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…Pero la precognición ataca de nuevo

Un chiste gráfico, que no puedo reproducir por no contar con el permiso de su autor (cuya identidad ignoro, pero cuya propiedad intelectual respeto; la viñeta puede encontrarse aquí), muestra a dos tipos estrechándose la mano ante un cartel que da la bienvenida a la Sociedad Nacional de Escépticos. Mientras se saludan, uno de los personajes dice: “No creo que nos hayamos conocido antes”. A lo que el otro replica: “No creo que no creas que nos hayamos conocido antes”.

Tanto el escepticismo como la fe pueden ser (repito: pueden ser, no son) posturas igualmente nacidas en las tripas de cuello para abajo, en lugar de en las tripas de cuello para arriba. Las convicciones íntimas enraizadas en la educación o simplemente en una inclinación personal son plenamente respetables, pero no son asunto de discusión en un blog de ciencia, ni siquiera de ciencias mixtas como es este. Es probable que muchos científicos críticos estén dispuestos a aceptar la existencia de fenómenos hoy ajenos a la ciencia si esta llega algún día a ofrecerles un apoyo experimental válido, suficiente y reproducible (aquel famoso I want to believe del póster de Fox Mulder en Expediente X). Otros, por el contrario, posiblemente continuarían aferrándose al volumen de pruebas contrarias y resultados negativos, que siempre los habrá. Aunque la postura coherente del científico puro parecería ser la de prudencia expectante, mente abierta y rechazo del dogma, el escepticismo es una rienda fundamental que debe obligar a los investigadores a nadar a contracorriente antes de conseguir que postulados radicalmente contradictorios con la ciencia del momento se incorporen a lo que se conoce como mainstream. Mientras, la argumentación teórica puede ser siempre fructífera cuando existe voluntad mutua de diálogo desde el razonamiento (no cuando la réplica pretende muscularse con lenguaje malsonante, ofensivo o vejatorio, en cuyo caso, al menos en este blog, los comentarios serán eliminados).

Un ejemplo de confrontación científica aún en tiempo de juego es el de los experimentos relacionados con la precognición, cuyos antecedentes resumí en el artículo anterior a este y cuyo estado actual toca repasar ahora. Decíamos ayer que los resultados del profesor emérito de la Universidad de Cornell (EE. UU.) Daryl Bem, que sugerían un efecto psicológico retroactivo anterior a la presentación del estímulo causante, fueron refutados por otros dos estudios que replicaron algunos experimentos sin hallar ninguna señal estadísticamente significativa que justificara la defensa de la precognición. Pero por su parte, Bem tampoco se quedó cruzado de brazos. En su artículo original, como es costumbre en ciencia, detallaba la metodología empleada con el fin de que sus experimentos pudieran repetirse, a lo que añadió una invitación expresa a hacerlo y el ofrecimiento de solventar cualquier duda al respecto.

En abril de este año, Bem y un grupo de colaboradores han elaborado un nuevo estudio, hasta el momento disponible en la web de prepublicaciones Social Science Research Network (SSRN), un repositorio de investigaciones en ciencias sociales que en 2013 fue calificado por el Laboratorio de Cibermetría del CSIC como el segundo del mundo en libre acceso. Sin embargo, hay que subrayar que los estudios depositados aquí aún no han sido sometidos a revisión por pares. El nuevo trabajo de Bem es un metaanálisis –una recopilación de estudios individuales con fines estadísticos– que incluye “90 experimentos de 33 laboratorios en 14 países diferentes”, según detalla el artículo. Como conclusión principal, Bem afirma que se detectó un resultado positivo con una confianza de seis sigmas, y trata de solventar las críticas al tratamiento estadístico de los datos en su estudio original. En física de partículas, se acepta un descubrimiento cuando el nivel de confianza es de al menos cinco sigmas (siendo sigma la desviación típica), como sucedió en el caso del hallazgo del bosón de Higgs en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC). Bem y sus colaboradores aseguran que “el número de experimentos potencialmente no recogidos que mostrasen un efecto nulo y que se requerirían para reducir el efecto a un valor trivial se ha calculado con criterio conservador en 520”.

