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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Impuestos para combatir la obesidad

Andan los ánimos encendidos en México, pero sobre todo en Estados Unidos, respecto a la posibilidad de cobrar un impuesto que grave el consumo de refrescos, zumos y bebidas energéticas. ¿La razón? Que engordan. Según los expertos, por cada lata o vaso extra de bebida azucarada consumida al día por un niño, sus posibilidades de volverse obeso aumentan un 60%. Y la mejor manera de reducir este consumo es encareciéndolo, como ya se hace con el tabaco y el alcohol. Paralelamente, las arcas estatales incrementarían sus recursos para hacer frente al creciente gasto médico provocado por esa nueva epidemia de los países ricos llamada obesidad. También (y especialmente) para reducir sus déficits. Ya puestos, los analistas más osados acarician la idea de imponer un impuesto a las grasas y hasta al chocolate.

Ciudades como Nueva York o Filadelfia podrían ser las primeras en aprobar tan polémico canon, encareciendo así la popular lata roja en casi un 15%.

Soy el primero en aborrecer este tipo de bebidas artificiales. Nada como el agua natural, como un buen zumo, para quitar la sed. Pero estoy decididamente a favor de la educación, de la concienciación de la población sobre los indiscutibles beneficios de una alimentación sana y equilibrada. Criminalizar el consumo a golpe de multa o impuesto me parece intolerable. Perjudicará como siempre a los más pobres. Y nos arrojará a los brazos de las bebidas edulcoradas con productos tan perjudiciales para la salud como el aspartamo.

Como diría mi padre, están empeñados en que nos muramos todos bien sanos. Y bien pobres, empecinados en freírnos a toda clase de impuestos y multas, siempre por nuestro propio bien. Con tanta vida sana, tantas tablas calóricas, tanto control de la sal y el azúcar, del café y el tabaco, de los helados y las chuches, nos acabará pasando como al del chiste. No viviremos más años pero, sin todos esos pequeños placeres de la carne, la vida se nos hará eterna.

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La crisis amenaza al comercio justo

Era previsible. Puestos a ahorrar en tiempos de escasez, lo primero de lo que prescindimos es de los lujos y de los extras. Desgraciadamente, injustamente, en este amplio sector de lo prescindible hemos incluido también la solidaridad. La primera víctima puede ser el Comercio Justo. Esos productos naturales como el café, el azúcar, el cacao y el té, pero también artesanía y ropa, de cuya altísima calidad nos beneficiamos como consumidores, al tiempo que ayudamos a mejorar la vida y el medio ambiente de un millón de productores pertenecientes a 548 organizaciones de 50 países menos desarrollados que el nuestro.

De acuerdo con un amplio informe publicado por Consumer Eroski, las ventas de Comercio Justo han pisado el freno en España. En el año 2000 supusieron unos ingresos de siete millones de euros, 17 millones en 2007, principalmente gracias a la entrada de estos productos en las grandes superficies. Pero aunque no hay datos para el año pasado, todo apunta hacia una desaceleración profunda que puede ser aún mayor en 2009.

Hace unos días hablaba con un amigo saharaui que vive en los territorios ocupados sobre la crisis y de qué manera les podía afectar a ellos. No le dio ninguna importancia:

“Peor que estamos no vamos a estar ya, a los pobres las crisis no nos afectan, eso es cosa de los ricos”.

Está equivocado. Con la crisis se reducirán las magras ayudas oficiales al desarrollo, pero también nuestras colaboraciones voluntarias con las ONG que trabajan en esos países.

El problema del Comercio Justo no es exclusivo. Antes de pensar en los demás pensamos en nosotros mismos, eso parece inevitable. Después en los pobres que tenemos más cerca. Y al final, sólo al final, nos acordaremos de los desheredados más lejanos.

Esa falta de recursos externos tendrá repercusiones humanitarias, pero también sociales y por supuesto medioambientales.

El panorama se perfila sombrío. Pero nosotros, y nuestro consumo responsable, puede ayudar a mejorarlo. Piénsalo cuando salgas de compras.