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los que también son de letras

Por qué es improbable que haya alienígenas en TRAPPIST-1

El hallazgo es histórico: un sistema de siete planetas templados, todos ellos de tamaño similar a la Tierra, al menos seis de ellos con suelo firme, al menos tres de ellos con la casi garantía de condiciones climáticas adecuadas para la existencia de agua líquida en toda su superficie. Ya conocíamos exoplanetas de talla terrestre, ya conocíamos exoplanetas rocosos y ya conocíamos exoplanetas templados. Pero encontrar todo ello junto multiplicado varias veces significa que el sistema de TRAPPIST-1 es, desde hoy, nuestro nuevo rincón favorito del universo. Y a solo 40 años luz, lo cual es una minucia en distancias cósmicas.

Ilustración de TRAPPIST-1 f. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración de TRAPPIST-1 f. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Pero vaya una advertencia: ¡por favor, no le atribuyan el descubrimiento a la NASA! Es cierto que la agencia estadounidense ha participado, pero es que actualmente participa de una manera u otra en la casi totalidad de los descubrimientos de exoplanetas, dado que la mayoría de ellos suelen contar con alguno de sus telescopios espaciales.

Al César lo que es del César: el sistema de la estrella TRAPPIST-1 es la criatura de un equipo de astrónomos belgas trabajando con un telescopio belga en suelo chileno, cuyo nombre (el mismo de la estrella) no es casual, como sabe todo el que haya probado la típica cerveza belga trapense (trappist). Por supuesto, ha sido el telescopio espacial de infrarrojos Spitzer de la NASA el que ha permitido desdoblar lo que antes se creía un solo planeta en tres, y descubrir otros dos nuevos. Pero un edificio de Norman Foster sigue siendo de Norman Foster pese a que sea otro quien lo construya.

Los medios ya han ofrecido esta tarde toda la información básica sobre el nuevo sistema solar de bolsillo, con sus siete planetas (como mínimo) apiñados en torno a su pequeña estrella. Yo mismo también lo he contado en otro medio. Pero hay un aspecto que quisiera comentar aquí, y es lo que en el fondo más importa a la mayoría de un descubrimiento como el del sistema TRAPPIST-1: la posibilidad de que haya vida allí. Y cuando la mayoría piensa en vida, piensa en alguien a quien podríamos llegar a saludar, de una manera u otra.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Por supuesto que desde el punto de vista de los astrofísicos y los científicos planetarios aún quedan muchas condiciones por definir antes de que puedan lanzar alguna apuesta sobre la habitabilidad real de aquel sistema. Los responsables del estudio, bajo la dirección del astrónomo de la Universidad de Lieja Michaël Gillon, dijeron ayer martes en una rueda de prensa telefónica organizada por la revista Nature que TRAPPIST-1 es una estrella muy tranquila, sin grandes erupciones solares que puedan arrasar sus planetas con grandes dosis de radiación y pelar sus atmósferas.

Aun así, los científicos estiman que probablemente los planetas de TRAPPIST-1 estén sometidos a una enorme radiación ultravioleta (UV), y este es un claro impedimento para la vida. La luz UV provoca daños celulares que resultan dañinos o letales para los organismos. Los terrícolas contamos con un aliado que nos protege, y que sin duda les sonará: la capa de ozono de la atmósfera.

Pero para protegerse de esta nociva irradiación, los seres vivos también pueden refugiarse a la sombra, ya sea bajo tierra o debajo del agua. Y hay otra interesante posibilidad analizada por Jack T. O’Malley-James y Lisa Kaltenegger, dos investigadores del Instituto Carl Sagan de la Universidad de Cornell (EEUU), en un estudio de próxima publicación, y que bien podría ser aplicable al sistema de TRAPPIST-1: la biofluorescencia.

La fluorescencia consiste en emitir luz después de absorberla, pero de modo que la luz emitida tiene menos energía que la recibida, y por tanto (según una propiedad básica de la luz) mayor longitud de onda. Es decir, que por ejemplo un cuerpo fluorescente recibe luz UV y la convierte en luz visible, anulando así su efecto dañino. La fluorescencia se ha propuesto como un mecanismo de defensa de algunos organismos contra la luz UV aquí mismo, en la Tierra; en concreto, en algunos corales.

Según O’Malley-James y Kaltenegger, y suponiendo que los seres vivos de un lugar como TRAPPIST-1 desarrollaran biofluorescencia como sistema de protección contra el UV, no solo podrían vivir bajo esas condiciones, sino que incluso nosotros podríamos detectar esa luz a distancia, por ejemplo durante fuertes fogonazos de UV por parte de la estrella. Así, la fluorescencia podría ser una biofirma temporal, distinguible de la emitida por los minerales, que podría revelarnos la existencia de vida en un sistema solar lejano.

Según ha informado hoy la Universidad de Cornell, Kaltenegger tiene ahora mismo en revisión otro estudio en el que discute concretamente la posibilidad de existencia de vida en las condiciones de irradiación UV de TRAPPIST-1. Lo esperaremos con impaciencia.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Pero incluso dando todo lo anterior por supuesto, desde el punto de vista biológico hay un enorme impedimento para que en TRAPPIST-1 pueda existir una civilización con la que pudiéramos intercambiar señales cada 40 años: la estrella es demasiado joven.

En la rueda de prensa, Gillon y sus colaboradores explicaron que TRAPPIST-1 tiene unos 500 millones de años. Al tratarse de una estrella de evolución lenta, seguirá ahí cuando nuestro planeta ya no sea ni un recuerdo: mientras que el Sol se encuentra más o menos a la mitad de su vida y pueden quedarle por delante unos 5.000 millones de años, en cambio TRAPPIST-1 vivirá un billón de años, dijeron los investigadores.

Mucho tiempo por delante. Pero muy poco por detrás. Si repasamos los 4.600 millones de años de historia de nuestro Sistema Solar, o lo que sabemos de esos 4.600 millones de años, encontramos que tuvieron que pasar más de 500 millones de años hasta la aparición de las primeras células simples. Y aunque la ventana del comienzo de la vida en la Tierra suele centrarse en torno a los 4.000 millones de años atrás por los indicios químicos hallados, las pruebas fósiles más antiguas no llegan más allá de los 3.700 millones de años.

Durante la mayor parte de la historia del planeta, la Tierra ha estado habitada solo por células individuales. Aunque tampoco sabemos con certeza cuándo aparecieron los primeros organismos multicelulares (las estimaciones pueden variar salvajemente entre los 800 y los 2.000 millones de años), sí sabemos que solo hace 570 millones de años comenzaron a aparecer formas de vida más complejas, como los artrópodos.

Los mamíferos solo llevamos aquí unos 200 millones de años. Y la única especie con capacidad para comunicarse con otras civilizaciones, nosotros, somos unos recién nacidos, con unos 200.000 años de vida. Somos un decimal en la historia de la vida terrestre; este planeta ha tardado casi 4.600 millones de años en alumbrar una especie que, si no fuéramos tan bestias, podría llamarse civilizada.