Protocolo experimental de Tressoldi. A los sujetos se les muestra una pantalla con una puerta cerrada tras la que luego aparece un arma disparando o un 'smiley'. La dilatación de las pupilas se mide antes del estímulo. Patrizio Tressoldi / Universidad de Pádua.

Protocolo experimental de Tressoldi. A los sujetos se les muestra una pantalla con una puerta cerrada tras la que luego aparece un arma disparando o un ‘smiley’. La dilatación de las pupilas se mide antes del estímulo. Patrizio Tressoldi / Universidad de Pádua.

Sin duda, el contraataque de Bem suscitará una nueva oleada de discusión, pero no es la única investigación reciente que dice presentar pruebas adicionales a favor de la precognición. Uno de los colaboradores de Bem en el metaanálisis de SSRN, el psicólogo de la Universidad de Pádua (Italia) Patrizio Tressoldi, acaba de publicar un estudio titulado “Predicción de eventos aleatorios por dilatación de las pupilas” en la revista online F1000Research. En este trabajo, Tressoldi y sus coautores, todos de la misma institución, sentaron a cien voluntarios ante pantallas en las que aparecía una puerta cerrada, que posteriormente se abría para presentarles en orden aleatorio, diez veces cada uno, un estímulo amenazante –un arma disparando– o neutral –un smiley–. Al mismo tiempo, la dilatación de su pupila se midió durante los cinco segundos anteriores al estímulo. Los resultados muestran que la predicción fue correcta en un 58,7% de los casos, por encima del esperado 50%. “La precisión observada de la predicción es entre un 5 y un 10% por encima del nivel casual esperado”, escriben los investigadores, lo que les lleva a concluir que “la dilatación de la pupila se puede utilizar para anticipar eventos aleatorios y por tanto teóricamente impredecibles de una manera implícita inconsciente, es decir, sin conocimiento consciente”, y que “esta habilidad es otra característica de los poderosos sistemas de anticipación adaptativa de nuestro sistema psicofisiológico”.

Para completar el panorama, se precisa un comentario sobre la revista que publica la investigación de Tressoldi, ya que en casos como este debe ser otro factor a considerar. F1000Research es una publicación digital de acceso abierto especializada en ciencias de la vida y nacida de la iniciativa del fundador de BioMed Central. Cuenta con sistema de revisión por pares, pero este se aplica después de la publicación, al revés que en las revistas tradicionales. También al contrario de lo habitual, la revisión es transparente: tanto las identidades de los referees (expertos encargados de la evaluación) como sus comentarios acompañan al estudio. El trabajo de Tressoldi ha sido valorado por dos referees. Uno de ellos, Leo McHugh, que recomendó la publicación sin objeciones considerables, posee amplia formación y experiencia en procesamiento estadístico de datos, pero no en psicología experimental. Por su parte, Chris Baker, experto en neurofisiología cognitiva del Instituto Nacional de la Salud Mental de EE. UU., valoró positivamente los estándares científicos, pero se quedó en una aprobación con reservas. Baker se mostró “reticente” a aceptar la explicación de Tressoldi y sugiere la posibilidad de un artefacto analítico o metodológico, aunque reconoce carecer de una explicación para ello.

Preguntado por Ciencias Mixtas, Tressoldi explica que este nuevo estudio expande trabajos previos, en especial un metaanálisis de 26 informes en los que se describían respuestas fisiológicas anticipatorias adicionales a la dilatación de las pupilas, como el latido cardíaco o la actividad eléctrica de la piel. En la recopilación, publicada en la intachable revista Frontiers in Psychology, Tressoldi y sus dos coautoras escribían: “La causa de esta actividad anticipatoria, que indudablemente cae dentro del ámbito de los procesos físicos naturales (en oposición a los sobrenaturales o paranormales), aún está por determinar”. El pasado marzo, Tressoldi y un grupo de colaboradores han publicado una revisión sobre el mismo asunto en la asimismo poco sospechosa Frontiers in Human Neuroscience, en la que acuñan para este fenómeno el nombre de Actividad Predictiva Anticipatoria (PAA), y la diferencian de la precognición en que esta es consciente, mientras que la PAA es una reacción fisiológica inconsciente.

