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Lo que no nos cuentan Lo que no nos cuentan

"Cerré mi boca y te hablé de mil maneras silenciosas". Rumi

Entradas etiquetadas como ‘emoción’

Usar máscaras emocionales para lograr el engaño

Las emociones son recursos para expresar lo que sentimos o lo que queremos que los demás ‘crean’ que sentimos. Sobre todo la sonrisa es un arma letal para manipular a los demás en una primera toma de contacto, su poder puede ser muy beneficioso para conseguir lo que deseamos; y no solo de adultos… ¡lo hacemos desde que somos bebés! Hay estudios que demuestran que los bebés sonríen cuando se sienten felices pero también expresan la mejor de sus sonrisas deliberadamente para complacer, despertar la atención y para que los demás incluso repitan conductas que quieren ver de nuevo; dulce y tierno, pero es una forma más de sutil persuasión.

Cualquier expresión emocional puede ser falsificada y utilizada para ocultar cualquier otra emoción. La máscara de la sonrisa, que es la más utilizada de las máscaras emocionales, sirve como la expresión opuesta de las emociones negativas: miedo, ira, angustia, disgusto, etc. Esta máscara se utiliza a menudo porque muchas mentiras requieren de alguna señal de felicidad o similar para lograr engañar con éxito. Otra razón por la que la sonrisa se usa como máscara es porque la sonrisa forma parte de muchos saludos estándares y, por tanto, tenemos asimilado que significa cortesía en la mayoría de los intercambios sociales.

Las máscaras emocionales funcionan porque la ignorancia es felicidad. Parece que, independientemente de conocer las diferencias entre una sonrisa real y una sonrisa falsa, los verdaderos sentimientos de una persona no se detectan. Esto no se debe a que la sonrisa sea una máscara infalible, sino a que en las relaciones sociales superficiales, rara vez nos importa cómo se siente realmente la otra persona; todo lo que se espera es un pretexto de amabilidad y agrado sin más.

Este ‘engaño’ (no) se realiza siempre con mala intención. En raras ocasiones las sonrisas se escudriñan con atención, la gente está acostumbrada a pasar las mentiras por alto en el contexto de un simple saludo cortés. Uno podría argumentar que es incorrecto llamar a estas máscaras emocionales “mentiras” debido a la regla implícita de que la mayoría de los saludos educados no permiten la expresión de emociones verdaderas y negativas. Quizás hemos tenido un día horrible pero no queremos contarlo a una persona con la que no tenemos confianza, o simplemente no nos apetece dar explicaciones y respondemos que ‘estamos bien’ con una sonrisa fingida. Otra razón, quizás más sencilla que todas las anteriores, de la popularidad de usar la sonrisa como máscara sea que se trata de la expresión facial emocional más automática y fácil de realizar de forma voluntaria.

 

 

*Fuente: “Telling Lies” de Paul Ekman

Mariano Rajoy dimite entre incómodas lágrimas #LenguajeCorporal

De nada le ha servido a Mariano Rajoy el intento de represión emocional que ha procurado mantener durante su comparecencia pública de hoy, en la que ha dimitido sin utilizar la palabra dimisión. Desde el inicio, la tensión era evidente. Evitaba el contacto visual, leía cada punto con raciocinio y plena atención pero finalmente las emociones afloran. El momento que ha desencadenado esta reacción ha sido cuando agradecía a los ciudadanos el cariño y la lealtad brindadas. La emoción dirigida a sus votantes.

Las palabras utilizadas también dan cuenta de su intención por evitar el impacto emocional de la situación, “ha llegado el momento de poner punto y final a esta etapa”, realmente es una frase azarosa, sin decisión, sin compromiso, ni implicación personal. “El PP debe seguir avanzando bajo el liderazgo de otra persona. Por dos razones: es lo mejor para mí y para el PP, y creo que también para España.” El orden de las razones es interesante, aquí sí que deja claro que dimite en primer lugar por su bien, y en segundo lugar, y con dudas (ya que solo lo cree) orienta su abandono al bien de España.

