Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Adiós a la adolescencia… y al blog

Cuando empecé a escribir este blog, hace algo más de un año, mi hijo mayor ya decía que él estaba mayor para que le llamase adolescente. Lo cierto es que el tiempo pasa, los hijos crecen y, un buen día, te encuentras con que el pequeño te dice lo mismo que su hermano decía entonces. ¿Estarán saliendo por fin de la adolescencia?

Sus preocupaciones, sus problemas y su visión de la vida no dejan de evolucionar. Siguen sorprendiéndome a menudo, divirtiéndome a veces y desquiciándome otras. Voy a dedicar la última imagen del blog al descanso que va a suponer -para ellos y para mí- esta despedida. Espero disfrutar del placer de tener dos hijos adultos. Un saludo a todos los que habéis pasado alguna vez por aquí.

La Hamaca, del pintor cubano Mariano Rodríguez.

“Ya no sabría ligar”

Estaba el otro día con una amiga en un bar. La dejé un momento sola y cuando volví me la encontré hablando con un chaval de unos 18 o 20 años. Cuando él se fue me contó, entre risas, que había intentado ligar con ella mediante un curioso procedimiento: le estaba diciendo que un amigo suyo quería conocerla, que la llevaba mirando toda la noche desde la otra punta del bar y que le había mandado a él de emisario para iniciar el contacto si a ella le gustaba el chico.

Ella, que ha pasado de los treinta y tiene pareja estable desde hace diez, no daba crédito. “Ya no sabría ligar con la gente de esta generación”, me dijo entre risas. “¿Tus hijos también lo hacen así?”, me preguntó inmediatamente.

Tendré que preguntarles, aunque no creo que tengan la más mínima intención de contarme cómo lo hacen. Lo único que suelen decir es que ellos son los únicos que se lanzan y que ellas “se sientan a esperar a que les entre un tío” y nunca toman la iniciativa.

Qué ocultan los hijos y por qué


_¿Qué ocultan los hijos?

_Mayoritariamente quién les gusta, las relaciones con chicos, si tienen novios, el sexo, dónde van y con quién, lo que hacen cuando salen, lo que hablan con los amigos y si se enfadan con éstos, si beben, hacen botellón o fuman, las malas notas y los suspensos, las peleas, los castigos…

El texto pertenece a una entrevista realizada a Javier Urra, psicólogo y ex defensor del menor, en La opinión de Tenerife acerca de su libro ¿Qué ocultan nuestros hijos?

Coincido con Urra en que casi todos los adolescentes ocultan todo lo que creen que puede suponerles una sanción, o simplemente aquello que creen que no vamos a entender.

Mis hijos suelen ocultar cuántas horas llevan ante el ordenador o la pantalla de la tele con un videojuego, a qué hora han llegado a casa si yo no estaba para comprobarlo o si ya me había dormido. Saben que sé que no han cumplido con lo pactado así que prefieren ocultar datos o mentir directamente para intentar evitarse una bronca.

Durante un tiempo me ocultaron que fumaban y quién sabe qué estarán ocultando ahora. ¿Y tú? ¿qué has ocultado a tus padres o crees que te han ocultado tus hijos?

Padres e hijos incomunicados

Una mujer de unos 48-50 años y su hija de 15 o 16 comen juntas en un restaurante. Tal vez sería más correcto decir que comen una frente a la otra. No se dirigen apenas la palabra en toda la comida. La madre pasa todo el tiempo pendiente de su teléfono móvil. Primero contesta una llamada, después hace otra y a continuación escribe y recibe varios mensajes.

La hija reclama su atención con miradas, parece triste y aburrida, pero su madre no parece advertirlo, está demasiado ocupada con el móvil. Ya en los postres, la hija también saca del bolso su teléfono y empieza a jugar con él hasta que llega la hora de pedir la cuenta y ambas salen del restaurante.

Un hombre de unos 55 años, vestido con traje negro y corbata, y su hijo de 16-17 esperan en una parada de autobús. El chaval lleva cresta, tres pendientes en la oreja derecha y unos vaqueros tan caídos que además del calzoncillo casi se le ve la pierna. Está fumando mientras oye la bronca que le dirige su padre. Es el único que habla: no le gusta el aspecto del joven, ni sus pantalones sucios y raídos, ni las manchas que luce en su camiseta, ni las mugrientas zapatillas con las suelas despegadas.

Pero su hijo ni se inmuta. Sigue fumando como si oyera llover, tiene la mirada perdida en el horizonte y no dice una sola palabra. Al menos durante los diez minutos que tardó en llegar mi autobús.

He visto estas dos escenas con muy pocos días de diferencia, aunque en dos países diferentes. Creía que el problema de la incomunicación entre padres e hijos no era tan grave ¿Se estará generalizado?

Ya no somos una familia rara

La familia tradicional (un padre, una madre, un hijo o varios, tal vez un suegro/a) ha pasado de superar el 63% de la población a quedarse en el 40%. Los datos proceden de la Encuesta demógrafica del País Vasco. Puedes pinchar aquí para leer la noticia completa. No tengo datos oficiales del resto de comunidades, pero sí la sensación de que la tendencia es muy similar en todas ellas.

