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Estudio: las letras de Black Sabbath no incitan al consumo de drogas

Esta mañana he recordado un artículo que escribí hace siete años en el diario Público, en el que trabajaba entonces, y en el que dejé de trabajar cuando el millonario trotskista que se había levantado un día con el capricho de fundarlo se levantó otro día con el capricho de cerrarlo (que nadie se alarme, no tendré ningún problema en borrar esta frase, mis hijos necesitan comer).

Está mal que yo lo diga, pero me he reído releyéndome a mí mismo en aquella historia sobre un test genético que le habían practicado a Ozzy Osbourne, por entonces exvocalista de Black Sabbath, para tratar de explicar cómo era humanamente posible que siguiera vivo. “Has pasado 40 años en una juerga de alcohol y drogas. Te rompiste el cuello en un quad. Has muerto dos veces en un coma químicamente inducido. Saliste sin un rasguño después de que tu autobús de la gira fuera embestido por un avión. Tu sistema inmune estaba tan comprometido que tuviste un diagnóstico positivo de VIH durante 24 horas hasta que descubrieron el error. Y estás aquí, vivo y coleando”, le dijeron los responsables de la empresa de pruebas genéticas de la que partió la idea.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Aunque sin duda, lo más gracioso del artículo eran los comentarios del propio Ozzy a propósito de los resultados del test, como cuando le descubrieron un parentesco con los habitantes de Pompeya que quedaron sepultados por la erupción del Vesuvio en el año 79: “Si alguno de los Osbourne romanos bebía tanto como yo, ni siquiera habría sentido la lava”, decía.

El análisis de sus genes supuestamente atribuía su capacidad de sobrevivir al trasiego de cuatro botellas de coñac diarias (entre otros hábitos escasamente aconsejables) a una variante hiperactiva de la alcohol deshidrogenasa 4 (ADH4), una enzima metabólica encargada de procesar el alcohol. Digo supuestamente porque, hasta donde sé, el estudio jamás llegó a publicarse; ignoro por qué motivo, pero esto es de lo más irregular, ya que la ciencia solo es ciencia cuando otros científicos tienen la oportunidad de certificarla como tal (aunque a veces fallen estrepitosamente, como en el estudio que conté ayer).

El primer vocalista de Black Sabbath y padrino del heavy metal, que el día 3 de este mes ha cumplido 69, representa ese estilo de vida autodestructivo tan frecuentemente asociado a las estrellas del rock. Aunque en su caso, parece que no lograría autodestruirse ni aunque se tragara el mecanismo de autodestrucción de la nave Nostromo.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Sobre esto del sexo, drogas y rock & roll en los músicos y en sus seguidores, tengo en la recámara un par de estudios interesantes que les traeré otro día. Pero hoy vengo a contarles una curiosidad, un estudio que por primera vez analiza en profundidad las letras de un solo grupo de largo recorrido considerado uno de los más influyentes en la historia del heavy metal, y que lógicamente no es otro que Black Sabbath. Los autores trataban de responder a una pregunta: ¿es cierto el tópico de que las canciones de Black Sabbath incitan al consumo de drogas?

La motivación del estudio se remonta a 1985, año en que se formó en EEUU el llamado Parents Music Resource Center (Centro de Recurso de Música para Padres), un comité fundado por cuatro esposas de políticos de Washington que nació con el ánimo de censurar la música con contenidos (para ellas) ofensivos. Al parecer, la idea partió de una de sus fundadoras, Tipper Gore, mujer de Al Gore, que un día descubrió a su hija escuchando Darling Nikki de Prince, un tema con explícitas referencias a la masturbación.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Ante el descubrimiento de aquella verdad incómoda, la señora Gore decidió hacer todo lo que estuviera en su mano por borrarla del mapa; por ejemplo, poner toda la industria de la música patas arriba. Las fundadoras del PMRC pretendían retirar todos los discos peligrosos de la vista del público en las tiendas y de la difusión por radio y televisión, e incluso que las discográficas reconsideraran los contratos con los músicos (ir)responsables. Y como tenían maridos poderosos, lograron que su pretensión llegara al Senado de EEUU.

Como no podía ser de otra manera, una buena parte de las sesiones del comité en el Senado estuvo dedicada al heavy metal; nueve de las canciones seleccionadas por el PMRC como las “quince sucias” (The Filthy Fifteen) eran temas de grupos heavy (curiosamente, ni uno solo punk; probablemente los miembros del PMRC no se habían molestado en escucharlos, tal vez porque pensaban que sus hijos jamás caerían tan bajo, aunque más tarde Jello Biafra de los Dead Kennedys se convertiría en una de las figuras más perseguidas por esta censura). El profesor de música Joe Stuessy, de la Universidad de Texas en San Antonio, declaró lo siguiente a propósito del heavy metal:

Contiene el elemento de odio, una maldad de espíritu. Sus temas principales son, como ustedes ya han escuchado, violencia extrema, rebelión extrema, abuso de sustancias, promiscuidad sexual y perversión y satanismo. Personalmente no conozco otra forma de música popular hasta ahora que haya tenido como uno de sus elementos centrales el elemento del odio.

Y añadía, al más puro estilo de Texas:

Espero que este comité encuentre una manera de enviar un mensaje a la industria: limpiad vuestra casa, o nosotros lo haremos por vosotros.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Al final todo quedó en esa famosa pegatina negra y blanca con la leyenda “Parental Advisory: Explicit Lyrics que se convirtió casi en una decoración estándar de los discos en EEUU, pero que también hizo a grandes cadenas de distribución abstenerse de vender la música así etiquetada. Por otra parte, el PMRC recibió la amplia condena del mundo musical en bloque. Las señoras se quedaron con dos palmos de narices cuando incluso el cantante folk John Denver (coautor e intérprete de la gran Take Me Home, Country Roads), cuyo apoyo esperaban, declaró en el Senado que era “enérgicamente contrario a la censura de cualquier clase en nuestra sociedad o en cualquier otro lugar del mundo”. En cierto modo al PMRC le salió el tiro por la culata, ya que algunos músicos insinuaban que la pegatina aumentaba sus ventas.

Uno de los aspectos en los que el comité más insistió es en que las letras del heavy metal incitan al consumo de drogas, y según Stuessy, los mensajes se repetían hasta 30 o 40 veces en la misma canción. Así que el año pasado Kevin Conway, del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EEUU, y Patrick McGrain, de la Universidad Gwynedd Mercy del mismo país, decidieron destripar el contenido de todas las canciones de Black Sabbath grabadas en estudio de 1970 a 2013, un total de 156 temas en 19 álbumes, para entresacar todas las referencias a las drogas, directas o indirectas, explícitas o implícitas, y analizar su valencia (positiva o negativa; digamos, buen o mal rollo).

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum '13'. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum ’13’. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Los resultados sorprenderán incluso a algunos fans de la banda: solo el 13% de las canciones de Black Sabbath contienen algún tipo de alusión a las drogas, y de estas, en el 60% de los casos las referencias son “abrumadoramente negativas, un patrón que aumentó con el tiempo”, escriben los autores. En cambio, un dato que no sorprenderá es que todos los temas que hablan de drogas excepto uno fueron cantados por ningún otro que Ozzy, y compuestos por el bajista y letrista Geezer Butler. Los autores concluyen:

Nuestros resultados no apoyan la idea de que Black Sabbath glorifica o alienta al uso de sustancias, una denuncia a veces esgrimida contra la música heavy metal. Por el contrario, las letras de las canciones en su conjunto tejen un relato de advertencia sobre cómo el uso persistente de sustancias puede secuestrar la voluntad, convertirse en el foco dominante del individuo afectado y producir una miríada de formas de miseria humana.

En varias declaraciones, los componentes de Black Sabbath han coincidido en que fueron las drogas lo que destrozó el grupo en su primera etapa, y lo que llevó al despido de Ozzy. En enero de 2016, Butler declaraba a Rolling Stone que lleva tres años limpio de alcohol y drogas. Por su parte, el hombre que llegó a arrancar de un mordisco la cabeza de un murciélago en directo recayó en el alcohol y las drogas sin conocimiento del resto del grupo mientras grababan en 2013 su (hasta hoy) último álbum, 13. Tres años antes y a propósito del test genético, y a pesar de los resultados del test genético, los investigadores de la compañía de análisis genómico habían identificado lo que en realidad le ha mantenido vivo hasta hoy: su mujer, Sharon.

¿Y qué fue de Tipper Gore?, tal vez se pregunten. Ya que me tiran de la lengua… En 2010 se separó de su marido, el exvicepresidente de EEUU y campeón medioambiental Al Gore. Sus tres hijas también han fracasado en sus matrimonios. Una de ellas, Kristin, está actualmente casada con el cantante y guitarrista de Ok Go, ese grupo que graba unos vídeos increíblemente elaborados… y que en su tema You’re A Fucking Nerd And No One Likes You repite 34 veces la palabra “fuck“. En cuanto al benjamín de la familia y único chico, Al Gore III, ha sido detenido varias veces por posesión de drogas y por conducir borracho a 160 km/h… eso sí, en un coche híbrido.

Científicos chinos dicen que el heavy metal daña el cerebro (pero sus datos no)

Géneros musicales como el punk y el metal arrastran tradicionalmente un sambenito de asociación con la violencia y con vidas, digamos, deconstruidas. En nuestras sociedades occidentales de hoy ya no suele estigmatizarse a nadie por este motivo (y quien piense que sí, probablemente no conoció la España de los 80). Pero esta asociación persiste en forma de sesgo.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Este es un ejemplo que una vez me contó un psicólogo (no he sido capaz de encontrar la fuente original, si es que existe): “¿te cuento un chiste?”, le decimos a alguien. “El gobierno va a encarcelar a todos los homosexuales, los negros y los fisioterapeutas”. Es muy probable que la respuesta de quien escucha sea: “¿y por qué a los fisioterapeutas?”.

Esto no implica en absoluto que la persona que responde así sea racista u homófoba, ni que sea favorable al encarcelamiento de nadie por su condición; es posible que una persona de color o gay también respondan de la misma manera. Simplemente, quien responde esto espera que la gracia del falso chiste-trampa esté en explicar qué tienen en común los fisioterapeutas con los otros dos grupos. Inconscientemente, la mente establece una división en dos categorías, las personas que pueden ser estigmatizables, negros y homosexuales, y quienes no, fisioterapeutas.

No es difícil encontrar ejemplos de este tipo en la prensa cuando se trata de sucesos violentos; hay datos sobre sus protagonistas que tienden a aparecer, y no así otros, porque se considera que los primeros pueden tener relación con las causas del suceso:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL HEAVY METAL!”

O bien:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL PUNK!”

Por el contrario, esto no ocurre:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA PINTAR SOLDADITOS DE PLOMO!”

Ni, ciñéndonos a la música, esto:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA JUSTIN BIEBER!”

