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Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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¿Sabes la última de tu hijo?

Cada vez que escucho esta pregunta tiemblo. Si uno de mis hijos me dice eso delante del otro es porque se trata de algo gordo. Y, normalmente, lo dicen para evitarse una bronca si me entero por otra vía.

_ ¿Sabes la última de tu hijo mayor?, me ha dicho hace un rato el pequeño.

_¿Qué ha hecho esta vez?

_Es un ladrón, ahora se dedica a robar ¿Te acuerdas de los 50 euros que me dio la abuela? pues ya no los tengo, ha explicado en plan intrigante.

_Y por lo que veo, tu hermano ha tenido algo que ver en eso, he respondido mirando a mi hijo mayor, que estaba a nuestro lado sin decir una palabra.

_ Pues sí, me ha cogido el dinero de la cartera para pagar no sé qué.

Ese “no sé qué” ha hecho reaccionar, por fin, a mi hijo mayor. Ha explicado sus razones para coger el dinero. Ha asegurado que era urgente y que así se lo había dicho a su hermano antes de abrir su cartera para coger el dinero.

Llevan un buen rato peleando. Uno repite que había pedido el dinero antes de cogerlo y el otro insiste en lo contrario. Las continuas acusaciones de “ladrón” reciben por respuesta otras de “mentiroso”. Los 50 euros han vuelto a donde debían estar pero ellos siguen sin ponerse de acuerdo.

Dos no discuten si uno… no está

“Yo no he sido, lo juro, ya estoy harto de que me eches siempre la culpa de todo”, “Ya me ha vuelto a robar ropa, lleva mis pantalones nuevos”, “Esos calzoncillos sucios no son míos”, “Ha sido él el que no ha levantado la tapa del váter”, “Yo ya he recogido mi parte, el resto es suyo”. Llevo un par de días sin escuchar frases como éstas, muy habituales en mi casa a diario. Y aún no me lo creo.

Desde que mi hijo pequeño se fue de viaje el mayor no tiene con quien discutir, lo que ya es un gran alivio. Pero lo mejor es que no tiene excusas para escaquearse de sus obligaciones domésticas ni para justificar que él no ha hecho lo que es evidente que ha hecho.

Además, él todavía no ha terminado sus exámenes. Le queda uno, y dice que es la asignatura más dura. Así que, entre las horas que pasa estudiando y sus silencios en momentos en los que no pararía de discutir con su hermano, en casa reina una paz y un silencio de los que hace tiempo no disfrutaba.

¡Me copia toda la ropa!


-Estoy harto de que se compre lo mismo que yo. ¡Me copia hasta los calzoncillos!

-¿Que yo te copio? pero ¿qué dices? Mamáaaa, ¿has oído a éste? si es él el que siempre se compra los vaqueros y los jerseys iguales que los míos.

-Tú flipas, chaval. ¿Quién fue el primero en comprarse el Carhart?

-Pero yo lo vi primero.

-Si, claro, ¿y las Vans? ¿y los Levi’s? Hasta tus cinturones son iguales que los míos.

-Vale, que si, lo que tú digas…

Ésta conversación, con ligeras variaciones, se repite cada vez que salgo a comprar ropa con mis hijos o cuando están en casa probándose algún nuevo modelo antes de salir. Intento zanjar esas discusiones recordándoles que no compramos en tiendas exclusivas, sino en grandes cadenas que visten a miles de chavales como ellos; y no sólo en España sino en medio mundo, así que ninguno de los dos debería presumir de ser muy original sino de comprarse algo que les guste y les siente bien.

Pero ellos siguen erre que erre: que si “yo lo vi primero”, que si “éste enano me lo copia todo” o que si “él se pone mi visera nueva más que yo”. Y donde digo visera podría decir zapatillas, camiseta o calcetines. Siempre les gustan mucho más si son del otro, que es otra forma de copiar y alabar el gusto ajeno.

Por más que lo intento no entiendo estas absurdas peleas, ese mérito por ser el primero en comprarse algo y presumir de ello, porque no hablamos de diseños exclusivos sino de vaqueros tan bajos de cadera como los que llevan desde hace años e idénticas zapatillas, camisetas o pantalones de chándal que los que luce toda la pandilla. Ahora que, si ellos lo vieron primero, yo ya no digo nada y dejo que se lo crean.

Potter les ha durado tres días

Mis hijos no parecían tener muchas ganas de leer el último libro de Harry Potter. Ya expliqué aquí hace algo más de un mes que estaba segura de que acabarían leyéndolo. Como han demostrado tantas veces, donde decían “digo” han terminado diciendo “diego”.

Así que ya han leído el libro, y lo han hecho a la velocidad del rayo. La última aventura del mago les ha durado solamente tres días. Se lo regalaron el viernes y no lo han soltado desde entonces. Cuando uno se cansaba de leer, o se dormía, lo cogía el otro.

Además de devorar páginas como locos también se han peleado sin parar por el preciado tesoro.

-Mamá, dile que me lo deje. ¡Él lo tiene desde ayer!

-Si, pero el sábado no me dejó ni acercarme. Él se leyó más de doscientas páginas y yo ni una.

-Eso es mentira, lo cogiste cuando me fui a la calle y luego lo dejaste porque empezaba el partido.

-¿Así que yo no puedo coger el libro y tú si te puedes poner mis vaqueros? Que no te los vuelva a ver puestos. Mamáaa, ¡dile algo!

Más que dos adolescentes parecían dos niños pequeños peleándose por un juguete nuevo. El que iba más adelantado en la lectura no dejaba de picar al otro: “Ya verás cuando sepas qué pasa con la capa invisible…” o “Ya sé los verdaderos motivos de la muerte de Dumbledore, ¡vas a flipar!”. Han flipado los dos hasta el último capítulo, y yo al verles disfrutar tanto con un libro, algo que no ocurría desde… la anterior entrega de Potter.

Ojalá cogieran con la misma ilusión las lecturas obligadas de clase. Pero me temo que Tormento, el libro de Galdós que tiene el pequeño aún sin tocar en la mesa de estudio, no le va a emocionar tanto.