Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Su primer día de trabajo

Anoche me llevé una grata sorpresa: mi hijo pequeño me dijo que iba a empezar a trabajar. Su ex entrenador de fútbol, al que conoce desde que empezó a ir al cole, le ofreció ayer mismo una ocupación veraniega: echar una mano a los profesores con los niños de 4 y 5 años que acuden al colegio durante el mes de julio mientras sus padres trabajan. Y a él le encantó la idea.

Dicho y hecho: me lo contó anoche y esta misma mañana el gran dormilón se ha levantado a tiempo para comenzar su jornada laboral a las nueve. Va a ir todas las mañanas -excepto unos días que ya tenía previsto otro trabajo como ayudante de monitor en un campamento-.

A la hora de comer le he mandado un mensaje para saber cómo le había ido. “Piruleta! y ad+ me pgan, k lgo t llmo. bso”, ha sido su respuesta.

Hace un rato, ya en casa, me ha dado más detalles. Se lo ha pasado genial con los niños. Ha jugado con ellos al fútbol, al baloncesto, han hecho carreras… Han dibujado, han cantado, han hablado de los jugadores de la selección y les ha contado chistes mientras comían algo a media mañana en una gran mesa en el patio. Vamos, que ha disfrutado casi tanto como ellos.

Y cuando ha vuelto a casa ha tenido tiempo de acercarse al súper -una tarea que no le entusiasma y que hoy ha hecho sin que nadie se lo pidiera-. Eso sí, la tarde la ha pasado tirado a la bartola en la piscina con sus amigos. Se lo había ganado.

Quiero una moto

“Quiero una moto, mamá ¿cuándo me la compras?” Llevo tres o cuatro años escuchando la misma petición. De hecho, ninguno de los dos tenía edad para conducir una cuando empezaron a pedirla. Y ahora que ya han rebasado ese límite siguen insistiendo cada poco tiempo, mucho más ahora que se acerca el verano.

La cosa ya suena a chiste. Cada vez que saben que saben que voy a negarles algo lo comparan con la moto:

“Esos pantalones no los tendrás nunca, ya sabes, como la moto”, le dice uno al otro.

“Pero si no son caros, ni peligrosos”, se queja el otro entre risas mientras los dos aprovechan para calificarme de miedosa, sobreprotectora, tacaña o cualquier otra lindeza similar.

Otras veces utilizan la táctica del todos menos yo: “Casi todos mis colegas tienen una”, “La puerta del instituto está llena de motos y ninguna es mía”, “A Jorge (o Álex, Sofía o Jaime, el nombre da igual) le van a comprar una este verano”… Ante mi insistente negativa han comenzado a contraatacar con su voluntad de pagarla: “¿Y si trabajo este verano y pago una parte me dejarías?”.

Estoy un poco aburrida del tema. Aunque mi experiencia me dice que van a seguir pidiendo una moto hasta el fin de los tiempos. ¿Y tú? ¿tienes moto? ¿a qué edad tuviste la primera? ¿dejarías a tus hijos adolescentes conducir una?

La imagen pertenece a la película Diarios de motocicleta.