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El día de mañana quiero poder mirar a la cara a mis hijos

Lejos quedó ya el tiempo en el que Roger Revelle, allá por finales de los 50 del siglo pasado, enviase a la alta atmósfera sus primeros globos sonda para analizar la variación en la concentración de CO2. No pasaron más de 10 años hasta que comprobó, con gran preocupación, que más allá de la lógica variación entre el invierno y el verano, cada año las concentraciones eran más altas. Las primeras voces de alarma surgen en los años 70, convirtiéndose en un clamor para la comunidad científica durante la década de los 80. Por ello, en 1992 tiene lugar la primera Cumbre de la Tierra, la de Río, que puso el cambio climático como una prioridad a la que la humanidad debe hacer frente de forma drástica y urgente si queremos evitar los efectos que puede tener un sobre calentamiento de la atmósfera, más allá de ciertos límites, sobre los fenómenos meteorológicos. Posteriormente, vino el imperfecto y asimétrico Protocolo de Kioto y, después, el aun no aplicado Acuerdo de París.

En total, suponen más de 60 años. En este tiempo la concentración de CO2 ha pasado de las 315 parte por millón (ppm), que observó Revelle, a las actuales que se sitúan alrededor de las 415 ppm. Nunca antes se había experimentado un aumento tan drástico y, de hecho, en los últimos 3 millones de años esta concentración se había mantenido constante entre las 180 ppm y las 300 ppm.

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Sin embargo, como si de una cantinela molesta se tratase, en este tiempo se han escuchado todo tipo de voces quitando hierro al asunto o, incluso, negándolo de raíz. Los intereses en juego de la quema masiva de combustibles fósiles han sido demasiados y los beneficios muy tentadores. Como decía Upton Sinclair:

“Es muy difícil que alguien comprenda algo cuando su sueldo depende de que siga sin comprenderlo”.

Por otro lado, algo sí que ha cambiado en los últimos años y, además, permite que todo sea muy diferente. Lo que los científicos han venido diciendo que iba a ocurrir si seguíamos con la quema frenética de combustibles fósiles y un modelo económico basado en el consumo compulsivo y sin límite, está ocurriendo en la actualidad. Encima, se está produciendo de forma generalizada y afectando a la realidad diaria de miles de millones de personas.

En España, por poner un ejemplo cercano, hemos sufrido tres huracanes en los últimos tres años a unos pocos kilómetros de nuestras costas, cuando nunca había habido huracanes en esta orilla del Atlántico. El primero de ellos, Ophelia, coincidió con los grandes incendios que llevaban asolando Portugal todo el verano de 2017 y ayudó a que estos se extendieran de forma imparable por Galicia y Asturias.

Este año, la borrasca Gloria ha alcanzado el nivel de huracán Mediterráneo o “Medicane”, con récord de altura de olas, de precipitación máxima en 24h en el mes de enero y de rayos caídos en un día en el mismo mes. La imagen del Delta del Ebro completamente barrido por esta tormenta ha sido, sin duda alguna, impactante.

Las olas de calor son más largas y con temperaturas cada vez más elevadas, generando unas sequías mucho más profundas. Además, cuando llueve es cada vez más frecuente que la lluvia llegue en forma de tromba, provocando que nuestras infraestructuras sean absolutamente inútiles y veamos los coches flotando por las calles, como sucedió en septiembre del pasado año en Arganda del Rey o anteriormente en Mallorca, llevándose la vida de 13 personas.

El aumento de la temperatura ha hecho que nuestras mínimas nocturnas ya no maten las larvas de ciertos insectos, ocasionando que se hayan encontrado los mosquitos de la malaria o del dengue en nuestro país. Los récords de temperatura se van batiendo uno tras otro, como demuestran los 46,9ºC de Córdoba de hace 2 años, que el verano en España haya aumentado en 5 semanas desde 1971 o que en los últimos 30 años la vendimia se haya adelantado un mes.

Somos el país de Europa que, según todas las previsiones científicas, más va a sufrir y donde mayor impacto van a tener los efectos de la crisis climática. Al sur tenemos el Sahara, como la calima se está encargando de recordarnos estos días en Canarias, y de nosotros depende que no acabe sobre nosotros en las próximas décadas.

