No hay una nueva crisis global del ébola: lo que no está ocurriendo y por qué

Desde la aparición de un nuevo brote del virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC) en agosto de 2018, la epidemia no se ha extendido a los países limítrofes, en los cuales no han resultado afectadas diversas comunidades que no han multiplicado los focos de transmisión del virus. La infección no ha sido transportada por viajeros y profesionales sanitarios a otras naciones fuera de la región africana, lo que no ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar una alerta global. En distintos países muy alejados del foco original, el virus no ha comenzado a extenderse, no causando decenas de miles de muertes, lo que no ha desatado un estado de pánico entre la población, no ha desbordado los sistemas sanitarios nacionales y no ha obligado a las diversas autoridades a adoptar medidas excepcionales ante lo que no se ha considerado la mayor emergencia sanitaria global de la historia.

Y si todo esto no ha ocurrido, es gracias a un superhéroe que responde al anodino nombre de V920, o también al aún más críptico de rVSVΔG-ZEBOV-GP. Lo cual parece una contraseña de wifi, pero en el fondo es sencillo: un virus de la estomatitis vesicular (VSV) recombinante (r), es decir, producido en laboratorio, al cual se le ha eliminado (Δ, que en genética significa deleción) su principal proteína de virulencia (G) y se le ha añadido la glicoproteína (GP) del Zaire Ebolavirus (ZEBOV).

En resumen, la vacuna del ébola. A ella le debemos que, al menos hasta ahora, todo lo relatado arriba no haya sucedido.

Ante todo, no debemos minimizar lo que sí está ocurriendo en África y está padeciendo la población africana. Aunque no atraiga la atención de los flashes porque lo que sucede en África nos importa a pocos (en comparación con todo aquello que se dice geoestratégico, que les importa a muchos), el brote de ébola continúa activo, y ya acumula 1,632 casos confirmados, con 1.048 muertes confirmadas, según cifras del 13 de mayo. La situación no está controlada, y de hecho fue hace un par de meses cuando el número de casos comenzó a dispararse.

Imagen de CDC.

Imagen de CDC.

Pero podía estar siendo mucho peor. Y no lo es, dicen los epidemiólogos, gracias a la vacuna patentada por el gobierno canadiense en 2003, que ya se ha administrado a más de 96.000 personas, incluyendo unos 30.000 profesionales sanitarios y de atención.

La vacuna, cuya eficacia supera el 97%, se ha administrado en anillo, una estrategia que consiste en vacunar al círculo de personas que han estado en contacto con un enfermo. El problema, según contaba a AP una portavoz de Médicos sin Fronteras, es que el 75% de los nuevos casos que están apareciendo no tienen ningún vínculo aparente con enfermos previos, lo que ha alarmado a las autoridades y los organismos implicados, ya que equivale a decir que no se sabe cómo ni por dónde se está propagando el virus.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Pero a pesar de lo amenazador y terrible que resulte lo que está ocurriendo, debemos subrayar lo que no está ocurriendo, y que esto es gracias a uno de los mayores esfuerzos puntuales de vacunación de la historia. Las cifras son impresionantes: 145.000 dosis de la vacuna ya distribuidas (donadas, repito, donadas por Merck, una de esas malvadas compañías farmacéuticas), otras 195.000 listas para ser enviadas y 100.000 más que lo estarán en los próximos meses.

Y entre todo ello, se da una chocante circunstancia. Hace un par de semanas, la revista The Lancet Infectious Diseases publicaba un estudio que detalla los resultados de una encuesta realizada el pasado septiembre en la región de la RDC afectada por el brote. Los datos, según escriben los autores, muestran que “la creencia en la desinformación está ampliamente extendida”: el 26% de los encuestados piensan que el ébola no existe, el 33% que el brote es un invento promovido por intereses económicos, y el 36% que tiene como fin desestabilizar la región. Casi la quinta parte creían las tres cosas.

Y naturalmente, también aparece el factor de la reticencia hacia la vacuna. Solo algo más de la mitad de los encuestados dijeron que aceptarían vacunarse contra el ébola. Las razones aducidas para no hacerlo suenan familiares: la vacuna no es segura, no funciona o no es necesaria.

Pero no debemos olvidar que estamos hablando de regiones de África donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es escaso, donde los sistemas sanitarios son deficientes, donde los conflictos son crónicos, y donde la corrupción campa a sus anchas. Como recuerda un editorial que acompaña al estudio, “la cancelación de las elecciones presidenciales de 2018 en las regiones de Beni y Butembo, afectadas por el ébola, está fuertemente vinculada en la mente del público con el amaño de las votaciones”. Por todo ello, decía el director del estudio, Patrick Vinck, “las respuestas médicas por sí solas no bastan para detener la extensión del ébola”; es necesario, añadía, “construir confianza”.

En cambio, nada de esto se aplica a los ciudadanos de los países desarrollados, donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es mayoritario, donde los sistemas sanitarios son universales y excelentes, donde disfrutamos de paz y seguridad, y donde la corrupción conduce a la cárcel. Y donde, pese a todo ello, estamos inmersos en lo que los máximos responsables de Unicef y la OMS han calificado como “una crisis global” por el aumento en un año de un 300% de los casos de sarampión, una enfermedad potencialmente letal para la cual existe una vacuna y que está repuntando en países donde casi se había eliminado, según el Centro Europeo para el Control de Enfermedades.

Y si todo esto sí está ocurriendo es por culpa de un supervillano que responde al nombre, fácilmente comprensible, de movimiento antivacunas.

Madres nevera, videojuegos violentos… La psicología no siempre es ciencia

Ayer les hablaba del psicoanálisis de Freud como ejemplo de lo que parece ciencia, pero no lo es. Y les decía que en el campo de la psicología abundan especialmente los casos en que pasa por ciencia algo que no lo es. Déjenme que prosiga con otros ejemplos.

Desde aquel 1896 en que Freud comenzó a hablar del psicoanálisis, saltemos ahora a 1943. Aquel fue el año en que el psiquiatra austro-estadounidense Leo Kanner describió por primera vez el síndrome del autismo infantil. Estudiando diversos casos, Kanner definió las que desde entonces han perdurado como las principales líneas generales en las que hoy se basan los diagnósticos del autismo.

Durante sus investigaciones, Kanner observó que a menudo los padres de los niños con autismo, y especialmente las madres, mostraban una llamativa frialdad en el trato hacia sus hijos. Dado que en muchos casos los niños con autismo muestran carencias en su capacidad de relación y comunicación, el psiquiatra especuló con la posibilidad de que fuera la falta de afecto y calidez la que sumía a los niños en aquella especie de mundo interior cerrado.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Así fue como llegó a acuñarse el término “madres nevera”, y la hipótesis de Kanner fue aceptada por muchos, sin más, porque sonaba bien y explicaba algo hasta entonces inexplicable. Y qué mejor que explicarlo culpando a las propias madres. Y por cierto, entre quienes se lanzaron entusiasmados de cabeza a la hipótesis de Kanner estaban muchos psicoanalistas: ¡trauma de la infancia, allá vamos!

Sería injusto cargar las tintas culpabilizando a Kanner de aquella especulación, que se cayó por el peso de infinidad de datos en contra. Sí se le puede culpar de no haber pensado lo suficiente al revés: ¿no sería que el trastorno de los niños creaba una barrera que muchas madres no sabían cómo superar?

Pero además de que Kanner fue pionero en el estudio del autismo y hoy se le considera el padre de la psiquiatría infantil, en años posteriores se mató a decir que nunca fue su intención atribuir el autismo a esta causa. “Desde la primera publicación hasta la última, hablé de esta condición en términos inequívocos como innata. Pero por haber descrito algunos rasgos de los padres como personas, a menudo se me ha citado mal como si yo hubiera dicho que era culpa de los padres”, dijo en 1969.

Lo cual tal vez era demasiado indulgente consigo mismo; la visión más comúnmente transmitida hoy es que Kanner no comenzó desde el principio culpando a las madres, pero que después se sumó a la idea cuando vio que tanto los profesionales como el público la aplaudían. Y lo cierto es que sus escritos parecen reflejar más una cierta ambigüedad, siempre en la cuerda floja, que una evolución consistente de sus ideas en una dirección determinada.

En realidad, Kanner nunca propuso una teoría de las “madres nevera”. Pero sus seguidores, que han perdurado hasta hoy, tampoco han propuesto una teoría de las “madres nevera” (me remito a lo que expliqué ayer sobre qué es una teoría científica). Lo de las “madres nevera” fue solo una ocurrencia, no una teoría. Repito, hoy refutada por infinidad de datos y ampliamente desacreditada.

