El cambio climático, explicado de forma sencilla (o eso espero)

Como prometí ayer, hoy toca traer aquí una explicación del cambio climático que pretende detallar un poco mejor las causas, lo que muy a menudo se deja de lado en favor de los efectos. Primero, un par de disclaimers: aunque voy a explicarlo de forma sencilla, o eso espero, esto no van a ser dos minutos, o cinco párrafos; para una explicación algo detallada se requiere un poco más. Y segundo, pido perdón también por alguna sobresimplificación inevitable que solo busca precisamente eso, tratar de simplificarlo.

Los planetas duros como la Tierra o Venus se componen básicamente de dos tipos de rocas, carbonatos y silicatos (simplificación, pero lo demás no nos interesa ahora). Básicamente, lo que hacen estos dos tipos de rocas es pasarse el oxígeno entre ellas. El oxígeno es, con mucha diferencia, el elemento más abundante de la corteza terrestre (el segundo de la Tierra en general). El silicio es el segundo. En cambio, el carbono es extremadamente minoritario, tanto que en la composición general de la Tierra parecería irrelevante. Pero no solo es la base de todos los seres vivos, sino que, como vamos a ver, su papel en la Tierra es esencial.

Los carbonatos son rocas que contienen carbono, oxígeno y algo más, como calcio, otro de los elementos más abundantes en la Tierra. Ejemplo: carbonato cálcico (CaCO3), la roca caliza. Los silicatos también contienen silicio, oxígeno y algo más. Ejemplo, los silicatos de aluminio que forman la arcilla.

Así, y como hemos dicho que los carbonatos y los silicatos se pasan el oxígeno entre sí (y algo más), esto da lugar a un ciclo, llamado ciclo de los carbonatos-silicatos. El ciclo funciona así: los volcanes expulsan rocas silíceas y CO2. Este gas que pasa a la atmósfera crea un efecto invernadero, es decir, atrapa el calor del sol, aumentando la temperatura de la biosfera (la capa sólida, líquida y gaseosa de la Tierra que habitamos los seres vivos). El mar se traga una parte del CO2 atmosférico, por lo que actúa como regulador del efecto invernadero. Además, la lluvia también abate una parte del CO2 a la tierra y al mar. Entonces ocurren dos cosas.

Por un lado, el agua y el CO2 causan un proceso en los silicatos llamado meteorización, por el cual los elementos como el calcio se liberan, pasan a los ríos y llegan al mar. El silicio puede entonces formar minerales como la sílice, o cuarzo, es decir, arena. Por otro lado, al mar llega también ese CO2 de la atmósfera que hemos dicho.

En los mares ocurre que el CO2 y el calcio son utilizados por los seres vivos; entre otras cosas, para formar los carbonatos que componen las conchas y otras estructuras duras no vivas (inorgánicas) de los seres vivos. Los seres vivos mueren y caen al fondo en los sedimentos marinos, formando rocas sedimentarias. También los depósitos de organismos muertos, cuando quedan atrapados antes de descomponerse del todo, forman las bolsas de hidrocarburos: carbón, petróleo y gas natural. En torno a un 80% de las rocas de carbono proceden de los carbonatos, mientras que el 20% restante tiene su origen en los organismos vivos. En general, estas rocas sedimentarias penetran en el interior de la Tierra, por ejemplo a través de los contactos entre placas tectónicas, y allí los procesos magmáticos las transforman en silicatos y CO2, que se expulsan a través de los volcanes. Y el ciclo comienza de nuevo.

Esto que sigue es una ilustración del ciclo, que puede ayudar a entenderlo o lo contrario, complicarlo más. No es imprescindible, pero queda bien, y de todos modos estoy obligado a incluir alguna imagen, así que allá va:

Ciclo de carbonatos-silicatos. Imagen de John Garrett / Wikipedia.

Este ciclo de los carbonatos-silicatos, que se mueve en una escala de millones de años, es fundamental en la regulación del clima terrestre. Un ejemplo de cómo se regula este equilibrio: si crece el CO2 en la atmósfera y con él la temperatura, aumenta la evaporación del agua. El vapor de agua tiene un potentísimo efecto invernadero, pero entonces también aumentan la lluvia y la meteorización, lo que retira CO2 del aire y enfría el planeta. Si baja el CO2 en la atmósfera, ocurre lo contrario. Es decir, este ciclo es un sistema de climatización regulado por termostato que en la Tierra ha funcionado estupendamente durante miles de millones de años. Gracias a él se han mantenido las condiciones habitables. Gracias a él estamos aquí.

Pero imaginemos que prendemos un buen fuego en el salón de casa. El termostato saltará y pondrá en marcha el aire acondicionado. Pero por mucho que se esfuerce, no conseguirá rebajar la temperatura, y continuará funcionando a máxima potencia hasta que acabe averiándose. Es decir, la capacidad de los sistemas de regulación de la temperatura no es infinita. Si se fuerza el sistema, acaba colapsando.

El ejemplo de esto lo tenemos en Venus. La Tierra y Venus nacieron como planetas casi gemelos, pero Venus acabó muy mal. El origen de su desastre posiblemente fue el calor del sol, que aumentó durante la infancia del Sistema Solar, elevando la temperatura de Venus. El efecto invernadero aumentó por el CO2 y el vapor de agua en la atmósfera, lo cual a su vez liberaba más CO2 y más vapor de agua que aumentaban el efecto invernadero. Este círculo vicioso llegó a un punto en que ya no fue posible retirar el CO2 necesario para enfriar la temperatura, sobre todo cuando el agua se iba perdiendo por disociación en oxígeno e hidrógeno, y este último escapaba al espacio. Así, el planeta se iba calentando cada vez más, y secándose hasta que las placas tectónicas dejaron de funcionar y el ciclo se detuvo por completo. Resultado: Venus se convirtió en un infierno, más caliente que Mercurio, que está mucho más cerca del Sol, y con una presión atmosférica aplastante, casi todo ello CO2.

Este efecto invernadero catastrófico que hizo de Venus lo que es hoy ocurrirá también en la Tierra al final de la vida del Sistema Solar, cuando el Sol se convierta en una estrella gigante roja. Pero debe quedar claro que esto no va a ocurrir aquí en millones de años. No, la acción humana no va a convertir a la Tierra en Venus. Lo que sí está ocurriendo es que la acción humana está alterando el ciclo lo suficiente como para que sus efectos se noten, y sean irreversibles en un plazo de muchas generaciones.

También conviene aclarar que las glaciaciones son procesos naturales en los que desempeña un papel importante la variación de la órbita terrestre a lo largo del tiempo. Estos ciclos, llamados de Milankovitch, se basan en la variación de ciertos parámetros orbitales a lo largo de periodos respectivos de 100.000 años, 413.000, 41.000 y 25.771,5 años. Los efectos de estos ciclos se superponen a la regulación propia del clima terrestre y a otros factores implicados en ciclos de realimentación, pero son también a largo plazo y no tienen ninguna relación con el cambio climático actual. Tampoco los ciclos solares; la intervención de los ciclos orbitales y solares en la evolución del clima actual a corto plazo fue muy discutida durante gran parte del siglo XX, sin que se llegara a encontrar un encaje entre estos factores y las observaciones, ni siquiera en los modelos predictivos.

Cuando utilizamos los combustibles fósiles, no se trata solo de que al quemarlos estamos emitiendo CO2 a la atmósfera, que por supuesto que sí. Es que además estamos arrebatándole al ciclo una buena parte de su reserva de carbono. En lugar de dejar que esos depósitos de carbono sigan su recorrido de millones de años en el interior de la Tierra, los estamos sacando de ahí para inyectarlos en una vía acelerada, el ciclo rápido del carbono, que es el que se produce entre los seres vivos y la biosfera. Así, le estamos sustrayendo material al ciclo de carbonatos-silicatos, y al hacerlo estamos forzando el termostato. Y el termostato no está preparado para absorber esta demanda extra: se calcula que el CO2 emitido por la quema de combustibles fósiles multiplica por 100 a 300 el expulsado por los volcanes en el ciclo natural de carbonatos-silicatos.

Pero ¿cuánto carbono supone esto, y es suficiente esta cantidad para alterar el clima terrestre? Recordemos que el carbono es un elemento extremadamente minoritario en la Tierra. Pero que, a pesar de ello, su papel en la regulación del clima es esencial. En una analogía biológica de la Tierra como un organismo, podríamos compararlo con las vitaminas, sustancias que necesitamos en muy poca cantidad, pero que son fundamentales para mantener el buen funcionamiento del cuerpo.

Y por lo tanto, esto ya da una idea de que incluso una pequeña alteración de carbono puede tener consecuencias graves, ya que quitar o añadir un poco a una cantidad pequeña tiene un efecto mucho mayor que quitar o añadir un poco a una cantidad grande. De esta pequeñísima cantidad del carbono terrestre, casi todo, el 99,6%, está secuestrado en las rocas del ciclo, y solo el 0,002% está en el ciclo de los seres vivos de la biosfera. Así que, si con esto alguien aún no entiende cómo es posible que solo un poco más de carbono en la atmósfera pueda tener consecuencias tan brutales en la regulación del clima, entonces ya no sé cómo explicarlo.

Los científicos comenzaron a sospechar de la importancia de estos procesos en el siglo XIX, con las aportaciones pioneras de nombres como Joseph Fourier, Eunice Foote, John Tyndall o Svante Arrhenius. Pero fue en 1958 cuando el científico atmosférico Charles David Keeling empezó a hacer algo que hasta entonces no se había hecho, medir de forma continua y homogénea los niveles de CO2 atmosférico en un lugar concreto, la cumbre del Mauna Loa en Hawái. Y aquellas mediciones, continuadas hasta hoy, han dado lugar a esta ya famosa curva:

Curva de Keeling. Concentración de CO2 en la atmósfera desde 1958 hasta hoy. Imagen de UC San Diego / Scripps.

Cuando Keeling comenzó sus observaciones, los científicos se preguntaban hasta qué punto el mar, pieza fundamental del termostato del ciclo de carbonatos-silicatos, podría absorber el exceso de CO2 emitido por la quema de combustibles fósiles. Ya por entonces los modelos matemáticos, mucho más simples que los disponibles hoy, indicaban que no. No solo el mar almacena carbono: la materia vegetal captura también inmensas cantidades de carbono (la fotosíntesis ya mencionada). Hoy los científicos calculan que la tierra y el mar pueden absorber hasta un 50% del CO2 emitido por la quema de combustibles; la otra mitad queda en la atmósfera alterando la regulación térmica terrestre.

Y no solo emitimos CO2 por la quema de combustibles fósiles (ni tampoco este es el único gas de efecto invernadero, pero se trata de no alejarnos de la explicación sencilla): la deforestación y el cambio en los usos de la tierra añaden más liberación de CO2 a la atmósfera. Y no olvidemos el cemento: el hormigón es el segundo material más consumido en el mundo después del agua. Para fabricar cemento calcinamos piedra caliza, carbonato cálcico (CaCO3), lo que genera óxido de calcio (CaO) y CO2. Es decir, que no solo mediante la extracción de combustibles fósiles estamos vaciando las reservas de carbono del ciclo de carbonatos-silicatos e inyectando ese carbono en el ciclo rápido, sino también a través de la conversión de roca caliza en cemento.

Es importante señalar que los modelos actuales, aunque siempre imperfectos, son mucho más avanzados que hace medio siglo. Gracias a estas simulaciones informatizadas es como los científicos han podido determinar cuáles son los llamados tipping points, algo así como puntos de no retorno, a partir de los cuales ciertos efectos sobre el clima se manifiestan sin posibilidad de reversión. Cuando en el acuerdo de París de 2015 se fijaron los objetivos de un calentamiento máximo por debajo de 2 °C, preferiblemente un máximo de 1,5 °C, estas cifras no son producto de una negociación. En este caso se habla de cuáles son esos tipping points definidos por la ciencia, esas fronteras que es imprescindible no sobrepasar.