Por supuesto, sus lágrimas y conmoción son sinceras, le transforman la expresión emocional, le bloquean el habla, le modulan la tonalidad vocal y le acompaña la mirada triste. Lo ha pasado realmente mal en este momento, no era algo planeado, y ha intentado por todos los medios cortar la ovación de sus compañeros de partido y asistentes, con gestos adaptadores, contundentes y agresivos (gestualmente hablando) para acallar los aplausos.

La tristeza es la emoción que ha protagonizado su discurso, bloqueando emociones intensas negativas como la ira, el asco o el desprecio, que no aparecen en ningún momento de su aparición pública.

Sexo, amor y apego, ¿todo junto o por separado? #SanValentin

Os recuerdo la frase de Antonio Damasio “Conocer la fisiología de la digestión no nos impedirá saborear un buen bistec”. No dejaremos de paladear el sentimiento más hermoso del que disponemos los humanos (y los animales) si profundizamos sobre los mecanismos cerebrales que hacen que se produzca. Porque sí amig@, el amor está en el cerebro.

Y gracias a Fisher sabemos además que no es una emoción. Helen Fisher es una de las investigadoras que más ha estudiado la neurobiología del amor. Tras sus experimentos ha reconvertido las concepciones más arraigadas sobre el amor, y repetiré mil veces la palabra amor porque no tiene sinónimos, los que aparecen en el diccionario (pasión, ternura, apego, cariño, aprecio, idolatría… etc) son otra cosa, tienen un matiz diferente que no consiguen englobar todo lo que significa el amor.

Antes se consideraba que el amor sólo implicaba una gama de distintas emociones que abarcaban desde la euforia hasta la desesperación. Tras sus investigaciones, Fisher llega a la conclusión de que el amor es un poderoso sistema de motivación, un impulso básico de emparejamiento. Pero, ¿Por qué es un impulso y no una emoción?

  • El amor romántico se centra en obtener la gratificación de una recompensa específica: el ser amado. Por el contrario, las emociones están ligadas a infinidad de objetos, tal como puede ser el miedo, que se asocia a la oscuridad, a las alturas, a la soledad, e infinitos temas de fobia.
  • No existe una expresión facial concreta para el amor, al contrario que las emociones básicas y sociales. Sí que puede contener una serie de patrones de comportamiento habituales (ya os las conté en el post: El secreto no verbal de las flechas de Cupido) pero éstos dependen de la cultura, el género, la personalidad, el aprendizaje… algo que no ocurre con las emociones.
  • Por último, el amor romántico constituye una necesidad, un ansia, un impulso por estar con el ser amado.

Para Helen Fisher, el amor romántico evolucionó en el cerebro para orientar toda nuestra atención y motivación sobre una persona específica. Pero esto no termina aquí. Para volver más complejo el amor, este sistema cerebral que genera una fuerza tan intensa como el amor romántico también se encuentra intrínsecamente relacionado con otros dos impulsos básicos para el apareamiento: el impulso sexual (deseo) y la necesidad de establecer vínculos profundos con la pareja (apego). 

Amor, deseo y apego son ‘controlados’ por tres sistemas cerebrales y circuitos neuronales distintos, también por diferentes neurotransmisores y producción de hormonas. Cada uno de estos tres sistemas cerebrales evolucionó para cumplir una función específica para el apareamiento. El deseo evolucionó para permitir la reproducción sexual con casi cualquier pareja más o menos adecuada. El amor romántico permitió que los individuos se enfocarán en una sola pareja a la vez, de tal modo que se ahorrase tiempo y energía el tiempo considerable para el cortejo. Y el apego dio lugar a que hombres y mujeres estuviesen juntos durante el tiempo suficiente para la crianza de un hijo.

Según Fisher, tales sistemas no siempre se dan en este orden, ni con una misma persona. Es posible sentir atracción sexual por una persona, amor romántico por otra y un profundo apego por otra distinta. Esta teoría abre un interrogante al intentar explicar una conducta tan interesante como la infidelidad. Pero esto da para otro post… 🙂

¡Feliz día del Amor! Libre, cómplice, propio, generoso y sin chantajes.