Pero no acabamos aquí. Ahora, saltemos de nuevo hasta el presente. Hace unos días, un telediario hablaba sobre la violencia relacionada con los videojuegos. Allí intervenía un famoso psicólogo español, famoso de salir en la tele, pero de gran prestigio profesional y que ha desempeñado algún importante cargo público. Me ahorro el nombre porque no importa, ya que esto no pretende ser un ataque ad hominem. Lo que importa es la declaración de este psicólogo a propósito del tema en cuestión. Cito de memoria, pero era más o menos así: “Los jóvenes juegan a videojuegos violentos, y luego, claro, trasladan esa violencia a la vida real”.

Punto. Firmado, sellado y rubricado. En Madrid, a tantos de mayo de 2019.

Pero ¿es verdad?

No, no lo es. O al menos, no es ciencia.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

La influencia de la violencia en los videojuegos o en otros medios audiovisuales sobre la violencia en la vida real es una cuestión enormemente debatida por psicólogos, psiquiatras y neurólogos, y sobre la que se han hecho infinidad de estudios. Por pura inclinación personal, aquí he contado varios de los que se han publicado sobre el (hasta ahora nunca demostrado) presunto vínculo entre la música violenta y la violencia real.

Pero centrándonos en los videojuegos, ¿quieren saber cuál es el balance final de todos estos estudios? Se lo resumo en dos titulares publicados en sendos medios científicos populares, los dos en distintos momentos de 2018:

“Sí, los videojuegos violentos disparan la agresividad” (Scientific American)

“No hay pruebas que apoyen un vínculo entre los videojuegos violentos y la conducta” (ScienceDaily)

Entonces, ¿cuál es la verdad? En el fondo, el único titular cien por cien fiel al estado actual del conocimiento científico es este:

“¿Los videojuegos violentos hacen más violentos a los niños?” (Psychology Today)

Sí, eso es: un titular en forma de pregunta, ese gran satán del periodismo. Porque la realidad es que la respuesta, si es que existe una respuesta, aún no se conoce. Por cada estudio que encuentra una relación entre videojuegos y violencia, hay otro que no la encuentra (o que sí la encuentra, pero que es justamente la contraria a la esperada), diga lo que diga el famoso psicólogo, que en ese momento no está contando lo que se sabe, sino lo que él cree.

Como vengo explicando estos días, es la ciencia versus la voz del experto. Por suerte, la ciencia no es una sabiduría arcana para la cual debamos fiarnos ciegamente de las visiones del hombre-medicina. Cualquiera con el suficiente conocimiento sobre qué es la ciencia y cómo funciona puede buscar las fuentes y acceder a ese conocimiento por sí mismo.

Por supuesto, todo lo anterior no menoscaba las inmensas aportaciones de la psicología científica, sobre todo la experimental. Pero en estos tiempos en que no hay magacín, ya sea digital, en papel, en radio o en televisión, que no incluya entre sus colaboradores habituales a un psicólogo y un nutricionista, hace falta más que nunca rescatar una vieja fórmula, hoy tan injustamente olvidada e infrautilizada: “yo creo que…”.

Por qué el psicoanálisis no es ciencia (ni es una teoría)

Hace unos días, mi vecina de blog Madre Reciente tuiteaba un comentario aparecido al pie de un post en el que reflexionaba sobre su manera de encarar la imposibilidad de conocer las causas del autismo de su hijo. El comentario en cuestión, que parecía sospechosamente motivado por una ideología (que su autor es perfectamente libre de sostener, faltaría más), hacía referencia a una presunta frialdad de las madres hacia sus hijos como supuesta causa del autismo; el llamado síndrome de las “madres nevera”.

Pero no, esto de hoy no va sobre el autismo ni sus causas. Si, como contaré mañana, no solo no existe tal síndrome, sino que ni siquiera ha existido jamás una teoría sobre la existencia de tal síndrome, es para ilustrar un propósito diferente.

Ayer expliqué que la ciencia ha derrocado la “voz del experto”, pero que esta continúa muy presente en los medios públicos, suplantando en buena medida el papel que en tiempos precientíficos desempeñaban las personas mágicas, como los augures o los chamanes. El experto habla, sienta cátedra y sus palabras se toman como verdades absolutas, con independencia de que correspondan a datos científicos reales o a su opinión personal; experimentada, pero personal.

Es decir, y por dejarlo aún más claro: siempre que escuchen a un experto en radio o televisión pontificando rotundamente sobre su campo de especialización, no acepten sus palabras como dogma sin más. Pregúntense: ¿está contando lo que se sabe, o está contando lo que él cree? Y si se toman la molestia de llegar al fondo de ello, más de una vez se sorprenderán.

Quizá haya campos científicos en los que esto ocurra más que en otros. O al menos, en ciertos campos este fenómeno es hoy especialmente visible. Uno de ellos es la nutrición. A diario estamos invadidos por infinidad de proclamas sobre nutrición saludable, muchas de las cuales en realidad no se apoyan en datos científicos suficientemente contrastados. Por este motivo encontramos tan a menudo expertos en nutrición divididos en equipos: grasas sí, grasas no, y así sucesivamente. Ningún biólogo cuestiona la evolución de las especies, y ningún físico pone en duda la existencia del electrón; es la ciencia versus la “voz del experto”.

Y otro de estos campos, del que sí vengo a hablar hoy, es la psicología. Para conducir esta explicación, creo que conviene remontarnos hacia atrás algo más de un siglo, a 1896. Aquel año, Sigmund Freud empleaba por primera vez en un artículo el término “psicoanálisis”. Con él designaba un método de psicoterapia que llevaba una década desarrollando.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Mediante un diálogo libre con sus pacientes en el que estos relataban sus recuerdos y sueños, Freud creía poder acceder a las memorias reprimidas que explicaban la psicopatología del sujeto, normalmente de su infancia y de carácter sexual. Freud creía también que existían ciertos modelos comunes a muchos de sus pacientes, como el complejo de Edipo o la envidia del pene.

Freud creía todo esto. Pero nunca lo demostró. Porque, de hecho, no podía demostrarse.

Unas décadas más tarde, el filósofo de la ciencia Karl Popper investigó cuáles eran las teorías científicas más prometedoras y revolucionarias de su época, y entre ellas incluyó el psicoanálisis, que en un primer momento se le presentó como la llave maestra hacia el misterioso reino de la mente humana.

Pero cuando Popper comenzó a estudiar el psicoanálisis, pronto llegó a una conclusión: aquello no era ciencia. Los psicoanalistas, decía Popper, siempre encontraban explicaciones a posteriori, como los videntes que dicen “yo ya lo sabía” o quienes interpretan las supuestas profecías de Nostradamus a toro pasado. Pero como estos y aquellos, el psicoanálisis era incapaz de elaborar una predicción consistente y general a priori, una que fuera empíricamente testable y demostrable o refutable.

Así, Popper relegó el psicoanálisis al cajón de las pseudociencias junto con la astrología. Pero evidentemente, el psicoanálisis no murió. Hoy sigue muy extendido y vigente, lo cual no lo convierte en ciencia; nunca podrá serlo, a menos que reconozcamos como tal también la astrología.

Entonces, ¿de dónde sacó Freud su teoría? Observaciones, experiencia, intuición… En resumen, la voz del experto.

Pero es necesario hacer una aclaración esencial. Y es que si he escrito la palabra “teoría” en cursiva, es porque el psicoanálisis no lo es. En ciencia, este término significa algo muy diferente que en el lenguaje común. A pie de calle, hablamos de cualquier especulación sin fundamento como “teoría”, por absurda que sea: tengo la teoría de que nos envenenan fumigando desde aviones. Pero en ciencia, una teoría es algo muy distinto. Así de bien (al contrario que nuestro diccionario de la RAE) lo explica la Academia Nacional de Ciencias de EEUU (NAS):

La definición científica formal de “teoría” es muy diferente del significado cotidiano de la palabra. Se refiere a una explicación completa de algún aspecto de la naturaleza que está apoyado por un vasto cuerpo de evidencias. Muchas teorías científicas están tan bien establecidas que probablemente ninguna nueva prueba podrá alterarlas sustancialmente. Por ejemplo, ninguna nueva prueba demostrará que la Tierra no gira en torno al Sol (teoría heliocéntrica) […] Una de las propiedades más útiles de las teorías científicas es que pueden utilizarse para hacer predicciones sobre eventos naturales o fenómenos que aún no se han observado.

