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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Un día más con vida: abusos sexuales y miseria en Johannesburgo

Tercer capítulo de Un día más con vida. Como escenario: Johannesburgo, con siete millones de habitantes, la tercera ciudad más grande de África. Sin dudas, una de las urbes con mayores índices de robos, asesinatos y violaciones del planeta.

Como eje narrativo, una historia que ya narré en este blog: el drama de Cristina, una joven una joven de 18 años, madre de un niño pequeño, que cada noche es abusada sexualmente por hombres que se acercan a ella aprovechándose de la impunidad que les da de la noche.

Una historia que creo que importante contar porque nos permite descubrir uno de los aspectos más sórdidos de la miseria: la vulnerabilidad de las mujeres que están atrapadas en la indigencia, y que carecen de recursos para protegerse de la violencia. Un estigma por partida doble: ser pobre y ser mujer.

Pero el vídeo tiene también un aspecto positivo, ya que nos permite seguir a Cristina en su lucha por abandonar las calles. Gracias a la labor de una de las tantas mujeres extraordinarias que han pasado por este blog, en este caso Milred Mahlangu, la joven sin hogar accede a la posibilidad de un nuevo comienzo en su vida.

En este sentido me parecía interesante que este capítulo de Un día más con vida se emitiera justamente hoy, que se celebra el Día Mundial para la Erradicación de la Pobreza, pues el ejemplo de Milred nos recuerda que está en nuestras manos construir un mundo más justo.

Abandonar la vida en las calles, una oportunidad para Cristina

Tras esperar durante varias horas en el refugio para niñas de la calle en el que Nelly trabaja, finalmente Cristina aparece en la puerta. Lo ha estado pensando. Y ha decidido tratar de dar un giro a su vida. Abandonar la dura realidad de las aceras: las drogas, los abusos, el frío, la exclusión.

Cuando la vemos entrar por la puerta sonreímos aliviados. La situación en que encontramos a Cristina esta mañana nos había resultado, tanto a Jerry como a mí, desgarradora, imposible de soslayar. Una y otra vez comentamos cuán terrible había sido su testimonio, la crónica que nos había hecho de su sino cotidiano.

Sorprendida ante la pulcritud y tranquilidad del centro de acogida, Cristina recorre sus pasillos hasta llegar al despacho de la mujer que es la artífice de esta iniciativa: Milred Mahlanga, una trabajadora social, de origen xhosa, que lleva años luchando por arrancar a las jóvenes de la sórdida vida en la calles. Conocido como Thembalethu Centre, el suyo es el único proyecto de Sudáfrica destinado a niñas sin hogar.

Oscilando entre el afecto y la determinación, Milred le habla a Cristina al tiempo en que Nelly le pasa el jabón y el shampoo. Le dice que esta es una gran oportunidad, que no la puede dejar pasar, y que ellas estarán allí para ayudarla.

Más tarde, hablando con Milred, me explicará que a muchas niñas les cuesta dejar las aceras porque han recibido golpes tan terribles de la vida que han perdido la confianza en los demás. “Cuesta entenderlo – me dirá -, pero bien o mal conocen y forman parte del universo de la calle. Es lo único que tienen”.

Nelly le muestra a Cristina la ropa que tienen disponible para las recién llegadas. Me mira y se queja de que se les han acabado los zapatos, ya que el proyecto está pasando por un momento financiero muy complicado. “Si tuviéramos más fondos podríamos ayudar a muchas más jóvenes”, afirma. “Sólo estamos Milred y yo”. Cristina elige una sudadera y unos pantalones que se pondrá después de la ducha. El primer baño con agua caliente que se dará en meses.

Después llega el momento de la comida. Nelly y Milred siguen cada paso de Cristina, alentándola, preocupándose porque se sienta cómoda, integrada en el centro de acogida, en estos instantes iniciáticos. El compromiso de ambas mujeres, su silenciosa y abnegada labor, que parece ser capaz de paliar la falta de recursos, me despierta una profunda admiración.

A partir de hoy, Cristina comenzará a asistir cada mañana para recibir formación profesional. “Es demasiado mayor para retomar la escuela“, me dice Milred. “Sin embargo, en los talleres de costura, cocina e informática podrá aprender un oficio que esperamos que la ayude a dejar las drogas y la calle. Un oficio con el que poder ofrecer a su hijo un futuro mejor”.

A pesar de los esfuerzos de Milred y Nelly, la historia de Thibekili, la otra joven que conocimos esta mañana y que lloraba desconsoladamente en las aceras de Johannesburgo, tendrá un final muy distinto.

El despertar de la ciudad más violenta del mundo

La vida comienza en esta ciudad caótica y de enormes contrastes que es Johannesburgo, la tercera más poblada de África, después de El Cairo y Lagos, con siete millones de habitantes. Lentamente sus calles se van poblando de coches, de transeúntes. En las zonas marginales del centro las personas sin hogar abandonan los cartones y mantas en los que han pasado la noche.

