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A esos familiares que siempre tienen algo que decir sobre tu cuerpo

Navidad se encuentra a menos de unas semanas de distancia, y, por mucho que me gusten esas fechas, reunirse con la familia no es algo sencillo para todos.

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Las preguntas de “¿Y ya tienes novio?” o “¿Cuándo vas a tener hijos?” planean por encima del mantel a la misma velocidad que los langostinos desaparecen de la bandeja del centro de la mesa.

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Pero además de las cuestiones incendiarias, esas que nos gustaría lanzar lejos con un bate de beisbol, todos tenemos al tío/abuela/introduce a tu familiar aleatorio aquí que aprovecha el ambiente distendido de la celebración familiar para hacer notar cualquier mínima diferencia que los kilos de tu cuerpo hayan podido experimentar.

“Estás muy delgada” o “Estás muy gorda” son comentarios que en mi familia caen inevitablemente en este tipo de comidas.

Y por mucho que sea cierto, que alguien haya ganado unos kilos o que haya perdido otros tantos, la toxicidad del comentario se queda ahí, flotando junto al villancico navideño de José Feliciano.

Recibir este tipo de observaciones, no pedidas, es algo agotador para nuestra estima. Da igual que hayamos conseguido ese objetivo que nos parecía imposible cuando lo puso nuestra jefa, da lo mismo que por fin tengamos el preciado grado que nos ha costado tres años más de estudio que lo que hará notar el familiar de turno es que “Hay que ver cómo nos estamos poniendo“.

Yo soy partidaria de, a ese familiar que se limita a disparar sin pensar lo primero que considera sobre nuestro aspecto, pararle los pies.

Contestar con educación a esas observaciones, seguir evitando el enfrentamiento da pie a que la otra persona se siga considerando con el derecho de seguir juzgando una y otra vez como cuando compara los yogures del supermercado buscando el que tiene menos azúcar.

Así que estas fiestas, y ya que estamos, o al menos eso quiero pensar, más concienciados con el tema del aspecto físico, quiero proponer una campaña casera a nivel personal: basta de Bodyshaming familiar.

Por mucho que digan que los comentarios son por nuestro bien o porque esa persona se preocupa por nuestra salud, o incluso porque consideran que, al tener confianza, pueden ser sinceros al respecto, no dejan de ser observaciones que hacen daño.

La opción quizás más sencilla es la de, al oír el comentario, mirar a la persona y no responder, una manera de demostrar que lo que ha dicho ha sido escuchado pero ni lo compartes ni vas a darle más pie, lo que a lo mejor, con un poco de suerte, logra que esa persona capte tu opinión acerca de sus frases.

Piensa también en la relación que tienes con esa persona, si realmente es alguien con quien tengas una relación cercana, la mejor solución es hablar sobre el tema y sincerarte en cuanto a las emociones que ese tipo de comentarios te hacen sentir.

Comentar, por ejemplo, que prefieres que te pregunte por otras cosas relativas a tu bienestar emocional, algo tan sencillo como si eres feliz en ese momento.

Si por lo que sea, esa persona continúa, márcate un Demi Lovato en la vida real y pasa de la gente tóxica. También puedes optar por la opción que gobierna en Twitter y contestar a los haters con ironía.

Si nada funciona, mi sugerencia es poner Toxic de Britney Spears durante la cena en bucle y esperar a que entiendan la indirecta.

Tomes la decisión que tomes, plantéatelo como una manera de pelear un poco por ti, algo que conseguirá hacerte más fuerte reforzando tu autoestima (y disfrutar del turrón de almendras en paz).