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Se presentía: la precognición no es real (¿pero…?)

Cabe pensar que la postura más extendida en la comunidad científica y sus parientes y allegados –entre los cuales me incluyo– respecto a lo que entendemos como fenómenos paranormales es el absoluto descreimiento (aunque quizá las encuestas podrían llegar a sorprendernos). La justificación recurre a ese viejo amigo que recibe tan pocas visitas, el sentido común: si existiera alguna esfera de la realidad que hasta ahora hubiese escapado a la descripción científica, al menos sus manifestaciones estarían ya lo suficientemente documentadas como para que no tuviéramos dudas de su veracidad, más allá de los típicos testimonios de sustos fantasmales o de las borrosas fotos de ovnis en una época en que la mayoría de la humanidad –incluso los masáis de la sabana keniana, doy fe– llevan encima un teléfono móvil con cámara de alta definición.

Pensemos en el magnetismo, conocido desde antiguo y verificado experimentalmente una y otra vez, pero que no fue comprendido hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando el escocés James Clerk Maxwell formuló las ecuaciones que lo describen. En un famoso vídeo, el Nobel de Física Richard Feynman desarrollaba un prolijo circunloquio para ilustrar que la atracción magnética no se puede explicar en términos de algo que resulte más familiar a los legos en física, lo que casi equivaldría a pedir un acto de fe a quienes no posean esta formación. De no ser, naturalmente, porque todo aquel que tiene una nevera y ha visitado una tienda de recuerdos durante algún viaje puede atestiguar que el magnetismo, en efecto, existe. Por el contrario, hasta ahora ningún fantasma ha podido ser convenientemente alojado en un laboratorio para su estudio, ni toda la avalancha de avistamientos de ovnis que siguieron a la acuñación original del fenómeno se ha concretado en una reunión pública y formal entre nuestra civilización y alguna de las otras (o, ya puestos, ni siquiera en una invasión en toda regla).

ESP (Percepción Extrasensorial) 'off'. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

ESP (Percepción Extrasensorial) ‘off’. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

Siendo así, podría concluirse que cualquier esfuerzo de someter estos fenómenos al escrutinio de la ciencia no es más que una palmaria pérdida de tiempo y dinero. Sin embargo, hay quienes no opinan así, y entre ellos se cuentan personajes tan respetados dentro y fuera del mundo científico como Carl Sagan e Isaac Asimov. Ellos y otros fueron miembros fundadores del hoy llamado Comité para la Investigación Escéptica (CSI), una organización que tiene como misión “promover la indagación científica, la investigación crítica y el uso de la razón en el examen de afirmaciones controvertidas y extraordinarias”. Uno de los promotores del CSI es el ilusionista James Randi, quien en 1996 ofreció una recompensa de un millón de dólares a quien aportase pruebas científicamente válidas de un fenómeno paranormal. El concurso continúa desierto, a pesar de que una legión de videntes en todo el mundo podría haber juzgado más cómodo y, sobre todo, más ético, reclamar una enorme cantidad de dinero destinado específicamente a ello por una gran fundación que saquear a diario a sus pequeños clientes.

El enfoque de esta postura es que el oscurantismo respecto a los fenómenos paranormales alimenta la versión de que “algo hay”, o de que, como en el famoso argumento ad ignorantiam, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia; mientras que abrir las ventanas de la ciencia es la mejor manera de que la corriente se lleve todo aquello que, sencillamente, no es real. Esto explica por qué es importante que la ciencia no se cierre al campo de lo paranormal, sino que someta sus proclamas a la experimentación y a su maquinaria de validación o refutación.

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Un ejemplo muy conocido de ello saltó a los medios hace tres años. En 2011, el psicólogo social de la Universidad de Cornell (EE. UU.) Daryl Bem, profesor emérito con una trayectoria fraguada en el campo de las actitudes y el comportamiento, publicó un estudio en la revista Journal of Personality and Social Psychology, una publicación de la Asociación Estadounidense de Psicología que figura entre las más reputadas de su campo. Lo insólito del caso fue que, en su estudio, Bem aseguraba aportar “pruebas experimentales de influencias retroactivas anómalas en la cognición”. En otras palabras, precognición, una de las presuntas facultades que en parapsicología se engloban bajo la denominación de psi. Naturalmente, los experimentos de Bem no eran ni mucho menos los primeros en sostener la existencia de fenómenos de percepción extrasensorial, y el propio psicólogo se había significado ya en años anteriores por argumentar a favor de los llamados experimentos ganzfeld como pruebas de la existencia de la telepatía. Sin embargo, el estudio de 2011 resonó por su metodología y por su aparición en una revista científica de gran prestigio.

