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Ganar engancha pero, ¿es sano ser competitivo o nos convierte en malas personas?

La competitividad es una actitud pero también un rasgo de personalidad. Tanto a nivel laboral como personal genera sentimientos encontrados, es un concepto controvertido, sin embargo es algo muy arraigado en el ser humano, un comportamiento primitivo que nos ayudó a sobrevivir y evolucionar en tiempos pasados, también ahora.

La desvirtuación del término se genera por no saber identificarlo y confundirlo con sinónimos que no son tales, como el egoísmo, la envidia, la soberbia, la arrogancia o incluso la maldad por sí misma. Realmente, competir es conseguir una meta por tus propios méritos y no considerar rivales al resto, sino puntos de referencia. Es la mayor habilidad de un auténtico líder, aquel que crece sin pisar a los demás.

Si quieres saber el orígen de la competitividad, por qué el cerebro humano se desarrolló realmente gracias a la competitividad social, y por qué ganar ‘engancha’, no te pierdas el artículo que escribí para la Revista Tinta Verde (pinchando aquí). Ahora es tu responsabilidad decidir qué tipo de competitividad eliges.

Psicópatas y liderazgo ¿Por qué tienen éxito?

¿Conoces a algún psicópata? Por probabilidad… seguramente sí. ¿Sabrías identificarlos? Esto es más complicado, pero hace unos meses escribí un post con las claves para reconocerlos (picha aquí para acceder a la entrada). Y desde que descubrí a la experta en psicopatía Paz Velasco de la Fuente, no puedo dejar de recurrir a ella para profundizar más sobre este perfil de la personalidad, aterrador y atractivo a partes iguales. No dudéis en seguir el blog “Criminal-mente” de esta autora y acudir a su libro, de igual nombre, “Criminal-mente: La criminología como ciencia” como fuente de consulta muy valiosa sobre la mente psicopática. ¡A mí me tiene totalmente enganchada!

Aquí os dejo una nueva colaboración de Paz para este blog, espero que lo disfrutéis tanto como yo:

Debemos romper con el tópico alimentado por el imaginario popular, el cine, las series de televisión y algunas novelas negras, de que los psicópatas son sujetos con ojos de tiburón que esconden un hacha tras su espalda y que cometen crímenes aberrantes. Hay psicópatas que jamás cometerán un crimen, que viven totalmente integrados en la sociedad, que te harán vivir un infierno profesional o personal, que vacían a las personas por dentro o vacían sus cuentas corrientes. Estamos ante los psicópatas corporativos, de éxito, delincuentes de cuello blanco e incluso líderes políticos y religiosos que pueden llegar a arruinar economías y sociedades enteras, tomando decisiones totalmente alejadas de las emociones (no pueden sentirlas) o del bienestar de terceros.

Por lo tanto, la diferencia fundamental entre un psicópata criminal (del que ya hablé en una entrada anterior) y un psicópata integrado, está en las conductas que llevan a cabo, ya que ambos comparten la misma estructura emocional y de personalidad: encanto personal, locuacidad, manipulación, mentira patológica, falta de empatía, ausencia de miedo ante conductas arriesgadas etc… El psicópata integrado, es lo que hace a diario con las personas que le rodean, con todo su entorno. Son sus obras y sus actos los que hablan por él, no sus palabras. A ellos se les puede aplicar la frase que aparece recogida en El Príncipe, la obra de Nicolás Maquiavelo publicada en 1513: “Todos ven lo que aparentas, pocos advierten lo que eres”. Esta obra es el precedente de los psicópatas que alcanzan el éxito en la política. Maquiavelo nos presenta a César Borgia como un hombre que alcanza el poder utilizando la intriga, el terror y la manipulación.

Los psicópatas tienen la capacidad y la habilidad de controlar su entorno y para ello utilizan la manipulación y las mentiras que acompañan de una excelente imitación y simulación de emociones que ni tienen, ni entienden, ni sienten y de palabras que abren puertas. Dominan a la perfección el arte de la observación y tienen un olfato especial para encontrar a las “víctimas” adecuadas, además de tener una gran destreza para saber lo que la persona elegida necesita, de modo que no duda en ofrecérselo.

