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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La muerte acecha en Madrid a uno de los olmos más viejos de España

Pantalones es uno de los escasos olmos o negrillos (Ulmus minor) centenarios que aún sobreviven en España. También es uno de los más simbólicos, atracción natural del bellísimo Real Jardín Botánico de Madrid dado su tamaño, edad y esas dos grandes pernadas que le hacían parecerse a un tieso pantalón puesto boca abajo. Pero desde hace dos años se está muriendo. Una terrible enfermedad, la grafiosis, lo ha dejado manco (o cojo, según se mire) y amenaza con matarlo. Uno de sus cimales se ha secado por completo y el otro sobrevive de momento gracias al cuidado de los expertos en plagas vegetales que lo están tratando. En sus 225 años de vida el árbol no se había visto nunca tan en peligro. Quizá este pueda ser su último verano. Lee el resto de la entrada »

Olmos resucitados recuperan a los árboles de la palabra

Olmos

El pobre Pantalones se enfrenta a la que será probablemente su última primavera. El viejo olmo del Real Jardín Botánico de Madrid, 226 espectaculares años y un tronco bifurcado a modo de pantalón plantado patas arriba, está muy enfermo. Agoniza. El machadiano árbol tiene el corazón podrido.

Grafiosis lo llaman. Un hongo letal y sin cura responsable de la muerte de millones de olmos ibéricos, algunos tan simbólicos como el Árbol de la Música de Soria; otros tan queridos en mi infancia burgalesa como la impresionante olma de Riocavado de la Sierra. Lee el resto de la entrada »

El asesino de las palmeras se extiende por España

Las palmeras están condenadas a muerte. Un gran escarabajo llegado de Asia las está matando por miles en toda España y no hacemos nada para impedirlo. El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), el asesino de las palmeras, vuela libre de árbol en árbol por Canarias y todo el sur español, dejando tras de sí un rastro de desolación arbórea.

Vino hace apenas 15 años de Egipto, escondido entre las decenas de miles de grandes palmeras datileras importadas sin control fitosanitario para nuestras avenidas, urbanizaciones y campos de golf. Al principio habría sido fácil acabar con él, pero ahora es imposible, la plaga está descontrolada y las Administraciones se han dado por vencidas. Si quiere matar, que mate.

El único tratamiento seguro es detectar los pies enfermos, talarlos y destruirlos para evitar su expansión, pues todos los remedios alternativos han sido un fracaso. Durante una década fueron las Administraciones las encargadas de hacerlo, pero este año la legislación ha cambiado. Ahora los responsables de eliminar los árboles contaminados son sus dueños. Y todos ellos, incluido los Ayuntamientos, se niegan a hacerlo pues no tienen dinero. Dan así nuevos bríos a los hambrientos asesinos, quienes han puesto ya contra las cuerdas a palmerales tan emblemáticos como el de Elche (Patrimonio de la Humanidad) o los del sur de Gran Canaria. En el murciano Mar Menor los árboles de sus avenidas se caen por decenas a pedazos con riesgo para los transeúntes sin que nadie los retire. Y todo el entorno de Valencia está infestado. Como Paterna, donde en 2008 murieron 30 palmeras, en 2009 más de 300 y este año en sólo dos meses está a punto de agotarse el presupuesto de todo el año para la retirada de ejemplares muertos.

La burbuja inmobiliaria nos lo trajo y la crisis del ladrillazo le acaba de dar alas. Nuestras palmeras tiemblan pues presienten su final, como ocurrió con los olmos y la grafiosis. Esas “antorchas al aire” que elogiara Unamuno están a punto de apagarse.

Sobre estas líneas, una foto que hice estas Navidades de numerosas palmeras canarias afectadas por el picudo rojo en la principal avenida de Los Alcázares (Murcia), junto al Mar Menor. Como nadie las corta y destruye, la plaga sigue extendiéndose sin control.

Como véis en la siguiente imagen, todas ellas están llenas de larvas del escarabajo, listas para buscar nuevos árboles.

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Muere el olmo más místico de Ávila

No conoció a Santa Teresa de Jesús, pero este abuelo bicentenario estaba impregnado de su adusta espiritualidad.

“Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa”, repetía el hermoso olmo de San Vicente, compañero inseparable de la basílica románica a la que escoltaba, sombra en la muralla, árbol de la palabra, confidente de los abulenses, de sus alegrías y tristezas susurradas a media voz a la salida de misa.

Hoy finalmente enmudeció, asfixiado por un hongo asesino, el de la grafiosis, criminal responsable de la muerte de millones de olmos en España, de prácticamente todos. Ejemplar imponente e importante, me entero de su triste defunción por el Boletín Oficial de Castilla y León del pasado jueves 11 de diciembre. Allí, en la página 24.565 se anuncia su muerte vilmente, excluyéndolo del Catálogo de Especímenes Vegetales de Singular Relevancia de la región, retirándole la protección porque ha muerto y, como especifica el confuso documento administrativo, “su situación actual es irrecuperable”.

¿Árbol protegido? ¿De quién? ¿Lo protegió alguien de las obras de urbanización de la zona, cuando le abrieron zanjas a su alrededor partiéndole el alma, sus raíces, e incrustándole en un estrecho alcorque de granito? ¿Lo protegió alguien de la llegada inminente del hongo, dándole algún tratamiento preventivo, colocando trampas para evitar que el escarabajo que transmite el mal no entrara en sus ramas? ¿Lo protegió alguien de nosotros, de nuestra contaminación, de nuestros desechos, de nuestra indiferencia? Nadie lo hizo y ahora es tarde para buscar soluciones.

Y lo más triste es que seguimos sin aprender de nuestros errores. En la ciudad de Ávila los olmos de La Santa, los de la Ronda Vieja y los del Paseo del Rastro están igualmente afectados por la plaga y se encuentran muy dañados. Sólo el viejo olmo del Rastro sigue de momento resistiendo. De momento.

Vaya ridículas protecciones. El Boletín Oficial se ha convertido en un obituario de los árboles singulares protegidos. Hoy el olmo de San Vicente, ayer el castaño milenario de Sotillo de Sanabria. ¿Cuál será el siguiente?

Los olmos se siguen muriendo

«De los parques, las olmedas son las buenas arboledas”, aseguraba el poeta Antonio Machado. Desgraciadamente, resulta prácticamente imposible hoy en día encontrar tan frescas sombras. El “olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido” hace muchas primaveras que no reverdece. Desde que en 1980 apareció una terrible enfermedad en Europa, la grafiosis, millones de estos maravillosos árboles han muerto (25 millones sólo en el Reino Unido), algunos con más de cinco siglos en sus ramas, queridos por todos, como el negrillón de Boñar o el legendario de Rascafría.

Menos de un diez por ciento ha sobrevivido a la implacable peste, pero sólo los más jóvenes, los de corteza delgada y porte arbustivo. Despiadada con los viejos venerables, apenas ha dejado alguno con vida. Porque esta enfermedad perversa se la contagia un escarabajo de la madera, vehículo de un hongo que rápidamente le tapona los vasos conductores de savia, ahogándolo. Primero marchita y amarillea sus hojas más altas, matándolo en pocos meses. Respeta a los jóvenes, pero aniquila con insidia a los adultos, condenando a la especie arbórea a convertirse en arbustiva.

Cada verano me ocurre lo mismo. En las orillas de las carreteras o junto a los ríos descubro espesas manchas de olmo sanas, lustrosas, rebrotadas hace cuatro o cinco años de las raíces de antiguos ejemplares cuyos esqueletos continúan todavía fantasmagóricamente en pie. Y me digo: “Por fin el olmo ha vencido a la enfermedad, ha logrado inmunizarse”. Vana ilusión. Llegan los calores y ahí está de nuevo la rama marchita, señal inequívoca de la presencia del mal persistente. Antes de agosto las oscuras arboledas volverán a desnudarse, a morir. Ni fumigación ni poda. No existe remedio contra la grafiosis.

Hoy he vuelto a ver los álamos cantores en la ribera del Duero, un siglo después de la llegada del poeta a Soria, y sus rumores evocaban soledad. Ya no quedan olmos vivos junto a ellos para darles conversación.