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Las lluvias de primavera traen nubes de moscas negras bebedoras de sangre

Como habitante de la zona serrana de Madrid, llevo muchos años compartiendo mis veranos al aire libre con un visitante pelmazo y nunca invitado, la mosca negra. Pero aún me sorprende lo poco conocido que es este molesto bicho entre mis convecinos.

Por esta época no falta algún amigo que, por aquello de que muchos consideran erróneamente a un biólogo molecular como algo parecido a un médico, me muestran monstruosas picaduras asegurándome que las arañas les están robando la sangre chupito a chupito. Primero, les explico que las arañas no van de eso, y que tienen cosas mucho mejores que hacer que andar picando a la gente; por ejemplo, cazar los insectos de los que necesitan alimentarse, ya que no beben sangre. Segundo, les muestro mis propias picaduras monstruosas, y les aclaro cuál es el monstruo que las causa: la mosca negra. ¿Qué mosca negra?, preguntan siempre.

Esta mosca negra:

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Su ficha policial: alias simúlidos, insecto díptero (dos alas, como las moscas y los mosquitos), más corto que un mosquito (unos 3 milímetros) pero más corpulento, del color que indica su nombre, y con un inconfundible perfil chepudo. Algún otro verano anterior he hablado aquí de ella, explicando que no pica limpiamente como el mosquito, que bebe su sopa con pajita, sino que la mosca negra abre una herida con sus piezas bucales, espera a que mane la sangre y entonces se pega un festín. La hembra necesita componentes de la sangre para incubar los huevos.

Suele decirse que la mordedura de la mosca negra no duele, y para explicarlo a menudo se supone que inyecta algún anestésico local. Pero en 2011 un estudio analizó la saliva de un simúlido y catalogó 164 proteínas presentes en ella, sin encontrar ningún compuesto con este efecto. En su lugar, el entomólogo molecular y parasitólogo británico Mike Lehane proponía que tal vez los insectos hematófagos (bebedores de sangre) liberen enzimas que destruyen los mensajeros químicos encargados de transmitir el “¡ay!” en las terminaciones nerviosas de la herida. Por mi parte, y dado que puedo añadir mi experiencia personal a lo que dicen los estudios, puedo decir que no es un caso como el mosquito: este pica de incógnito absoluto, a no ser que nos remueva el vello de la piel al posarse; pero la mordedura de la mosca negra sí puede sentirse como una ligera punzada.

Ignoro el motivo por el que estos insectos son bastante ignorados por nuestras latitudes, pero es equivocado pensar que los mosquitos y otros chupadores de sangre son una plaga típica de lugares cálidos y tropicales. Cualquiera que haya viajado en verano a regiones húmedas templadas o frías habrá comprobado que los bichos picadores pueden ser una plaga infinitamente más molesta en Escocia, Finlandia o Canadá que en el Caribe.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

En Escocia el llamado Highland Midge, que por allí también llaman cariñosamente “diminuto bastardo”, puede arruinar cualquier momento de disfrute en un idílico páramo. No es una mosca negra, sino un culicoide, otro tipo de díptero vampiro más estilizado. En Nueva Zelanda a las moscas negras las conocen como sandflies, moscas de la arena, aunque en otros lugares del mundo se llama sandflies a los flebotomos, los insectos que transmiten la leishmaniasis y que no son moscas negras. Muchos bichos, muchos nombres, una única costumbre fastidiosa: chuparnos la sangre.

En concreto en España tenemos decenas de especies de moscas negras, según el último inventario global actualizado en 2018. Imagino que estos bichos deben de ser mucho más familiares para los habitantes del valle del Ebro, ya que por allí se informa con frecuencia de su molesta invasión. En la provincia de Madrid algunos informes parecen restringir su presencia a los valles del Jarama y el Henares, así que invito con gusto a los expertos en la materia a que se den una vuelta por la zona del Guadarrama para añadirnos a sus mapas de distribución.

