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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Thoreau, el filósofo que nos descubrió la naturaleza, vuelve a estar de moda

El Lago Walden en una imagen de época, lugar de inspiración de Thoreau.

Hay un par de libros que todos los amantes de la naturaleza deberíamos de tener en nuestra librería. Uno es Walden, la gran obra de Thoreau. El otro es su diario.

Henry David Thoreau (1817-1862) fue un filósofo de la naturaleza, observador paciente, anotador escrupuloso y padre de la conciencia medioambiental y de la desobediencia civil. También está considerado el gran impulsor de esa vida tranquila que algunos ensalzan como elogio a la pereza.

Su gran obra es Walden, donde narra los dos años, dos meses y dos días que vivió en una cabaña construida por él mismo cerca del lago Walden. Con ello logró demostrar que la vida en la naturaleza es la verdadera vida del hombre libre. Él mismo lo explica así:

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”

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Somos palabra, especialmente en Navidad

Phrenologychart

Es el viejo chiste navideño: ¿Qué tal las fiestas? ¿Bien o en familia? En realidad la Navidad es en familia o no es, pues de eso se trata. De vernos al menos una vez al año con padres, abuelos, primos, suegros y cuñados en reuniones que nos sirvan para afianzar nuestros cada vez más débiles lazos de linaje.

Es verdad que son fechas donde entre los excesos verbales de unos y los alcohólicos de otros se puede acabar entrando en esos complejos temas que siempre es importante evitar: política, fútbol y religión. Y acabar a gritos o hasta a mamporros. Pero también es el momento de recuperar, completar o actualizar nuestra historia más íntima, de hablar, de recordar la niñez y, todavía más importante, rehacer nuestro árbol genealógico salpimentándolo con cientos de esas maravillosas anécdotas de antepasados que, a fin de cuentas, son las que marcan nuestro bagaje existencial.

Fue el filósofo Aristóteles quien, hace ya 2.400 años, confirmó lo evidente: el hombre es un animal socialzoon politikon») que desarrolla sus fines en el seno de una comunidad. En su grado más estricto, ese grupo se ciñe a la familia, célula fundamental de la sociedad, aunque no todos estén de acuerdo con ello. Otros pensadores recuerdan cómo, frente a esos amigos que elegimos y descartamos a lo largo de la vida, la familia es inevitable y demasiadas veces se convierte en una terrible fuente de conflictos y sufrimientos.

No les falta razón, aunque esos líos son también nuestras raíces. Y para mí, que aborrezco la Navidad en lo que tiene de tonto consumo irrefrenable, pero amo la historia, estas fechas son el momento perfecto para eso que tantas veces se nos olvida: hablar y escuchar. Disfrutar de la palabra.

Lo reconozco, soy un devoto de las largas, larguísimas pláticas familiares. ¡Cuánto se aprende! ¿No te pasa a ti lo mismo? Si no fuera por estas reuniones ¿cómo conocería las historias increíbles de ese abuelo al que su padre le obligaba a casarse con su hermanastra, nacida de una relación secreta con una vecina del mismo pueblo, y que fue desheredado por negarse a cumplir tan insólita propuesta? ¿O la de ese bisabuelo arriero que colgaba una campanilla de plata en la mula por cada nueva amante para desesperación de su esposa? ¿O la de esas historias de brujas, de fortunas robadas, de sinvergüenzas y algún que otro (escaso) santo familiar?

Porque todavía somos palabra, al menos en Navidad, seguramente también tú has disfrutado de algunos de estos buenos momentos navideños charlando y reconstruyendo tu memoria íntima. ¿Opinas igual que yo o eres de esos que sufren en silencio unas historias que ya no le interesan? Cuenta, cuenta.

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