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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Un viaje diferente por los paisajes más asombrosos de Estonia

Cuando llegas al pequeño aeropuerto de Tallin (Lennart Meri Tallinna lennujaam), la capital de Estonia, te reciben dos maniquíes algo demodé y una bicicleta. Los muñecos se visten con la equipación deportiva y de gala que la selección olímpica de ese país llevó a Barcelona 1992. Fue su primera participación como país independiente en unas Olimpiadas desde 1936, independencia que acababa de arrancar a la Unión Soviética apenas un año antes. La bicicleta es la misma con la que Erika Salumäe logró la medalla de oro en velocidad individual, la primera en la historia de esta joven república báltica con una extensión similar a la de Aragón.

A partir de ahí todo son sorpresas para el viajero. La incorporación del país a la Unión Europea en 2004 y al euro en 2011 han catapultado a Estonia a la modernidad, pero sin perder ni olvidar las raíces.

A lo largo de su convulsa historia han estado gobernados por daneses, alemanes, suecos, rusos y soviéticos. La de ahora es su segunda época como país independiente después de un corto periodo entre 1920 y 1940.

Una joya báltica

Visitar Tallin, su ciudad más poblada (en ella viven 400.000 de los 1,2 millones de habitantes de Estonia), es la mejor prueba del gran cambio emprendido. Conserva una ciudad medieval espléndida y maravillosamente bien restaurada, las edificaciones soviéticas están siendo remodeladas gracias a originales proyectos de renovación capitaneados por brillantes arquitectos locales, mientras que los modernos rascacielos de la nueva ciudad financiera empiezan a enseñorear sus cielos.

Estonia está a la cabeza de Europa en penetración de Internet y telefonía móvil. Su apuesta por las empresas tecnológicas explica que muchos consideren a este país como la Silicon Valley del Báltico.

No se puede ir a Estonia y no disfrutar de Tallin, cuya ciudad amurallada fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. ¡Menuda maravilla! No tiene nada que envidiar en monumentalidad a otras capitales norteuropeas como Praga o Budapest. Fantásticas sus espléndidas vistas desde la ciudad alta o “Colina de la Catedral” (Toompea) sobre la  Ciudad Vieja, la hanseática “ciudad de los ciudadanos”, centro del comercio medieval de la sal por el Báltico al que debía su prosperidad.

Naturaleza sorprendente

La naturaleza de su entorno rural es aún más sorprendente. Las comunicaciones por carretera son muy buenas, pero al estar escasamente poblado y no haber mucho turismo, puedes disfrutar de su amplia red de senderos bien señalizados sin ver a nadie durante kilómetros, atravesando bosques y tierras pantanosas donde habita una variada fauna salvaje que incluye lobos, osos, linces europeos, castores, ciervos, alces, grullas y águilas moteadas.

Para hacerte una idea, en un único metro cuadrado de pradera arbolada estonia se han llegado a catalogar 76 especies diferentes de plantas autóctonas. El 18 por ciento de su territorio está protegido y la mitad son tierras forestales cubiertas de pinos, piceas y abedules.

Yo solo he visitado la costa noroeste, localizada  en el golfo de Finlandia, cerca ya de la frontera con Rusia y la vecina ciudad de San Petesburgo. Ha sido un viaje breve que espero completar con más detalle en un futuro próximo; por ejemplo, cuando empiece el paso migratorio de las aves árticas por estas tierras que, con justicia, están consideradas un paraíso para los observadores de pájaros. Ahora mismo, con la llegada del otoño, los recolectores de setas, arándanos y grosellas se ponen las botas.

Caminando entre arenas movedizas

Estonia es un país muy llano en el que abundan las turberas y tierras pantanosas (el siete por ciento del territorio) que en algunos sitios la capa de turba puede llegar a alcanzar hasta los siete metros de espesor. Esas zonas pantanosas son las famosas “arenas movedizas” que tanto salen en las películas de acción, aunque en realidad son barrizales donde puedes quedarte aprisionado pero nunca engullido.

Hay unas 7.000 turberas en todo el país. Son zonas encharcadas de origen glaciar que se formaron hace unos 10.000 años a partir de restos vegetales en descomposición, creando así un carbón ligero, esponjoso y de aspecto terroso.

Un buen lugar para recorrerlas con seguridad es Viru Bog, en el Parque Nacional de Lahemaa. Declarado espacio protegido en 1971, fue el primer parque nacional de la Unión Soviética.

Viru Bog es uno de los pantanos más accesibles de los Estonia. Ofrece un interesante sendero de 3,5 kilómetros bien señalados y con instructivos carteles informativos con carteles que a través de una pasarela elevada de madera permite atravesar encharcados bosques y bellos paisajes pantanosos.

A través de él es posible aprender sobre la flora autóctona, las dunas fósiles y los brezales. Aquí abundan las plantas carnívoras (sin miedo, solo comen pequeños insectos), pero también el oloroso y medicinal té de Labrador (Rhododendron tomentosum).

La mayor parte del camino es accesible a personas con movilidad reducida, usuarios de sillas de ruedas y cochecitos de bebé, incluida la subida a una gran torre de observación que se alza en medio del pantano. Desde arriba el extraño paisaje anclado en el tiempo y las nieblas explica el miedo que los habitantes locales sentían por estos lugares, que protagonizan toda clase de cuentos y leyendas espeluznantes.

La costa de los bloques errantes

Abandonado el pantano, no dejes de visitar el litoral del parque nacional. El mar Báltico es toda una sorpresa porque, más que mar interior, parece un inmenso lago sin apenas mareas. Sus aguas son poco profundas (57 metros de media) y casi dulces; 6-8 gramos de sal por litro frente a los 39 gramos del Mediterráneo. Por eso se congela fácilmente en invierno y abundan tanto las algas que en verano el agua se tiñe de color verde. Y es que geológicamente es un mar muy joven: sólo existe desde el VI milenio a.C.

Aquí la costa es extraordinariamente bella, tranquila y está tan bien conservada que parece que se haya detenido el tiempo. La razón es política. Concluida la Segunda Guerra Mundial, el régimen soviético militarizó todo este litoral. La mayor parte de la costa y todas las islas fueron declaradas “zonas fronterizas”, y el acceso a los no residentes quedó supeditado a la obtención de un salvoconducto.

Eso explica los escasos pueblos existentes, en donde se ha conservado la arquitectura tradicional; preciosas casas de madera, algunas de ellas todavía cubiertas con gruesos techos de paja al modo de las pallozas de Los Ancares. También que el litoral aparezca salpicado de ruinosos búnkeres, tristes restos de las últimas guerras.

Hay numerosas playas desiertas de arena buenas para el baño (el agua no está demasiado fría) hasta cuyas orillas llega el bosque, con confiados cisnes y serretas nadando en tranquilas aguas salpicadas por grandes cantos rodados.

Es precisamente este paisaje de redondeadas piedras semihunidas de granito el gran atractivo del Parque Nacional de Lahemaa. Fueron arrastradas por los glaciares durante la Edad de Hielo, y al retroceder los glaciares se quedaron diseminadas a lo largo de toda la costa. Por eso se denominan “bloques erráticos“, ya que han quedado varadas en la orilla después de haber recorrido de forma natural una larga distancia. Éstas en concreto se tienen por la mayor concentración de piedras errantes de toda Europa.

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