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Sesgo es precisamente lo que he encontrado en un estudio publicado en septiembre en la revista NeuroReport por investigadores de la Universidad Normal de Liaoning, en China. El título viene a decir lo siguiente: “Conectividad funcional alterada en estado de reposo en la red neuronal por defecto y en la red sensorimotora en los amantes de la música heavy metal”.

Traducido, el título sugiere que los amantes del heavy metal tienen un mapa de conexiones cerebrales funcionales y una actividad en reposo diferentes a otras personas; en concreto, a los amantes de la música clásica, el grupo utilizado como control. La red neuronal por defecto citada en el título es un conjunto de regiones del cerebro que permanecen activas espontáneamente cuando no estamos haciendo nada en particular; se activa cuando divagamos, y se apaga cuando realizamos una tarea. En cuanto a la red sensorimotora, es el conjunto de conexiones cerebrales encargadas de vincular nuestros movimientos con la información que recibimos a través de los sentidos corporales.

Resumiendo, el estudio trata de analizar si el cerebro de los amantes del heavy metal (para no repetirlo, utilizaré HMML de Heavy Metal Music Lovers, como hacen los autores) es diferente al de los amantes de la música clásica (CML). Y por lo que apuntan en la introducción, parece que es así: los HMML, dicen los autores, tienen una mayor actividad en tres regiones concretas, menor en una cuarta, y algunas diferencias en la conectividad entre ciertas áreas.

Todo esto en sí no es ni bueno ni malo. Una miríada de estudios emplean el mismo método, introducir a un grupo de personas (una a una, claro) en un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), decirlas que no piensen en nada, medir su actividad cerebral en reposo y buscar las diferencias entre participantes agrupados por una característica concreta, ya sea un trastorno o no; por ejemplo, se han hecho estudios de este tipo comparando el cerebro de atletas y de quienes no lo son, o incluso de hombres y mujeres. Sin ningún ánimo de desmerecer estos trabajos, son estudios fáciles, fast food científico; basta disponer del aparato, pensar en dos grupos de personas con alguna diferencia, hacerles la prueba, meter los datos en el software que se encarga de hacer los cálculos y las comparaciones, y muy probablemente saldrá algo que pueda publicarse.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Pero hay algo ya en el título del estudio que me llama la atención, y es el motivo por el que sigo leyendo: el uso del término “alterada”. Cuando se hace un estudio de este u otro tipo en un grupo de pacientes enfermos en comparación con controles sanos, parece comprensible hablar de alteraciones, ya que existe un trastorno. Sin embargo, si se compara el patrón de fMRI en reposo de atletas y no atletas, o de hombres y mujeres, no se habla de “alteraciones”, sino de “diferencias”. ¿Imaginan que un estudio dijera que las mujeres tienen “alteraciones” en sus patrones cerebrales con respecto a los hombres? Es más: repasando otros estudios, incluso he encontrado que muchos autores hablan simplemente de “diferencias” también cuando estudian trastornos como la esclerosis múltiple, la depresión o el síndrome de colon irritable.

El hecho de que los autores del estudio hablen de “alteraciones” en el cerebro de los HMML revela un evidente sesgo. Pero la alarma sube de tono cuando leo el abstract (introducción-resumen) y me encuentro lo siguiente: “los resultados pueden explicar parcialmente los trastornos cognitivos emocionales y de conducta en los HMML comparados con los CML, y son consistentes con nuestras predicciones”.

¡¿Cómo?!

¿Quién ha dicho que los amantes del heavy metal estén trastornados?

Por suerte, y al contrario de lo que ocurre en el periodismo, donde eso de la confidencialidad de las fuentes da carta blanca para publicar cualquier dato sin demostrarlo, en ciencia toda afirmación debe ir sustentada: si uno menciona en un estudio que la naranja tiene mucha vitamina C, al final de la frase hay que poner un numerito que le lleva a uno a una lista de referencias, donde se cita un estudio previo en el que unos tipos han medido el contenido en vitamina C de las naranjas.

Así que me voy al texto, y encuentro en primer lugar esta afirmación: “el estilo musical del heavy metal muestra efectos negativos relacionados con el estrés, incluyendo trastornos del sueño, fatiga y ansiedad [2, 3]”. Busco entonces la bibliografía al final del estudio, y compruebo las referencias 2 y 3. ¿Qué dicen estos dos estudios?

Pues en resumen, absolutamente nada que tenga que ver con lo que los autores afirman. Uno de ellos, publicado en 2013 en la revista Computers in Human Behavior, se titula: “Mozart o Metallica, ¿quién te hace más atractivo? Un test de música, género, personalidad y atractivo en el ciberespacio”. Y trata exactamente sobre lo que el título resume, con una curiosa conclusión: “los participantes masculinos perciben como más atractiva a una mujer con música clásica de fondo en su web, mientras que las participantes femeninas consideran más atractivo a un hombre con heavy metal de fondo en su web”. Discutible, pero en fin, no nos desviemos.

El segundo estudio es más estrambótico. Publicado en 2014 por un grupo de investigadores brasileños en la revista turca Archives of the Turkish Society of Cardiology, analiza las variaciones en el ritmo cardíaco en un grupo de hombres cuando escuchan música clásica barroca o heavy metal. Y los resultados explican por qué los autores han tenido que recorrer medio mundo para conseguir colar su estudio en algún sitio: “la estimulación musical auditiva de diferentes intensidades no influye en la regulación del ritmo cardíaco en los hombres”. Es decir, que nada de nada; al músculo cardíaco le da exactamente igual Pachelbel que Gamma Ray.

Vuelvo entonces al estudio chino, y sigo leyendo. Yan Sun y sus colaboradores vuelven a la carga, y no se lo pierdan: “entender los mecanismos neurales de los HMML puede ayudarnos a desarrollar un desarrollo saludable de un plan de personalidad para los HMML”. Sí, sí, no se fijen siquiera en la desastrosa redacción; ¿un plan saludable de personalidad para los amantes del heavy? Pero esperen, que sigue: “escuchar música heavy metal a largo plazo conduce a trastornos cognitivos de conducta y emocionales [3-5]”.

Vamos a ello. ¿Qué dicen estas referencias? La 3 era la de la revista turca, así que continuamos con las 4 y 5. Y les va a sorprender, porque estos dos estudios ¡dicen precisamente todo lo contrario de lo que defienden los autores!

Descubro que uno de los estudios es un viejo conocido, porque en su día ya lo conté aquí. Lo publicaron en 2015 las psicólogas australianas Leah Sharman y Genevieve Dingle en la revista Frontiers in Human Neuroscience. Mediante tests y parámetros biológicos en un grupo de voluntarios, las dos investigadoras ponían a prueba la hipótesis de si “la música extrema produce furia”. Y esto es lo que concluían: “los resultados indican que la música extrema no ponía furiosos a los participantes; más bien parecía encajar con su estado fisiológico y resultar en un aumento de las emociones positivas. Escuchar música extrema puede representar una manera saludable de procesar la furia para estos oyentes”. O dicho de otro modo, que géneros musicales como el punk o el metal son beneficiosos para la salud emocional de sus fans, como titulé en su momento.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

El último cartucho que les queda a Yan Sun y sus colaboradores para tratar de justificar esas afirmaciones sobre los supuestos efectos nocivos del heavy metal es un estudio publicado en la revista Self and Identity por un grupo de investigadores de la Humboldt State University de California. Los autores se preguntaron qué había sido de los metalheads de los 80, y para ello reclutaron por Facebook a 377 músicos, fans y groupies de aquella época, a los que sometieron a una encuesta para conocer sus circunstancias actuales. Como grupos de control, utilizaron adultos de la misma generación que no eran –en términos de Yan Sun– HMML, y a jóvenes universitarios actuales.

Los resultados son demoledores para la pretensión del estudio chino: citando a los Who, los chicos están bien: “hoy, estos metalheads de mediana edad son de clase media, se ganan la vida, están relativamente bien formados y recuerdan con añoranza los tiempos salvajes de los 80″, escriben los investigadores. “Fueron significativamente más felices en su juventud y están mejor ajustados actualmente que los grupos de comparación de mediana edad o de edad universitaria”.

Naturalmente, una limitación del estudio es que a quienes no les fue tan bien ya no están aquí para contarlo, o tal vez no estén en Facebook. Pero una observación de los autores resulta especialmente reveladora, y es que según las encuestas, muchos de aquellos metalheads de los 80 atravesaron existencias problemáticas y estuvieron expuestos a conductas de riesgo; y lo superaron no a pesar del metal, sino gracias a él: “las culturas de estilo extremo pueden atraer a jóvenes con problemas que pueden implicarse en conductas de riesgo, pero también pueden ejercer una función protectora como fuente de pertenencia y conexión para jóvenes que buscan consolidar el desarrollo de su identidad”, reflexionan los autores.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Para terminar, vayamos al resumen de todo esto: incluso si los investigadores chinos presentan diferencias entre el cerebro de los HMML y los CML (los datos muestran diferencias, pero para rematar el desastre, las imágenes de fMRI anotadas con código de color están en blanco y negro en el PDF publicado por la revista; esto sin contar que la muestra es pequeña y que un valor p de 0,05 se considera cada vez menos estadísticamente significativo), no pueden concluir nada de ellas, por una razón.

He repetido mil veces aquí que correlación no significa causalidad. Pero aquí tenemos un caso particular de este problema especialmente interesante. Los neurocientíficos expertos en imagen hablan de la falacia de la inferencia inversa; consiste en que a partir de un estado puede observarse qué regiones del cerebro se activan, pero a partir de la activación de regiones cerebrales no puede inferirse un estado tan fácilmente; el razonamiento no funciona lo mismo hacia atrás que hacia delante. Aunque este tipo de asociaciones son frecuentes en los estudios de fMRI, los expertos advierten de que hacer inferencias inversas válidas es enormemente complicado y requiere unas ciertas condiciones adicionales, incluyendo información de contexto ajena al propio estudio; es decir, una teoría previa validada en la cual los resultados encajen.

El estudio de Yan Sun y sus colaboradores está sembrado de afirmaciones que vinculan alegremente las diferencias particulares observadas en los HMML con “comportamientos impulsivos e hiperactividad”, “menor capacidad de control cognitivo”, “trastornos del sueño, tristeza y fatiga”, “comportamientos de riesgo” o “inclinación a emprender acciones provocadoras para resolver la hostilidad y el antagonismo”. Pero lo único que los autores han hecho es un estudio de neuroimagen; ni siquiera les han preguntado a los voluntarios otra cosa que no sea el tipo de música que les gusta, ni mucho menos han realizado ninguna encuesta ni test con ellos. Así que ¿dónde está la teoría que demuestra estas conductas de los amantes del heavy metal?

Desde luego, tampoco está en las referencias que aportan. Donde sí está es en la propia fantasía de los autores: “los resultados son consistentes con nuestras predicciones”. Es decir, yo me invento que los metalheads son una panda de taraos, y luego con mis pinturas del cerebro justifico por qué son una panda de taraos. Bien por Yan Sun y compañía. O mejor, \m/.

