La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Arte, naturaleza y buena onda en Santo Domingo de Silos

Te gusta viajar, pero muchas veces no le sacas a esta experiencia todo su partido. Algunos se conforman con visitar un lugar, ver todo lo que nos dicen las guías que es necesario ver, hacerse unos cuantos selfis para las redes, buscar un lugar donde comer (esto al final es lo que más tiempo nos lleva) y volverse a casa con la falsa sensación de que “ya lo has visto todo”. Otros somos menos turistas y más viajeros. Nos gusta disfrutar de los viajes con los cinco sentidos. No buscamos tan solo lugares. Buscamos paisajes. Y los catamos intensamente, con los cinco sentidos.

Aprovechando mi participación en el programa de Radio Nacional de España “No es un día cualquiera“, dirigido en su edición del verano por el periodista Carlos Santos, he intentado condensar en una sección viajera lo mucho que un lugar nos puede decir y evocar. Una vez emitida, le voy ha dar formato de blog, para que así muchos viajeros puedan aprovecharse de esta información.

Nuestra primera cata de paisaje nos lleva hoy a Santo Domingo de Silos, en Burgos. Que no es tan solo un famoso monasterio benedictino. Es naturaleza, historia, arte y muy buenos alimentos. 

Personalmente tengo una doble razón para visitar este municipio burgalés siempre que puedo.

La primera razón es que Silos es, ante todo, naturaleza. Forma parte del Espacio Natural de la Yecla y los Sabinares del Arlanza. Está en el centro de un relicto bosque milenario de sabinas y enebros. Son más de 26.000 has. de selva ibérica por las Peñas de Cervera, la Meseta de Carazo, el Monte Gayubar y las Mamblas. Hogar para más de 400 parejas de buitre y unas 15 de alimoche. Ríos cristalinos con cangrejo autóctono, desmán de los Pirineos (que es una especie de topo acuático muy amenazado), nutrias y turones.

La segunda razón es que Silos forma parte de mi paisaje más íntimo. Aquí he pasado casi diez años conviviendo con los monjes mientras escribía la tesis doctoral sobre su historia, fruto de la cual he publicado tres libros. Una experiencia inolvidable enredando en archivos, sacristías y sótanos que me ha permitido conocerlo con detalle.

Más de 80.000 personas visitan al año el monasterio de Santo Domingo de Silos, atraídos por la pureza de su románico y la serenidad de su canto gregoriano. Pero muchos de ellos se pierden lo mejor. Se pierden el conjunto.

Primer sentido: el oído ¿A qué suena Silos? 

Imagina que ayer mismo por la tarde te he llevado con los ojos cerrados a un lugar desconocido. No sabes dónde estás, así que activas todos tus sentidos. Estás alerta.

Empiezas a escuchar una algarabía impresionante de pájaros. Y a lo lejos suena muy bajito música: es canto gregoriano.

No abras aún los ojos. Disfruta del momento. Estamos en el claustro románico de Santo Domingo de Silos, escuchando la algarabía de los estorninos, también conocidos como tordos, mientras desde la Puerta de las Vírgenes que comunica con la iglesia se cuela el canto monódico, relajante, de los monjes.

Es la hora de vísperas, cuando los pájaros se juntan a dormir y los monjes alargan sus oraciones con bellas antífonas.

Suenan también las campanas. La del Santo, con fama de espantar las tormentas, y otras cinco más, fundidas en Alemania en 1999. Salimos ganando con la renovación. Las anteriores, castellanas, sonaban peor que un martillo aporreando un yunque.

Segundo sentido: la vista. ¿Qué no puedes dejar de ver en Silos?

Abre los ojos y llénate de asombro. Estás en el claustro románico. Tienes frente a ti uno de los más bellos paisajes culturales del mundo.  No se hizo de una vez y rápido. Se levantó en varias etapas a lo largo de casi dos siglos. El claustro inferior se construyó entre la segunda mitad del siglo XI y primera del XII, mientras que el claustro superior se construyó en los últimos años de ese mismo siglo.

A un lado crece el ciprés de Silos, “enhiesto surtidor de sombra y sueño” que cantara Gerardo Diego, espiritual, símbolo del castellano a pesar de haber sido plantado hace 135 años por monjes franceses (junto a tres cipreses más, hoy desaparecidos), es pura naturaleza domesticada en medio de la perfección románica del claustro.

Gerardo Diego visitó en julio de 1924 el monasterio y pasó la noche en la hospedería. Al despedirse de los monjes dejó escrito en el libro de visitas, como original dedicatoria, el famoso soneto que esa misma noche había compuesto en su celda. Durante mucho tiempo fue la única copia que existió.