Este año el problema es especialmente acuciante; las moscas negras forman auténticas nubes, algo que imagino tendrá mucho que ver con la primavera excepcionalmente lluviosa que hemos tenido por aquí. Estos insectos se crían en los cursos de agua y suelen frecuentar las zonas húmedas y con vegetación.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Esto es lo que hace falta saber sobre la picadura de la mosca negra, según los estudios y de acuerdo a mi propia experiencia de convivir durante años con estos insidiosos vecinos:

  • Pican de día, pero normalmente solo en las horas de menos calor, al amanecer y al atardecer. Hace tres años escribí aquí que el verano de 2015 venía anormalmente cálido, y que las moscas negras estaban picando a pleno sol en los días más suaves. En aquella ocasión, rebuscando por ahí encontré un libro ruso sobre dípteros (los científicos somos así de friquis) según el cual las moscas negras podían adaptarse a temperaturas más cálidas si el ambiente las forzaba, así que los insectos acostumbrados de este modo podían salir a buscar su ración de sangre a mediodía cuando el tiempo venía más fresco.
  • Al menos en mi experiencia, pican sobre todo en la parte posterior de las piernas, tanto en el muslo como en la pantorrilla. Cubrirse estas zonas al atardecer evita bastante la molestia. Como mínimo, obliga a las moscas negras a picar en zonas más visibles, lo que facilita el recurso del manotazo.
  • No pican a través de la ropa, ya que no pinchan con un estilete como los mosquitos, sino que muerden con sus piezas bucales.
  • La picadura duele en diferido. Al cabo del rato la zona se inflama, se enrojece, se calienta y pica horriblemente. Cada persona puede tener una sensibilidad diferente a los compuestos de la saliva del insecto, pero a veces la molestia se extiende a la pierna entera. La hinchazón y el picor suelen durar varios días. La mordedura en sí puede tardar en cicatrizar, y en algunos casos deja una marca permanente.
  • Por suerte, en nuestras latitudes la mosca negra no transmite ninguna enfermedad. Menos afortunados son los habitantes de las regiones tropicales, donde estos insectos son vectores de la oncocercosis o ceguera de los ríos.
  • Aunque suele recomendarse el uso de mosquiteras en las ventanas abiertas, en mi experiencia las moscas negras jamás entran en casa; son animales de exterior. Es posible que en mi caso las atraigan la vegetación y el estanque del exterior, pero nunca llegan a franquear una puerta abierta.
  • Dicen que los repelentes de insectos con alto contenido en DEET (los más utilizados contra los mosquitos en las regiones tropicales) son efectivos, aunque personalmente no los he probado contra la mosca negra.

¿Se adapta la mosca negra al cálido verano?

En el mundo tocamos a 200 millones de insectos por cabeza, según una estimación del entomólogo y parasitólogo Mike Lehane, de la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool (Reino Unido). De cada dos especies que hoy habitan la Tierra, una es un insecto. Del millón largo de especies de insectos descritas, unas 14.000 se alimentan de sangre, repartidas en cinco grupos (órdenes) distintos: ftirápteros (piojos), hemípteros (chinches), sifonápteros (pulgas), lepidópteros (las llamadas polillas vampiro del sureste asiático) y, sobre todo, dípteros (moscas y mosquitos).

La web Tree of Life calcula en al menos 150.000 las especies de dípteros descritas. De las miles de ellas que beben sangre, las conocidas por todo el mundo incluyen tábanos y mosquitos (NO las típulas, esos bichos voladores patilargos que entran en casa en las noches de verano y que parecen gigantescos mosquitos; son completamente inofensivas). Pero hay otro grupo más desconocido por el público en general que se está ganando la popularidad a picotazos.

Una mosca negra. Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Una mosca negra. Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Los simúlidos (familia Simuliidae), o moscas negras, comprenden más de 2.170 especies. No todas ellas pican; pero algunas fuenten apuntan que sí lo hace el 90%, por lo que podemos suponer que hay al menos unas 1.900 especies de moscas negras chupadoras de sangre. Están extendidas por todo el mundo y reciben nombres diferentes según la región. En general su aspecto es el de pequeñas moscas oscuras de unos cinco milímetros de longitud, con un perfil jorobado. En nuestras latitudes no son vectores directos de enfermedades infecciosas, pero en los trópicos transmiten un parásito que provoca la oncocercosis o “ceguera de los ríos”, además de otros posibles patógenos.