En resumen, teorías son la relatividad, la evolución o el cambio climático. No son “solo teorías”; como también dice la NAS, “en ciencia, las teorías no se convierten en hechos a través de la acumulación de pruebas. Más bien, las teorías son el punto final de la ciencia. Son conocimientos que se derivan de extensa observación, experimentación y reflexión creativa”.

Incluso en ciencia, a veces se olvida esta definición. Por ejemplo, no debería hablarse de la teoría de cuerdas, o de la de los universos paralelos, porque no lo son. Y tampoco lo es el psicoanálisis. Es una especulación, una ocurrencia, incluso un conjunto de hipótesis; pero no de hipótesis científicas, dado que no pueden testarse.

Pero el psicoanálisis no es ni mucho menos la única propuesta en el campo de la psicología que pasa por científica sin serlo. Mañana seguimos, y volveremos a aquello de las “madres nevera”.

Y por cierto, si les interesa algo más de información sobre la polémica que rodea al psicoanálisis, precisamente hace unos días he publicado un reportaje que lo cuenta con más detalle. Y que les invito a leer, si les apetece.

La “voz del experto” solo tiene valor si se apoya en la ciencia

Cuando se saca a la calle una encuesta sobre conocimientos científicos, suele indagarse en el grado de familiaridad con multitud de conceptos relacionados con la ciencia; por ejemplo, el cambio climático, las vacunas o los organismos transgénicos. Y también a veces en la manera en que se obtienen esos datos; por ejemplo, qué es una hipótesis, o si la ciencia busca demostrar o refutar verdades.

Pero no recuerdo haber encontrado ninguna encuesta que pregunte algo muy simple: ¿qué es la ciencia?

No, en serio. Si se encuestara a la gente sobre, no sé, perros, en primer lugar sería conveniente asegurarse de que todos sabemos y estamos de acuerdo en lo que es un perro, sabiendo diferenciarlo de un gato, un baryonyx o una mesa camilla.

Por supuesto que esto se da por hecho; todo el mundo sabe lo que es un perro. Pero ¿sabe todo el mundo qué es la ciencia?

Como he dicho, no tenemos datos poblacionales sobre esto, ya que al menos por mi parte no he sido capaz de encontrar una encuesta en la que se incluya esta pregunta. Pero en conversaciones casuales, a menudo me encuentro con que existe una idea muy equivocada sobre qué es la ciencia. Y qué no lo es.

Y en el fondo, las respuestas a ambas cuestiones son enormemente sencillas. Aquí van:

La ciencia es un método.

La ciencia no son personas.

Bajando un poco más al detalle, deberíamos decir que la ciencia es un método para conocer la realidad. Y aún más: a lo largo de siglos y siglos de civilización humana, la ciencia ha mostrado de manera suficientemente consistente que es el mejor método que hemos encontrado para conocer la realidad. Así que, siempre que encontremos algo como esto, “la ciencia dice que…”, debemos traducirlo como “el conocimiento que mejor nos acerca a la realidad dice que…”.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Aunque no lo parezca a primera vista, las implicaciones de esto son brutales, porque no es así como suele entenderse en muchos casos. A menudo escuchamos a quienes dicen disentir de lo que afirma la ciencia porque ellos opinan de otra manera. Lo cual es una clara muestra de no haber entendido qué es la ciencia: no es opinable ni disentible. Es. A menos que uno quiera crearse la ilusión de una realidad alternativa.

Por supuesto, la ciencia no tiene todas las respuestas. Por su propia definición es imposible que las tenga, ya que no es un conocimiento omnisciente, sino, repito, un método. A veces este método puede aplicarse de forma errónea o incompleta, o bien el método debe aplicarse con más profundidad y durante más tiempo del que llevamos manejándolo para llegar a obtener respuestas fiables sobre ciertas realidades concretas extremadamente complejas.

Un ejemplo típico de esto último es el efecto sobre la salud de ciertos alimentos o sustancias. El público en general puede tener la sensación de que la ciencia es opinable, dado que, por ejemplo, siempre se ha dicho que los alimentos con mucho colesterol son malos para la salud, mientras que últimamente se viene diciendo que no es así.

La explicación es que en muchos casos se presenta como realidad científica algo que aún no lo es. Ciertos indicios preliminares pueden sugerir que una dieta alta en colesterol podría ser perjudicial para la salud. Como esto apoya una idea intuitivamente razonable, ya que los depósitos de colesterol pueden cegar los vasos sanguíneos, pasa por cierta la idea de que comer alimentos ricos en colesterol es desaconsejable. Y los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol provoca infartos.

Pero el efecto del colesterol sobre la salud es una de esas cuestiones extremadamente complejas, para las cuales, incluso cuando el método se aplica correctamente, es necesario seguir investigando durante más tiempo del que llevamos usando esa herramienta llamada ciencia. Y resulta que, según se va profundizando en el estudio de esta cuestión, ocurre que los datos van inclinando la balanza en sentido contrario.

Y entonces una vez más los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol no provoca infartos.

(Nota al margen: la relación entre ciencia y periodismo es complicada. Los cánones enseñan que al periodismo le repugnan las incertidumbres y las no-noticias, como los titulares en forma de pregunta, o que contengan el condicional “podría” o el adverbio “quizá”. Sin embargo, la ciencia es siempre algo en proceso, y en muchos casos todo lo que puede ofrecer en un momento dado es una pregunta, un “podría” o un “quizá”; en estos casos, eliminar dichas fórmulas es sencillamente publicar un titular falso.)

Entonces, ¿cuál es la respuesta real? ¿Ingerir alimentos ricos en colesterol es bueno, malo o indiferente?

Con el estado actual de la ciencia, lo único que puede afirmarse es que aún no puede afirmarse nada. Hoy los datos tienden a indicar que no es lo perjudicial que se creía, pero aún faltan muchos minutos de partido. Se necesita seguir investigando.

Pero, espera… De vez en cuando aparecen médicos o científicos en televisión, radio o prensa, afirmando categóricamente que el colesterol es malo, o que el colesterol es bueno, o que el colesterol es indiferente. Y son expertos, así que deben de saber lo que dicen.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Aquí llegamos a la segunda respuesta que he mencionado más arriba: la ciencia no son personas.

Hubo un tiempo, antes de que tuviéramos la ciencia, en que intentábamos acercarnos al conocimiento de la realidad a través de personas mágicas: augures, adivinos, oráculos, chamanes, brujos, hechiceros… Ellos y solo ellos estaban dotados de ese don, esa conexión mística que les permitía acceder al conocimiento. Lo cual era un fastidio, porque si la persona mágica desaparecía, desaparecía con ella el conocimiento.

Lo grande de la ciencia es precisamente que no depende de las personas. Dado que es un método, cualquiera puede aplicarlo, y por lo tanto cualquiera puede acceder al conocimiento. Si un científico desaparece, no desaparece el conocimiento.

Y a pesar de esto, el mito de la persona mágica sigue muy arraigado: vemos en la televisión o escuchamos en la radio a un experto disertando sobre el tema científico de su especialidad. Y dado que se trata de un experto, tomamos sus palabras como dogma, asumiendo que es cierto lo que dice porque, vaya, es un experto, y tiene más experiencia que nosotros en esa materia concreta.

Solo que no es necesariamente así. En multitud de ocasiones uno se encuentra con que el experto en cuestión en realidad no está transmitiendo el conocimiento científico actual y corriente, sino su propia opinión como experto. Naturalmente, un científico es un ser humano como cualquier otro, y puede tener sus opiniones sobre cualquier materia. Pero cuando se trata de transmitir mensajes públicos, debería diferenciarse muy bien entre lo que es ese conocimiento científico actual y corriente, y lo que es su propia opinión. Porque su opinión, por muy experto que sea, es solo una opinión. Y por lo tanto, opinable.

Si algo ha conseguido la ciencia, aparte de darnos conocimiento, es derrocar la “voz del experto”. Un médico con cuarenta años de experiencia podrá opinar que recitar todas las mañanas la declaración de independencia de Camerún (que no sé si existe) va muy bien para la inflamación de las amígdalas, porque él lleva recomendándolo toda la vida y le funciona. Pero si no existen ensayos clínicos controlados y aleatorizados que lo corroboren y que hayan superado un proceso adecuado de revisión por pares, sencillamente… No. Es. Ciencia.

En resumen, el mensaje es este: la voz del experto solo tiene verdadero valor cuando se apoya en la ciencia. De hecho, tiene más valor la voz de una persona no experta cuando está citando datos científicos que la de una persona experta cuando está diciendo simplemente lo que a ella le da en la nariz.

