamiento, carga del vehículo eléctrico, etc.). Así mismo, no podemos olvidar la aceleración hacia la consecución de los objetivos de reducción de emisiones de GEI (como el 55% de la UE para 2030), que nos permita no superar la barrera de los 1,5ºC de aumento de temperatura media global antes de 2050. Es necesario potenciar la rehabilitación energética de edificios, la generación distribuida, la movilidad sostenible y descarbonización del transporte, aumentar la eficiencia energética del equipamiento, la digitalización, los planes de desarrollo industrial e I+D+i; para todo ello, el fondo supondría un empujón definitivo para avanzar hacia la consecución de una sociedad más justa, equitativa en oportunidades y sostenible mediambientalmente.

Por tanto, el modelo propuesto que sobredimensiona el hidrógeno sólo profundizará en la dependencia de la importación de fuentes de energía de fuera de las fronteras europeas, ya sea gas fósil en el caso de España, además de acarrear una deuda futura que la pagaremos entre todos. En cambio, tenemos la oportunidad de empezar a generar diversas herramientas, medidas y soluciones fundamentales para que la transición energética sea abanderada por los que deben ser los principales beneficiarios de esta, la propia ciudadanía.

Ismael Morales – Responsable de Comunicación de la Fundación Renovables

 

Ley de Cambio Climático, un cauce verde para la lluvia de millones

Están siendo semanas frenéticas, como si las prisas por hacer las cosas bien por fin hubieran llegado, o, más bien, porque mañana, jueves 15 de octubre, comienza el periodo para presentar las iniciativas de recuperación para los fondos Next Generation de la Unión Europea. Es un sprint en toda regla y, no es para menos. Estamos hablando de 72.700 millones de euros en transferencias, esto es, para entendernos, el equivalente al 5,5% del PIB español, que se concentra en 2021-23 para recuperar la economía española. Los números nublan la vista. Una lluvia de millones que hay que evitar que caigan en los cauces del pasado, aquellos que nos llevarían a una falta de competitividad industrial y de innovación tecnológica, unos mantras que parece que nos cuesta asumir como sociedad. Nunca es tarde para ello.

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Brilla con Luz Propia

 

Las evidencias científicas sobre el colapso de nuestra sociedad el cambio climático cada día son más apabullantes. Los pronósticos de hace más de tres décadas, ya son una realidad. En la actualidad nos enfrentamos a la gran amenaza que supone el avance de la crisis climática y la económica, que justo acaba de comenzar. Las emisiones de gases de efecto invernadero aumentan sin parar, día tras día.

Hoy se evidencia, a todas luces, la urgente necesidad de un nuevo sistema socioeconómico ecológico y sostenible, permitiendo garantizar un futuro de calidad a nuestras próximas generaciones. Las crisis conllevan tiempos de adversidades, pero siempre tienen una luz de cambio en ellas, la cual tenemos que saber aprovechar.

La Fundación Renovables es un think tank de energía independiente que, formados por y para personas desde hace 10 años, tiene como objetivo fundamental la creación de políticas transformadoras y sensibilizar a la sociedad sobre la necesidad de llevar a cabo un cambio de modelo energético basado en el ahorro, la eficiencia y las renovables como principios fundamentales.

Son muchos los motivos que nos llevan a impulsar ese cambio. Son muchas las personas que necesitan este cambio. Son muchos años los que hemos luchado por este cambio. Son los colectivos más vulnerables los que necesitan este cambio. Son pocos los años que nos quedan para actuar y mantener la temperatura media global por debajo del incremento de 1,5º antes de 2050. Las soluciones existen. Es ahora o nunca.

Por estas múltiples razones, hemos creado una campaña personal, positiva, sencilla y directa que inspire a las personas a tener un papel activo y central, siendo ellos la pieza clave en la transición energética que ya estamos viviendo:
Hoy presentamos nuestra nueva imagen corporativa y este concepto, basándonos en la naturaleza de la cual venimos y formamos parte. Si observamos a las luciérnagas, vemos todos los elementos que necesitamos para que nuestro mensaje llegue mejor y más lejos. Son la ejemplificación perfecta de cómo producir nuestra energía de manera independiente y quizá, también, de encontrar la luz en la oscuridad actual.