Somos objetos para ellos y se mueven por el puro egoísmo de modo que instrumentalizan a las personas para lograr sus fines, su bienestar eligiendo a las personas que les son útiles y de las que pueden obtener beneficios (profesionales, académicos, sociales, económicos, mediáticos, etc.). Estamos ante la “maldad” más insidiosa, al ser simples peones en su tablero de ajedrez, moviéndonos a su antojo y marcando en todo momento el ritmo, sin que apenas nos demos cuenta. Estos hombres y mujeres mienten, engañan y manipulan, con la única intención de beneficiarse, hacer daño y de provocar caos en las vidas de las personas que les rodean o en la sociedad.

Hay entornos profesionales donde la psicopatía está socialmente aceptada no solo como un comportamiento adecuado, sino incluso deseable. En nuestra sociedad se tiende a valorar como beneficiosas determinadas aptitudes que tienen estos sujetos, llegando incluso en determinadas profesiones y puestos de trabajo a ser potenciadas como valores positivos. La combinación de determinadas conductas arriesgadas, la ausencia de remordimientos, su gran habilidad para manipular y el hecho de la búsqueda de éxito a corto plazo pueden llevar a los psicópatas a una exitosa carrera delictiva (delincuentes de cuello blanco) o a una exitosa carrera en las finanzas o en los negocios, como el caso de Michael Milken, el inventor de los bonos basura o de Bernard Madoff y su exitosa estafa piramidal (50.000.000 de dólares).

Lo que está haciendo nuestra sociedad es exaltar y valorar de modo positivo determinadas características de los psicópatas asociándolas al éxito y liderazgo profesional o político, sin ser realmente consciente de la peligrosidad social y a veces personal que pueden generar algunos de sus actos y de sus decisiones. Las profesiones que implican poder, autoridad, liderazgo, prestigio, alta reputación y una capacidad especial para tomar decisiones racionales alejadas de los sentimientos, son donde podemos ver una mayor presencia de psicópatas integrados.

¿Qué rasgos comparten los psicópatas integrados con los líderes y personas de éxito?

• Carisma, locuacidad y habilidad para comunicar.
• Estratégicos, persuasivos y con gran capacidad analítica.
• Pierden el miedo ante determinadas situaciones. En el caso de los psicópatas, no es que lo pierdan, es que no lo sienten.
• Control emocional y seguridad en sí mismos.
• Asumen riesgos. En el caso de los psicópatas aunar las conductas arriesgadas con la ausencia total de remordimientos es una bomba para la sociedad.
• Capacidad para establecer metas y objetivos, aunque en el caso de los psicópatas son a muy corto plazo.
• Cuidan la imagen que dan ante los demás.
• Habilidades sociales.

¿Te viene alguien a la cabeza…? 🙂

El secreto de llamar a las personas por su nombre

Simple y sencillo, el pequeño detalle de llamar a las personas por su nombre produce un efecto psicológico muy positivo en las relaciones personales. Nos hace sentir escuchados, valorados e importantes; establece un puente de confianza y vuelve a las personas más receptivas. Conlleva un elevado impacto emocional.

Y es que realmente el nombre propio es nuestra seña de identidad. El hecho de que nos recuerden por nuestro nombre es algo que agradecemos con calidez, ya que despierta nuestra empatía de forma inmediata.

Cale Carnegie, exitoso empresario estadounidense y un apasionado del concepto de liderazgo, hablaba de este gesto tan simple: “Llame a los demás por su nombre, recuerde que para toda persona, su nombre es el sonido más dulce e importante en cualquier idioma”.

Exponía ejemplos muy interesantes: Theodore Roosevelt recordaba los nombres de cada uno de los empleados de la Casa Blanca, sus vidas, historias, familias y sus dolencias personales. No sólo eso, también lo hacía con cientos de electores, referentes políticos, nacionales e internacionales. Un hombre con gran liderazgo.

Según una revolucionaria investigación de la Universidad de Nueva Jersey (EE.UU.), cuando escuchamos nuestro propio nombre, el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro se activa con más esfuerzo que cuando oímos el nombre de otras personas. Concretamente, la actividad es mayor en las neuronas de la corteza frontal media y la corteza temporal.