Dicho de otro modo, esto tiene otra implicación brutal: dado que la ciencia es un método, que no depende de las personas que lo aplican, y que por tanto es accesible a cualquiera que lo conozca, no es necesario ser un experto en una materia concreta para valorar lo que es ciencia y lo que no respecto a esa materia; solo es necesario saber de ciencia. Un paleoantropólogo puede no tener la menor idea sobre climatología. Y sin embargo, dado que conoce la ciencia, puede perfectamente valorar si lo que afirma un experto en clima es ciencia o no lo es, accediendo a las fuentes y comprobando lo que dice la ciencia sobre ello. Incluso puede valorar un estudio a poco que entienda los conceptos, ya que los métodos estadísticos y los umbrales de significación generalmente aceptados son comunes a todas las ciencias.

Todo lo anterior tal vez suene demasiado teórico, pero lo cierto es que casi a diario estamos inundados por casos concretos que tienen repercusiones prácticas de gran interés en nuestras vidas. Los ejemplos, mañana.

¿Y si el virus de Lloviu no mató a los murciélagos?

En mi entrada anterior resumí la historia del virus de Lloviu, ese pariente próximo del ébola que se describió en 2011 en cadáveres de murciélagos de una cueva asturiana, aunque aún no se conoce dónde pudo originarse –tal vez en Francia, han propuesto los científicos–. Como ya conté, ocho años después aún son muchas las preguntas pendientes sobre este virus; la de interés más general, si supone una amenaza para nosotros.

Pero antes de continuar, uno debe reconocer sus propios errores u omisiones. En mis artículos anteriores sobre el virus he mencionado a Anabel Negredo y Antonio Tenorio, investigadores del Centro Nacional de Microbiología del Instituto de Salud Carlos III (CNM-ISCIII) que han llevado gran parte del protagonismo en la detección del virus. Pero pasé por alto otra referencia esencial de esta historia, o más bien su raíz: el proyecto VIROBAT.

O, mejor dicho, proyectos, ya que son cuatro los que hasta ahora se han encadenado desde 2007 bajo la dirección del virólogo Juan Emilio Echevarría, responsable del Laboratorio de Rabia del CNM-ISCIII. VIROBAT es un programa multidisciplinar de identificación de virus en murciélagos ibéricos que ha implicado a diversos laboratorios en sus distintas líneas. El propio laboratorio de Echevarría identificó en 2013 el lyssavirus de Lleida, una variante de la rabia, mientras que la línea que llevó a la detección del lloviu gracias a las muestras de VIROBAT fue desarrollada en el Laboratorio de Arbovirus y Enfermedades Víricas Importadas del CNM-ISCIII, dirigido entonces por Tenorio y posteriormente por Mari Paz Sánchez-Seco. No solo debemos reconocer públicamente el trabajo científico que se hace en este país, sino también los nombres de quienes lo hacen posible.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii, la especie en la que se encontró el virus de Lloviu. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii, la especie en la que se encontró el virus de Lloviu. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

El penúltimo trabajo sobre el lloviu hasta la fecha nos llega también del ISCIII, en colaboración con los investigadores estadounidenses que participaron en la identificación inicial del virus. Y sus conclusiones son interesantes, aunque aún continúan dejando preguntas en el aire que deberán esperar a nuevos estudios.

Como expliqué anteriormente, varios de los filovirus –la familia del ébola y el lloviu– que son letales para los humanos se han encontrado en murciélagos vivos y sin síntomas de enfermedad, lo que ha permitido despejar una incógnita clave sobre estos virus: su reservorio, o los animales que mantienen los virus en circulación y de los que ocasionalmente surgen los brotes que afectan a nuestra especie.

En cambio, el lloviu se encontró en murciélagos muertos. Lo cual no implica necesariamente que el virus matara a estos animales, algo de lo que no existen pruebas. Pero si fuera así y el lloviu fuese letal para los murciélagos, este virus se convertiría en una rareza dentro de su familia, y su reservorio debería buscarse entonces en otras especies, tal vez insectos o garrapatas. Aclarar estas dudas seguiría sin aportar nada sobre los posibles efectos del lloviu en los humanos, pero sería un paso relevante para ir desvelando el ciclo vital del virus (si “vital” puede aplicarse a algo que muchos científicos no consideran realmente un ser vivo).

Para explorar estos interrogantes, en los últimos años los investigadores han tratado de encontrar rastros de la presencia del virus tanto en murciélagos vivos como en otras especies que están en contacto con ellos, desde los insectos hasta nosotros mismos. Sin embargo, el virus no ha vuelto a detectarse de forma directa en otros animales, ni vivos ni muertos, salvo en una única ocasión: en 2016 se localizó en cadáveres de murciélagos hallados en el otro extremo de Europa, en Hungría.

Pero existe otra posibilidad, y es la detección del rastro que el virus haya podido dejar en el sistema inmunitario de los animales que en algún momento han estado infectados. Utilizando esta vía, un nuevo estudio en la revista Viruses, encabezado por Eva Ramírez de Arellano y dirigido por Negredo, ofrece una respuesta: el virus está circulando en los murciélagos de cueva, pero no en otras especies de murciélagos ni en los humanos.

Los científicos han analizado la sangre de hasta 60 ejemplares vivos de la especie Miniopterus schrebersii, el murciélago de cueva en el que se encontró el virus. Para aumentar la probabilidad de que estos animales hubieran estado expuestos al virus, los ejemplares fueron recogidos en 2015 en las mismas cuevas de Asturias y Cantabria donde se descubrió el lloviu. Al mismo tiempo, han examinado la sangre de un grupo de personas que también han estado en contacto con estos murciélagos, se supone que científicos dedicados al estudio de estos animales. Como control negativo, se han añadido muestras de murciélagos de otra especie diferente capturados en Huelva, lejos del brote original de lloviu.

Los resultados muestran que uno de cada tres murciélagos de cueva analizados, el 36,5%, lleva anticuerpos contra el lloviu, lo que confirma que estos animales contrajeron la infección en algún momento y, sin embargo, continúan vivos. Por el contrario, esta respuesta inmunitaria contra el virus no se ha encontrado en los humanos ni en los murciélagos de Huelva.

Estos datos indican que el brote original del lloviu no fue una rareza, sino que el virus está circulando de forma habitual entre los murciélagos de cueva. Sin embargo, no puede afirmarse que la presencia de los anticuerpos en animales vivos demuestre la no letalidad del virus para los murciélagos; del mismo modo que las personas que han contraído el ébola y han vivido para contarlo llevan anticuerpos en su sangre, podría ser que los murciélagos analizados sean los afortunados supervivientes de una epidemia mortal de lloviu.

Así, los investigadores escriben en su estudio que los resultados “disocian la circulación del lloviu como la causa de las muertes previamente reportadas”, pero es ahí hasta donde pueden llegar con los datos actuales. No obstante, encuentran un sospechoso parecido entre la proporción de animales seropositivos en su población y los niveles en las especies de murciélagos que sirven como reservorios del ébola y el marburgo, por lo que dejan entrever la idea de que quizá la dinámica del lloviu sea similar a la de estos virus; es decir, que infecte a los murciélagos sin matarlos.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Por último, el hecho de que no se hayan encontrado anticuerpos contra el lloviu en las personas que están en contacto con los murciélagos nos ha dejado sin la respuesta a la principal pregunta sobre este virus. En 1989 se detectó en Reston, Virginia (EEUU), una enfermedad mortal que afectaba a unos monos importados de Filipinas. Los investigadores descubrieron que el culpable era un filovirus muy similar al ébola, pero pronto se descubrió que era inofensivo para los humanos. Se encontraron anticuerpos en algunas personas que habían manejado los animales y que obviamente habían contraído el virus sin padecer síntomas.

Si el nuevo estudio sobre el lloviu hubiera detectado anticuerpos en algunas de las personas analizadas, probablemente podría concluirse que es un caso similar al virus de Reston: un patógeno para otras especies que no entraña riesgo para los humanos. Pero dado que no ha sido así, aún seguimos a oscuras sobre la peligrosidad del virus. Estudios anteriores sugieren que aparentemente el lloviu sería capaz de infectar células humanas por un mecanismo similar al ébola, por lo que hasta ahora no hay motivos para pensar que pueda ser un virus de contagio más difícil que su primo africano.