La idea es desbordar nuestros canales de audiencia tradicional para que todo el mundo sea partícipe del futuro que está por venir. Para conseguirlo, es necesario que las diferentes administraciones rehagan sus políticas, hacia regulaciones más restrictivas con los combustibles fósiles y más permisivas con la participación pública.

Esta campaña no es más que un toque de atención a la actuación, necesitando las herramientas adecuadas para llevar a cabo dichas acciones. El objetivo es contribuir con nuestro propósito para concienciar a la mayor parte de la sociedad. Ahora tú eres el cambio, #brillaconluzpropia

Ismael Morales – Responsable de Comunicación de la Fundación Renovables

El gas fósil no es limpio

Yo comprendo que las empresas de Oil & Gas quieran vender gas. Gas natural, ya sea comprimido (GNC) o licuado (GNL), y gas licuado de petróleo (GLP). Por otro lado, también comprendo que los fabricantes de coches que cogieron el atajo del gas porque consideran que favorece una movilidad sin emisiones, quieran vender los coches a gas que se amontonan en sus concesionarios.

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¿Malgastar dinero público para comprar coches contaminantes?

En la Unión Europea, y también en España, se han alzado en las últimas semanas numerosas voces del mundo de la empresa, de la ciencia, de la cultura, de la política y de la sociedad civil para reclamar que la salida de la crisis del Covid-19 se base en una recuperación económica verde y limpia, que ponga el Pacto Verde Europeo, el Acuerdo de París y la Agenda 2030 de las Naciones Unidas como pilares de un futuro sostenible, competitivo e innovador que permita hacer frente, de forma inteligente y eficaz, a la emergencia climática.

Ante la necesidad de reactivar una economía maltrecha por el coronavirus, la Unión Europea y muchos gobiernos nacionales están planteándose poner en marcha importantes paquetes de medidas de ayuda pública para estimular el mercado. El problema subyace en que, a causa de las fuertes presiones de ciertos lobbies industriales, los gobiernos hagan un uso ineficaz e irresponsable del dinero de los ciudadanos destinándolo a tecnologías contaminantes y peligrosas para la salud pública y el medio ambiente.

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Gobernabilidad global para alcanzar la sostenibilidad global

En anteriores artículos, publicados en este blog la semana pasada, analizaba tanto la posición de Europa ante la post pandemia como las condiciones en las que España afronta la salida de esta crisis, pero, en esta ocasión, quiero comentar el escenario en el ámbito más amplio, el del conjunto de nuestro planeta con sus carencias organizativas.

Estamos ante una globalización desgobernada, como ya denunció Kofi Anam al dejar, a finales de 2004, la Secretaría General de Naciones Unidas (ONU). Esta globalización es deficitaria en tres elementos básicos: a) estrategias globales comunes (lo más desarrollado son Convenios Globales, aunque insuficientes); b) capacidades comunes (lo más cercano a un Gobierno Global es ahora el G20 ); y, sobre todo, c) responsabilidades comunes, que se ejercerían, necesariamente, en una economía de mercado mediante impuestos  globales, como la tantas veces invocada Tasa Tobin a las transacciones financieras, el impuesto al  CO2 que parecía más cercano a hacerse realidad o, por último, el más restringido al keroseno de aviación que ni siquiera fue posible a nivel de la Unión Europea.

Estas anomalías se ponen de manifiesto en la crisis actual en la que un país como Estados Unidos se puede permitir no solo desautorizar a la Organización Mundial de la Salud (OMS), sino, también, incapacitarla con solo retirarle su aportación económica. Si la capacidad de gestión e intervención de un organismo se mide finalmente por el tamaño de su presupuesto y la predictibilidad de este, la de Naciones Unidas, y con ella la de la OMS, no podría ser más limitada.

