Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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El español está “maluco” (despedida de Río de Janeiro)

Tras un par de buenas vitaminas mistas en lo de Joao, retornaba al hotel, donde me solía sentar en la recepción para descargar las fotos de la cámara y luego escribir el blog o editar los vídeos. Casi siempre trato de buscar lugares concurridos a la hora de plasmar las impresiones de lo vivido – cafés, restaurantes, recepciones – para mitigar así la sensación de soledad.

Como comenté antes, la mayoría de los empleados del hotel eran moradores de la favela Rocinha: Eduardo, Israel, Domingo. Mientras trabajaba allí, sentado en un sofá, se acercaban para ver las fotos y los vídeos a medida que iba dando forma al blog. Me interesaba saber su opinión sobre lo que estaba haciendo. Contrastar mi impresiones con ellos para comprobar si no estaba demasiado desorientado.

Curiosamente, cuando veían las imágenes de los tiroteos en el complexo do Alemao o de las armas en Acarí, se sorprendían. Israel siempre llamaba emocionado a sus compañeros: “Venid a ver lo que ha hecho el español maluco“. Maluco, que quiere decir “loco”, era el cariñoso sobrenombre con el que me habían bautizado.

También solían estar pendientes cuando partía cada mañana, me preguntaban a dónde iba. Y, cuando regresaba, siempre querían saber qué tal me había ido. De algún modo esto me hacía sentir protegido. Si me pasaba algo, si no volvía, alguien al menos lo habría notado.

No entendía bien por qué les costaba comprender que yo quisiera ir a las favelas, ya que para ellos es la realidad habitual, el día a día en el que han nacido, se han criado y al que regresan cuando terminan el horario en el hotel. Supongo que les llamaba la atención que alguien deseara sumergirse de forma voluntaria en ese mundo.

Aunque la perspectiva de las favelas que he brindado a lo largo de estas semanas ha sido la del narcotráfico y las armas, lo cierto es que la realidad de estos barrios marginales es gente como Eduardo, Israel, Domingo o Joao, que bajan cada día a trabajar a la ciudad, que luchan con ahínco y honestidad por sacar adelante a los suyos. Ellos son la favela, humildes asalariados que intentan estar lo más cerca posible de las fuentes de empleo, y que sufren más que nadie la violencia tanto de los traficantes como de la policía.

El único empleado que no parecía alarmarse porque cada día fuera a estos barrios marginales era Franklin, el recepcionista que durante las tardes estaba al frente del mostrador de este modesto hotel de tres estrellas. No se preocupaba como el resto y observaba los vídeos y las fotografías con interés pero sin atisbo alguno de sorpresa.

Deduzco que esto se debe en primer lugar a que el hijo de Franklin, que reside en Barcelona, es periodista, así que comprende cómo es esta profesión (bueno, también algún colega me llamó español maluco en las favelas, pero esa es otra historia). En segundo lugar, al hecho de que este hombre corpulento, imponente tras el mostrador del hotel, fue soldado durante su juventud, por lo que un tiroteo no lo conmueve demasiado.

Cuando era adolescente, Franklin, que es judío, abandonó Brasil y se fue a Israel con el sueño de comenzar una nueva vida. Estuvo allí diez años. Luchó en la Guerra de los Seis Días y en la de Yom Kippur. Con él mantuve larguísimas conversaciones sobre Israel y Palestina. Le conté que estuve en Gaza el año pasado y que escribí un libro que saldrá a finales de mayo.

Todo un privilegio escuchar hablar a Franklin, un testigo privilegiado de la historia reciente de Oriente Próximo, uno de sus protagonistas. Me contó con lujo de detalle cómo habían sido las operaciones militares, y cómo las había vivido.

Su visión de Israel es muy crítica. Cree que la ocupación de los Territorios Palestinos, en la que él participó, fue un grave error. Y no tiene buenos recuerdos de aquellos años. “Di lo mejor de mi vida, mi juventud, por una causa errónea”, me dijo. Volvió una vacaciones a Río de Janeiro, se enamoró y decidió que se quedaba en Brasil.

Franklin, que es un apasionado de la cultura judía, me narró cómo los primeros inmigrantes llegaron a Brasil. Me dijo que en Río de Janeiro hay 30 mil y que en Sao Paulo hay 160 mil. Y me habló de sus tradiciones. Otra de las piezas que, junto a la aportación árabe de la que escribía ayer, y sumada a los elementos europeos, africanos y aborígenes, conforman el colorido y diverso mosaico de la cultura brasilera.