Pero TRAPPIST-1 no ha tenido tanto tiempo. Si hay algo allí, apenas serán células simples.

Es cierto, se puede objetar que estas cronologías probablemente vienen marcadas tanto por fenómenos geológicos como biológicos: la Tierra recién formada tuvo que enfriarse, sufrir el cataclismo lunar, recuperarse del cataclismo lunar… Pero por desgracia, de los biológicos en realidad sabemos poco. Como aún desconocemos el proceso de la abiogénesis (la transición de la no vida a la vida), sus pasos más limitantes y su probabilidad, o si pudo existir más de un origen de la biología terrestre (segundo génesis), no podemos valorar las posibilidades reales de que la vida pueda seguir otros caminos con cronologías muy diferentes.

Así que debemos atenernos al principio de mediocridad, y suponer que la de la Tierra sería una historia típica, con su evolución geológica y biológica gradual puntuada por grandes catástrofes esporádicas que provocan extinciones masivas. Y no tenemos razones para sospechar que en TRAPPIST-1 no se aplique el principio de mediocridad.

Por otra parte, está también la vieja objeción de suponer la vida tal como la conocemos, y de olvidar que la vida podría existir tal como no la conocemos y por tanto regirse por otros parámetros bien distintos, incluyendo su cronología evolutiva. Pero sin mencionar siquiera que otras bioquímicas alternativas propuestas a veces tienen más de fantasía que de posibilidad real (algo de lo que ya he hablado más extensamente aquí en alguna otra ocasión), hay que tener en cuenta que estamos valorando la habitabilidad del sistema TRAPPIST-1, o de otros exoplanetas en general, por la comparación de sus condiciones con las terrestres. Así que en realidad estamos pensando en la vida más o menos tal como la conocemos.

En otras palabras: nadie ha refutado formalmente la posibilidad de vida exótica extremadamente rara, como la que Robert L. Forward situaba sobre una estrella de neutrones en Huevo del Dragón, y que funcionaba un millón de veces más deprisa que la terrestre. Pero los planetas de TRAPPIST-1 no son estrellas de neutrones, sino planetas parecidos a la Tierra. Y en planetas parecidos a la Tierra la biología debería funcionar de forma parecida a la de la Tierra. Y según la biología de la Tierra, o mucho nos equivocamos, o me temo que imaginar una civilización inteligente en un planeta que aún es un bebé cósmico no es más que pura fantasía.

Quizá ya se encontró vida en Marte, pero quizá nunca lo sepamos

Hace tiempo vi uno de esos espacios televisivos –me resisto a llamarlos documentales– que dicen defender la idea de que los gobiernos poseen y ocultan pruebas de la existencia de vida alienígena. Y digo “dicen defender”, porque en realidad no lo defienden; el programa era como un calentón sin sexo: una sucesión de cliffhangers que prometían revelar pruebas después de la publicidad, pero sin llegar nunca a mostrarlas, mientras por la pantalla desfilaba una serie de verdades a medias y especulaciones cien por cien irrefutables, con cero por cien de fundamento.

Primera imagen en color tomada por la Viking 1 en 1976. Imagen de NASA.

Primera imagen en color tomada por la Viking 1 en 1976. Imagen de NASA.

Entre las primeras, contaban lo de aquella famosa imagen (ver más abajo) tomada por el rover Spirit y que mostraba lo que parecía una figura humanoide; pero se olvidaban de contar que, según la escala de la foto, el presunto alienígena medía solo unos centímetros, por lo que como mucho podría ser el Playmobil que se le cayó a un marcianito.

En cuanto a las segundas, contaban también la vieja historia de la famosa “cara” de la región de Cidonia fotografiada por la Viking 1 en 1976 (ver también más abajo). Pero respecto a las nuevas imágenes de esa formación en alta resolución obtenidas en años recientes por otras varias sondas, y que no muestran nada que se parezca ni siquiera al rostro del Hombre Elefante, tenían la explicación oportuna: la cara fue destruida deliberadamente mediante un preciso bombardeo láser (o algo así, pero igual me estoy dejando llevar) para ocultar la verdad.

Y sin embargo, sabemos que todos esos argumentos calan. ¿He dicho ya que la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse?

Lo más curioso de todo es que, si los explotadores de estas patrañas se preocuparan por informarse sobre la ciencia real, descubrirían que hay argumentos mucho más interesantes, basados en pruebas auténticas, y que son suficientes para dejarle a uno rascándose la barbilla.

Foto tomada por el rover Spirit mostrando una extraña formación rocosa. Imagen de NASA.

Foto tomada por el rover Spirit mostrando una extraña formación rocosa. Imagen de NASA.

La "cara" de Marte fotografiada por la sonda MRO. En el recuadro, imagen tomada por la Viking 1. Imágenes de NASA.

La “cara” de Marte fotografiada por la sonda MRO. En el recuadro, imagen tomada por la Viking 1. Imágenes de NASA.

Voy a contarles una historia. En 1976, dos sondas consiguieron por fin posarse sobre la superficie de Marte en perfecto estado de funcionamiento, después de varios intentos frustrados. Eran las Viking 1 y 2 de la NASA. Aquellos dos aparatos gemelos eran una apuesta a todo trapo: iban equipados con cuatro experimentos biológicos con el fin de esclarecer a la primera y de una vez si había vida en Marte. Vida microbiana, por supuesto; era ya evidente que de la otra no la había.

Uno de los experimentos de las Viking, el de Liberación Marcada o Labeled Release (LR), consistía en tomar una muestra de suelo y añadirle nutrientes. Si había microbios allí, debían comerse la pitanza suministrada por las sondas y producir a cambio minúsculos eructos de CO2. Gracias a que los nutrientes llevaban carbono-14, el experimento detectaría una posible liberación de este isótopo radioactivo en forma de CO2.

Pues bien, el resultado fue positivo: las dos Viking, las dos, detectaron liberación de CO2 de sendas muestras de suelo en lugares diferentes. Es más: al tratar las muestras con calor para esterilizarlas, la presunta actividad biológica desaparecía.

Aquello habría llenado las primeras páginas de los periódicos del mundo con el titular “Hay vida en Marte”, si no hubiera sido por otro resultado contrario. Otro experimento de las sondas llamado Cromatógrafo de Gases –  Espectrómetro de Masas (GCMS, en inglés), destinado a detectar materia orgánica, salió negativo. La ausencia de compuestos de carbono en el suelo de Marte fue una sorpresa para los investigadores. Pero sobre todo, echaba por tierra los resultados del LR: sin materia orgánica, era imposible la presencia de vida.

La conclusión final aceptada por la mayoría de los científicos fue que el resultado del LR era un falso positivo. Pero las explicaciones propuestas no convencieron a todos, y nunca se dio carpetazo definitivo a los experimentos de las Viking.

