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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Ponen puertas (y alambradas) a los pueblos abandonados

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Muchos “pueblos del silencio”, abandonados durante décadas, vuelven a tener vecinos. ¿Regreso al campo? Pues sí y no. El retorno no es el de la vida rural, comunal, participativa. La mayoría de ellos se han transformado en fincas ganaderas y cinegéticas. Modernas explotaciones gestionadas desde la distancia por empresarios que contratan al personal como harían en una fábrica, sólo que añadiendo al salario la obligación de vivir junto a los animales.

Un único detalle los distingue de otras granjas. Ocupan como suyas casas, plazas, iglesias, ermitas, fuentes, huertas, dehesas. Ya sea en propiedad, alquiler o usurpación directa, lo que durante siglos fue de todos los vecinos lo es ahora de una Sociedad Limitada, de una empresa. Hasta los caminos públicos, cerrados con altas vallas alambradas o protegidos por violentos perros guardianes, han pasado a integrarse en el latifundio.

Las Merindades, en el norte de Burgos, es un terrible ejemplo de esta tendencia al acaparamiento de lo público. En Huidobro, el pueblo de mi suegra, la bella iglesia románica se ha convertido en garaje. Y para visitar la arruinada casa familiar es necesario esquivar perros, toros y miradas de desconfianza.

Fuente Humorera, que en la Edad Media fuera “coto cerrado” del ahora arruinado monasterio de Rioseco, ha pasado a ser finca cerrada de un emprendedor madrileño que aúna la producción de queso ecológico de cabra con la explotación de la caza mayor. Propiedad privada. Prohibido el paso.

Dice mi amigo Elías que mejor esto que las ruinas. Que algunos como en San Quirce o Bujedo de Juarros han convertido las iglesias en salones de bodas familiares, pero al menos las han restaurado. Quizá tenga razón, aunque no me gusta. Poner puertas a los pueblos no es recuperarlos. Es matarlos y enterrarlos.

Foto: Candado que impide el paso por el antiguo camino público entre San Martín del Rojo y Fuente Humorera (del blog Fuente Humorera)

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Descubren el mensaje desesperado de un pueblo fantasma

En la larga ruta soriana de la despoblación Vea es uno más de esos pueblos arrumbados, olvidados, a pesar de estar situado a tan sólo ocho kilómetros de San Pedro Manrique.

En el censo de 1842 contaba con 39 hogares y 152 vecinos. Ahora sólo quedan ruinas alrededor de una iglesia igualmente arruinada. En ella, entre escombros, acaba de hacerse un terrible descubrimiento. El doloroso grito enviado hace 50 años al mundo por uno de sus últimos habitantes.

A falta de mar donde arrojar la botella con el mensaje, Marcos León sacó del bolsillo su lápiz de grafito, chupó (por costumbre) la afilada punta y eligió para dejar a la posteridad el triste epitafio de su pueblo el lugar más sagrado que allí quedaba, el coro de la parroquia. Dice así:

Día 21 de Octubre de 1962. se ba terminando el pueblo. Ya se ha terminado la fiesta que no sé si habrá más año porque desaparecen un 90% de los vecinos.

Marcos acertó. Se acabó la fiesta y el pueblo. Como en tantas otras localidades, sus vecinos se disolvieron en el anonimato de las grandes ciudades.

Visto en el blog de mi buen amigo Elías Rubio Memorias de Burgos. Sobre estas líneas, estado actual de la iglesia donde apareció el grafiti.

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Triste Navidad en los pueblos del silencio

Nada. Ni nadie. Tan sólo barro, ruina y abandono. Las Navidades más tristes del mundo se celebran un año más en los miles de pueblos deshabitados españoles. Son “los pueblos del silencio”, como acertadamente los denominó mi amigo el etnógrafo Elías Rubio.

Según el INE existen 2.648 núcleos urbanos despoblados en España, pero es mentira. En realidad son muchos más, pues no existe una estadística fidedigna con la relación completa de todos los pueblos, aldeas y barrios sin población estable.

La mayoría quedaron sumidos en el olvido en los años 70 del pasado siglo, cuando el éxodo masivo del campo a la ciudad iniciado una década antes acabó con miles de años de una cultura rural milenaria. Otros han sobrevivido de milagro, pero son ya tan sólo pueblos a tiempo parcial, cuando llega el verano y las viejas calles recuperan la vida durante unos pocos meses. La gente mayor, sus últimos habitantes, también han sucumbido al fuerte atractivo urbano. Llega el invierno y se van a pasarlo con sus hijos o, los más, a impersonales residencias de ancianos, anhelando con ansia la llegada de ese buen tiempo que les llevará de nuevo a su querido pueblo, donde tienen sus raíces y donde, sin dudarlo, quieren ser enterrados cuando fallezcan.

Les voy a contar un historia muy íntima, la de mi abuela Emilia. Natural de Huidobro, un pequeño pueblo de la comarca de Sedano, en Burgos, fue viendo cómo poco a poco todos sus vecinos se iban a Bilbao atraídos por la oferta de una vida mejor, infinitamente menos dura que la que allí tenían. Al final sólo quedaron ella y su marido. Un frío día de invierno como el de hoy se les murió la yegua en la cuadra. Afuera estaba todo nevado y no había manera de poder sacar el cuerpo del animal al campo para que los buitres y los lobos dieran buena cuenta de él. Debieron esperar varios días a que el camino a Sedano fuera más practicable para bajar a pedir ayuda, regresar con otro caballo y retirar el cadáver.

Para Emilia fue una señal. Si ella se ponía enferma, si alguno de los dos enfermaba o moría, ¿quién podría ir salir a pedir ayuda? Nadie. Estaban solos y desamparados. Así que con todo el dolor de su corazón tomaron una decisión. Un día de primavera cerraron por última vez la casa y se fueron a Bilbao dejando atrás toda una vida. En la gran ciudad pasó 40 años haciendo lo único que sabía hacer, trabajar, pero el pueblo siguió con ella, bien pegado a su alma.

Hoy Emilia tiene 87 años, está viuda y vive con su hija. Siempre que la veo le pregunto lo mismo y siempre su respuesta es idéntica:

−¿Con qué ha soñado hoy abuela?

− Con el pueblo, como siempre, como todos los días. Siempre sueño con mi pueblo. Que salimos al campo a excavar las patatas, damos de comer a los animales, bailamos en la fiesta o estamos trillando en la era.

− ¿Y de Bilbao no se acuerda nunca?

− Nunca, allí no teníamos nada, no era nuestro pueblo.


Ver mapa más grande

En esta imagen de Google Maps puedes ver el terrible mapa de la desolación rural, del que no se salva ninguna comunidad autónoma.