La Gobernabilidad global, clave para la Sostenibilidad del planeta, parece que solo tendrá visos de realidad si se plantean medidas disruptivas como los impuestos globales ya mencionados. A ellos habría que añadir, a la hora de reforzar los distintos nodos de la red global (en particular los de los países en vías de desarrollo), el de una renta global de subsistencia cubierta por las recaudaciones impositivas citadas, de tal forma que se destinara a cooperación internacional más del 0,7% de la riqueza global, del PIB mundial, de forma predecible, como se acordó en 1992 en la Cumbre de Río, porcentaje cada vez más lejano por pequeño que parezca.

Disponer de recursos predecibles facilitaría una recuperación de los nodos más débiles de la red global, diversificar su economía, especializada ahora en suministros baratos para países desarrollados, y gestionar sosteniblemente sus recursos con una mayor “autosuficiencia conectada” que, también, podría romper la dependencia de esos suministros baratos, en particular productos sanitarios clave, de los nodos más fuertes, aunque también vulnerables. La red se convertiría en una red de cooperación entre nodos más sostenibles y resilientes reforzados todos ellos por su “autosuficiencia conectada”, aunque “diferenciada”.

Y en este caso, el recurso a la energía sostenible como vector de cambio verdaderamente disruptivo, con la posibilidad de un progreso rápido hacia la autosuficiencia energética conectada a todos los niveles, al contar con recursos predecibles, acercaría sensiblemente el Objetivo 7 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. Este paso, además, facilitaría sustancialmente el resto de los ODS como señala la ONU:

La energía es fundamental para casi todos los grandes desafíos y oportunidades a los que hace frente el mundo actualmente. Ya sea para el empleo, la seguridad, el cambio climático, la producción de alimentos o para aumentar los ingresos. El acceso universal a la energía es esencial.

Trabajar para alcanzar las metas de este objetivo es especialmente importante ya que afecta directamente a la consecución de otros objetivos de desarrollo sostenible. Es vital apoyar nuevas iniciativas económicas y laborales que aseguren el acceso universal a los servicios de energía modernos, que mejoren el rendimiento energético y aumenten el uso de fuentes renovables para crear comunidades más sostenibles e inclusivas y para la resiliencia ante problemas ambientales como el cambio climático.

Esta sí que sería una nueva normalidad a nivel global, pasando de la mal llamada “aldea global” a reconocer, o poder recrear, “el globo en cada aldea”, manteniendo sus especificidades.

Crisis del coronavirus vs emergencia climática ¿Se utiliza la ciencia con un doble rasero según interesa?

La lucha contra la nueva enfermedad Covid-19 ha forzado a tomar medidas drásticas, en España y en muchos otros países, para tratar de ralentizar su expansión y minimizar su impacto en la salud pública, medidas que, a su vez, no han podido evitar generar un importante problema económico.

Ante la gravedad sanitaria de la pandemia, todos hemos tenido que aceptar, con mayor o menor resignación y con un grado variable de sufrimiento, las medidas de confinamiento, pese a que éstas han limitado significativamente nuestra libertad de movimiento y de reunión y han perjudicado la actividad de muchos sectores económicos.

La aceptación de todas estas limitaciones y perjuicios ha sido posible porque, en primer lugar, nuestra salud estaba en peligro y, en segundo lugar, porque las medidas adoptadas por los gobiernos estaban basadas en criterios científicos, como han reiterado los responsables políticos de la inmensa mayoría de los países. La canciller de Alemania, Angela Merkel, uno de los países que ha manejado de forma más eficaz la crisis del coronavirus, ha sido alabada internacionalmente por el rigor científico de su política frente a la pandemia.

En España, el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha repetido hasta la saciedad que la declaración del estado de alarma está basada en argumentos científicos. Así, por ejemplo, dijo: “Superaremos esta emergencia amparándonos en el consejo de la ciencia y apoyándonos en todos los recursos del Estado” (Declaración institucional del presidente del Gobierno anunciando el Estado de Alarma en la crisis del coronavirus, La Moncloa, 13 de marzo de 2020).