Así pasaron 38 años, y saltamos hasta 2014. En diciembre de ese año, la NASA confirmaba que el rover Curiosity había realizado “la primera detección definitiva de moléculas orgánicas en Marte”. “Aunque el equipo no puede concluir que hubo vida en el cráter Gale [donde el Curiosity hizo su análisis], el descubrimiento muestra que el entorno antiguo ofreció un suministro de moléculas orgánicas reducidas para uso como ladrillos básicos de la vida y fuente de energía para la vida”, decía la NASA.

Entrando en detalles: lo que el Curiosity detectó fueron cortas cadenas simples de carbono y cloro, correspondientes a moléculas que en la Tierra no se encuentran de forma natural, sino que forman parte de algunos procesos industriales. Pero los investigadores no estaban seguros de que esos compuestos de cloro se encontraran tal cual en la superficie marciana; dado que en el suelo de Marte se han encontrado anteriormente perclorato, un compuesto de cloro muy oxidante, pudiera ser que las moléculas orgánicas originales no contuvieran cloro (es decir, que fueran moléculas más parecidas a las de los seres vivos), y que este se hubiera unido a ellas durante la reacción dentro del propio experimento del Curiosity.

Este detalle es importante, porque el perclorato podría ser también la causa de la oxidación de los nutrientes de las Viking para producir CO2. Es decir, puede que este no tuviera un origen bioquímico, sino simplemente químico. O en otras palabras, no biológico, sino geológico. De hecho, en realidad las Viking sí encontraron algo orgánico: compuestos simples de cloro con un solo átomo de carbono. Entonces se pensó que era una simple contaminación terrestre de los aparatos, porque aún no se conocía la presencia del perclorato. Pero ahora podría entenderse que aquellas moléculas eran realmente marcianas, fuera su origen biológico o no.

¿Y por qué el Curiosity ha podido detectar lo que las Viking no encontraron? La respuesta es muy sencilla: los instrumentos del Curiosity son más potentes y sensibles. En cambio, el nuevo rover no está equipado con experimentos biológicos. Después de las Viking no ha vuelto a posarse en Marte una sola sonda equipada para detectar vida, por lo que aquellos experimentos nunca han podido repetirse.

Resumiendo todo lo anterior: en 1976, un experimento pareció detectar vida en Marte. El resultado fue descartado porque no se encontró materia orgánica, pero después ese impedimento ha desaparecido. Es más: el pasado diciembre, durante una reunión científica, una investigadora del equipo del Curiosity dijo estar convencida de que las moléculas orgánicas están “por todo Marte”. También se han encontrado bocanadas de metano en la atmósfera marciana, un gas que podría proceder de procesos químicos, pero que en la Tierra tiene sobre todo un origen biológico.

Resumiendo el resumen, nos quedan dos posibilidades: o todos los descubrimientos anteriores se deben a un afortunado cúmulo de reacciones químicas, lo cual no es descartable… o realmente hay vida en Marte. Hoy ya nadie podría sensatamente calificar esta opción como imposible. Entre lo simplemente posible y lo muy probable, quédense con lo que prefieran; a día de hoy nadie podrá rebatírselo. Algunos de los investigadores encargados en su día de los experimentos biológicos de las Viking aún siguen defendiendo que encontraron vida en Marte.

Y ahora viene la mala noticia: tal vez nunca lo sepamos con certeza. Actualmente, y hasta donde sé, no hay planificada ni una sola misión a Marte expresamente diseñada para buscar vida. Aún peor: con la puesta en marcha de los protocolos de protección planetaria, ahora se evita específicamente enviar sondas a los lugares donde se cree que pudiera existir vida, para evitar una contaminación de origen terrestre que pudiera llevar a su extinción.

¿Qué nos queda entonces? Obviamente, las misiones tripuladas. Un bioquímico en la superficie de Marte podría dar respuesta en menos de una hora a 40 años de interrogantes. Pero hoy aún es poco creíble que esto vaya a ocurrir en las próximas décadas… a no ser por Elon Musk.

Cinco razones para regresar a la fotografía analógica

A comienzos de siglo (cómo suena esto…) trabajé durante unos años en periodismo de viajes, una especialidad tan bonita como mal pagada; un autor de guías de EEUU decía que su salario era un poco menos que el de quien ponía las patatas a freír en el McDonald’s. Pero como todo, esto se debe a una simple cuestión de especialización, oferta y demanda: ¿qué periodista, incluso muchos que no lo son, no ha escrito alguna vez un artículo de viajes? No es que el resultado final sea comparable en todos los casos, pero por desgracia la calidad ha sido víctima de la crisis de los medios.

Un ejemplo: en aquella editora de revistas en la que trabajé se contaba con alguien como Javier Reverte, pero solo en calidad de firma invitada; un artículo corto de libre disposición y escrito desde casa podía despacharse con un pago en forma de billetes de avión (no comprados, sino conseguidos mediante intercambio comercial a cambio de publicidad). En cambio, satisfacerle unos honorarios justos por un verdadero reportaje como periodista de viajes habría arruinado la revista. Lo que finalmente ocurrió, pero esa es otra historia.

Voy llegando a donde pretendo: siempre sentí que en aquel caso el periodista, o sea, yo, no era más que un tipo afortunado que cobraba (muy poco, como he dicho) por viajar, al revés que el resto de los mortales. Y que la verdadera estrella era el fotógrafo, al que uno le servía de simple palmero. La premisa, probablemente atinada, era que los lectores eran más bien miradores, y que sobre todo querían ver imágenes deslumbrantes de los destinos a donde les apetecería viajar.

Tuve la suerte entonces de conocer a fotógrafos excepcionales. De ellos pude aprender mucho como simple aficionado, pero solo ellos y ellas eran capaces de mirar donde todos mirábamos y retratarlo como nadie más. Aquella fotografía preciosista que marcaba el estilo de la publicación era un magnífico ejemplo de Ciencias Mixtas: ellos llevaban el arte en su mirada particular sobre el mundo; pero una vez elegidos el motivo y el encuadre, sabían cómo exprimir todo lo que un disparo podía dar de sí gracias a su conocimiento de la óptica.

Por entonces estábamos en plena transición de la foto analógica a la digital, y a menudo los fotógrafos viajaban con los dos formatos al mismo tiempo. Ya se utilizaba el Photoshop, pero allí únicamente se empleaba para cosas como añadir máscaras de enfoque o ajustar la luminosidad de las diapositivas escaneadas. Cuando veías uno de aquellos espectaculares fotones impreso a doble página en la revista, si recuperabas la diapositiva original, encontrabas exactamente lo mismo. No había trampa ni cartón, sino un dominio magistral del comportamiento de aquella criatura con la que trabajaban, la luz.

Imagen de Pexels.com.

Imagen de Pexels.com.