Si no me fallan las cuentas, con un 40% de familias tradicionales el 60% por ciento restante lo forman las familias con un solo progenitor como la mía (monoparentales nos llaman, ¿no había otro nombre más feo?), los solteros, viudos, separados o divorciados sin hijos, algún que otro joven que logra independizarse y aún no sabe en cuál de estos grupos terminará… En fin, todos esos que éramos considerados raros hasta hace cuatro días por salirnos del esquema habitual.

¿Qué dirán ahora de nosotros los que se quedan en minoría? Esa familia tradicional por cuyo mantenimiento luchan tanto algunos políticos de derechas y los obispos (¿a ellos habría que englobarlos en el grupo de los singles?) está en clara decadencia. Baja el número de bodas, crecen los divorcios, cada vez más gente opta por vivir sola… Los tradicionales se están convirtiendo ahora en los raros de la película.

Un cachete a destiempo

Nunca me ha gustado esa frase del bofetón a tiempo. No es por ser políticamente correcta, que no lo soy, sino por lo que conlleva de amenaza no resuelta, de intento de quedar como un padre o una madre que sabe mantener a su hijo a raya… pero sin pasarse. Porque casi todo el mundo que se pronuncia sobre la posibilidad de dar un bofetón a su hijo deja la frase a medias, con los puntos suspensivos, como si no se atrevieran a terminarla, no vaya a ser que alguien les afee la conducta. Y muchos se lamentan luego de no haber cumplido finalmente esa amenaza: “Ay, si le hubiera dado un bofetón a tiempo…” ¿Qué?, suelo preguntar yo, ¿Hubieras arreglado con eso todos los problemas que ahora le achacas? No lo creo.

El tema de si es bueno, necesario o completamente improcedente dar un cachete a los hijos vuelve a estar de actualidad después de que el Senado haya rechazado una ley que podría considerar delito el bofetón. La propuesta volverá al Congreso para ser discutida de nuevo, y el tema seguirá siendo motivo de debate hasta el fin de la eternidad.

De pequeña me dieron algún que otro bofetón en casa. No sé si sirvieron para arreglar o empeorar las cosas en ese momento, ya no lo recuerdo, pero estoy segura de que no han sido perjudiciales en mi educación. Yo también les di alguno a mis hijos cuando eran pequeños, pero no me atrevería a hablar de cachetes a tiempo. Al revés, creo que casi todos llegaron a destiempo -no cuando hubieran sido más necesarios, sino cuando me tenían al borde de un ataque de nervios y ya no sabía qué hacer-. Creo que, de los dos o tres que les he dado en toda su vida, sólo fue realmente efectivo el primero: la sorpresa les hizo cortar en seco uno de esos terribles berrinches que nos desquician tanto a los padres.

El 70% de los que han respondido a una encuesta de 20 minutos dicen que “en contadas ocasiones resulta necesario un bofetón”. Supongo que todos los que están contestando son padres o, al menos, adultos ¿Y quién decide cuándo es necesario ese bofetón? los padres, claro. Si fueran los hijos los que dieran su opinión la cosa cambiaría bastante. ¿Y si preguntáramos hasta qué edad es aceptable dar un bofetón a un hijo? Creo que muchos bofetones llegan a destiempo también por eso. No se puede arreglar la conducta de un adolescente a tortazo limpio.

Tener o no tener… cara de madre

Se ha convertido en una pregunta recurrente. Ayer mismo me la volvieron a hacer con motivo de este blog:

-¿De verdad tienes hijos?

-Sí, tengo dos y son más altos que yo, contesto directamente antes de que llegue la consabida alusión a su edad.

También puedo intuir lo que viene a continuación: gestos de duda o de sorpresa, afirmaciones categóricas del tipo “No tienes cara de madre” o, en el mejor de los casos, halagos de cortesía como “Estás muy bien para haber tenido dos hijos” (odio esa frase, alguien que quiere agradar debería ahorrarse la coletilla final).

En fin, que me encuentro a menudo en la ridícula situación de tener que defenderme ante la incredulidad de los que no me ven cara de madre. ¿Será que no la tengo? ¿mi madre la tenía? No sé, eso debe ser como tener cara de hijo, de primo, de charcutero o de asesino en serie.

Y todo por tener unos hijos ya creciditos, porque cuando eran pequeños eso no me pasaba. Ni a mi ni a nadie. Es muy curioso: si a los veintipocos años llevas a un bebé en brazos o en el carrito nadie duda de tu maternidad, aunque seas “muy joven para eso” según algunos, pero pasados los cuarenta y con unos hijos que ya se pasean solos todos te ven, de repente y sin saber por qué, aspecto de no tener descendencia. No sé por qué ocurre, pero ocurre.

Ahora que lo pienso, esto debe ser sólo una breve tregua antes de que empiecen a verme con cara de abuela. Así que voy a disfrutar de la que tengo, antes de que se me llene de arrugas con otro bebé en brazos.