Para evitar estos efectos catastróficos, todavía tenemos una oportunidad de reducir drásticamente nuestras emisiones, pero para ello hay varias líneas de acción que debemos acometer. La mejora de la eficiencia energética de nuestras ciudades y el impulso de un modelo energético 100% renovable son dos de las medidas más claras. Aunque, por otro lado, también hemos de cambiar nuestra movilidad y dar prioridad, frente al vehículo privado de combustión interna, a los medios de transporte colectivos y eléctricos, a la bicicleta y a las zonas peatonales. Hemos de priorizar el tren electrificado al avión, el coche compartido cero emisiones frente al coche privado y exclusivo.

Nuestras ciudades habrán de ser más transitables, con un mejor uso de la energía y del agua y con tejados verdes. La economía circular deberá saltar de las campañas publicitarias a la realidad cotidiana haciendo de la reducción de residuos, con productos que duren más y sean reparables, y de la reutilización las claves por delante del reciclaje y, en cualquier caso, desterrando el vertedero como modo de gestión de los residuos. La reforestación tiene que estar en la cabeza de nuestras acciones para fijar el suelo, atraer la humedad y capturar el CO2. La permacultura y la agricultura regenerativa han de ser una prioridad. Debemos consumir productos de temporada y lo más cercanos a nosotros posible, disminuyendo también la ingesta de carne desproporcionada.

No hay una solución mágica por lo que no va a ser sencillo ni rápido; pero, sin duda, merecerá la pena.

Debemos y necesitamos adaptarnos a lo que está por llegar para que nuestros hijos e hijas tengan un futuro y nosotros podamos mirarlos a la cara dentro de 20 años. El momento es ahora y de nosotros dependerá pasar a la historia como la generación que pudo y no quiso o como la que reunió todo el valor necesario para enfrentar el problema y lo doblegó, abriendo así un futuro para los que vengan después.

No es una cuestión ni de ideología ni de economía, es pura y simplemente una cuestión de humanidad y de fuerza de voluntad.

Por Álvaro Rodriguez de Sanabria – Coordinador general de The Climate Reality Project en España Soledad Montero

Fórmula 1 – Carbono 0

Ante todo, he de reconocer que soy un enamorado de las carreras de coches y el ruido infernal de sus motores de combustión desde que era niño, pero, por otro lado, soy socio de la Fundación Renovables desde su creación porque creo firmemente en que debemos cuidar el medioambiente si queremos dejar el legado que les corresponde por derecho propio a las futuras generaciones.

Por ese motivo he recibido con gran interés el anuncio institucional que ha realizado la Fórmula 1 sobre su ambicioso plan de sostenibilidad para tener una huella de carbono cero en 2030.

Para comenzar, hay que tener en cuenta que, desde sus inicios, la Fórmula 1 ha sido el máximo exponente en innovación tecnológica, de la que en buena medida se han beneficiado los coches de calle actuales, ya sea en materia de seguridad, conectividad o de hibridación.

En palabras de Chase Carey, Presidente de la Fórmula 1, “El motor híbrido de Fórmula 1 es el más eficiente del mundo y tiene un papel fundamental que desempeñar para abordar el problema ambiental desde un punto de vista global más amplio. Creo que la solución a la situación ambiental serán muchas y no solo una y, aunque celebro que la electricidad aplicada al automóvil haya captado la atención y haya alcanzado un punto óptimo en este momento, creo que la electricidad solo será parte de la solución, ya que tiene inconvenientes que aún deben abordarse”.

De los V8 de aspiración de 2013 a los V6 turbo híbridos de 2014-2019

La hibridación de los Fórmula 1 en los últimos años ha dado pasos de gigante y hoy en día la unidad de potencia (motor de F1) es un 20% más potente que la de un motor V8 de aspiración de 2013, produciendo un 26% menos de emisiones de CO2. Además, en un circuito largo como es el de Spa-Francorchamps, un Fórmula 1 actual, a pesar de ser más pesado por motivos de reglamentación, es más rápido consumiendo un 35% menos de combustible.