No pretendo decir que todo buen fotógrafo deba saber de ciencia óptica. No soy fotógrafo, así que no puedo saberlo. Y además, supongo que cada uno tiene su interpretación particular. Pero imagino que ocurre con todo: un pintor podrá investigar y explotar más profundamente su arte si conoce la teoría del color, o un músico la teoría musical, o un bailarín la biomecánica. La ciencia aporta al arte, y esta investigación en el arte aporta a la ciencia.

La generalización de la foto digital lo cambió todo, porque ya no existe un original, y ahora puede dispararse pensando desde el principio en lo que luego va a retocarse digitalmente. Es otro tipo de conocimiento al que los fotógrafos han debido adaptarse, pero muchos de ellos no están del todo contentos con el hecho de que una parte fundamental de su trabajo se haga exclusivamente sobre una pantalla.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Hace unos días he trabajado en un reportaje sobre la fotografía analógica (aún no publicado), y he descubierto a muchos fotógrafos profesionales y aficionados que están volviendo a la película, o que nunca la abandonaron. Este culto parece estar extendiéndose mucho más allá de los reductos clásicos como el selecto círculo de la lomografía.

El gusto por lo retro es algo que conocemos también en otros ámbitos, como el regreso del vinilo e incluso de la cassette. Y no es cosa de viejos rockeros, sino que muchos jóvenes se han saltado el CD: escuchan música digital en sus teléfonos y iPods, pero en su habitación solo pinchan vinilos (y, dicho sea de paso, así recuperan el gusto por ese viejo arte del disco de diez canciones, con su principio, su fin y su coherencia, frente al demonio de la lista de reproducción).

Quien me dio un panorama más completo de esta resurrección (o no-muerte) de la foto analógica fue Gil Pasternak, del Centro de Investigación en Historia de la Fotografía de la Universidad De Monfort (Reino Unido). Pasternak ha elaborado recientemente un estudio sobre el tema, aún sin publicar, en el que ha indagado en las razones de muchos fotógrafos aficionados, profesionales (sobre todo de bodas) y artistas para ceñirse a la foto analógica.

El resumen del resultado de la investigación de Pasternak, según me cuenta, son estas cinco razones que cito literalmente de sus palabras:

1. Algunos nativos digitales tienden a entrar en la fotografía analógica por el proceso, que consideran como algo mágico e inusual; utilizo el término nativos digitales como referencia a los jóvenes que crecieron con la fotografía digital como estándar, y que por tanto encuentran en la fotografía analógica un proceso experimental excitante.

2. Algunos adolescentes y adultos prefieren la fotografía analógica debido a sus cualidades materiales. Sienten que su implicación física directa en la fotografía confiere un valor añadido a las fotos que toman. En otras palabras, dan un gran significado al proceso de cargar la película en la cámara, sacarla y procesarla, imprimir las copias y sostenerlas. Este proceso de producción a postproducción hace sus fotografías mucho más personales a sus ojos que las imágenes digitales en la pantalla. Así, también consideran las fotografías producidas por medios analógicos como formas de referencia más auténticas a sus experiencias y a las narraciones de su vida que quieren recordar a través de las fotografías que toman.

3. Otro grupo asocia la fotografía analógica con la creatividad. Tienden a pensar que la foto analógica les permite ejercer un mayor control sobre las fotografías y las imágenes porque pueden interferir en el proceso y manipular las imágenes con mayor facilidad. Por ejemplo, mediante el uso de una amplia gama de productos, papel de color con negativos de blanco y negro, y la exposición del papel fotográfico a la luz antes de aplicarle el fijador (que finaliza el proceso neutralizando la sensibilidad del papel a la luz), etcétera.

4. Otros, especialmente los no nativos digitales, tienden a asociar la fotografía analógica con la nostalgia de la memoria, con el recuerdo de un viejo mundo más simple. Regresan a la fotografía analógica para reconectar con sentimientos y emociones que han experimentado en el pasado, cuando miran fotos familiares históricas y de su infancia.

5. Por último, algunos simplemente piensan que las imágenes digitales son demasiado claras, nítidas y transparentes. Perciben que las fotos analógicas, con sus imperfecciones, son representaciones más creíbles de la realidad, sobre todo porque la claridad de las imágenes digitales no les permite definir una distinción clara entre realidad y representación; es decir, entre presente y pasado.

Miguel Hernández y Javier Gorosabel ya orbitan en torno al Sol

No hace falta que les explique quién era Miguel Hernández ni por qué merece honores. Pero déjenme un momento para contarles que Javier Gorosabel fue un astrónomo vasco, nacido en Eibar (Guipúzcoa) y cuyo trabajo es referencia mundial en el estudio de los Brotes de Rayos Gamma (BRG, o GRB en inglés), un tipo de cataclismo cósmico que ha podido marcar alguna regla del juego en nuestra historia como organismos: se piensa que un BRG pudo ser responsable, al menos en parte, de la extinción masiva del Ordovícico-Silúrico, que hace 450 millones de años comenzó a marcar el declive de los trilobites.

Gorosabel falleció prematuramente en 2015, con solo 46 años, y el Planetario de Pamplona ha querido rendirle un homenaje perpetuando su nombre en un asteroide que a partir de ahora circulará por nuestro Sistema Solar con el nombre de Javiergorosabel.

Les cuento la historia. En 2015, la Unión Astronómica Internacional (UAI) convocó un concurso público llamado NameExoWorlds, destinado a dar nombre a una serie de estrellas y exoplanetas. Primero se propuso a universidades, planetarios y otras organizaciones astronómicas que sugirieran nombres, y luego se abrió a los internautas la votación de los 247 nombres seleccionados. Como resultado de aquello, se nominaron 14 estrellas y 31 exoplanetas.

Algunos de los nombres elegidos por los votantes habían sido propuestos por dos entidades españolas: Hypatia, una asociación de estudiantes de Físicas de la Universidad Complutense de Madrid, puso el nombre de la astrónoma griega a un planeta que orbita en torno a la estrella Edasich o Iota Draconis, a unos 101 años luz de nosotros. Por su parte, el Planetario de Pamplona dedicó todo un sistema solar, a unos 50 años luz, a la cumbre de las letras españolas: la estrella Cervantes (antes llamada mu Arae) y sus planetas Quijote (mu Arae b), Dulcinea (c), Rocinante (d) y Sancho (e) (me pregunto por qué el caballo va antes que el pobre escudero, pero en fin; si es por ser el más pesado y gaseoso, pase).

Como premio por haber triunfado en las votaciones, la UAI decidió conceder a las instituciones ganadoras la oportunidad de nominar 17 objetos menores del Sistema Solar. Y según acaba de hacer público la UAI, el nombre elegido por Hypatia para el asteroide (6138) 1991 JH1 es el de Miguelhernández, mientras que el Planetario de Pamplona ha bautizado al (6192) 1990 KB1 como Javiergorosabel. Ambos son asteroides del cinturón que ciñe nuestro vecindario cósmico entre Marte y Júpiter. Así que, desde aquí, mi enhorabuena al poeta de la Luna y al astrónomo de los BRG.

