La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Quién ensucia las playas españolas?

La limpieza de una playa es muy importante a la hora de elegir su lugar para el baño durante las vacaciones, según concluye un estudio realizado por Ecovidrio en España. De acuerdo con el informe “Nuevos hábitos de los españoles en las playas y sostenibilidad en verano“, para más del 90 por ciento de los españoles la ausencia de residuos en el agua y en la arena es el factor determinante que tienen en cuenta cuando van a la playa.

Respecto a los chiringuitos playeros, el mismo estudio destaca que los españoles ponen en tercer lugar el respeto de estos establecimientos con el medio ambiente (correcto reciclaje de residuos, uso responsable de recursos, integración con el entorno), por detrás de la limpieza y el buen precio.

Además, 6 de cada 10 encuestados afirma recoger y depositar en los contenedores adecuados los residuos y desperdicios que encuentra por la playa.

Todo perfecto salvo un pequeño detalle: nuestras playas acaban todas las tardes llenas de basura. ¿Quién las ensucia? Lee el resto de la entrada »

Los cigarrillos también matan a la naturaleza

Las colillas se han convertido en la primera fuente de basura mundial, uno de los residuos que más abunda en nuestra naturaleza.

Se calcula que de los 6 billones de cigarrillos que se fuma en todo el mundo cada año, 4,5 billones de colillas terminan tirados en la naturaleza. Un problema que se agrava en el verano, por la mayor presencia humana en esos entornos naturales. Y que también matan vida silvestre.

Debido a la toxicidad de sus componentes, la calidad del agua y de la tierra se ve amenazada. Numerosas especies pueden acabar envenenadas por culpa de esas colillas, que en algunos lugares se acumulan por cientos. Lee el resto de la entrada »

La Ley Antitabaco mata árboles

Obviamente una ley no mata. Pero sí lo pueden hacer los cambios de hábitos en nuestras costumbres por ella provocada. Como la Ley Antitabaco. Desde su aprobación a comienzos de año, los fumadores se han lanzado a las calles a fumar esos cigarrillos que no les dejan encender en espacios cerrados públicos. En una sociedad culta y educada esta decisión no habría supuesto problema alguno. En la nuestra, básicamente maleducada, el resultado es el de cientos de miles de colillas arrojadas diariamente al suelo en todas las ciudades.

Cada año los españoles se fuman 23.000 millones de cigarrillos que en un porcentaje altísimo acaban en la calle. Los filtros están hechos de acetato de celulosa, un plástico que tarda entre uno y diez años en descomponerse. Pero además acumulan peligrosos productos tóxicos capaces de infiltrarse en el suelo y contaminar la tierra y el agua.

Les cuento mi reciente experiencia en un hospital. Aprovechando el sol primaveral, el personal clínico y público en general fuman sus cigarrillos junto a la verja de entrada al recinto. Uno tras otro, pausadamente, apuran las colillas antes de tirarlas con indolencia al alcorque más cercano, donde crecen sufridos árboles urbanos. Ese reducido espacio de tierra es el único suelo que tienen sin asfaltar las plantas, convertido en vergonzoso vertedero donde se concentran cantidades letales de nicotina y alquitrán. Acabarán matándolos, pero les da igual. “Si se mueren ya plantarán otros”, me responde indolente un fumador. “Habernos puesto ceniceros”, le apoya otro. Inútil hablarles de reciclaje o de multas por ensuciar la vía pública.

¿Qué abulta más, un cigarrillo entero o una colilla? El primero se guarda y la segunda termina en el suelo, matando árboles, envenenando ríos, sonrojando a las personas educadas.

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Impuestos para combatir la obesidad

Andan los ánimos encendidos en México, pero sobre todo en Estados Unidos, respecto a la posibilidad de cobrar un impuesto que grave el consumo de refrescos, zumos y bebidas energéticas. ¿La razón? Que engordan. Según los expertos, por cada lata o vaso extra de bebida azucarada consumida al día por un niño, sus posibilidades de volverse obeso aumentan un 60%. Y la mejor manera de reducir este consumo es encareciéndolo, como ya se hace con el tabaco y el alcohol. Paralelamente, las arcas estatales incrementarían sus recursos para hacer frente al creciente gasto médico provocado por esa nueva epidemia de los países ricos llamada obesidad. También (y especialmente) para reducir sus déficits. Ya puestos, los analistas más osados acarician la idea de imponer un impuesto a las grasas y hasta al chocolate.

Ciudades como Nueva York o Filadelfia podrían ser las primeras en aprobar tan polémico canon, encareciendo así la popular lata roja en casi un 15%.

Soy el primero en aborrecer este tipo de bebidas artificiales. Nada como el agua natural, como un buen zumo, para quitar la sed. Pero estoy decididamente a favor de la educación, de la concienciación de la población sobre los indiscutibles beneficios de una alimentación sana y equilibrada. Criminalizar el consumo a golpe de multa o impuesto me parece intolerable. Perjudicará como siempre a los más pobres. Y nos arrojará a los brazos de las bebidas edulcoradas con productos tan perjudiciales para la salud como el aspartamo.

Como diría mi padre, están empeñados en que nos muramos todos bien sanos. Y bien pobres, empecinados en freírnos a toda clase de impuestos y multas, siempre por nuestro propio bien. Con tanta vida sana, tantas tablas calóricas, tanto control de la sal y el azúcar, del café y el tabaco, de los helados y las chuches, nos acabará pasando como al del chiste. No viviremos más años pero, sin todos esos pequeños placeres de la carne, la vida se nos hará eterna.

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