Este país vasto y apasionante que desde el Amazonas del caucho y los indígenas, pasando por la Bahía negra y sincrética de Jorge Amado, avanza espléndido, con infinidad de caras y matices hasta el sur gaucho de los inmigrantes italianos y alemanes rubios de ojos celestes.

Editar vídeos en un ordenador portátil suele ser una tarea infructuosa. La cantidad de información que maneja hace que se cuelgue y que una y otra vez lo tenga que volver a encender. También locutar sin micrófono, usando una grabadora digital, y subtitular sin un programa específico hacen que el proceso sea lento, además del tiempo que la información tarda en subir a Internet. Por eso, los días que tocaba vídeo sabía que me esperaba una larga noche de trabajo.

Pero cuando se trataba de texto y fotos terminaba relativamente temprano. Feliz, entraba al estacionamiento del hotel, cogía mi bicicleta y salía a pedalear por Ipanema, Leblón, Copabacana, Leme y Botabogo, de punta a punta, escuchando música, disfrutando del atardecer en el Atlántico y de los últimos reflejos del sol sobre los morros.

En las playas, que están iluminadas por potentes reflectores, la gente jugaba al baloncesto, al fútbol. Tras otro día de trabajo, una escapatoria a la tensión y el ajetreo bajo la mirada de ese Cristo Redentor de abrazo eterno y generoso, como el que esta ciudad regala a cada uno de sus visitantes.

Ha sido uno de los aspectos más gratificantes de la estadía en Río de Janeiro: estos paseos vespertinos en los que yo también podía olvidarme un poco de todo. A la hora de tomar la decisión de partir me costaba renunciar a estos momentos que sólo puedo describir como extraordinarios y que no tuve en lugares como Gaza, Líbano o Sudán.

Un zumo para Hernández (despedida de Río de Janeiro)

Ante la inminencia de la partida, continúo con la crónica de mi vida cotidiana en esta apasionante ciudad. Sigo adelante con la descripción de las personas y lugares que fueron durante estas semanas mis referentes, mis asideros, el conjuro para enfrentar la soledad, para hacerme sentir que de algún modo he formado parte de esta realidad, en la estimulante y aleccionadora labor que ha sido la inmersión en el universo de las favelas cariocas.

Cícero me dejaba cada tarde en el hotel de Copacabana con su habitual “Patrón, ¿mañana a qué hora?”. Yo subía a la habitación, tomaba una ducha, me cambiaba, ponía en marcha el ordenador y, tras un breve repaso a los correos electrónicos, me dirigía siempre a la misma tienda de zumos, situada a media manzana.

Es una de las características de Río de Janeiro que más extrañaré: la profusión de locales que te ofrecen zumos y batidos recién hechos con las frutas más diversas. En cada esquina parece haber uno. En el que yo iba cada tarde trabajaba Joao, un joven de 32 años, padre de dos hijos, también nordestino. Apenas me sentaba en uno de los taburetes, Joao, que conocía mis preferencias, levantaba el pulgar. Yo le hacía un gesto afirmativo con la cabeza. Y él se daba vuelta para ordenar a viva voz :”Uma vitamina mista sem açúcar para Hernández!”.

Aprovechaba aquella suerte de merienda para releer los periódicos y para conversar con Joao. Al igual que buena parte de los empleados del hotel, vivía en la favela Rocinha. Interesante escuchar sus crónicas sobre la existencia cotidiana en este barrio del que se sentía muy orgulloso de formar parte. Siempre me hablaba de lo vibrante que era la convivencia allí, de la calidez de la gente, de la solidaridad. Relaciones que consideraba de una lógica distinta a la del resto de la ciudad.

Al igual que Cícero, Joao parecía portar una sonrisa indeleble, perpetua, a prueba de adversidades. Estaba de constante buen humor, en un rasgo que creo que es el que mejor define a los brasileros – con lo poco riguroso que resulta generalizar – que ya desde la forma en que te saludan, Oi, tudo bem?, dan la impresión de estar movidos por un optimismo invencible. Y eso que el trabajo de Joao no era sencillo de sobrellevar. Lo encontraba allí, detrás del mostrador, desde primera hora de la mañana hasta entrada la noche, sin pausas, de lunes a sábado.

Además de apasionado por el fútbol, a Joao le gustaban mucho las mujeres, y, al menos delante de mí, no hacía esfuerzo alguno en disimularlo. Eso sí, nuestros parámetros estéticos no coincidían. A él le encantaban las mujeres corpulentas, exuberantes, bien entradas en carne.