No obstante, el efecto descrito por Tressoldi continúa siendo una reacción anterior al estímulo; es decir, una predicción de algo impredecible, acercándolo bastante a lo que entendemos por precognición y, por tanto, a un fenómeno contrario al orden natural tal como lo conocemos. “El término precognición es adecuado para la prensa popular”, explica el investigador a este blog. “Pienso que lo que observamos, tanto en los protocolos de Bem como en los nuestros, es una especie de entrelazamiento temporal de información cognitiva y emocional”. La hipótesis que Tressoldi maneja, y que apunta como “provisional”, es que “una parte de nuestro sistema cognitivo puede tener características no locales”. ¿Qué significa esto? Según menciona el psicólogo en la descripción detallada de su hipótesis, publicada en la revista Psychology, el sistema de procesamiento mental de información inconsciente “procesa no solo información local suministrada por los órganos sensoriales, sino también no local, es decir, aquella más allá del rango de detección de los órganos sensoriales”.

En la película 'Minority Report', basada en un relato de Philip K. Dick y dirigida por Steven Spielberg, tres mutantes precognoscientes 'ven' los crímenes antes de que se produzcan. DreamWorks / 20th Century Fox.

En la película ‘Minority Report’, basada en un relato de Philip K. Dick y dirigida por Steven Spielberg, tres mutantes precognoscientes ‘ven’ los crímenes antes de que se produzcan. DreamWorks / 20th Century Fox.

En otras palabras: ¿percepción extrasensorial? ¿Sexto sentido? ¿O solo mala ciencia? Como dice el viejo cliché, de nuevo la polémica está servida. Por su parte, Tressoldi se defiende ante posibles ataques a su tratamiento estadístico haciendo suyo un argumento que ya esgrimieron los propios opositores a las conclusiones de Bem: tanto los estudios del profesor de Cornell como los suyos se han ceñido estrictamente a la metodología estadística estandarizada en psicología experimental, por lo que cualquier objeción al manejo de los datos “afecta a toda la investigación en psicología (y probablemente a muchos otros campos de investigación)”, arguye. Tressoldi denuncia haber sufrido boicots por parte de algunos posibles referees. “El problema surge cuando están convencidos de que un fenómeno es imposible y de que, por tanto, los resultados se deben a artefactos o errores sin explicación, olvidando que el progreso científico no puede basarse en verdades definitivas, sino solo en pruebas provisionales que seguro cambiarán en el futuro próximo”.

Mientras, a la espera de las reacciones que serán sin duda contundentes, Tressoldi se aventura incluso a caminar un paso más: “demostrar la posibilidad de explotar este fenómeno para aplicaciones prácticas”. “Por ejemplo, actualmente estoy ensayando un aparato de cardiolaerta conectado a un smartphone que puede utilizarse para alertarnos cuando nos acerquemos a una situación potencialmente peligrosa; por ejemplo, un accidente de tráfico”. ¿Precognición aplicada a la seguridad? Los fans de Philip K. Dick y de su Minority Report, llevada al cine por Steven Spielberg, ya habrán asociado el concepto a la idea de PreCrimen. Por su parte, quien suscribe, si algún tipo de dote premonitoria puede exhibir, y si se me permite la ironía, es solo para afirmar lo siguiente: preveo para las tesis de Tressoldi un futuro enormemente problemático.

Se presentía: la precognición no es real (¿pero…?)