Las moscas negras crían sus larvas en las corrientes de agua, y los adultos suelen encontrarse cerca de las zonas húmedas y con vegetación. Atacan durante el día y normalmente al aire libre; al contrario que los mosquitos, no suelen entrar en las casas. Las distintas especies chupadoras de sangre se alimentan de diferentes tipos de animales, y muchas de ellas pican a los humanos. Curiosamente y según las especies, muestran preferencia por partes del cuerpo específicas, ya sean piernas, brazos, cuello u orejas.

Como ocurre con los mosquitos, son las hembras quienes se alimentan de sangre, ya que necesitan algunos de sus componentes para la maduración de sus huevos. Pero mientras que los mosquitos son cirujanos de precisión que perforan la piel con un fino estilete, las moscas negras son diminutos aprendices de Jason Voorhees, provocando minúsculas masacres: primero estiran la piel para después sajarla de lado a lado con sus mandíbulas en forma de cizallas serradas y beberse el charquito de sangre que brota de la herida.

Cuando muerden, las moscas negras introducen en la herida un complejo cóctel de sustancias que en algunas especies incluye hasta 164 proteínas distintas, muchas de ellas de función desconocida. Entre estos compuestos se han encontrado enzimas que impiden la agregación de las plaquetas, como la apirasa; anticoagulantes que inhiben la gelificación del plasma y vasodilatadores que aumentan el flujo sanguíneo hacia los capilares rotos por la mordedura, además de una proteína causante de eritema denominada SVEP, factores antimicrobianos como defensina y lisozima, hialuronidasa que digiere la matriz extracelular, glucosidasas que rompen los carbohidratos, o histamina, implicada en la respuesta inflamatoria. Actualmente está en marcha el Proyecto Genoma de la Mosca Negra, que ayudará a conocer el arsenal químico de estos animalitos.

Muchas fuentes parecen dar por hecho que la saliva tiene también un efecto anestésico local, dado que, dicen, las picaduras no suelen doler. Esta estrategia de adormecer su campo de operaciones para alimentarse a gusto se cita a menudo en el caso de los insectos chupadores de sangre. Pero parece que el mecanismo no está tan claro como podría parecer; según explica Mike Lehane en su libro The biology of blood sucking in insects (2ª ed., 2005), lo más probable es una acción indirecta mediada por enzimas que degradan los mensajeros encargados de disparar la señal de dolor en las terminaciones nerviosas de la herida.

Lo cierto, al menos en mi experiencia personal, es que la mordedura se siente como un leve pinchazo con un alfiler. Pero aunque la picadura no sea muy dolorosa, lo peor viene después: normalmente el lugar de la mordedura se hincha, duele y pica durante varios días. La herida sangra, tarda en cicatrizar y a menudo deja marca permanente. Los síntomas suelen cesar después de una semana, pero muchas víctimas de la mosca negra buscan tratamiento médico cuando notan que su pierna se inflama y duele, sobre todo cuando no saben, literalmente, qué mosca les ha picado. En casos muy esporádicos puede haber complicaciones: “En unas pocas situaciones, la saliva de algunas especies de Simulium se ha asociado con extensiva patología en tejidos y órganos, incluyendo choque hemorrágico y la muerte”, decía un estudio de 1997.

El inventario global de especies de mosca negra, actualizado en 2015, cita casi 50 en la España peninsular. Desde hace varios años, todos los veranos se oye hablar de las molestias y trastornos que provocan, pero muchas informaciones restringen el problema al valle del Ebro y otras cuencas del este de la Península. Este año también he leído alguna noticia relativa al sureste de Madrid. Por mi parte, puedo asegurar que en la Sierra de Madrid, zona de Torrelodones, cuenca del Guadarrama, están presentes desde hace varios veranos. Las que tenemos por aquí atacan a mansalva al atardecer (al amanecer no suelo estar ahí para comprobarlo), y sobre todo en pantorrillas y tobillos, especialmente en la cara trasera. Una mosca negra tarda varios minutos en llenarse el buche de sangre, y tal vez por eso busca zonas menos visibles, pero el pinchazo la delata.