Por si quieren seguir dañándose el cerebro, aquí les dejo una propina. Esto ocurrió el mes pasado en La Riviera (Madrid), donde una horda de impulsivos trastornados emocionales con escaso control cognitivo, tristeza y tendencias provocadoras hostiles nos reunimos para dar la bienvenida a Blackie Lawless y sus W.A.S.P. en el 25º aniversario de esa joya (para tarados) llamada The Crimson Idol. Disculpen la penosa calidad, mi móvil es de esos que en los comentarios de Amazon suelen aparecer como “se lo regalé a mi madre”.

¿Hay relación entre violencia y ciertos tipos de música?

Mi afición a la música y mi trabajo en esto de la información científica me llevan a curiosear en todo aquello que los estudios tienen que decir sobre el fenómeno musical. Uno de los avances más interesantes del conocimiento en las últimas décadas es el encuentro entre ciencias y humanidades, tradicionalmente separadas por esa frontera artificial y artificiosa del ser de letras o de ciencias. Fíjense en las tertulias radio/televisivas: ¿verdad que en alguna ocasión han escuchado a alguno de sus participantes decir “yo no sé nada de ciencia?” ¿Y alguna vez han escuchado a uno de sus participantes decir “yo no sé nada de historia/arte/literatura/música/filosofía”?

Hoy cada vez es más habitual encontrar estudios firmados al unísono por filólogos y científicos computacionales, historiadores y químicos, o arqueólogos y físicos, porque las ciencias experimentales están aportando enfoques y técnicas que permiten profundizar en las investigaciones humanísticas de una forma antes inaccesible. La frontera se ha derribado; hoy el conocimiento es multidisciplinar. Ya no es posible saber mucho sin saber algo de ciencia. Y por cierto, este es precisamente el motivo que da a este blog el título de Ciencias Mixtas.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

En lo referente a la música, tengo amplias tragaderas. Digamos que desde Mozart a System of a Down, me cabe mucho (aunque desde luego no todo, ni muchísimo menos). Pero como he contado aquí regularmente y sabrá cualquier visitante asiduo de este blog, tengo una especial preferencia por ciertos estilos de música que convencionalmente suelen considerarse extremos, como el punk o el metal. Mis raíces estuvieron en lo primero, y lo segundo me lo aportó la otra mitad con la que comparto mi vida desde hace ya décadas.

De hecho, creo que mi caso no es nada original: en el mundo de la ciencia es frecuente encontrar gustos parecidos, y algunos científicos han llegado incluso a triunfar en estos géneros musicales; aquí conté tres casos, los de Greg Graffin (Bad Religion), Dexter Holland (The Offspring) y Milo Aukerman (Descendents). Sí, sí, también está Brian May (Queen), pero ya en otro estilo musical, alejado de los extremos y mucho más mayoritario.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

Respecto a esta relación entre ciencia y punk (que es bastante profunda), lo que era solo mi impresión personal quedó curiosamente refrendado por un estudio que conté aquí hace algo más de un par de años, y que descubría una asociación entre los perfiles de personalidad más analíticos y el gusto por géneros musicales como el hard rock, el punk o el heavy metal; y dentro de otros géneros menos extremos, con sus versiones más duras; por ejemplo, John Coltrane y otros intérpretes de jazz de tendencia más vanguardista.

Y sin embargo, suele circular perennemente esa idea que asocia este tipo de géneros, digamos, no aptos para el hilo musical del dentista, con tendencias violentas y criminales, delincuencia, conductas antisociales y vidas desestructuradas.

No vamos a negar que el rock en general tiene su cuota de existencias problemáticas. Pero si hay adolescentes que se suicidan después de escuchar a Judas Priest, a My Chemical Romance o a Ozzy Osbourne (o a Iggy Pop, como hizo Ian Curtis de Joy Division), o desequilibrados que matan inspirándose en Slayer o en Slipknot, en ninguno de estos casos pudo sostenerse responsabilidad alguna de la música o de sus creadores. Si existe un desequilibrio ya prexistente, puede buscar un molde en el que encajarse. Y esos moldes pueden ser muy diversos: el asesino de John Lennon, Mark Chapman, que venía tarado de casa, encontró su misión precisamente en la música del propio Lennon.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Un caso particular es el del Black Metal, asociado a cultos satánicos y en algunos casos a grupos neonazis. En los años 90 esta corriente acumuló en Noruega, su cuna de origen, un macabro historial de suicidios, asesinatos, torturas y quema de iglesias; no por parte de los fans, sino de los propios músicos. Pero es evidente que la inmensa mayoría de la comunidad del Black Metal, músicos y fans, no ha hecho daño a una mosca ni piensa hacerlo, por mucho que alguno de sus líderes les anime a ello. No hay más que darse una vuelta por los comentarios de los foros para comprobar que los fans condenan la peligrosa estupidez de algunos de estos personajes, quienes simplemente han encontrado un outlet a su perversidad; parece concebible que, para quien ya viene malo de fábrica, el Black Metal tenga más glamour que la jardinería o el macramé.

Indudablemente, para algunos fans el Black Metal será solo música. Y quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

También sin duda, habrá en la comunidad del Black Metal quienes se sumerjan en ese culto sectario (no puedo evitar que me venga a la memoria aquel momento genial de El día de la bestia de Álex de la Iglesia, cuando Álex Angulo le pregunta a Santiago Segura: “tú eres satánico, ¿verdad?”. Y él responde: “Sí, señor. Y de Carabanchel”). Pero nos guste o no el oscurantismo malvado, mientras mantengan a Hitler y a Satán dentro de sus cabezas, y sus cabezas dentro de la ley, quienes defendemos la luz de la razón rechazamos el delito de pensamiento. Y no olvidemos: ¿cuántos crímenes se han perpetrado enarbolando la Biblia? Culpar a la música es como culpar a la religión musulmana en general de las atrocidades cometidas en su nombre (sí, algunos lo hacen).

Pero en fin, en realidad yo no venía a hablarles del Black Metal, aunque por lo que he podido ver, o más bien por lo que no he podido ver, sobre este género aún hay mucho campo para la investigación; abundan los estudios culturales, antropológicos y etnográficos, pero parece que aún faltan algo de psicología experimental y de sociología cuantitativa que sí se han aplicado a otros géneros.

A lo que iba: últimamente he reunido algún que otro estudio científico-musical que creo merece la pena comentar. Uno de ellos habla sobre esto de los presuntos comportamientos alterados y antisociales en los seguidores del heavy metal. ¿Quieren saber lo que dice? El próximo día se lo cuento. No se lo pierdan, que hay miga.

Ciencia semanal: el reciclaje llega a los cohetes, y por qué tus ex se parecen

Cada semana el mundo de la ciencia produce cientos de noticias, la mayoría de las cuales se asfixian intentando abrirse paso entre la vorágine de informaciones de eso que un director de periódico al que conocí llamaba “actualidad”, con la intención explícita de insinuar que lo otro no lo era. Aquí les he seleccionado algunas píldoras científicas producidas en estos últimos siete días, desde lo relevante a lo curioso.

Despega el primer cohete reciclado

El tecnomagnate Elon Musk y su compañía SpaceX han superado un hito histórico en la tecnología espacial: utilizar un cohete por segunda vez; lanzarlo de nuevo al espacio tras rescatarlo de una misión anterior, y volver a recuperarlo una vez más sano y salvo. Hasta ahora los operadores espaciales, tradicionalmente organismos públicos, habían trabajado con la herencia de la edad dorada del boom de los 60, cuando había dinero a mansalva para gastar. Los cohetes eran de usar y tirar; era más fácil gastar millones de dólares o rublos cada vez que se lanzaba uno de ellos, que invertir en buscar la manera de recuperarlos y reutilizarlos para ahorrar en futuras misiones.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

En este siglo, las empresas privadas han ascendido desde su papel anterior de simples contratistas al de operadores; es lo que algunos expertos llaman el New Space. Para los inversores, esto significa poder hacer lo mismo por menos dinero (y por tanto, con más beneficio); para quienes –por desgracia– no tenemos intereses económicos en el espacio, pero sí mucho interés, significa poder hacer más con el mismo dinero. Aún es muy dudoso que Musk pueda hacer realidad su proyecto de colonizar Marte en la próxima década, como ha anunciado. Pero algunos de los que comenzaron acogiendo la aventura espacial de Musk con las cejas arqueadas ya han tenido que desarquearlas.

Lujo espacial

Sin salir del New Space, otro de los nuevos magnates tecnológicos con gusanillo espacial también ha sido noticia esta semana. Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, ha desvelado esta semana el aspecto que tendrá el interior de la cápsula New Shepard de su compañía Blue Origin, con la que pronto espera lanzar sus vuelos suborbitales de pago. Como se espera de un servicio de lujo para clientes acaudalados, el habitáculo de la nave no tiene nada que ver con esa apariencia de almacén de ferretería de la Estación Espacial Internacional.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Con sus asientos de cuero negro y sus acabados a lo PlayStation, el interior de la New Shepard realmente recuerda más a una cabina de videojuegos en grupo que a una Soyuz. Incluso lleva en el centro algo que parece una consola o una mesa de pulsadores para algún concurso televisivo, pero que en realidad es el motor de escape de emergencia por si el cohete falla. Como no podía faltar, cada pasajero dispondrá de su propio amplio ventanal con vistas a la Tierra. Si no quieren perdérselo, vayan guardando las vueltas del pan en el cerdito hasta que sumen entre 100.000 y 200.000 dólares.

En qué se parecen tus ex

Uno de esos estudios curiosones que suelen tener buena acogida en los medios: un equipo de psicólogos, dirigido por Paul W. Eastwick, de la Universidad de California en Davis (EEUU), descubre que los o las exparejas de una persona concreta suelen parecerse en distintos rasgos, tanto físicos como psicológicos.

Según el extenso estudio, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, estas similitudes aparecen sobre todo por dos factores: por un lado, cada uno y una tenemos nuestras preferencias en lo tocante al físico; pero además, criterios demográficos como dónde vivimos o trabajamos determinan que con mayor probabilidad vayamos a conocer a personas que se parecen en rasgos como educación, inteligencia o religiosidad. Los investigadores aclaran: no es que a la hora de elegir tengamos en cuenta estos criterios, sino que en parte nos vienen condicionados por el ambiente en el que nos manejamos. Pero recuérdenlo si sienten antipatía por algún ex de su pareja: puede que se parezca a usted más de lo que sospecha.

Los chimpancés no aprecian la música

Vaya usted a saber si la música realmente amansa a las fieras; desde luego, no funcionaba con Keith Moon, el batería de los Who, entre cuyas célebres aficiones se contaba detonar explosivos en los inodoros de los hoteles. Pero ahora tampoco parece que a los chimpancés les entusiasme; y a pesar de que los resultados de investigaciones previas arrojan conclusiones confusas, está comúnmente extendida la costumbre de amenizarles con música la reclusión perpetua en los zoos a nuestros parientes más próximos.