O también: “La decisión política la tomo yo, el mando único, las autoridades delegadas, pero las tomamos en base a criterios de la ciencia, de los expertos y no a criterios políticos, no a criterios de otra índole, a criterios de la ciencia. (….)”(Conferencia de prensa del presidente del Gobierno tras la reunión de la Conferencia de presidentes autonómicos. 12 de abril de 2020).

Es decir, los gobiernos sensatos, basándose en la ciencia, han tomado de forma rápida medidas de gran calado en aras de nuestra salud. En ese caso ¿por qué no hacen lo mismo para hacer frente a la emergencia climática?

El cambio climático sigue siendo el principal riesgo para el planeta y para la Humanidad, tanto en términos de salud como económicos, como lo era antes de la irrupción del coronavirus y lo será después de que hayamos superado la pandemia.

Imagen cedida por cortesía de John Farmer, publicada originalmente en The Mercury (Tasmania, Australia)

El Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC, en sus siglas inglesas), el organismo científico de referencia y autoridad internacionalmente aceptada sobre esta materia lleva años advirtiendo de la catástrofe que nos espera si no tomamos, de forma decida y con urgencia, medidas al respecto. Ya en 2018, presentó un informe, y no ha sido el último, en el que se concluía que para limitar el calentamiento global a 1,5 ºC se requerirían “cambios rápidos, de amplio alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”, en nuestros sistemas energéticos, modelos industriales, agrícola-ganaderos y de transporte, planificación de las ciudades, etc.

No acotar el calentamiento por debajo del límite de 1,5 ºC (tal y como fijó como objetivo más ambicioso el Acuerdo de París) intensificaría los impactos climáticos: olas de calor, deshielos, subida del nivel del mar y otros fenómenos climáticos extremos. Al ritmo actual, si no se actúa drásticamente, ese límite podría llegar a alcanzarse incluso en el 2030. El planeta ya sufre un calentamiento de 1,1 °C y ello ya ha provocado efectos devastadores en diferentes partes del planeta.

En la misma línea, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), las emisiones mundiales de Gases de Efecto Invernadero deberían bajar un 7,6% cada año, entre 2020 y 2030, para que la humanidad estuviera en camino de contener el aumento de las temperaturas en 1,5°C. Es decir, los países deben aumentar su ambición climática más de cinco veces respecto a sus esfuerzos actuales, para alcanzar la meta de los 1,5 ºC.

Dice el PNUMA: “Los gobiernos no pueden darse el lujo de esperar. Las personas y las familias no pueden darse el lujo de esperar. Las economías deben tomar el camino de la descarbonización ahora. Todavía tenemos la oportunidad de frenar el calentamiento global en 1,5 °C. De acuerdo con los científicos, este nivel de calentamiento es el que está asociado a los efectos menos devastadores. Cada fracción de calentamiento adicional a 1,5 °C resultará en impactos cada vez más severos y costosos.”

La pandemia provocada por el coronavirus ha generado una crisis sanitaria dentro de otra crisis también de carácter global, la climática, que también pone en riesgo nuestra supervivencia además de, lo que es aún más grave, la de cientos de miles de otras especies animales y vegetales en todo el planeta.

Pero, a diferencia del Covid-19, los científicos y técnicos hace años que nos han proporcionado la “vacuna” para hacer frente a la emergencia climática en todos los campos de nuestra actividad económica (eficiencia energética, energías renovables, tecnologías y sistemas de movilidad sostenible, agricultura ecológica, etc.). Lo único que hace falta es tener voluntad política para, fundamentándose en la ciencia, adoptar medidas urgentes y de gran alcance ante la crisis climática.

Estamos en un momento crucial. Ahora, al tiempo que vamos saliendo de la crisis sanitaria, tenemos que poner en marcha medidas de recuperación económica basadas en criterios que nos permitan hacer frente, de forma eficaz y justa a la vez, a esta crisis y a la climática.