Bem no empleó métodos tradicionales en los experimentos sobre clarividencia, como las cartas Zener, esos naipes que contienen símbolos. Lo astuto de su abordaje consistió en aplicar experimentos clásicos de psicología cognitiva que relacionan una causa con un efecto, pero invirtiendo el orden de ambos. Por ejemplo, en uno de ellos se presenta una lista de palabras y se pide a los voluntarios que memoricen tantas como les sea posible. A continuación se les muestra una selección de esa lista realizada al azar por un ordenador, que los sujetos deben copiar, y el experimento demuestra que la escritura refuerza la memoria, ya que las palabras escritas o categorizadas se recuerdan con más frecuencia. En la versión de Bem, se pidió a los voluntarios que escribiesen la lista de palabras antes de mostrarles la selección del ordenador y aun así, según las conclusiones del estudio, se detectó una tendencia modesta, pero estadísticamente significativa, a que los sujetos recordasen con mayor frecuencia las palabras que después se les iba a mostrar. En total, Bem realizó “nueve experimentos, incluyendo a más de mil participantes, que ensayan la influencia retroactiva invirtiendo el tiempo de efectos psicológicos bien establecidos de modo que las respuestas de los individuos se obtienen antes de que ocurran los estímulos causales”, escribía el psicólogo en su estudio.

El trabajo de Bem levantó una gran polvareda que atrajo la atención de medios como el diario The New York Times y la revista New Scientist. En la comunidad científica, el estudio provocó una oleada de réplicas que, en primer lugar, cuestionaron su tratamiento estadístico de los datos. El caso es modélico en un problema más amplio, el de los estudios estadísticos (en el ámbito médico se denominan epidemiológicos) que pueden demostrar lo que a sus autores se les antoje con solo retorcerles el cuello lo suficiente a los datos. En 2005, el profesor de medicina de la Universidad de Stanford (EE. UU.) John P. A. Ioannidis publicó en la revista PLoS Medicine un estudio titulado “Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos”, en el que revelaba las frecuentes interpretaciones erróneas de los resultados debido a diseños experimentales defectuosos y al manejo sesgado de las estadísticas. El año siguiente, el profesor de la Universidad de Toronto (Canadá) Peter Austin se basó en los registros clínicos de Ontario para demostrar que los nacidos bajo el signo de leo tenían más probabilidad de ingresar en un hospital con hemorragia gastrointestinal, mientras que los sagitario sufrían más fracturas de húmero. Por supuesto, Austin no pretendía defender tales conclusiones, sino destapar lo sencillo que resulta demostrar lo que a uno le convenga cuando se trata de hipótesis del tipo “hacer _____ aumenta el riesgo de padecer _____”.

La controversia desatada por el estudio de Bem repercutió en un juicio más general, no solo contra los estándares actuales de la psicología experimental a los que el investigador se ciñó estrictamente, sino también contra el sistema de revisión por pares, validación y publicación de resultados en las revistas científicas. El editor de JPSP, Charles Judd, se defendió entonces argumentando que el trabajo había sido evaluado por expertos solventes en la materia y que el veredicto global había sido favorable a su publicación. El asunto se caldeó aún más cuando, en 2012, otros tres psicólogos británicos repitieron uno de los experimentos de Bem sin encontrar prueba alguna a favor de la precognición, pero su estudio fue rechazado por JPSP bajo la excusa de que la revista “no publica replicaciones [de experimentos]”. Tras otros intentos infructuosos, los investigadores lograron por fin publicar su trabajo en la revista PLoS One. Por fin, JPSP publicó el mismo año otro estudio titulado “Corrigiendo el pasado: fracasos en la replicación de psi”, en el que cuatro investigadores trataron de reproducir los resultados de Bem, también sin éxito.

¿Asunto zanjado? Podría decirse. Y sin embargo, pese a todo…

(Continuará)