Sobre todo los fines de semana, cuando el desfile de personas hacia la playa era constante, sus ojos se alejaban de las frutas y los bocadillos para clavarse en los cuerpos de las bañistas que caminaban hacia la arena. “Míra esa, mírala, qué belleza Hernández”, me decía con la mandíbula inferior sutilmente desencajada, mientras seguía el cadencioso andar de una mulata de curvas generosísimas que, ataviada con plataformas y minifalda, avanzaba candenciosamente sacudiendo los baldosones negros y blancos que tapizan las aceras de Copacabana.

Un aspecto extraordinario de Brasil, y del que quizás deberíamos aprender, es lo cómoda que la gente parece estar con sus cuerpos. No importa la edad, el peso, la formas, hombres y mujeres lucen despreocupados diminutos trajes de baño.

Joao colocaba la vitamina mista sobre el mostrador. Con deferencia quitaba el papel a una pajita y me la entregaba. Como conocía mi adicción a los zumos, acto seguido me preguntaba: “Mais uma Hernández?” Y yo le decía que sí mientras me entregaba a esa fantástica combinación de frutas tropicales con leche y sin azúcar.

De acompañamiento solía ponerme una efiha de carne, que es una empanadilla de origen árabe, legado de la presencia de tantos millones de inmigrantes libaneses en esta vasta nación. Si hay algo que también define la cultura de un país es su acervo culinario. Y el mostrador del local en el que estaba empleado Joao presentaba una variedad de aromas, colores y sabores que hablan de la riqueza de tradiciones y costumbres sobre las que se ha forjado Brasil.

Tras media hora en el local, volvía al hotel para ponerme a escribir. “Adiós Hernández, hasta mañana”, me decía Joao sonriente. En cuarenta días no logré que pronunciara bien mi nombre. Algunos días me llamaba “Hernández” otros “Hernando” o “Fernando”. Como a otros brasileros, Hernán se le quedaba atravesado, quizás por una cuestión fonética o de falta de costumbre. “Adiós amigo Joao”.

Cícero, un conductor entrañable y despistado (despedida de Río de Janeiro)

Este blog nació con la vocación de dar voz a las víctimas de la violencia en algunos de los lugares más convulsos y caóticos del planeta. Pero también como una suerte bitácora personal, de diario de viaje. Quizás sea por deformación profesional, pero me ha costado centrar la mirada en mi universo más próximo, y la mayor parte de las entradas han seguido la forma clásica del reportaje o la crónica. Eso sí, con un narrador situado en un primer plano.

Ya que la cuenta atrás se ha puesto en marcha y estoy a punto de partir de Río de Janeiro, he decidido que voy a describir a todas aquellas personas y lugares que construyeron mi realidad cotidiana a lo largo de los cuarenta días que llevo en esta ciudad. Una suerte de homenaje a esta urbe tan maravillosa y a su habitantes que me acogieron con enorme calidez y generosidad.

Vivir en la ruta es una experiencia apasionante. No hay dos días iguales. Y cada rincón, cada encuentro, alberga la promesa latente de un descubrimiento, de una lección que aprender.

Lo que sí resulta complicado de sobrellevar en esta existencia nómada y errática es la soledad. Por eso apenas llego a un nuevo destino busco rutinas, caras y lugares que me hagan sentir que de algún modo estoy acompañado, que formo parte del mundo en la que me acabo de sumergir. Y lo cierto es que, cuando llega la hora de la partida, como sucede en este mismo momento, experimento cierta tristeza.

Empiezo por Cícero, el hombre que me llevó en su coche a hacer cada uno de los reportajes. De los conductores con los que he trabajado en los últimos tiempos, sin dudas, uno de los más curiosos y entrañables. Todo un personaje. Esta foto, que forma parte de mi álbum personal de Río de Janeiro, la tomé en la favela Acarí, mientras filmaba a los niños jugando al basket da rua. A pesar de que estábamos rodeados de traficantes armados, Cícero permanecía tranquilo, impasible. Una leve sonrisa dibujada en el rostro.

Cícero acaba de cumplir 60 años de edad, al igual que mi padre. Vive en el barrio da Pena, junto al complexo do Alemao. Está casado y tienes dos hijos. El varón es recepcionista en el hotel Sheraton. Su hija es secretaria.

Lo conocí por casualidad. Cuando encendí la televisión y vi que la Policía Federal había entrado el complexo do Alemao con varios carros blindados, bajé a la calle y detuve al primer taxi que pasaba. Coincidencias de la vida, Cícero conocía la zona a la perfección, por lo que me sentí seguro en sus manos.

Aquel día me esperó a pocas manzanas de donde tenían lugar los tiroteos. Recuerdo que en un momento bajé para coger un paquete de pilas que había dejado en el coche y lo encontré allí, de rodillas frente a su viejo Volkswagen amarillo, arreglándole los faros delanteros. Tan concentrado estaba en su labor que permanecía indiferente a la balacera.