De hecho, este verano he notado algo bastante curioso que dejo aquí como observación anecdótica, for the record. A nadie se le escapa que en 2015 nos está cayendo un verano de temperaturas anormalmente altas. He observado (o más bien he sentido los picotazos antes de observar) que, en los días de menos calor, las moscas negras están atacando en las horas centrales en lugar de esperar al atardecer, algo que nunca antes había ocurrido en mis años de incómoda relación con estos insectos.

Suelen aportarse varias razones para que las moscas negras piquen con preferencia en las horas de sol bajo: evitan la noche porque necesitan la luz del día para guiarse por la vista (además, siguen señales químicas como el CO2), aprovechan el aire calmado del amanecer y el atardecer para no ser arrastradas por el viento, y además tienen rangos óptimos de temperatura para su actividad. El libro Medical and Veterinary Entomology (2ª ed., 2009), editado por Gary Mullen y Lance Durden, indica que “la actividad picadora ocurre dentro de ciertos rangos óptimos de temperatura, intensidad de la luz, velocidad del viento y humedad, con óptimos diferentes para cada especie”.

Pero suponiendo ciertas condiciones de contorno de luz y viento, la temperatura parece ser determinante. En el volumen 6, parte 6 de Dípteros de la Colección Fauna de la URSS, dedicado a los simúlidos (1989), el autor Ivan Antonovich Rubtsov destacaba la temperatura como factor clave en los ciclos diarios de actividad de las moscas negras. “En el norte, donde las temperaturas moderadas del verano no suprimen la actividad, y en presencia de otras condiciones favorables, las moscas negras atacan a lo largo del día desde la mañana temprano hasta el atardecer, o en el caso de luz continua, a lo largo del período de 24 horas”, escribía Rubtsov.

El autor añadía que había dos picos de actividad, alba y ocaso, y dos valles, la noche y el día. “En la mañana, el vuelo y el ataque dependen no solo de la luz, sino también de la temperatura correspondiente (óptima para cada especie)”. Pero dado que las franjas de temperaturas son diferentes según la latitud, y que en el territorio de la antigua URSS había una amplia variación climática de norte a sur, Rubtsov pudo observar que las especies de mosca negra adaptaban su rango óptimo de temperaturas en función del clima de la región. Es decir, que en el sur atacaban a temperaturas más calurosas, “con el óptimo en un rango de temperaturas más altas en comparación con el norte”.

Además, Rubtsov comprobó que esto no solo sucedía en regiones diferentes, sino que en la misma zona los insectos podían adaptarse en función de la estacionalidad, o incluso dependiendo de las temperaturas medias de cada año: “El rango de temperaturas para la óptima actividad vital se desplaza dependiendo de las temperaturas en una estación o un año”. “En años más cálidos […] el rango se desplaza a temperaturas más altas”, escribía.

¿Será algo parecido lo que está ocurriendo este verano especialmente caluroso? Rubtsov sugiere que las moscas negras pueden adaptar dinámicamente su rango óptimo de temperaturas a las condiciones concretas de una estación. Dado que este año están atacando a temperaturas tan altas al amanecer y al atardecer, ¿podría ocurrir que un descenso brusco de las máximas y las mínimas les permitiera ampliar su franja horaria de actividad hacia las horas centrales del día, para picar impunemente a las dos de la tarde?

Están aquí 2: las invasiones biológicas también matan

No es una pulga cualquiera, sino un arma mortal: 'Xenopsylla cheopis' infectada por la bacteria de la peste, 'Yersinia pestis', después de picar a un ratón inoculado. El crecimiento de la bacteria en el tubo digestivo de la pulga le impide tragar y así regurgita sangre infectada sobre el hospedador. CDC/Dr. Pratt.

No es una pulga cualquiera, sino un arma mortal: ‘Xenopsylla cheopis’ infectada por la bacteria de la peste, ‘Yersinia pestis’, después de picar a un ratón inoculado. El crecimiento de la bacteria en el tubo digestivo de la pulga le impide tragar y así regurgita sangre infectada sobre el hospedador. CDC/Dr. Pratt.