Así se calcula con precisión cuál es nuestro presupuesto de carbono, el máximo que aún podemos emitir, o cuánto necesitamos eliminar, para ceñirnos a esos objetivos. Y de estos presupuestos, que tienen cifras concretas, es de donde nacen las medidas destinadas a reducir las emisiones. No son caprichosas ni arbitrarias, sino que están avaladas por mucha ciencia detrás. Y lo que dice esa ciencia es que no solamente no podemos seguir quemando combustibles fósiles, sino que además debemos dejar los que aún quedan donde están, si queremos mitigar en la medida de lo posible esa alteración del sistema regulador del clima terrestre.

Por qué hay que explicar más el cambio climático

En internet pueden encontrarse toneladas de información sobre el cambio climático, si es que la información puede medirse al peso. Incluso un alienígena con acceso a Google que acabara de llegar a este planeta podría ponerse al día en unos pocos minutos sobre la amenaza que pesa sobre la biosfera en general, que nos incluye a nosotros en particular, si no se adoptan ciertas medidas urgentes.

Pero el alienígena, que evidentemente se habría perdido la historia anterior a su llegada a la Tierra, quizá no sería el único con la sensación de haber entrado en el cine a mitad de la película. En efecto, hay toneladas de información sobre los efectos que estamos sufriendo y sobre la amenaza que nos espera, es decir, sobre las consecuencias del cambio climático. Pero si alguien se pregunta el cómo y el porqué de todo esto, tal vez no lo tenga tan fácil para satisfacer su curiosidad. Porque la mayor parte de la información en internet se centra mucho más en los efectos que en las causas.

Es más, a veces incluso esta información no es del todo precisa, y aclaro: popularmente el cambio climático ha llegado a convertirse en una especie de mantra para todo: Filomena, el cambio climático. Ola de calor, el cambio climático. Sequía, el cambio climático. Inundaciones, el cambio climático. Por el contrario, los científicos son extremadamente prudentes a la hora de achacar fenómenos meteorológicos concretos al cambio climático, y solo lo hacen si los modelos matemáticos indican que existe esta relación.

Por ejemplo: en septiembre de 2021 hice dos reportajes sobre la relación entre las catástrofes naturales y el cambio climático. En uno de ellos pregunté a los expertos sobre cómo y cuánto el cambio climático puede influir en otros factores geodinámicos no estrictamente meteorológicos que provocan desastres naturales. Los estudios están consolidando ciertas relaciones, aunque aún falta mucha ciencia. Pero (en el otro reportaje) incluso en las catástrofes o anomalías estrictamente meteorológicas, como inundaciones, sequías, calores o fríos extremos, los científicos estudian cada uno de estos fenómenos en el contexto de los modelos antes de relacionarlos con el cambio climático. Perdón por citarme a mí mismo:

Lejos de asumir una culpabilidad general y por defecto del cambio climático en todas estas catástrofes, desde 2004 —cuando se publicó el primero de estos estudioshan proliferado las investigaciones que evalúan la posible atribución de desastres naturales concretos a los efectos del cambio climático (hasta un cierto grado), utilizando modelos mejorados que comparan los resultados en presencia o ausencia de este factor. Según publicaba Scientific American en 2018, esta es una de las áreas en mayor expansión de la ciencia del clima.

Así, la WMO repasa los estudios científicos relativos a diferentes desastres concretos, que cada año recoge el boletín de la Sociedad Meteorológica de EEUU y que emplean las herramientas científicas actuales para evaluar el impacto del cambio climático en los fenómenos extremos. Entre 2015 y 2017, 62 de los 77 eventos registrados muestran una influencia humana significativa. En general el vínculo causa-efecto entre el cambio climático y estos fenómenos es sólido para las olas de calor y temperaturas extremas, así como para algunos grandes ciclones y episodios de lluvias torrenciales; en cambio, no tanto para las sequías, ya que se ven afectadas también por fenómenos naturales variables como El Niño-Oscilación del Sur. No obstante, los modelos sí han detallado casos específicos, como la influencia del calentamiento antropogénico del océano Índico en la sequía de África Oriental en 2016-2017.

Pero como decía, centrémonos en las causas: incluso en las fuentes que pretenden explicar el cambio climático «de forma sencilla» (búsquedas hechas como comprobación, en español e inglés), en cinco párrafos o en dos minutos, a las causas apenas se les dedica una frase, o unos segundos. Suele ser algo del tipo «la quema de combustibles fósiles produce CO2, un gas de efecto invernadero que calienta el planeta». Punto. En el resto de los párrafos, o de los dos minutos, las fuentes se explayan con los efectos actuales y las predicciones sobre sus consecuencias futuras.

Cambio en las temperaturas medias en los últimos 50 años, un ejemplo de las consecuencias del cambio climático. Imagen de NASA’s Scientific Visualization Studio, Key and Title by Eric Fisk / Wikipedia.

Siendo esa frase innegablemente cierta, siempre tengo la sensación de que la explicación se queda muy coja. No contiene suficiente información para considerarse una explicación. Y, por lo tanto, más bien parece un dogma que debe creerse, y a muchas personas no les gustan los dogmas (o solo les gustan los que procedan de aquellos a quienes han conferido la autoridad del dogma). Quien no sepa nada sencillamente no va a entender qué problema hay en que el carbono esté aquí o esté allá. E incluso a quien tenga un mínimo conocimiento le surgirán mil preguntas y dudas: pero si el CO2 es un gas que expulsamos solo con respirar… Pero si el CO2 es bueno para las plantas, ya que lo utilizan para producir oxígeno en la fotosíntesis, y por lo tanto, a más CO2, más oxígeno… Pero si gracias al efecto invernadero existe la vida en la Tierra… Pero si los combustibles fósiles son una fuente natural de energía… Pero si su carbono procede de los seres vivos… Pero si los cambios climáticos han existido siempre, cuando no había combustibles fósiles o ni siquiera había humanos… Pero si los ciclos solares, la órbita de la Tierra…

Es obvio que ninguna explicación servirá para quien no quiera entender (o ni siquiera leerla), y por desgracia parece que muchos de quienes suscriben estas objeciones ya han decidido previamente que de ninguna manera van a cambiar de idea. En el último decenio el consenso sobre el cambio climático en la comunidad científica ha aumentado del 97% al 99,9%; es decir, que existía todavía una pequeña proporción de científicos a quienes las pruebas existentes hace diez años aún no les acababan de convencer, y que finalmente se han rendido a la evidencia de miles y miles de estudios.

No solo científicos: como conté anteriormente, un ejemplo de póster es Frank Luntz, durante muchos años consultor y estratega clave del Partido Republicano de EEUU. Luntz negaba el cambio climático, como muchos entonces en su partido y en su sector ideológico. En 2002 escribió un informe para el presidente George W. Bush en el que alertaba de que el debate científico se estaba cerrando en contra de ellos, y que para no perder la batalla de la comunicación debían centrarse en «desafiar la ciencia» y en insistir en la falta de certidumbre científica. De lo contrario, advertía Luntz, si los votantes sentían que la ciencia era unánime, aceptarían esta postura. Luntz aconsejó a la presidencia cambiar la expresión «calentamiento global» por «cambio climático», que sonaba menos amenazante, y Bush así lo hizo.

Como persona inteligente y lúcida que ha demostrado ser, Luntz acabó también rindiéndose a la aplastante evidencia científica, y hace 14 años cambió su postura. Sigue siendo republicano, pero convencido de la necesidad de actuar urgentemente contra el cambio climático, y encaja tanto las críticas sobre su postura anterior como las críticas sobre su postura actual. En una reciente entrevista con motivo de su visita a España, decía: «No soy la misma persona con 60 que con 30. Ahora soy más tonto porque me he dado cuenta de todo lo que me queda por saber. Con 30, estaba convencido que tenía todas las respuestas».

Luntz acertaba en un argumento clave: en efecto, los científicos son más tontos que la población general; admiten su ignorancia. Pueden tener sus juicios prefabricados, como todo ser humano, pero un buen científico está dispuesto a cambiar su visión si las pruebas le convencen de que estaba equivocado. Reconoce que otros saben mucho más que él sobre muchas cosas. Y reconoce que lo que aún no sabe supera en mucho a lo que sabe.

Todo esto implica que, probablemente, a estas alturas ya sea muy difícil que quienes aún se aferran al bando del negacionismo vayan a cambiar de postura; poco a poco han ido quedando solo los más recalcitrantes, incombustibles a cualquier evidencia científica que se les ponga ante los ojos. El grupo antes llamado de los escépticos ha quedado reducido a un núcleo duro de quienes, parafraseando aquella cita mal atribuida a Groucho Marx, seguirán creyéndose a sí mismos (prejuicios) antes que a sus propios ojos (evidencias).

Por lo tanto, no sé si servirá de alguna utilidad real aportar una explicación algo más detallada y completa sobre por qué y cómo el cambio climático, dejando de lado las consecuencias sobre las que ya existen toneladas de información en miles de fuentes. Pero aunque esto no logre convencer a nadie, espero que al menos sea de interés para quienes quieran saber algo más. Mañana lo veremos.

«Emergencia climática», el consenso de 14.000 científicos

El negacionismo del cambio climático, como los demás negacionismos, o casi como cualquier otra cosa, viene en distintos niveles y colores. Desde el de tarjeta oro, el de «vale, pero eso está bien, más calorcito, más tiempo para ir a la playa», que incluye de regalo el «¡pero hombre, si el CO2 es bueno para las plantas!», pasando por el de tarjeta platino, el de «sí, hay un calentamiento, pero es por el ciclo solar o la órbita de la Tierra o nosequé» (la «evolución» del clima, lo llamaba uno en respuesta a un comentario mío en Twitter), hasta el de tarjeta black, el de «¿Calentamiento? ¡Ja! ¿Y Filomena?».

En honor a la verdad y en mi humilde opinión, debo decir que creo que a menudo el cambio climático no se explica lo suficiente. Por curiosidad he hecho alguna búsqueda en Google sobre el cambio climático «explicado de forma sencilla» (un amigo con un alto puesto en un medio nacional me decía recientemente que ahora triunfan los contenidos del tipo «loquesea explicado en dos minutos», y que nadie lee más allá del tercer párrafo), y casi siempre encuentro lo mismo: la explicación del cambio climático se liquida con una sola frase o en cinco segundos, al estilo de «la quema de combustibles fósiles emite CO2 que aumenta el efecto invernadero», y punto. El resto de los párrafos, o de los dos minutos, no se dedica realmente a explicar el cambio climático, sino sus efectos actuales y las predicciones sobre sus consecuencias futuras. Pero en fin, esto será materia de otro día.

El caso es que recientemente se ha puesto en evidencia el negacionismo por parte de ciertos sectores ideológicos que pretenden borrar el término «emergencia climática», porque, al parecer, creen que esto es un invento de ciertos sectores ideológicos contrarios (todo un clásico, proyectar en el otro el defecto propio). Como justificación políticamente presentable (para ocultar, me temo, lo que realmente piensan), alegan que no hay una emergencia como lo que se entiende por una emergencia, algo inminentemente amenazador que exija una acción inmediata. ¿La avería del Apolo 13 no era una emergencia, dado que los astronautas no iban a morir de inmediato, sino que iban a tardar algunos días en consumir el oxígeno y asfixiarse? Era la respiración de entonces la que iba a provocar su muerte en diferido.

Pancarta ante el Parlamento de Alaska. Imagen de Gillfoto / Wikipedia.