Esa recuperación económica verde debe ser coherente con los compromisos internacionales adquiridos por la Unión Europea (UE) y el propio Estado español de lograr la neutralidad climática, a más tardar, en el año 2050, lo que nos obliga a tener un sector energético profundamente descarbonizado. En este contexto, no basta sólo con fomentar las energías limpias, sino que hay que aplicar todo tipo de medidas, económicas y legales, para abandonar, cuanto antes, el uso de los combustibles fósiles, que son los principales causantes del cambio climático.

La UE y los gobiernos nacionales se están preparando para gastar muchos cientos de miles de millones de euros de dinero de los contribuyentes para relanzar la economía. Como se expresa en un manifiesto recientemente impulsado por medio centenar de organizaciones europeas, los legisladores deberían intensificar e implementar las leyes ambientales anunciadas en el Pacto Verde Europeo y basar las próximas políticas de inversión en criterios ambientales y climáticos, lo cual apoyará y acelerará una transición justa hacia una economía más limpia y sostenible.

No podemos permitirnos el lujo de dar pasos atrás en la senda de la descarbonización que tímidamente se ha iniciado bajo los auspicios del Acuerdo de París. Al contrario, tenemos que acelerar la necesaria transición energética.

En pocas palabras, la respuesta política a la pandemia de Covid-19, basada en la ciencia, ha dejado sin excusas a los gobiernos y a las diversas fuerzas políticas para seguir actuando de manera irresponsable ante la emergencia climática.

Por Carlos Bravo – Consultor de OceanCare y socio protector de la Fundación Renovables

La agenda para la recuperación. ¡Ojo con las medidas sutiles de retroceso climático!

El confinamiento es también un tiempo para la reflexión. ¿Qué mundo nos va a quedar? Algunos debates que parecían muy lejanos como la renta garantizada ciudadana podrían avanzarse y eso, sin duda, es algo bueno.  Sin embargo, también puede avanzar la pérdida de libertades y derechos que se generalizan como respuesta, que no discuto necesaria, a la crisis sanitaria. Medidas muy estrictas que atentan a nuestra libertad y que ni siquiera han sido objeto de debate. Estas se aceptan por el miedo a nuestra supervivencia y también por la culpa de que nosotros mismos somos los que estamos transmitiendo, de forma invisible a nuestros ojos, esta terrible enfermedad a personas que quizás se encuentran entre nuestros seres más queridos. Por no hablar de palabras que se repiten a diario, la guerra contra el virus.

¿Qué guerra? ¿Quién es el jefe de estado del virus? ¿Qué estrategia tiene el virus? Si no tenemos respuesta a estas preguntas, entonces ¿por qué hablamos de guerra?  Y en todo este proceso, China resulta que se convierte en ejemplo con una actuación, aparentemente eficaz, que pone en duda los sistemas democráticos. Y sí, he sido la primera en abrir mi geolocalización en dos aplicaciones móviles públicas de seguimiento del COVID-19, confiando, supongo, en que nunca un partido como VOX ocupe la presidencia del Gobierno español porque, la puerta que ahora estamos abriendo no está nada claro que se cierre, en el futuro, sin ninguna fisura.

Aunque parezca algo ya lejano, la crisis climática (que también es sanitaria, social y económica) continúa estando aquí. Llevamos más de 30 años de reuniones, cimeras, conferencias globales y encuentros de mandatarios que previamente han requerido de años enteros de trabajo intenso de delegaciones oficiales para consensuar políticas globales de reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero. Unos consensos que, sin duda, han pasado por dar un paso adelante siempre seguido de medio paso atrás. Nos da miedo “parar” la quema de combustibles fósiles, puesto que nosotros mismos somos la generación que más se ha beneficiado de los casi 200 años de la civilización de los hidrocarburos. Ahora hemos parado la economía mundial, en seco, y no nos hemos quejado.

Pero esa timidez aparente de progreso climático no debe ocultar los movimientos científicos, tecnológicos y geopolíticos que estaban en danza antes de la pandemia y que formaban parte de una nueva revolución industrial que dudo que se detenga.