La “eficiencia térmica”, en términos simples, describe el porcentaje de la energía que empuja a un automóvil sin disiparse en forma de calor. Con los motores V8, la eficiencia térmica alcanzó el 29%, pero esta cifra aumentó hasta el 40% con la introducción de los turbo híbridos V6 en 2014 y se sitúa en más del 50% en la actualidad.

No es de extrañar que esta tecnología haya llegado a los coches de calle, estando disponible ya en los “hypercars” de las marcas más importantes, desarrollados por ingenieros con una larga experiencia en F1 como es el caso Adrian Newey, que utiliza un sistema de recuperación de energía en su última creación. El KERS (sistema de recuperación de energía cinética) introducido en F1 en 2009 para aprovechar la energía de frenado y liberarla en la pista, ahora es utilizado tanto en coches híbridos como en autobuses, lo que ayuda a que las ciudades sean más ecológicas.

Huella de carbono 0 para 2030

La Fórmula 1 ha anunciado un ambicioso plan de sostenibilidad para eliminar la huella de carbono no solo de los monoplazas de Fórmula 1, sino que también incluye la actividad en la pista y el resto de las actividades que conlleva este deporte. Además, el plan incluirá medidas para garantizar que la iniciativa se traslade a la logística, los viajes, las oficinas, las instalaciones y las fábricas para que sean abastecidas con energía 100% renovable.

Para 2025, F1 también garantizará que todos los eventos sean más sostenibles eliminando los plásticos de un solo uso y reutilizando, reciclando o compostando todos los residuos. Además, se facilitará a los aficionados transportes públicos y se mejorarán los accesos a los circuitos para reducir el impacto medioambiental de la zona en la que se desarrollen las diferentes pruebas.

La entrada en vigor del plan implica a la Federación Internacional del Automóvil (FIA) y a todos sus socios, promotores, patrocinadores y los equipos de competición, muchos de los cuales ya están trabajando en este sentido.

“Al lanzar la primera estrategia de sostenibilidad para la Fórmula 1, reconocemos el papel fundamental que todas las organizaciones deben desempeñar para abordar este problema global. Aprovechando el inmenso talento, la pasión y el impulso innovador de todos los miembros de la comunidad F1, esperamos tener un impacto positivo significativo en el medio ambiente y las comunidades en las que operamos. Las acciones que estamos implementando a partir de hoy reducirán nuestra huella de carbono y asegurarán que logremos nuestro objetivo en 2030 ”, señala Chase Carey.

Teniendo en cuenta el gran esfuerzo que está realizando la Fórmula 1, creo que puedo tener la conciencia un poco más tranquila a pesar de mi bipolaridad medioambiental.

En cualquier caso, nadie es perfecto ¿o sí?

Jorge Gil – Diseñador gráfico y socio de Fundación Renovables

Ni el gas natural es ecológico ni la energía nuclear es sostenible

Mariano Sidrach de Cardona – Catedrático de la Universidad de Málaga

Cuando empieza a haber un amplio consenso entre la ciudadanía sobre la necesidad de tomar medidas urgentes para actuar frente al cambio climático, los sectores energéticos tradicionales maniobran, poniendo en marcha toda su capacidad de influencia mediática, ofreciéndose como parte de la solución, confundiendo y engañando a los ciudadanos, con el único fin de seguir salvaguardando sus intereses y, por tanto, asegurarse durante más tiempo sus pingües beneficios. En este contexto, llama la atención el fuerte interés por apostar por el gas natural y la energía nuclear como energías válidas para la transición energética.

En una reciente visita a la hermosa ciudad de Salamanca, observo que muchos de los autobuses urbanos de esta ciudad funcionan con gas natural. Para mi sorpresa, en todos ellos pone “Soy ecológico: propulsado con gas natural”. Vayamos por partes. Según los conceptos ampliamente aceptados, un producto lleva la etiqueta de ecológico cuando no produce daños al medio ambiente. El gas natural es una fuente de energía fósil, formada por una mezcla de hidrocarburos gaseosos ligeros. Su combustión produce gases de efecto invernadero, si bien es cierto que en menor medida que los derivados del petróleo y que el carbón. La razón por la que produce menos C02 es que su principal componente es el metano. Sin embargo este gas cuando se escapa, bien durante su extracción o en su distribución, supone un daño 23 veces mayor al efecto invernadero que el dióxido de carbono.