Desde 1992 la comunidad científica comenzó a organizarse para llamar la atención del mundo sobre el cambio climático y sus previsibles consecuencias. Después de otras iniciativas previas, en 2020 un grupo de científicos del clima publicó en la revista BioScience un artículo titulado «Aviso de los científicos del mundo sobre una emergencia climática», que fue actualizado después en 2021 y que ha sido ratificado con su firma por más de 14.000 científicos de todo el mundo; nunca un artículo científico recibió una adhesión tan masiva, y nunca ha existido un consenso científico explícitamente ratificado de forma tan abrumadora.

En el artículo los autores presentan un resumen de indicadores de los signos vitales del planeta en relación con el cambio climático, basado en el análisis de 40 años de datos, y escriben: «Los científicos tienen una obligación moral de advertir claramente a la humanidad de cualquier amenaza catastrófica y de decir ‘las cosas como son’. Basándonos en esta obligación y en los indicadores gráficos presentados, declaramos, con más de 11.000 científicos firmantes de todo el mundo [en el momento de la publicación], clara e inequívocamente que el planeta Tierra se enfrenta a una EMERGENCIA CLIMÁTICA» (las mayúsculas son mías).

En la actualización de la declaración en 2021, la que a fecha de hoy han firmado 14.664 científicos, los autores añadían: «Basándonos en las tendencias recientes de los signos vitales planetarios, NOS REAFIRMAMOS EN LA DECLARACIÓN DE EMERGENCIA CLIMÁTICA [otra vez, mayúsculas mías] y llamamos de nuevo a un cambio transformativo, que se necesita ahora más que nunca para proteger la vida en la Tierra y permanecer dentro del máximo número de fronteras planetarias [estas son las líneas rojas que los científicos han marcado] como sea posible. La velocidad del cambio es esencial, y las nuevas políticas climáticas deberían ser parte de los planes de recuperación de la COVID-19. Debemos unirnos ahora como comunidad global con un sentido compartido de urgencia, cooperación y equidad».

Y añaden: «Toda la acción transformadora sobre el clima debería enfocarse en la justicia social para todos priorizando las necesidades humanas básicas y reduciendo las desigualdades. Como prerrequisito para esta acción, la educación sobre el cambio climático debería incluirse en los currículos escolares fundamentales en todo el mundo. Esto resultaría en un mayor reconocimiento de la emergencia climática, empoderando a los alumnos para actuar».

Ahora, las objeciones. Pero no, las objeciones no lo son al sentido de la declaración. No hay ya una sola voz experta reconocida que cuestione de ninguna manera el consenso científico. Recientemente una revisión de miles de estudios científicos publicados revisados por pares cifraba el consenso científico actual sobre el clima en un 99,9%, en comparación con la cifra del 97% aportada anteriormente por otro análisis en 2013. «La cuestión ha quedado sobradamente establecida, y la realidad del cambio climático antropogénico no tiene mayor discusión entre los científicos que la tectónica de placas o la evolución», escriben los autores, para añadir: «No persiste ninguna incertidumbre científica sobre la urgencia y la gravedad de esta tarea». Lo cual se parece bastante a lo que entendemos por una «emergencia».

Las objeciones se refieren, en cambio, a la conveniencia de usar un lenguaje tan contundente, incluso si la realidad a la que se refiere lo es. En The Conversation, los expertos en lingüística Dimitrinka Atanasova y Kjersti Fløttum repasan cómo ha cambiado el lenguaje referente al cambio climático. «Cómo etiquetamos un asunto determina cómo lo afrontamos», escriben. En 2003 el estratega político republicano de EEUU Frank Luntz, entonces negacionista (hoy ya no lo es), convenció al presidente George W. Bush para cambiar la expresión «calentamiento global» por «cambio climático», que sonaba menos amenazadora. Por motivos similares, la comunidad científica, junto con diversos medios de todo el mundo que se han sumado, abandona este término tramposamente aséptico en favor de otro que expresa más fielmente el cariz del problema.

Pero, argumentan los dos lingüistas, el lenguaje fuerte puede tener un efecto opuesto al buscado. Los políticos y los medios pecan en exceso del uso de un lenguaje grandilocuente y efectista; guerras contra la obesidad o la pobreza, crisis de todo tipo. La gente se desensibiliza y cae en la indiferencia y la apatía. «Cuando la gente ve un problema como demasiado grande, puede dejar de creer que hay un modo de solucionarlo».

En cambio, proponen los lingüistas, los medios deberían centrarse en las soluciones, en lo que puede hacerse y en cómo hacerlo con la participación de todos; optimismo y compromiso. Para ello, dicen, debe abordarse un enfoque de periodismo constructivo. Hace unos días mi vecino de blog César-Javier Palacios hablaba de esto mismo en su crónica de un seminario internacional sobre cambio climático y periodismo organizado por el Parlamento Europeo. Huir del periodismo policía, del periodismo que juzga, en favor de otro centrado en las soluciones, en la cooperación y no en la disensión, en el progreso y no en la amenaza.

No creo que nadie pueda cuestionar el valor de esta aportación. Pero el periodismo tampoco puede abdicar de su deber de denuncia. Y cuando existen estamentos en el poder que no solo niegan que el cambio climático —lo crean real o no— sea una emergencia, sino que además envían a sus millones de seguidores y votantes el mensaje de que todo reconocimiento de una emergencia climática es una toma de postura ideológica contraria a la suya, ni el periodismo ni la ciencia deberían permanecer callados. Taparse los ojos ante la desinformación es abandonar un espacio que esta ocupará para continuar subsistiendo.

Timos sobre dos grandes plagas del verano, el mosquito y la mosca negra

Si hace unos días hablábamos aquí de los mitos más populares sobre los mosquitos y las moscas negras, las dos plagas más molestas de nuestros veranos, hoy toca intercambiar las consonantes para hablar de los timos. En las tiendas físicas y online hay una nutrida oferta de productos destinados a repeler los insectos y protegernos de las picaduras. Y podríamos pensar que el hecho de que todos estos productos se comercialicen dentro de la legalidad es garantía de que funcionan; si se venden en Mercadona, ¿cómo van a ser un timo?

Pero sean cuales sean los requisitos que se exige a los fabricantes de los productos cuya función no se observa a simple vista —es decir, no es un martillo— para su aprobación, entre ellos no está el aportar pruebas de que hacen lo que dicen que hacen. No habría espacio aquí para otra cosa si tuviéramos que enumerar todos los casos en que esto no es así. Por mencionar solo uno, basta acordarnos de la Power Balance, aquella pulserita con la que muchos se hicieron de oro, y que incluso lució en su muñeca toda una ministra de Sanidad, hasta que por fin se creyó y entendió lo que decían los científicos: que aquel trozo de goma ayudaba tanto a mejorar el rendimiento físico como las pulseritas de la amistad. O incluso menos, ya que las pulseritas de la amistad pueden llegar a ser muy motivadoras según quién nos las regale.

En el caso de la Power Balance, como se recordará también, hubo muchas personas que dieron fe de que a ellas les funcionaba. Tampoco es este el momento para extendernos en explicaciones sobre el efecto placebo, el sesgo de confirmación o el cherry-picking de datos. Simplemente, y por si a alguien le interesa, van aquí algunas notas sobre qué productos o métodos hacen o no lo que se dice que hacen de una forma avalada por la ciencia.

Una aclaración antes de empezar: lo que sigue se refiere exclusivamente a los mosquitos. Por desgracia, el de la mosca negra es todavía casi un mundo por descubrir al que se le ha prestado poca atención.

Citronela: funciona como repelente en loción, pero no en velas ni en pulseras

Las velas de citronela son uno de los grandes best sellers contra los mosquitos en verano. Qué mejor: las velas hacen bonito, huelen bien… Todo perfecto, salvo que no sirven para repeler los mosquitos. No más que cualquier otra vela normal.

Vela de citronela. Imagen de Roger Ward / Flickr / CC.

La citronela de por sí tiene también todas las papeletas para atraer la atención de muchas personas, porque responde a ese equivocado mantra de los tiempos: ¡es natural! El aceite de citronela se extrae de plantas tropicales del género Cymbopogon, y se ha utilizado tradicionalmente en perfumería y para otros usos. Y, en efecto, es un repelente de insectos, aunque de menor duración que el DEET, el más eficaz conocido (y sintético).

En una comparación directa entre ambos, el aceite de citronela protege en un 98% en el momento de su aplicación, pero a las 2 horas ha descendido al 58%, mientras que el DEET mantiene más de un 90% de protección durante al menos 6 horas. El tiempo de protección completa, definido como lo que tarda el primer mosquito en atacar un brazo tratado con el repelente, fue de 10,5 minutos para la citronela y de al menos 6 horas para el DEET. Lo de «al menos 6 horas» significa que los investigadores detuvieron el experimento a las 6 horas, por lo que no llegaron a comprobar durante cuánto tiempo más el DEET podía seguir protegiendo por completo.

El motivo de que la protección por citronela dure tan poco tiempo es que es muy volátil, y se evapora de la piel. Según una revisión de los repelentes de insectos de extractos vegetales, las nuevas formulaciones buscan prolongar la protección. «Sin embargo, por el momento no se debería recomendar el uso de repelentes basados en citronela a los viajeros a zonas endémicas de enfermedades [transmitidas por insectos]», escribían los autores.

Todo lo anterior se refiere al uso de la citronela en repelentes líquidos para aplicar sobre la piel. La misma revisión repasaba los estudios previos sobre las velas de citronela: «Los estudios de campo contra poblaciones mezcladas de mosquitos muestran reducciones en las picaduras de en torno al 50%, sin ofrecer una protección significativa contra las picaduras de mosquito». En concreto, la reducción en las picaduras con velas de citronela fue similar a la de las velas normales, lo que los científicos atribuyen a que el humo tiene un cierto efecto ahuyentador. Es decir, que cualquier efecto que pueda observarse con las velas de citronela no se debe a que son de citronela, sino a que son velas. «Las velas de citronela no tienen ningún efecto», concluía otro estudio de 2017 que comparó diversos métodos.

En cuanto a las pulseras, un estudio encontró cierto efecto protector para las impregnadas con DEET, una reducción de las picaduras en torno al 30%, pero solo en el propio brazo que llevaba la pulsera, no en todo el cuerpo. «Los sujetos en este estudio fueron picados con frecuencia en las zonas expuestas de la cabeza y el cuello, lo que sugiere que el efecto repelente se limita a las áreas próximas a la pulsera tratada, del mismo modo que la aplicación tópica de DEET en un área expuesta de la piel generalmente no protege las áreas sin tratar», escribían los investigadores. Puede imaginarse que las pulseras con citronela seguramente protejan la parte de la muñeca que está tapada por la pulsera, y quizá algo el resto del brazo. Pero para el resto del cuerpo, nada de nada.

Repelentes ultrasónicos: naaah…

No, los repelentes ultrasónicos no sirven para nada. Y sí, probablemente existan en Amazon reseñas de usuarios que afirmen lo contrario. Un ejemplo del porqué de esto podemos encontrarlo en Wayne Schmidt, un ingeniero y físico estadounidense retirado que, entre otras mil cosas, en su web habla de su lucha contra la plaga de hormigas en su casa. Colocó un repelente ultrasónico primero en el baño, luego en la cocina, y en favor de Wayne hay que decir que se tomó el experimento muy a pecho: contando hormigas durante varios días antes de colocar el aparato, luego lo mismo con el cacharro, y de nuevo otra vez después de quitarlo. Según los resultados, Wayne concluía que el repelente ultrasónico no eliminaba la presencia de hormigas, pero sí la reducía considerablemente. Entusiasmado, compró otros tres aparatos más.

Hasta que las hormigas llegaron a su dormitorio, y de nuevo colocó el repelente allí. Y, esta vez, nada de nada: el mismo número de hormigas con el cacharro que sin él. «No tengo explicación para esto», admitía Wayne. Pero su experiencia tiene un nombre clásico: amimefuncionismo. O sesgo de confirmación, variables de confusión, cherry-picking de datos… El caso es que, si Wayne no hubiese probado los repelentes en el dormitorio, habría defendido a capa y espada que funcionaban. Y quizá incluso escribió alguna reseña positiva del producto, aunque esto no lo aclara. Pero un aparato que funciona en la cocina, y no en el dormitorio, es un aparato que no funciona.