Un estudio de la Universidad de York publicado en PLOS One ha analizado detalladamente la reacción de estos simios a la música de distintas clases, incluyendo la colocación de una gramola donde los chimpancés podían elegir piezas clásicas de Bach, Chopin, Beethoven, o Mozart (nota: curiosamente e ignoro si por casualidad, aunque lo dudo, de este último eligieron el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, la misma pieza que Robert Redford/Denys Finch Hatton reproducía para los babuinos en Memorias de África, con escaso éxito), o en su lugar, temas de Justin Bieber, Adele o Katy Perry, que los autores del estudio etiquetan libremente como “pop/rock”.

Pues bien, a los chimpancés les daba lo mismo Mozart que Bieber o simplemente el dorado silencio. La conclusión de los investigadores es que nuestros parientes no aprecian la música en absoluto; un estudio previo, citan, mostraba que los orangutanes eran incapaces de distinguir la música del ruido aleatorio generado digitalmente. Lo cual nos lleva a plantearnos la posibilidad de que la música sea una maravillosa creación ¿evolutiva-cultural? de exclusividad humana; y no hay muchas de estas que no estén restringidas por capacidades también exclusivas como el habla.

Pero hombre, a los investigadores debería caerles un pequeño tirón de orejas: diría yo que Justin Bieber no podría calificarse precisamente como un fenómeno musical; cuando lo sitúan como alternativa a Mozart o Beethoven, solo les falta bailar sobre las tumbas de estos genios. Y aunque a los chimpancés les importe un ardite, para otra ocasión, si se refieren a rock, pónganles rock; ya que la música no les alivia la reclusión, al menos no se la hagan aún más penosa.

Milo Aukerman (Descendents), (ex)biotecnólogo vegetal

“Tengo un doctorado en bioquímica. ¿Hay algo que mole menos?”. Él siempre ha cultivado deliberadamente esa imagen de empollón anti-rockstar, bicho raro con gafas y ropa de persona normal. Tanto se ha recreado en su propia personificación del tópico motivador de esta pequeña serie que, en lugar de pisotear la caricatura burlona que le hizo un compañero del instituto, y que fue utilizada para una campaña de las elecciones a delegado de curso (“no seas como Milo, vótame”), la tomó como inspiración para el garabato-mascota que adorna la mayoría de sus discos. A quienes vivieron aquellos años, tal vez llegue a recordarles vagamente al genial Poch. Ya sabrán, y si no ya se lo cuento, que les estoy hablando del doctor

Milo Aukerman

Milo Aukerman con Descendents en un concierto en California en 2014.

Milo Aukerman con Descendents en un concierto en California en 2014.

Las rarezas de Milo Aukerman comienzan por el hecho de que él ni siquiera fundó ni nombró la banda de la que llegaría a convertirse en alma e imagen. Descendents es la criatura de Frank Navetta y Dave Nolte, amigos del colegio de Manhattan Beach (Los Ángeles) que comenzaron a tontear con los instrumentos allá por 1977, el año de la explosión del punk. El grupo fue desde el principio un ir y venir. Nolte se marchaba, llegaban Tony Lombardo y Bill Stevenson, quien a su vez en 1980 traería a su amigo de clase para ocuparse de las voces, un tipo nerdy llamado Milo Aukerman.

Curiosamente Stevenson, el batería del grupo, es el único superviviente de la formación original, mientras que Aukerman, con su look antitético del ídolo punk, se convirtió en la esencia visible de Descendents. Hasta tal punto que, durante sus ausencias, el resto de los miembros cambiaban de marca para transformarse en All. La primera de ellas, cuando Milo dejó la banda para marcharse a estudiar biología a la Universidad de California en San Diego. Aquel hito quedó marcado en el primer LP de Descendents, Milo Goes to College.

Portada de Milo Goes to College (1982).

Portada de Milo Goes to College (1982).

Desde entonces (1982) hasta hoy, o mejor dicho hasta ayer, Descendents ha sido un grupo Guadiana, apareciendo y desapareciendo. En el camino han ido dejando siete álbumes de estudio y otros discos que han ejercido una influencia mucho mayor sobre otras bandas y corrientes de lo que su limitada difusión daría a entender. Descendents entra en esa categoría que algunos llaman grupos de culto. Experimentando con sonidos desde el hardcore punk al pop o el surf, pasando por lo inclasificable, muchos ven en ellos los inventores de estilos como el pop punk y el skate punk, los padres de grupos como The Offspring y Green Day, y en general una influencia clave en el punk californiano.

Para ilustrar sus excentricidades, basta repasar las constantes que han marcado la identidad del grupo a lo largo de su errática carrera: el café, los pedos (sí, han leído bien) y un eterno peterpanismo que dejaron escrito en uno de sus discos, I Don’t Want to Grow Up.

Descendents tocando en 2014 en California. Imagen de Wikipedia.

Descendents tocando en 2014 en California. Imagen de Wikipedia.

La razón de esta carrera sinuosa ha sido la dedicación preferente de Aukerman a lo que él siempre contempló como su verdadero trabajo, la biología; la música era solo un divertimento. Tras terminar su carrera, se enganchó a un doctorado en la universidad donde había estudiado. En 1992 se ganaba los galones de doctor con la tesis Analysis of opaque-2 function in maize, un estudio sobre una mutación espontánea del maíz que origina plantas con mayor contenido en los aminoácidos esenciales triptófano y lisina.

La variedad de maíz opaque-2, descrita por primera vez en 1964, interesó mucho en los años 70 para la alimentación de animales de granja por su alto valor nutritivo, pero no servía para consumo humano por su sabor diferente y sus granos blandos. En 1989, investigadores italianos publicaban la secuencia del gen opaque-2 y descubrían que producía una proteína cuya probable función era la activación de otros genes. Al año siguiente, un nuevo estudio en la revista PNAS describía con detalle la proteína producida por el gen opaque-2 y su función activadora. Uno de los cuatro firmantes del trabajo, todos ellos de la Universidad de California en San Diego, era un tal Milo J. Aukerman.

Como resultado de su trabajo de tesis, Aukerman publicaría otros cuatro estudios más (1991, 1992, 1993a, 1993b) y una revisión (1994) detallando la función de opaque-2 y la naturaleza de la mutación. El maíz opaque-2 después serviría como base a otros investigadores para obtener la variedad llamada Quality Protein Maize, cultivada en varios países del mundo y que ha llevado alimento de alto valor nutritivo a regiones deprimidas.

Con un valioso equipaje de tesis doctoral y siete publicaciones (antes de dedicarse al maíz, ya había publicado un primer estudio en 1989 sobre un mecanismo molecular de la fecundación del erizo de mar), se trasladó a Madison para trabajar como investigador postdoctoral en la Universidad de Wisconsin (y curiosamente, con ello hacía el recorrido contrario a Greg Graffin de Bad Religion). Allí comenzó a analizar los mecanismos moleculares que regulan la floración de la planta Arabidopsis thaliana, el equivalente vegetal de los ratones como modelo de laboratorio. El primer estudio en el que participó, publicado en 1994, identificaba un gen llamado LUMINIDEPENDENS que está implicado en regular el tiempo de floración a través de la sensibilidad a la luz.

Aukerman pretendía hacerse con una plaza de profesor en la Universidad de Wisconsin, pero ciertos amigos suyos empleados de la multinacional DuPont le recomendaron que solicitara un puesto en los laboratorios de la firma dedicados a investigación en biotecnología vegetal. Hacia 2002 o 2003, Aukerman se trasladó a Delaware y comenzó a trabajar en DuPont, estudiando los mecanismos moleculares de la floración y el desarrollo de plantas. En esta etapa ha publicado otros diez estudios, incluyendo una minirrevisión en la revista Cell, una de las más importantes en biología.

Como contribución más relevante, un estudio dirigido por Aukerman y publicado en 2003 fue uno de los primeros en mostrar la regulación de genes temporales (en este caso, de floración) en plantas mediante pequeñas moléculas de ARN llamadas miRNAs (que ya expliqué al hablar de Dexter Holland), y la posibilidad de controlar estos genes mediante versiones artificiales de esos reguladores. Las aplicaciones finales del trabajo de Aukerman se dirigen a la obtención de variedades vegetales mejoradas con rasgos interesantes de cara a la producción, un campo en el que DuPont es uno de los líderes mundiales.

Pero todo eso ha sido hasta este año. Hacia el verano pasado, Aukerman anunciaba que abandonaba la ciencia para volcarse profesionalmente y por entero en Descendents. Las razones son fáciles de imaginar. Según él mismo contaba, los primeros años en DuPont fueron provechosos, con una labor de investigación similar a la que desempeñaba en la universidad, pero sin el engorro de depender de becas y subvenciones (y aunque esto no lo ha dicho, obviamente con un salario incomparablemente más jugoso).

Portada de Hypercaffium Spazzinate (2016).

Portada de Hypercaffium Spazzinate (2016).

Pero la empresa es la empresa. Con el tiempo se vio obligado a seguir líneas que no le interesaban, y el trabajo se volvió monótono. Además, pronto descubrió que nunca ascendería la escalera de los puestos directivos; él lo sabía, y DuPont lo sabía. Finalmente, cuando estaba acariciando la idea de largarse, le despidieron.

Con 53 años, Aukerman comienza por primera vez en su vida una carrera musical con dedicación plena. Perdemos un científico brillante, pero a cambio ganamos Descendents. Y debo confesarles, aunque me esté mal decirlo, que me alegro de ello. Ya tenemos el primer fruto: este año, el grupo ha lanzado con Epitaph Records (el sello fundado por Brett Gurewitz de Bad Religion) su primer disco de estudio en 12 años, Hypercaffium Spazzinate. La portada repite maravillosamente la línea clásica del grupo: caricatura de Milo, esta vez (irónicamente) frente a dos probetas y un matraz Erlenmeyer. Y por cierto, en una de las probetas aparece escrita la fórmula química C8H10N4O2. ¿Adivinan de qué compuesto se trata? Eso es: ¡cafeína!

Greg Graffin (Bad Religion), el pensador biológico

Basta una búsqueda en las bases de datos para encontrar su nombre en los agradecimientos de un buen número de tesis doctorales. Las de todos aquellos que se han criado, o incluso han investigado, escuchando temas como We’re Only Gonna Die, Generator, American Jesus, 21st Century Digital Boy, o cualquier otro de los 16 álbumes grabados por Bad Religion en sus 37 años de historia (o de los dos publicados por él en solitario, en una línea más folk). Pero que también han encontrado inspiración científica, y un contraejemplo del falso mito del científico como un sucker melindroso, en el líder del grupo: les presento al doctor

Greg Graffin

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

A los más jóvenes quizá les cueste creer que bajo esa calva expansiva, ese pelo encanecido, esas gafas de pasta y ese look de profe de mates se esconda una leyenda del punk que aún sigue en activo. Quienes aún no lo conozcan están a punto de descubrir a un personaje sorprendente. Para otros no necesitará presentación. Pero advierto: a pesar de mi admiración por el tipo, su banda y su música, este comentario contiene una crítica que detallaré más abajo.