A falta de aislar el virus para poder trabajar directamente con él y responder a las preguntas pendientes, por el momento la única vía posible es fabricar sus trocitos a partir de su secuencia genética y estudiar qué hacen y cómo funcionan en sistemas in vitro. Decía más arriba que el nuevo estudio del ISCIII es el penúltimo, no el último; en días recientes se ha publicado además otro trabajo que ahonda un poco más en este prisma molecular del virus de Lloviu, y que aporta también una novedad sugerente. Próximamente, en este mismo canal.

Virus de Lloviu, el ‘primo europeo’ del ébola: aún más preguntas que respuestas

En 2002 comenzó una auténtica saga científica que todavía hoy tiene más preguntas que respuestas. El 17 de junio de aquel año, el biólogo Isidoro Fombellida informaba a sus compañeros de la Sociedad Española para la Conservación y el Estudio de los Murciélagos (Secemu) del hallazgo de numerosos cadáveres de estos animales en una cueva de Cantabria. De inmediato, a este primer informe se unían otros similares de Asturias, Portugal y Francia, en lo que parecía una enigmática y devastadora epidemia que afectaba específicamente a la especie Miniopterus schreibersii, el murciélago de cueva.

Unos meses después, en enero de 2003, el suceso quedaba reflejado en la revista Quercus. Los autores de aquel artículo, los miembros de la Secemu Juan Quetglas. Félix González y Óscar de Paz, contaban que la reunión entre los expertos y las autoridades estatales había resuelto dejar el caso en manos del laboratorio de referencia en enfermedades animales transmisibles a los humanos, el Centro Nacional de Microbiología del Instituto de Salud Carlos III (CNM-ISCIII), en Majadahonda.

En un primer momento los científicos del CNM-ISCIII sospecharon de un brote de rabia, pero los resultados de los análisis fueron negativos. Sin otra pista que olfatear, la misteriosa enfermedad de los murciélagos quedó en suspenso.

Un murciélago de cueva 'Miniopterus schreibersii', especie en la que se descubrió el virus de Lloviu. Imagen de Wikipedia.

Un murciélago de cueva ‘Miniopterus schreibersii’, especie en la que se descubrió el virus de Lloviu. Imagen de Wikipedia.

Un par de años después, el 30 de noviembre de 2005, la revista Nature publicaba un breve estudio dando cuenta de importantes novedades sobre un temible virus, el ébola. Por entonces este patógeno aún era casi un desconocido para el público. Desde 1976 se habían sucedido los brotes con terribles consecuencias para los afectados, pero muchos lo consideraban un problema africano. Por suerte, no todos: gracias a que el gobierno canadiense trabajaba en ello en 2003, cuando casi nadie más lo hacía, hoy tenemos una vacuna que ya se ha administrado a más de 90.000 personas, y sin la cual el brote iniciado en agosto de 2018 en la República Democrática del Congo, aún activo, podría haber sido mucho peor. Las vacunas no se crean de la noche a la mañana cuando el público las pide.

Uno de los interrogantes sobre el ébola era su reservorio animal, es decir, la especie en la que se oculta sin provocar graves síntomas cuando no está matando simios o humanos. Conocer el reservorio de los virus es clave de cara a su control, y en el caso del ébola aún era un misterio.

En Gabón y la República del Congo, un equipo internacional de científicos emprendió la laboriosa y arriesgada tarea de situar trampas en las zonas donde habían aparecido cadáveres de simios infectados por el ébola, con el fin de recoger los animales que podían actuar como reservorio y analizar la presencia del virus. Después de examinar más de 1.000 pequeños vertebrados, los científicos localizaron el reservorio del ébola en tres especies de mamíferos de la fruta, aportando un paso de gigante para poner cerco al virus letal.

Partícula del virus del Ébola fotografiada al microscopio electrónico y coloreada artificialmente. Imagen de NIH / dominio público.

Partícula del virus del Ébola fotografiada al microscopio electrónico y coloreada artificialmente. Imagen de NIH / dominio público.

Entre quienes leyeron aquel estudio se encontraba Antonio Tenorio, por entonces director del Laboratorio de Arbovirus y Enfermedades Víricas Importadas del CNM-ISCIII, donde se habían analizado los cadáveres de los murciélagos hallados en Cantabria y Asturias. Al desvelarse que estos mamíferos podían transmitir más enfermedades de las que hasta entonces se creía, Tenorio tuvo la idea de rescatar las muestras de aquellos animales y escrutarlas en busca de un posible material genético vírico que se pareciera a algo de lo ya conocido.

Pero Tenorio y su principal colaboradora, Anabel Negredo, jamás habrían sospechado lo que iban a encontrar en aquellos murciélagos: ébola. O eso parecía entonces: al comparar las secuencias parciales obtenidas con las bases de datos online de genomas virales, el resultado fue que eran idénticas a la del siniestro virus en un 75%; bastaba un 50% de semejanza genética para que un virus se considerara ébola. Sin embargo, aún era preciso secuenciar en su totalidad el virus de los murciélagos para establecer cuál era su grado de parecido general con el africano.

Aquello era mucho más que una alarmante rareza; era una auténtica bomba. Ni en Europa ni en ningún otro lugar fuera de África y Filipinas se había detectado en la naturaleza nada parecido al ébola (algunos virus de esta familia se descubrieron en Europa y EEUU, pero procedían de monos importados). Y sin embargo, aquel era también el momento en que el laboratorio español debía perder la exclusividad de su descubrimiento. El hallazgo de los científicos del CNM-ISCIII había dado un nuevo cariz a su investigación, pero ni su laboratorio ni ningún otro en este país estaba acreditado con el nivel de seguridad biológica 4, imprescindible para trabajar con patógenos tan peligrosos como el ébola. Así pues, Tenorio y Negredo se veían obligados a compartir su descubrimiento con otro centro en el extranjero que dispusiera de las instalaciones necesarias.

Gracias a la colaboración de los investigadores Ian Lipkin y Gustavo Palacios, entonces en la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia (EEUU), fue posible secuenciar casi en su totalidad el genoma de algo que finalmente resultaba ser diferente del ébola en solo una pizca más del 50%, lo suficiente para darle una identidad propia. Siguiendo la norma habitual en virología, el nuevo virus debía recibir el nombre del lugar donde fue descubierto; los cadáveres de murciélagos utilizados procedían de la cueva del Lloviu, en Asturias.

Por fin en octubre de 2011 un estudio encabezado por Negredo y Palacios como coautores principales, y codirigido por Lipkin y Tenorio, presentaba en sociedad el virus de Lloviu o LLOV, el primer filovirus –la familia del ébola– supuestamente originado fuera de África y Asia, el único en el nuevo género de los Cuevavirus, y más parecido al ébola que sus primos el marburgo y el ravn.

Desde entonces, tanto los descubridores originales del lloviu como otros investigadores han continuado avanzando hacia la conquista de los secretos de este intrigante patógeno, como he venido narrando en este blog con cada nuevo estudio que se publica. Pero la pregunta más acuciante aún sigue pendiente de respuesta: ¿es el lloviu una amenaza para los humanos?

La dificultad para responder a esta y otras innumerables preguntas sobre el lloviu estriba en que el camino de estas investigaciones es enormemente anfractuoso. Para estudiar un virus es indispensable poder manejarlo, pero los científicos estadounidenses no lograron aislarlo, y apenas queda algo de las muestras originales. Hace ahora un año, científicos húngaros describieron la reaparición del lloviu en el otro extremo de Europa, en cadáveres de murciélagos hallados en cavernas de Hungría en 2016. Pero una vez más, el virus asturiano se resistió a su aislamiento.

Así las cosas, los investigadores deben limitarse a reconstruir sus piezas moleculares a partir de la secuencia genómica conocida para después disfrazar con ellas a otros virus disponibles, como el ébola o incluso el VIH. El problema es que estos métodos no suelen ser suficientes para resolver incógnitas como la posible peligrosidad del virus para nuestra especie; no basta con fijarse en qué grado de parecido tienen esas diversas partes para predecir cómo se comportará un filovirus en los humanos o en otros animales. Para entender lo difícil que resulta responder a esta pregunta, conviene detenerse un momento en el complicado rompecabezas de los filovirus.

En los últimos años, esta familia se ha ampliado ya a seis géneros: a los Ebolavirus (ébola, sudán, taï forest, bundibugyo y reston), Marburgvirus (marburgo y ravn) y Cuevavirus (lloviu) han venido a añadirse los Striavirus (xilang) y Thamnovirus (huangjiao), que parecen infectar a los peces, y los Dianlovirus, representados hasta ahora solo por el virus de Mengla, descubierto en murciélagos chinos. Por otra parte, a los cinco Ebolavirus mencionados se ha sumado uno nuevo, el virus de Bombali, hallado en murciélagos de Sierra Leona.