Imagen de la UAI.

Imagen de la UAI.

En cuanto al resto hasta los 17, otras instituciones premiadas del mundo han seleccionado nombres variados. La Sociedad Astronómica Urania de México eligió el nombre de Andréseloy por el astrónomo aficionado mexicano Andrés Eloy Martínez. Otros nombres se refieren a lugares o a las propias instituciones premiadas.

Claro que los nuevos nombres no han gustado a todos. La web de tecnología Gizmodo publica un artículo titulado “Estos pobres planetas muestran por qué no debería dejarse a internet nombrar cosas”. El artículo califica Miguelhernández o Javiergorosabel como nombres “terribles”. Pero no dice lo mismo de otros nombres y apellidos también elegidos, como Bernardbowen o Franzthaler. “Está ahora dolorosamente claro que el sistema para poner nombre a los objetos celestiales está roto”, escribe el autor. “Hoy nuestro Sistema Solar suena un poco más como una cesta de planetas rechazados de una película de ciencia ficción de serie c”, añade.

Bien, es cuestión de gustos, y cada uno es libre de manifestar los suyos. Pero no puedo resistir la tentación de devolver un revés. Y es que, mientras uno lee el artículo de Gizmodo, a su izquierda aparecen anuncios de Google en los que una tal Deborah ofrece clases para la sanación espiritual de heridas y traumas, o se ofrecen “cuatro poderosas técnicas de sanación por energía” para “mejorar tus relaciones, dinero, propósitos y salud”, o se advierte al usuario de que la frecuencia de su vibración personal puede estar perjudicando su éxito en la vida y su felicidad.

Ya, ya, sé que nada tiene que ver una cosa con otra, y que tampoco el autor del artículo puede elegir los textos de los anuncios que aparecen junto a su obra (soy consciente de que corro el riesgo de verme en otra igual). Pero solo se me ocurre una respuesta, y ni siquiera es una palabra: ¡pffffff…!

Nota añadida: acabo de ver esos mismos anuncios junto a mi artículo, lo cual me ha desatado una carcajada por ser, creo, mi predicción más prontamente acertada. Pero lo cual a su vez refuerza la tesis que defendía aquí ayer, y en la que aprovecho para insistir.

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Pasen y vean la cascada de lava del Kilauea

Tuve la suerte de presenciar la erupción del Kilauea hace unos ocho años. No fue un caso de estar en el lugar justo en el momento preciso, ya que este volcán lleva chorreando lava desde 1983, y continúa hoy tan vigoroso como el primer día.

El Kilauea es uno de los cinco volcanes que forman la isla de Hawái, llamada también Isla Grande para evitar la confusión con el nombre del archipiélago. Situado en el Parque Nacional de los Volcanes, es el único hoy en erupción de los cinco (aunque no el único activo), y uno de los pocos lugares del mundo donde uno puede observar en directo la furia de la Tierra en acción.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

Si tienen la ocasión, no se lo pierdan. Ya, ya, sé lo que estarán pensando. Pero Hawái es Estados Unidos, y si son ustedes viajeros sabrán que aquel es un país relativamente barato para viajar. Dedicando un poco de tiempo y esfuerzo a organizarlo, pueden encontrarse precios muy asequibles que ganan por paliza a otros destinos exóticos e incluso, descontando el billete de avión, a muchos países de Europa. Un ejemplo: en 2009 se podía volar de Honolulu (isla de Oahu) a Lihue (isla de Kauái), o de Kailua-Kona (Isla Grande) a Honolulu, por 40 dólares; unos 37 euros.

Si, como yo, son ustedes de los que prefieren gastarse los ahorros en un buen viaje que en un coche molón, una Fender Stratocaster o una pantalla de tamaño canapé de matrimonio, Hawái es mucho más que playas y surf: una cultura interesante –la polinésica, mezclada con un pequeño Japón trasplantado a mitad del Pacífico– y muchos atractivos para los aficionados a la naturaleza y la ciencia, como la futurista colección de observatorios astronómicos en la cumbre cuasimarciana del Mauna Kea.

Gracias al régimen de vientos, Hawái alberga una asombrosa variedad de paisajes y ecosistemas, desde el desierto hasta la jungla. Para que se hagan una idea, si vieron la serie Perdidos (Lost), sepan que se rodó casi íntegramente en el archipiélago, simulando localizaciones de (cito de la Wikipedia) California, Nueva York, Iowa, Miami, Corea del Sur, Irak, Nigeria, Reino Unido, París, Tailandia, Berlín, Maldivas y Australia. Y por supuesto, para los fans de la serie, también hay tours de los escenarios de la filmación.

Basta de panfleto turístico, aunque les aseguro que no tengo ninguna relación con la oficina de turismo de Hawái. Pero volviendo al Kilauea, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión anterior, la principal singularidad del volcán en comparación con otras erupciones hoy activas en el planeta viene dada por el hecho de que una parte de su lava circula por un tubo subterráneo hasta caer en cascada directamente al mar, desatando un rugiente espectáculo de pirotecnia natural cuando la roca fundida explota al contacto con el agua.

Cuando estuve allí, algunas de las carreteras del Parque Nacional de los Volcanes estaban cortadas por el paso de la lava o por el riesgo de que quedaran engullidas. El olor a azufre era omnipresente incluso a kilómetros de distancia. La caída de la corriente al mar solo podía observarse desde una plataforma situada a una distancia (tal vez demasiado) prudente, a la que convenía llegar aún bajo la luz del sol para contemplar cómo aquella hemorragia del planeta se iba tiñendo de naranja y carmesí a medida que las sombras devoraban el paisaje. Algunos barcos pequeños se acercaban a una distancia mucho menor que la de nuestra atalaya, pero no me preocupé de averiguar a cuánto salía la excursión.

La novedad del Kilauea que hoy vengo a contarles es que recientemente se ha desplomado una sección de unos 30×5 metros de la cornisa que va formando un delta sobre el mar, y que había crecido hasta obstruir la cascada de lava. El colapso ha dejado al descubierto el tubo del que vuelve a fluir una limpia coleta de roca fundida de un par de metros de anchura. Los científicos del Servicio Geológico de EEUU (USGS) habían colocado allí una cámara para vigilar la grieta que se iba ensanchando, y que pudo capturar el momento justo:

Y aquí les dejo unos impresionantes vídeos de la cola de lava cayendo al mar. En el primero, no se pierdan los barcos casi al pie de la cascada y, sobre todo, los turistas que están directamente sobre el acantilado, en una zona donde está prohibido el paso. Y repito: si tienen la menor oportunidad de contemplarlo en vivo, no se lo pierdan. Según el USGS, no parece que el Kilauea tenga intenciones de remitir; pero en un paraje donde la Tierra está cambiando día a día, si la lava abre otra vía alternativa este espectáculo podría ser efímero.