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Canibalismo energético

 Fernando Ferrando – Vicepresidente de la Fundación Renovables

Es imprescindible cambiar el modelo de fijación de precios mayoristas de electricidad y de diseño de las subastas para no canibalizar las decisiones de inversión

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Mañana, 26 de julio, se celebrará la tercera subasta de potencia renovable, la segunda en poco más de un mes, y todas las propuestas de inversión que resulten ganadoras, si es que se ejecutan, se pueden considerar sobrevaloradas.

James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, publicó en 1968 un indicador básico de rentabilidad, conocido como la “Q de Tobin”, que comparaba el valor de mercado de un activo, como suma de los flujos de caja descontados y el valor de reposición del mismo. Si el indicador era superior a la unidad la inversión en dicho activo podía considerarse como sobrevalorada y, por lo tanto, en un mercado futuro competitivo y abierto existirían otros activos con capacidad de generación del kWh a menor coste dejando constancia en libros del sobrevalor de dicho activo.

La incorporación de las fuentes de energía renovable, caracterizadas por ser altamente intensivas en capital, con una evolución en sus costes de inversión marginalmente decreciente en el tiempo, y con costes variables muy reducidos, requiere que su entrada en el mercado energético sea diferente a lo que hasta ahora estamos acostumbrados con inversiones en fuentes de energía, como el carbón y el gas, que se caracterizan por altos costes variables y por ser no tan intensivas en capital.

Necesitamos un sistema de fijación de precios de la electricidad en el mercado mayorista que permita por un lado aprovechar la progresión marginalmente decreciente de los costes de inversión de las tecnologías renovables y por otro que, dentro de una planificación energética nacional, hoy día inexistente, estas se vayan incorporando de forma competitiva según el crecimiento de la demanda de electricidad y el cierre programado de las centrales de carbón y nucleares.

Por la composición actual y futura del mix energético en España la fijación de precios en el mercado mayorista de forma marginalista no es la solución, dado que la propia evolución de los costes de las renovables canibaliza las inversiones ya realizadas, lo que exige no solo cambiar el modelo de fijación de precios y de diseño de las subastas sino proteger las decisiones de inversión anteriormente realizadas.

El Gobierno del PP, que no quiere reconocer el valor ni el papel que las energías renovables van a tener en el futuro, se ha empeñado en definir un modelo de entrada de las inversiones renovables mediante la subasta de potencia en función de costes de inversión y sin planificación de entrada según necesidades, sin darse cuenta que de esta forma han convertido a las inversiones futuras de generación de energía eléctrica en un producto financiero que nace sobrevalorado porque su entrada ni obedece a un criterio de necesidad ni a un criterio de fijación de precios de la energía casados para demandas ciertas.

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Sostenibilidad: la constatación del fracaso frente a la complacencia

Por Fernando Ferrando – Vicepresidente de la Fundación Renovables

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Se ha presentado el Informe sobre energía y sostenibilidad en España para 2015, elaborado por la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad de la Universidad Pontificia de Comillas. El panorama que el informe describe es desolador y refleja de forma exhaustiva y pormenorizada cómo en España en el 2015 empeoraron todos los índices que reflejan la evolución en materia energética y medioambiental de nuestro país.

El deterioro continuo de los distintos parámetros analizados es, no solo un fiel reflejo de la ausencia de una política energética racional, sino la constatación del fracaso de un modelo energético basado exclusivamente en el dictado del mercado, que antepone el beneficio económico a corto plazo, de un sector energético altamente concentrado, a la cobertura de las necesidades energéticas de la ciudadanía en volumen y precio. Olvidando que la energía es un bien básico para el desarrollo humano y que no disponemos de fuentes de energía propias con la excepción de las Energías Renovables a las que este Gobierno nunca ha considerado.

Las conclusiones del informe, en línea con lo esperado, no me habrían llevado a escribir este artículo si en paralelo no se hubiera presentado, con la participación de todas las patronales del sector energético y del propio Ministerio, el Balance Energético de España, en un acto organizado por el Club Español de la Energía, en el que la autocomplacencia y satisfacción por la situación sectorial y global de la energía en nuestro país se contraponía con la realidad mostrada en el trabajo de la Universidad Pontificia.