Árbol evolutivo (filogenético) de la familia de los filovirus. Imagen de ICTV.

Árbol evolutivo (filogenético) de la familia de los filovirus. Imagen de ICTV.

Naturalmente, los distintos grupos representan un mayor o menor parecido genético: dos Ebolavirus se parecen más entre sí que un Ebolavirus y un Marburgvirus. Pero en cambio, estos grados de similitud no se aplican a los efectos o las enfermedades que provocan. Por ejemplo, los Ebolavirus son potencialmente letales para humanos y monos, pero no todos: el reston parece inofensivo para nosotros, no así para otros primates ni para los cerdos. Por otro lado, los Marburgvirus, más diferentes del ébola que el reston, son incluso más mortales para nosotros y los monos que el propio ébola.

En lo que respecta a los murciélagos, distintas especies parecen servir de reservorios tanto para los Ebolavirus como para los Marburgvirus. Los recientemente descubiertos mengla y bombali se han detectado en murciélagos vivos, lo que sugiere que estos virus pueden tener también su reservorio en estos animales. De modo que esto parecería una norma general para los filovirus… si no fuera porque el lloviu se encontró en murciélagos muertos, tanto en Asturias como en Hungría.

Pero ¿significa esto que el lloviu mata a los murciélagos, y que los animales hallados en las diferentes cuevas europeas murieron a causa del virus? ¿Significa que el lloviu es una rareza dentro de su familia al no utilizar estos animales como reservorio? ¿Significa que su reservorio debe buscarse en otras especies como los insectos o las garrapatas, una hipótesis que han manejado los investigadores del CNM-ISCIII? Y sobre todo, ¿qué significa todo esto de cara a los posibles efectos del lloviu en humanos?

Más preguntas que respuestas. El próximo día comentaré un par de nuevos estudios que no llegan a esclarecer las muchas incógnitas pendientes, pero que al menos apuntan nuevos datos sobre este virus aún tan desconocido, pero tan cercano a nosotros.

¿Que vivimos en un zoo galáctico gestionado por alienígenas? ¿En serio?

Hubo un tiempo en que hasta los científicos más sesudos reconocían la posibilidad de que algunos casos de ovnis fueran avistamientos reales de naves alienígenas. Por entonces tenía sentido: tal vez aquellos rumores habían existido siempre –ahí estaba la visión bíblica de Ezequiel–, pero solo a mediados del siglo XX empezó a extenderse la tecnología necesaria para documentar correctamente aquellos sucesos y para que las noticias sobre ellos llegaran a todos los rincones del mundo. Desde los foo fighters, misteriosos aparatos que reportaban los pilotos en la Segunda Guerra Mundial, hasta que comenzaron a proliferar los avistamientos civiles, el fenómeno parecía seguir una evolución lógica que culminaría con la confirmación definitiva de que nos estaban visitando.

Pero la confirmación definitiva jamás llegó. Mirando retrospectivamente, quizá se pasaron por alto ciertos indicios de que en realidad todo aquello podía ser simplemente un meme –término que ya existía antes de internet, y que se refiere a un rasgo cultural que se transmite por imitación–: todos los avistamientos de platillos volantes tienen su origen en un primer caso de 1947, pero el protagonista de aquel incidente, Kenneth Arnold, nunca dijo haber visto platillos, sino “nueve objetos con forma de media luna” que se movían “como un platillo saltando sobre el agua”. Fue el periodista Bill Bequette quien entendió mal la explicación e inventó los “platillos volantes”. También un análisis más riguroso habría destapado ya entonces, por ejemplo, que el Triángulo de las Bermudas era solo un mito inventado y explotado comercialmente por un par de escritores sensacionalistas.

Quizá eran tiempos más ingenuos. Hoy las tornas han cambiado. Y aunque el fenómeno ovni continúa congregando una legión de adeptos –se habla incluso de un renacimiento en los últimos años–, raros son los científicos que lo defienden. Los que sí lo hacen acusan a la comunidad científica de haberlo ignorado por considerarse un tema tabú, pero lo cierto es que no han faltado los científicos que se han acercado a este fenómeno con la imprescindible mezcla de escepticismo y honestidad. Con los medios y la tecnología actuales es aún más fácil documentar estos casos, pero la documentación no ha mejorado. Con los medios y la tecnología actuales también es más fácil fabricar estos casos, pero también destapar esas fabricaciones. Expertos como el exingeniero de la NASA e historiador de la carrera espacial Jim Oberg han desmontado la práctica totalidad de los avistamientos de ovnis publicados online.

Lo cual deja un problema pendiente. La creencia extendida de que el universo es un lugar rebosante de vida cuadraba a la perfección con el fenómeno ovni. Pero ¿cómo se compadece esa hipótesis de la vida rebosante con una realidad que hasta ahora nos ha mostrado todo lo contrario?

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

En 1950 el físico Enrico Fermi se preguntó: “¿Dónde está todo el mundo?”, dando lugar a lo que desde entonces se conoce como la paradoja de Fermi: tantísimas civilizaciones desperdigadas por todo el cosmos, y nosotros aquí, sin saber absolutamente nada de nadie más. Por entonces se creía que esa paradoja tenía los días contados. Pero con el pasar de los años se ha convertido en lo que ahora llaman el Gran Silencio: no es solo que nadie haya venido aquí, sino que tampoco las intensas búsquedas de señales alienígenas durante casi 60 años han obtenido otro resultado que ese silencio.

A pesar de todo, el ser humano es obstinado. Todavía hoy, muchos de los científicos más sesudos creen que el universo debe de ser un lugar rebosante de vida, incluso sin prueba alguna. Tal vez algún día las tornas vuelvan a cambiar, y la realidad imponga la idea de que la vida es un fenómeno extremadamente raro. Pero mientras tanto, a los defensores de la vida rebosante les urge encontrar una solución a la paradoja de Fermi y al Gran Silencio.

A lo largo de los años se han propuesto diferentes soluciones a la paradoja, con mayores o menores pretensiones científicas, pero sin ninguna prueba.

Y luego está la del zoo galáctico.

¿Saben aquel que dice que la Tierra es una especie de reserva natural gestionada por una raza de alienígenas superavanzados, y que no sabemos nada de ellos porque nos mantienen en la ignorancia para no trastornarnos, o porque somos demasiado tontos para sus estándares?

No, en serio: hay quienes no solamente creen en esto, sino que además financian un congreso destinado a que científicos de todo el mundo crucen océanos y se reúnan para discutirlo. Ocurrió el mes pasado en París, donde investigadores del METI (algo parecido al SETI, pero que trata de comunicarse activamente con posibles alienígenas) se congregaron para debatir sobre la paradoja de Fermi. Uno de los argumentos estelares de la cita, sobre el que versaron varias de las charlas, fue la llamada hipótesis del zoo.

La copresidenta del congreso y miembro de la dirección del METI, Florence Raulin Cerceau, calificó la hipótesis del zoo de “explicación controvertida”. Por su parte, el también copresidente de la conferencia Jean-Pierre Rospars dijo que “parece probable que los extraterrestres estén imponiendo una cuarentena galáctica porque son conscientes de que sería culturalmente perturbador para nosotros saber de su existencia”.

¿Explicación controvertida? ¿Cuarentena galáctica? ¿Parece probable? Si se trata de opiniones, aquí va otra: no es que sea imposible; pero se trata de una hipótesis tan descabellada que necesita más pruebas para cruzar el umbral de la credibilidad que otra mucho más plausible. Como decía Carl Sagan, y otros antes que él, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias (he rescatado estas palabras de una ocasión en la que escribí sobre el principio de Wang, aquel personaje de la película Un cadáver a los postres que definía una hipótesis de un colega como “teoría más estúpida jamás oída”).

La idea del zoo galáctico no es nueva; fue propuesta formalmente por primera vez en 1973 por el radioastrónomo John Ball, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, aunque ya había aparecido antes en la ciencia ficción. Y desde luego, como argumento de ciencia ficción puede dar pie a historias muy jugosas.