Cabe pensar que la postura más extendida en la comunidad científica y sus parientes y allegados –entre los cuales me incluyo– respecto a lo que entendemos como fenómenos paranormales es el absoluto descreimiento (aunque quizá las encuestas podrían llegar a sorprendernos). La justificación recurre a ese viejo amigo que recibe tan pocas visitas, el sentido común: si existiera alguna esfera de la realidad que hasta ahora hubiese escapado a la descripción científica, al menos sus manifestaciones estarían ya lo suficientemente documentadas como para que no tuviéramos dudas de su veracidad, más allá de los típicos testimonios de sustos fantasmales o de las borrosas fotos de ovnis en una época en que la mayoría de la humanidad –incluso los masáis de la sabana keniana, doy fe– llevan encima un teléfono móvil con cámara de alta definición.

Pensemos en el magnetismo, conocido desde antiguo y verificado experimentalmente una y otra vez, pero que no fue comprendido hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando el escocés James Clerk Maxwell formuló las ecuaciones que lo describen. En un famoso vídeo, el Nobel de Física Richard Feynman desarrollaba un prolijo circunloquio para ilustrar que la atracción magnética no se puede explicar en términos de algo que resulte más familiar a los legos en física, lo que casi equivaldría a pedir un acto de fe a quienes no posean esta formación. De no ser, naturalmente, porque todo aquel que tiene una nevera y ha visitado una tienda de recuerdos durante algún viaje puede atestiguar que el magnetismo, en efecto, existe. Por el contrario, hasta ahora ningún fantasma ha podido ser convenientemente alojado en un laboratorio para su estudio, ni toda la avalancha de avistamientos de ovnis que siguieron a la acuñación original del fenómeno se ha concretado en una reunión pública y formal entre nuestra civilización y alguna de las otras (o, ya puestos, ni siquiera en una invasión en toda regla).

ESP (Percepción Extrasensorial) 'off'. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

ESP (Percepción Extrasensorial) ‘off’. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

Siendo así, podría concluirse que cualquier esfuerzo de someter estos fenómenos al escrutinio de la ciencia no es más que una palmaria pérdida de tiempo y dinero. Sin embargo, hay quienes no opinan así, y entre ellos se cuentan personajes tan respetados dentro y fuera del mundo científico como Carl Sagan e Isaac Asimov. Ellos y otros fueron miembros fundadores del hoy llamado Comité para la Investigación Escéptica (CSI), una organización que tiene como misión “promover la indagación científica, la investigación crítica y el uso de la razón en el examen de afirmaciones controvertidas y extraordinarias”. Uno de los promotores del CSI es el ilusionista James Randi, quien en 1996 ofreció una recompensa de un millón de dólares a quien aportase pruebas científicamente válidas de un fenómeno paranormal. El concurso continúa desierto, a pesar de que una legión de videntes en todo el mundo podría haber juzgado más cómodo y, sobre todo, más ético, reclamar una enorme cantidad de dinero destinado específicamente a ello por una gran fundación que saquear a diario a sus pequeños clientes.

El enfoque de esta postura es que el oscurantismo respecto a los fenómenos paranormales alimenta la versión de que “algo hay”, o de que, como en el famoso argumento ad ignorantiam, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia; mientras que abrir las ventanas de la ciencia es la mejor manera de que la corriente se lleve todo aquello que, sencillamente, no es real. Esto explica por qué es importante que la ciencia no se cierre al campo de lo paranormal, sino que someta sus proclamas a la experimentación y a su maquinaria de validación o refutación.

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Un ejemplo muy conocido de ello saltó a los medios hace tres años. En 2011, el psicólogo social de la Universidad de Cornell (EE. UU.) Daryl Bem, profesor emérito con una trayectoria fraguada en el campo de las actitudes y el comportamiento, publicó un estudio en la revista Journal of Personality and Social Psychology, una publicación de la Asociación Estadounidense de Psicología que figura entre las más reputadas de su campo. Lo insólito del caso fue que, en su estudio, Bem aseguraba aportar “pruebas experimentales de influencias retroactivas anómalas en la cognición”. En otras palabras, precognición, una de las presuntas facultades que en parapsicología se engloban bajo la denominación de psi. Naturalmente, los experimentos de Bem no eran ni mucho menos los primeros en sostener la existencia de fenómenos de percepción extrasensorial, y el propio psicólogo se había significado ya en años anteriores por argumentar a favor de los llamados experimentos ganzfeld como pruebas de la existencia de la telepatía. Sin embargo, el estudio de 2011 resonó por su metodología y por su aparición en una revista científica de gran prestigio.