 

 

*Referencia: Psicología y Mente.

 

 

El 90% de un conflicto es emoción. Aprende a resolverlo.

Es un tema apasionante. El conflicto es inherente a la naturaleza del ser humano, no puede erradicarse ni evitarse, pero sí que se puede gestionar con la figura de un tercero, una parte objetiva. Hay escritos de la antigua Grecia en la que ya se plasmaba la existencia de esta figura a la que hoy en día conocemos como el mediador de conflictos o negociador.

Las emociones juegan un papel fundamental en este proceso. Según la experta mediadora Ana Criado: “Si algo tienen en común todos los conflictos es que el 90% de éstos están formados por emoción, el resto, siempre, es falta de comunicación.” La emoción siempre aparece por una vínculación personal con el otro. De hecho, los conflictos más duros suelen ser los que se dan entre familiares, parejas, amigos o compañeros de trabajo.

Intentamos ser objetivos pero la emoción actúa como una lente que distorsiona la realidad. Por tanto, la clave para resolver situaciones conflictivas está en gestionar de la mejor forma posible estas emociones que surgen, porque estas mismas son las que pueden ayudarnos a comprender lo que pasa y a dar una respuesta adecuada al conflicto.

Se debe tomar conciencia de que en un conflicto todas las partes implicadas cometen el sesgo de confirmación. Nuestro cerebro tiene la imperiosa necesidad de buscar (y encontrar) constantemente aquellas ideas, acciones y datos que ratifiquen nuestra postura. Uno de los autores más duchos en la materia, Kelly J.B, señala que nos pasamos la vida intentando anticiparnos a lo que pasará en el futuro, elaborando teorías sobre lo que pasará. Si todo encaja con nuestras predicciones, perfecto, entonces somos flexibles y coherentes pero si la experiencia no encaja tenemos que forzar un cambio y eso no nos gusta tanto.

Es en este punto donde surge el problema, la persona puede negarse a este cambio de creencias u opiniones y trate de encontrar justificaciones para no modificar su posición. Esto es lo que impide la resolución de un conflicto. La rigidez de pensamiento origina emociones muy negativas como el desprecio o la ira.

Para salir de este ciclo negativo es esencial la figura de un “árbitro” que haga que las partes no solo hablen, sino que escuchen, es la única forma de que afloren las necesidades reales de cada uno. Según la experta hay una pregunta clave para reconducir la situación conflictiva: ¿Por qué quieres lo que quieres y para qué lo quieres? y una pregunta muy efectiva para ‘tocar’ la parte personal: ¿Cómo os gustaría que fuera vuestra relación dentro de cinco años y qué debería ocurrir para hacerla realidad?

Son dos cuestiones muy pontentes que pueden desarmar a los implicados. Lo importante es que se llegue a un acuerdo sin la percepción de que alguien ha ganado. No debe haber vencedores ni vencidos, tiene que convertirse en un ganar-ganar para que el consenso sea duradero en el tiempo. Incluso aunque en ocasiones las partes no logren alcanzar un acuerdo, la relación entre ellas puede salir reforzada ya que han conseguido volver a comunicarse.

¡¡Un mediador para el conflicto en Cataluña, por favor!!

¿Cómo reaccionar en un ataque terrorista? La clave del comportamiento no verbal

Por desgracia, y a tenor de los últimos acontecimientos, no podemos dejar de preguntarnos cómo actuaríamos nosotros si nos viéramos envueltos en un ataque terrorista de las características, por ejemplo, de la última barbarie sucedida en Londres; en la que existen otras personas implicadas (víctimas y atacantes), tiempos de reacción, toma de decisiones y un abanico de emociones variopinto.

En este tipo de situaciones influyen diferentes factores que hacen que no haya fórmula matemática de predicción del comportamiento, todo depende del contexto, la personalidad, las experiencias previas, los recursos disponibles, principios, valores, educación y un largo etc… Mi colega de profesión, Ana de Puig Olano, ha tratado el tema desde un punto muy interesante, la relación directa que se establece entre la emoción primaria del momento y la conducta, es decir, por qué nuestra conducta será una u otra en función de la emoción.