Pero el propio Ball sabía que estaba jugando a la especulación loca; en su artículo reconocía que su hipótesis era “probablemente fallida e incompleta”, alegando que los alienígenas se asegurarían de que nunca los encontráramos y que por tanto se trataba de una idea indemostrable. Para la cual no solamente no hay pruebas, sino ni siquiera una manera imaginable de obtenerlas. E incluso cuando algún investigador ha seguido el juego tratando de echar unos cuantos números, ha llegado a la conclusión de que lo del zoo galáctico es difícilmente compatible con el mundo real.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Y sin embargo, este delirio sigue cautivando. Con motivo de la reunión del METI, el presidente de esta organización, Douglas Vakoch, comparaba nuestra situación y la de esos presuntos alienígenas guardabosques con la de las cebras del zoo y sus cuidadores. “Si fuéramos a un zoo y de repente una cebra se volviera hacia nosotros, nos mirara a los ojos y comenzara a recitar una serie de números primos con su pezuña, eso establecería una relación radicalmente diferente entre nosotros y la cebra, y nos sentiríamos obligados a responder”, decía Vakoch. “Podemos hacer lo mismo con los extraterrestres trasmitiendo señales de radio potentes, intencionadas y ricas en información hacia las estrellas cercanas”.

Claro está, Vakoch olvidaba mencionar que nuestra existencia es totalmente evidente para la cognición cebril. Incluso en las reservas naturales, aunque las cebras no tengan la menor idea de su estatus como animales protegidos ni del nuestro como sus protectores, saben que estamos ahí y reaccionan a nuestra presencia. Por el contrario, los defensores de la hipótesis del zoo arguyen que los alienígenas, además de encontrarse en un nivel cognitivo infinitamente superior al nuestro, disponen de la tecnología necesaria para evitar que tengamos la menor pista de su existencia.

O sea, que si sumamos un ente sobrehumano muy superior a nosotros, invisible, intangible y todopoderoso, que nos observa y mueve los hilos de nuestro mundo, cuyas decisiones no comprendemos ni podemos objetar, con el cual no podemos establecer un contacto directo y cuya existencia no podemos demostrar… ¿No nos da algo muy parecido a lo que tradicionalmente se ha venido llamando… Dios?

Pero antes de caer en la tentación de asignar a la hipótesis del zoo galáctico el estatus de religión New Age, por supuesto que es imprescindible aclarar la diferencia esencial entre los defensores de esta idea y los raelianos o los practicantes de otros cultos, ufológicos o no; y es que los primeros no creen ciegamente sin más.

Lo realmente incomprensible es que ese pensamiento crítico propio de todo científico no les haya llevado a interesarse por aquello de la navaja de Ockham. ¿Qué es más plausible? ¿Que exista un Club Galáctico de especies alienígenas inteligentes a nuestro alrededor, pero que no tengamos constancia de ellos porque nos mantienen en una reserva, ocultándose de nosotros mediante tecnologías avanzadas? ¿O… que sencillamente no haya nadie ahí?

Y es que asumir sin más, como hacía Ball en su artículo, que “donde quiera que haya condiciones para que la vida exista y evolucione, lo hará”, es ir demasiado lejos saltándose demasiados pasos. En el fondo, la solución más sencilla a la paradoja de Fermi es simplemente que no exista tal paradoja.

La radiación estelar, un arma de doble filo para la vida en otros planetas

La semana pasada, dos científicos del Instituto Carl Sagan de la Universidad de Cornell publicaban un interesante estudio con una conclusión sugerente: la alta irradiación estelar que reciben algunos de los exoplanetas descubiertos no sería un obstáculo para la supervivencia, ya que la Tierra logró engendrar vida a pesar de que en sus comienzos también estaba sometida a un elevado nivel de radiación del Sol.

En su estudio, publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, Lisa Kaltenegger y Jack O’Malley-James cuentan que Proxima-b, un planeta rocoso en la zona habitable de Proxima Centauri (una de las estrellas del sistema estelar más cercano a nosotros, Alfa Centauri), recibe 30 veces más radiación ultravioleta (UV) que la Tierra actual y 250 veces más bombardeo de rayos X.

En su día, estos datos desinflaron las expectativas de encontrar vida allí, ya que estos niveles de radiación se consideraban demasiado hostiles. Algo similar ocurre con otros exoplanetas potencialmente habitables que también orbitan en torno a enanas rojas, estrellas pequeñas, poco brillantes y templadas que suelen tener un comportamiento temperamental.

Kaltenegger y O’Malley-James han construido modelos de simulación computacional del ambiente de radiación UV en los cuatro exoplanetas habitables más próximos, Proxima-b, TRAPPIST-1e, Ross-128b y LHS-1140b, y con distintas composiciones atmosféricas para imponer diferentes grados de protección frente a los embates de sus estrellas, todas ellas enanas rojas. Al mismo tiempo, los dos investigadores simularon también las condiciones a lo largo de la historia de la Tierra, desde hace 3.900 millones de años hasta hoy.

Ilustración de un planeta habitable en la órbita de una estrella enana roja. Imagen de Jack O’Malley-James/Cornell University.

Ilustración de un planeta habitable en la órbita de una estrella enana roja. Imagen de Jack O’Malley-James/Cornell University.

Los resultados muestran que incluso en las peores condiciones atmosféricas y de irradiación, los exoplanetas analizados soportarían niveles de UV inferiores a los que experimentaba nuestro planeta hace 3.900 millones de años, cuando posiblemente la vida comenzaba a dar sus primeros pasos; unos primeros pasos que llegaron increíblemente lejos. “Dado que la Tierra temprana estaba habitada, mostramos que la radiación UV no debería ser un factor limitante para la habitabilidad de los planetas”, escriben los investigadores. “Nuestros mundos vecinos más cercanos permanecen como objetivos interesantes para la búsqueda de vida más allá de nuestro Sistema Solar”.

El estudio de Kaltenegger y O’Malley-James es sin duda un argumento a favor de que la vida pueda progresar en entornos más hostiles de lo que solemos imaginar (aunque no aborda otras agresiones como los rayos X). De hecho, sus implicaciones van aún más allá de lo que los autores contemplan, porque la radiación es una causa de variabilidad genética, el sustrato sobre el que actúa la evolución. La radiación mata, pero también muta: puede generar esporádicamente ciertas variantes genéticas que casualmente resulten en individuos mejor adaptados y en el primer paso hacia nuevas especies. Otro estudio reciente muestra que el sistema TRAPPIST-1 puede estar sometido a un intenso bombardeo de protones de alta energía; y una vez más, esto puede ser tan dañino para la vida como generador de diversidad.

Sin embargo, al leer el estudio es inevitable regresar al viejo problema, el principal: sí, la vida puede perdurar, pero para ello antes tiene que haber surgido. ¿Y cómo?

Hasta que un experimento logre reproducir a escala acelerada el fenómeno de la abiogénesis –un término elegante para referirse a la generación espontánea en tiempo geológico, la aparición de vida a partir de la no-vida–, o hasta que un algoritmo de Inteligencia Artificial sea capaz de simular el proceso, seguimos completamente a oscuras.

La especiación es un fenómeno continuo y abundante. La eclosión de seres complejos a partir de otros más sencillos es algo que ha ocurrido infinidad de veces a lo largo de la evolución, incluso cuando se ha hecho borrón y cuenta nueva, como pudo ser el caso de la biota ediacárica hace 542 millones de años. Pero todas las pruebas apuntan a que en 4.500 millones de años la vida solo ha surgido una única vez. Y lo cierto es que aún no tenemos la menor idea de cómo ocurrió.

Lo cual nos lleva una vez más a la misma idea planteada a menudo en este blog, y es que si la abiogénesis ha sido un fenómeno tan inconcebiblemente extraordinario y excepcional en un planeta también inusualmente raro —como conté recientemente aquí–, defender la abundancia de la vida en el universo es más un deseo pedido a una estrella fugaz que un argumento basado en ciencia. Al menos, con las pruebas que tenemos hasta ahora.

Esta ausencia de pruebas obliga a los defensores de la profusión de la vida en el universo a explicar por qué no tenemos absolutamente ninguna constancia de ello. Y a veces les empuja a esgrimir teorías que llegan a rayar en lo delirante. Como les contaré el próximo día.

¿De verdad se ha descubierto una nueva especie humana?

Cuando hace unos días leí la noticia de que se ha descubierto una nueva especie humana, Homo luzonensis, que vivió hace al menos 67.000 años y cuyos restos se han hallado en una cueva de Filipinas, me vinieron a la cabeza dos pensamientos. En concreto, dos nombres: denisovanos y Darren Curnoe.

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Los denisovanos son los eternos aspirantes a nueva especie humana que nunca terminan de conseguir este estatus; algo así como el príncipe Carlos de la paleoantropología. Su primer resto se desenterró en una cueva de Siberia en 2008, un fragmento de hueso de un dedo meñique de un niño o niña. En 2010 se publicó y se nos presentó a los medios como “mujer X”, no porque los investigadores supieran que se trataba de una niña, sino porque el estudio analizó la secuencia de su genoma mitocondrial, que se transmite por línea materna.