Siguiente sentido: el tacto

Lógicamente no podemos tocar el centenario ciprés. Tampoco las frías paredes de caliza de las columnas románicas. Ni se nos ocurra intentarlo con los capiteles, como algún salvaje ha sido alguna vez sorprendido. Pero sí podemos tocar la rugosa y retorcida corteza del tejo del padre Saracha que crece a la entrada del monasterio. Fue plantado hace unos 250 años en lo que entonces era la huerta de la botica, pues es tan medicinal que ahora hemos descubierto que el extracto de ese árbol es un gran remedio contra el cáncer. Pero mucho cuidado, no lo muerdas, que es tóxico.

Ahora el olfato. ¿A qué huele Silos?

A mí me huele a incienso, un incienso muy especial traído de Jerusalén. Los monjes franceses de Solesmes siempre quisieron usar el mejor incienso que existía y esa tradición olorosa se mantiene hoy en día. También huele Silos a leña de sabina, aquí llamada enebro, cuyo aroma se mezcla con el del cabrito recién asado hecho con esa madera.

Terminamos con el gusto. ¿A qué sabe Silos?

Tengo dos sabores en la memoria. Uno es al vino de recia uva garnacha que desde durante casi un siglo los monjes trajeron desde Cariñena. Era el vino común del refectorio, el vaso que nunca faltaba en esa mesa, por otra parte austera pero bien surtida con las hortalizas de la huerta que todavía hoy mima como nadie el Padre Cesáreo.

El otro sabor no sabe a nada. Es el agua helada de la Fuente del Santo, dura como las montañas calizas del entorno.

Cerca está el río Mataviejas, que en época medieval se llamaba Ura, agua en euskera. Sí, el castellano nació en estas tierras a la sombra del vasco y del latín. Y el monasterio, abandonado tras la Desamortización de Mendizábal en 1837, fue restaurado por monjes franceses que no tenían ni idea de español pero sin duda tenían muy buen gusto. Incluso para elegir bodega.

Un pájaro muy especial: la tórtola turca

Es una recién llegada a Silos y a España. La primera vez que la escuché desde mi celda monacal en Silos, mientras revisaba legajos medievales, no me lo podía creer ¿Una tórtola aquí?


Es una de esas pocas especies que, en lugar de ir a menos, cada vez va a más. Y nos llega con una historia bellísima que recogió de niño en Grecia Gerald Durrell, el autor de ese libro maravilloso que es “Mi familia y otros animales”.

Cuentan en Grecia la leyenda que cuando Jesucristo agonizaba en la cruz, un soldado romano se apiadó de él y quiso comprarle un cuenco de leche con el que aplacarle la sed. Una vieja vendedora le pedía 18 monedas, pero el centurión tan sólo tenía 17. No hubo manera de regatear. La vieja tan sólo repetía 18, 18. Jesús la maldijo por ello, convirtiéndola en esa tórtola que sólo sabe decir en griego: 18, 18: Decaocto, decaocto, cacofonía exacta de su canto.

Cuando se avenga a razones, y diga 17, se convertirá de nuevo en ser humano. Pero mucho cuidado. Si sube el precio a 19, significará que el fin del mundo está cerca.

Un árbol singular

Singular, maravilloso y archiconocido es el ciprés de Silos, pero no dejes de admirar la inmensa secuoya gigante que crece en el extremo opuesto a la entrada del turismo. Fue plantada por los monjes franceses al mismo tiempo que el ciprés. Y una leyenda monacal asegura que la planta llegó desde Canadá en el interior de una patata, y había que estar espantando a las cabras cada poco para evitar que se la comieran. Ahora tiene más de 31 metros de altura.

Un personaje

Santo Domingo de Silos. Era riojano. Nació hacia el año 1.000 y a los 30 años entró como monje benedictino en San Millán de la Cogolla. Por entonces La Rioja pertenecía al Reino de Navarra. Siendo prior de ese monasterio se enfrentó al rey García Sánchez III. Y se pasó al enemigo, a Castilla, quedando bajo la protección del rey castellano Fernando I, hermano del rey navarro y a quien finalmente matará en la batalla de Atapuerca.

Fernando I le puso al frente del monasterio de San Sebastián de Silos, del que fue abad hasta su muerte.

Y muy milagrero. Primero como redentor de cautivos y luego como abogado de los felices partos. Como mi tesis, que mira que me costó terminarla.

En este enlace tienes la versión radiofónica de la cata de paisaje dedicada a Silos, emitida el 29 de junio de 2018.


Si te ha gustado esta entrada quizá te interesen estas otras:

2 comentarios

  1. Dice ser gerard

    Me ha encantado el artículo! felicidades, un saludo gerard passola

    10 septiembre 2018 | 10:01

  2. Dice ser Rompecercas

    Un problema. He estado este verano en sitios naturales y culturales antes tranquilos y ahora masificados, con parkings enormes, colas de acceso, y miles de personas…centros de interpretación mamotréticos.

    ¿Cómo podemos colaborar a que no lleguemos a esto? Todo el mundo quiere estar en estos sitios famosos…

    10 septiembre 2018 | 23:17

Los comentarios están cerrados.