Por avatares familiares, Gregory Walter Graffin III cambió los puentes de Madison de su Wisconsin natal por la costa de California, donde la pólvora del punk prendía en el segundo lustro de los 70. Como muchos otros a los 15 años, Graffin se unió a sus amigos del instituto para fundar una banda. Y a la hora de elegir un nombre, si a los adolescentes les gusta molestar a los adultos, y si una de las señas del punk es la provocación… Punks adolescentes, provocación al cudrado: Bad Religion, y un símbolo consistente en una señal de prohibido sobre una cruz, el Crossbuster.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Pero aunque haya a quienes la iconografía de Bad Religion les enganche al grupo, y a quienes en cambio les repela, lo cierto es que nadie se mantiene casi cuatro décadas en la música escondiéndose tras un logotipo. Aunque la simbología les abriera la puerta en sus comienzos hacia una cierta notoriedad local, si Bad Religion ha perdurado hasta hoy es gracias al talento que Graffin y sus compañeros han desplegado en la música y en los breves manifiestos con fundamento que embuten entre verso y verso.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

De hecho, la religión ha sostenido un papel protagonista en las dos vertientes de la carrera de Graffin, la musical y la académica. Pero en un sentido bastante más complejo y reflexivo que el que podría entenderse de una simbología adolescente de la que el grupo no reniega, pero que sí matiza: el Crossbuster es más un símbolo general anti-establishment que específico antiteísta o anticristiano, decía la banda en el DVD en vivo Along the Way.

Entiéndase: Graffin es ateo. Pero más que declararse como tal, suele describirse como naturalista. Es decir, una definición que no se basa en una fe negativa –la convicción de que Dios no existe–, sino en un positivismo positivo –la evidencia de que las leyes naturales bastan para explicar el mundo de cabo a rabo–. Graffin considera que la religión no libera a las personas, sino que las aprisiona con dogmas que restringen su pensamiento; pero que ellas mismas deben llegar a esta conclusión a través del conocimiento, un proceso en el que los científicos deben desempeñar un papel clave. De hecho, y que entienda quien quiera entender, en alguna ocasión Graffin ha incluido en esta misma categoría de dogmatismos perniciosos a, por ejemplo, los nacionalismos.

Es por esto que, cuando Graffin se enfrentó a la tarea de echarse a la espalda una tesis doctoral, dejó atrás la antropología y la geología que había estudiado durante su carrera en la Universidad de California en Los Ángeles para trasladarse a la de Cornell en Nueva York y ponerse bajo la supervisión del prestigioso biólogo evolutivo Will Provine. Para su tesis, Graffin elaboró una encuesta que envió a un par de centenares de biólogos evolutivos de todo el mundo para conocer sus opiniones sobre la relación entre ciencia y religión, y sobre las ópticas respectivas de ambas en campos como la moral, el libre albedrío o la percepción de la realidad.

Los resultados sorprendieron a Graffin. De los 149 que respondieron a la encuesta, la inmensa mayoría dijo no creer en Dios, pero también la mayoría contemplaba una compatibilidad entre ciencia y religión que para el cantante de Bad Religion suponía “deshonestidad intelectual”, ya que, decía, ambas ofrecen esquemas de explicación mutuamente excluyentes, sin posibilidad de un encuentro entre el naturalismo y el sobrenaturalismo. Y para Graffin, los biólogos evolutivos deberían liderar la transición intelectual entre ambos.

Pero lo mejor es que sea el propio Graffin quien resuma el contenido de su tesis, titulada Monism, Atheism, and the Naturalist World-view: Perspectives from Evolutionary Biology (Monismo, ateísmo y la visión naturalista del mundo: perspectivas desde la biología evolutiva), y leída finalmente en 2003 tras un lapso de varios años de dedicación a la música. Aquel mismo año el profesor de historia Preston Jones, de la Universidad John Brown, cristiano y seguidor de Bad Religion desde 1994, escribió un email a Graffin presentándose como un fan del “lado religioso”. Para sorpresa de Jones, Graffin le respondió. Y así fue como definía su trabajo de doctorado en aquel correo:

Se refiere a la intersección entre biología evolutiva y teología, y las varias formas de compatibilidad. He descubierto que los biólogos evolutivos rebajan la religión en un grado significativo para hacerla compatible con la ciencia. Piensan que están haciendo un servicio a las personas religiosas al suscribirse a una forma de compatibilidad –es decir, manteniendo que la religión y la biología evolutiva son compatibles. Según la mayoría de los biólogos evolutivos, no hay conflicto entre evolución y religión en una condición importante: ¡que la religión es esencialmente ateísta! Sé que suena a locura, pero este es el resultado de mi disertación.

Jones respondió a su vez, y así comenzó un largo e interesante intercambio de correos y puntos de vista que posteriormente el profesor recogería en 2006 en un libro titulado Is Belief in God Good, Bad or Irrelevant? A Professor and a Punk Rocker Discuss Science, Religion, Naturalism & Christianity (¿Es la creencia en Dios buena, mala o irrelevante? Un profesor y un rocker punk discuten sobre ciencia, religión, naturalismo y cristianismo). Una lectura recomendable (y fácil) para todos aquellos con inquietud filosófica sobre el mundo que nos rodea y sus explicaciones.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

La religión se entrelaza con la vida de Graffin de formas tan curiosas que desconcertarán a algunos. Su actual mujer, Allison Kleinheinz Graffin, es católica. Su viejo compañero y amigo Brett Gurewitz, guitarrista de Bad Religion y creador del Crossbuster (además de fundador del sello Epitaph Records), se confiesa “deísta provisional”. En entrevistas recientes, Graffin ha dicho cosas como que “no tiene sentido denigrar a la gente que tiene esa visión del mundo de compatibilidad entre religión y evolución. Esta es la visión predominante de la mayoría de la gente cultivada del planeta, así que no hace ningún bien tratar de menospreciarlos”. O como que no pretende “demoler la religión, sino identificar sus defectos fatales”. Jones llegó a decir de él que es “una persona de fe” en una “búsqueda religiosa”.

Incluso, y para los fans más aficionados al bizarre, existe un disco navideño lanzado por Bad Religion en 2013, titulado Christmas Songs y que contiene magníficas versiones punk de ocho villancicos tradicionales anglosajones. Pero mientras que otros grupos punk han grabado clásicos navideños rehaciendo las letras a su gusto, no así Bad Religion. Y no me negarán que tiene su gracia escuchar la voz de Greg Graffin (que comenzó su carrera en un coro de iglesia) cantando versos como “gloria a Dios, gloria en las alturas, vayamos a adorar a Cristo el Señor”. Por cierto, la banda donó el 20% de los ingresos del disco a una organización de ayuda a las víctimas de abusos sexuales por sacerdotes.

Además de todo lo anterior, y de continuar manteniendo viva una de las bandas matriarcales del punk, actualmente Graffin imparte clases ocasionales en las Universidades de Cornell y de California en Los Ángeles. Ha reeditado su tesis y ha publicado un par de libros, Anarchy Evolution: Faith, Science, and Bad Religion in a World without God y Population Wars: A New Perspective on Competition and Coexistence. Sin embargo, parece tener una espina clavada; en una entrevista en Nature publicada en 2010, se quejaba de que su condición de músico famoso le perjudicaba a la hora de ganar el respeto de sus colegas científicos. “Se me critica más por mi ciencia por el hecho de que he tenido éxito en la música”, decía.

Pero, y por fin toca la crítica de la que advertía arriba, en esto el doctor Graffin se equivoca. Libros publicados, comentados y leídos; artículos en revistas como Scientific American; entrevistas en Nature; premios; un ave fósil del Cretácico nombrada en su honor (Qiliania graffini); clases no en una, sino en dos universidades de prestigio, pero a voluntad, sin la tiranía de la dedicación plena que él no necesita… Nada de esto existiría de no ser porque G. W. Graffin es Greg Graffin. Porque le falta algo, una palabra mágica en ciencia:

Publicaciones.

Una carrera científica se construye larga y trabajosamente sobre la base de las publicaciones científicas. Los libros y todo lo demás viene después.

'Qilania graffini', ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

‘Qiliania graffini’, ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

Tomemos como ejemplo al supervisor de la tesis de Graffin. Will Provine, fallecido en 2015, era una eminencia con una valiosa lista de publicaciones. Entre sus méritos figura haber inspirado la idea que dio lugar a un concepto manejado por la biología evolutiva actual, el de autoestopismo genético, o genetic draft: la idea de que ciertas variantes génicas prosperan en una población no porque confieran ninguna ventaja, sino porque están físicamente ligadas en su cromosoma a otros genes que sí son beneficiosos. En otras palabras, que la unidad mínima de selección no es el gen.

Por más que he buscado, solo he podido encontrar un único estudio publicado por Graffin en 1992 en la revista Journal of Vertebrate Paleontology, de su época universitaria como paleobiólogo de campo. ¿Cómo espera Graffin que la comunidad científica le valore, cuando la comunidad científica no ha tenido la oportunidad de evaluar formalmente su trabajo como biólogo teórico? Él mismo hacía notar que “los científicos académicos no están generalmente interesados en los libros para el público”. El canal de la ciencia es el sistema de revisión por pares de las revistas científicas. No es ni mucho menos perfecto. Pero parafraseando a Churchill, es el peor posible, exceptuando todos los demás.

Por muy Greg Graffin que sea uno, deberá enfrentarse a los muchos rechazos, frustraciones, correcciones, enmiendas y ocasionales alegrías finales del sistema de publicación científica. En la ciencia no hay atajos. En varias entrevistas, incluida una muy breve que tuve ocasión de hacerle yo mismo por email hace un par de años, Graffin ha equiparado ciencia y punk en que un nombre desconocido puede desafiar a la autoridad y desatar toda una revolución. Y es cierto, pero entre ambos mundos hay una diferencia esencial: en la música, un grupo de éxito puede publicar un mal disco. En la ciencia, ni un premio Nobel puede publicar un mal estudio (al menos en teoría). Pero Graffin es también famoso por su infatigable capacidad de trabajo. Así que esperemos seguir teniendo Doctor Graffin y Bad Religion por muchos años.

American Jesus from Bad Religion on Vimeo.

Dexter Holland (The Offspring), investigador del VIH

Según esa maldita efigie popular y estereotipada, el científico es un tipo/a físicamente mal acabado como un Lada de los 70, incapaz de conjuntar los calcetines y con una inteligencia social tan ínfima como elevado es su genio intelectual. Y que posiblemente cantaría de memoria todas las Lieder de Schubert, pero que no tiene la menor idea de quién era Lou Reed.

Este absurdo tótem ya no solo se perpetúa en películas y series de televisión, sino que llega hasta Clan, el canal infantil de TVE: un personaje llamado Doctor Einstein, por otra parte muy simpático, deja clara la elección a los niños desde que son pequeñitos: o eres guay, o eres científico.