Frente al amimefuncionismo, tenemos la ciencia. La base de datos de Cochrane es la regla de oro de los metaestudios, o estudios que reúnen todos los estudios previos válidos sobre una cuestión. Allí los investigadores publican revisiones rigurosas que recopilan esos estudios previos, no siempre coincidentes en sus resultados, para extraer conclusiones estadísticamente válidas que se consideran la mejor ciencia disponible sobre la materia. En 2007 un grupo de científicos reunió y analizó los estudios existentes, en este caso 10, sobre la eficacia de los repelentes ultrasónicos contra los mosquitos.

Y esta es la conclusión: «Todos los 10 estudios encontraron que no hubo diferencias en el número de mosquitos capturados de las partes del cuerpo expuestas de los participantes con o sin repelentes electrónicos de mosquitos». «Los repelentes electrónicos de mosquitos no tienen ningún efecto en la prevención de las picaduras de mosquito. Por lo tanto, no hay ninguna justificación para comercializarlos para prevenir infecciones de malaria». Hay incluso un par de estudios que encontraron que el mosquito tigre y el de la fiebre amarilla pican más con los repelentes ultrasónicos.

Y por supuesto, lo dicho para los repelentes ultrasónicos también se aplica a las apps para el móvil que circulan por ahí bajo proclamas de repeler y ahuyentar a los mosquitos; incluso hay emisoras de radio que se han apuntado a este negocio. Nuevos medios, pero los timos son los mismos que en la época de Pajares y Esteso. Según el estudio de 2017 citado arriba, los repelentes ultrasónicos de mosquitos son «el equivalente moderno del aceite de serpiente», una expresión que en inglés se usa para designar los remedios fraudulentos.

Colocar plantas en la ventana: pfffffff…

No, no hay ninguna planta que colocada en una ventana o en cualquier otro lugar vaya a impedir la entrada de insectos voladores chupadores de sangre ni a protegernos de sus picaduras. Como suele decirse, no funciona así. Según lo visto con la citronela, ciertas plantas tienen compuestos químicos repelentes de insectos, y dichos extractos (o en algunos casos incluso hojas machacadas, como en el caso de la albahaca) aplicados sobre la piel pueden otorgar cierta protección. Pero pensar que una planta colocada en un poyete va a protegernos o a ahuyentar a los mosquitos es como creer que un antibiótico nos va a curar solo por llevarlo en el bolsillo. De hecho, el estudio mencionado más arriba sobre las pulseras de DEET también probó el uso de plantas supuestamente repelentes. El resultado: «Los voluntarios rodeados por plantas repelentes de mosquitos de hecho tuvieron más ataques de mosquitos que los controles».

Por último, no quisiera terminar sin advertir de esto: dado que para un consumidor medio no es posible saber si un producto de este tipo en los estantes del súper hace lo que sus fabricantes dicen que hace, lo que nunca debe hacerse es utilizarlos de forma distinta a sus indicaciones, ni tampoco caer en la tentación de fabricar nuestros propios remedios. Por ejemplo, el aceite esencial de albahaca (aceites esenciales son los que se extraen de las plantas por destilación) contiene metil eugenol (para los quimiófobos, 1,2-dimetoxi-4-(prop-2-eno-1-il)benceno), un compuesto clasificado en el grupo 2B de la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer, el organismo encargado de catalogar los factores de riesgo de cáncer. Los pertenecientes al grupo 2B son «posiblemente carcinogénicos».

O sea, que el aceite esencial de albahaca contiene un compuesto, encontrado también en otros aceites esenciales de plantas, sospechoso de provocar cáncer. Según una revisión de 2017 sobre la composición de los aceites esenciales de distintas variedades de albahaca, «todas las variedades estudiadas, excepto la Lettuce Leaf, son ricas en metil eugenol, con una fuerte dependencia de la proporción de eugenol a metil eugenol en los cambios estacionales (sobre todo la radiación solar, pero también la temperatura y la humedad relativa)». Es por esto que la Unión Europea regula los productos que llevan más de 0,01% de metil eugenol.

Lo que esto no quiere decir es que la albahaca sea peligrosa. Lo que sí quiere decir es que el aceite esencial de la albahaca, como cualquier otra sustancia, debe usarse como se dice que debe usarse y para lo que se dice que debe usarse. Sea natural o no; el ácido clorhídrico también es natural, como lo son los más potentes venenos conocidos. Y lo que también quiere decir es que, aunque pueden encontrarse por ahí webs que le animan a uno mismo a hacerse sus propios preparados, de verdad, es mejor dejar los experimentos para quien sabe lo que está haciendo.

Todo esto es lo que dice la ciencia. O sea, lo que concluyen los experimentos de quienes realmente han puesto a prueba estos productos. Como concluía el estudio de 2017 citado arriba, «se hace evidente que no todos los repelentes y/o dispositivos repelentes reducen realmente la atracción por los mosquitos, y que en muchos casos las proclamas de los vendedores de estos productos son exageradas o simplemente falsas». Ahora habría que preguntar a quien corresponda: ¿por qué se permite que estos productos se vendan?

Mitos sobre dos grandes plagas del verano, el mosquito y la mosca negra

Desgraciadamente, en los dos últimos años la palabra «plaga» se ha convertido en algo muy diferente de lo que solíamos entender antes. Pero el mundo sigue girando, vuelve el verano, y con él lo que en otro tiempo solíamos llamar plagas típicas de la estación. El mosquito no necesita presentación, pero sí la mosca negra, la gran desconocida, un insecto (en realidad son más de 2.200 especies distintas) sobre el que he hablado aquí anteriormente y que cuenta con la ventaja de ser ignorado por la mayoría de los humanos a los que chupa la sangre. Los cuales, teniendo que buscar un culpable, suelen cargarle este mochuelo a las pobres arañas, que normalmente no suelen tener ninguna culpa en esa abultada picadura del brazo o de la pierna.

La mosca negra, un díptero de la familia de los simúlidos, es este animalito:

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Por describirla someramente, es una mosca de tamaño mucho menor que las normales, con un perfil algo chepudo y que suele picar al amanecer y al atardecer, en zonas cercanas a las corrientes de agua donde crían. En mi larga experiencia personal como sufridor de las picaduras de la mosca negra, aunque sin pretender extender ninguna de estas observaciones más allá de mi propia experiencia personal, pican en exteriores, pero no suelen entrar en casa; pican más a unas personas que a otras (como los mosquitos), y sobre todo en la parte posterior de las piernas, aunque quizá sea simplemente que es ahí donde pasan más inadvertidas hasta que ya es tarde.

Suele decirse que la picadura de la mosca negra no se siente, y que es así porque inyecta un anestésico local al picar. Con lo primero no estoy muy de acuerdo, aunque una vez más es solo mi experiencia personal; la picadura sí se siente, como una ligera punzada, pero es posible que esto dependa de la sensibilidad de cada cual. Lo que sí es cierto es que algún estudio ha analizado la saliva de los simúlidos y ha encontrado muchos componentes distintos, pero ninguno de ellos con efecto anestésico; se ha apuntado que probablemente no sea algo que actúe sobre las terminaciones nerviosas, sino que quizá haya alguna enzima capaz de degradar los mensajeros químicos encargados de activarlas para transmitir la sensación de dolor.

Estrictamente, la mosca negra muerde más que picar. Si el mosquito es un tirador de precisión, hincando su estilete para chupar, a la mosca negra le va más el estilo slasher: primero nos estira la piel con unos dientes especiales y luego corta con sus mandíbulas para beber la sangre que brota. Para ello se ayuda, y de esto sí hay pruebas, de unos compuestos en su saliva con acción vasodilatadora y anticoagulante. Lo peor de la mordedura de la mosca negra llega al cabo de las horas. Las heridas suelen inflamarse, escocer y doler incluso durante días, y a veces dejan cicatrices permanentes.

Pero más allá de esto, a la afirmación que a menudo se lee por ahí de que las moscas negras pueden transmitir enfermedades, hay que decir que en nuestras latitudes esto es lo que suele llamarse un asustaviejas, con todo el respeto a las señoras de edad. Sí, en África y la América tropical los simúlidos transmiten la oncocercosis o ceguera de los ríos, una enfermedad provocada por un minúsculo gusano nematodo. Pero en nuestras latitudes no existe este parásito, y por lo tanto advertir sobre esto en España es alarmismo innecesario. Por otra parte, y que yo sepa, no se ha documentado la transmisión de ningún virus en humanos por la mosca negra.

Conviene recordar que las enfermedades transmitidas por un vector no solo necesitan que esté presente el vector, sino también el microorganismo responsable de la enfermedad. En España, como en la mayor parte de Europa, está extendido el mosquito Anopheles atroparvus, una de las especies de Anopheles transmisoras de la malaria. Pero no hay malaria porque el parásito no está presente; en España la enfermedad se consideró erradicada en 1964.

Ocasionalmente se registran casos de malaria y otras enfermedades tropicales transmitidas por vectores en Europa, cuando se da la carambola de que una infección importada sea recogida por un vector propicio y transmitida a otros. Por desgracia, los científicos llevan años advirtiendo de que el calentamiento global está ampliando la franja de las enfermedades tropicales hacia las zonas templadas. Y según los modelos, España y el sur de Europa en general sufren el mayor riesgo de padecer un aumento de casos de malaria y otras enfermedades tropicales a causa del cambio climático.

Esta aclaración da pie a lo prometido en el título: he aquí la realidad sobre algunos mitos relativos a estos pequeños vampiros veraniegos, comenzando por lo ya dicho para que no quede duda.

¿Puede la mosca negra contagiarnos una enfermedad?

En España, no; la mosca negra no transmite ninguna enfermedad. En países tropicales transmite la oncocercosis o ceguera de los ríos, pero este parásito no existe en España. Por otra parte, la mosca negra puede actuar como vector de transmisión del Virus de la Estomatitis Vesicular, una infección del ganado que puede afectar (levemente) a humanos, pero (que yo sepa) no existe un solo caso documentado de transmisión de ningún virus a humanos por la mosca negra.

¿Transmiten enfermedades los mosquitos en España?

En general los mosquitos no transmiten enfermedades en España, salvo de forma muy esporádica por algún caso importado. Tenemos al menos 64 especies de mosquitos, la mayoría nativas, algunas invasoras como el mosquito tigre (Aedes albopictus) o el Aedes aegypti, vector de la fiebre amarilla. En España se han registrado hasta 14 especies de Anopheles, los mosquitos transmisores de la malaria. Pero incluso los más comunes, del género Culex, también son vectores de enfermedades que hoy no tenemos, pero que podrían aumentar con el calentamiento global. Esto debería servirnos de aviso sobre las posibles consecuencias del cambio climático.

¿Es cierto que los mosquitos pican más a unas personas que a otras?

Sí, los mosquitos pican más a unas personas que a otras (posiblemente también las moscas negras). Tradicionalmente se hablaba de la sangre más dulce, lo que no tiene ningún sentido, ya que los mosquitos no son golosos; las hembras necesitan proteínas de nuestra sangre para incubar los huevos.

Los investigadores trabajan con la hipótesis de que algunos de los compuestos de la superficie de nuestra piel, llamados compuestos orgánicos volátiles (VOCs, en inglés), y de los que se han identificado más de 500, atraen a los mosquitos, y por lo tanto más en las personas que más los producen. Un estudio de 2020 encontró que los mosquitos parecen sentirse más atraídos por compuestos naturales presentes en la piel como el 5-etil-1,2,3,4-tetrahidronaftaleno, el α,α-dimetilbenceno metanol, el 2,6,10,14-tetrametilhexadecano o el ácido γ-oxobenzobutanoico, entre otros (y el único motivo para poner aquí los nombres de estos compuestos naturales es para, una vez más, desmontar esa clásica imbecilidad de la quimiofobia sobre los nombres difíciles de pronunciar).