Aquel estudio marcaba un nuevo hito en la paleoantropología: por primera vez se presentaba un humano antiguo solo por una secuencia de ADN; de hecho, el único resto, aquel trozo de dedo, fue destruido para obtener el genoma mitocondrial. De este ADN se obtuvo mucha información; la suficiente para saber que aquel individuo, contemporáneo de humanos modernos y neandertales, era diferente de estos.

Sin embargo, no se le podía dar el estatus de nueva especie porque no había suficientes restos para establecer un holotipo, el espécimen al que se refieren los estudios posteriores. La paleoantropología tiene sus normas, y en una ciencia en la que tradicionalmente se ha estimado el volumen cerebral de los fósiles llenando el cráneo con semillas, los denisovanos quedaban como algo parecido a una especie virtual, sin un sustrato físico tangible.

Pero con el paso del tiempo se han desenterrado más restos: piezas dentales y fragmentos de hueso de extremidades, de un total de cuatro individuos. Posteriormente se ha podido también secuenciar el genoma nuclear de los denisovanos, y el pasado febrero se informó por fin del hallazgo de dos pedazos de hueso parietal de un quinto individuo. Los fragmentos de cráneo son como la regla de oro de los paleoantropólogos. Cuando por fin se publiquen formalmente estos resultados, ¿entrarán por fin los denisovanos en la categoría de nueva especie? ¿O deberán seguir esperando… hasta cuándo?

Por el contrario, el Homo luzonensis se ha publicado como nueva especie con todas las bendiciones de Nature, a pesar de que no existen fragmentos de cráneo, sino solo algunos dientes y pedazos de extremidades. Evidentemente, corresponde a los expertos decidir si estos restos son suficientes como para admitir la denominación de nueva especie, y parece que así ha sido. Pero se me ocurrió que tal vez no todos estarían de acuerdo. Y fue así como me vino a la memoria el segundo nombre, Darren Curnoe.

Curnoe es un paleoantropólogo australiano que en 2012 describió un intrigante hallazgo, un cráneo parcial descubierto en una cueva de China, datado en menos de 15.000 años y que presentaba una mezcla de rasgos arcaicos y modernos, como si fuera un híbrido entre sapiens y otra especie humana más primitiva. Respecto a la posible identidad de esta última, las posteriores excavaciones de Curnoe dieron sus frutos: en 2015 publicaba el descubrimiento de un fémur de hace 14.000 años que perteneció a un tipo de humano más parecido a especies arcaicas como el Homo habilis o el Homo erectus que a nosotros.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Curnoe llamó a estos humanos el pueblo de la cueva del ciervo rojo. A pesar de tratarse de los humanos arcaicos más recientes que se conocen, el paleoantropólogo se ha mostrado muy prudente a la hora de asignarles una identidad: podrían ser denisovanos, o un cruce entre estos y los humanos modernos, o una especie totalmente nueva, o simplemente sapiens con una anatomía peculiar. Curnoe piensa que aún es pronto para saberlo, y por ello ha preferido mantener una postura discreta.

Pero frente a esta extrema prudencia del australiano, llama la atención cómo los descubridores del Homo luzonensis se han lanzado directamente a la audaz hipótesis de proponer una nueva especie con restos tan relativamente escasos. Y se me ocurrió que tal vez Curnoe tendría algo que decir al respecto.

Y en efecto, así es. En un artículo publicado en The Conversation, Curnoe deja clara su postura desde el título, en forma de pregunta: “¿Cuántas pruebas son suficientes para declarar una nueva especie humana de una cueva de Filipinas?”. El investigador aclara que se sitúa en un término medio entre quienes “saludan la publicación [del Homo luzonensis] con entusiasmo” y quienes “aúllan furiosamente, opinando que la declaración va demasiado lejos con muy pocas pruebas”.

“Debemos mantener la cabeza fría, porque la designación de una nueva especie todavía es una hipótesis científica, de obligada comprobación y lejos de estar inscrita en piedra, incluso si se publica en las apreciadas páginas de una revista como Nature“, escribe Curnoe. El investigador objeta que el holotipo está representado solo por unos pocos dientes de la mandíbula superior, “todos los cuales están fuertemente desgastados o rotos”. “No hay mucha anatomía conservada aquí, y esto me deja con la sensación de que el caso para nombrar una nueva especie es un poco endeble”, dice.

“Creo que preferiría dejar el fósil en lo que el arqueólogo y antropólogo keniano Louis Leakey solía llamar la cuenta del suspense hasta que tengamos muchas más pruebas”, concluye Curnoe. Porque, y esto no lo dice él pero lo sabe cualquier científico, mucho peor que no publicar jamás un Nature es publicarlo y luego tener que retractarse.

Un anillo de fuego, la primera foto de un agujero negro

En días como hoy y con noticias como esta, hay que recurrir al tópico: una imagen vale más que mil palabras. Y aquí está:

Imagen del agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia M87 resuelta por la red Event Horizon Telescope.

Imagen del agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia M87 resuelta por la red Event Horizon Telescope.

Este anillo de fuego es la primera fotografía de un agujero negro, un monstruo de 6.500 millones de veces la masa de nuestro Sol, situado a 55 millones de años luz, en el centro de la galaxia gigante M87. Este logro histórico, presentado hoy en varias ruedas de prensa simultáneas, se ha conquistado gracias a la participación de más de 200 científicos y ocho radioobservatorios dispersos por todo el mundo; solo uno de ellos en Europa, la antena de 30 metros situada en el pico Veleta de Sierra Nevada (Granada) y operada por el Institut de Radioastronomie Millimétrique, una colaboración franco-germano-española.

Esta red de observatorios forma el Event Horizon Telescope (EHT), un telescopio virtual del tamaño de todo el planeta que ha conseguido lo que de otro modo solo podría haberse logrado con un gran telescopio espacial que hoy ni siquiera existe. Según los expertos, la idea de crear la red del EHT ha robado décadas al progreso en el conocimiento de los agujeros negros. La resolución alcanzada por esta red global es equivalente, según los investigadores, a la que permitiría leer un periódico en Nueva York desde un café de París.

En realidad, la imagen es una representación visual de una reconstrucción; en este caso no se trata simplemente de mirar por un telescopio y tomar una foto. Lo que se ve es la emisión luminosa del disco de acreción –el centro lo ocupa la sombra del propio agujero negro, unas 2,5 veces mayor que su límite externo– en todo el espectro electromagnético, desde las ondas de radio a los rayos gamma, a partir de los datos recogidos por los ocho observatorios, sincronizados por relojes atómicos para trabajar en secuencia en función de la rotación terrestre. Los petabytes de datos recogidos se transportaron en unos 1.000 discos duros hasta el Instituto Max Planck en Bonn (Alemania) y el observatorio Haystack del MIT (EEUU), donde las supercomputadoras aplicaron novedosos algoritmos para producir el resultado final.

Finalmente el primer éxito del EHT ha sido una imagen de un agujero negro, no de nuestro agujero negro; Sagitario A*, en el centro de la Vía Láctea. Hay poderosas razones para que el de M87 haya sido un objetivo más asequible: a pesar de su mayor distancia, su tamaño es inmensamente más masivo; el diámetro del disco de acreción observado en la imagen se estima en 0,39 años luz, más o menos la undécima parte de la distancia del Sol al sistema estelar más próximo, Alfa Centauri.

Pero sobre todo, la línea visual al centro de M87 es relativamente más limpia, mientras que para observar el corazón de la Vía Láctea es necesario abrirse paso a través de la densa nube de material en el plano de la galaxia. Los científicos del EHT confían en que la ampliación de la red de observatorios permita en el futuro obtener una imagen de Sagitario A* y mejorar la resolución del agujero negro de M87.

Los detalles de las investigaciones del EHT se describen en seis estudios publicados en un número especial de la revista The Astrophysical Journal Letters. Además de servir para estimar con más precisión la masa del agujero negro estudiado, las observaciones han confirmado las teorías y las simulaciones empleadas hasta ahora, incluyendo la estructura predicha por la relatividad general de Einstein, así como la asimetría en el brillo del disco debida al efecto Doppler que expliqué ayer (el disco gira a toda velocidad, y el lado más brillante corresponde a la parte que se acerca hacia nosotros).

En definitiva, lo que esta imagen representa en el avance de la investigación astronómica lo ha resumido el astrofísico Michael Kramer, del Instituto Max Planck: “Los libros de historia se dividirán entre los de antes de la imagen y después de la imagen”.