Bem no empleó métodos tradicionales en los experimentos sobre clarividencia, como las cartas Zener, esos naipes que contienen símbolos. Lo astuto de su abordaje consistió en aplicar experimentos clásicos de psicología cognitiva que relacionan una causa con un efecto, pero invirtiendo el orden de ambos. Por ejemplo, en uno de ellos se presenta una lista de palabras y se pide a los voluntarios que memoricen tantas como les sea posible. A continuación se les muestra una selección de esa lista realizada al azar por un ordenador, que los sujetos deben copiar, y el experimento demuestra que la escritura refuerza la memoria, ya que las palabras escritas o categorizadas se recuerdan con más frecuencia. En la versión de Bem, se pidió a los voluntarios que escribiesen la lista de palabras antes de mostrarles la selección del ordenador y aun así, según las conclusiones del estudio, se detectó una tendencia modesta, pero estadísticamente significativa, a que los sujetos recordasen con mayor frecuencia las palabras que después se les iba a mostrar. En total, Bem realizó “nueve experimentos, incluyendo a más de mil participantes, que ensayan la influencia retroactiva invirtiendo el tiempo de efectos psicológicos bien establecidos de modo que las respuestas de los individuos se obtienen antes de que ocurran los estímulos causales”, escribía el psicólogo en su estudio.

El trabajo de Bem levantó una gran polvareda que atrajo la atención de medios como el diario The New York Times y la revista New Scientist. En la comunidad científica, el estudio provocó una oleada de réplicas que, en primer lugar, cuestionaron su tratamiento estadístico de los datos. El caso es modélico en un problema más amplio, el de los estudios estadísticos (en el ámbito médico se denominan epidemiológicos) que pueden demostrar lo que a sus autores se les antoje con solo retorcerles el cuello lo suficiente a los datos. En 2005, el profesor de medicina de la Universidad de Stanford (EE. UU.) John P. A. Ioannidis publicó en la revista PLoS Medicine un estudio titulado “Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos”, en el que revelaba las frecuentes interpretaciones erróneas de los resultados debido a diseños experimentales defectuosos y al manejo sesgado de las estadísticas. El año siguiente, el profesor de la Universidad de Toronto (Canadá) Peter Austin se basó en los registros clínicos de Ontario para demostrar que los nacidos bajo el signo de leo tenían más probabilidad de ingresar en un hospital con hemorragia gastrointestinal, mientras que los sagitario sufrían más fracturas de húmero. Por supuesto, Austin no pretendía defender tales conclusiones, sino destapar lo sencillo que resulta demostrar lo que a uno le convenga cuando se trata de hipótesis del tipo “hacer _____ aumenta el riesgo de padecer _____”.

La controversia desatada por el estudio de Bem repercutió en un juicio más general, no solo contra los estándares actuales de la psicología experimental a los que el investigador se ciñó estrictamente, sino también contra el sistema de revisión por pares, validación y publicación de resultados en las revistas científicas. El editor de JPSP, Charles Judd, se defendió entonces argumentando que el trabajo había sido evaluado por expertos solventes en la materia y que el veredicto global había sido favorable a su publicación. El asunto se caldeó aún más cuando, en 2012, otros tres psicólogos británicos repitieron uno de los experimentos de Bem sin encontrar prueba alguna a favor de la precognición, pero su estudio fue rechazado por JPSP bajo la excusa de que la revista “no publica replicaciones [de experimentos]”. Tras otros intentos infructuosos, los investigadores lograron por fin publicar su trabajo en la revista PLoS One. Por fin, JPSP publicó el mismo año otro estudio titulado “Corrigiendo el pasado: fracasos en la replicación de psi”, en el que cuatro investigadores trataron de reproducir los resultados de Bem, también sin éxito.

¿Asunto zanjado? Podría decirse. Y sin embargo, pese a todo…

(Continuará)