Nombres como el de Brian May, cuyo caso conté ayer, suelen adornar listas de curiosidades sobre celebrities o estrellas del rock. Por algún motivo, parece que al presentar estos casos como rarezas se declara explícitamente que el rock y el trabajo intelectual de la ciencia se contemplan como mundos incapaces de encontrarse.

Todo lo cual, como sabe cualquiera que haya habitado el ecosistema de la investigación, es un mito sin ningún fundamento en la realidad. De hecho, incluso podría decirse que entre los científicos existe una especial inclinación a hacer ruido con instrumentos; es decir, a los géneros musicales más decibélicos, como el heavy o el punk en todas sus formas y variaciones. Aunque por supuesto, no todos convierten ese ruido en algo que merezca la pena escuchar, y solo a unos pocos les lleva a alcanzar una fama impensable desde el laboratorio.

Y en concreto, biología y punk parecen entrelazarse misteriosamente en un buen número de casos; pero sobre todo en un trío de ases, los tres californianos de nacimiento o de adopción, y cuyo primer representante traigo hoy:

Dexter Holland (The Offspring)

Dexter Holland y The Offspring tocando en 2009 en Budapest (Hungría). Imagen de Wikipedia.

Dexter Holland con The Offspring tocando en 2009 en Budapest (Hungría). Imagen de Wikipedia.

Bryan Keith Holland sí que parece todo un estereotipo, pero de su ambiente de crianza: el condado californiano de Orange (O. C.), hogar de los descapotables, el surf y las mansiones de estilo hispano con criados hispanos. Pero también de los chicos rebeldes atizando una batería y aserrando las cuerdas de una guitarra en el garaje de sus padres. Con su pelo rubio pollito, sus ojos azules y su porte un poco a lo Biff Tannen de Regreso al futuro, Dexter Holland (su nombre de guerra) pasaría por el típico quarterback de High School, de no ser porque tiene una buena cabeza sobre los hombros: fue el mejor de su clase, destacando sobre todo en matemáticas.

El mismo año de su graduación en el instituto, 1984, Holland cofundó Manic Subsidal, un grupo que dos años después se transformaría en The Offspring. El nombre ya revelaba las inclinaciones de Holland: offspring” significa “progenie” y es un término muy utilizado en biología, sobre todo en genética.

La banda ascendió al éxito internacional a mediados de los 90, llegando a convertirse en uno de los grupos punk más populares de todos los tiempos. Otra cosa sería discutir si pueden calificarse como “punk”. Sus raíces y sus influencias originales lo son. Algunos tal vez los etiquetarían como pop punk o skate punk, y los más estrictos les despegarían incluso estas etiquetas. En mi sola opinión, y purismos aparte, la música y las letras de The Offspring llevan impreso el sello característico del punk californiano, que no es el neoyorquino ni el londinense; O. C. imprime carácter.

Probablemente porque el grupo tardó un decenio en ganarse la fama, a Holland le dio tiempo a terminar la carrera de biología en la Universidad del Sur de California y apuntarse a un doctorado en biología molecular. Pero hasta ahí; en 1994 llegó Smash, un disco muy apropiadamente titulado: fue un smash, un bombazo, y smasheó la carrera científica de Holland. Como a Brian May, el tirón del éxito comercial le apartó de la ciencia.

Y como May, ha regresado recientemente a ella cuando puede permitírselo: con unos 40 millones de discos vendidos, su propia marca de salsa picante (Gringo Bandito) y tres aviones, incluyendo un antiguo caza soviético y un jet privado con el símbolo anarquista en el plano de cola. Ya con la vida más que resuelta, Holland trabaja ahora en su tesis doctoral en el Laboratorio de Oncología Viral e Investigación Proteómica de la Escuela de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California, bajo la dirección de la profesora de Patología Suraiya Rasheed.

Ya sea debido al síndrome de popularidad o por otra causa, es difícil saber cuál es el tema de la tesis doctoral de Holland: no hay ninguna información disponible (o al menos yo no he podido encontrarla) sobre su línea de investigación, con la sola excepción del único fruto de ella aparecido hasta la fecha: su primer estudio, publicado en 2013 en la revista PLOS One, tuiteado por el propio Holland, y que también está disponible en la web oficial de Offspring aquí.

Resumiendo en un titular, el estudio propone lo que podría ser un mecanismo utilizado por el VIH, el virus del sida, para combatir el sistema inmunitario de los humanos. Pero atención a la cursiva: de momento es solo una especulación.

Para explicarlo a todo fan de los Offspring ajeno a la biología, empiezo por el principio, el ADN de la célula. Como suelo decir, los genes no producen el pelo rubio pollito de Holland o esa nariz del abuelo; los genes solo producen proteínas, los actores funcionales mayoritarios de la célula. Y son las funciones de esas proteínas y sus interacciones en redes muy complejas las que llevan al rubio pollito o a la nariz.

Para que este proceso tenga lugar, la información del ADN, que es el archivo máster, debe antes reproducirse en una copia de trabajo, del mismo modo que se saca de la caja fuerte un manuscrito muy valioso para fotografiarlo o escanearlo, y poder trabajar así sobre un duplicado sin dañar el original. En la célula, esa copia desechable de un gen se llama ARN mensajero. El ARN lleva exactamente la misma información que su ADN original, pero desde el punto de vista químico es ligeramente distinto. Posteriormente, una maquinaria celular llamada ribosoma se encarga de leer ese ARN y traducirlo para crear una proteína.

En los años 90 se descubrió que muchos organismos tienen un mecanismo de regulación de la traducción del ARN mensajero a través de pequeñas moléculas también de ARN. Estas son complementarias a una parte del mensajero y se unen a él, bloqueando la traducción y por tanto impidiendo la creación de su proteína correspondiente. Podemos pensar en una memoria USB con su enchufe de conexión; cuando la tapa está puesta, la información que contiene el pincho es inaccesible. Los llamados microARN, o miRNA, actúan como esa tapa.

Los miRNA participan en infinidad de procesos de regulación de la actividad de los genes en la célula, y los fallos en estos sistemas de control se han relacionado con multitud de enfermedades, desde la sordera al cáncer. En la pasada década comenzó a descubrirse que algunos virus también tienen miRNAs, y que tanto estos como los de la propia célula participan en el proceso de infección, aunque cómo lo hacen y cuál es el resultado de ello (a quién beneficia, si al virus o a quien lo sufre) todavía es materia de investigación.

En el caso del VIH, hace pocos años se descubrió que las células infectadas por el virus tienen alteradas algunas de sus proteínas que se regulan por miRNAs, que ciertos miRNAs de la célula podrían actuar sobre las funciones del virus, y que el genoma del VIH también podría contener sus propios miRNAs, que a su vez podrían actuar sobre el propio virus o sobre la célula. De todo esto se desprende que probablemente los miRNAs de la célula y del virus desempeñan papeles importantes durante la infección, pero aún no se sabe cuáles son esos papeles.

Y así llegamos al estudio de Holland. El trabajo es una investigación in silico, o en ordenador. Es decir, que el cantante de Offspring no se ha calzado ninguna bata de laboratorio, sino que ha empleado herramientas informáticas para analizar la secuencia del genoma del VIH, compararla con la de la célula y sacar conclusiones al respecto.

Lo que el trabajo propone es que el genoma del VIH contiene ocho posibles miRNAs que tienen dos peculiaridades: por un lado, son muy similares a miRNAs de la célula a la que infecta. Y por otra parte, están insertados en lo que se llama secuencias codificantes del virus, es decir, en partes del genoma que se utilizan para producir proteínas.

¿Qué significado tiene esto? En cuatro palabras: aún no se sabe. Todavía no existe la seguridad de que esos ocho fragmentos funcionen realmente como miRNAs, ni mucho menos se conoce para qué sirven. Los estudios in silico permiten hacer predicciones, pero para comprobarlas hay que recurrir a la experimentación.

En cuanto a las predicciones, y dado que los miRNAs del VIH son parecidos a otros de la célula, la hipótesis es que podrían servir al virus para inutilizar algunas defensas celulares; actuarían como infiltrados, ladrones con uniforme de policía. El ordenador predice que esos miRNAs virales serían capaces de bloquear la producción de algunas proteínas celulares que de hecho sí aparecen anuladas en las células infectadas por el VIH.

El hecho de que los miRNAs del virus estén incrustados en partes de sus genes que son críticas para la infección sugiere que posiblemente el genoma viral ha evolucionado a lo largo de millones de años para aprender a disfrazar sus armas de ataque con piezas que la célula interpreta como propias y que consiguen inutilizar su defensa: si hay más ladrones disfrazados de policías que polis auténticos, vencen los malos.

En resumen, el trabajo es bonito, pero muy especulativo: hay más preguntas que respuestas. Es un buen comienzo para una tesis, pero solo un comienzo. Para confirmar la importancia de esos posibles miRNAs virales, habría que comprobar cómo actúan en células infectadas por el VIH. En una entrevista, Holland dijo que su pretensión es “rajarle las ruedas al sida”, y que el trabajo es prometedor. Y ciertamente lo es: You’re gonna go far, kid; pero eso sí, hay que ponerse a ello.

¿Y para cuándo el Nobel de Física a Brian May?

El mundo está hoy dividido entre quienes aplauden la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan, y quienes reclaman un Grammy para Francisco Correa o un Oscar para Rodrigo Rato. Pero, en realidad, nadie dijo que este premio estuviera reservado a lo que comúnmente entendemos como un escritor profesional.

Conviene recordar las palabras literales de Alfred Nobel en su testamento sobre la concesión del premio “a la persona que haya producido en el campo de la literatura la obra más sobresaliente en una dirección ideal”. Según leí en alguna parte hace tiempo, hubo discusiones en la Academia Sueca, la encargada del fallo anual, sobre qué quiso decir exactamente Nobel cuando escribió “en una dirección ideal”. Algunos lo interpretaban como un sinónimo de “perfecto”, mientras que otros defendían un significado equivalente a “idealista”.

Pero está claro que esta segunda interpretación no ha dirigido la concesión del premio en muchos casos, empezando por mi admirado Hemingway. Tal vez sí ha primado en la decisión de premiar a Dylan, pero hay también precedentes de premios Nobel de Literatura que no han ido a parar a manos de escritores convencionales. Me viene a la cabeza el caso de Winston Churchill (1953), que escribió libros, y muchos, pero a quien se le concedió el premio por sus discursos políticos.

Pero a lo nuestro, que en este espacio es la ciencia. Se me ha ocurrido que esta es una buena ocasión para recordar en este y próximos días a otros músicos consumados cuyos nombres salen en los papeles científicos (he dicho “músicos consumados”; no incluyo en la lista al físico de partículas del LHC, divulgador televisivo y reconocido guapo Brian Cox, que en los años 90 fue teclista de un grupo poppy bastante hortera).

Abundan por ahí las listas que citan los nombres, pero que no suelen explicar en concreto en qué consiste el trabajo científico de dichos músicos. No se preocupen: yo se lo cuento. Aunque, si les soy sincero, ya les adelanto que realmente ninguno de ellos va para premio Nobel, al menos de momento.