La diferencia de criterios y de visión se refleja todavía de forma más alarmante si alguien se preocupa en revisar los informes de sostenibilidad, para el mismo periodo, de las diferentes compañías del sector energético tradicional, presentados en las Juntas de Accionistas de 2016, en los que de forma unánime se refleja no solo la bondad de sus comportamientos, en cuanto a sostenibilidad, sino el avance producido en relación con los años anteriores.

El antagonismo entre ambas realidades exige una profunda reflexión centrada en la necesidad de asumir y poner en marcha normas básicas de buen gobierno y de transparencia, al menos en línea con el Libro Blanco de la Gobernanza Europea de julio de 2001, magnífico documento que políticos y gestores públicos deberían incorporar en sus normas de comportamiento y en la adopción de sus decisiones.

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Empresas 100% renovables, un compromiso con el futuro

Raquel Manrique – Responsable de comunicación en Fundación Renovables

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Ante la ausencia de objetivos ambiciosos de renovables y de avances significativos en los marcos regulatorios nacionales y europeos en materia de reducción de emisiones, el papel de las empresas en el impulso de la transición energética vuelve a estar en el punto de mira.

En los últimos años se ha experimentado un aumento notorio del consumo de energía renovable por parte de grandes corporaciones a nivel global. Es el caso de las 88 empresas líderes que han entrado a formar parte del grupo RE100, una iniciativa global y colaborativa de entidades comprometidas con el uso de electricidad 100% renovable.

Que esta electricidad cuente además con garantías de origen es algo a lo que se están comprometiendo cada vez más empresas, como las 65 que han firmado los Principios de Compradores de Energía Renovable,  promovidos por WWF y WRI, lo que representa más de 48 millones de MWh de demanda anual para 2020 (el equivalente a abastecer a 4,4 millones de hogares estadounidenses con energía renovable). Otras firmas van un paso más allá y realizan inversiones para generar su propia energía limpia.

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Energía y competitividad

Por Mª Concepción Cánovas del Castillo – Experta en energías renovables

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Bajo el mismo paraguas de preservar la  competitividad de nuestra economía  y por ende la defensa de nuestros puestos de trabajo, se han venido acogiendo posicionamientos energéticos tan  dispares  como los del actual equipo de Gobierno en funciones de mantener el mix de generación existente  y dejar para un medio y largo plazo una política activa a favor de la penetración de renovables, bajo la premisa de que todavía quedan años de investigación  para que estas tecnologías sean competitivas; a posicionamientos como  los  que promueve  la Fundación Renovables junto con otros amplios  colectivos sociales, que entienden que es obligación de todos nosotros aprovechar la tecnología renovable bajo parámetros de rentabilidad, lo que unido a una  mayor racionalidad y electrificación de nuestra demanda energética  se traducirá, además de en una mejora medioambiental,  en un efecto positivo para nuestra economía y en un claro desarrollador de puestos de trabajo.

¿Cómo es posible que posturas tan dispares se amparen bajo este paraguas común de la competitividad?, la postura que eufemísticamente podríamos llamar “negacionista”, más allá  de mantener el estatus quo  el máximo tiempo que sea posible, parece no percibir que competitividad y sostenibilidad hoy en día van de la mano y que no necesariamente cuanto más sostenible es una tecnología es más cara. Prueba de ellos es  que la eólica ya es la tecnología más barata para producir electricidad en Europa como acaba de publicar Bloomberg New Energy Finance; y que  las increíbles reducciones de costes que están experimentando las tecnologías renovables han  llevado a reconocer  al propio  secretario de Energía de Estados Unidos , Ernest Moniz , que aunque la revolución de la energía limpia es demasiado a menudo algo que uno piensa que podría venir dentro de 10 o 20 años, el mensaje que lanza  es que “miren a su alrededor, está sucediendo ahora”.  Estas palabras no pueden menos que producirnos envidia por la capacidad que demuestran de  mantener un espíritu abierto sobre lo que pasa a nuestro alrededor , sin ideas preconcebidas que impidan dar los pasos en la dirección adecuada.