Supongo que era su forma de matar el tiempo, de hacer frente a las horas de espera, ya que cada vez que lo iba a buscar lo encontraba comprometido en alguna tarea relacionada con su coche. Una vez puliendo los paragolpes; otra con el capó levantado, cambiando los fusibles.

No es que el Volkswagen funcionara de maravillas. Al contrario, las ventanillas traseras se trababan todo el tiempo, la radio se apagaba sola justo cuando iban a pasar una noticia importante. Cícero, que llevaba más de quince años trabajando con aquel mismo taxi, parecía estar tratando de evitar un naufragio. Eso sí, lo hacía con parsimonia y dedicación, con su característica media sonrisa dibujada en el rostro, como quien se dedica a lavar el coche una tarde de domingo.

Ya comenté en alguna ocasión que también me sorprendía lo informado que estaba. No sé si se debe a que solía conversar con la gente del barrio mientras me esperaba, o por la crónicas que escuchaban en la tan poco fiable radio, pero cada vez que volvía a su lado parecía tener datos más precisos que yo (que había estado dentro de la favela con los policías y con el resto de los periodistas). A pesar de su aspecto despistado, de su aire perdulario, Cícero sabía en todo momento qué estaba ocurriendo.

– Cuatro heridos, patrón – me dijo una vez.

– Pensé que eran tren heridos. Y no me diga patrón Cícero, que podría ser mi padre.

– Sí, sí patrón, cuatro heridos: un motociclista, una maestra, un comerciante y un niño.

Después volvía al hotel y, en Internet, confirmaba que lo que me había dicho era correcto.

Otro rasgo característico de Cícero era su pésima orientación. Cuando íbamos al complexo do Alemao no había problema, pues se trataba de su zona. Pero si nos dirigíamos a cualquier otra favela estaba escrito que en algún lugar del trayecto nos íbamos a perder.

Sucedió la primera vez que fuimos a Acarí. Le pasé el móvil para que hablara con nuestro contacto, que le dio las indicaciones: “Avenida Brasil, pasarela número 24”. No era difícil de encontrar. Sin embargo, llegamos una hora tarde, pues estuvo dando vueltas despistado por otras favelas vecinas.

Me llamaba la atención que a lo largo del trayecto me había estado hablando de lo peligroso que era lugar. Y ahora, que vagábamos sin rumbo, no parecía tener miedo. Bajaba la ventanilla, preguntaba a la gente: “¿Dónde está la pasarela número 24?”. En el asiento trasero yo intentaba hacerme invisible. El bolso con la cámara de fotos escondido entre las piernas. Cuando finalmente dimos con la entrada de la favela Acarí, y los traficantes salieron a darnos una cálida bienvenida con sus fusiles 762 apuntando hacia nosotros, Cícero se mantuvo tranquilo. También nos perdimos cuando fuimos a Maré y Ciudad de Dios.

A Cícero le gustaba hablar. De cada favela a la que íbamos me contaba mil historias. Ninguna de ellas demasiado tranquilizadora. Para conjurar el temor, yo tomaba apuntes de todo lo que me decía. Aunque a veces, con su cerrado acento nordestino, la radio a todo volumen y el tránsito, me costaba entenderle.

– Patrón, en esta favela manda el traficante Fernandinho, que cuando necesita dinero manda a sus hombres a que corten la carretera y secuestren coches.

– Ah, eso me deja muy tranquilo. Y no me diga patrón Cícero.

– No se preocupe patrón, hace unas semanas que no bajan a robar.

Supongo que será consecuencia del paso de los años, pero la verdad es que últimamente me suelo quedar dormido en cualquier parte, especialmente tras un largo día de trabajo. Tanto en Gaza como en Líbano y aquí mismo en Brasil, he seguido la costumbre de tumbarme en el asiento trasero y entregarme a una fugaz siesta antes de llegar al hotel y ponerme a escribir el blog. El coche de Munir, una descascarada limusina Mercedes Benz, ha sido hasta el momento la mejor de las camas que he tenido. Toda una suite de las ruinosas carreteras palestinas.

Cícero que, a pesar de su aire perdulario es muy observador, me decía cuando terminábamos de trabajar:

– Usted no se preocupe patrón, tírese atrás y descanse, que yo lo llevo al hotel sano y salvo.

– Cícero, ya le dije que no me diga patrón.

– No se preocupe patrón, usted descanse, que tenemos un largo viaje.

Cuando llegábamos a la puerta del hotel me despertaba con suaves golpes en el hombro. “Patrón, ¿mañana a qué hora comenzamos?”, me preguntaba sonriente.

Continúa…