Los atrayentes químicos de la piel son solo una de las pistas que utilizan los mosquitos para llegar hasta nosotros. Aunque aún no es un caso cerrado, en los últimos años se ha avanzado bastante en la comprensión de cómo hacen para localizar a sus presas. Primero, a larga distancia, entre 10 y 50 metros, localizan el CO2 de la respiración. Al acercarse a nosotros, entre 5 y 10 metros de distancia ya pueden vernos, pero solo somos un bulto más como muchos otros. Cuando se aproximan aún más para examinar los distintos bultos que han observado, a unos 20 centímetros detectan nuestro calor. Entonces se olvidan del CO2 y siguen el rastro de la humedad de la piel y de los compuestos que producimos que son atrayentes para ellos. A unos 3 centímetros, todas las pistas les confirman que somos su presa.

¿Es preferible vestir de algún color para evitar las picaduras?

Suele hablarse mucho de los colores que atraen o no a los mosquitos. De toda la vida se decía que les atrae la ropa clara, sobre todo el amarillo. Como viajero frecuente a África, allí he escuchado que se fijan más en la ropa oscura. Todo esto podría tener sentido como una adaptación a los colores de piel predominantes en distintas regiones del mundo. Pero un estudio reciente revela pistas más concretas: el Aedes aegypti, el mosquito que transmite la fiebre amarilla, el dengue, el zika y otras enfermedades —y que también está presente en España—, después de detectar el CO2 (y solo si lo detecta) vuela hacia ciertos colores, sobre todo el rojo y el naranja, junto con negro y cian, mientras que ignora el verde, el morado, el azul y el blanco.

Según escriben los investigadores, todos los humanos, desde las pieles más claras a las más oscuras, emitimos rojo, y este color atrae con preferencia a los mosquitos. De hecho, no encontraron preferencia por un tono concreto de piel, pero sí de cualquier tono de piel respecto a un control.

Entonces, ¿es preferible vestir de verde o azul? Bueno, quizá no sea tan sencillo. Los investigadores estudiaron también las preferencias de otras dos especies: Anopheles Stephensi, una especie sobre todo asiática, prefiere la misma gama de colores que Aedes aegypti, pero más el negro que el rojo. En cambio, Culex quinquefasciatus, que suele picar a los animales, mostraba más interés por el violeta, el azul y el rojo.

¿Pican solo de noche?

Este es otro mito que se cae. Ya se sabe que ciertas especies pican sobre todo de día o en las horas en que el sol está bajo, incluyendo el mosquito tigre o el Aedes aegypti. Pero también hay una dependencia de los colores: un estudio de 2020 descubrió que los picadores de día se ven atraídos por la luz durante el día, mientras que los picadores de noche durante el día huyen del azul, el violeta y el ultravioleta. Para complicar aún más las cosas, otro estudio reciente ha descubierto que casi la tercera parte de las picaduras de los mosquitos de la malaria en interiores se producen de día, cuando siempre se ha creído que estos eran solo nocturnos. Una razón de más para tomar precauciones para quienes viajen a zonas endémicas de malaria.

Hasta aquí, los mitos. Pero ¿qué hay de esas velas antimosquitos? ¿Y las pulseras? ¿Y los repelentes ultrasónicos? ¿Y las apps? ¿Es cierto que poniendo tal planta en la ventana se evita que entren en casa? Mañana pasaremos de los mitos a los… timos, que también los hay.

La ciencia: no es la enfermedad mental, son las armas

El director de la revista Science, una de las dos publicaciones científicas más importantes del mundo y que representa a la American Association for the Advancement of Science (AAAS), la mayor sociedad científica general del planeta, ha publicado un editorial contundente como respuesta a la masacre perpetrada en la escuela primaria de Uvalde, en Texas.

«Sabemos cuál es el problema», titula su artículo Holden Thorp; a la tragedia que todos conocemos se han sumado en los últimos diez días otros dos episodios que aquí han pasado casi inadvertidos, uno en una iglesia taiwanesa de California y otro en un comercio de un barrio negro de Nueva York. Y el problema al que se refiere Thorp no es otro que la libre tenencia de armas en EEUU.

Esto podrá parecer obvio a algunos, ya que los enfoques en nuestro país han estado, en general, equilibradamente centrados en este aspecto. En general, pero no en su totalidad. También aquí hay quienes han comprado el discurso de los sectores más recalcitrantemente conservadores y favorables a las armas en EEUU, que pretende desviar la atención hacia otro problema, el de la salud mental. Y basándose en este discurso, algunos grupos han defendido facilitar el acceso a las armas en España.

Rifles de asalto en una armería en EEUU. Imagen de Michael McConville / Wikipedia.

«Aunque los opositores a un control sensato de las armas —como prevalece en la mayor parte del mundo civilizado— continúan poniendo el foco en las motivaciones de los tiradores o en estados mentales inestable, estas son distracciones cínicas de la única verdad obvia: el hilo conductor en todos los repugnantes tiroteos de masas del país es el acceso absurdamente fácil a las armas», escribe Thorp. El director de Science no duda de que la salud mental sea un elemento involucrado en algunos de estos ataques, pero subraya que centrarse en un factor secundario cuando existe un problema principal es desviar la atención:

«Las tasas de enfermedad mental en EEUU son similares a las de otros países donde los tiroteos de masas raramente ocurren. Es en el acceso a las armas donde está el problema. Alan Leshner, un experto en investigación y políticas sobre salud mental (también antiguo CEO de la AAAS, editora de Science) escribió sobre la falacia de culpar a la enfermedad mental de la violencia armada, a raíz de otro trágico tiroteo en 2019. Entre los argumentos de Leshner se encuentra el dato de que menos de un tercio de las personas que cometen tiroteos de masas tienen una enfermedad mental diagnosticable».

Thorp cita también un análisis de 2017 según el cual las restricciones han demostrado su utilidad: el aumento de las condenas, la prohibición de poseer armas a las personas con antecedentes de violencia doméstica y evitar que se porten armas escondidas han conseguido reducir la violencia armada. «La ciencia es clara: las restricciones funcionan, y es probable que el aumento de las limitaciones salvara miles de vidas», afirma.

Con respecto a la segunda enmienda a la Constitución de EEUU, que consagró el derecho a poseer armas, Thorp alega que «muchas cosas han cambiado desde 1789», y que desde entonces las leyes se han adaptado para suprimir preceptos inaceptables, como la esclavitud, la prohibición del sufragio femenino u otras agresiones a los derechos civiles.

Por último, Thorp no evita mencionar a los principales responsables de la continuidad de esta política anacrónica, y lo hace con duras palabras: estas «matanzas sin sentido», dice, son «cortesía de la Asociación Nacional del Rifle y sus bien financiados lacayos políticos». «La Asociación Nacional del Rifle y sus secuaces deben ser derrotados. Depende de nosotros, porque las víctimas de la violencia armada, trágicamente, no están aquí para protestar por ellas mismas».

Cuando Thorp dice «nosotros», no se refiere a la sociedad en general. La sociedad en general no lee Science. Quienes leen Science son los científicos y otros círculos relacionados con la ciencia, y es a ellos a quienes va dirigido este mensaje. «Los científicos no deben sentarse en la banda y mirar cómo otros pelean por esto», escribe, invitando a los profesionales de la ciencia no solo a movilizarse activamente, sino también a combatir con el arma que mejor dominan, la propia ciencia: investigar para seguir mostrando al mundo y a los legisladores lo que ya muchos estudios previos han revelado, que no es una cuestión de enfermedad mental, sino de armas: «La ciencia puede mostrar que las restricciones a las armas hacen más seguras a las sociedades. La ciencia puede mostrar que la enfermedad mental no es un factor determinante en los tiroteos de masas».

Quizá el editorial de Thorp pueda resultar a algunos muy similar a lo que ha escrito cualquier opinador o comentarista. Pero hay una diferencia esencial, y es que Thorp no es cualquier opinador o comentarista. Y no es cuestión de que sea más inteligente, lúcido o sabio que otros. Precisamente he dedicado aquí algunos artículos (por ejemplo) a contar que la ciencia, a diferencia de casi todo lo demás y a diferencia de lo que creen quienes ignoran qué es la ciencia, no se basa en la voz del experto; no se basa en lo que dice un líder, un gurú o un papa. Lo que diga un individuo concreto no tiene demasiada importancia; lo que importa es la conclusión a la que llega la comunidad científica a través de la acumulación de evidencias nacidas de estudios independientes.

Por lo tanto, lo relevante del caso no es que esto lo diga alguien llamado Holden Thorp, sino que lo dice el director de Science; un cargo que conlleva el privilegio y el deber de saber cuál es el mensaje que transmite el conocimiento actual de la comunidad científica sobre el asunto que se trata en un editorial de la revista. Es la ciencia la que concluye que no es la enfermedad mental, sino las armas. Thorp es solo el portavoz de este conocimiento.

Tal vez haya a quien le llame la atención que los científicos se manifiesten públicamente sobre asuntos con implicaciones políticas. Es fácil comprobar que muchas personas aún tienen en la cabeza esa imagen equivocada del tópico del sabio distraído, una persona enfrascada en sus experimentos y ajena al mundo de los mortales. Esto, si existió alguna vez, hace ya mucho tiempo que dejó de existir. Como también he contado aquí con mayor detalle, la ciencia está inevitablemente ligada a la política, y en tiempos de cambio climático, pandemias y populismos negacionistas de la ciencia, incluso muchas de las principales revistas científicas y médicas han urgido a sus lectores a involucrarse para impedir que las políticas ignoren o contravengan el conocimiento científico (≡ lo que realmente sabemos de cómo funciona la realidad). Con las masacres a tiros, como con tantas otras cosas, hay quienes pretenden imponer ideologías perfectamente opinables. Y contra ideología, ciencia.

MPXV, la viruela del mono que no es del mono, y contra la que habríamos podido estar ya protegidos

Siempre he pensado que llegará el día en que apreciemos esa leve areola en el hombro que tenemos los nacidos antes de 1980. Y ese día no es hoy; me refiero a un posible día futuro, en el que pudiera haber una amenaza mucho mayor que la actual. Y contra la cual pudiera protegernos aquella vacuna contra la viruela que recibimos.

Vivimos tiempos extraños. No porque el rechazo y el odio al conocimiento sean algo nuevo; son tan viejos como la humanidad. Pero resultan más insólitos hoy, cuando el conocimiento está fácilmente al alcance de cualquiera que desee acercarse a él, algo que nunca ha ocurrido en tiempos en que había que comprarlo con dinero y posición. Y sin embargo, expertos en lo que se ha dado en llamar el movimiento anti-Ilustración han observado que, cuanto más fuertes son la ciencia y el conocimiento, más lo son también la anti-ciencia y la apología de la ignorancia. Hace unos días surgió en Twitter una imagen de una pintada contra los libros en una biblioteca de Cataluña. Con independencia de que fuese legítima o impostada, que no me importa, lo innegable es que sí hubo algún perfil de Twitter, bot o no, pero declaradamente de extrema derecha, que escribió «basta ya de ciencia».

Aunque estas corrientes siempre son minoritarias, el mayor problema no es que esa minoría sea cuantiosa, sino que logra contagiar sus proclamas a una parte más importante del resto de la sociedad. Tengo un amigo, profesor de colegio de matemáticas pero sin formación en ciencia, que rechaza los cultivos transgénicos. No de forma militante, sino simplemente como quien se deja llevar por la ola. Nunca se ha interesado ni molestado en buscar información veraz sobre este tema. Simplemente se guía por lo que se dice por ahí. Y la voz de la anti-ciencia es más potente que la de la ciencia, porque para entender la primera realmente no hay que entender nada.