Cuando aún no se había desarrollado el cerebro racional, cuando aún no existía el lenguaje verbal, las emociones nos permitieron sobrevivir. Al sentir una emoción como el miedo, por ejemplo al percibir un depredador, por un lado se ponía en marcha una reacción interna a varios niveles (noradrenalina, transpiración extra, flujo sanguíneo hacia las extremidades inferiores…) que favorecía físicamente la huída, y por otro lado, externamente, adoptábamos una expresión facial específica para esa situación que, unido al salir corriendo, comunicaba no verbalmente a los demás miembros del grupo que había un peligro. Las emociones no han evolucionado nada desde entonces, y seguimos sintiendo y respondiendo igual a como sucedía hace millones de años.

Con la emoción de ira, las respuestas interna y externa son diferentes, ya que nos predisponen para otro fin: el ataque ante algo que nos enfurece, que consideramos injusto, que supone una agresión a nuestros valores… Por eso la frecuencia cardíaca aumenta y la sangre se dirige a manos y pies: para favorecer físicamente el ataque (aunque sea para defender lo nuestro). ¿Qué sucede entonces con las situaciones como las de Londres? ¿Si vemos a alguien atacando con un cuchillo? La clave estará en cómo interpretemos en ese momento lo que percibimos: ¿es una situación peligrosa en la que nuestra vida corre peligro?, ¿es una situación que nos provoca una ira irrefrenable? Según cómo valoremos el escenario, en cuestión de una fracción de segundo, nuestro impulso será uno u otro, huida o ataque.

Si tomamos como ejemplo a Ignacio Echeverría, uno de los amigos que iban con él explicaba que vieron a una chica que era atacada por un hombre con un cuchillo. Es posible que Ignacio interpretara esa situación como una escena de violencia de un fuerte contra alguien más débil (armado vs sin arma), y que eso le pareciera terrible, injusto: por lo que en él se desencadenara la respuesta de la ira y le hiciera ir a atacar al agresor y golpearle con el único recurso a su alcance, su monopatín.

Sus amigos, al ver más tarde en cambio que había 3 hombres con cuchillos y una situación caótica, percibieron ese estímulo como una situación de peligro extremo y huyeron; conducta que resulta absolutamente natural, ya que cuando tememos por nuestra vida el cuerpo nos prepara para la huida. Sintiendo un miedo intenso, solo si no nos queda escapatoria podremos atacar: se trataría de luchar por la vida como último recurso. Esto es algo que vemos constantemente en los animales.

¿Sería posible “saltarse” el comportamiento no verbal asociado al miedo, y no dejar que nuestros pies nos lleven? No podremos controlar la emoción, pero sí la conducta. Si conseguimos aplacar esa emoción pasados los momentos iniciales, podremos recurrir al pensamiento racional y buscar soluciones para salvarnos o defender a los demás de una forma que sea efectiva (seguiremos sintiendo miedo, la respuesta interna).

Sin embargo, en situaciones extremas como un ataque terrorista, ya con armas en mano, las cosas suceden en cuestión de segundos y posiblemente haya poco margen para el pensamiento racional; cuando hay emociones tan intensas, el cuerpo dedica recursos energéticos a la respuesta emocional y no quedan energías para un pensamiento racional. Se requeriría tiempo para relajarnos y que la emoción baje poco a poco de intensidad, y poder así pensar y decidir.

 

*Referencia: Ana de Puig Olano – En clave no verbal

La ciencia revela qué emoción hay tras la misteriosa sonrisa de la Mona Lisa

La neurociencia ha zanjado la polémica que, durante siglos, ha acompañado a la enigmática expresión facial de La Gioconda, también conocida como La Mona Lisa. Retratada por el afamado pintor Leonardo Da Vinci, buscó el efecto de que la sonrisa desapareciera al mirarla directamente y reapareciera sólo cuando la vista se fija en otras partes del cuadro.