Estos son los dos obstáculos que apartan a las mujeres de la ciencia

Dicen que hoy es el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Me parece que quien instituye estas cosas ha acertado en la diana al incluir la referencia a las niñas, como explicaré más abajo. No recuerdo ahora si anteriormente he contado aquí cuál es mi visión sobre el panorama de la cuestión de género en la ciencia. Así que, por si a alguien le interesa, ahí va mi opinión.

Creo sinceramente que hoy el mundo de la ciencia es, estructuralmente hablando, casi ejemplar en lo que se refiere a igualdad de género. Incluyo el “casi” porque bastan afirmaciones como esta para que surjan –por supuesto, siempre los hay– casos particulares contrarios que tratan de rebatir el argumento basándose en tomar la parte por el todo.

Sin embargo, siempre hay algún pero. En este caso hay dos. Uno de ellos tiene solución desde el sistema; el otro, no. Pero vayamos por partes.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

En España y otros países, la gran mayoría de los investigadores dentro de lo que llamamos “ciencia” (la primera variable de la semiecuación I+D+i) trabajan en el sistema público o en entidades cuasipúblicas, como fundaciones. Y si, por desgracia, en muchos casos ese retrato de la Justicia con los ojos vendados es un chiste, en cambio el sistema de la carrera científica pública sí es plenamente ciego a condiciones discriminatorias ajenas a lo estrictamente profesional en todos los escalones del recorrido profesional, desde el becario predoctoral hasta el profesor de investigación (en el caso del CSIC); con sus perversiones, que siempre las hay, pero en general estas perversiones afectan a otros factores diferentes del género. En concreto, la perversión endémica del sistema es la endogamia, favorecer a los o las de dentro.

Pero ¿esta bonita teoría se aplica en la práctica? Si cuento mi experiencia personal, pretendo que sea algo más que un punto de vista particular. La demoscopia no se basa en preguntar a todas las personas una por una, sino en extraer generalizaciones a partir de una muestra de la población. Mi muestra es esta: he trabajado en una universidad pública (UAM), tres centros de investigación públicos (CBM, CIB, CNB) y un hospital (H. de la Princesa). Y si lo comparo con mi experiencia laboral en otras entidades y sectores (dos consultoras, una empresa de biotecnología, una empresa de ingeniería, dos editoras de revistas y dos periódicos), puedo decir que la ciencia gana por paliza en lo que se refiere a igualdad; tanto en el funcionamiento del sistema como incluso en el propio ambiente laboral.

Así que, bien, ¿no? Como decía arriba, hay dos peros. Sobre el primero, el sistema no puede hacer nada, pero sí cada uno y una a escala particular.

La carrera científica no conoce horarios, y son muy frecuentes las jornadas laborales interminables que se extienden a fines de semana, festivos y fechas vacacionales. En el sistema público los investigadores no cobran por horas, pero a veces la mecánica de los experimentos impone estos sacrificios. En otros casos, se trata simplemente de adicción al trabajo. La ciencia es una carrera vocacional y puede ser adictiva.

A menudo, las investigadoras jóvenes que eligen la maternidad tienen que ceder una cuota de ese horario al cuidado de sus hijos, y es en esta etapa cuando puede establecerse una discriminación a favor de los hombres y de las mujeres sin niños (también he conocido casos de dedicación casi monacal a la ciencia en investigadoras sin hijos). Y en muchas ocasiones son las propias madres quienes se resignan a aceptar que esa opción supondrá rebajar las expectativas de desarrollo de su carrera científica.

Pero como he dicho, el sistema no puede hacer nada al respecto. No pueden cerrarse los centros de investigación por las noches y en los festivos. No puede impedirse a nadie que trabaje 15 horas al día incluyendo sábados y domingos, si su elección personal es no tener otra vida fuera de la ciencia; y a más investigación, más resultados, más publicaciones y mejores oportunidades. La única solución a esta discriminación de las madres pasa por la organización particular de cada pareja: compartir el cuidado de los hijos.

El segundo pero sí está al alcance del sistema, pero no del científico, sino del educativo. Aunque quienes estudiamos biología lo hemos hecho en un ambiente mayoritariamente femenino, esto no se aplica del mismo modo a otras especialidades científicas o tecnológicas. Pero curiosamente, y aquí sí me dejo llevar por la intuición, cuando se piensa en un científico excepcionalmente inteligente el estereotipo suele llevar a imaginar a un matemático o un físico, y no un biólogo, un químico, un geólogo, un paleontólogo, un climatólogo…

Me ha venido este detalle a la cabeza a propósito de un estudio bastante preocupante publicado hace pocas semanas en Science. A través de una serie de juegos con un grupo de cientos de niños y niñas, tres investigadores de tres universidades de EEUU descubren que a partir de los seis años las niñas tienden a asociar la mayor inteligencia con el género masculino, algo que no sucede en niñas más pequeñas. Este es el resumen que Science hace del estudio:

La distribución de mujeres y hombres en las diferentes disciplinas académicas parece verse afectada por la percepción de la brillantez intelectual. Bian y colaboradores estudiaron a niños pequeños para determinar cuándo emergen esas percepciones distintas. A la edad de cinco años los niños y niñas no parecen diferenciar el género en las expectativas de quién puede ser “muy, muy listo” [en inglés no hay diferencia de género en este adjetivo], una versión infantil de la brillantez intelectual. Pero a la edad de seis, las niñas estaban preparadas para atribuir más a los niños la categoría de “muy, muy listo”  y para apartarse ellas mismas de los juegos destinados a los “muy, muy listos”.

Es curioso y alarmante que esta diferencia en la percepción de las niñas se establezca justo con el comienzo de lo que generalmente se considera la edad escolar, el fin del juego educativo y el inicio de lo que realmente son los estudios, con sus asignaturas, deberes y exámenes.

Pero hay que hacer la salvedad de que el estudio se hizo con niños y niñas de una pequeña ciudad de lo que llamamos la América profunda, así que sus resultados no son necesariamente extrapolables a otras regiones más cosmopolitas y menos conservadoras de EEUU, ni mucho menos a otros países como el nuestro. Aun así, la conclusión debería ser un toque de atención para preguntarnos hasta qué punto la educación, en el colegio pero también en casa, puede condicionar a las niñas a apartarse ellas mismas de las opciones profesionales reservadas a los mejor dotados intelectualmente.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pongo un ejemplo que no afecta al género, pero que me parece igualmente revelador sobre cómo las directrices educativas condicionan la percepción de los niños sobre las opciones que orientarán su futuro. En el colegio de mis hijos prohíben a los niños que lean en el recreo, aunque sea esta actividad la que ellos prefieren. ¿Acaso no transmite esto el mensaje de que el trabajo intelectual es una pesada obligación impuesta, mientras que el tiempo de diversión debe dedicarse a la actividad física (que, en el caso del recreo de los niños, suele dejar pocas opciones más allá del fútbol)?