Los transgénicos son un ejemplo de algo motivado por estas corrientes que sí ocurre ahora por primera vez en la historia, y es que la humanidad o buena parte de ella está renunciando a grandes avances de la ciencia y la tecnología que ya están disponibles, cuando los odiadores del conocimiento han conseguido sembrar dudas y recelos entre la población general. Un segundo ejemplo son, obviamente, las vacunas, como hemos visto durante la pandemia de COVID-19.

No pretendo sugerir que el cese de la administración de la vacuna contra la viruela estuviese motivado por el sentimiento antivacunas. Simplemente, se consideró que la enfermedad estaba erradicada y que ya no era necesaria. Pero esto último es discutible. De hecho, aún existe virus de la viruela en dos laboratorios —en EEUU y… Rusia—, y el último brote conocido se originó en un laboratorio.

Pero más allá de estos casos esporádicos, pensar que una vacuna ya no es necesaria es bastante atrevido, como ahora la realidad ha demostrado. Si el conocimiento humano ha logrado crear una protección eficaz contra varias posibles enfermedades, algunas de las cuales tal vez aún ni siquiera existan, ¿por qué renunciar a ella? En 2013 un estudio reveló que 146 de entre 363 procedimientos médicos analizados siguen aplicándose a pesar de haberse demostrado que son inútiles o incluso perjudiciales (la mayoría de los médicos no son científicos, como ya hemos explicado aquí). El mismo autor, Vinay Prasad, del Instituto Nacional del Cáncer de EEUU, publicó un nuevo estudio en 2019 ampliando su búsqueda para elevar a 396 el total de procedimientos médicos inservibles o dañinos, pero utilizados habitualmente. Y, en cambio, ¿por qué se suspendió la vacunación contra la viruela, que sí funciona, que tantas vidas salvó y podría seguir salvándolas en un futuro potencial?

Imagen del Monkeypox Virus, MPXV. Dominio público.

Debo aclarar que voy a referirme al virus de la mal llamada viruela del mono como MPXV, MonkeyPoX Virus, que es su nombre oficial. Los propios virólogos reconocen que muchas veces los nombres que se da al objeto de su trabajo no son muy afortunados, porque ellos saben de qué están hablando, pero no la población no viróloga. El virus de Marburgo no es de Marburgo, el virus de Lloviu no es de Lloviu. En inglés la varicela (que en realidad es un herpesvirus) se llama Chickenpox, pero nadie imagina que sea la viruela del pollo. La mal llamada «viruela del mono» se llama Monkeypox, pero esto no significa «viruela del mono»; «viruela del mono» sería, en todo caso, Monkey Smallpox. De hecho, en algunas publicaciones científicas lo llaman Human Monkeypox para aclarar que no es un virus del mono. Se le añade el «Human» para especificar que es un virus patógeno para los humanos. Pero su reservorio está sobre todo en los roedores, y son estos animales los que lo transmiten a los humanos. Su descubrimiento en monos fue una mera carambola.

Esto no tendría mayor importancia para el público en general si no fuese porque muchos, en la misma línea ideológica en la que coincide el grueso de los movimientos anti-ciencia, han aprovechado la referencia al mono para hinchar la vena xenófoba y racista, suya y de sus correligionarios. Por otra parte, los chistes con El planeta de los simios no deberían tener mayor importancia, aunque es curioso cómo se ha repetido la forma de pensar del siglo XVIII, cuando la vacuna de Jenner contra la viruela motivó caricaturas en los periódicos en las que aparecían personas medio transformadas en vacas. Sí, será cierto que quienes ahora han publicado esos chistes sobre los simios probablemente lo han hecho como simple broma. Exactamente igual que lo hicieron los caricaturistas de Jenner con las vacas.

Más concretamente, conviene aclarar, respecto al MPXV, que no es un virus nuevo; existe desde hace miles de años, y hace 600 años surgió el subtipo de África occidental que ahora nos ocupa. Se descubrió en monos en 1958, por primera vez en humanos en 1970, y ha causado pequeños brotes recurrentes ocasionales. El mayor de ellos antes de ahora, en 2003 en EEUU, con más de 70 casos. Como otros virus de su misma familia (ortopoxvirus), incluida la viruela, el MPXV suele figurar en las listas de posibles armas biológicas.

Y sí, hay vacunas: las de la viruela. Aunque no hayan sido desarrolladas contra el MPXV, se estima que ofrecen una protección cruzada del 85%, más que suficiente. Aunque sería genial disponer de vacunas específicas contra el MPXV, démonos con un canto en los dientes por el hecho de que en 2022 aún existan vacunas contra la viruela. Y recordemos que también contra la variante Ómicron del SARS-CoV-2 nos hemos protegido con una vacuna que se desarrolló contra otra bastante diferente. Una de las vacunas contra la viruela llamada Jynneos (Imvamune o Imvanex), que es la versión de una vacuna clásica fabricada por la biotecnológica danesa Bavarian Nordic A/S, está aprobada contra la viruela por la Agencia Europea del Medicamento desde 2013. En EEUU está aprobada también contra el MPXV desde 2019; o sea, es oficialmente una vacuna contra el Monkeypox.

Esta nueva irrupción (como he dicho, ha habido otras) del MPXV puede haber sorprendido a la gente, pero no a los científicos. Como siempre, llevan tiempo advirtiendo de ello, pero nadie les ha escuchado. Por citar solo algunos ejemplos muy recientes:

El pasado febrero, una colaboración internacional de investigadores describía un aumento de los casos de MPXV en las últimas décadas, y apuntaba: «Esta observación puede estar relacionada con el cese de la vacuna contra la viruela, que ofrecía protección cruzada contra el MPXV, lo que ha llevado a un aumento de la transmisión entre humanos. La aparición de brotes fuera de África subraya la relevancia global de esta enfermedad».

El pasado enero las médicas estadounidenses Marlyn Moore y Farah Zahra escribían: «La vacunación de la viruela la conseguido inmunidad coincidente con el MPXV; sin embargo, la erradicación de la viruela y la posterior ausencia de esfuerzos de vacunación han abierto el camino para que el MPXV gane relevancia clínica. Aún más, debido a que la mayoría de los casos de MPXV ocurren en la África rural, la falta de registro puede traducirse en una infravaloración de la amenaza potencial de este patógeno».

En agosto de 2021, a propósito de otro brote el año pasado en EEUU, otro grupo de investigadores de EEUU y Paquistán escribía: «El cese de la vacunación contra la viruela en tiempos recientes podría ser la causa de estos brotes y deberían tomarse diferentes medidas para prevenir la expansión de esta enfermedad […] Se ha hecho muy poco esfuerzo para desarrollar una vacuna específica para la eliminación de esta enfermedad. Aunque la vacuna contra la viruela es efectiva en un 85%, debería desarrollarse una vacuna similar contra el MPXV […] Como ciudadanos globales, no estamos exentos de brotes que surjan en cualquier rincón del mundo. Se recomienda que los dirigentes sanitarios, en coordinación con virólogos de salud pública, formulen un plan para erradicar esta enfermedad».

Realmente no sabemos hasta qué punto los vacunados contra la viruela estamos protegidos contra el MPXV, porque sencillamente no se conoce la duración de esta inmunidad (seguro que ya hay laboratorios diseñando experimentos de seropositividad y neutralización contra el MPXV entre los que nacimos antes del 80). Pero el MPXV, siendo actualidad ahora, no es el único que nos amenaza: también hay camelpox, cowpox, buffalopoxLos científicos han dejado claro que el cese de la vacunación contra la viruela ha significado renunciar a una protección; quizá a nivel individual, seguro a nivel grupal. Por suerte, es muy improbable que el MPXV pueda causar algo ni remotamente similar a lo que ya hemos vivido; un estudio reciente de modelización epidemiológica del MPXV indica que, a diferencia de la COVID-19, los brotes deberían contenerse fácilmente con el aislamiento de casos.

Así que, avisado estaba. Pero, como siempre, nadie hizo caso. El ser humano continuará tropezando en la misma piedra aunque se la pinten de amarillo fosforescente y pongan una señal diciendo «¡cuidado, no tropezar en esta piedra!».

Médicos antivacunas, más influidos por la ideología que por la ciencia

En 2004 el médico Richard Smith, entonces director del BMJ (antiguo British Medical Journal, una de las revistas médicas más importantes del mundo), publicó un artículo titulado «Los doctores no son científicos». Entre otras cosas, decía:

Algunos doctores son científicos —del mismo modo que algunos políticos son científicos—, pero la mayoría no lo son. Como estudiantes de medicina se les llenó de información sobre bioquímica, anatomía, fisiología y otras ciencias, pero la información no hace a un científico —de otro modo, podrías convertirte en científico viendo el Discovery Channel. Un científico es alguien que constantemente cuestiona, genera hipótesis falsables y recoge datos mediante experimentos bien diseñados —el tipo de gente que se cepilla los dientes solo en un lado de la boca para ver si cepillarse los dientes tiene algún beneficio. La mayoría de los doctores siguen patrones y reglas familiares, a menudo improvisando en torno a esas reglas. En sus métodos de trabajo se parecen más a los músicos de jazz que a los científicos.

Cuestionar si los doctores son científicos puede parecer ofensivo, pero la mayoría de los doctores saben que no son científicos. Una vez pregunté a una audiencia de quizá 150 docentes de medicina cuántos se veían como científicos. Unos cinco levantaron la mano.

La consecuencia inevitable es que la mayoría de los lectores de las revistas médicas no leen los artículos originales. Pueden mirar el abstract [resumen inicial], pero es raro el que lee un artículo de principio a fin, evaluándolo críticamente mientras lo hace. De hecho, la mayoría de los doctores son incapaces de evaluar críticamente un artículo. Nunca se les ha formado para hacer esto. En su lugar, deben aceptar el juicio del equipo editorial y de los revisores por pares, hasta que uno de esos raros escribe y apunta que un artículo es científicamente ridículo.

El artículo de Smith recibió respuestas, unas a favor de su visión, otras en contra. El alergólogo David Freed escribía: «Hay que tener agallas para que un editor médico desengañe a sus lectores de su más preciada suposición de que los doctores son científicos, pero es cierto que no lo son». Freed explicaba que los médicos tienen que ser convincentes en su apariencia de que siempre lo saben todo: «Resulta tan fácil para nosotros los doctores comenzar a creer que lo sabemos todo, y eso nos hace irracionalmente hostiles a nuevas ideas». En cambio, el científico vive en la incertidumbre. ¿A cuántos médicos oímos decir «no sé»? Sin embargo, esta es, o debería ser, la expresión de cabecera de todo científico.

Vacunación de COVID-19 en Madrid. Imagen de Comunidad de Madrid.

Vacunación de COVID-19 en Madrid. Imagen de Comunidad de Madrid.

Probablemente a muchos les sorprenderá todo esto, y habrá quienes no estén de acuerdo. En cambio para otros será algo ya sabido, especialmente en los laboratorios. Durante mi etapa de investigación predoctoral estuve un tiempo trabajando en la sección de Inmunología del Hospital de la Princesa, en Madrid. Incluso en un departamento de investigación de un hospital, los médicos eran minoría; la mayoría éramos biólogos, incluyendo al jefe de la sección, Paco Sánchez-Madrid, que luego fue miembro de mi tribunal de tesis. Al menos por entonces, en la carrera de medicina no se enseñaba ciencia, método científico, enfoque científico. No se enseñaba a investigar, ni se orientaba la carrera hacia esta posibilidad. Ojalá ahora sí, no lo sé. Lo cierto es que, incluso si más médicos quisieran dedicarse a hacer ciencia, tampoco las obligaciones de su trabajo lo facilitan, y ese es un potencial que todos estamos perdiendo. Porque, como escribían en 2019 en el New York Times tres médicos de la Fundación de Apoyo a los Médicos-Científicos de EEUU, «necesitamos más médicos que sean científicos».