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El suicidio del sector eléctrico

Por Fernando Ferrando – Vicepresidente de la Fundación Renovables

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Del análisis de la realidad energética de los últimos años, definida por el incremento de los precios finalistas de la energía y por la existencia de un compromiso cada vez más fuerte con el medio ambiente y con la sostenibilidad, y de su proyección futura, se puede concluir la necesidad de un cambio profundo en nuestro modelo energético. Ahora bien, el cambio de modelo de suministro no se producirá como consecuencia del liderazgo empresarial del sector eléctrico actual sino más bien por la voluntad social de romper un modelo de suministro que no responde a las necesidades ni a las expectativas depositadas en él.

Las razones que avalan esta premisa hay que buscarlas en una doble dirección: la incapacidad manifiesta y voluntaria de las empresas del sector y la disponibilidad de herramientas para que el consumidor se convierta en un elemento activo y no pasivo.

En todos los preámbulos de la legislación vigente y en la mayoría de informes y artículos que podemos leer, se parte de la base de que el sistema actual ha evolucionado hacia un modelo de mercado liberalizado, calificativo que nos incita a pensar que ya es suficiente para certificar su adecuado funcionamiento.

La realidad no puede ser más contradictoria porque si el modelo es de mercado y liberalizado ¿cómo se explica que cuando la demanda de electricidad baja y la oferta se incrementa el precio suba?

La principal razón de este sinsentido es que ha primado más, dentro de la estructura accionarial y ejecutiva del sector eléctrico, el mantenimiento de la rentabilidad del capital que la prestación de un servicio público.

La exigencia de tasas de rentabilidad sobre el capital invertido de más de 2 dígitos (entre el 12 y el 15%) en todos los proyectos que los fondos de inversión, especialmente activos en la caza de oportunidades en la actualidad, y que también exigen los accionistas a las nuevas iniciativas, lleva implícito que los costes de la electricidad seguirán subiendo. Por supuesto, para mantener el estatus cuentan con la necesaria aquiescencia y colaboración de los poderes públicos, más interesados en satisfacer la voluntad económica y empresarial que las necesidades de quien los eligió para ejercer sus funciones.

El sector eléctrico actual ha tenido y tiene la capacidad para liderar un cambio en el modelo energético actual pero su cada vez más deteriorada reputación y su necesidad de mantener una estructura operativa no sostenible hace que la sociedad los vea más como los agentes causantes del encarecimiento de la energía que como los agentes sobre los que se debe construir el futuro.

Si por otro lado analizamos los avances tanto en las tecnologías de información y comunicación como en las tecnologías comercialmente disponibles para generar energía eléctrica y cubrir nuestras necesidades con eficiencia, podemos observar que ya es posible hacerlo no solo con la mitad de energía, sino que ésta, además, puede ser producida, en un alto porcentaje, con fuentes de energía renovables y desde los lugares de consumo.

Esta situación, obviamente, pone en riesgo el modelo actual centralizado y de oferta porque supondría continuar con la reducción de la actividad de muchas de las centrales que hasta ahora funcionan para cubrir nuestras necesidades, causa original de que el sistema empresarial actual intente retrasar la aparición de nuevas formas de abastecimiento de energía más baratas y más respetuosas con el medio ambiente como son las energías renovables, o incluso descalifique iniciativas como las anunciadas por algunos ayuntamientos que pretenden asumir la cobertura de suministros que actualmente el sistema realiza satisfactoriamente.

El modelo energético del futuro va a seguir necesitando empresas que se encarguen de la gestión de los excedentes y del suministro de la energía no cubierta por los sistemas de generación del consumidor, pero su configuración deberá estar más cercana a la prestación de servicios finalistas que a la oferta actual de venta de energía exclusivamente.

La sociedad tiene la palabra para exigir y adoptar nuevos modelos de cobertura de sus necesidades energéticas partiendo tanto de una realidad tecnológica y económica ya disponible, como de la aparición de nuevas empresas que están cubriendo las oportunidades que el sistema tradicional no está asumiendo en la oferta de energía y en la prestación de servicios. Hay que hacer una especial mención a los primeros pasos que la economía colaborativa está dando también en materia energética y que permitirá que las relaciones de intercambio entre consumidores sean una realidad en el futuro cercano.

