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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Las malas hierbas no existen

Olivar florido. Foto: SEO/BirdLife

¿Qué es eso de “malas hierbas”? ¿De verdad existen hierbas malas? ¿De verdad es necesario acabar con ellas en los campos de cultivo, arrancarlas o rociarlas con herbicidas? ¿También en lo olivares, lo más parecido a un bosque domesticado?

Amapolas, jaramagos, ajoporros, hinojos, ortigas, esparragueras, manzanillas, olivardas o borrajas han sido tradicionalmente plantas que han acompañado a los olivos en el campo. Muchas se han comido, otras se emplearon con fines medicinales, las hay que son forrajeras, otras que fijan nitrógeno o incluso que actúan como fungicidas o insecticidas. Son las plantas arvenses (plantas silvestres que crecen en los campos de cultivo) que, en cualquier caso, mejoran la estructura y fertilidad del suelo, el verdadero capital del agricultor, evitan la erosión e incrementan la biodiversidad y sus servicios ecosistémicos para la agricultura. Lee el resto de la entrada »

La muerte acecha en Madrid a uno de los olmos más viejos de España

Pantalones es uno de los escasos olmos o negrillos (Ulmus minor) centenarios que aún sobreviven en España. También es uno de los más simbólicos, atracción natural del bellísimo Real Jardín Botánico de Madrid dado su tamaño, edad y esas dos grandes pernadas que le hacían parecerse a un tieso pantalón puesto boca abajo. Pero desde hace dos años se está muriendo. Una terrible enfermedad, la grafiosis, lo ha dejado manco (o cojo, según se mire) y amenaza con matarlo. Uno de sus cimales se ha secado por completo y el otro sobrevive de momento gracias al cuidado de los expertos en plagas vegetales que lo están tratando. En sus 225 años de vida el árbol no se había visto nunca tan en peligro. Quizá este pueda ser su último verano. Lee el resto de la entrada »

¿Merece la pena conservar variedades locales de frutas y verduras?

Fuera de su precio, ¿qué más dará una variedad de manzana que otra? Hay diferencias, es verdad, pero durante años tan sólo se ha tenido en cuenta la parte más comercial de su cultivo. Qué produzcan más. Que sean más grandes. O dulces. O ácidas. Que sean más tardías o adelantadas.

Esta visión mercantilista nos ha llevado a abrazar con entusiasmo las variedades estándar, aquellas provenientes de lejanos rincones o producto de manejos de laboratorio y que podemos encontrar iguales en cualquier lugar del mundo. Y la misma visión es la que nos ha hecho arrinconar a las variedades locales de frutas y verduras, aquellas exclusivas de cada lugar, de cada valle, de cada región. Esta erosión genética se ha producido durante el último siglo, con el uso de las semillas mejoradas. Cuatro generaciones han sido suficientes para destruir el trabajo de cuatrocientas.

¿Para qué sirve proteger variedades locales si se venden peor, si el consumidor no las aprecia, si son mas caras o menos agradables a la vista? Tienen más sabor, eso es indudable. Y son más nuestras, las mismas que comieron nuestros abuelos y tatarabuelos, las propias de la tierra.

Pero quizá necesitamos alguna razón menos sentimental para justificar el mantenimiento de este viejo legado genético. Como su importancia económica. Porque la variedad también sirve para algo tan práctico como la lucha biológica contra plagas y enfermedades. No se trata de una suposición gratuita. Es un hecho científicamente demostrado en cultivos como, por ejemplo, el manzano.

Una investigación llevada a cabo durante ocho años por el Instituto de Tecnología Agroalimentaria de la Universidad de Gerona ha identificado 22 variedades de manzano autóctono de Navarra resistentes a plagas como el fuego bacteriano y el moteado del manzano, dos de las enfermedades que mayores daños y perjuicio económico producen en los cultivos de medio planeta.

A raíz de los primeros resultados, el campo de aplicaciones queda abierto. Por ejemplo, podría producirse fácilmente sidra ecológica que no necesite fungicidas, o lograrse una producción de tipo integrada en la que, al contar con variedades más resistentes, el uso de productos fitosanitarios sea menor.

Otra de las vías apunta a la mejora genética de las variedades a partir de aquellas que se han mostrado más resistentes a la enfermedad. Por no hablar de la adaptación de estas variedades a algo tan inevitable e incierto como es el cambio climático.

Por otro lado, diferenciarse en el mercado con productos únicos, de calidad y mantenedores de un paisaje cultural único permite a los productores locales obtener un precio justo por su trabajo, evitando así el imparable éxodo rural.

