Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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“Estoy a punto de operarme las tetas”


Tía, estoy a punto de operarme las tetas. ¡Por fin lo he conseguido!

Hemos estado ya en la clínica y mi madre ha dicho que sí.

Yo pongo la pasta del regalo de mis abuelos y el resto lo paga ella. ¡Qué nervios!

Ya verás cuando tenga mis nuevas tetas de la talla 95. ¡Voy a ligar como una loca!

Escuché estas frases en un autobús. Una adolescente que no debía llegar a los 17 años le contaba a gritos a una de sus amigas, a través del móvil y con total naturalidad, su inminente operación de aumento de pecho, ante la mirada atónita de un buen número de viajeros.

Cuando llegué a casa lo primero que hice fue contárselo a mis hijos. Quería saber si eso era habitual entre sus amigas o si, por el contrario, es falsa esa leyenda que dice que muchas chicas piden un aumento de pecho al cumplir los 18. Me llevé una grata sorpresa: ninguno de los dos conoce a ninguna chica que se haya operado o esté pensando en hacerlo.

Parece que cada vez son más los menores que, siguiendo el ejemplo de los adultos, se están empezando a enganchar a la cirugía estética. Lo contaba hace unos días el diario El País, en un artículo en el que se explicaba que el 10% de las 400.000 intervenciones de estética que se solicitan en España cada año -estamos a la cabeza de Europa en esto y somos los terceros del mundo por detrás de EE UU y Brasil– corresponden a menores de 18 años. Puedes leerlo entero aquí.

Nunca he entendido esa manía de pasar por el quirófano para intentar parecer más joven, más guapo/a, o más delgado/a, cuando la realidad es que casi nadie lo consigue. Pero me parece mucho más triste que piensen en hacerlo chavales que no han cumplido los 18 y que no han completado aún su desarrollo físico. Me refiero, por supuesto, a aquellos casos en los que la cirugía sea meramente un capricho estético, no cuando se trata de reparar una malformación o un problema real.

¿No tendrán cerca a un adulto minimamente responsable que les explique que sus problemas no se van a solucionar por tener más pecho, menos nariz o las orejas menos despegadas?

Ya que se miran tanto en el espejo de los famosos para pedir una boca a lo Angelina Jolie -cuyos carnosos labios son naturales, por cierto- deberían fijarse en esos otros labios rellenos de silicona o colágeno, pretendidamente sexys, que dan a muchas mujeres un aspecto de muñeca hinchable. Por no hablar de esos rostros tan estirados que impiden a sus propietarios hasta sonreir.

Según la ley los menores necesitan el consentimiento de sus padres para pasar por el quirófano. Pero podrían someterse a una operación a partir de los 16 años si se considera que tienen suficiente madurez. En ese caso, la opinión de los padres podrá ser tenida en cuenta si la intervención implica un grave riesgo para la salud del paciente. El resultado: cualquier médico puede realizar una operación de estética a un menor pese a que, oficialmente, la única intervención quirúrgica que la Sociedad Española de Cirugía Plástica y Reparadora avala en menores de 18 años es la otoplastia o, lo que es lo mismo, la corrección de la forma, tamaño o cualquier otro defecto de las orejas.

¿Qué ocurre si, después de operar a una chica de 16 años, su pecho continúa desarrollándose? Supongo que se le vuelve a operar y asunto arreglado. Eso sí, con los bolsillos del cirujano con pocos escrúpulos llenos por partida doble.

Habemus piercing

Mi hijo pequeño llevaba mucho tiempo pidiendo un piercing. Ya lo tiene. No le he dejado hacerse, de momento, el que quería en el labio -tendrá que crecer un poco más antes de tomar una decisión como esa-. Así que se lo ha hecho en la oreja, un lugar bastante más discreto por si después se arrepiente.

Se lo han hecho en una farmacia y he tenido que acompañarle para dar mi autorización. Un mal trago para mi, que no soporto la sangre ni las agujas.

El proceso ha sido algo más divertido de lo que esperaba: entre la farmacéutica y yo hemos pintado varias veces con un rotulador el lugar en el que quería ponerse el pendiente.

-No, ahí no, más arriba.

-¿Aquí? ¿tan afuera?

-Nooo, un poco más adentro, bórralo.

Tras varios intentos, y con la oreja pintada ya de varios colores, hemos logrado dar con el punto exacto, con la distancia necesaria para ponerse el arete que ya se había comprado.

No he querido mirar en el momento del pinchazo, aunque tanto él como la farmacéutica insistían en que no era doloroso. El proceso ha durado menos de medio minuto, no he escuchado la más leve queja y no ha habido ni una gota de sangre. Así que he respirado aliviada.

Ya tiene su primer y ansiado piercing, aunque aún debe esperar tres semanas para ponerse el aro. Ahora lleva el típico pendiente de bolita de recién nacida -los más habituales en las farmacias, de hecho se venden por pares-. No puede quitárselo ni de día ni de noche durante esas tres semanas (para evitar infecciones mientras cicatriza la herida) y tiene la oreja enrojecida, pero es el tío más feliz del mundo.

Quiero un piercing

No es la primera vez que me lo pide, de hecho han pasado ya dos años desde la primera vez que planteó hacerse un piercing en el labio. Pensé que se le pasaría –“Sólo tienes 13 años y puedes cambiar de opinión”, le decía yo ingenuamente– pero parece que sigue en sus trece aunque ya los ha pasado de largo.

¿Y vas a ir a ir toda la vida con eso? ¿o con el agujero que se te va a quedar cuando te lo quites? insisto cada vez que vuelve a la carga. “¿Me lo vas a seguir preguntando toda la vida? responde él. Y así hasta el infinito.

En esas estamos desde hace tiempo. A menudo me recuerda que su hermano ya tiene uno. Pero esa es otra historia: él se lo hizo en la oreja, un lugar mucho más discreto que el labio, y aún así estuvo evitando a su padre durante el tiempo que aquello tardó en cicatrizar: “Si lo ve, me mata”, decía entonces.

A estas alturas su padre debe haberse acostumbrado, y no sé si yo tendría que irme haciendo también a la idea de ese nuevo anillo.

¿Qué opinas? ¿Crees que debería dejarle hacerse el piercing?