Por citar unos cuantos ejemplos, en 2019 tres de cada cuatro unidades de nueva generación eléctrica en el mundo han sido de energías renovables; el cierre avanzado de las plantas de carbón europeo por falta de rentabilidad frente a un precio de las emisiones de carbono superior a los 20 € por tonelada de CO2; la bajada de los precios del mercado mayorista de la electricidad por la entrada masiva de las energías renovables que, a su vez, pone en peligro la viabilidad económica de las centrales nucleares y la “falsa” información de que China no va a ayudar a los coches eléctricos. En realidad, va a dejar de dar ayudas a los vehículos eléctricos que no aporten innovación tecnológica.  Solo van a recibir ayudas aquellos vehículos de más de 250 km de autonomía y los de más de 400 km tendrán más. China se prepara para liderar la innovación tecnológica del vehículo eléctrico que nada tiene que envidiar al térmico y, además, el centro de atención se va a dirigir al despliegue de la infraestructura de recarga inteligente y digital como puente de conexión entre la transformación del sistema eléctrico y el modelo de transporte.

Por otro lado, la guerra de precios del petróleo que iniciaron Arabia Saudí y Rusia empezó antes de la pandemia del COVID-19. No superar los 2ºC de temperatura en este siglo va a requerir dejar más de la mitad del petróleo bajo tierra con lo que, mejor vender la máxima cantidad del crudo, aunque sea a precios bajos, que dejarlo sin extraer. Y no menos importantes son las presiones de la petrolera Exxon Mobile a funcionarios de la Comisión Europea que, incluso, constan en los documentos de transparencia de la Comisión, para retroceder en los límites de emisión de CO2 de los coches y en su lugar incluirlos en el comercio de emisiones. También cabe destacar la estrategia en programas de ciencia, tecnología e innovación a lo ancho del planeta, incluso en España, centrados en la descarbonización del transporte y la integración de las energías renovables en la red eléctrica.

La cuestión es si la agenda de recuperación va a pasar por desacelerar el camino ya emprendido de la estrategia de crecimiento verde o vamos a asumir que la agenda para la recuperación de España y de la Unión Europea (UE) debe tomar como eje central la más que necesaria transición energética.

Polonia, China y EEUU han hablado claro: van a reducir los controles ambientales a las industrias; Alemania y Francia no han hablado y 10 países del Sur y del Norte de la UE, entre los que se encuentran España e Italia, han manifestado su inquietud pidiendo al gobierno europeo que no rebaje su ambición climática y no abra la puerta a medidas cortoplacistas que favorezcan el uso de combustibles fósiles.

Lo cierto es que la posición de Trump no me gusta nada en absoluto, pero es clara, por lo que se puede combatir. Me preocupa mucho más que la proclama de esos países que piden no dar alas a los combustibles fósiles se quede en eso, en proclama, y sus acciones concretas se dirijan justo a lo contrario.

No nos engañemos, la política de relajación ambiental puede ser beneficiosa electoralmente ya que la imagen que ahora muchos tienen de una ciudad limpia de contaminantes atmosféricos se corresponde con la imagen de una ciudad bajo una crisis galopante.

Los medios de comunicación se han llenado de artículos que relacionan la mejora de la calidad del aire en las ciudades con los coches que no se desplazan por las limitaciones del confinamiento. Aunque parezca que ese es el motivo, en realidad no lo es. La contaminación del aire se ha reducido a niveles inimaginables sencillamente porque esos vehículos han dejado de quemar los combustibles fósiles que necesitan para propulsar sus motores térmicos. O sea, que no es la crisis galopante la que limpia el cielo, sino dejar de quemar combustibles fósiles y esa es, justamente, la principal misión de la agenda climática, pero sin duda, ese no es el mensaje que hemos recibido.

Es evidente que primero tendremos que curar nuestras heridas, pero después vamos a tener que estar muy atentos para que las proclamas de crecimiento verde no se traduzcan en acciones que vayan en sentido contrario. Tendremos que estar atentos a las medidas que el Gobierno ya había anunciado tanto para la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible como en la Estrategia de Energía y Clima. Respecto al ámbito fiscal, la necesidad de igualar la fiscalidad del diésel y la gasolina o la modificación del impuesto de matriculación para que los coches que están por encima de la media de emisiones permitidas por la UE no se beneficien, como hasta ahora, de la gratuidad de ese impuesto. La necesidad de afrontar una Ley de Cambio Climático y Transición Energética ambiciosa y, por supuesto, que no suceda como en la crisis del 2008, cuando una de las medidas tomadas por el gobierno del PP pasó por la reducción de las aportaciones del Estado al transporte público de Madrid y Barcelona, a la par que se rescataban autopistas.