Comenzamos hoy con ningún otro que

Brian May

Arriba, Brian May. Abajo, Isaac Newton. Imágenes de Wikipedia.

Arriba, Brian May. Abajo, Isaac Newton. Imágenes de Wikipedia.

Sí, todos sabemos que el exguitarrista de Queen es astrofísico, y que su presencia es uno de los mayores reclamos del festival científico Starmus que hasta ahora ha venido celebrándose en Tenerife. Pero ¿qué ha aportado May a la astrofísica? Quiero decir, además de estar convirtiéndose en un clon de Isaac Newton…

En 1970, May tomaba dos decisiones importantes: comenzaba su doctorado en Astrofísica y cofundaba un grupo llamado Queen. Cuatro años después, el éxito meteórico de la banda le apartaba (casi) definitivamente de otros tipos de meteoros y del objeto de su tesis, la luz zodiacal.

Se trata de una débil franja de luz que puede observarse sólo en los cielos nocturnos prístinos, y que está causada por la dispersión del resplandor solar por el polvo que flota en el espacio. Se llama zodiacal porque se aprecia mejor en el plano de la órbita terrestre, donde se sitúan las constelaciones del Zodiaco. La luz zodiacal es la principal fuente de iluminación del cielo en las noches sin luna.

Y aunque esto del polvo zodiacal les pueda sonar más a amor libre y Flower Power, lo cierto es que en 1972 May publicó su primer estudio como becario nada menos que en la mismísima revista Nature. Dos años después le seguía otro estudio en la también muy prestigiosa Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. En estos trabajos, May y sus colaboradores analizaban el movimiento del polvo zodiacal estudiando el espectro de la luz que nos hace llegar. Pero aquel mismo año, May daba la patada a la astrofísica para volcarse en la música.

Hasta 2006. Ya alcanzado ese momento de su vida en el que podía comprarse una isla y hundir el bote, May reanudó su tesis doctoral, que leyó en 2007: A Survey of Radial Velocities in the Zodiacal Dust Cloud, o Un estudio de las velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal. Desde entonces ha publicado al menos otros dos estudios. Uno de ellos, como autor secundario en 2009, era una propuesta sobre el empleo de misiones espaciales para recoger polvo zodiacal del espacio como objeto de estudio.

El más reciente, en 2013, estudiaba la luz zodiacal para determinar las contribuciones relativas de cometas, asteroides y polvo interestelar a esa nube. Que, por si les interesa, son respectivamente del 70%, 22% y 7,5%. O en otras palabras, que la gran mayoría de ese polvo disperso en el Sistema Solar procede de cometas.

Puede que el área de estudio de Brian May no suene de lo más excitante. Pero sus estudios abordan un campo poco investigado que tiene importancia para comprender cómo funciona nuestro Sistema Solar. El hecho de que no haya muchos investigadores trabajando en el movimiento de la nube zodiacal le permitió recoger sus observaciones de los años 70 más de tres decenios después, y publicar una tesis que aún tiene vigencia. Y por cierto, para astrofísicos en ciernes y fanáticos de Queen, la tesis está editada en formato de libro y a la venta.

Historia de un hallazgo y una portada: el primer púlsar y Joy Division (II)

En 1978, el punk había muerto. Entiéndanme, nunca lo ha hecho. Pero ninguna otra corriente musical ha pasado tan deprisa del antes al después, tanto que si uno parpadeaba corría el peligro de perdérsela. A comienzos de los años 70 surgió una oleada de bandas que después recibirían el nombre de protopunk. El momento de auge del punk llegó entre 1975 y 1977. Un año después, los británicos Crass certificaban la muerte de este fenómeno músico-social con un tema titulado precisamente así, Punk is Dead, en el que denunciaban cómo aquel movimiento presuntamente revolucionario se había convertido en un artefacto comercial.

En realidad, siempre lo fue: la corriente principal en Europa, liderada en aquel primer momento por los Sex Pistols, fue un invento de su manager, Malcolm McLaren, y de la novia de este, la diseñadora Vivienne Westwood, quienes incluso copiaron para los Pistols la estética originalmente creada por el estadounidense Richard Hell. McLaren era un tipo brillante y astuto que supo mantenerse a la sombra explotando aquella hambre generacional de cambio para convertirla en una marca rentable, como muchos otros han hecho antes y después.

Así, en 1978 ya se hablaba del afterpunk, hoy denominado más apropiadamente post-punk (más apropiadamente porque after es algo posterior, mientras que post es más bien una consecuencia). En aquella tendencia se incluían músicos influidos por el punk, pero que se apartaban de la doctrina pura para explorar otros territorios musicales aún vírgenes.

Entre aquellos músicos afterpunk estaban cuatro chicos de un suburbio de Manchester, una ciudad industrial del norte de Inglaterra. Dos años antes, en el 76, Bernard Sumner y Peter Hook habían asistido junto con otro amigo a un concierto de los Sex Pistols; y como sucedió del mismo modo en tantos otros casos, decidieron formar su propia banda. Eligieron el nombre de Warsaw (Varsovia) por una canción de David Bowie (ya les dije aquí que Ziggy fue una influencia ineludible), pero en 1978, y ya con su formación definitiva, lo cambiaron por Joy Division.

El nuevo nombre era deliberadamente polémico, algo habitual en los grupos de la época: Joy Division era, supuestamente, el nombre que los nazis habían dado a los pabellones de los campos de concentración donde explotaban a las mujeres judías como esclavas sexuales, según narraba la durísima novela La casa de las muñecas del superviviente del holocausto Ka-tzetnik 135633 (seudónimo de Yehiel De-Nur). Para elevar el nivel de provocación, el primer disco de la banda, un EP con cuatro temas, mostraba en la portada a un niño nazi tocando el tambor.

Portada del álbum Unknown Pleasures de Joy Division (1979).

Portada del álbum Unknown Pleasures de Joy Division (1979).

Así comenzó un ascenso que pronto les llevó a fichar por Factory Records, una de las banderas de la música independiente británica del momento. En 1979 Joy Division grababan su álbum de debut, Unknown Pleasures, ya con el sonido característico que les ha inmortalizado y que inauguró una corriente de la que beberían no solo muchos otros grupos del momento, sino corrientes iniciadas después como el gótico, el emo y todos sus primos; una carrera enormemente influyente teniendo en cuenta su fugacidad: un par de años y solo dos LP.

El segundo de ellos, Closer, se publicó póstumamente: el 18 de mayo de 1980 Ian Curtis, el vocalista, un tipo atormentado por su inestabilidad emocional, sus crisis de epilepsia y un matrimonio demasiado temprano y problemático, se ahorcaba en la cocina con una cuerda de tender la ropa. Su hija Natalie acababa de cumplir un año. Tras aquella tragedia, el grupo cambió su nombre por el de New Order, y así comenzó otra historia. Pero la de Joy Division nunca terminó; fíjense en este dato: la primera web oficial del grupo se abrió en junio de 2015.

Pero tal vez a estas alturas usted esté pensando que todo esto está muy bien, y al mismo tiempo se pregunte qué diablos pinta en un blog de ciencia y qué tiene que ver con el púlsar CP 1919 o PSR B1919+21, del que hablé ayer. Ya llegamos.

A la hora de elegir la imagen para la portada de Unknown Pleasures, el diseñador y cofundador de Factory Records, Peter Saville, recibió una carpeta con material que los propios miembros del grupo habían elegido (según algunas fuentes, fue una sugerencia del batería Stephen Morris). Entre aquellas imágenes había un extraño gráfico de líneas y picos. Saville lo recordaba así para el diario The Guardian en 2011:

El patrón de ondas era tan apropiado. Era de CP 1919, el primer púlsar, así que es probable que el gráfico procediera de Jodrell Bank [observatorio astronómico de la Universidad de Manchester], que es local para Manchester y Joy Division. Es a la vez técnico y sensual. Es tenso, como la batería de Stephen Morris, pero también fluido: mucha gente piensa que es un latido cardíaco. No parecía realmente necesario que el título fuera en la portada. Le pregunté a Rob [Gretton, manager de Joy Division] sobre ello y, entre nosotros, decidimos que no sería cool. Era el movimiento post-punk y estábamos en contra del estrellato pretencioso. La banda no querían ser estrellas del pop.

Así, la imagen del primer púlsar se convirtió en una de las portadas más míticas e icónicas de la historia reciente de la música; una imagen simbólica para la legión de seguidores de Joy Division en todo el mundo. No consta, al menos que yo sepa, cuál fue el motivo concreto que llevó a los miembros del grupo (o a Morris en concreto, según algunas fuentes) a sugerir esta imagen.

Gráfico del púlsar CP 1919 en la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge.

Gráfico del púlsar CP 1919 en la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge.

Ahora bien; como mostré ayer, esta imagen no aparecía en el estudio de Nature publicado en 1968 por los descubridores de CP 1919, Jocelyn Bell Burnell y Antony Hewish. El gráfico superpone 80 pulsos de la estrella, cada uno de ellos con una duración de menos de 50 milésimas de segundo, separados por un período de 1.3373 segundos. Pero Bell Burnell y Hewish solo incluyeron en su artículo algunas representaciones de pulsos individuales. Saville supuso que el origen del dibujo compuesto era el observatorio de Manchester Jodrell Bank, pero se equivocaba: la banda había extraído la imagen de la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge. La pregunta es: ¿cómo llegó hasta la enciclopedia?

En 2011, un tipo llamado Adam Capriola se propuso averiguarlo. Capriola quería modificar el diseño original para aplicarlo a una camiseta promocional de su web, pero antes debía saber si podía disponer libremente de la imagen. Muy concienzudamente, comenzó a investigar su origen, y supo entonces que un astrofísico de la Universidad Estatal de Arizona llamado F. X. Timmes la había encontrado por casualidad publicada en la página 53 del número de enero de 1971 de la revista Scientific American, en un artículo titulado The Nature of Pulsars escrito por el astrofísico Jerry Ostriker. En aquella versión el gráfico no aparecía en negro sobre blanco, como en la enciclopedia de Cambridge, sino en blanco sobre un fondo cian. Capriola se puso entonces en contacto con Ostriker y este le dijo que probablemente él no era el autor de la imagen, sino que la habría obtenido de alguna fuente publicada.

Gráfico del púlsar CP 1919 publicado en Scientific American en 1971.

Gráfico del púlsar CP 1919 publicado en Scientific American en 1971.

Capriola descubrió entonces en el artículo de Ostriker que la ilustración había sido generada por ordenador en el gran radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Timmes le sugirió que probablemente algún estudiante del observatorio la había creado a partir de la observación del púlsar, pero Capriola no pudo concretar quién era el responsable de aquel trabajo.