Resulta evidente. Conservar nuestra biodiversidad productiva sirve para mucho.

Y hablando de manzanas y de otoño, la época de esta fruta maravillosa, recuerda el dicho inglés: “An apple a day keeps the doctor away“. Que en román paladino significa: “Una manzana al día mantiene alejado al médico”.

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Una virulenta enfermedad amenaza a manzanos y perales

La Junta de Castilla y León acaba de declarar oficialmente la existencia de fuego bacteriano en la comarca leonesa del Bierzo. Sus preciadas y exquisitas manzanas reinetas y peras conferencia están en serio peligro. O mejor dicho, sus manzanos y perales. Sufren una recién llegada enfermedad, oriunda de los Estados Unidos y cuyos primeros focos aparecieron en España en 1996. La plaga tiene tan peculiar denominación porque, literalmente, quema al árbol infectado. Primero chamusca todas sus hojas, como si algún desaprensivo las hubiera prendido fuego, y finalmente acaba matándolo.

El año pasado ya se detectó en la Omaña, donde sólo el arranque masivo de árboles, tanto enfermos como cercanos a los dañados, está logrando poner a raya la enfermedad. Hacer lo mismo en El Bierzo será sin embargo un desastre. Allí la industria hortofrutícola es la base fundamental de la siempre delicada economía agrícola, donde genera no menos de 150 millones de euros al año. Pero las ayudas oficiales por árbol arrancado son de entre 12 y 40 euros, una miseria.

En La Rioja, la misma plaga ha obligado a arrancar este verano 6.000 perales en los términos municipales de Nalda y Albelda, donde se han detectado hasta doce focos diferentes. La voraz bacteria también ha infectado numerosos frutales en Bordils (Girona). Se expande imparable por toda España, la mayoría de las veces a lomos de árboles ornamentales infectados, como espinos de fuego y Cotoneaster, y no tiene tratamiento químico conocido. Exclusivamente la tala de los ejemplares afectados.

Primero los topillos y ahora los manzanos. Sólo espero que en esta ocasión los agricultores no acusen a los ecologistas de haber fabricado y soltado desde helicópteros tan terrible germen, como ridículamente aseguran han hecho con los incómodos roedores.

A la cárcel por un potaje

La noticia llegó rápidamente por fax y correo electrónico a las redacciones de radios, televisiones y periódicos de Canarias:

Agentes de la Guardia Civil del puesto de Los Rodeos abrieron un acta de incautación a un pasajero ecuatoriano de 37 años que llegó a las instalaciones de Tenerife Norte con varios productos que no tenían los certificados sanitarios para ser introducidos en España. Cinco kilos y medio de queso, 860 gramos de tomates de árbol, otros 2.100 gramos de plátano y casi 2.800 de habichuelas fueron anotados en el acta de aprehensión por la comisión de una presunta falta de contrabando.

Nunca una inocente noticia me dio tanta pena. Al pobre hombre le habían fastidiado el ranchito con el que iba a celebrar por todo lo alto su regreso a España. ¿Podía traer de Ecuador algo más valioso? Las tiernísimas habichuelas de los Andes, los suculentos tomates de árbol, el sabroso plátano macho, todas esas delicias significaban mucho para él. Sólo quien no es un inmigrante no las echa de menos hasta que no muerde la amarga fruta de la nostalgia; al recordar esos aromas que saben a familia, a abuela, a infancia, a felicidad.

Pero chocó con las fronteras de la Unión Europea. Le dejaron pasar a él, lo cual en estos tiempos de insolidaridad ya es mucho, pero se quedaron con la cesta de productos de la tierra.

-¿Ni los quesos al menos?

-Nada.

¿Han visto la película Un franco 14 pesetas? Hace 50 años éramos nosotros quienes intentábamos pasar el embutido de contrabando a Francia o Suiza. ¿Se puede vivir en el extranjero sin chorizo? Por supuesto que no. Es imposible. De hecho, siempre que salgo fuera escondo entre la maleta varias morcillas de Burgos. Y cuando viví en Inglaterra nunca faltó un buen jamón serrano en la cocina. ¡Qué pronto se nos ha olvidado el pasado!

-¿Ni siquiera unos tomatitos para hacer un jugo?

-Nada de nada. Es usted un peligro fitosanitario.

Tiene razón el policía. Las fronteras están para impedir el paso de posibles plagas, como no hicieron con el picudo de las palmeras ni con la grafiosis del olmo. Pero sea buenito señor guardia, que es para hacer un sancocho no más.