El juego de sombras (que se ven mejor con la visión periférica) refuerza la sensación de desconcierto que produce la sonrisa, hasta el momento, se desconocía si en realidad sonreía o si, por el contrario, mostraba un gesto lleno de amargura.

Hace pocos días, el neurocientífico Juergen Kornmeier, de la Universidad de Freiburg en Alemania, y coautor del estudio, afirmó: “Estamos realmente asombrados”. En un ensayo inusual, cerca del cien por cien de la gente describieron a esta insólita expresión facial como: “inequívocamente feliz”.

Para el estudio, el equipo utilizó una copia en blanco y negro del cuadro del siglo XVI, que alteró para generar ocho versiones que iban desde un mayor grado de “felicidad” a un tono más “triste”. Las nueve imágenes fueron mostradas a los participantes en 30 ocasiones, en las que debían catalogarlas.

“Debido a las descripciones del arte y de los historiadores del arte, pensamos que el original iba a ser el más ambiguo”, explicó Kornmeier. En cambio, “para nuestro asombro, descubrimos que el original de Da Vinci era percibido como ‘feliz’ en un 97% de los casos.

Estos descubrimientos pueden ser relevantes para estudiar varios desórdenes psiquiátricos, dijo Kornmeier y en una segunda etapa se medirán los resultados en pacientes que sufren enfermedades mentales.

Otro descubrimiento interesante es que las personas se identifican más rápidamente con La Mona Lisa contenta que con las versiones tristes. Este hecho sugiere que “puede haber una leve preferencia en los seres humanos por la felicidad“, dijo el experto.

Al ser preguntado sobre la pieza de arte, el equipo contestó que su trabajo da una respuesta a una pregunta que lleva siglos sin resolverse. “Puede que haya cierta ambigüedad en otros aspectos”, dijo Kornmeier, “pero no hay ambigüedad en el sentido de si es feliz o triste.”

 

 

*Referencia: Emanuela Liaci et al, Mona Lisa is always happy – and only sometimes sad, Scientific Reports (2017).

Sorpresa genuina, la emoción dominante en los Goya (con permiso de Daniel Guzmán)

Una Gala de los Premios Goya 2016 repleta de emotividad, nervios, temblores de voz y sorpresas… mucha emoción de sorpresa vista tanto en los ganadores como en los que no lo fueron, en los extrañados y estupefactos por no entender lo que estaban viviendo allí y en los que sorprendieron por su atuendo. Sin duda la emoción de sorpresa fue la protagonista de la noche, pero para saber interpretar este sentimiento y contexto: ¿qué es y ante qué situaciones se produce?

Explicada brevemente, la sorpresa es una emoción en principio neutra que se produce de forma inmediata ante una situación novedosa, extraña o inesperada para nosotros y que se desvanece rápidamente. Es importante para que sea real que su expresión no dure más de un segundo aproximadamente, si se sostiene más en el tiempo, ésta será una expresión fingida.

Miguel HerranLa elevación de las cejas y la apertura de los párpados es el signo que identifica en el rostro esta emoción, puede ir acompañada de una caída de la mandíbula pero sin tensión muscular en torno a la boca. Como vemos en el caso de Miguel Herrán en la parte superior izquierda de la fotografía se cumple a la perfección la descripción de la expresión emocional, justo en esa instantánea conoce que ha sido él el ganador del Goya al mejor actor revelación.

Aunque en este instante es aún más destacable la reacción emocional del Director de la película, Daniel Guzmán protagonizó el momento de mayor intensidad e impacto emocional de la noche, con esta expresión que identificamos como de tristeza, quebranto y aflicción muy profundos, es una emoción de tal intensidad que su expresión se torna confusa a la interpretación única.

daniel guzman tristeza

No podemos saber qué le pasaba por la cabeza en ese momento pero desde luego era algo muy perturbador, no se puede detectar en él ni una pizca de alegría, orgullo o triunfo, solo una profunda desolación, infiriendo así, que sus pensamientos iban más dirigidos a la experiencia pasada (duro trabajo, dificultades, etc) que a la presente (el reconocimiento y el éxito).

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