Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Hogar, dulce hogar

¿Qué se puede hacer en un viaje de fin de curso en Mallorca? Ir a la playa, a bares, a discotecas, intentar ligar, volver a la playa de día o de noche… Cualquier cosa menos dormir. Desde que mi hijo ha vuelto de Mallorca casi no le he visto el pelo. Ayer se fue directo a la cama nada más aterrizar. Y durmió más de 14 horas.

Hoy ha estado unas horas despierto, pero ha vuelto a coger la cama con las mismas ganas que cuando llegó. Y ahora todavía se está desperezando, con el tiempo justo para ver la final de la Eurocopa.

Ha llegado bastante más moreno de lo que se fue, con el mismo pelo que llevaba -lo de raparse era, como yo imaginaba, una apuesta que depende de los resultados del partido de hoy- y asegura que se han cumplido sus expectativas y que, como esperaba, éste ha sido el mejor viaje de su vida.

Pero además de todo eso, también dice que ha echado mucho de menos su casa. Ha repetido varias veces que como en casa no se está en ningún sitio. Aunque creo que se refiere exclusivamente a su cama. Tengo la sensación de que la del hotel mallorquín la usó muy poco.

“Me voy a rapar”

Mi hijo asegura que va a volver del viaje de fin de curso sin un solo pelo en la cabeza. No sé si hablaba en serio anoche cuando me lo dijo por teléfono, si se trataba de una apuesta o si tiene la firme intención de ir lo más fresco posible este verano. Estaba a punto de salir del hotel con sus amigos, iban riéndose y seguramente fue una de esas ocurrencias que se le pasan por la cabeza y se le olvidan diez minutos después.

No es la primera vez que anuncia un corte de pelo al rape que luego no se hace. Sólo una vez en su vida, cuando tenía 8 o 9 años, se empeñó en dejarse el pelo cortísimo después de vérselo así a un futbolista y no hubo quien le hiciera desistir. Pero la idea le duró poco, no quiso volver al peluquero y se lo dejó crecer de nuevo.

Conozco a un adolescente que cada año vuelve de los campamentos, o de cualquier otra salida que haga sin padres, con un nuevo peinado. Es un chaval muy tímido, callado, viste con ropa discretísima y no le gusta llamar la atención, pero una vez al año, cuando llega el verano, da la campanada y se hace rastas, se rapa la cabeza entera o a trozos -con rayas, triángulos, piel de tigre o lo que se le ocurra-. “Es su forma de mostrar su rebeldía”, suele decir su madre. Es septiembre, con el inicio del curso, vuelve a ser el chaval discreto de siempre. Al fin y al cabo, el pelo siempre vuelve a crecer.

Mi hijo nunca ha tenido problemas para mostrar su rebeldía -aunque algunas veces me hubiera encantado-. Así que me inclino más por una apuesta relacionada con la posible victoria de España en el partido de mañana. Ya os contaré si vuelve rapado; y si es así, cuánto le dura.

La imagen pertenece a la película Rapado.