Un amigo farmacéutico decía que Medicina es una carrera de letras: del mismo modo que los abogados aprenden una tríada delito-ley-pena, los médicos aprenden síntomas-diagnóstico-tratamiento (este es el enfoque de exámenes como los de residencia). El autor de un estudio sobre la anti-ciencia que comenté aquí hace unos años explicaba que estas corrientes se basan precisamente en «pensar como abogados»: elegir solo aquellos argumentos seleccionados que apoyan su postura, como los estudios de casos frente a la más amplia evidencia de los ensayos clínicos aleatorizados.  Por ello y según Freed, «las disputas médicas se vuelven enconadas porque siempre en el fondo está el pensamiento de que el otro tipo está dañando a los pacientes». En cambio, un científico debe reunir toda la información relevante y sopesarla para llegar a una conclusión. Debe desafiar su propia creencia y aceptar lo que digan los datos, ya sea que avalen lo que él pensaba o lo contrario.

Si los médicos deberían o no ser científicos, es otro debate en el que cabría argumentar. Muchos profesionales dedican su trabajo a manejar desarrollos de la ciencia que no tienen por qué conocer en más detalle del que exige su tarea. Un excelente piloto de aviación no tiene por qué ser físico atmosférico ni ingeniero aeronáutico. Pero a ninguno se le ocurriría actuar en contra de las reglas que han establecido quienes sí son físicos atmosféricos o ingenieros aeronáuticos, y sí conocen profundamente toda la ciencia por la que se guían las reglas para elevar un avión y mantenerlo en el aire.

Del mismo modo, no existe ningún científico, médico o no, relevante en el campo, reputado y con credibilidad, que sostenga posturas negacionistas de las vacunas de COVID-19, porque los científicos han podido entender y analizar los datos de cientos de estudios publicados para llegar por sí mismos a la conclusión de que las vacunas son seguras y eficaces. Pero sí hay médicos antivacunas, como los hay que avalan pseudoterapias.

Los médicos antivacunas, siendo minoría, son una cuantiosa minoría: según un estudio en EEUU publicado ahora, dirigido por la Universidad de Texas A&M, un 10% de los médicos de atención primaria encuestados en aquel país no cree que las vacunas sean seguras, casi el mismo porcentaje no cree que sean efectivas, y algo más de un 8% no cree que sean importantes.

Además de revelar la extensión de esta corriente anticientífica, el estudio ha indagado en la tipología del perfil de estos médicos antivacunas, y ha encontrado que «algunos de los factores que influyen en la confianza en las vacunas en el público en general afectan de manera similar a la confianza en las vacunas entre los médicos», escriben los autores. Uno de estos factores principales, señalan, es la ideología política conservadora. Es bien sabido que en EEUU el movimiento antivacunas está alineado con la sintonía política del expresidente Donald Trump.

En aquel país ciertos médicos conocidos por sus apariciones en los medios han extendido desinformación y bulos sobre las vacunas. Algunas de las posturas antivacunas más beligerantes proceden incluso de organizaciones médicas, como la American Association of Physicians and Surgeons (AAPS), una asociación de ideología conservadora —del tipo de entidades gremiales y políticas que, también aquí, a menudo los medios no especializados etiquetan erróneamente como «sociedades científicas»— conocida por su desinformación médica, como el negacionismo del VIH-sida o la difusión de bulos como la relación entre el aborto y el cáncer de mama o entre el autismo y las vacunas. En cuanto a España, también aquí los datos indican que entre las corrientes antivacunas predominan las ideologías de derechas.

«Una proporción preocupante de médicos de atención primaria carece de altos niveles de confianza en las vacunas», concluye el estudio. Los autores comentan que tanto los medios de comunicación como los políticos están confiando en los médicos como la fuente primordial para impulsar la vacunación; y que, sin embargo, «estas observaciones sugieren que no siempre será posible confiar en los médicos para alentar a la vacunación de COVID-19, mucho menos para otras enfermedades evitables mediante vacunas», añadiendo que esto es especialmente acusado en las zonas rurales de lo que llamamos la América profunda, donde más coinciden la renuencia a las vacunas y la ideología conservadora.

En resumen, el estudio constata que la postura de los médicos antivacunas (al menos en EEUU) no nace de criterios científicos, sino ideológicos, y que se defiende no solo a pesar, sino en contra de la ciencia. Si ya se sabía que este es el retrato de los movimientos antivacunas en general, es mucho más grave en el caso de los médicos, ya que se les toma erróneamente como referentes de la ciencia por el mero hecho de ser médicos.

¿Cuántos médicos antivacunas existen en España? Que yo sepa, no tenemos datos. Pero sabemos que existen, los hemos oído. Incluso los hemos visto repartiendo panfletos a la entrada de los colegios, instando a los padres a no vacunar a sus hijos. Su voz es poderosa, porque no importa que sea minoritaria; la presunción de que todo médico es un científico, junto con esa falsa seguridad que transmiten, tienen una inmensa influencia sobre los pacientes. No sabemos cuánta enfermedad y muerte podrían haberse evitado si los pilotos de la salud se hubieran limitado a seguir lo que dice la ciencia que aplican. Porque, a diferencia de los aviones, en este caso es mucho más difícil evaluar las consecuencias trágicas de una decisión errónea; con la COVID-19, acaba muriendo gente que ni siquiera iba en ese avión.

No, ningún alimento con moho debe comerse

A veces ocurren cosas bastante extrañas en el ecosistema informativo/desinformativo. Escucho hace unos días en un programa de radio que la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha dicho que los alimentos con moho deben tirarse a la basura, excepto tres, a los que basta con quitarles la parte afectada con un margen generoso: los embutidos curados, el queso compacto y los vegetales duros como la zanahoria. Lo más sorprendente del caso, que podría llamarse anecdótico si no fuera porque revela el conocimiento de la propia fuente de origen del consejo sobre aquello acerca de lo cual está aconsejando, es cuando en un corte de audio un portavoz de la OCU habla, literalmente, de «las bacterias que producen el moho».

A favor del programa de radio en cuestión (Julia en la Onda, en Onda Cero) hay que decir que desmintieron este consejo desaconsejable. Pero si he comenzado calificando el caso como extraño es porque, buscando en internet, encuentro que la OCU publicó esta información en su web allá por diciembre de 2019, y que ya entonces algunos medios hablaron de ello. Por motivos que no alcanzo a entender, ha ido resurgiendo en los medios periódicamente desde entonces.

Por lo que veo (y seguro que se me escapan muchos eslabones de esta cadena), en agosto de 2021 la OCU tuiteó su artículo de 2019. Y entonces algunos medios volvieron a rebotarlo. Como muestra del extraño recorrido y tratamiento de esta noticia, el diario El Correo lo contaba en su web, citando palabras de un experto al que se describe como «responsable de Bioensayos del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentaria» (un centro tecnológico privado), pero cuyo nombre no aparece en el artículo. A favor de este experto anónimo hay que decir que él o ella no anima a nadie a consumir alimentos con moho. Tampoco lo contrario. Porque, sencillamente, esto no se le pregunta.

Más extrañamente, la misma información continúa goteando en diversos medios, en noviembre de 2021, en enero de 2022… El pasado enero Business Insider (BI) lo publicaba de nuevo, enlazando al artículo de la OCU de 2019, y sin contrastar lo afirmado por esta organización con ningún experto. Aunque BI tiene una reputación discutida, sobre todo por acusaciones de titulares clickbait, hay que decir que en su versión original en inglés suele publicar artículos de ciencia bien construidos y documentados, algo que contrasta con el caso que nos ocupa.

Y, como el monstruo del lago Ness, esta afirmación de la OCU resurge de nuevo en mayo de 2022, lo que supongo habrá motivado su mención en el programa de Onda Cero. Pero la continua reaparición de este consejo obliga a dejar constancia, al menos para cualquier usuario curioso que decida hacer algo de googleo antes de creerse sin más todo lo que escucha o lee, de que no: no es aconsejable consumir ningún alimento con moho.

Nectarinas con moho. Imagen de Roger McLassus 1951 / Wikipedia.

Ante todo, debe aclararse que ninguna bacteria produce ningún moho. Los mohos son hongos, organismos muy distintos de las bacterias. De hecho, los hongos están mucho más emparentados con nosotros los animales que con las bacterias.

La cuestión aquí, y el resumen de lo que sigue, no es tanto si se puede o no consumir ciertos alimentos con moho después de retirarles la parte afectada. Sino que nadie puede garantizar de forma general que sea seguro consumir cualquier alimento que se haya estropeado. Si hay un consejo general, es que todo alimento estropeado debe tirarse.

La razón por la que no comemos el moho es que muchos de ellos producen micotoxinas, compuestos tóxicos que no suelen causar envenenamiento agudo en los humanos, pero que sí pueden provocar efectos muy nocivos por exposición repetida, incluyendo cáncer o toxicidad para órganos como el hígado o el riñón. Además, algunas personas desarrollan reacciones alérgicas a ciertos mohos. Dado que es imposible, sin ser experto en mohos y sin disponer de un laboratorio de análisis, determinar si el moho que ha crecido en un alimento es nocivo o no, y que en realidad ni siquiera puede asegurarse por completo que ninguna especie concreta de moho sea siempre del todo inofensiva (ver abajo lo referente a los quesos), el consejo general es tratarlos todos como lo que son, signo de que un alimento se ha estropeado y debe tirarse.

Los mohos, como otros hongos, se expanden mediante hifas, filamentos que forman una trama llamada micelio. El micelio se extiende más fácilmente en los alimentos blandos y esponjosos, como el pan, que en los duros y compactos, como una zanahoria o un queso manchego. Pero pueden existir grietas en el alimento que no apreciemos a simple vista y a través de las cuales las hifas hayan podido crecer. Por lo tanto, el consejo más sensato es no tentar a la suerte y tirar el alimento contaminado, sea cual sea. Por último, los mohos, como otros hongos, se reproducen mediante esporas. Por este motivo, el moho de un alimento suele extenderse a otros en un mismo recipiente cerrado.

Ante lo anterior, a muchas personas les puede surgir una pregunta lógica: ¿no es cierto que algunos quesos se elaboran precisamente con moho? ¿Qué pasa en estos casos?

Por supuesto que existen muchos hongos comestibles. Y no solo los champiñones, los boletus, las trufas u otras setas. Lo que solemos llamar levadura, en realidad una especie concreta de levadura, Saccharomyces cerevisiae, es el hongo comestible más presente en nuestra dieta, utilizado para elaborar pan, cerveza, vino y otros alimentos. Pero incluso esta especie puede provocar enfermedades en humanos si coloniza lugares donde no debería estar. Por ejemplo, S. cerevisiae puede causar infecciones vaginales, aunque generalmente es otra levadura la responsable de las vaginitis por hongos: Candida albicans, causante de la candidiasis.

Como precaución, no está de más lavarse las manos después de manipular levadura fresca o de panadería (el mismo hongo, pero deshidratado), ya que hay casos descritos de infecciones con S. cerevisiae en personas que manejan la levadura en su trabajo. Esto no se aplica a la llamada levadura química, que en realidad no es levadura, sino bicarbonato sódico con alguna sal ácida para producir el CO2 que hincha la masa en repostería, y que por tanto es completamente inocua.

En concreto, con respecto a los mohos, hay principalmente dos que se usan para producir alimentos, Penicillium camemberti y Penicillium roqueforti. Como ya se adivina por sus nombres, se usan para elaborar quesos, junto con otro moho llamado Geotrichum candidum. Y como también se sigue adivinando por sus nombres, los dos son parientes del hongo en el que se halló el mayor descubrimiento de la historia de la medicina, la penicilina. Otro moho, Botrytis cinerea, causa la llamada podredumbre noble de la uva, que permite la elaboración de ciertos vinos dulces.