De alguna manera, el artículo del blog de Capriola llegó a conocimiento de Jen Christiansen, editora gráfica de Scientific American y que se autodefine como “obsesa de las visualizaciones tempranas de púlsares”. En febrero de 2015, Christiansen recogió la investigación donde Capriola la había dejado, y supo que a finales de los 60 la informática se estaba introduciendo en la visualización de los fenómenos astronómicos. Repasando los trabajos elaborados en Arecibo en aquella época, dio con la tesis doctoral de un estudiante llamado Harold D. Craft Jr., leída en septiembre de 1970 y titulada Radio Observations of the Pulse Profiles and Dispersion Measures of Twelve Pulsars. Christiansen visitó entonces la biblioteca de la Universidad de Cornell, que por entonces operaba el radiotelescopio de Arecibo, y allí encontró un ejemplar de la tesis de Craft donde, en efecto, aparecía la famosa imagen.

Así, el autor había quedado por fin identificado. Y curiosamente, Craft había elaborado su tesis doctoral en Arecibo bajo la dirección de Frank Drake, pionero del SETI. Christiansen remató su búsqueda entrevistándose con Craft, quien le contó lo siguiente a propósito del uso de su imagen como portada del álbum de Joy Division:

Fue una completa sorpresa. De hecho, yo no sabía nada sobre ello, y un colega en el Departamento de Ciencias del Espacio, que ahora es profesor de astronomía en Cornell, Jim Cordes, me vio en la calle –es un viejo amigo– y me dijo, “ah, por cierto, ¿sabías que tu imagen está en la portada de Joy Division?”. Y yo le dije que no, que no tenía ni idea. Así que fui a la tienda de discos y, vaya, ahí estaba. Así que compré un álbum, y había un póster que yo tenía de ella, así que compré también uno de esos, por ninguna razón en particular excepto que es mi imagen, y debía tener una copia.

Así pues, caso resuelto. Permítanme terminar esta historia como si se tratara de una película de Scorsese:

  • Jocelyn Bell Burnell es actualmente presidenta de la Royal Society de Edimburgo. Pese a no haber recibido el premio Nobel, sus merecimientos han sido distinguidos con numerosos honores y es hoy una de las figuras más reputadas de la astrofísica mundial. No constan fotos suyas con la princesa Margarita que permitan comparar la estatura de ambas.
  • Antony Hewish cumplirá este año 92 primaveras. Es de suponer que está como una rosa, dado que al menos hasta 2012 ha continuado dando entrevistas, y aún figura como activo, aunque emérito, en la web de la Universidad de Cambridge.
  • Harold D. Craft Jr. llegó a ser director del radiotelescopio de Arecibo. Hoy está retirado y mantiene algunos cargos honoríficos.
  • Peter Saville mantiene una exitosa trayectoria como diseñador gráfico. Pero a pesar de haber realizado numerosos trabajos importantes, todo el mundo le sigue conociendo como el tipo que un día de 1979 se preguntó: ¿y con fondo negro…?
  • Tras el suicidio de Ian Curtis, los renacidos New Order reemprendieron su carrera, en un principio tras la estela del estilo único y original por el que Joy Division habían tenido las narices de apostar en una época en que la gente escuchaba a Boney M, Abba y Earth, Wind & Fire. Sin embargo, posteriormente se dejaron abducir por la escena neoyorquina del tecno y comenzaron a hacer cosas mucho menos interesantes. Hoy continúan en activo, aunque sin Peter Hook. Su último álbum, Music Complete, es lo mejor que han hecho en un decenio. Bueno, también lo único.
  • El púlsar CP 1919, o PSR B1919+21, continúa emitiendo pulsos de 0,04 segundos cada 1.3373 segundos, y no se le conocen otros planes que continuar haciendo lo mismo durante los próximos millones de años. Nada de esto le importa.
  • Los hombrecitos verdes aún no han dado señales de vida.
  • El punk sigue no-muerto.

Historia de un hallazgo y una portada: el primer púlsar y Joy Division (I)

Esta semana he estado escribiendo un reportaje sobre la búsqueda de inteligencia extraterrestre, lo que conocemos como SETI; y siempre que se repasa la trayectoria de este empeño tan singular en lo científico, e inspirador en lo humano, como (hasta ahora) infructuoso en lo práctico, surge la anécdota del descubrimiento del primer púlsar, una de las grandes falsas alarmas en la historia de SETI. Y al recordar aquel episodio, inevitablemente viene a la memoria la portada de un álbum mítico, Unknown Pleasures, el primer disco de los efímeros pero indelebles e influyentes Joy Division.

Si usted se pregunta de qué demonios estoy hablando, tal vez le interese leer lo que sigue, una historia de fusión entre ciencia y cultura pop; o dicho de otro modo, Ciencias Mixtas. El relato comienza en los años 60, cuando un grupo de astrónomos de la Universidad británica de Cambridge, dirigido por Antony Hewish, construye un radiotelescopio con sus propias manos. Eran otros tiempos; una estudiante de doctorado de aquel grupo, la norirlandesa Jocelyn Bell Burnell, contaba hace pocos años que a cada estudiante que se unía al grupo se le entregaba un kit de herramientas. Era la época del boom de la radioastronomía, y Hewish necesitaba un instrumento para estudiar los recién descubiertos cuásares.

Jocelyn Bell Burnell y su radiotelescopio en 1967.

Jocelyn Bell Burnell y su radiotelescopio en 1967.

No piensen en Arecibo ni nada que se le parezca; aquello era poco más que un bosque de postes de madera sujetando 190 kilómetros de cable sobre un campo de algo más de 18.000 metros cuadrados. Entre cinco personas, tardaron dos años en construirlo. El artefacto comenzó a operar en julio de 1967 bajo la exclusiva responsabilidad de Bell Burnell, la única encargada de manejarlo y analizar los datos: cada día, unos 30 metros de papel continuo con sus líneas trazadas por las plumas de los registradores.

Entre los gráficos, la investigadora descubrió algo extraño: un bip-bip que se repetía con enorme regularidad, a razón de un pulso cada segundo y pico. Cuando la becaria presentó a su jefe esta anomalía, Hewish se resistió a tomarla en serio, asegurando que se trataba de una interferencia terrestre. Pero una vez que esta explicación mundana quedó descartada, la siguiente opción fue la más fantástica: una baliza perteneciente a una civilización alienígena inteligente, un radiofaro cósmico.

El SETI había nacido esa misma década como subproducto del auge de la radioastronomía. Sin experiencias previas, con la razonable suposición de que el universo debía albergar muchos planetas habitados, y con el florecimiento del fenómeno ovni, muchos científicos pensaban que no tardaría en llegar la noticia de la primera detección de un signo de vida inteligente procedente del espacio. Algunos investigadores partían su tiempo y el de sus telescopios entre la ciencia seria y aquella actividad extraescolar.

No era el caso de Bell Burnell y Hewish; pero desechada la hipótesis de la interferencia, era realmente difícil imaginar que aquella señal tan mecánicamente regular no fuera producto de una fuente artificial. Los dos investigadores lo bautizaron, medio en broma y medio en serio, como LGM-1, siglas de Little Green Men; es decir, hombrecitos verdes. En un discurso que pronunció en 1977, Bell Burnell lo contaba así:

No creíamos de verdad que hubiéramos pillado señales de otra civilización, pero obviamente la idea nos había cruzado la mente, y no teníamos pruebas de que fuera una emisión de radio enteramente natural. Es un problema interesante; si uno piensa que puede haber detectado vida en otro lugar del universo, ¿cómo hace uno para anunciar los resultados de forma responsable? ¿A quién se lo cuenta primero? No resolvimos el problema aquella tarde, y me fui a casa por la noche muy enfadada; allí estaba yo tratando de sacarme un doctorado de una nueva técnica, y algún puñado de estúpidos hombrecitos verdes había tenido que elegir mi antena y mi frecuencia para comunicarse con nosotros.

Gráficos del primer púlsar en el estudio de Bell Burnell y Hewish (1968).

Gráficos del primer púlsar en el estudio de Bell Burnell y Hewish (1968).

Finalmente no eran aliens, aunque sí un radiofaro, solo que cien por cien natural: una estrella de neutrones que giraba rápidamente emitiendo un pulso electromagnético con la precisión de un reloj; el primer púlsar. Bell Burnell y Hewish publicaron sus resultados en Nature el 24 de febrero de 1968. De hecho el estudio no identificaba claramente la naturaleza del objeto emisor de aquellos pulsos, pero otras observaciones de fuentes diferentes, incluso previas a las de Bell Burnell y Hewish, permitieron reconocer y nombrar aquel nuevo tipo de objeto espacial. Bell Burnell recordaba con mucha gracia cómo fueron aquellos días:

En el estudio de Nature mencionamos que en un momento creímos que la señal podía proceder de otra civilización. Cuando el artículo se publicó, la prensa se volcó, y cuando descubrieron que había una mujer implicada se volcaron aún más. Me hicieron fotografías de pie sobre un banco, sentada en un banco, de pie sobre un banco examinando falsos registros, sentada en un banco examinando falsos registros; uno de ellos me hizo correr desde el banco agitando los brazos en el aire: “¡Pon cara alegre, querida, acabas de hacer un descubrimiento!” (¡Arquímedes nunca supo lo que se perdía!). Mientras, los periodistas me hacían preguntas relevantes, como si era más alta o no que la princesa Margarita (en Gran Bretaña tenemos unas unidades de medida muy singulares) y cuántos novios tenía por entonces.

Una famosa controversia asociada al episodio es que seis años después, en 1974, solo Hewish recibiría el premio Nobel por el descubrimiento. Pero quienes de cuando en cuando traen el caso a colación como una cuestión de género ignoran por completo cómo funciona el mundo de la ciencia. No se trata de negar que históricamente haya existido sexismo, como en cualquier otro ámbito. Pero el motivo por el que el Nobel dejó fuera a Bell Burnell es la naturaleza jerárquica de la ciencia.

Ilustración de un púlsar. Imagen de NASA.

Ilustración de un púlsar. Imagen de NASA.

Contrariamente a la imagen popular, los becarios no suelen ser esos obreros limitados a ejecutar las ideas geniales de su brillante director de tesis. Muchos de ellos son en la práctica los únicos autores y artífices de su línea de investigación. Pero guste o no, el becario no es propietario de sus investigaciones. Es natural que muchos se quejen de ello; lo curioso es que suelen cambiar de visión una vez que son ellos quienes se convierten en jefes de laboratorio y tienen sus propios becarios. Bell Burnell, con la humildad de los más grandes, lo sabía muy bien:

Es el supervisor quien tiene la responsabilidad final del éxito o el fracaso del proyecto. Oímos de casos en los que un supervisor culpa a su estudiante de un fracaso, pero sabemos que la culpa es sobre todo del supervisor. Me parece simplemente justo que él deba también beneficiarse de los éxitos. Pienso que los premios Nobel quedarían degradados si se concedieran a estudiantes de investigación, excepto en casos muy excepcionales, y no creo que este sea uno de ellos.

Aquel primer púlsar fue denominado CP 1919, más tarde rebautizado como PSR B1919+21. Mañana, la segunda parte de esta historia.