Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Jugando a ser jueces

Mis hijos han pasado toda la tarde juzgando a un hombre por el maltrato al que sometía a su hija. “¡Vaya hijo puta! Mamá, ¿has visto esto?” Cuando me he acercado a ver lo que querían enseñarme me he encontrado con un vídeo en el que una chica de 15 años explica cómo su padre la perseguía por su casa armado con un cuchillo, los puñetazos que le daba, cómo una vez le cortó el pelo para dejárselo “como a un chico” por llevar un piercing en la lengua… El vídeo forma parte de un reportaje de El mundo sobre maltrato a menores.

El padre siguió dando palizas a su hija hasta que la madre lo descubrió todo. “Es un hijo puta, aunque sea padre”, ha dicho muy serio mi hijo pequeño cuando hemos terminado de ver el vídeo. “Un grandísimo hijo de puta”, ha añadido el mayor. Después de lo que acababa de ver y de cómo les ha afectado no me he atrevido siquiera a afearles el lenguaje.

Entonces es cuando han empezado a jugar a ser jueces. Primero han condenado al padre a muerte -en su opinión la merecen todos los terroristas, asesinos, violadores y maltratadores-; cuando he intervenido en la conversación para explicarles que vivimos en un estado de derecho y que aquí, afortunadamente, no se aplica la pena de muerte, uno de ellos ha dicho que, como mucho, le rebajaría la pena a cadena perpetua.

Los dos están de acuerdo en que ese hombre debería dormir a la sombra el resto de sus días, “sin posibilidad de reducciones de condena ni leches de esas, ¿o la chica tiene que esperar a que salga de la cárcel cuando ella tenga 25 años y le vuelva a pegar?”, ha dicho el mayor. Siguen hablando del tema, y creo que el debate va para largo.

Prohibido entrar con piercing

De los tiempos en que frecuentaba las discotecas me quedan recuerdos sobre algunas de las absurdas prohibiciones para entrar: desde los famosos calcetines blancos a los pantalones cortos -los de ellos, los nuestros siempre estuvieron bien vistos- o las zapatillas deportivas -esas dependían de la marca y el modelo, siempre a juicio del portero-inquisidor-.

No sé si se sigue prohibiendo el acceso con calcetines blancos pero acabo de enterarme de que algunas grandes discotecas prohíben el acceso con piercing. El hermano de una amiga, que acaba de estrenar uno en el labio, se lo quita cada sábado -también se desprende temporalmente de las dos perlas que lleva en las orejas- para pasar el control del portero de turno en la puerta de su discoteca favorita.

Por lo que veo, el discutido derecho de admisión de las discotecas y locales de ocio es cada vez más arbitrario. La última vez que pisé una discoteca, hace tan solo un par de semanas, fue para asistir a un concierto. Y juraría haber visto un montón de piercing, en labios, cejas, ombligos… Debe de ser que cuando pagas una entrada de concierto, bastante más cara que la de una sesión discotequera, los porteros (o quienes les pagan) se olvidan de prejuicios y discriminaciones.

Habemus piercing

Mi hijo pequeño llevaba mucho tiempo pidiendo un piercing. Ya lo tiene. No le he dejado hacerse, de momento, el que quería en el labio -tendrá que crecer un poco más antes de tomar una decisión como esa-. Así que se lo ha hecho en la oreja, un lugar bastante más discreto por si después se arrepiente.

Se lo han hecho en una farmacia y he tenido que acompañarle para dar mi autorización. Un mal trago para mi, que no soporto la sangre ni las agujas.

El proceso ha sido algo más divertido de lo que esperaba: entre la farmacéutica y yo hemos pintado varias veces con un rotulador el lugar en el que quería ponerse el pendiente.

-No, ahí no, más arriba.

-¿Aquí? ¿tan afuera?

-Nooo, un poco más adentro, bórralo.

Tras varios intentos, y con la oreja pintada ya de varios colores, hemos logrado dar con el punto exacto, con la distancia necesaria para ponerse el arete que ya se había comprado.

No he querido mirar en el momento del pinchazo, aunque tanto él como la farmacéutica insistían en que no era doloroso. El proceso ha durado menos de medio minuto, no he escuchado la más leve queja y no ha habido ni una gota de sangre. Así que he respirado aliviada.

Ya tiene su primer y ansiado piercing, aunque aún debe esperar tres semanas para ponerse el aro. Ahora lleva el típico pendiente de bolita de recién nacida -los más habituales en las farmacias, de hecho se venden por pares-. No puede quitárselo ni de día ni de noche durante esas tres semanas (para evitar infecciones mientras cicatriza la herida) y tiene la oreja enrojecida, pero es el tío más feliz del mundo.

Quiero un piercing

No es la primera vez que me lo pide, de hecho han pasado ya dos años desde la primera vez que planteó hacerse un piercing en el labio. Pensé que se le pasaría –“Sólo tienes 13 años y puedes cambiar de opinión”, le decía yo ingenuamente– pero parece que sigue en sus trece aunque ya los ha pasado de largo.

¿Y vas a ir a ir toda la vida con eso? ¿o con el agujero que se te va a quedar cuando te lo quites? insisto cada vez que vuelve a la carga. “¿Me lo vas a seguir preguntando toda la vida? responde él. Y así hasta el infinito.

En esas estamos desde hace tiempo. A menudo me recuerda que su hermano ya tiene uno. Pero esa es otra historia: él se lo hizo en la oreja, un lugar mucho más discreto que el labio, y aún así estuvo evitando a su padre durante el tiempo que aquello tardó en cicatrizar: “Si lo ve, me mata”, decía entonces.

A estas alturas su padre debe haberse acostumbrado, y no sé si yo tendría que irme haciendo también a la idea de ese nuevo anillo.

¿Qué opinas? ¿Crees que debería dejarle hacerse el piercing?