La avalancha de peticiones de ayudas que se avecinan, sin duda van a incluir al sector de la automoción.  España es el segundo país europeo en producción de automóviles, y el noveno en todo el mundo, con lo que es un sector económico absolutamente estratégico y debería continuar siéndolo. No queremos un país libre de coches, pero sí un país libre de sus emisiones, y ello pasa por orientar la agenda de recuperación a vehículos de cero emisiones y a su infraestructura de recarga.

Necesitamos actuar con luces largas porque esta crisis no solo pone a prueba a las democracias y a sus proclamas, también nos puede dejar fuera de la revolución industrial que ya había iniciado el camino y que dudo, se detenga. Y quizás, lo más importante, para la crisis climática no existirá ninguna vacuna.

Por Assumpta Farran – Patrona de la Fundación Renovables y ex directora del Institut Català d’Energia

Caída, abismo y resiliencia

Estamos en caída libre. El último agarre que teníamos en la mano se nos ha resbalado a causa de que, sin previo aviso, estaba más húmedo de lo que habíamos previsto. En la escalada la concentración de ir paso a paso con cada movimiento, es fundamental para ascender a la cumbre por la vía. Aunque, puede haber factores imprevisibles que nos hagan caer. Extrapolándolo al sistema socioeconómico actual, este factor imprevisible y con consecuencias devastadoras está siendo el COVID 19. Imprevisible, o más bien invisible, al no haber valorado la importancia de la biodiversidad y su conservación en la contención de los virus de origen animal. Lee el resto de la entrada »

Coronavirus y cambio climático: ¿Cambio de prioridades?

La crisis del coronavirus Covid-19 nos ha inmerso en situaciones que, hace tan solo unos días, nos habrían parecido propias de una serie de televisión. Las conversaciones que mantenemos con familiares o amigos se asemejan más al guion de una serie distópica de Netflix o HBO que a nuestro día a día. Pero esto es la vida real y solo hay un camino: centrar todos los esfuerzos en tratar de contener, atajar y resolver un problema con el que ya convivimos.

En esta situación, cualquier otra prioridad o urgencia pasa a segundo plano. Sin embargo, esta emergencia mundial también nos enseña lecciones que nos pueden ser de gran ayuda para enfrentar la otra gran crisis que avanza inexorable y que, a diferencia del coronavirus, la conocemos con antelación y sabemos que nos puede contagiar a todos: la del cambio climático.

Las consecuencias de la crisis climática, si no se ataja a tiempo, serán aún mucho más devastadoras que las del coronavirus, y no solo para la salud y la economía. Aún así, contamos con una gran ventaja: conocemos la medicina que debemos administrar al cambio climático. Lo sorprendente es que no solo no se está aplicando (o se hace en dosis insuficientes), sino que continuamos alimentando el origen del problema. Por este motivo, lo peor que podríamos hacer ahora es olvidarnos de él solo porque hay otras urgencias. Es justo ahora cuando debemos y podemos evitar que nos ocurra como con el coronavirus, por lo que necesitamos actuar con antelación para evitar llegar a una situación fuera de control, que no se resolvería solo con quedarnos en casa.

La comunidad científica nos ha advertido con toda claridad: para tener una probabilidad razonable de evitar un cambio climático que condicione dramáticamente nuestras vidas tenemos que actuar con urgencia, cuando todavía queda algo de tiempo. ¿Y cuánto tiempo nos queda? ¿Para hacer qué? Para que el calentamiento global no supere el umbral de 1,5 ºC, las emisiones mundiales de Gases de Efecto Invernadero, como el CO2, deben reducirse a la mitad en esta década y llegar al cero neto a mitad de siglo. Eso nos obliga a grandes transformaciones, sí, pero son cambios que ya están identificados -incluso decididos-, que sabemos hacer, que van a beneficiar al conjunto de la sociedad y que se van a producir, en cualquier caso.