En 1346, marmotas asiáticas y sus pieles fueron importadas a Europa desde Mongolia para fabricar gorros destinados a aliviar los rigores del invierno. Pero estos mamíferos no viajaron solos. Como polizones ocultos en el caballo de Troya de su pelaje, también desembarcó en el continente europeo una legión de pulgas orientales que siglos más tarde serían descubiertas para la ciencia en Egipto y que recibirían un honroso nombre en honor al faraón de la Gran Pirámide, Xenopsylla cheopis. Pero las pulgas tampoco viajaron solas. Como polizones camuflados en el caballo de Troya de su organismo, con ellas llegó una especie bacteriana que, desde los puertos italianos, en menos de cinco años acabaría con un tercio de la población europea: Yersinia pestis, la peste negra.

Cuando hablamos de especies invasoras, no nos referimos solamente a cangrejos o cotorras cuyos efectos preocupan a ecólogos y ecologistas de verdad, cuyas quejas irritan a ecologistas de mentirijilla (fundamentalistas animalistas y autoodiadores del género humano en general). La peste negra, la malaria, la viruela, la gripe aviar, el cólera, el SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo) o incluso el sida, todas ellas están causadas por patógenos que se han extendido por el globo desde sus regiones natales. De hecho, todas las enfermedades infecciosas humanas lo han hecho así, la mayoría desde el Viejo Mundo al Nuevo –tal vez por un uso histórico más prolongado de la ganadería–. Aunque los confiados europeos y norteamericanos no seamos conscientes de ello, la bacteria del cólera (Vibrio cholerae) se ha detectado repetidamente en tanques de agua de lastre de buques procedentes de regiones tropicales al atracar en puertos de países templados.

Mosquito tigre, 'Aedes albopictus'. James Gathany, CDC.

Mosquito tigre, ‘Aedes albopictus’. James Gathany, CDC.

En muchos casos, la invasión de los patógenos invisibles viene propiciada por la expansión de especies que actúan como vectores o facilitadores, tal como ocurrió con las marmotas y las pulgas en la peste medieval. El mosquito tigre (Aedes albopictus), que en los últimos años se ha extendido sobre todo en Cataluña, puede transmitir 22 virus diferentes. Para ello solo se requiere que el azar lleve a uno de estos insectos a beber la sangre de una persona infectada, una improbable casualidad que en 2007 provocó una pequeña epidemia de fiebre Chikungunya en Italia. La mosca negra (simúlidos), vector potencial de la ceguera de los ríos (oncocercosis) y otras enfermedades graves, y que en el mejor de los casos deja como regalo un destrozo sangrante en la piel, se ha adueñado de la cuenca del Ebro, pero doy fe personalmente de que también existe en Madrid, al menos en el entorno de Torrelodones.

“El número de especies invasoras registradas que directamente causan serios riesgos a la salud humana es muy superior a cien, y este número aumentará inevitablemente en el mundo cada vez más globalizado en el que vivimos”, señalan a Ciencias Mixtas los ecólogos de la Universidad de Florencia (Italia) Giuseppe Mazza y Elena Tricarico, coautores de una revisión sobre especies invasoras peligrosas que se publica en un número especial sobre invasiones biológicas de la revista Ethology Ecology & Evolution, del que ya hablé aquí hace unos días. En su estudio, Mazza, Tricarico y sus colaboradores describen los riesgos para la salud humana asociados a la introducción de especies, “ya que obviamente estos impactos son de gran relevancia inmediata, pero irónicamente se han analizado de forma escasa”, sostienen los investigadores. El repaso de los casos registrados en la literatura científica permite a los científicos clasificar las amenazas en cuatro categorías: especies que causan enfermedades; que exponen a los humanos a picaduras, biotoxinas, alergenos o intoxicaciones; que facilitan enfermedades, heridas o la muerte; y que infligen otros efectos negativos sobre la subsistencia humana.

¡Peligro, perejil gigante! La savia de esta planta ('Heracleum mantegazzianum'), que aún no ha llegado a España, es fototóxica y bajo la luz del sol provoca graves daños en piel y ojos. Frank Schwichtenberg/CreativeCommons.