Ahora bien, ¿significa esto que podemos hincharnos tranquilamente a comer estos mohos, o que un queso azul nunca se estropea? ¿Penicilina gratis?

La respuesta es no y no. El ser humano ha aprendido a explotar estos organismos para obtener de ellos lo que necesita: en el caso del P. rubrum (antes chrysogenum, antes notatum), la penicilina (que hoy se obtiene por métodos industriales); para los mohos de los quesos, se utilizan cepas concretas que se añaden en la cantidad justa y en las condiciones adecuadas para controlar su crecimiento de modo que no alcancen niveles tóxicos. Tanto P. camemberti como P. roqueforti producen micotoxinas, pero en los procesos de elaboración de los quesos se controlan su producción y el crecimiento del hongo de modo que no haya riesgo para la salud.

Como dijo Paracelso, todo es veneno y nada es veneno, depende de la dosis. Y como dice la ciencia moderna, muy lejos de esa imagen clásica bucólica y pastoril de la botica de la naturaleza, en la biosfera no existen dos equipos, buenos y malos. La naturaleza no ha sido diseñada para servirnos a los humanos. Incluso alimentos muy comunes que creemos inofensivos son potencialmente venenosos: las pepitas y los huesos de las frutas contienen un precursor del cianuro, y las patatas o los tomates contienen solanina, una toxina peligrosa si la ingerimos en gran cantidad.

De todo lo cual se intuye la respuesta a otra pregunta que puede surgir: no, tampoco deben comerse los quesos azules si han criado moho.

Como conclusión, el único consejo sensato y responsable que puede darse de forma general es no consumir nunca alimentos con moho. Las organizaciones de consumidores asumen una función muy necesaria comparando productos, precios y calidades, y vigilando el cumplimiento de las normativas. Pero no son instituciones científicas ni médicas. Deberían dejar los consejos de salud alimentaria en manos de las entidades con el conocimiento y la autoridad pertinentes.

Por último, conviene mencionar que el desperdicio de alimentos es uno de los grandes males de las sociedades de consumo, y ahora además una carga para el cambio climático, ya que la alimentación es la mayor industria emisora de gases de efecto invernadero en su cadena de producción. Pero la solución no es comer alimentos estropeados, sino consumirlos antes de que se estropeen. Comprar con cabeza y con planificación. Y cuando se trata de alimentos que vayan a abrirse y consumirse a lo largo de un tiempo dilatado, por ejemplo, un bote de mermelada, hacer uso de ese gran recurso de la humanidad:

Los conservantes.

Elegir marcas CON conservantes. Al contrario del mito popular, los conservantes no estropean los alimentos. Sirven nada menos que para conservar, impidiendo el crecimiento de hongos y bacterias peligrosas, y por lo tanto reducen el desperdicio de alimentos. A las marcas les interesa vendernos alimentos sin conservantes que se estropeen rápido. A nosotros debería interesarnos, hoy más que nunca, comprar alimentos que duren más, y los conservantes ayudan a mantenerlos en condiciones óptimas de calidad y frescura durante más tiempo.

«Las próximas décadas no solo serán más cálidas, sino también más enfermas»

En la primera década de este siglo algunas organizaciones médicas, veterinarias y de conservación medioambiental comenzaron a promover una idea a la que se llamó One Health, y a la que pronto se sumaron organismos internacionales como Naciones Unidas, autoridades sanitarias como los centros para el control de enfermedades de EEUU o Europa, y numerosos investigadores e instituciones científicas. One Health no es una plataforma ni una entidad de ninguna clase, sino un enfoque: la visión de que hoy ya no es posible (si es que alguna vez lo fue) considerar por separado la salud humana, la de los animales y la del medio ambiente, ya que las tres están íntimamente conectadas, y lo que afecta a una se transmite a las demás.

One Health no es una pamplina teórica abstrusa para organizar conferencias y llenar informes de palabrería. Es un problema muy real, y la prueba la estamos sufriendo ahora: el SARS-CoV-2 surgió en el pool de coronavirus que infecta a los murciélagos y se transmitió a los humanos a través de una especie intermedia aún no determinada. El salto quizá se produjo en una granja, en un mercado de animales vivos (esta parece hoy la hipótesis más favorecida) o en un laboratorio (poco probable con las evidencias actuales). La falta de higiene y de controles sanitarios en las explotaciones y mercados de muchos países, junto con el tráfico ilegal de especies, facilitan las zoonosis, o transmisión de patógenos de animales a humanos.

Un mercado en Shanghái, China. Imagen de Diana Silaraja / Pexels.

Un mercado en Shanghái, China. Imagen de Diana Silaraja / Pexels.

En cuanto al tercer factor de la ecuación, los ecosistemas son el campo de juego en el que se encuentran animales y humanos. La alteración de la naturaleza crea situaciones nuevas en las que estas interacciones se modifican, creando nuevas oportunidades de transmisión zoonótica que antes no existían o eran muy improbables.

Por ejemplo, la presión de la urbanización desplaza a muchos animales silvestres a los entornos urbanos, donde rebuscan en la basura, entran en contacto con las aguas residuales y reciben alimento de los humanos; se cree que estas situaciones pueden haber causado la gran expansión que ha alcanzado la COVID-19 entre los ciervos en EEUU, un problema preocupante (en Europa aún no se ha detectado esto). Por otro lado, la deforestación también obliga a muchos animales a moverse, ocupando regiones que antes no habitaban y donde pueden encontrarse especies que antes estaban separadas, facilitando nuevos intercambios de virus y posibles recombinaciones entre ellos. Además, la extinción de especies (aunque sea solo en entornos locales) provocada por estas agresiones facilita la proliferación de otras más resistentes y portadoras de patógenos, como las ratas o los murciélagos.

En agosto de 2020, en pleno auge de la pandemia, Nature publicaba un estudio, uno entre muchos otros, que alertaba de cómo la destrucción de los ecosistemas aumenta el riesgo de zoonosis. Los autores analizaban 6.801 ecosistemas y 376 especies de todo el mundo, mostrando cómo los entornos sometidos a la acción humana, como las ciudades y las zonas agrícolas y ganaderas, albergaban entre un 18 y un 72% más especies portadoras de patógenos humanos —sobre todo roedores, murciélagos y aves— y una población de dichas especies entre un 21 y un 144% mayor que los ecosistemas salvajes intactos. En un reportaje que acompañaba al estudio, la codirectora de este, la ecóloga del University College London Kate Jones, decía: «Llevamos décadas avisando de esto. Nadie nos prestó atención».

La atención llegó de la manera que nunca hubiéramos deseado, haciendo realidad los avisos de Jones y otros cientos de científicos con una pandemia que ha matado a millones. Ya no podemos reparar el desastre que ha dejado la COVID-19, pero quizá aún estemos a tiempo de evitar otras futuras pandemias, si el enfoque One Health se toma en serio por parte de quienes tienen que aportar fondos y apoyo a las investigaciones multidisciplinares que se necesitan para que el próximo virus zoonótico no nos pille desprevenidos.

Pero incluso con todo el apoyo posible, hay una amenaza contra la cual nada de esto sería suficiente, porque es mucho más grande que todas las demás, la madre de todas las amenazas: el cambio climático.

¿Puede el cambio climático aumentar el riesgo de zoonosis y llevarnos a futuras pandemias, más frecuentes y habituales de lo que nunca hemos conocido?

Como ocurre con la advertencia de Jones, también los científicos llevan décadas avisando de esto. Y tampoco se les ha prestado atención. Popularmente el cambio climático se asocia a los efectos directos, como el deshielo, la subida del nivel del mar, la ruptura de los patrones climáticos globales, fenómenos meteorológicos extremos, sequías, inundaciones… Pero no están tanto en la mente del público, aunque sí en la de los científicos, las derivadas, los efectos secundarios.

Y uno de ellos es el riesgo de que en los próximos 50 años, como consecuencia del cambio climático, aumenten en unos 15.000 los casos de saltos de virus entre especies de mamíferos. No todos estos virus serán peligrosos para nosotros, e incluso con los que sí lo son, esto no significa que vayamos a tener 15.000 zoonosis, ni mucho menos 15.000 pandemias. Pero el dato parece lo suficientemente alarmante como para tomarlo en serio.

Esta es la conclusión de un nuevo estudio de modelización ecológica dirigido por la Universidad de Georgetown (Washington DC) y publicado en Nature. Los autores han creado una simulación matemática de las redes geográficas de 3.139 mamíferos y los virus que albergan, y la han sometido a un escenario probable de cambio climático y transformaciones del uso de las tierras hasta 2070, ejecutando la simulación durante cinco años.

Lo que ocurre entonces, según el modelo, es que los animales emigran ante estas presiones medioambientales, concentrándose en cotas más elevadas (más frías), en focos de biodiversidad y en áreas muy pobladas de África y Asia, como el Sahel, India o Indonesia. El resultado es que las opciones de transmisión de virus entre especies susceptibles aumentan en miles de casos, ya que se reúnen en los mismos hábitats distintas especies que antes estaban separadas.

Los autores recuerdan que conocemos unos 10.000 virus capaces de infectar a los humanos, pero que la inmensa mayoría de ellos circulan de forma silenciosa en los mamíferos salvajes. Los murciélagos —que suman el 20% de todos los mamíferos— son uno de los mayores peligros, porque no solo albergan infinidad de virus, sino que además vencen fácilmente las barreras geográficas. Pero conviene subrayar aquí que no hay que convertir a los murciélagos en los malos de esta película; si hay que buscar algún malo, ya imaginan cuál es la especie candidata. Los murciélagos son enormemente beneficiosos para los ecosistemas, y no suponen ningún riesgo si se les deja vivir en los ecosistemas que ocupan. Si los destruimos, buscarán otros.

Para empeorar las noticias, los datos de los autores indican que este alarmante aumento de la transmisión viral entre especies ya puede estar ocurriendo, y que para prevenir el escenario definido por el modelo no bastará con mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C, según los objetivos del acuerdo de París de 2015.

En un reportaje que acompaña al estudio, Jones valora esta investigación como «un primer paso crítico en la comprensión del futuro riesgo del cambio climático y del cambio en los usos de la tierra de cara a la próxima pandemia». Aunque ya han sido muchos los estudios que han abordado el impacto de la crisis climática en el riesgo a la salud global, este es el primer modelo que relaciona directamente el cambio climático con los saltos de virus entre especies.

Naturalmente, todo estudio de este tipo tiene sus incertidumbres; la verdad absoluta sobre lo que va a ocurrir en el futuro solo la tienen los horóscopos, los videntes y los exégetas del Libro del Apocalipsis, no los pobres científicos con sus modelos matemáticos. En el reportaje de Nature el ecólogo Ignacio Morales-Castilla, de la Universidad de Alcalá de Henares, advierte de que las predicciones modelizadas a veces tienen que establecer condiciones hipotéticas; por ejemplo, cómo se dispersarán las especies o si se adaptarán a las nuevas condiciones ambientales o serán capaces de cruzar barreras geográficas. Pese a todo, Morales elogia el estudio como «técnicamente impecable».

Y, por supuesto, mucho menos predecible es el impacto que estas transmisiones virales entre especies tendrán en el riesgo de zoonosis; cuántos de esos virus saltarines serán peligrosos para los humanos, qué posibilidades habrá de que acaben llegando a nosotros, o mucho menos cómo esos virus podrán recombinar para producir nuevas variantes más nocivas. Pero en todo caso, el mensaje está claro, y es innegable. Según el codirector del estudio Gregory Albery, «este trabajo nos aporta más evidencias incontrovertibles de que las próximas décadas no solo serán más cálidas, sino también más enfermas». Y, por desgracia, su visión es pesimista: «Está ocurriendo y no es prevenible, ni siquiera en los mejores escenarios de cambio climático».