El problema es de ritmo, de urgencia. Es paradójico ver la diferencia de percepción y de actuación ante la emergencia en uno u otro caso. En enero, el Gobierno de España, a instancia del Parlamento, declaró la emergencia climática en nuestro país, una declaración “fake” que, si bien contenía medidas importantes, carecía de lo más básico: el sentido de urgencia. De hecho, no ha cambiado nada: si le preguntamos a cualquier persona por la calle (bueno, desafortunadamente ahora eso ya no podemos hacerlo) seguro que no se ha enterado de que oficialmente estamos en emergencia climática. Por el contrario, la emergencia sanitaria por el coronavirus es por todos conocida y mayoritariamente aceptada; nos quedamos en casa y se paraliza toda actividad no imprescindible que implique contacto físico y así todos los prejuicios sobre “lo imposible” o “lo utópico” se caen como un castillo de naipes. Cuando una emergencia se reconoce como tal, se comunica como tal y se actúa como tal, sí se puede.

Ahora que se habla de la gestión que ha hecho Corea del coronavirus como ejemplo de éxito, y dadas sus semejanzas económicas y poblacionales con España, es interesante observar que el Gobierno surcoreano no ha cambiado sus prioridades respecto a la transición energética a causa de la emergencia sanitaria. Al contrario, el partido de gobierno ha decidido presentarse a las próximas elecciones con una propuesta de “Nuevo Pacto Verde” que lleve al país a ser el primero del este asiático en comprometerse a alcanzar emisiones cero en 2050. Y lo hace apoyándose en la gran oportunidad económica que ese Pacto Verde supone para el país. Entre sus medidas incluye una ley que dé soporte legal al Pacto Verde: acabar con la financiación a proyectos de carbón e introducir un impuesto al CO2.

Es decir, en plena situación de emergencia por el coronavirus, Corea reconoce la importancia de la emergencia climática y elige acelerar, no frenar, la transición desde una economía basada en los combustibles fósiles a una basada en las energías renovables. Si bien falta que concrete una hoja de ruta con plazos y medidas, y que no solo lo proponga el partido que aspira a seguir gobernando, sino que sean todos los partidos quienes aspiren a seguir ese camino, podemos y debemos apoyarnos en el ejemplo coreano para decidir acelerar el paso de la transición energética también en España.

Antes de que estallase la crisis del coronavirus, 2020 estaba identificado como el año clave en la lucha contra la emergencia climática y ecológica. Todavía lo es. A pesar de que por la crisis se hayan suspendido los grandes encuentros que estaban programados para el otoño, como la conferencia de las partes del Convenio de Biodiversidad en China y la del Convenio de Cambio Climático en Escocia, la urgencia del problema no ha cambiado. Para antes de fin de año, todos los países deberán haber presentado nuevos planes oficiales para reducir sus emisiones mucho más de lo comprometido hasta ahora, porque no es suficiente con cumplir lo que de momento han puesto sobre la mesa, ya que esto nos llevaría a un calentamiento global de más de 3 ºC.

No es el momento de cambiar de prioridades. Es el momento de aprender que podemos reaccionar ante una gran crisis haciendo cambios de calado que antes parecían impensables y de anticiparnos a la crisis climática al tiempo que ponemos en marcha un paquete de medidas que nos saquen de la crisis sanitaria, aplicando un gran Pacto Verde en España y en Europa, mucho más ambicioso que lo que hasta ahora han propuesto tanto la Comisión Europea como el Gobierno español.

No es el momento de pensar en volver a estar “como antes” de la crisis: es el momento de plantear las medidas que nos permitan estar mejor que antes y, sobre todo, mejor preparados para prevenir la gran crisis climática.

José Luis García – Patrono de la Fundación Renovables y responsable del Programa de Cambio Climático de Greenpeace España