Las empresas del sector eléctrico deben adaptar su modelo de negocio, asumiendo la pérdida del poder hegemónico que ahora tienen con el control de toda la oferta de  energía que demandamos como consumidores.

Retrasar la llegada del nuevo modelo por parte del sector tradicional supone mantener la rentabilidad a corto plazo, pero también supone quemar la credibilidad necesaria para asumir los retos del futuro.

Es cuestión de elegir y me temo que la mayoría ya han apostado por el corto plazo o lo que es lo mismo por el suicidio.

 

 

¿Qué estamos haciendo mal, también en energía?

Por Domingo Jiménez – Presidente de la Fundación Renovables

Hace años  explicaba en una conferencia en Zaragoza, mi tierra, lo que significaba la sostenibilidad como modelo para el progreso (mayor calidad ahora y en el futuro y para una mayoría creciente) y lo traducía de forma simple como “progreso inteligente” lo que implicaba, decía yo, “repensar el actual modelo de desarrollo, nuestros modelos de producción y consumo y en particular el energético”.

Un paisano me interrumpió y me espeto “repensar no maño, pensar” pues sí, y de pensar va este texto ya que está claro que lo que estamos haciendo mal es que no se piensa lo que se hace.

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El domingo 14 de agosto el periódico La Verdad de Murcia, llevaba en portada un titular “La Comunidad se propone construir nuevas autovías sin incrementar el déficit” como si hubieran encontrado una  panacea.

¿Y por qué es alarmante este planteamiento para construir nuevas autovías? Porque, una vez más, se vende como innovador el hacer fácil o viable lo que no se debe hacer. No hay nada peor que hacer viable y a tope lo que no se debe hacer, como hicimos con el boom de la construcción, el urbanismo salvaje, la fiebre de las infraestructuras viales, aeropuertos, centrales de gas de ciclo combinado…

El primer criterio económico no es ser eficiente en lo que se hace sino hacer lo que es necesario ya que, rememorando lo que decía Bill McDonaugh de que “hay algo peor que un nazi, un nazi eficiente”, el primer criterio es ser eficaz, hacer lo que el país necesita y por supuesto hacerlo de forma viable y eficiente y esto es lo que estamos haciendo mal: hacer lo que no se debe y hacerlo  a tope.

Puede afirmarse con rotundidad que en general (puede haber honrosas excepciones) Murcia no necesita nuevas autovías ni aeropuertos, como tampoco necesita nuevas urbanizaciones, ni campos de golf ni parques temáticos, de los que hay cantidad construidos y sin utilizar por haberse construido “sin pensar” (Autopista Cartagena-Vera, Aeropuerto de Corbera, Lorca Resort, Mosa Trayectum,Trampolin Hills…).

Lo que si necesita Murcia además de otro tipo de nuevas infraestructuras, ferrocarriles, energías renovables (con desalinizadoras que así sean sostenibles) y redes malladas de distribución eléctrica, plazas hoteleras…es poner en valor las ya existentes, siempre que tengan sentido  (algunas hay que clausurarlas), y todo el patrimonio construido recuperable  (imaginemos urbanizaciones fantasmas trasformadas en complejos hoteleros), rehabilitar sus edificaciones, ciudades y pueblos …que sí es algo necesario que, además de ayudar más y mejor a la salida de la crisis, forma parte de un futuro necesariamente más sostenible.

Algunos ejemplos de alternativas para Murcia en materia energética:

  • Con solo poblar de placas fotovoltaicas (un millón de kilovatios de potencia) los 14,2 Km2 de tejados de edificios de la región se podría cubrir en “balance neto” el consumo residencial de la región a un coste de menos de la mitad del recibo actual y generar una gran cantidad de empleo.
  • Con la sola puesta en marcha de la planta de generación de 380 Mw con fotovoltaica proyectada en Lorca se podría producir la energía eléctrica para disponer de 200 millones de metros cúbicos de agua desalinizada anualmente y a un precio asequible, que podría calificarse de “agua renovable”, y  que es  el doble del caudal que necesita el extenso y productivo Campo de Lorca y la vecina Aguilas donde ya hay una planta de 70 millones de metros cúbicos, aunque desgraciadamente no dispone de electricidad renovable asociada .
  • Otra Murcia es posible, una “Murcia Solar y para Desalar” con lo que se podría conseguir la “autosuficiencia conectada” ciertamente en electricidad y prepararse para un futuro que exigirá más autosuficiencia también en agua. Y esto es extensible a otras regiones y a España en general.

