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Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Remando pibas

“¿Que si ligo? yo voy remando pibas por la calle”, “¿A que soy tu hijo más guapo?”, “Mamá, has visto qué bien me queda esta chupa, estoy que lo parto”. Son algunas de las frases que le escuché ayer a mi hijo pequeño mientras le compraba ropa.

No estábamos solos, nos acompañaba una amiga suya y una prima algo mayor que él, y supongo que al encontrarse entre ellas, que no dejaban de decirle lo bien que le sentaba esto y aquello, le dio por ponerse en ese plan, parecía que tenía el ego por las nubes.

Cualquier excusa era buena para soltar una nueva fantasmada. En cuanto la dependienta que nos atendía se dio la vuelta para preguntarle al encargado si podía quitarle el jersey a un maniquí él empezó a decir que “la tenía rota” y que estaba seguro de que iba a conseguir ese jersey. Así que, en cuanto ella volvió con la respuesta afirmativa, él comenzó a hacer gestos alardeando de su presunta habilidad.

Ya he contado alguna vez que con público se crece. Y, claro, en presencia de dos chicas que le reían las gracias estaba imparable. Ya sé que estas fantasmadas son propias de la edad, y que a veces me hacen gracia, pero otras me agota.

¿A que estoy bueno?

Cuando el que te dice eso mientras te guiña un ojo y menea el culo sin parar ante tus ojos no es un ligón de discoteca sino tu hijo adolescente no sabes si reirte o castigarle sin postre.

Tengo que reconocer que la primera vez no pude reprimir la carcajada y, claro, ahora no se cansa de hacerlo, aunque va perfeccionando el espectáculo y ahora suele terminar el show con un calvo, ¿quién dijo pudor?

Lo habitual es que me haga estos numeritos en privado –es capaz de levantarse la camiseta hasta el sobaco y pellizcarse los pezones mientras suelta la lengua en plan Mick Jagger y pone los ojos en blanco­–. Para entonces ya he tenido ganas de asesinarle tres veces, le he dicho que se tape ese culo lleno de granos –no es verdad, pero con algo tengo que contraatacar– y tengo la cara roja de ira, pero intento mantener la calma no vaya a ser que se dé cuenta y la liemos más.

Lo peor es que tampoco se corta un pelo si tiene auditorio. Creo que es lo que realmente le divierte: sabe que no va a dejar indiferente a nadie y que, uno tras otro, van a aplaudirle la gracia. Y lo cierto es que lo consigue.