La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Disfruta en Atapuerca el paisaje de hace un millón de años

Mesa interpretativa del mirador de Valhondo en los yacimientos de Atapuerca (Burgos).

Lo reconozco: soy un cazador de paisajes. Urbanos o camperos, pero el paisaje me lo da todo y me lo cuenta todo. Tan solo es necesario conocer su lenguaje. Porque, como bien señala el admirado geógrafo Eduardo Martínez de Pisón,

“quien mira un paisaje y sabe su idioma, lee un pasado acumulado de fuerzas geológicas, cambios climáticos, pasos de estepas y bosques, cazadores, ganaderos, agricultores, ejércitos devastadores, reconstrucciones pacientes, quemas de bosques, economías y sociedades que se fueron o que persisten o que llegan”.

Pocos lugares para dar la razón al maestro vallisoletano como el mirador de Valhondo, en los yacimientos de la Sierra de Atapuerca (Burgos).

Un sitio aparentemente anodino, apenas una loma cubierta por el encinar y un puñado de tierras labradas en el fondo del valle. Pero gracias a una excelente mesa interpretativa allí instalada descubres con sorpresa que ese paisaje lleva un millón de años acogiendo a nuestros antepasados, dándoles comida y refugio.

Ves el antes y el después. Y descubres que en realidad el entorno no ha cambiado tanto. El radical cambio lo hemos dado nosotros, esos pequeños seres algo simiescos, desvalidos, que en una esquina de la ilustración ofrecida en el panel se agachan con sus crías para aliviar el hambre a las orillas de una gran laguna hoy desaparecida, mientras a su alrededor campan salvajes elefantes, leones, hipopótamos, rinocerontes, caballos, zorros, castores, ratas de agua, pigargos y águilas pescadoras.

Valhondo llamamos ahora a ese paraje. Donde podemos imaginar el paleoambiente de las fuentes del río Pico y la laguna que existió allí, con la fauna y la flora asociadas. Muy cerca del yacimiento de Gran Dolina, esa gran cueva donde nos refugiábamos, tallábamos herramientas, comíamos, amábamos, reíamos y llorábamos hace un millón de años.

Yacimiento de Complejo Galería, justo detrás del mirador de Valhondo.

Un campo de secano bien arado con tractor donde comienzan a verdear los brotes de la cebada de invierno. Así me lo he encontrado esta Navidad. Ni rastro de lagunas. Ni siquiera un charco.

Apenas un montón de piedras en la linde lejana marcan el manantial de la Fuente del Sapo, el actual nacimiento del arroyo de Valhondo, unos 800 metros aguas abajo del antiguo manantial del Silo por donde nacía en épocas prehistóricas el río Pico, que ahora llega casi sin agua a un polígono industrial de Burgos.

Por delante se abre al paisaje Castilla, la fría meseta. Por detrás del espectador están la Sierra de la Demanda y los Montes de Oca, el paso natural (o frontera) hacia el valle del Ebro, hacia el Mediterráneo.

Por allí llegaron los primeros agricultores y ganaderos hace 7.000 años. Nuestros verdaderamente primeros antepasados. Los primeros que roturaron y araron estas tierras y cuyos descendientes han seguido haciéndolo desde entonces, como han demostrado los recientes estudios de ADN antiguo realizados en el yacimiento del Portalón.

Llegaron desde Turquía a Atapuerca con su revolución neolítica, sin mezclarse con nadie por el camino, puramente raciales hasta asentarse en Burgos e iniciar una mixtura con los cazadores-recolectores de la sierra que nos ha acabado llevando a lo que somos hoy.

Es aquí, en este valle, donde el mundo empezó a cambiar.

Feos contra guapos

Todo esto me lo contó Juan Luis Arsuaga en una emocionante entrevista que le hice este verano para la revista El Asombrario.

Sentados junto al mirador, con una cerveza en la mano, observando el entorno, me fue desgranando los misterios de este paleopaisaje. Hasta que le pregunté cómo serían esos recién llegados.

¿Cómo eran estos primeros agricultores?

Más allá de lo subjetivo, lo objetivo es lo biológico. Y tenemos datos. Para entendernos: los guapos eran los paleolíticos.

¿Guapos los paleolíticos? ¿Y eso por qué?

Porque son guapos. Nos lo cuentan sus esqueletos. Y yo siempre lo digo, eran modelos de pasarela. Son top models. Para empezar son atletas. Ellos y ellas. Muy altos. Y son supercoquetos. Están llenos de adornos, llenos de cuentas, de plumas. La coquetería es un estado de ánimo. Cuando estás deprimido, lo primero que haces es dejar de arreglarte. Cuando te encuentras optimista y bien, sales a comprarte una camisa. O te la compras para salir de la depresión. Vale, estos no son razonamientos científicos. Pero lo cierto es que los pintores de Altamira son estupendos y están estupendos.

¿Y cómo eran los neolíticos?

Son bajitos. Tienen un oficio de granjeros. Tienen un trabajo muy esclavo, seguramente más consanguinidad, sufren muchas enfermedades articulares, artrosis, desnutrición porque su alimentación es mucho menos variada. Hacen mucho menos ejercicio.

Paisaje mágico

Esta sierra siempre fue un lugar muy especial. Incluso es probable que hasta mágico.

Solo así se entiende que en unas fechas tan remotas como el año 963, Doña Fronilde, familiar del primer conde independiente de Castilla Fernán González, donara al monasterio de San Pedro de Cardeña unas tierras en la “Serra de Adtaporka”, delimitadas por los ríos Arlanzón y Pico.

Muy pronto pasarán a ser “consuno“, territorio comunal de los pueblos vecinos de Atapuerca e Ibeas de Juarros. Y así siguen administradas.

Se protegió el bosque y los pastos, manteniéndose este espacio, hoy tan importante para la Ciencia, como propiedad de todos. Ahora más que nunca. En 1991 fue reconocido como Bien de Interés Cultural y en el año 2.000 como Patrimonio de la Humanidad.

Sendero didáctico

El mirador de Valhondo forma parte del sendero botánico adyacente a la Trinchera del Ferrocarril, ubicado en pleno yacimiento de la Sierra de Atapuerca. Es la magnífica idea desarrollada por mi querido amigo de la infancia Miguel Ángel Pinto, director de las Aulas Medio Ambiente de la Fundación Caja de Burgos, a quien desde aquí aprovecho para felicitarle por ello.

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