Hasta ahora lo hemos hecho rematadamente mal y pretendemos seguir haciéndolo, como si fuera lo único viable. Se puede hacer bien, solo hay que pensarlo. Por ello, porque no solo es necesario sino posible, la Fundación Renovables ha trabajado, desde sus inicios, en diferentes propuestas y hojas de ruta –pueden consultarse en su página web – que permitirían alcanzar, de manera decidida, ese nuevo modelo energético sostenible, basado en el ahorro, la eficiencia y las renovables como principios básicos. 

 

¿Qué significa eso del día de la sobrecarga (overshoot) del planeta?

Laura Martin Murillo – Directora Fundación Renovables

globe-1114660_1280Los economistas ambientales llevan años intentando que comprendamos que vivimos por encima de nuestras posibilidades ecológicas. Nuestros sistemas de producción y consumo están agotando recursos naturales a ritmo creciente, recursos que son finitos, o cuyo ritmo de extracción es más rápido de lo necesario para su regeneración.

El concepto huella ecológica pretende facilitar la comprensión de este hecho midiendo la oferta y la demanda de los recursos naturales y los servicios ecológicos usados por la humanidad. Necesitamos conocer cual es nuestro impacto, nuestra huella, sobre el planeta para poder tomar decisiones acertadas. Necesitamos ser capaces de contabilizar los recursos existentes y los que vamos consumiendo para documentar si estamos viviendo dentro del presupuesto ecológico o consumiendo recursos de la naturaleza más rápido de lo que el planeta pueda renovarlos. Resulta dramático que, en contra del espacio informativo y político en la contabilización nacional a través de indicadores como el producto interior bruto o la renta nacional, la contabilización del consumo de nuestros recursos naturales no tenga apenas espacio en las reflexiones económicas. Probablemente porque sus conclusiones no son halagüeñas.

  • Estamos en déficit. En 2015 la humanidad utilizó los recursos de 1,6 planetas (al ritmo de renovación que tiene los recursos). Vivimos muy por encima de nuestras posibilidades ecológicas.
  • Cada vez nos gastamos el presupuesto anual antes. Para sensibilizar mejor sobre el problema se ha calculado qué día del año habríamos consumido un planeta y este día se conoce como el “día de sobrecarga del planeta”, o “world overshoot day” en inglés. Si cuando se lanzó el indicador por primera vez en 1987, la humanidad se gastó el presupuesto el 16 de diciembre y en el año 2000 los expertos lo calcularon para finales de septiembre, este 2016 hemos consumido la cuota el 8 de Agosto. El resto del año consumiremos más de lo que se puede renovar. Desde ya vivimos a cuenta.
  • Estos son los cálculos globales. Para España son aún peores. Nuestro déficit en huella ecológica se puede mirar de dos formas. Si todos los habitantes del planeta produjeran y consumieran como los españoles necesitaríamos más de 2 planetas (recordemos que ahora consumimos 1,6 porque hay otros que consumen menos y mucho menos que nosotros). Las variaciones entre países son muy grandes y tienen mucho que ver con el poder adquisitivo: por ejemplo, si todos consumiéramos como australianos necesitaríamos la friolera de 5,4 planetas y como los indios e indias, solo 0,7.
  • ¿Cuántas Españas consumimos actualmente? También podemos hacer los cálculos referidos a nuestro patrimonio natural exclusivamente. Si utilizamos esta contabilidad nacional el resultado es que los que vivimos en este país consumimos en recursos el equivalente a 3 Españas, 2,9, para ser más exactos. Hay otros países que son menos deficitarios que nosotros, ya sea porque consumen más responsablemente o porque su patrimonio natural es más vasto. Los ciudadanos de los países ricos naturales estamos acostumbrados a consumir nuestros recursos y los de otros países más pobres, por eso, por ejemplo, los japoneses consumen en recursos el equivalente a 7 veces Japón.

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