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Sexo, amor y apego, ¿todo junto o por separado? #SanValentin

Os recuerdo la frase de Antonio Damasio “Conocer la fisiología de la digestión no nos impedirá saborear un buen bistec”. No dejaremos de paladear el sentimiento más hermoso del que disponemos los humanos (y los animales) si profundizamos sobre los mecanismos cerebrales que hacen que se produzca. Porque sí amig@, el amor está en el cerebro.

Y gracias a Fisher sabemos además que no es una emoción. Helen Fisher es una de las investigadoras que más ha estudiado la neurobiología del amor. Tras sus experimentos ha reconvertido las concepciones más arraigadas sobre el amor, y repetiré mil veces la palabra amor porque no tiene sinónimos, los que aparecen en el diccionario (pasión, ternura, apego, cariño, aprecio, idolatría… etc) son otra cosa, tienen un matiz diferente que no consiguen englobar todo lo que significa el amor.

Antes se consideraba que el amor sólo implicaba una gama de distintas emociones que abarcaban desde la euforia hasta la desesperación. Tras sus investigaciones, Fisher llega a la conclusión de que el amor es un poderoso sistema de motivación, un impulso básico de emparejamiento. Pero, ¿Por qué es un impulso y no una emoción?

  • El amor romántico se centra en obtener la gratificación de una recompensa específica: el ser amado. Por el contrario, las emociones están ligadas a infinidad de objetos, tal como puede ser el miedo, que se asocia a la oscuridad, a las alturas, a la soledad, e infinitos temas de fobia.
  • No existe una expresión facial concreta para el amor, al contrario que las emociones básicas y sociales. Sí que puede contener una serie de patrones de comportamiento habituales (ya os las conté en el post: El secreto no verbal de las flechas de Cupido) pero éstos dependen de la cultura, el género, la personalidad, el aprendizaje… algo que no ocurre con las emociones.
  • Por último, el amor romántico constituye una necesidad, un ansia, un impulso por estar con el ser amado.

Para Helen Fisher, el amor romántico evolucionó en el cerebro para orientar toda nuestra atención y motivación sobre una persona específica. Pero esto no termina aquí. Para volver más complejo el amor, este sistema cerebral que genera una fuerza tan intensa como el amor romántico también se encuentra intrínsecamente relacionado con otros dos impulsos básicos para el apareamiento: el impulso sexual (deseo) y la necesidad de establecer vínculos profundos con la pareja (apego). 

Amor, deseo y apego son ‘controlados’ por tres sistemas cerebrales y circuitos neuronales distintos, también por diferentes neurotransmisores y producción de hormonas. Cada uno de estos tres sistemas cerebrales evolucionó para cumplir una función específica para el apareamiento. El deseo evolucionó para permitir la reproducción sexual con casi cualquier pareja más o menos adecuada. El amor romántico permitió que los individuos se enfocarán en una sola pareja a la vez, de tal modo que se ahorrase tiempo y energía el tiempo considerable para el cortejo. Y el apego dio lugar a que hombres y mujeres estuviesen juntos durante el tiempo suficiente para la crianza de un hijo.

Según Fisher, tales sistemas no siempre se dan en este orden, ni con una misma persona. Es posible sentir atracción sexual por una persona, amor romántico por otra y un profundo apego por otra distinta. Esta teoría abre un interrogante al intentar explicar una conducta tan interesante como la infidelidad. Pero esto da para otro post… 🙂

¡Feliz día del Amor! Libre, cómplice, propio, generoso y sin chantajes.

 

 

*Referencia: Psicología y Mente.

 

 

¿Sabes la cara que pones cuando llegas al orgasmo? Científicos españoles nos dan la respuesta

8457691617_fde0a81c85_bLa expresión facial y gestual del clímax ha sido revelada por investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid con la publicación: Comportamiento facial durante la excitación sexual. Como siempre la realidad supera a la ficción y en nada se parecen al rostro que tenemos idealizado o representado por las películas, no nos miramos fijamente a los ojos con una mirada ardiente, ni ponemos un rostro de deseo mientras nos mordemos los labios, realmente nuestra expresión emocional se embrutece como reflejo de la liberación de la tensión muscular al acercarse el orgasmo.

Os preguntaréis, ¿y cómo lo investigaron? Los científicos analizaron más de cien vídeos sexuales, cedidos voluntariamente, de personas que subieron sus grabaciones a una web dispuesta para el análisis, y en los que podía percibirse perfectamente lo que ocurría en los rostros de los protagonistas cuando llegaban al orgasmo. Las conclusiones fueron las siguientes:

  • Cerrar los ojos: Más del 90% de los participantes cerraba los ojos al llegar al éxtasis sexual, revelándose así como el gesto más común durante el orgasmo.
  • Apretar la mandíbula: El 67% apretaron los dientes y tensaban los músculos del mentón.
  • Fruncir el ceño: Esta articulación facial normalmente se asocia con la ira, pues también aquí el 48% de las personas lo hacen fruto, en este caso, de la concentración del momento.
  • Separar los labios: No es cuestión solo de abrir la boca, sino que lo hacemos como demostración del placer y normalmente va acompañado de un leve (o sonoro) quejido, esto lo hacen el 44% de las personas. Los labios tienen cantidad de terminaciones nerviosas conocidas como la región mucocutánea y en el caso de las mujeres las sensaciones que pueden producirse en labios y boca son similares para su cerebro a las provenientes de la parte externa de la vulva, los pezones o el clítoris. Incluso algunas son capaces de disfrutar de lo que se conoce como orgasmos orales, claro que requiere de bastante entrega y dedicación.

Entonces, ¿por qué ponemos estas caras que parecen más expresiones de dolor que de placer? “Porque en ese momento tenemos cero control sobre nuestros músculos faciales”, explica Julie Stewart, quien recalca que “por eso nos resulta tan extraño conocer la cara que en realidad ponemos”. Lo que ocurre durante el orgasmo repercute más allá de la zona íntima ya que se activan muchas de las regiones del cerebro relacionadas también con el dolor, de ahí que cuando estamos excitados frunzamos el ceño o separemos los labios exhalando. No nos irrita, todo lo contrario (si la cosa va bien), pero curiosamente nuestro cerebro lo exterioriza con señales de lo más parecidas a cuando algo nos resulta desagradable.

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