Otro ejemplo, este sí de género: uno de mis hijos eligió una actividad extraescolar de robótica, mientras que otro se apuntó al grupo de teatro. En la primera hay mayoría de niños. En cambio, para la obra de Peter Pan que preparan los segundos han tenido que crear el grupo de “las niñas perdidas”, no con ningún ánimo reivindicativo, sino sencillamente porque no hay suficientes niños para cubrir los papeles originalmente masculinos. ¿Qué es lo que se está haciendo mal para que los estereotipos sigan perpetuándose? Si los niños continúan eligiendo los robots y las niñas el teatro, es algo que todos deberíamos hacérnoslo mirar, padres y profesores.

El agua, primera causa de muerte por catástrofe natural en España

Tal vez no les sorprenda saber que España es el cuarto país del mundo donde los expatriados dicen sentirse más a gusto (por detrás de Taiwán, Austria y Japón), según una encuesta de la web InterNations que cuenta Business Insider y que ha tenido en cuenta factores de calidad de vida como el bienestar, la seguridad, las infraestructuras, los servicios y el equilibrio entre trabajo y ocio.

Los encuestados han destacado la facilidad de integración por la actitud de acogida de los españoles hacia los extranjeros, algo que nos honra. Pero también, según BI, juega a nuestro favor algo que simplemente nos hemos encontrado aquí: el clima. Lo que aquí llamamos frío polar no suele ser para tanto, al menos en la mayor parte del territorio y en comparación con nuestros vecinos del norte. Grandes tornados o huracanes son algo desconocido para nosotros. Y si hablamos de violentos fenómenos terrestres, al menos en este momento geológico parece que estamos a salvo de erupciones volcánicas. No así de los terremotos, pero tampoco estamos entre las regiones más castigadas por los temblores.

Claro que también tenemos nuestro azote endémico: el agua. Hace unos días, el Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) recordaba que  las inundaciones son la primera causa de víctimas mortales por catástrofe natural en España, seguidas por los temporales marítimos como los que están batiendo las costas durante estos días. Entre 1995 y 2014 han muerto 249 personas por esta segunda causa, según cifras del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente recogidas por el ICOG.

Temporal en Donosti. Imagen de Efe.

Temporal en Donosti. Imagen de Efe.

Si algo se espera de un país con casi 8.000 kilómetros de costa es que haya aprendido a mitigar los efectos de los temporales, sobre todo cuando, como recordaba también el ICOG, “la densidad media de población de los municipios costeros es 3,8 veces superior a la media del conjunto nacional, llegando a más de 10 veces sobre la media durante la época estival, según datos del Instituto Nacional de Estadística”.

El comunicado del ICOG que subrayaba estos datos tiene como misión precisamente llamar la atención sobre lo mal preparados que estamos para defendernos de los embates del mar. Y la advertencia de los geólogos es muy necesaria y oportuna, porque estos días atrás hemos podido observar cómo muchos medios han tratado los destrozos debidos a los temporales como si fueran la consecuencia inevitable de la furia de los dioses desatada sobre los pobres mortales. Manuel Regueiro, presidente del ICOG, acierta al poner el acento sobre algo que debería resultar obvio, pero que al parecer no lo es: los temporales no son “una anomalía, sino un fenómeno natural cada vez más frecuente”.

A nadie le llegará de sorpresa que la costa española ha sido durante décadas una gallina de los huevos de oro estrujada, exprimida, desplumada y troceada hasta el paroxismo. Tampoco nadie puede negar conocimiento de las calamidades medioambientales que esta lucrativa fiebre urbanizadora ha provocado. En cambio, se habla mucho menos, salvo cuando truena, de la escasa planificación de las infraestructuras costeras contra los temporales. Los geólogos estiman que las pérdidas por erosión costera para el período 1986-2016 pueden alcanzar los 4.000 millones de euros.

Estragos causados por un temporal en Mallorca. Imagen del gobierno balear.

Estragos causados por un temporal en Mallorca. Imagen del gobierno balear.

Algunos de estos daños hemos podido verlos en los medios estas últimas semanas. Pero según los geólogos, reconstruir sin más es poco menos que volver a levantar en el mismo lugar el castillo de arena que se ha llevado la ola: “reconstruir las construcciones afectadas por el último temporal servirá de poco si no se toman medidas preventivas para evitar futuros daños”, dicen.

Por todo ello, los geólogos reclaman la elaboración de mapas de riesgos más detallados. La ley del suelo ordena la necesidad de disponer de estos elementos para guiar la construcción y urbanización en las costas, pero el ICOG subraya que los mapas actuales son “excesivamente simples y a escala 1:10.000, que solo proporcionan una idea del problema pero no permiten valorar acciones de mitigación precisas a nivel de planeamiento urbanístico”. Los geólogos insisten en la necesidad de construir cartografías a la escala de detalle necesaria para guiar el planeamiento urbanístico, entre 1:500 y 1:5.000.

Claro que incluso disponiendo de estos mapas, habrá que vigilar que sirvan para algo. El ICOG señala que en la vorágine urbanística de la costa se han construido paseos marítimos, puertos deportivos y urbanizaciones en zonas inundables o en cuencas fluviales que “no se han guiado por los indispensables mapas de riesgos que marca la ley del suelo y los trabajos de geomorfología del litoral para realizar infraestructuras preventivas y diseñar exclusivamente usos compatibles con la actividad natural”. Pocas poblaciones, subraya Regueiro, tienen en cuenta estos criterios a la hora de lanzar sus planes urbanísticos.

Y así, cuando nos llegue nuestro propio Big One, nos cogerá de nuevo… Nos cogerá de nuevo, sin más. En la acepción argentina del verbo.

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.

Ahora les toca al panga y a la tilapia: ¡a por las antorchas y los tridentes!

[Suspiro] No sé si servirá de algo tratar de poner las cosas en su sitio. Probablemente sea un empeño estéril, dado que algunos reportajes televisivos vergonzosamente sensacionalistas ya se han encargado de extender su muy rentable mancha amarilla entre el público. Pero alguien tiene que dejar constancia escrita de ciertas cosas, para que al menos estén accesibles a quien busque una verdad desprovista de interés por los índices de audiencia.

Filete de panga. Imagen de Wikipedia.

Filete de panga. Imagen de Wikipedia.

Primero, lo verdadero. Sí, es cierto, el panga y la tilapia no son los pescados más nutritivos del mundo. Hablando llanamente, cualquiera podría decir que son la versión piscícola de lo que suele llamarse comida basura: alimentos de consumo fácil y atractivo que resultan sabrosos por su grasa, y que son perfectamente mejorables desde el punto de vista nutritivo.

Imagino que a nadie se le escapa que no conviene abusar de este tipo de comida. Pero una cosa es consumir con moderación y otra erradicarla, como algunos pretenden hacer (y han hecho) con los comedores escolares. Y si se trata de esto último, imagino que a todos esos portadores de antorchas y tridentes jamás de los jamases se les ocurrirá llevar a sus hijos a una hamburguesería, pizzería, puesto de hot dogs o tienda de chuches, ni les comprarán nunca ningún tipo de bollo, galleta o refresco.