Johannesburgo, conocida familiarmente como Joburg, es famosa a nivel mundial por su alta tasa de asesinatos, robos y agresiones sexuales. Aunque el gobierno de Thabo Mbeki está realizando esfuerzos por detener esta plaga de crímenes, en buena medida porque amenazan la celebración del Mundial de Fútbol 2010, lo cierto es que los índices de hurtos se han duplicado en los últimos once años en esta urbe. Cincuenta personas son asesinadas y más de 150 mujeres padecen violaciones cada día.

Todavía no he visto hecho violento alguno, pero todos estos datos condicionan mi mirada sobre el desapacible y paupérrimo universo que me rodea. También las historias de secuestros y muertes que me han contado los amigos blancos que viven en el norte de la ciudad, en urbanizaciones privadas rodeadas por altos muros y precedidas por puestos de seguridad con hombres armados, me hacen ver esta realidad a la defensiva, con desconfianza (y me hacen pensar, asimismo, sobre el fabuloso negocio que late debajo del injusto orden que hemos creado).

Mientras aguardamos a que venga Nelly, la trabajadora social a la que acompañaremos por su recorrido habitual por las calles del centro, le pido a Jerry que me lleve a dar una vuelta en el coche. Ya he sacado las fotografías, ya he entrevistado a la gente, y creo que nos exponemos inútilmente al permanecer aquí de pie, con las cámaras en la mano.

En mis visitas a Soweto he tenido la posibilidad de ver la otra cara de la moneda: barrios miserables como Meadowlands y Kliptown de los que bajan cada día jóvenes a robar a las zonas más adineradas de la ciudad. El problema, sin dudas, es la diferencia en la distribución de la renta. Mientras en algunos lugares se vive sin luz ni agua, en los distritos adinerados los gigantescos centros comerciales y los restaurantes de lujo se suceden a cada paso. Otra cuestión importante es el exceso de armas. Si bien se han implementado varios programas de desarme voluntario, lo cierto es que aún el 8% de la población cuenta con pistolas, revólveres y fusiles en su poder.

Aunque también hay una teoría que he escuchado a menudo aquí en Sudáfrica. Habla de cierta pérdida de valores después de 1994. “Parece que hemos pervertido nuestra libertad”, dijo recientemente el premio Nobel Desmond Tutu en una conferencia. “Quizás no nos dimos cuenta de cuánto nos afectó el apartheid, de que nos hizo perder la conciencia de qué está bien o está mal”.

Finalmente nos encontramos con Nelly. Habla primero con Cristina. Ahora sabemos que, además de vivir en las calles, tiene un hijo que está junto a su abuela en el barrio de chabolas del que es originaria. Nelly intenta convencerla de que se acerque al centro de acogida en el que trabaja. Trata de ganarse su confianza. Es una mujer joven, de 24 años, sumamente amable, que parece profundamente involucrada en su labor.

Después se dirige a Thibekili, la adolescente adicta al crack que lloraba desconsoladamente cuando me acerqué a ella a primera hora. Le dice lo mismo: “No puedes seguir viviendo así, en la calle, con los abusos, las drogas y el sida. Debes pensar en tu futuro. Debes empezar una nueva vida”.

Acto seguido nos dirigimos al proyecto del que Nelly forma parte, situado a unas pocas manzanas. Vamos a esperar a que las jóvenes vengan. Ambas se han comprometido a hacerlo.

Violencia, drogas y sida en Sudáfrica

Nos acercamos al centro de Johannesburgo con cierta cautela, ya que se trata de una de las ciudades más violentas del mundo. Montañas de basura, rostros amenazantes. Observo por la ventanilla del coche a una joven que duerme envuelta en telas raídas. Le pido a Jerry, el chofer, que se detenga.

El nombre de la adolescente es Thibekili. Huyó de su casa, en Soweto, porque su padre le pegaba. Lleva dos años malviviendo aquí, sobre estas baldosas mugrientas. “Por las noches vienen hombres y me violan”, me dice entre lágrimas, asqueada de la realidad tan dura y miserable en la que se encuentra atrapada a los 16 años de edad.

Dos horas más tarde volveremos con una trabajadora social de la ONG Johannesburg Child Welfare para llevar a Thibekili a un centro que acoge a adolescentes adictas al crack. Paso a paso seguiremos su intento por abandonar el infierno de la calle y las drogas.

Es uno de los recuerdos más desgarradores que guardo del mes que pasé en Sudáfrica. Un mes en el que me sumergí en sus barrios más pobres y violentos. En el que fui testigo de cómo el sida termina con la vida de los adultos y deja a su paso legiones de huérfanos. En el que traté de comprender cómo el pasado de racismo y segregación de este país afecta su presente.

Os invitó a sumergiros conmigo en la realidad de la nación del arcoiris. Será un viaje virtual, porque en estos momentos estoy en Madrid preparando la presentación de mi próximo libro. Un viaje que realicé justo antes de comenzar a escribir para 20 Minutos y que, en buena medida, será para mí también un descubrimiento, ya que hay recuerdos y sensaciones a los que en este tiempo no he querido volver a mirar.