Estos experimentos demuestran que reconocer que alguien nos nombra, pone en marcha zonas cerebrales específicas que permanecen en silencio el resto del tiempo”, concluían los autores en un artículo de la revista Brain Research.

No es difícil, habrá que ponerlo en práctica!

 

*Fuente de consulta: http://www.aden.org/business-magazine/

 

¿Hillary Clinton proyecta liderazgo (con permiso de Obama) en su lenguaje corporal?

Foto efe

Foto efe

He quedado absoluta y no-verbalmente hechizada con el primer mitin de Hillary Clinton junto a Barack Obama, la verdad es que me despierta una profunda ‘envidia carismática’, creo que este proceder en España (y me atrevería a decir que en el resto del mundo) no lo veremos ni de lejos en nuestros políticos. El liderazgo y la gracia natural de Obama es hipnótica y contar con su apoyo en un mitin es una suerte para la candidata demócrata.

Un buen amigo me comentaba que el carisma no se puede definir, es un constructo subjetivo, cada persona tiene una idea propia sobre cómo sería una personalidad atractiva, pero ¿quién podría decir que Obama no tiene ese don?

Al inicio de su aparición, Obama establece contacto visual con Clinton y lo primero que hace es coger su mano y elevarla como a la de una ganadora. Cuando empiezan a caminar él siempre va unos pasos por delante de ella, algo que ambos aceptan con comodidad, el actual presidente se siente a gusto tomando la iniciativa de la situación y ella se siente reforzada siendo la segunda, protegida, nada incómoda, ya que, él se para o disminuye la velocidad para esperarla pero ella no le adelanta, si él para, ella también lo hace.

En el primer minuto de aparición de ambos ya nos encontramos con los primeros toques en la espalda de Obama hacia Clinton, si veis la secuencia en vídeo, literalmente la guía, muestra el camino, la dirige, la gira, la mueve, marca los tiempos y ella está encantada de que lo haga.

Cuando la representante demócrata se planta en el atril para exponer su discurso, Obama sigue animando al público, aplaude, levanta sus brazos, a continuación se sienta pero no para quieto, su expresión facial y corporal son constantes, ilustrando y asintiendo continuamente cada frase de Clinton de forma incansable, aportando incluso un toque cómico a la situación, transmite emociones positivas que refuerzan y ensalzan la figura de Hillary. Fijaos en la postura que adopta éste mientras escucha, sentado de una forma desenfadada, natural con un punto chulesco que no hacen más que seguir proyectando, de forma espontánea, poder y liderazgo.

Cuando Obama pasa al atril, ambos se funden en un sincero y caluroso abrazo, del que puede interpretarse una verdadera amistad y estima personal entre los dos: hay contacto visual antes y después, no queda espacio que ellos, rompen la distancia íntima, su duración es amplia y no denotan malestar. Este el el único momento en el que es Hillary quién da los toquecitos en la espalda de Barack, en este momento del abrazo podría representar un refuerzo o énfasis del afecto hacia el otro.

Me gusta el estilo comunicativo de Hillary Clinton, es pasional, con muchos gestos ilustradores, mano en el pecho y alta expresión emocional en su rostro, pero si comparamos una conducta con otra a la hora de afrontar un mitin político, desde luego que tiene difícil llegar al carisma, fuerza, poder y liderazgo de su predecesor, además, por sus proyecciones de personalidad da la sensación de no encontrarse demasiado cómoda como primera de gobierno y funcionaría quizá mejor desempeñando un rol de vicepresidencia sin ser la cabeza visible pero con un gran peso en la toma de decisiones. Con estas observaciones, si me preguntaran: ¿Hillary Clinton sería apta para el puesto? Yo respondería que: Por supuesto que sí. Ahora bien, a la pregunta: ¿Se sentirá cómoda con éste rol y éste es afín a sus rasgos de personalidad? En este caso mi respuesta sería diferente…

 

Los secretos del éxito de Donald Trump ¿Qué esconde su comunicación no verbal?