Segundo, también verdadero: el panga se cría en condiciones medioambientalmente irresponsables, motivo que ha llevado a Carrefour a retirarlo de sus hipermercados. Pero ¿desde cuándo se ha vuelto el ciudadano medio tan ecológicamente concienciado con la huella medioambiental de los alimentos que consume?

Si este se ha convertido de repente en un criterio principal de valoración para el consumidor sin que nos hayamos enterado, es de suponer que la inmensa mayoría de la población ya será vegetariana, dado que, citando palabras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) relativas a la producción ganadera de carne:

El sector ganadero es una amenaza principal para muchos ecosistemas y para el planeta en su conjunto. Globalmente es una de las mayores fuentes de gases de efecto invernadero y uno de los factores dominantes en la pérdida de biodiversidad, mientras que en los países desarrollados y emergentes es tal vez la primera causa de contaminación del agua.

Lo verdadero acaba aquí. Ahora, lo falso: NO es cierto que el panga o la tilapia sean especies ricas en contaminación por mercurio. Según los expertos, el problema de la contaminación por mercurio en el pescado no es un fenómeno estrictamente local, sino regional e incluso global. Esta polución se vierte a las aguas por la minería, pero también a la atmósfera por la quema de carbón, circulando por el aire hasta depositarse en el agua. En su forma orgánica muy tóxica, metilmercurio, es absorbida por el escalón más bajo de la pirámide trófica, las algas. A partir de ahí va progresando y aumentando su concentración a lo largo de la cadena: un pez se come el alga, otro pez se come al pez.

La consecuencia es que la contaminación por mercurio es mayor cuanto más arriba está una especie en la pirámide; los superpredadores como el tiburón, el atún o el emperador son los peces con mayor concentración de mercurio. El panga es un omnívoro, no un superpredador.

Un informe de la OCU encontró bajos niveles de mercurio (dentro de los límites legales) en panga y tilapia. Pero es un inmenso error de comunicación pública lanzar estos datos alegremente sin compararlos para ponerlos en su contexto. Uno de los estudios más exhaustivos sobre la contaminación del mercurio en especies marinas de consumo es el realizado por la Administración de Fármacos y Alimentos de EEUU (FDA) de 1990 a 2012. En una lista de casi 70 animales marinos que podemos encontrar en los mercados, este es el resumen de los resultados:

  • Las especies con mayores niveles de mercurio son, en este orden, el blanquillo (Malacanthidae), emperador, tiburón, sierra (Scomberomorus cavalla) y atún. Todas las especies de atún utilizadas para consumo figuran en la mitad superior de la tabla de los más contaminados con mercurio.
  • La tilapia es el sexto pescado que menos mercurio contiene, igualado con la sardina, por debajo del salmón y la anchoa.
  • La concentración de mercurio en el emperador es 75 veces mayor que en la tilapia. En el atún es 53 veces mayor que en la tilapia.
  • La lista de la FDA no incluye individualmente el panga, sino su grupo, los siluriformes, ya que el panga en EEUU sustituye a la producción local de estos peces. Sin embargo, el panga solo se incluye en este grupo hasta 2003, año en que la legislación en EEUU retiró la etiqueta de siluriformes al panga para evitar la competencia con el producto local. Así pues, en este caso el dato solo es válido de 1990 a 2003. Los siluriformes quedan en la lista en el décimo lugar de los menos contaminados con mercurio, igualado con el calamar, por debajo del abadejo, el cangrejo de río, el arenque y la caballa. El atún tiene casi 29 veces más mercurio.
  • Muchas de las especies con mayores niveles de mercurio son las empleadas para la elaboración de sushi, ya que esta preparación suele utilizar peces en la cúspide de la pirámide trófica. Y no se fíen del etiquetado: según un estudio reciente que he contado en otro medio, una gran cantidad del pescado vendido como sushi es fraudulento; no pertenece en realidad a la especie que se anuncia.

Otros estudios recientes del panga vendido en Europa no han encontrado contaminaciones de mercurio alarmantes ni por encima de los niveles legales. En junio de 2016 y debido a la expansión de las proclamas contra el panga en los medios europeos, un estudio elaboró todo un perfil toxicológico de este pescado.

La conclusión de los autores fue que una persona podría consumir entre 3 y 166 kilos de panga al día durante todos los días de su vida antes de sufrir algún efecto adverso debido a sus contaminantes. “La evaluación del riesgo toxicológico no apoya ninguno de los riesgos toxicológicos sugeridos en los medios”, escribían los investigadores. “Se concluye que el consumo del panga disponible en el mercado europeo no representa ningún riesgo para la salud del consumidor”.

Nos queda el alegato sobre la baja cantidad de omega 3 que contiene el panga, como se ha pregonado en muchos medios. Como he dicho arriba, no pretendo defender que este pescado sea una opción nutritiva, pero de todos modos tampoco soy nutricionista. Sin embargo, respecto a las presuntas virtudes milagrosas del omega 3, creo que también conviene poner las cosas en su sitio con unos cuantos datos estrictamente científicos. Para ello traigo aquí las conclusiones literales no de una, sino de cuatro revisiones sistemáticas recientes, esos estudios que a su vez reúnen los datos de otros muchos estudios previos para analizarlos en su conjunto:

Nuestro meta-análisis muestra pruebas insuficientes de un efecto preventivo de los suplementos de ácido graso omega 3 contra accidentes cardiovasculares entre los pacientes con historial de enfermedad cardiovascular

(Kwak et al, 2012)

Dados los inconsistentes beneficios reportados en estudios clínicos y experimentales y los efectos potencialmente adversos en el ritmo cardíaco […], el omega 3 debe prescribirse con precaución y deben reconsiderarse las recomendaciones generalizadas de aumentar el consumo de pescado o tomar suplementos de omega 3.

(Billman, 2013)

En conjunto, los suplementos de omega 3 no se asocian con un riesgo más bajo de mortalidad por cualquier causa, ni con muerte cardiaca, muerte súbita, infarto de miocardio o accidente cerebrovascular.

(Rizos et al, 2012)

Un gran volumen de literatura que comprende numerosos estudios de muchos países y con diferentes características demográficas no ofrece pruebas que sugieran una asociación significativa entre los ácidos grasos omega 3 y la incidencia de cáncer. Es improbable que los suplementos de omega 3 en la dieta prevengan el cáncer.

(MacLean et al, 2006)

Después de todo esto tal vez se pregunten, y con razón: ¿a qué se debe entonces la mala fama de estos peces? Yo no puedo responderles a esta pregunta; hágansela a quienes se han ocupado de crear y fomentar esta histeria colectiva. Ya lo dijo Séneca: cui prodest scelus, is fecit. A quien aprovecha el crimen, ese es su autor.