Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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“Tu hijo no ha dormido en mi casa”


-¿Diga?

-Hola, soy la madre de J., siento llamar tan temprano, ¿le puedes decir que se ponga?

-Si, un momento.

Efectivamente, era muy temprano y yo estaba aún medio dormida. Al entrar al cuarto de mi hijo en busca de su amigo creí reconocer a J. Pero cuando el chaval que dormía junto a mi hijo se dio la vuelta para responder a mi llamada me di cuenta de mi error: el que estaba en la cama, y al que yo había visto llegar la noche anterior, era otro de los amigos de la pandilla.

No podía creerlo, y empecé a soltar preguntas: ¿Y J.? ¿dónde está? ¿por qué cree su madre que está aquí?, ¿qué le digo yo ahora?

Mi hijo y su amigo se miraron con cara de sorpresa, mientras intentaban desperezarse y decir algo coherente. Según su versión, ni J. había planeado venir a dormir a casa ni sabían nada sobre su paradero.

Así que me he encontré en la difícil situación de explicar a una madre por teléfono que su hijo no había dormido en mi casa.

El chaval tenía el móvil apagado o fuera de cobertura. Tenía que tomar unas medicinas, lo que incrementaba la preocupación de su madre. Dos minutos después fue el padre quien llamó, quería hablar con mi hijo y el otro amigo para averiguar dónde podía estar su hijo.

Llamamos entre todos a los móviles de sus amigos. Los padres llamaron también a la casa de alguno de ellos. Finalmente, el chaval dio señales de vida a través del móvil del amigo con el que realmente había dormido.

Todo quedó en un susto. En uno de esos que a los padres nos dejan tan inquietos y a los que los chavales apenas dan importancia.

Día de resaca

He abierto los ojos pasadas las tres de la tarde. Todo estaba en silencio. El tráfico, tan ruidoso a diario, era apenas un rumor. No se oían tampoco las habituales voces de gente por la calle.

En el sofá-cama del salón seguía dormitando mi hermana. Su novio, algo más madrugador que nosotras, había salido ya a dar un paseo. Y mi hijo pequeño, el rey del sueño, estaba profundamente dormido. Tanto, que ha seguido en la cama hasta media tarde. El mayor dormía en casa de su padre, y también se ha levantado por la tarde.

Anoche no bebí mucho, pero los excesos gastronómicos también dejan resaca. Todavía siento la barriga hinchada y no quiero ni oir hablar de langostinos, polvorones ni turrones, ni del estupendo tiramisú que tomamos de postre. No he sido capaz de hacer nada en toda la tarde más que tragarme dos películas seguidas en la tele y poner una lavadora.

Acabo de cenar una ensalada, y creo que es lo único que podré comer mañana. Debe ser cosa de la edad, porque mis hijos acaban de ponerse ciegos de pizza, están como una rosa después de su gran noche de fiesta y siguen haciendo visitas a la cocina, que si un poco de jamón, que si otro poco de queso…