Foto EFE

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Es indudable que Donald Trump mueve masas, unos le adoran, otros le odian, pero a nadie deja indiferente. Si cerramos los ojos y nos imaginamos al personaje en cuestión seguro que lo recordamos con alguna emoción en su rostro, ya sea la ira, el asco, el desprecio o su sonrisa embaucadora, a veces desdeñosa. Su fuerza reside en la expresión emocional continua, y esto es ventajoso en comunicación; el ser humano está programado para recordar aquello que le emociona, el cerebro entiende que si existe un fuerte impacto emocional debe grabar a fuego esa información a largo plazo ya que será importante, incluso, para nuestra supervivencia.

El mensaje de Trump cala hondo, apelando a los instintos más primarios, tal y como dice mi colega de profesión, J.L Martín Ovejero: “Los grandes líderes no hablan con cifras y estadísticas; conmueven y hacen sentir. Es el idioma de la persuasión.”

Trump sorprende, es diferente (y lo contrario) a lo tradicional, rompe con todo protocolo y lógica política, y la emoción de sorpresa en el interlocutor causa expectación, atención, y dota a Trump de autenticidad, sus ideas grotescas y forma de expresarlas le hacen especial, único, extravagante y, para bien o para mal, resulta muy original.

Su intencionalidad por ganar el voto no es notable, no se aprecia a simple vista su ansiedad por ganar, por quedar bien, por gustar a todos, por hacer amigos, todo ello proyecta altruismo. Parece que no le importan los apoyos y buenas relaciones, no necesita ganar, sugiere que solo se sube a su atril o se pone ante una cámara para expresar sus ideas de la forma más improcedente posible, no hay cuidado, no le interesan las buenas formas, esto también le dota de cierta credibilidad e interés por gobernar de forma desinteresada.

Foto EFE

Foto EFE

La seguridad en sí mismo del candidato republicano es imponente. No da lugar a la evasiva, a las medias tintas, es abrumadora su gestualidad al defender una idea o decisión controvertida en un mundo dónde la política es solemne, ceremonial y en el que las formas se miden al milímetro, llega Trump con sus fuertes ademanes y movimientos, su cabeza siempre erguida y su inclinación de torso es continua y prominente, sus gestos de poder y desafío son muy significativos, le convierten en el ‘macho alfa’ de cualquier debate, su fuerza corporal es devastadora, se expande, se hace grande, se ‘come’ al oponente. Sus expresión es tan agresiva y dominante que hace que su contrincante parezca un inepto a la hora de gestionar conflictos, se presenta a sí mismo como la única opción razonable para elegir a un gobernante.

Pero sin duda, el gran secreto de Donald Trump reside en generar constantemente en su audiencia la emoción de miedo. Alude a inminentes atentados terroristas, inmigrantes violadores que trafican con droga, que roban el trabajo y el dinero estadounidense, se centra en publicitar un panorama desolador, amenazante y él será la única opción para mantener a salvo al pueblo, el protector. Es una estrategia muy hábil (independientemente de lo reprobable de esta conducta a nivel ético), el miedo es una emoción muy poderosa, capaz de bloquear nuestro pensamiento crítico y racional, y el miedo desemboca en ira dirigida hacia los sectores ‘culpables’ de esa inseguridad inducida.

Otro recurso utilizado con astucia es el humor, ya comentamos la relevancia del humor en el discurso político, y este es un buen ejemplo de ello. Su soberbia es incesante, tiene una tendencia incansable a mostrar sus cualidades, las encuestas más ventajosas sobre su imagen y liderazgo, sus logros, etc; en según que foros este discurso causa rechazo y le abuchean, él en estas ocasiones siempre recurre al humor, también cuando vierten acusaciones en su contra o cuando se siente perdedor en algún momento de la discusión, suelta un chiste, el público se ríe, retoma el control perdido y de nuevo reconduce el mitin, liderando otra vez la situación.

En definitiva, sabe muy bien lo que se hace, domina las principales premisas sobre influencia y persuasión (rozando la manipulación) como nadie, y lo cierto es que ha marcado un antes y un después en la comunicación política, veremos si le ha surtido tanto efecto o solo queda en lo anecdótico de su particular estrategia.