¡Peligro, perejil gigante! La savia de esta planta (‘Heracleum mantegazzianum’), que aún no ha llegado a España, es fototóxica y bajo la luz del sol provoca graves daños en piel y ojos. Frank Schwichtenberg / CreativeCommons.

En la segunda categoría descrita por los biólogos no solo fichan los sospechosos habituales como insectos, arañas o serpientes, sino también plantas aparentemente inocentes como el llamado perejil gigante (Heracleum mantegazzianum), nativo del Cáucaso y Asia central y que ha invadido Europa, EE. UU. y Australia. La savia de esta planta, que afortunadamente aún no se conoce en España, ataca la piel y los ojos bajo la acción de la luz solar y puede provocar ceguera permanente. En Alemania se registraron 16.000 afectados en 2003.

En cuanto a la tercera categoría, un caso especialmente aberrante es el de los hipopótamos en Colombia, donde estos animales se han convertido en una plaga a partir de los seis ejemplares que el narcotraficante del cártel de Medellín Pablo Escobar mantenía en su hacienda. Territoriales, poderosos y agresivos en caso de encuentro casual, estos paquidermos protagonizan muchos casos de conflictos entre humanos y fauna, y circula popularmente la leyenda de que en África causan más muertes humanas que ninguna otra gran especie, aunque esta afirmación nunca viene apoyada por fuentes y personalmente no he podido encontrar estadísticas globales y fiables al respecto (y si alguien dispone de ellas, agradeceré la información).

Por último, la cuarta clase incluye especies que destruyen los servicios de los ecosistemas, deteriorando las redes de conducción de agua o arruinando las explotaciones agrícolas, forestales o acuícolas, lo que desemboca en penuria y hambrunas. Un ejemplo es la perca del Nilo (Lates niloticus) introducida en el lago Victoria en la década de los cincuenta para proporcionar una nueva fuente de sustento a los pescadores locales. Las artes de pesca tradicionales de la población no eran aptas para una especie tan voluminosa, lo que terminó concentrando la captura de perca en manos de unos pocos caciques, eliminando así el medio de subsistencia de las comunidades más pobres. Mazza y Tricarico destacan que el impacto de las invasiones biológicas sobre la salud “afecta sobremanera a los sectores más débiles de la sociedad, incluyendo a comunidades que viven en países en desarrollo, niños y ancianos”.

Mosca negra (simúlido). Su mordedura no es dolorosa en el momento, pero después se inflama y sangra durante días, a veces dejando una cicatriz permanente. Fritz Geller-Grimm.

Mosca negra (simúlido). Su mordedura no es dolorosa en el momento, pero después se inflama y sangra durante días, a veces dejando una cicatriz permanente. Fritz Geller-Grimm.

Para los biólogos italianos, uno de los factores que promueven las invasiones biológicas y en especial su impacto sobre los colectivos más vulnerables es el cambio climático, que permitirá a especies adaptadas a climas cálidos extender su distribución a regiones templadas, como ocurre con algunas enfermedades infecciosas transmitidas por insectos. Los investigadores advierten de que “los impactos negativos de las especies invasoras probablemente se intensificarán en el futuro próximo debido al aumento de las posibilidades de invasión asociadas al cambio climático y al aumento de las vías de introducción”.

Contra todo ello, insisten en la necesidad de aliar legislación y concienciación pública de cara a la prevención. “El Parlamento Europeo ha aprobado recientemente un acuerdo preliminar referente a la nueva propuesta de regulación de la Unión Europea sobre especies invasoras, donde la prevención (por ejemplo, prohibir la introducción de especies reconocidas como altamente invasivas) es un asunto crucial”. Como señalaban los investigadores en un comentario en respuesta a un artículo sobre este problema en la web de la revista Nature, “los legisladores deberían tener claro que, aunque destinar fondos al seguimiento de posibles futuras amenazas es difícil de aceptar en un período de crisis económica, la prevención y la detección y respuesta rápidas son mucho más baratas que la lucha contra plagas establecidas. Y, cuando las plagas ya se han extendido, el dinero gastado en controlar las poblaciones invasoras al final ahorrará los costes (incluidos los morales) causados por la pobreza humana, el sufrimiento y la muerte”.